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Le duele la cabeza.
Eh.
¿Por qué le duele la cabeza?
Cuando abre los ojos, lo primero que ve es una pantalla azul brillando frente a él. Las palabras adornan la pantalla y lo confunden. Se lleva una mano a la cabeza con esfuerzo, y se siente extraño con solo hacerlo. Como si algo estuviera mal con el movimiento. O con la extremidad.
Se mira la mano. Es una mano masculina y dura, llena de callos y un par de cicatrices. Es su mano, cree. Pero... ¿no le es familiar? ¿No es su mano? No lo sabe. ¿Por qué su mano no sería su mano? No tiene sentido.
Se sienta en la cama, y un gruñido de dolor escapa de su garganta. No solo le duele la cabeza; le duele el cuello y la espalda. Hay algo parecido a una tela envuelta alrededor de su cráneo, y cuando la roza sin querer, el dolor late con renovada furia.
¿Se golpeó la cabeza?
No lo recuerda.
Solo entonces vuelve a concentrarse en la pantalla flotante, tratando de leer lo que dice.
[¡Ding! Felicitaciones, Usuario. Ha sido transmigrado exitosamente al cuerpo de Mikael el Destructor, antagonista secundario de The Vampire Diaries. Su misión principal es...]
Sus ojos recorren las palabras con incredulidad.
¿Qué demonios...?
—¿Far?
La voz viene desde la entrada de lo que parece ser el pequeño cuarto de una cabaña vieja de madera, con postes de madera y paredes de tablones, ramas y paja.
¿Qué carajo?
Un segundo después, la palabra lo golpea fuertemente entre las costillas, dándole un extraño sentimiento de reconocimiento y miedo. No entiende por qué, pero su estómago se revuelve y un nudo se forma en su garganta. Padre. Me llama padre.
—Far, ¿føler du deg dårlig?
Y ahí está otra vez, ese idioma. Su cerebro lo procesa automáticamente, como si fuera memoria muscular. Entiende la pregunta antes de que pueda pensar en ello: ¿Te sientes mal?
Padre, ¿te sientes mal?
El niño que lo dijo da un paso adelante, apenas un movimiento, y la luz del atardecer que se filtra ilumina su rostro por completo. Cabello rubio hasta los hombros y ojos azules demasiado grandes para su cara. Pómulos marcados y la mandíbula angulosa de un niño en crecimiento. Parece de ocho años o menos. Está encorvado sobre sí mismo, con los hombros tensos y las manos retorciéndose a los costados. Lo mira como si esperara...
Su mente está en blanco. No, no completamente en blanco.
Solo sabe que le duele la cabeza, que no sabe dónde está, y que hay un niño llamándolo padre.
Pero él no es padre de nadie.
—¿Dónde estamos? —pregunta, y su voz sale ronca y extraña, como si no estuviera acostumbrado a usarla. Como si la garganta por la que sale el sonido no fuera del todo suya.
Su voz es...
¿Es su voz?
(De Mikael el Destructor, recuerda.
Quiere reír.)
El niño rubio parpadea. Su confusión es tan evidente como el miedo que apenas oculta. Sus manos dejan de retorcerse por un segundo, el tiempo suficiente para que sus dedos se enreden en la tela de su túnica, buscando algo a lo que aferrarse.
—En casa —responde el niño con cuidado, como si no entendiera por qué hace esa pregunta. Como si la respuesta fuera tan obvia que no debería necesitarla.
En casa.
Mira a su alrededor y...
Parece una cabaña vieja y antigua, apenas espaciosa. El cuarto en el que se encuentra apenas puede ser llamado cuarto. La cama, o lo que pensó que era una cama, es un sostén de paja.
Con razón le duele la espalda, piensa.
Esta no es su casa, es lo segundo que nota.
Así que: no sabe dónde está, ni por qué está en un lugar desconocido, ni por qué hay un niño desconocido mirándolo con los ojos abiertos y llamándolo padre.
Jaja, no sabrá las respuestas a esas preguntas, pero sí sabe algo. No es tonto.
Hace click en su cerebro: una imagen borrosa. El nombre del niño le viene a la mente de inmediato.
—¿Eres Klaus? —pregunta, y su voz suena incrédula incluso para sus propios oídos.
El chico se queda perfectamente quieto, y es una quietud diferente al miedo. Sus ojos azules se abren un poco más. Sus labios se separan, se cierran y se vuelven a abrir, visiblemente consternado.
Obviamente, el niño entiende la situación tanto como él. Su boca se mueve sin emitir sonido, formando palabras que no se atreve a decir.
—Sí —dice finalmente, y su voz es un hilo fino que el viento podría romper—. Niklaus. Su... su hijo, padre.
Ahí está, denuevo, esa palabra. Padre. No puede evitar fruncir el ceño por ello.
