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Juan impulsaba su cuerpo con el pie sobre la silla con rueditas que tenía en su oficina, en cada vuelta podía ver momentáneamente el cielo detrás suyo, tintes azul rey, una amalgama que se tornaba en violetas, para desaparecer en el horizonte con tonalidades rosadas y rojizas. Las nubes parecían algodón de azúcar que ante la oscuridad del anochecer se enturbiaban, al igual que su mente en ese momento; se pasó la palma de la mano por el rostro, estaba estresado, aunque El Norte y El Régimen estaban en paz pasaba todo lo contrario con su cabeza, no podía parar de darle vueltas a la propuesta del matrimonio arreglado de Molly y Ash. No sabía la razón, solo sabía que no le agradaba en lo más mínimo que eso ocurriera. Llevó la mano sobre los listones rojos que se enredaban sobre la muñeca izquierda simulando una venda, jugueteó con ellos, con la mente en cualquier lugar menos en su oficina.
¿Por qué había dicho que Ash no estaba tan mal?
Gruñó, pasando a los listones de la mano derecha, el mismo tono de rojo que la molesta y apretada corbata que llevaba sobre el cuello. Ok, sí, Ash no estaba mal, pero no había razón ni motivo para decirlo en voz alta y que todos se enteraran de lo que pensaba sobre el enemigo, debían odiarse, no podía ir por ahí diciendo que el enemigo era sexy y que tenía una voz espectacular.
—Necesito unas vacaciones.— murmuró para sí mismo, deteniendo la silla parcialmente hacia el gran ventanal.
Unos golpes resonaron en la puerta, para enseguida dejar a la vista el cuerpo más alto de un moreno que reconocía bien. El cabello ondulado le caía por la frente en ondas, los mechones violetas lo hacían ver más jovén de lo que era.— Juan.— el tono de voz grave envió corriente por la espalda del castaño, quién aspiró hondo y desvío la mirada cuando se dio cuenta que había estado mirando más de la cuenta.
—¿Qué pasa, Ash?— le respondió en una lengua que no era suya, sin siquiera mirarlo.
—Es sobre el matrimonio.— se quedó de pie frente al escritorio, no se sentó, solo estaba ahí de pie. Imponente.
Juan finalmente le miró desde abajo; las tonalidades del atardecer lo bañaban en tintes rosas, amarillos y naranjas. El violeta que lo caracterizaba ahora parecía un color más parecido al de la terracota, rojizo, profundo. Tragó saliva cuando los ojos del más alto se posaron en los suyos sin titubear.
—¿Qué hay del matrimonio?— la voz de Juan salió aguda.
Una sonrisa apareció en las comisuras de Ash, cómplice, como si tuviera un secreto solo para que Juan lo descubriera.— No estoy interesado.— dijo sin más, sin borrar esa sonrisita que alteró los latidos del castaño.
—¿No estás interesado en el tratado de paz?— esta vez su preocupación fue mayor que esa atracción que sentía por el moreno, si Ash no aceptaba el tratado todo se iría a la mierda.
—Eso no fue lo que dije.
—¿Entonces qué-
—No con ella.— el tono de su voz fue más grave. Colocó una mano en el escritorio y lo rodeó, lentamente, tan lento que para Juan fue una tortura ver cómo se acercaba cada vez más.— Contigo.
El aire abandonó los pulmones del castaño, la saliva pasó dolorosa por su garganta y sus manos se sacudieron con un temblor que no podía reconocer en sí mismo. No era miedo, era excitación.
Lo había elegido por sobre la princesa del Norte.
—¿Por qué?— atinó a decir en un tono mordaz, porque no tenía sentido que alguien como Ash se fijara en él. No cuando tenía la oportunidad de casarse con cualquiera con un puesto mayor al suyo.
Roier, Molly, incluso con Aldo como el general.
El moreno se quedó en silencio un momento, solo mirando al exterior a través del gran ventanal. El cielo había abandonado la calidez de los colores, para acercarse al característico azul profundo y el violeta de Ash, que volvían sus facciones un camino lúgubre, difícil de leer.
