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"Te casarás Roier, y no acepto un no por respuesta. Soy tu padre y tu rey, por ende debes obedecer."
Esas fueron las últimas palabras de Vegetta, rey del Norte, hacia su hijo primogénito, el príncipe Roier, en la conversación que el más joven calificaría como la mayor traición de su vida.
Y es que Roier, al ser el futuro heredero a la corona, llevaba toda su vida estudiando y entrenando para ello. Y pensaba que cuando llegara el momento, tendría la posibilidad de escoger a alguien para estar a su lado en dicha labor, o quedarse solo como su padre. Pero al parecer, en esa última parte se equivocaba.
Una noble del reino, llamada Pressea, había pedido en matrimonio a otro noble muy cercano a la corte, Foolish. El de ojos verdes como esmeraldas era muy conocido en palacio, pasando casi todo su tiempo por allí, con el rey y sus hijos. Roier hasta lo llegaba a considerar su otro padre, debido a la cercanía que existía entre el noble y el rey.
Porque había una historia detrás que prácticamente nadie conocía, que se camuflaba bajo el título de "amigos especiales", pero Roier sabía el significado de ese título, conocía la relación de Vegetta y Foolish.
Y Roier entendía perfectamente porqué su padre se había plantado y había negado la propuesta de la chica francesa. Conocía la opinión del resto de nobles y muchos pueblerinos acerca de las relaciones entre hombres, por lo que si ambos llevaban su relación en secreto, a Roier le parecía más que perfecto, y lo entendía porque él también era gay, al igual que su padre.
Por eso la mayor traición para Roier fue ofrecerlo a él en lugar de Foolish. Había sido una reacción totalmente innecesaria, nacida de la desesperación de Vegetta al ver en peligro su relación, y habiendo dejado que sus celos lo consumieran, había pagado su ira con su hijo mayor. Al enterarse de la noticia, Roier peleó, negó, y ofreció todas las opciones posibles a su padre con tal de evitar ese destino. Todas sus propuestas fueron rechazadas, bajo la firme mirada del rey, y los ojos tristes del segundo al mando de su padre, Juan, al que conocía desde que eran niños, que parecía decirle con su mirada que él ya había intentado salvarlo de aquella situación pero había sido imposible.
"Esta misma noche habrá un baile, donde se realizará la pedida oficial y se anunciará la boda al pueblo, así que quiero que te arregles debidamente y te comportes. Son órdenes, Roier. Ya no eres un niño."
Después de eso, Roier había salido corriendo a sus aposentos, sin escuchar a su escudera y mejor amiga, Jaiden, llamándolo detrás suya. Cerró la puerta de un golpe, y se lanzó a su cama, abrazando una de sus almohadas y permitiéndose llorar libremente hasta que quedó dormido.
Jaiden revisaba que en su traje estuviera todo perfectamente colocado, mientras Roier observaba su reflejo en el espejo de su cómoda.
—Pensé que realmente las cosas podían ser distintas, Jai. Fui un estúpido - Se lamentó el castaño.
—No te machaques tanto, Roi. No había nada que pudieras hacer para evitarlo, sabes como es el rey mejor que nadie. - Dijo Jaiden, en un intento de consolar am príncipe.
—… No es justo — Comenzó a decir Roier, con la voz quebrada, las lágrimas amenazando con volver a salir. Notando eso, Jaiden abrazó al príncipe por los hombros, apoyando su cabeza en el hombro derecho del castaño, brindándole su apoyo, ya que era lo poco que la escudera podía hacer para ayudarlo, por dentro ella también sufría al no poder hacer más por la felicidad de su mejor amigo.
Roier estaba perfecto, con una camisa blanca abullonada bajo un traje totalmente rojo, con detalles en negro y dorado que simulaban telas de araña, haciendo referencia al gusto por los arácnidos del príncipe. Pocas veces le permitían ir de su color favorito, normalmente estaba obligado a vestir del color del reino, el morado, y suponía que Vegetta le había enviado ese traje con tal de amainar ligeramente su tristeza o ira por la situación, de manera totalmente fallida, dado que el traje venía acompañado de la mirada vacía del príncipe.
