Chapter Text
Había sido un accidente. Un estúpido, catastrófico y maravilloso accidente.
Nakamura y Hirose habían sido los últimos en salir del salón de limpieza. Mientras Nakamura intentaba guardar la fregona en el estrecho casillero de suministros del pasillo, un grupo de primer año pasó corriendo, empujándolos. Nakamura cayó de espaldas dentro del casillero, y Hirose, intentando no aplastarlo, cayó encima, cerrando la puerta tras de sí con un clic definitivo.
Ahora, estaban atrapados.
El espacio era insultantemente pequeño. Estanterías oxidadas llenas de botes de detergente y fregonas viejas los obligaban a estar prácticamente pegados. Nakamura sintió la pared fría del casillero en su espalda, mientras que el pecho de Hirose estaba a escasa distancia del suyo. El olor a desinfectante de pino y limón se mezclaba con el aroma del suavizante del uniforme y champú de Hirose, creando una atmósfera densa y embriagadora.
—Vaya —la voz de Hirose sonó amortiguada, pero peligrosamente cerca del oído de Nakamura—. Eso fue arrepentido. ¿Nakamura-kun? ¿Estás bien?
Nakamura no estaba bien. Estaba viviendo su peor y mejor pesadilla simultáneamente.
A esto no se le podía llamar simplemente "nervios". Era un colapso sensorial de gran magnitud. Su corazón no latía; Martilleaba contra sus costillas con tanta fuerza que estaba seguro de que Hirose podía sentirlo. Su respiración se volvió errática y automática, como si estuviera grabando como respirar. En la oscuridad total del casillero, sus ojos estaban abiertos de par en par, fijos en la nada, mientras su cerebro procesaba una sola información en bucle: Hirose está tocándome; Hirose esta muy cerca de mi.
Intentó hacerse más pequeño contra la pared, pero no había dónde ir. Hirose apoyó una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Nakamura, para mantener el equilibrio mientras intentaba forzar la puerta en el espacio reducido. Ese gesto terminó de acorralarlo. Ahora, el rostro del menor estaba inclinado hacia él, y Nakamura podía ver el brillo de sus ojos en la oscuridad y sentir su aliento cálido rozándole la mejilla.
—¿Nakamura-kun? — se movió un poco, intentando acomodarse.
El movimiento hizo que el muslo de Hirose rozara la parte interna del muslo de Nakamura. Un sonido agudo e involuntario, como el de un ratón pisado, se escapó de la garganta de Nakamura. Se puso rígido como una tabla, manteniendo el aliento hasta que sintió que los pulmones le iban a estallar.
Nakamura sintió que el aire se volvía cada vez más pesado, como si el oxígeno se estuviera agotando entre los dos. Estaba tan abrumado por la cercanía de Hirose que sus sentidos habían dejado de funcionar correctamente. “Está demasiado cerca... ¿siempre ha olido así de bien?”, pensó con desesperación, apretando los puños para ocultar su temblor. En su mente, ya no existía el instituto, ni el pasillo, ni la puerta trabada; solo existía el calor que desprendía el cuerpo de Hirose y la presión del metal frío en su propia espalda.
No se atrevía a moverse. “Si me muevo un milímetro, voy a terminar chocando con él... y soy tan torpe que seguro le doy un cabezazo o algo peor”. Tenía la sensación de que cualquier gesto rompería esa distancia que lo mantenía a salvo y lo torturaba. Su corazón latía con una fuerza descontrolada. "Seguro que lo puede oír. Es imposible que no escuche mi corazón... debe pensar que soy raro por ponerme así solo por estar en un casillero".
Pero, al mismo tiempo, una parte de su mente —la que había leído varios tomos de manga BL en la soledad de su cuarto— no podía evitar ver esto como una bendición.
¡Los dioses se apiadaron de el!
Aunque Hirose ya lo consideraba como su amigo, aún no pasaban mucho tiempo juntos para ser tan “cercanos” como Nakamura fantaseaba todos los días.
“Es exactamente como en los mangas…”, pensó, sintiendo un mareo que no era por la falta de aire. Para Nakamura, estar atrapado en un lugar estrecho con el chico que amaba no era un accidente; era el destino que permite que la situación desastrosa que siempre leía en sus historias favoritas como "El bento del amor" donde los protagonistas finalmente no tenían dónde huir y se veían obligados a enfrentarse a sus sentimientos.