—Lo siento, el pacto se hizo, Ash. O te casas con Molly o con cualquier otro hijo de Vegetta.— murmuró resignado al no obtener respuesta. Con ambas manos se impulsó para levantarse de su silla, pero apenas se puso de pie volvió a sentir el respaldo contra la espalda, las ruedas chirriaron cuando el cuerpo de Ash se impuso sobre el suyo, con ambas manos sujetando las suyas contra los reposabrazos.— Sueltame.— ordenó, con el corazón a mil por segundo golpeando bajo su tórax.
—¿Necesito una razón para querer estar contigo?— la pregunta salió en voz grave.
No. No la necesitaba.
Juan se estiró en su lugar, lo suficiente para que sus labios apenas rozaran los de Ash mientras susurraba contra ellos:— Esto no es correcto, Ash.
—Nadie dijo que debía serlo.— aseguró el menor en un suspiro exhalado contra él, mientras aflojaba las manos que le sujetaban.
Algo en él razonamiento de Juan se desconectó. El interruptor de “Bien y mal” se había apagado, dejando encendido únicamente el fuego en su pecho, ese que ardía solo para el moreno.
—Tu me odias.— murmuró con los ojos cerrados, disfrutando de la calidez del labio inferior ajeno rozando el suyo.— Yo te odio.— confesó, aunque de eso no estaba tan seguro.
Una risita burbujeo en la garganta de Ash, ronca, tersa, como el ronroneo de un gato que es acariciado.
—Te odio.— dijo sin titubeos. Pero se contradecía con la forma en que sus labios invitaban a los de Juan a besarlo.— Te odio tanto que podría clavarte una daga aquí mismo.— posó una mano en el pecho del castaño, el pulso desbocado golpeó contra su palma. Juan siseo entre dientes.— Quizá así, tu corazón pueda ser solo mío.
—¿Vas a matarme?— la voz del castaño salió en un hilo, no parecía afectado por la repentina “amenaza de muerte”, porque, en realidad había sido lo más romántico que le habían dicho en años.
No hubo respuesta.
Juan abrió los ojos con temor, la oficina estaba un tono más oscuro que antes, en un tinte profundo que volvía borrosa la figura del azabache, bajo la oscuridad de las paredes algo en él brillaba. Su mirada, encendida en un violeta eléctrico, solo fija en el jovén que se mantenía quieto en la silla. Parecía estar asimilando la pregunta, repasandola, tomándola en cuenta.
¿Iba a matarlo?
—No.— fue directo. Tan directo que Juan dio un pequeño saltito en su lugar del susto.
Se miraron en silencio, antes de que Ash se decidiera a llevar una mano al cuello de Juan. Acunó la nuca con la punta de los dedos, mientras con el pulgar recorría su mandíbula, no lo sujetaba con fuerza, pero sí era un agarre que instintivamente hizo al castaño sentirse más pequeño y sumiso a él; la figura se encorvó aún más en la noche, ocultando el cuerpo de Juan de la poca luz que se colaba del ventanal en un beso inseguro.
Como si preguntara primero.
Eso derritió a Juan.
Los labios de Ash se abrieron, los de Juan también, hasta que finalmente marcaron un ritmo. Era lento, tan lento y doloroso que las respiraciones se volvieron pesadas demasiado rápido, ambos luchando por mantener la intensidad del beso igual. Los dedos de Ash se apretaron con mas fuerza en la nuca del ajeno, robándole un jadeo silencioso que envió señales a todo su cuerpo.— Me estás matando.— susurró contra sus labios, mientras se agachaba para tomar entre sus manos los muslos de Juan. El castaño chilló de sorpresa y respiró agitado una vez que el moreno lo depositó en su escritorio, sobre los papeles que había estado revisando horas antes.
Se acomodó entre sus piernas, imponente, pero con la mirada más cálida que Juan había visto en su vida. Lo miraba como si hubiera deseado este momento hace mucho, como si besarlo fuera una tortura.
