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Lautaro tenía una obsesión muy fuerte con el cuerpo humano, amaba lo complejo que era y todas las noches se leía libros y libros sobre anatomía humana. Tenía pósters y afiches pegados en toda su habitación.
Amaba cocinar mientras veía documentales sobre asesinos seriales que consumían la carne de sus víctimas y después dejaban los huesos y piel en ácido clorhídrico para que nadie descubriera sus atrocidades.
Eso lo llevó primero a querer probar la carne cruda de animal, sea cuál sea; primero probó un churrasco común y corriente con un poco de sal, la textura en su lengua era suave y agradable al masticar, después siguió probando más partes de animales.
Se dió cuenta que su parte favorita era el hígado crudo, ¿el humano será igual de rico?
Hasta que un día decidió probar algo, quería saber que se sentía probar la carne humana. Así que invitó a cenar a la última mujer que estuvo con su "mejor amigo".
Lo que ella no sabía, es que no existía dicha cena, ella iba a ser la cena del rubio (literalmente hablando).
— Bienvenida querida, pasá. — La saludó como normalmente saludaría a un invitado, sin levantar sospechas de nada. — Manu ya viene.
Lautaro mientras revolvía comida que claramente no existía, le sacaba charla a la chica para hacer tiempo y prepararse para lo que realmente la había llamado.
Al lado de la puerta tenía un mazo, ni en pedo iba a esperar que los efectos del veneno que tenía preparado para ponerle en la bebida haga efecto, así que ni bien la mujer se dió vuelta para apreciar aquellas vistas de la ventana, sostuvo el mazo entre sus delgadas manos y le dió un golpe seco en la cabeza.
Sintió una gran emoción cuando vió caer a aquella mujerzuela manchando el piso con un gran charco de sangre.
— Los días de gym y la paja no fueron en vano. — Sonrió orgulloso.
El golpe resonó por toda la casa como un trueno mudo. El rubio se quedó quieto unos segundos, jadeando, mirando el cuerpo tendido ante sus pies. La sangre empezaba a correr lenta, espesa, tibia. La observó con una calma casi quirúrgica.
— Shh, tranquila… —susurró, inclinándose sobre ella, acariciándole un mechón de pelo empapado con ojos brillantes. — Ya dejó de doler.
El silencio se apoderó del lugar, roto sólo por el aceite que rehogaba algunas verduras a fuego bajísimo y la respiración acelerada del rubio. Caminó hasta la cocina, donde todo ya estaba preparado: los cuchillos alineados, las ollas limpias, las hornallas prendidas. La escena parecía más un laboratorio que una cocina.
Arrastró el cuerpo cual saco de papas y lo llevó hasta su cuarto, se puso guantes y puso manos a la obra; empezó desmembrando a la mujer para separar la carne que iba a consumir, cortando de a poco sus brazos y piernas, dejando un torso con cabeza.
Volvió a la cocina y vió el enorme charco, una lástima que hubo mucho desperdicio de sangre, pero al ser su primer víctima, era obvio que iban a haber fallos.
Con la próxima sí usaría el veneno que tenía preparado, aunque si iba a consumir su carne, técnicamente debería de ahogarla de alguna manera para que el veneno no afecte en el cuerpo.
Empezó a limpiar para no levantar sospechas, ya que en cualquier momento llegaría Manuel y no tenía ganas de lidiar con gritos e insultos que probablemente le tiraría el morocho.
Aunque le excitaba bastante verlo enojado y hasta había algún que otro momento a dónde llegaban con la violencia física, eso hacía que se le pusiera dura como piedra.
Al terminar la profunda limpieza que le dió al piso, lavó sus manos y mezcló parte de la carne vacuna que ya tenía guardada con la carne que le sacó al cuerpo.
— Manuel, la próxima vez conseguite una con más carne, por dios, una más anoréxica y hueca que la otra. — Resopló poniendo a cocinar aquella carne.
No había diferencia alguna entre carnes, así que tranquilamente podía pasar desapercibida.
Por fin había llegado su amigo, ellos vivían juntos en el departamento del morocho, la única diferencia es que él pasaba más tiempo allí porque detestaba salir y a parte el de ojos verdes se la pasaba en la casa de su otro amiguito...
Habían algunos sentimientos recíprocos de por medio, pero temía que Manu viese lo que le hizo a la última chica con la que estuvo y lo abandone completamente.
— Hola bebote. — Abrazó su cintura desde atrás y le dió un beso en el cuello. — Ufff, que pinta tiene esto, mamita. — Palmeó fuerte su culo. — Y la comida también.
Él sabía que sentía cosas por ambos géneros, pero en su interior decía que solamente tenía que amarlo a él.
Lautaro reía, amaba que lo trate de esa manera, como si fuese exclusivamente su juguete.
— Que atrevido estás. — Mantenía su labio entre sus dientes.
— Solamente con vos, amore mío. — Le susurró en el oído apretándole esa cintura que lo mantenía enfermo.
A veces dudaba de las cosas que le decía, sabía lo mitómano que podría llegar a ser, pero con eso se sentía bien.
— Andá preparando la mesa, que ya casi está lista la comida. — Se dió vuelta para darle un par de besitos cortos en aquella como él le encantaba decirle "boca de petera".
Sirvió la cena, todo se veía aparentemente normal, no habían aromas extraños ni texturas raras.
Observaba de manera filosa como el morocho cortaba y comía la carne.
— ¿Y bien?
— Cada día te superás más, te amo.
El rubio sonreía. — Sos tan lindo que te comería. — Suspiró con aquella hermosa sonrisa.
Ambos estuvieron hablando de la vida como si no existiese ese torso ensangrentado en la habitación de Lautaro.
— ¿Querés ver una peli?
— ¡Cars!