—Ya es hora, Roi — Dijo con tristeza la escudera, y la única respuesta que obtuvo fue un movimiento de cabeza vertical del príncipe, que respiró hondo, y salió de la habitación sin decir una palabra, dejando atrás a su mejor amiga preocupada por su estado.
Roier ni si quiera recuerda el inicio del baile. Había tenido que saludar a muchos nobles, gente desconocida, que había acudido en pos del importante anuncio que el rey y el príncipe iban a ofrecer llegando al final del evento. Sin embargo, Roier no era capaz de nombrar a una sola de las personas a las que había agradecido su asistencia, ya que llevaba toda la velada comportándose de manera prácticamente robótica, sin expresar un ápice de emoción y con una expresión monótona en su rostro.
Sentía la mirada imponente de Vegetta en su nuca, advirtiéndole de que cualquier paso en falso y sufriría las consecuencias. El ser el centro de atención constante no ayudaba con su plan de escaquearse momentáneamente del baile, por lo que Roier tuvo que soportar al menos una hora de conversaciones que no le importaban en lo más mínimo hasta que encontró la distracción perfecta: La llegada de Foolish.
El noble había llegado tarde debido a unos problemas con su carruaje, pero en cuanto apareció por la puerta, toda la atención, tanto la del rey como la de la noble francesa, fue dirigida al ojiverde.
Roier aprovechó rápidamente para huir en dirección al que siempre había considerado su lugar seguro: Los jardines del palacio.
Anteriormente, eran unas simples hileras de arbustos con unos cuantos rosales, pero en los últimos años, Roier se había dedicado a nutrirlos y plantar de las flores más variadas y exóticas, dándole vida y color a los pasillos.
Al fin, Roier conseguía un poco de aire fresco, permitiéndose sonreír por primera vez en todo el día al observar los bellos colores que adornaban el lugar, orgulloso de su avance. Hasta que escuchó un ruido cercano, unos pasos que definitivamente no eran los suyos.
"Verga, en qué mal momento vine desarmado." Se arrepintió internamente el príncipe, que por costumbre había dirigido su mano a su cintura, donde normalmente reposaba un cinturón de cuero con su espada, pero que había dejado por órdenes de su padre, que había dicho que un baile no era lugar para que un príncipe llevara un arma. Al menos, si ahora moría por la falta de ella, quizás su padre se sentiría culpable y se arrepentiría de sus acciones.
De igual forma, el príncipe se armó de valor, y alzó su voz, tratando de imponer respeto.
—¿Quién anda ahí? — Preguntó al aire, buscando con la mirada por alguna figura desconocida en sus alrededores.
Fue ahí que lo vio, arrodillado, observando unas flores del jardín. El marrón chocolate de los ojos de Roier chocó con el azul celeste de los del extraño, congelando a ambos en su sitio, que permanecieron más segundos de lo necesario perdidos en los iris del contrario, hasta que el ojiazul se levantó del suelo y habló.
—Una disculpa, alteza. No era mi intención asustarlo — Se disculpó en español con un acento que Roier no reconocía.
—No recuerdo haberlo visto dentro, caballero — Roier se intentó mantener firme, aunque definitivamente la belleza del desconocido lo estaba distrayendo. Sus ropas no parecían valer mucho, como las del resto de asistentes del baile, pero su pelo rubio oscuro, perfectamente ondulado, con un simple mechón de color blanco, y sus perfectas facciones, eran más que suficientes para llamar la atención del príncipe.
—Eso se debe a que no lo estaba, alteza. Solo he venido a ver los jardines.
—¿Y quién le ha dado permiso para entrar? —Rebatió Roier, con una expresión seria.
—Hasta donde sé… Nadie — Respondió el rubio con una sonrisa ladina, estresando al príncipe por su propia incapacidad de intimidar al intruso.
—… Podría llamar a los guardias y que lo arrestaran ahora mismo - Amenazó firme el castaño.
