Chapter Text
Homelander estaba en el suelo. El traje acolchado ridículamente colorido y patriótico ahora estaba rasgado casi por todas partes, manchado de suciedad que se mezclaba con su sangre; algunas de sus heridas eran muy nuevas y otras ya empezaban a generar una fea costra. Debajo, el cemento fracturado amenazaba con derrumbarse; todo lleno de escombros y polvo a la intemperie en la cima de la torre Vought.
Butcher estaba tan feliz de haberlo hecho sangrar; podía escuchar el latido de su propio corazón, inhalando pequeñas bocanadas para tomar oxígeno y calmarse un poco. No sabía si era por el cansancio de la pelea o el éxtasis de verlo debajo de él, sufriendo y batallando por quitárselo de encima, con sus manos enguantadas intentando apartarlo inútilmente, mientras Butcher lo presionaba desde los hombros hacia el suelo, impidiendo que pudiera levantarse. Sus pies se removían con desesperación.
Podía notar que, con cada minuto que pasaba, su fuerza disminuía cada vez más hasta volverse débilmente humana, tan frágil.
Butcher sonrió, pero Homelander no podía verlo, porque tenía los ojos apretados en un gesto de furia y desesperación con la mandíbula tensa mientras le enseñaba los dientes. Sintió como el sudor le resbalaba y la gota caía sobre la mejilla del otro hombre.
Ahora estaba seguro de que podía llamarlo de esa forma.
Ese maldito virus había tardado demasiado en surtir efecto en el súper, y para su mala suerte (aunque debió haberlo esperado), lo único que hizo fue despojarlo de sus adorados poderes a un ritmo dolorosamente lento y dejarle algunas ampollas.
Ni siquiera el gran virus pudo asesinarlo.
A lo mejor estaba mejor así, pensaba William, al menos podía quitarle la vida con sus propias manos en medio de la humillación de su apenas adquirida humanidad.
Aún recordaba la decepción en el rostro de Homelander al descubrir que ya no existía más V1 en todo el planeta que pudiera salvarlo de la muerte.
Su vehemente búsqueda había sido en vano, la última gota fue robada hace años y usada para experimentos secretos en Vought.
Casi pudo saborear la sorpresa incrédula en su cara cuando irrumpió en la torre apenas momentos después de enterarse, convirtiéndose en una ira incontenible que desembocó en una lucha que ya había durado demasiado tiempo. Perdió la cuenta de si habían pasado horas, o quizá días. Quién sabe. Sólo recordaba que en un punto logró inyectarle el virus en alguna parte de su cuerpo, logrando su objetivo; y poco a poco, empezó a ganar ventaja de forma milagrosa. Los golpes empezaron a surtir efecto: la nariz rota, el ojo morado y los labios en carne viva anunciaban que ya no era invencible. Presenció el agobio y la impotencia cada que intentaba esquivar sus golpes, murmurando cosas sin sentido, sus iris danzando de un lado al otro como un demente. Todo esfuerzo por dar batalla se volvió inservible.
Pensó Butcher dentro de sí, que aún si los dos fuesen humanos, en exactamente las mismas condiciones, el otro no hubiera durado más de dos minutos.
Quería atesorar este momento en su memoria. Lo había logrado, finalmente lo tenía.
—Pareces un gusano retorciéndote así. —Dijo Butcher.
Homelander seguía con los ojos cerrados, terco al no darle la satisfacción de verlo, en la negación de aceptar convertirse en lo que más detestaba: un ser de barro.
Le agarró la cara con una mano, clavándole los dedos en la mejilla, dañando aún más un par de ampollas.
—Maldito imbécil, mírame cuando te hablo. —Exigió.
Pero no lo miró. Apretó los labios en una mueca soberbia, o al menos un intento de ella, porque podía notar un atisbo de incertidumbre y quizás, si se concentraba lo suficiente, algo de miedo. Los vellos se le erizaron ante esa última idea: lograr que el gran Homelander sintiera miedo de él. O a lo mejor lo estaba imaginando por la emoción del momento.
—Felicidades —rompió el silencio, con tono sarcástico aún en su agotamiento. Butcher podía sentir el aliento que rozaba sus dedos.— Apuesto a que soñaste con esto.
Sonrió.
—No tienes idea de cuánto —respondió Butcher. Aún no se le había borrado esa aterradora sonrisa del rostro.
Entonces Homelander despegó los párpados. Había dejado de luchar, tenía los brazos en el suelo por encima de su cabeza, su pecho estaba agitado, su rostro enrojecido cubierto de sangre, suya y de Butcher. Seguía apretándole la cara. Ahora se miraban a los ojos. No podía descifrar la expresión del otro hombre, pero su ira se convirtió en algo nuevo que jamás había visto, que mezclaba la vergüenza y la desesperación.