—Esto está mal.— exhaló Juan cuando Ash volvió a acunar su nuca en una mano, acompañando esa sensación con la mano que se posó en su espalda. Sus muslos apenas tocaban las caderas del moreno, que por su puesto era varias cabezas más alto que él.
Ash hizo una mueca.— ¿Y qué harás al respecto?— preguntó en un tono juguetón.
El cuerpo cubierto por la gran gabardina ocultaba nuevamente al más bajo de la luz exterior. El sol se había puesto, ya no había más que un cielo estrellado y la brillante luna acompañándolos. Juan notó la forma en que la luz plateada iluminaba el contorno de los hombros de Ash, donde instintivamente posó las manos, el cuerpo del moreno se tensó mientras Juan lo recorría curioso.
—Ash.— llamó el castaño deteniendo sus manos en el pecho del más alto. Recibió un «”Mhm”» invitándolo a continuar.— Bésame.
Ash no esperó un minuto más, ni que lo pidiera por segunda vez. Sus labios no se movieron tímidos, ni con aquella lentitud que los había torturado por lo que ellos sintieron una eternidad, el beso era descuidado, hambriento, con la voracidad de dos personas que se odian tanto como parar querer clavar una daga en el corazón del otro; Ash tiró del cabello de Juan hacia atrás, un gruñido salió del castaño que no se molestó en alejarse, pues estaba mas ocupado atrapando el labio inferior ajeno entre sus dientes. Las manos temblorosas del más bajo se aferraron a la ropa oscura del ajeno buscando una estabilidad que nunca llegaría, pues apenas podía mantenerse estable con los labios hambrientos sobre los suyos. Los caninos de Ash le mordieron el labio inferior, un gemido brotó de la boca de Juan dando el espacio suficiente para que el moreno recorriera con la lengua la entrada de su cavidad, se separó unos milímetros, pero tan pronto como lo hizo Juan tiró de su ropa hacia él y lo besó con más ganas. La lengua del castaño empujó contra los labios ajenos, apenas le dio permiso empezó una pelea húmeda entre ellos.
—No parece que me odies.— Ash murmuró burlón, pasando la punta de la lengua sobre los labios brillantes del castaño. Se separó un segundo, mirando al jovén desastre llamado Juan, que tenía sobre el escritorio; lucía desaliñado, con el cabello marrón hacia todas partes bajo la banda roja, los lentes estaban torcidos hacia arriba y la camisa mucho más arrugada que antes se había abierto dos botones, sin obviar la mención del rostro sonrojado y los labios que brillaban hinchados bajo la luz plateada de la luna.— No necesitarás esto.— aseguró quitando los lentes del rostro ajeno, para nuevamente besarlo como lo había estado haciendo antes. Sus lenguas peleaban entre sí, con jadeos que poco a poco aumentaban el volúmen en la habitación oscura. La saliva les escurrió de las comisuras, pero apenas les importó pues estaban más ocupados en lo que hacían.
—Ash.— jadeó el castaño enredando los brazos en el cuello del más alto, el tono de su voz fue necesitado, un tono suplicante que hizo que el moreno gimiera encantado. Ash le limpió los labios con el pulgar, pero apenas unos segundos después ya estaban nuevamente húmedos en aquel intercambio desesperado.
—No quiero a nadie más que no seas tu.— murmuró Ash cuando recorrió con los labios el mentón del castaño, bajando poco a poco por la sensible piel de su cuello.— Aún si eso nos lleva a la guerra.— prosiguió dejando besos húmedos sobre las clavículas visibles bajo la camisa medio abierta. Los jadeos eran música para sus oídos.— Lideraría la guerra si eso significa que puedo hacer que seas solo mío y de nadie más.
Las manos de Juan se apretaron sobre el cabello oscuro cuando volvió a subir a su mentón, el corazón le latía a toda velocidad, asimilando las palabras que acababa de decirle.
Estaba dispuesto a la guerra por él.
Sintió que las mejillas se le teñian de rojo en la oscuridad de la habitación, Ash seguía atendiendo su cuello en suaves y necesitados besos, mientras ambos empujaban las caderas contra el otro buscando más contacto.— ¿Harías eso por mí?— habló en un tono ahogado, sin saber si era por la situación en la que estaban, o porque pensar en que Ash quemaría el mundo por él, lo volvía loco.