Sentir el calor de Hirose tan cerca era como estar dentro de una de sus viñetas más preciadas, pero mil veces más intensa porque podía olerlo y sentir su pulso. "Si esto fuera un BL, este sería el momento en el que lo acorralo contra la pared y confieso todos mis sentimientos... Si muero aquí mismo de un infarto, al menos habré vivido mi propia escena clásica".
Pero la realidad estaba alejada por completo sus fantasías. A pesar de ser más bajo que él, Hirose era quien lo estaba acorralando contra la pared metálica del casillero, reduciendo el espacio. Nakamura podía sentir su cálido aliento chocando directamente contra su cuello y el aroma suave de su cabello inundándole los sentidos, dejándolo sin capacidad de reacción.
Aunque lo avergonzado hasta la médula, la presencia de su amado era lo único que le impedía desmayarse. Era una tortura, sí, pero también la bendición que siempre había deseado en secreto. Sin embargo, el hechizo se rompió cuando Hirose intentó acomodarse, la realidad lo golpeó para recordarle que aquello no era una viñeta de papel, sino la realidad.
Estaba allí, atrapado de verdad, y la persona que lo presionaba contra el metal era el Hirose de carne y hueso, el chico del que esta perdidamente enamorado.
Al hacerse plenamente consciente de sí mismo y de la posición en la que estaban, el cuerpo de Nakamura reaccionó con una brusquedad instintiva, volviéndose rígido como una piedra. Cada terminación nerviosa de su piel parecía haberse encendido de golpe, volviéndose peligrosamente sensible. El contacto de la ropa de Hirose, el calor de su aliento, incluso el leve peso de sus manos... todo se sintió ahora como una descarga eléctrica que lo recorría de pies a cabeza, dejándolo paralizado y sin aliento ante la crudeza de la situación.
Hirose sintio que Nakamura estaba empezando a temblar de forma casi violenta, dejó de forzar con la puerta. Se quedó quieto, sumergido en ese silencio denso, y luego inclinó un poco más la cabeza, buscando el rostro escondido de su compañero.
—¿Nakamura-kun?… mírame —susurró. Su voz no era de pánico, sino que tenía una suavidad que cortó el aire como un hilo de seda—. Estás hiperventilando. Vas a terminar mareándote si no te calmas.
Nakamura no respondía, Hirose hizo algo que terminó de dinamitar las defensas del otro: apoyó ambas manos con delicadeza sobre los hombros de Nakamura, obligándolo a sentir su peso y su realidad. No lo soltó; en lugar de eso, deslizó sus dedos lentamente hacia arriba hasta rozar la base de su cuello, justo donde el pulso de Nakamura martilleaba con una fuerza desesperada.
—Shhh…tranquilo. Solo respira conmigo —continuó Hirose, reduciendo la distancia hasta que sus frentes casi se tocan—. No nos va a pasar nada.
Nakamura sintió que el mundo se detenía cuando Hirose acortó el espacio, dejando que sus respiraciones se mezclaran en un solo ritmo entrecortado. La cercanía era tan abrumadora que apenas podía mantener los ojos abiertos, pero entonces escuchó la voz de Hirose de nuevo, un susurro cargado de una calma profesional que resultaba contradictoria en ese armario sofocante.
—Como miembro del comité de enfermería, sé perfectamente qué hacer en estos casos para que no colapse. Confía en mí, Nakamura-kun... no tengas miedo.
Lo decía con la naturalidad de quien sigue un protocolo médico, pero para Nakamura, sentir las manos de su compañero guiando sus hombros y su voz tan cerca de sus labios no tenía nada de terapéutico. Al contrario, era la receta perfecta para un desastre.
El castaño exhaló un suspiro largo y pausado, dejando que su aliento cálido bañara la piel del cuello de Nakamura. Fue un gesto deliberado para que el otro imitara su ritmo. Para Nakamura, sentir la calma de Hirose tan cerca —y ese contacto casi eléctrico en su piel— fue como recibir una descarga. El pánico de quedar encerrado comenzó a transformarse en algo mucho más pesado y oscuro, una sumisión involuntaria ante la presencia de Hirose, que ahora lo sostenía con una firmeza que no permitía ninguna huida.
—Eso es... así está mejor —murmuró Hirose con una media sonrisa que Nakamura pudo adivinar por la vibración de su voz—. Ya no tienes tanto miedo, ¿verdad?