Pensó entonces, que si no estuviera a nada de clavarle un tentáculo canceroso en el pecho parecería que estaban a punto de tener sexo.
Qué grotesco.
Homelander volvió a fruncir el ceño, regresando a esa falsa altanería.
—Todos tus seres queridos están muertos, espero que haya valido la pena —habló.
Ambos se quedaron unos segundos en silencio.
—Tierra quemada. —Respondió.
Sangre y huesos.
No quería pensar en eso ahora, recordar a Hughie llorando desesperadamente por su novia e intentando inútilmente enfrentarse a The Deep; ni pensar en M.M y Frenchie dándole batalla a los pocos súpers que quedaban en el edificio. O a Kimiko sacrificándose al encerrar a todos en una habitación de la planta baja con el virus.
Habían ido por él, para buscarlo e impedir que hiciera alguna estupidez. Y mira como acabó todo. Al menos sabía que Ryan estaba ahí afuera por alguna parte, y que probablemente lograría encontrar su propio camino. Una pequeña parte de su ser deseaba haber dejado fuera a los chicos de todo esto. Pero lo hecho, hecho está. Quizá todo aquello tuvo que suceder para llegar aquí. Así, con ellos dos el uno sobre el otro, peleando por ser quien causaba más daño para terminar con esto de una vez por todas. El gran acto final de la obra.
Esto era algo mucho más satisfactorio en lo que concentrarse. Todas las cosas se dieron a la perfección para este instante.
Sin titubear más, dejó de divagar en su memoria y simplemente lo hizo. Terminó el trabajo. El momento que había deseado hace tanto tiempo. Fue incluso mejor que en sus fantasías nocturnas, en aquellas ensoñaciones de madrugada en las que sometía y después asesinaba a esa criatura de laboratorio de tantas formas que ya no se le ocurría nada más.
Pudo ver cómo los ojos de Homelander se abrieron con sorpresa al atravesar su corazón. Una estocada, limpia y precisa. Nunca dejaron de mirarse a los ojos; simplemente no podía apartar la mirada, tenía que observar cada segundo de su sufrimiento y apreciar su obra de arte, su creación, cada pincelada de dolor y rojo sangre. Había roto ese muñeco de Vought. Débil, humano, solo. Sin padre, sin hijo, sin madre, herido de muerte en el suelo, con nada más que Butcher encima de él.
Se dio cuenta de que en realidad nadie lo amó jamás, siempre estuvo destinado al abandono y la obediencia, tan desesperado por atención. Y, por el amor de Dios, ahora tenía toda la suya.
Se preguntó si seguía usando su nombre, o si todo rastro de su parte humana ya había sido suprimida por sí mismo.
¿Este era Homelander? ¿O era John?
Tosió sangre y le salpicó la cara. Butcher ya había dejado de sonreír hace rato. Anonadado, apenas presente en la realidad, supo que Homelander tenía razón. Siempre la tuvo. Tal vez si era devoción. A una causa, una persecución, una cacería. Crucifixión. Ya no le importaba nada más, ni la compañía, ni siquiera los otros súpers, o si su muerte tendría algún sentido, solo quería hacerlo, sea cual fuere el costo. Estaba obsesionado.
Si Homelander era Jesús, él era un soldado romano.
Bueno, en realidad un falso mesías. He aquí al ser más poderoso de la tierra.
—Sin tus poderes no eres nada. No tienes a nadie, nunca lo hiciste. Eres patético —le dijo Butcher.
El cuerpo magullado se mantuvo en el suelo, aún mirándolo. El asombro se desfiguró en otra mueca que tampoco conocía (esta noche estaba llena de sorpresas), sus ojos se relajaron, enfocando nada más que sólo a él, sus iris revoloteando y casi brillando por la expectación. Con sus últimas fuerzas levantó su mano derecha y apuntó el pecho de Butcher. Soltó una risa que rozaba lo maniático, ahogándose. Y habló.
—Pero eso no es cierto... —susurró. Y añadió después: —te tengo a ti, William hijo de perra. Mi más ferviente seguidor.
Observó la mano. No duró mucho tiempo ahí. Después de unos segundos, cayó al suelo, lentamente. Si cabeza sucumbió hacia un lado aún con los ojos azules semi despiertos. Un cuerpo inerte. Su último aliento.
Butcher estaba confundido ante aquella declaración. De todas las últimas palabras que imaginó de Homelander, jamás esperó algo como eso. Realmente estaba sediento de atención, incluso en sus últimos momentos de vida; lo único que necesitaba era un momento de contemplación. Dios, realmente era patético.
