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El orgullo del emperador.

Summary:

Michael Kaiser volvió a Alemania con un solo objetivo: enterrar su pasado y renovar su pasaporte. No esperaba encontrarse de frente con la mujer que lo abandonó, ni mucho menos con la hija que ella sí decidió amar.

Daphne Weiss no buscaba ser el centro de atención; prefería la seguridad de su "agujero de hobbit" y su trabajo tras bambalinas en Vogue. Pero el destino (y un desafortunado malentendido) la arroja directamente al mundo de Kaiser.

Ahora, atrapados en una red de chismes y conveniencias, ambos deben navegar por una Madrid calurosa y llena de paparazzis. Michael cree que Daphne es un peón más en su tablero, pero ella podría ser la única capaz de ver la tristeza en los ojos del emperador.

Chapter 1: La tristeza en los ojos del diablo.

Chapter Text

—Así que… ¿es ella?

Cuando todavía conservaba algo de inocencia, Michael creyó que, en algún momento, mamá atravesaría el umbral de la entrada y lo llevaría con ella a una casa más acogedora y bonita, con un jardín lleno de rosas frescas. Ella le pediría perdón, le daría un beso y serían felices comiendo perdices.

Muchas mujeres cruzaron ese umbral: llenas de lentejuelas, labial carmín y oliendo a perfume barato. Ninguna de ellas venía por Michael; sino por su padre. Solían pasarlo de largo, limitándose a sonreír con cortesía antes de meterse a la habitación que correspondía a su padre. Luego, las mujeres salían enfadadas, con una mueca de hastío mientras se arreglaban las medias rotas y el vestido. Ninguna regresaba, al menos no por el niño.

Tampoco es que alguna de ellas fuese considerada un modelo adecuado para la mente de Michael. En su interior, su madre era el epítome de la belleza. Rubia, de esplendorosos ojos repletos de pestañas largas, pómulos afilados, piel blanca y un delicioso gusto para vestir. Cabía añadir que seguramente era bondadosa y amable; que la razón detrás de su abandono debía tener una razón profunda de ello.

Sin embargo, con el pasar de los años, la figura de esa madre abnegada y bella se desvaneció de su cabeza de la misma forma en que la existencia de Michael se esfumó de la de su madre.

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Después de que su lugar en el Bayern Múnich fue asegurado, Ray Dark le proporcionó un informe acerca del paradero de su madre. Su madre biológica. Esa mísera mujer que lo abandonó, de la que no tenía ni un solo recuerdo y tampoco tenía interés de empezar a crearlo. De cualquier forma, su representante no dio respuesta y Michael dio el tema por zanjando. Daba igual; no la necesitaba. No lo hizo antes ni ahora, en la cúspide de su carrera.

Tenía un contrato por cinco años en el Real Madrid, era parte de los Once de la Nueva Generación y el prodigio de la selección de fútbol de Alemania. Los patrocinadores llovían por doquier y el niño indeseado que no era más que un pedazo de mierda en medio de la basura había sido desechado.

Entonces, no entendía porque sentía esa punzada en medio del pecho en cuanto la divisó entre la multitud. La bilis le subió por la garganta y su corazón martillo contra sus costillas.

Se había traicionado a sí mismo: cuando Ray lo dejó solo, Michael cedió a la curiosidad. Quería saber si es que su imaginación infantil no había volado demasiado lejos e incluso, saber el nombre de la mujer a la que debía maldecir día y noche.

Alice Love.

Y para la propia desgracia de Michael Kaiser, él era su vivo retrato. Toda esa belleza y magnificencia de la que las revistas y los medios se esforzaban en halagar, era producto de esa despreciable mujer. El cabello rubio, los ojos, la piel e incluso, las rosas.

—Sí… — aseguró Ray, moviendo su copa —. Por lo que sé, su hija mayor fue promovida para ser la nueva editora en Vogue.

—¿La mayor? — preguntó Michael sin despegar la vista de la mujer que sonreía para las cámaras.

Ray Dark bebió un sorbo de su copa. Soltó un suspiro por la nariz cuando se dio cuenta de la tristeza reflejada en esos coléricos ojos azules. Se recargó sobre la columna de mármol antes de mirar por encima de su hombro. Realmente, no había considerado la situación. Dado que Michael no era muy afín con los medios de la moda, Ray no pensó que estuviera presente durante la Fashion Week en Berlín. Debió de predecir que la naturaleza esteta de Michael lo traería a estos dominios.

