Work Text:
Hirose observó al muchacho sobre el que estaba sentado con una sonrisa suave.
—Dime la razón —dijo Hirose con voz baja— por la que estás tan obsesionado conmigo.
Él sabía la respuesta. Era algo que siempre había sabido, pero quería oírlo de boca de Nakamura.
—Todo —gimió Nakamura con devoción.
Las palabras acariciaron el ego de Hirose. Observó la mirada desesperada que Nakamura le dedicaba. Lo miraba como si fuese un ángel.
Nakamura se veía tan lindo, tan complaciente… de una forma en la que Hirose sabía que, si lo pidiera, le bajaría la luna y las estrellas.
—Hirose, por favor… —Nakamura se movió con desesperación, aunque no se atrevía a hacerlo realmente.
—Silencio, Okuto.
Nakamura cerró la boca de golpe; parecía que el nerviosismo lo invadía. Hirose presionó su trasero contra la ansiosa erección de Nakamura.
—Mng…
—¿Qué fue eso? —Hirose sonrió sádicamente y comenzó a frotarse en un vaivén lento y tortuoso—. Creí haber dicho que cerraras la boca.
Esta vez, Nakamura no produjo ningún ruido; se limitó a mirar avergonzado hacia otro lado.
—Buen chico.
El rostro de Nakamura se puso completamente rojo. A Hirose le encantaba el efecto que producía en él.
Esta vez, el castaño le plantó un beso húmedo en la boca, metiendo su lengua y explorando cada rincón de la boca del pelinegro. Se aseguró de producir ruidos obscenos y, cuando uno de sus gemidos hizo que Nakamura se tensara, supo que tenía el control.
Hirose apoyó la mano izquierda sobre el pecho de Nakamura, mientras con la otra tomaba el palpitante pene del pelinegro, alineándolo con su entrada.
—¡H-Hirose!—
—Shhh… Te dije que no hablaras —Hirose cerró los ojos por un segundo—. Creo que te mereces un castigo por no seguir órdenes.
Nakamura se preguntó a qué se refería. La respuesta llegó cuando Hirose introdujo solo la cabeza de su miembro en su interior y comenzó a subir y bajar, asegurándose de que únicamente la punta entrara y saliera de él.
—Ngh… Hirose, por favor… quiero—
El castaño lo interrumpió con un corto pero sensual beso.
—Eso hubieras pensado antes de desobedecerme —dijo Hirose con una sonrisa sádica plasmada en sus labios.
Era brutal. Nakamura sentía cómo las paredes internas de Hirose se amoldaban perfectamente a él, pero al mismo tiempo era una tortura no poder introducirse por completo.
—Hirose, por favor… ¡Seré un buen chico! ¡Déjame! Ah…
—¿Ya vas a obedecerme?—
—¡S-Sí! Hirose, lo necesito, lo quie… ¡Mng!—
Hirose decidió que había tenido suficiente y bajó su trasero de golpe sobre el pene de Nakamura, tomándolo por completo de una sentada. Nakamura echó la cabeza hacia atrás, y Hirose soltó una risita, deleitándose con la vista.
—Tú te sientes tan bien… Te amo, eres perfecto —murmuró Nakamura con el poco autocontrol que le quedaba.
Hirose aumentó la velocidad de sus sentones, montando al pelinegro con un ritmo controlado.
Su mente estaba nublada; los elogios de Nakamura lo tenían mareado. Se dio la vuelta, haciendo que quedaran en una posición de vaquero invertido, y giró la cabeza para conectar directamente su mirada con la de Nakamura.
—¿Te gusta la vista, Nakamura?—
Nakamura soltó una serie de sonidos que apenas podían considerarse palabras; parecía borracho de placer.
Hirose levantó ligeramente el trasero y lo dejó caer sobre la entrepierna del pelinegro.
—¡Respóndeme bien cuando te hablo! Dime, Nakamura… ¿te gusta?—
—Me encanta…
Satisfecho con la respuesta, Hirose volvió a moverse, asegurándose de mantener un ritmo que sabía volvería loco al pelinegro.
Sí. Definitivamente era el paraíso.