Lucía horrible, con heridas desagradables. Muerto. Su cabello rubio lleno de mugre y despeinado sobre su cara. Casi parecía alguien más, un vestigio.
No podía romper su fantasía, no ahora.
Sin pensarlo demasiado, le peinó los mechones hacia atrás con brusquedad, intentando recuperar su peinado característico, le acomodó un poco el traje y pasó sus dedos sin delicadeza para quitar rápidamente la tierra y sangre seca que no dejaba ver sus rasgos; de su frente, sus mejillas, nariz.
—Ahora si te pareces a él.
Soltó un suspiro. Después una risa. Estaba terminado, finalmente.
Él era el único que pudo matarlo. Solo él.
Tuvo que ser él, nadie más. Era su destino. Homelander le pertenecía, vivo o muerto.
No quiso ahondar en lo desquiciado de esa idea, pero él ya lo estaba desde que Kessler apareció en su vida, desde mucho antes. Sacrificó todo por este momento.
Ahora podría morir tranquilo. Deseaba que alguien llegara y le despegara la cabeza del cuerpo, pero sabía que eso no pasaría, todos en el edificio estaban muertos menos él. Ahora estaba tan sólo como Homelander.
Cuánto extrañaba a Lenny.
Se incorporó y se quitó de encima del cuerpo. Se pasó una mano por la cara y se rascó la nuca.
—Mierda, nunca pensé llegar tan lejos —murmuró para sí mismo.
Se alejó unos pasos, dispuesto a marcharse del edificio. Sintió la brisa en su cara una última vez mientras cerraba las ojos y tomaba aire. Probablemente se suicidaría al llegar a casa.
Caminó hacia el borde y le dio una última mirada a su creación. Luego, bajó por una pequeña escalera dejando el cadáver atrás. Mañana se arreglaría el desastre de alguna forma u otra. Si seguía vivo por la mañana encendería las noticias, se haría un café y se fumaría un cigarrillo.
Siguió bajando hasta dar con la ventana de una habitación, entró esquivando el tiradero y los trozos de techo desplomados por el suelo. Entró en el elevador para bajar hasta el último piso; no quería ver más cadáveres, mucho menos de aquellos a los que conocía.
Al llegar a su destino, miró hacia la izquierda y caminó. Sintió la tentación de meterse en el cuarto con el virus, y cuando posó las manos sobre la manivela del lugar blindado, pensó que realmente quería ver las noticias mañana.
Mejor lo haría por la noche, en la tranquilidad de alguno de sus escondites usando la última jeringa con el virus que sabía que le quedaba. El mundo estaría mejor sin él; el cáncer debió acabarlo hace tiempo, había burlado a la muerte demasiadas veces. Estaba listo.
Retiró la mano, se giró y siguió hasta salir por la puerta principal.
Debían ser como las tres de la mañana; las calles estaban extrañamente vacías igual a un pueblo después del apocalipsis. Caminó a paso lento, cojeando un poco, sólo con el ruido de sus botas gastadas arrastrándose sobre el asfalto, había perdido su gabardina y la camisa hawaiana estaba rota horizontalmente por la mitad, mostrando la herida en carne viva de su abdomen.
Siguió adelante.
Sólo quería una ducha caliente, algunos puntos de sutura y una cama. Después meditaría mejor las cosas, cuando dejara de pensar en la expresión recién descubierta de Homelander mirándolo como si fuera el último hombre en la tierra.
Sin embargo, más tarde esa noche cuando llegó a su escondite, el destino le soltó una última mala jugada, en el mismísimo gran día que representó la cúspide de su vida.
No encontró ninguna jeringa.
Rebuscó en todos lados como un animal; en el ático, el congelador, debajo del colchón, en algún rincón del suelo apartado de la vista y donde fuera, pero la sustancia negra jamás apareció. Era posible que Frenchie se la hubiese llevado al edificio para usarla en algún súper, simplemente no entendía cómo logró encontrarla. Esa estaba reservada únicamente para él mismo, para un momento como este. Maldijo esa madrugada con todas sus fuerzas. Sí, este era su castigo. Debió haber entrado por esa puerta cuando pudo, ahora estaba condenado. Ni siquiera podía morirse como se debe, maldita sea.
Dentro, en aquella habitación decadente, pegó un gruñido de frustración aporreando la cabeza en una pared resquebrajada.
—No puede ser, no puede ser… —repitió esas palabras tantas veces hasta que se volvieron un murmullo, y su puño se estrelló contra el muro. Se dio la vuelta, cerró los ojos y su espalda se deslizó hasta caer sobre el suelo.
Estaba solo.