—Tiene tres hijos — contestó Ray con cautela —. Con el empresario Reginald Braus.

Michael apretó los labios y esbozó una sonrisa que se desdibujaba con una visible amargura.

—Vaya. Supongo que su maternidad tenía condiciones.

Él bebió su copa de un solo trago, sintiendo que el alcohol le quemaba la garganta como el veneno que le corroía las arterias. Desde su lúgubre esquina, ver a la bellísima y famosa actriz Alice Love en compañía de la que suponía era su hija mayor se volvió una nueva forma de tortura. La mujer más joven –parecida a su madre, aunque no lo suficiente– tenía unos enormes ojos verdes, separados con una nariz demasiado recta y el cabello miel le caía en bucles sobre los hombros cubiertos por pecas doradas.

Era difícil encontrar alguna similitud entre ella, Karoline Braus y él, Michael Kaiser. Todo los hacía tan diferentes: el apellido, el físico, el entorno y el innegable amor que la madre de ambos les profesaban.

Michael estiró su mano hacia uno de los meseros. El servicio se inclinó hacia él para permitirle dejar su copa en la bandeja de metal. No era masoquista, más bien lo contrario. Un sádico. Y realmente no tenía la templanza para seguir mirando con escrutinio a la descarada de su madre sonriendo y alabando a la hija que sí deseo.

—¿Planeas quedarte todas las vacaciones? — le preguntó Ray en cuanto notó la retirada de Michael.

—No — declaró y se llevó una mano a la garganta —. Vine a enterrar al bastardo y a renovar mi pasaporte. Voy a largarme de aquí cuanto antes.

—Ya me lo imaginaba — finalizó.

Michael se dio media vuelta y se encaminó entre la multitud. Se había encontrado con una que otra mujer que lo habían reconocido, le habían pedido una fotografía o incluso, algo más atrevido. De estar de otro humor, quizás habría accedido, pero tampoco quería tentar la suerte, especialmente con esa chismosa rondando por ahí. De por si la prensa era jodidamente molesta, no quería ni pensar lo que sucedería si algo como eso se escabullía entre los indiscretos labios de alguien y terminaba en los tabloides sensacionalistas de internet.

No necesitaba un escándalo y era mejor no buscarlo. Pisar aquel evento había sido una terrible tentación. No podía negar que la beldad siempre había sido uno de sus puntos débiles ¿Quién no se vería embelesado por aquello que considera hermoso? Era parte de la naturaleza humana y por lo que sabía Michael, todavía tenía algo de humanidad. Sin embargo, la noche terminó siendo un desastre con la aparición de esa mujer.

Tan pronto encontró un sitio solitario, Michael se apropió de él. Era una pequeña terraza en uno de los laterales del salón. Estaba cubierto por una ligera capa de césped que atravesaba los adoquines del suelo y en el centro, yacía una pequeña fuente de piedra. Sobre la punta de la estructura, figuraba las siluetas de un hombre queriendo atrapar a una mujer. Habían algunas flores alrededor, pero la oscuridad de la noche apagó los colores.

Michael se detuvo frente a la fuente. La luz de la luna lo hizo reflejarse sobre la superficie del agua y vio la tristeza en los ojos del diablo.

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Tal vez, él debió de acercarse y hacer un escándalo. Sí, a lo mejor era lo que necesitaba. Gritar, enojarse, llorar… No, él ya no lloraba activamente. Era Michael Kaiser, la Rosa Azul del fútbol. Ese niño estúpido que sollozaba por libertad en esa pila de basura ya no existía…

—¡Ah! ¡Que bueno que te veo!

La presencia de alguien más en su espacio hizo que Michael levantara el mentón de la fuente. Su vista se dirigió rápidamente hacia la pequeña silueta que se movía frente a él y rodeaba la fuente con un vestido coral ceñido. No pudo evitar fruncir el ceño, pero rápidamente entendió que se trataba de otra más.

—Ya no estoy dando autógrafos — declaró Michael, metiendo sus manos a los bolsillos de su pantalón.