Hirose ralentizó sus movimientos y preguntó, con la respiración entrecortada:
—Nakamura… ¿hay algo que quieras que haga por ti?—
Pudo sentir cómo el pene dentro de él palpitaba y contuvo un sonido vergonzoso.
—Quiero que me uses.
Su rostro estaba completamente rojo y su mirada era suplicante, pero su voz sonaba segura. Ahora el rostro de Hirose también se había teñido de rojo, mientras una sensación de satisfacción se instalaba en su vientre bajo.
—Nakamura, no te estoy usando... Quiero que te sientas bien…
—Te sientes muy bien, Hirose —gimió mientras tomaba las caderas del castaño, ayudándolo a subir y bajar sobre su miembro.
—Ya veo… Te gusta que te digan qué hacer, ¿no? Te gusta seguir órdenes.
El rostro ya sonrojado de Nakamura se puso aún más rojo mientras asentía avergonzado.
—Lindo.
Nakamura abrió la boca de par en par y finalmente pudo respirar de nuevo; tomó una gran bocanada de aire mientras Hirose rebotaba sobre él con un movimiento suave y repetitivo.
—Oh, esto es tan bueno… —gimió—. Tan bueno, tan bueno… Sigue así.
Nakamura parecía haber perdido la coherencia, balbuceando repetidamente y comenzando a embestir inconscientemente.
Hirose movía las caderas con cada embestida, disfrutando de la embriagadora sensación del pene de su novio entrando y saliendo de él. Buscaba el placer, intentando encontrar el ángulo perfecto.
Por intensa que fuera la experiencia, por muy perverso y dominante que fuera, quería más.
Curiosamente, su pene era demasiado largo para él; casi llegaba demasiado profundo, rozando su punto sensible sin alcanzarlo del todo, haciéndolo arquearse mientras intentaba llevarlo al lugar correcto.
Nakamura se retorció salvajemente, desesperado por correrse. Mientras Hirose buscaba el ángulo adecuado, levantó las rodillas y aumentó la fuerza de sus embestidas. Ya casi lo lograba. Sintió que su cuerpo se electrizaba, cruzando el punto de no retorno.
De pronto, Hirose se detuvo.
—¡Hirose, no! Hirose, lo necesito… ¡Déjame correrme!— Lloriqueó mientras lágrimas se formaban en las comisuras de sus ojos.
—Aún no… Antes quiero que me folles de verdad.
Como si hubiera presionado un interruptor, Nakamura lo colocó en posición de misionero y comenzó a moverse, entrando y saliendo velozmente, casi como una máquina de coser.
Esta vez no hablaron. Hirose simplemente lo miró, con los ojos brillantes, cautivo, pero a la vez desafiante, recibiendo cada embestida con una sonrisa. Nakamura lo miró fijamente; a veces encontraba su mirada y otras sus ojos vagaban por su cuerpo empapado de sudor, cautivado por él. La mayor parte del tiempo observó cómo su propio miembro se deslizaba suavemente dentro y fuera.
Hirose gimió con los ojos brillantes. Nakamura lo penetró con más fuerza y rapidez, y luego cambió el ritmo con embestidas largas y lentas, intentando llevarlos al éxtasis. El cuerpo de Hirose se arqueaba y se doblaba hasta donde él se lo permitía con cada embestida. Podía ver cómo los músculos de su vientre se tensaban y relajaban con cada movimiento, como si se resistieran.
Nakamura se instaló en un ritmo de movimientos cortos y rápidos, entrando solo a medias. Hirose sonrió mientras el sudor goteaba de su frente y su cabello permanecía empapado. Sus ojos brillaban mientras comenzaba a jadear rápidamente.
—¿Te gusta eso? —preguntó.
—Sí… mucho —gimoteó Nakamura mientras se entregaba al placer.
Nakamura se introdujo completamente dentro de él, tan profundo como pudo, frotando su pelvis contra la de Hirose. El castaño se retorció bajo él, zafándose de su agarre, y Nakamura casi perdió el equilibrio antes de sujetarlo nuevamente con la mano libre.