—Y-yo... s-sí... Per-perdóname por eso —logró tartamudear Nakamura, su voz sonando dos octavas más alta de lo normal.
—No hay prisa —continuó Hirose. Sorprendentemente, no sonaba asustado ni claustrofóbico. Al contrario, su voz transmitía una calma contagiosa—. Está bastante calentito aquí, ¿verdad? Y huele un poco a jabón de limón por las fregonas. No es el peor lugar para estar atrapado.
Nakamura abrió sus ojos en la oscuridad. ¿Cómodo? ¿Hirose se siente cómodo en esta situacion? Poco a poco, la incredulidad empezó a desplazar el pánico puro. Se obligó a soltar el aire ya tomar una bocanada lenta. La calma de Hirose era tan genuina que Nakamura sintió cómo sus músculos dejaban de estar en tensión, aunque su corazón seguía latiendo con fuerza por una razón muy distinta. La calidez del lugar, que antes le parecía asfixiante, empezó a sentirse como un refugio.
—Eres... eres increíble, Hirose-kun —logró decir Nakamura en un susurro, con una pequeña risa nerviosa—. Cualquier otra persona estaría gritando o intentando tirar la puerta abajo, y tú estás aquí hablando del olor a limón.
Hirose soltó una risita suave, un sonido que vibró justo contra el pecho de Nakamura debido a la cercanía.
—Es que es verdad —respondió Hirose, y Nakamura pudo sentir cómo se acomodaba un poco más, sin retroceder—. Además, ¿sabes algo? Me gusta estar aquí.
Nakamura contuvo el aliento. —¿Te gusta estar encerrado en un armario de limpieza?
—Me gusta estar así contigo —confesó Hirose, y aunque no podía verle bien la cara, supo por su tono que estaba sonriendo—. Siempre que estoy contigo, Nakamura-kun, me siento extrañamente cómodo. En paz. No sé cómo explicarlo, pero es como si el resto del mundo se apagara y solo quedaremos nosotros dos. No me importa el tamaño del casillero si estamos los dos.
Un silencio cálido y mucho más íntimo envolvió el espacio. Nakamura sintió que una oleada de ternura le recorría el cuerpo, disipando los últimos restos de su inseguridad. Por primera vez, no se sintió como un "extra", sino como alguien especial.
—Yo también me siento así —respondió Nakamura con una honestidad que lo sorprendió a sí mismo. Se atrevió a levantar una mano y, con torpeza pero con cariño, rozó el brazo de Hirose—. A veces el mundo exterior es demasiado ruidoso... pero aquí, contigo, todo parece más sencillo. Si tú estás tranquilo, yo también lo estoy.
Hirose suspiro, un sonido de pura satisfacción, y se inclinó un poco más hacia él, dejando que el peso de su cuerpo descansara sutilmente sobre el de Nakamura.
—Me alegra oír eso —murmuró Hirose, bajando el tono de voz hasta que se convirtió en una caricia—. Sabía que podías entenderme.
Hirose, sintiendo que la tensión en el cuerpo de Nakamura disminuía ligeramente, apoyó más su peso contra él. No de forma pesada, sino reconfortante. Como si estuviera descansando después de un largo día. Para Hirose, que siempre estaba rodeado de gente y ruido, este silencio forzado y la presencia sólida y cálida de Nakamura eran... agradables. Se sintió protegido, fuera del alcance del mundo exterior por unos minutos.
—A veces —susurró Hirose, su aliento rozando el cuello de Nakamura, provocándole un escalofrío— es bueno tener un descanso de todo el caos. Gracias por compartir este casillero conmigo, Nakamura-kun.
Esa frase desarmó a Nakamura por completo. El pánico se disolvió en una oleada de ternura abrumadora. Hirose no estaba asustado, ni incomodo por la cercanía. Estaba... con gusto.
Nakamura, aún temblando un poco, reuniendo el valor que se prestaba cuando su amor por el chico lo desbordaba por completo, se atrevió a hacer algo que siempre ha soñado. Levantó lentamente las manos y, con una lentitud tortuosa, las apoyó en la espalda de Hirose, envolviéndolo en un abrazo tímido y torpe.
Hirose no se tensó. En cambio, dejó escapar un suspiro de pura relajación y escondió un poco más su rostro en el hombro de Nakamura.