—Bueno, teniendo en cuenta que eso implicaría que todos se percatarían de su ausencia en el baile y no parece muy entusiasmado por regresar, permítame dudarlo, príncipe — Teorizó el rubio, dejando a Roier sin palabras, que solamente abrió la boca con la intención de decir algo, pero la volvió a cerrar al momento.
—Hijo de perra… — Susurró el castaño, haciendo reír al ojiazul.
—Amarantos, ¿los conoce? — Cambió el tema de conversación el desconocido, haciendo que Roier se percatara de las flores que tenían en frente.
—Yo mismo las traje, claramente las conozco — Respondió Roier, cruzándose de brazos, aún con su orgullo herido.
—¿Y sabe usted del lenguaje y significado de las flores, alteza? — Le preguntó el extraño, mientras acariciaba uno de los brotes de la flor de un magenta intenso.
—… No tanto como me gustaría. En la biblioteca de palacio hay escasos libros sobre ello, y no he tenido oportunidad de leerlos todos — Confesó el príncipe, haciendo que el ojiazul regresara su mirada a él y le dedicara una sonrisa, poniendo nervioso al castaño.
—Supongo entonces que no conoce el significado detrás de los amarantos — Roier negó con la cabeza, dando pie para que el rubio siguiera explicando. — Su nombre proviene del griego, y significa "flor que nunca marchita", debido a que efectivamente, sus pétalos nunca se secan. Por ello simbolizan la inmortalidad y la eternidad. Regalarla es como una promesa de amor eterno.
Roier escuchaba las palabras del ojiazul atentamente, haciendo una mueca ante la mención del tópico sensible en ese momento. Un amor verdadero y eterno, era todo lo que Roier alguna vez había deseado, y en un solo día, le había sido arrebatado, en su lugar dando pie a un matrimonio arreglado.
—…¿Cómo puedo llamarle, si no le molesta? — Se atrevió a preguntar el príncipe. El desconocido dudó un momento, pero finalmente se decidió y se acercó aún más al castaño, arrodillándose frente a él.
—Me llaman Cellbit, pero usted puede llamarme como usted desee, alteza — Se presentó el rubio antes de tomar la mano del príncipe y dejar un beso en sus nudillos, acelerando por completo el corazón de Roier ante el espontáneo flirteo y la cercanía.
—…Cellbit, ¿qué opinas de los matrimonios por conveniencia? — Preguntó Roier una vez el ojiazul regresó a su posición inicial y él recobró sus sentidos.
—No es que esté a favor… Pero si tuviera que someterme a uno, si me trajera estabilidad financiera y el poder vivir tranquilo, lo aceptaría — Reflexionó en voz alta Cellbit.
—¿Aunque eso significara renunciar a que alguien te regale unos amarantos y que el significado de esa promesa sea verdadero? - Volvió a preguntar el castaño, mirando fijamente a Cellbit.
—Bueno, en estos momentos no tengo a nadie dispuesto a hacerlo — Confesó Cellbit, observando de reojo al príncipe, como si quisiera analizar su reacción. — ¿Y usted que opina, alteza?
—Yo… Preferiría vivir constantemente huyendo, pero tener la oportunidad de vivir un amor verdadero, a quedarme en palacio viviendo una mentira — Respondió con facilidad Roier, sin saber por qué estaba haciendo esas confesiones a un completo desconocido.
—Vivir huyendo no es fácil, príncipe — Dijo severamente el rubio, sorprendiendo a Roier por la repentina seriedad.
—¿Lo conoces de primera mano, entonces? — Dijo curioso Roier, intentando conocer más al ojiazul.
—Soy mercenario, un asesino a sueldo. Mi trabajo no es considerado algo honrado, alteza. Eso hace que nunca me quede en un sitio por mucho tiempo, y debo llevar esa vida que usted parece ansiar.
Roier palideció momentáneamente. ¿Y si Cellbit solo estaba allí porque su objetivo era matar a alguien de la corte? ¿O si únicamente estaba hablando con él para hacer tiempo, mientras alguien más creaba caos dentro de la sala de baile? Peor aún, ¿y si había estado sincerándose sobre su vida porque la víctima sería él y después de matarlo, obviamente no podría compartir esa información con nadie más?
