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¿Hombre de honor?

Summary:

¿Qué clase de idiota acepta ser el padrino de la boda del chico que ama?

Katsuki Bakugo.

El no cree en el destino. Pero si existiera, claramente lo odia. ¿O no?

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Todos los sábados repetían el mismo ritual, a veces era una película tonta y aburrida pero ninguno de los dos admitiría haberla elegido. Otras ocasiones una salida a un restaurante cualquiera y en noches más tranquilas era más bien una botella de sake y una comodidad de estar juntos en casa de alguno de los dos y es que en realidad no importaba realmente qué hicieran, era que lo hacían juntos.

Por eso le resultaba inconcebible que también fuera un sábado cuando Izuku Midoriya pronuncia aquellas palabras malditas.

—Kacchan… ¿Aceptarías ser mi padrino de bodas?

Y en ese momento el mundo se detuvo, sin estruendos, sin ninguna señal divina. Sintió un frío en el cuerpo y la mente le daba vueltas, el tiempo se congeló de imprevisto, las palabras le llegaron a los oídos y las entendió, por supuesto que las entendió, pero también se negaba a aceptarlas.

¿Casarse?

La noticia le golpeó directamente y un poco tarde. Izuku se casaba. El maldito nerd imbécil se casa. Y no era solo eso: llevaba dos malditos meses saliendo con Uraraka. Dos. Malditos. Meses.

Por supuesto que para Katsuki nada de eso tenía sentido. ¿Padrino de bodas? Por supuesto que eso implica boda, no compromiso o algún plan lejano. Boda directamente, inmediata y definitiva.

—¡¿QUÉ DEMONIOS?!

Bueno, el vocabulario lo traicionó un poco. Izuku se sobresaltó ligeramente; hacía mucho que no lo hacía con ningún arrebato del rubio.

Katsuki exhaló con fuerza, pasándose una mano por el rostro en un intento inútil de recomponerse.

—Izuku… —dijo tratando de que el tono le saliera lo más controlado posible, aunque la tensión se le filtraba en las palabras—. Llevan saliendo como dos meses. ¿Cómo es que ya van a casarse? ¿Dónde está el compromiso, la propuesta? Todas esas cursilerías.

Bakugo intentaba hacerlo entrar en razón, obvio que había motivos lógicos y evidentes. ¿Dos meses saliendo? No le jodas.

Pero admite que también había otros, unos motivos mucho más egoístas y totalmente inapropiados para el héroe número 5.

Y solo era porque el héroe en cuestión, Katsuki Bakugo, llevaba años —específicamente desde finales del segundo año de U.A.— sabiendo exactamente lo que sentía por ese peliverde. Y ahora con 25 y viéndose prácticamente cada vez que podían y esa cercanía constante, esos sentimientos no habían hecho más que crecer, volverse más presentes e inevitables. ¿Y cómo no iban a hacerlo? Izuku era todo lo que Katsuki admiraba, todo lo que respetaba, lo que en silencio había aprendido a comprender y a amar. Fuerte, desinteresado, valiente, insoportablemente bueno. Pero ahora lo veía ahí de pie, con el nerviosismo en el cuerpo, esperando una respuesta, a punto de casarse con alguien más.

Katsuki apretó la mandíbula tan fuerte que dolió. Ese era el precio de la cobardía.
Lo había sabido desde el momento en que le entregó el traje, cuando estuvo a punto de decirlo y no lo hizo. Cuando retrocedió en el último segundo. Todavía podía sentir el peso aplastante de su titubeo.

Ahora el universo lo castigaba, decidido a restregárselo en la cara. Primero cuando malinterpretó sus palabras en ese auto, los vio acercarse, salir juntos y ahora también tendrá que verlos casarse. El nudo creciente en la garganta lo estaba asfixiando.

No. No. No.

—Eh... bueno —Izuku se rascó la nuca avergonzado—. Ochaco y yo lo hablamos. Creemos que es lo correcto. Ya tenemos 25 y nos conocemos desde los catorce. Es mucho tiempo, ¿no? ¿Por qué esperar?

Katsuki lo miró como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.

—¿Por qué esperar? —repitió incrédulo, pero aún tratando de controlar el tono—. Porque no sabes si te gusta cómo cocina. O si tiene hábitos que no soportas. ¿No deberían... no sé... vivir juntos primero?

Izuku se encogió ligeramente de hombros.

—Bueno, ya vivimos en los dormitorios y nunca hubo nada que me molestara. Además, estoy seguro de que no puede cocinar peor que yo. Y siempre existe el delivery.

—Deja de comer basura, idiota.

Izuku soltó una risita nerviosa, y entonces, como si nada de eso importara realmente, volvió a la pregunta inicial.

—¿Pero sí serás mi padrino de bodas?

Ahí estaba. La oportunidad de negarse. Katsuki la vio con claridad, la sintió y también... la dejó ir. Porque al final nunca le había negado nada, nunca, nunca había podido. Nunca a él, no cuando se trata de la felicidad de Izuku.

Incluso amándolo de la forma más estúpida y dolorosa posible, no podía evitar querer verlo feliz. Y quizá eso era el amor, aunque lo destrozara por dentro, aunque lo dejara vacío y lo obligara a quedarse al margen.

—Sí —respondió finalmente con la voz más firme de lo que sentía—. Sí, seré tu padrino de bodas.

Izuku sonrió, con esa sonrisa que siempre lograba desarmarlo.

Mierda.