Nakamura se inclinó, apoyando parte de su peso sobre él. El castaño rodeó su cuerpo sudoroso con brazos y piernas, disfrutando de la sensación de sus pieles pegadas.
El movimiento fue constante durante varios minutos. De nuevo, antes de poder llegar al clímax, Hirose lo detuvo.
—¿Hirose, qué…?—
El resto de sus palabras murió en su garganta al ver cómo el redondo trasero de Hirose se alzaba hacia él como si fuera un postre irresistible.
—Quiero que esta noche sea inolvidable.
Cerrando los ojos, Nakamura sintió cómo Hirose se frotaba contra él, su miembro rozando su entrada. El pelinegro lo agarró por los hombros, pasando los dedos por su suave cabello. Sus manos se deslizaron por su espalda, rozando una piel húmeda de sudor que brillaba bajo la luz.
Sus manos encontraron su cintura, recorriendo la estrecha curva antes de bajar hasta sus caderas. Por un instante, Nakamura exploró sus nalgas, deleitándose con sus redondas curvas.
Se colocó en posición, deslizando lentamente la punta de su pene dentro del estrecho agujero. Una vez dentro, agarró sus caderas con fuerza y lo penetró con rapidez y profundidad. Hirose gimió ruidosamente; su cuerpo se inclinó hacia adelante y su rostro se hundió en la almohada, disfrutando de la intensa sensación de ser llenado.
Nakamura lo penetró con embestidas largas y fuertes, desesperado por complacerlo.
Nakamura lo sujetaba por las caderas mientras miraba hacia abajo, hipnotizado por el rostro angelical de Hirose. Poco a poco se puso más rígido y las embestidas se volvieron más cortas conforme aumentaba su excitación.
—Oh… —gimió Hirose cuando empezó a sentirse demasiado sensible—. Oh, eso es bueno… Quiero que te vengas dentro de mí.
—¡Hirose, Hirose!—
El mencionado sonrió con satisfacción al notar cómo el pelinegro ya estaba completamente perdido.
—Estás dentro de mí tan profundamente… —Hirose dejó escapar un largo gemido, buscando que Nakamura perdiera la cordura por completo—. ¡Tan profundo!
Podía sentirlo completamente dentro de él y era intensamente placentero, pero lo que realmente lo volvía loco era la sensación de sus cuerpos unidos, sus caderas chocando con fuerza contra las suyas. Había algo profundamente conmovedor en ese instante en el que parecían fundirse por completo.
—Hirose… —dijo Nakamura, incapaz de pronunciar otra palabra que no fuera el nombre de su amado.
En realidad, ni siquiera comprendía lo que decía; simplemente disfrutaba de la sensación de estar dentro de él, del calor de sus entrañas envolviendo su pene.
Nakamura comenzó a moverse con embestidas pausadas y constantes, retirándose lentamente para luego penetrarlo con fuerza otra vez, disfrutando de cada sensación.
Durante varios minutos ninguno de los dos habló; solo jadeaban y gemían al unísono.
Nakamura empezó a moverse con más fuerza. Hirose se arqueó contra él mientras podía sentir cómo el pene dentro de él se endurecía aún más. Era el momento. La respiración del pelinegro se aceleró y sus manos se aferraron con fuerza a sus caderas, dejando marcas con los dedos. Hirose sabía que estaba llegando al punto de no retorno.
No pasó mucho tiempo antes de que el orgasmo alcanzara a ambos. Fue increíblemente intenso. Hirose se apretó con fuerza, asegurándose de que cada gota fuera derramada dentro de él.
—Hirose…—
Nakamura sintió su cuerpo desplomarse. Finalmente se separaron.
—Vaya… eso fue salvaje, ¿no? —dijo Hirose entre suspiros.
En lugar de responder, Nakamura le plantó un beso en los labios; esta vez dulce y tímido, como si no acabaran de revolcarse como animales.
Pronto ambos terminaron acurrucados en la cama, a punto de quedarse dormidos.
Nakamura observaba el rostro de Hirose mientras sonreía bobamente.
—¿Algo que tengas que decirme? ¿O por qué me miras así?—
—Te amo, Hirose.
Él sonrió dulcemente.
—Yo también te amo, mi ángel.