Cellbit rio ante la reacción del castaño, dejándolo más extrañado aún.
—Tranquilícese, alteza. Por así decirlo, no estoy de servicio. No tengo ningún encargo en el reino del Norte, solo estoy de paso, y he escuchado mucho sobre los preciosos jardines del palacio, propiedad del aún más hermoso príncipe — Coqueteó sin temor alguno Cellbit, ahora sustituyendo la palidez en la cara del castaño por un rubor. — Vivir a la fuga no es algo fácil.
—Pero tiene libertad, ¿no es así? — Preguntó Roier una vez recuperó su voz.
—… Así es. Es de lo poco que me queda y lo que más valoro — Respondió con honestidad el ojiazul.
—Cellbit, le tengo una propuesta — Soltó abruptamente Roier.
—¿Un matrimonio arreglado? ¿Es por eso que preguntó, alteza? — Bromeó el mercenario.
—Cállate, pendejo — Respondió el castaño, intensificando aún más la risa del rubio por su insulto. — Permíteme ir contigo.
La risa de Cellbit frenó en seco, y rápidamente se volteó a mirar a los ojos del príncipe, con tal de verificar la seriedad de la propuesta, encontrándose con la cara determinada de Roier.
—Sé pelear, sé de diplomacia, y sé de geografía. Llevo en mí ahora mismo joyas que se podrían vender por muchas monedas, y conozco castillos ajenos por visitas pasadas que podrían ayudarte en caso de que fuera necesario — Comenzó a enumerar sus cualidades Roier, con tal de intentar convencer al rubio de su potencial, de que no era un simple príncipe mimado. — Quiero escapar de aquí, y ser libre. Ayúdame, y yo daré mi vida para ayudarte.
—No sabes lo que estás diciendo, Roier — El uso de su nombre en vez de "alteza" o "príncipe" envío un escalofrío por la espalda del castaño.
En un arranque de valentía, Roier cortó con delicadeza uno de los amarantos que tenían al lado y acercándose un poco más, agarró la mano de Cellbit, y puso la flor en sus manos, no solo como una declaración de intenciones, si no también como una manera de demostrar su lealtad.
—Por favor… — Suplicó Roier, mirando fijamente a Cellbit a los ojos, intentando comprender lo que estaba sintiendo el ojiazul por sus reacciones.
—… Una vez formas parte de esto, solo hay una manera de salir, y es la muerte. ¿Comprendes eso? — La mirada del rubio transmitía advertencia, pero no solo eso, si no que Roier también era capaz de reconocer atisbos de preocupación en su tono. — Te considerarán un traidor, no podrás regresar jamás.
—Acepto los riesgos — Dijo Roier, decidido.
Copiando su acción anterior, Cellbit cortó otro tallo de amaranto, y con delicadeza, quitó la corona de la cabeza de Roier, dejándola olvidada en el banco de piedra en su costado, y le colocó la flor detrás de la oreja, dejando su mano más tiempo del necesario en contacto con la piel del moreno haciéndole perder el aliento por momentos.
—¿Listo para tu nueva vida entonces, alteza? — Le dijo con una sonrisa Cellbit, mientras le extendía su mano derecha, que Roier tomó con confianza, entrelazando sus dedos.
—Nunca había estado tan listo — Respondió el castaño, devolviéndole la sonrisa, mientras comenzaban a caminar en dirección al muro por el que había saltado Cellbit para entrar. — De hecho, ya no puedes llamarme alteza, pues acabo de rechazar mi puesto como príncipe, ¿cierto?
—Mhm, tienes razón. ¿Qué opinas de "guapito"? Pega contigo — Coqueteó Cellbit con una voz ronca, casi como si estuviera ronroneando, que sumado a la facilidad con la que acababa de trepar el muro, terminó dándole una idea de apodo al castaño.
—Solo si yo puedo llamarte "gatinho" — Rebatió Roier, aceptando la mano del ojiazul para trepar, el cual solamente rio ante la ocurrencia del castaño.