—Lo que me pidas.
Juan como respuesta enredó las piernas en sus caderas y lo besó con más pasión. Las cosas sobre el escritorio cayeron acompañadas de un estruendo al tocar el suelo, pero a los amantes no les importó en lo más mínimo; con Juan inclinado sobre los papeles arrugados y Ash encorvado sobre él sujetando los muslos como si temiera verlo huir frente a sus ojos, ya nada más que sus jadeos ahogados eran audibles en la habitación, junto a los sutiles sonidos sordos de la ropa moviéndose, de sus cuerpos frotandose y los labios húmedos sin separarse del intercambio.
Aturdidos uno por el otro, embriagados en una pasión que no debía ser suya, sino de alguien más en el Norte.
Ash no podía ser de Juan, no era correcto, y no era suficiente para mantener la paz.
Pero si Ash lo quería, Juan podía ser suyo.
Solo ellos dos, sin importar que sus familias entraran en guerra.
—Juan…— llamó con temor en la voz, con una propuesta que sabía que sería rechazada.
Pero al momento en que su voz se desvaneció en un hilo, la puerta de la oficina se abrió por completo.
—Escuché que algo se cayó, ¿estás bie-
Foolish estaba de pie en la puerta.
La luz exterior del pasillo le permitió ver a los amantes cómo el tono dorado de su piel pasaba por mil tonos más, mientras recorría con los ojos el escenario en la oscuridad; las cosas del escritorio estaban regadas en el suelo sin dirección alguna, Juan se mantenía acorralado por el gran cuerpo del moreno, con ambos brazos alrededor del cuello de este al igual que las piernas. Ash, por su parte, estaba encorvado sobre él, con el cabello despeinado y los labios hinchados después del largo intercambio de besos.
—Oh.— fue lo único que Foolish logró articular.
Juan reaccionó, todo su cuerpo ardía de vergüenza cuando se sujetó la parte abierta de la camisa y le gritó al rubio.
—¡Jueputa! ¡Cierra la puerta!— gritó con un acento que pocas veces salía de él, algo que solo ocurría cuando se asustaba, se irritaba o estaba molesto.
Foolish de inmediato hizo lo se que le ordenó, murmurando disculpas sin parar hasta que la voz se volvió solo un sonido lejano en el inmenso castillo; los cuerpos se alejaron, con Ash sintiendo la boca seca y el corazón a una velocidad que no debería considerarse saludable.
—Lo siento.— dijo con voz ronca, mientras veía a Juan acomodarse la ropa sin siquiera dirigirle la mirada. El color en la piel del más bajo era de un rosado intenso, tan intenso como la banda roja en el cabello que ahora lucía más presentable.
Juan finalmente lo miró.— No te disculpes.— sonó como un aullido, uno agudo y avergonzado.— No hiciste nada que no quisiera.— Ash sonrió apenado como respuesta a las palabras de Juan. No se movió de su lugar, ni siquiera cuando el castaño se acercó a él y llevó las manos hacia el cabello oscuro que variaba a todas las direcciones. Lo peinó con cuidado, acariciando los mechones bajo la intensa mirada violeta. Cuando retiró las manos, Ash sintió que perdía todo.— Debo volver al trabajo.
Ash asintió.— Yo igual.
Pero ninguno se movió.
—¿Vuelves mañana?
—Mañana.— confirmó Ash.
Juan bajó la mirada un segundo, acción que enseguida se borró con un fugaz beso en los labios del más alto. Carraspeó cuando se alejó en dirección a la puerta, el cuello de su camisa rosa se arrugó cuando se giró para verlo sobre el hombro.— Hasta mañana, Ash.
Ash se despidió con la mano, incapaz de reaccionar.
Repitiendo en su mente la pregunta que no pudo ser expuesta, el deseo de volverlo suyo, de huir juntos.
Mañana.
Lo intentaría mañana.