La mujer levantó la vista y él no pudo evitar fruncir la nariz. Vio el ligero bigote que se asomaba encima de esos labios carnosos cubiertos por un labial rosa chillón y las cejas pobladas, seguida por las mejillas cubiertas de pecas.

—No quería eso ¿Puedes traerme una bebida, por favor? — le preguntó, volviendo a mirar a la cartera roja que colgaba de su brazo derecho —. Que sea rápido.

Michael frunció el ceño ante aquello.

—¿Qué te hace pensar que tengo la mínima intención en servirte, criatura? — dijo con un dejo de indignación.

De su bolso, la mujer sacó un pastillero de color rosa. Volvió a mirar a Michael, mirándolo de abajo hacia arriba y torció los labios.

—El uniforme negro, la postura de espera y que has estado mirando a la nada desde hace cinco minutos sin hacer nada útil — murmuró ella —. ¿Lo harás o tengo que llamar a alguien que sí quiera trabajar?

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Toda la ola de molestia que sintió antes por su madre fue reemplazada por una indignación que lo hizo mostrar una sonrisa cínica acompañada por un tic en el ojo izquierdo.

—Esto no es un uniforme, ignorante — contestó él —. Es un Alexander McQueen de dos piezas.

La mujer parpadeó y se llevó una mano a la cintura.

—Felicidades al sastre. El agua, por favor. Me estoy mareando.

Su ojo izquierdo siguió temblando y sus músculos se tensaron, pero aún así, él no dejó de mirarla. Por el rabillo del ojo, Michael vio pasar a uno de los del servicio y no perdió tiempo en gritarle. El hombre salió disparado hacia él. Michael agarró otra copa de vino mientras veía que la mujer se debatía entre el vino y el agua mineralizada.

—¿Tampoco sabes diferenciar tinto y agua con burbujas? — espetó Michael llevándose la copa a los labios.

La mujer le pidió al mesero que le diera agua normal, pero aún así se llevó el agua mineralizada.

—¿Y usted no sabe diferenciar entre el negro mate del servicio y negro ébano del código de vestimenta?

Michael apretó su mandíbula mientras se perdía en esos enormes ojos marrones escondidos detrás de unas gafas cuadradas y feas.

—Un método extravagante para llamar mi atención — declaró —. Lástima que no haya surtido efecto.

Él la vio sacar dos pastillas de color blanco. Se las llevó a la boca y dio un rápido sorbo al agua mineralizada. Ella dio un respingo mientras guardaba el pastillero en la bolsa nuevamente.

—Me alegro — confesó ella —. ¿Se imagina que hubiera hecho enojar a Loris Karius? ¡Mi jefa me mata!

Michael tuvo que ahogar la necesidad de abalanzarse contra ella y zarandearla de un lado a otro.

—No soy Loris Karius — enervó, rechinando los dientes —. Piensa. Recuerda o utiliza ese cerebro tuyo, porque de seguro por eso estás aquí y no… por tu aspecto.

Para sorpresa de Michael, la mujer levantó las cejas. Clavó sus ojos marrones sobre su rostro, se acarició el mentón con lentitud mientras seguía mirándolo hasta que finalmente suspiró y se encogió de hombros.

—Eres… ¿Benedict Grim? — dijo ella y se llevó una mano a la cabeza —. Si, supongo. La mayoría de los futbolistas son rubios.

—Una afirmación estúpida — espetó y su mano fue a caer en su cabello rubio—. Es como asegurar que todas las modelos son descerebradas.

La mujer se encogió de hombros nuevamente.

—Pero así le gustan las mujeres a tipos como usted.

Michael abrió y cerró la boca como un pez, pensando en una réplica mordaz, pero en lo único que podía concentrarse era en esa criatura imperfecta que le hablaba con tanta dejadez como si fuese nada.

—Una pena para ti — alegó Michael —. Apreciar la belleza es parte del comportamiento humano.

—Me halaga — dijo ella, cruzándose de brazos —. Y me alegro por usted. Esta noche, el lugar está atiborrado del tipo de mujer que le gustan. Deléitese con ello.

La mujer se movió por su derecha, moviéndose hacia el interior del evento. Pasó de largo la presencia de Michael sin mirar atrás mientras él la seguía con sus ojos azules. La vio desaparecer entre la bruma de la multitud, apagándose como una llama en medio de un lugar repleto de sombras y grises.