Ya fuera del castillo, Cellbit se adentró en el bosque hasta que encontraron un caballo marrón oscuro atado a un árbol, que inmediatamente pareció alegrarse de ver al rubio de vuelta, que acarició su lomo y subió con agilidad, ofreciendo su mano una vez más a Roier para subir.
—Te presento a Richas — El caballo relinchó brevemente, como si fuera consciente de que acababan de hablar de él. — Quizás ahora que somos dos, podemos ahorrar con algunos encargos extras y conseguir uno para ti. Además, a Richas le vendría bien un compañero, así no se queda tan solito mientras estoy fuera — Comenzó a planear Cellbit en lo que salían al camino, comenzando a galopar hasta el reino contiguo en el que el rubio tenía su trabajo pendiente.
—Me parece bien — Respondió Roier, aferrándose con más fuerza a la cintura de Cellbit para evitar caer, y mirando como su hogar quedaba más lejano cada segundo que pasaba.
—¿Todo bien, Guapito? — Cellbit se giró un poco, lo suficiente para poder seguir manteniendo el control y a la vez poder verificar que Roier estaba bien.
Y es que quizás había sido demasiado alocado dejar todo atrás, sin más. Sin si quiera dejar una explicación. No solo era su padre, era Jaiden, su hermano Senpai, el resto de sus amistades en el palacio como Aldo o Mariana, los que estaba acostumbrado a tener siempre a su lado durante toda su vida.
Pero prefería ser libre de poder amar como quisiera y vivir a su manera a quedarse encerrado en esas paredes. Así que después de recordar su propósito, borró cualquier rasgo de tristeza de su cara y le devolvió la mirada a Cellbit, que lo observaba con preocupación, un detalle adorable a los ojos de Roier.
—Mejor que nunca, Gatinho.
Roier y Cellbit estaban saliendo del reino cuando Vegetta mandó registrar todo el castillo en búsqueda del príncipe. Pero lo único que encontraron de él fue su corona, que reposaba en un banco junto a unos amarantos.
El príncipe fue anunciado como desaparecido esa misma noche, con una gran recompensa para quien lo encontrara, pero los años pasaron, y nadie llegó.
En cambio, un nuevo rumor fue tomando las calles. Se escuchaba por el pueblo, que una pareja de mercenarios a caballo se habían encargado de sembrar el terror en los reinos de la zona, curiosamente aceptando en su mayoría encargos relacionados con evitar o acabar con matrimonios arreglados, y cómo nunca nadie había sido capaz de atraparlos hasta la fecha.
Jaiden tenía sus sospechas, pero nunca había podido confirmar nada.
Hasta que un día, paseando por los jardines de su mejor amigo desaparecido, encontró una carta a su nombre, y un broche en forma de araña, y todas las piezas encajaron. La castaña simplemente comenzó a reír del alivio, y prometió proteger ese broche con su vida.
A sus ojos, sabía que Roier no estaba hecho para vivir en palacio, no por siempre, y en el fondo de su corazón, siempre había deseado que el príncipe fuera libre. Y saber que al fin lo era, llenaba su corazón de una felicidad inmensa. Dicha felicidad solo aumentó cuando leyó la carta, una invitación para que en unas semanas, cuando llegara el 16 de junio de ese año, saliera de palacio a escondidas, ya que estaba formalmente invitada a su boda privada con el que le había ayudado a ser libre y ahora era su dúo a la hora de aceptar encargos.
—Culero, regresa después de años sin dar señales de vida para invitarme a su boda… — Divagó en voz alta Jaiden, negando con la cabeza con una sonrisa. — Solo tú serias capaz de hacer eso, Roi.
El eco distante de una risa que conocía perfectamente detrás de unos arbustos confirmó sus sospechas de que el chismoso de Roier había estado observándola desde un inicio, haciendo reír a la castaña.
Después de guardar el broche y la carta, siguió como si nada con su trabajo, pero ahora con ansias de que ya fueran mediados de junio, con tal de poder volver a ver a Roier, aunque fuera una vez más, y esta vez feliz y completo, no como la última vez que lo vio, vacío y con la mirada perdida, observándose en el espejo sin lograr encontrarse a sí mismo, como si de una oveja entrando al matadero se tratase.