Niklaus. Klaus. El Híbrido Original. El hijo de Esther y su amante hombre lobo. El niño, abusado por su padrastro, que se convertirá en un hombre paranoico, sanguinario y controlador, que encerrará a sus hermanos en ataudes por siglos y esparcirá muerte por donde sea que vaya.
Niklaus Mikaelson, el hijo de Mikael.
Oh, mierda. Jaja.
Las manos del niño se retuercen con más fuerza por su mirada fija en él. Sus nudillos están magullados —pequeñas contusiones moradas que apenas empiezan a amarillear en los bordes— y cuando se da cuenta de que están mirando sus dedos, los esconde detrás de la espalda. Es demasiado tarde. El gesto es tan rápido y tan ensayado que casi duele verlo.
Hay algo en este niño, en general, que duele ver.
La pantalla flotante parpadea violentamente. Un sonido agudo llena su cabeza. Las palabras en la pantalla se difuminan y unas nuevas toman su lugar.
[ADVERTENCIA: Comportamiento fuera de personaje detectado. El Usuario Mikael no debería mostrar desconocimiento de la identidad de los personajes. Por favor, ajuste su conducta para mantener la coherencia del personaje. Penalizaciones por acumulación de infracciones.]
Cierra la boca con un chasquido audible y su mandíbula se tensa. ¿Qué demonios? El pánico queda atrapado en su garganta, empujado hacia abajo por la fuerza bruta de la confusión.
Eh, piensa, sin gracia. ¿Esta situación es como la de esa novela, Scum Villain, o algo así? ¿Con un sistema de mierda que lo obliga a, ejem, mantenerse en el personaje?
Primero la transmigración a un personaje irredimible y luego... ¿ganarse el cariño del futuro villano para no morir prematuramente?
Mm. Si es así, está muy jodido.
Por ahora, entiende esto: si el niño frente a él es Niklaus, y él ahora es Mikael, entonces cualquier cosa que haga que se salga de lo esperado tendrá consecuencias.
¿Pero no tendrá consecuencias, de igual manera, ser el padre abusador de este futuro villano? Jaja.
Bueno, mierda.
Tendrá que aprovechar a hablar con el Sistema cuando Niklaus no esté.
Así que endereza los hombros. Fija su mirada en el niño. Y su rostro se endurece por instinto, por dentro pensando: no me odies mucho, hijastro, ¡solo soy un pobre hombre que no merece ser padre!
—¿Qué quieres? —esquiva. Las palabras son un gruñido, cortantes, pero incluso mientras las pronuncia nota que su voz no es tan dura como podría ser. No hay veneno o la promesa implícita de un castigo. Es solo... impaciencia.
Jaja, ups.
El sistema no se queja. Aparentemente, esta actuación es suficiente.
Niklaus, sin embargo, no nota los matices. O tal vez sí, pero no se atreve a confiar en ello. Se encoge físicamente, realmente se encoge, como si la voz de su padre fuera un golpe, y sus palabras en respuesta salen atropelladas, cayendo una sobre otra en su urgencia por explicarse y justificarse, por existir de una manera que no moleste.
Es... muy triste.
—Lo siento —Niklaus tartamudea terriblemente, penosamente—. Lo siento, padre. Finn me pidió que estuviera viendo y... él y Elijah están cocinando al jabalí, y... madre fue a buscar hierbas con Ayana, y los demás son muy pequeños y yo... solo quería... si necesitabas agua, padre, o... si querías que vaya a buscar a Finn... yo puedo...
La palabra se atasca en su garganta a mitad de camino y sus mejillas se enrojecen. Es odio, se da cuenta. Quien observa lo nota porque es la mirada de alguien que se está castigando a sí mismo por ser débil y mostrar esa debilidad. Por dejar que alguien más la vea.
Esos ojos azules se desvían hacia el suelo y su mandíbula se tensa. Por un segundo su labio inferior tiembla.
Oh, mierda, no llores, niño, piensa, llenándose de pánico. Pero el semblante de Niklaus se endurece de golpe. Parece que se obliga a dejar de temblar, con visible violencia contra sí mismo.
Eh.
No sabe qué decir al respecto, así que no dice nada.
(Tal vez esa es la parte más extraña para Niklaus, se da cuenta horas después. No regañar, o gritar que deje de tartamudear, que se enderece, que se comporte como un hombre y no como un niño asustado. No levantarle la mano. No imponer ningún castigo...
Este niño estaba acostumbrado a un padre horrible, terrible, que encontraba fallas en la más mínima cosa. Y este cambio abrupto debe haber sido demasiado confuso, demasiado abrumador, y...)
Niklaus levanta la vista un momento y lo mira brevemente. Sus ojos recorren su rostro en busca de señales.
No encuentran nada porque él no está enfadado. Está cansado y le duele la cabeza.
Visiblemente, Niklaus no sabe qué hacer con él. Tampoco él sabe que hacer consigo mismo, para ser honesto.
Finalmente, señala la bolsa de cuero junto a la entrada. Ve el borde de una cantimplora asomando entre los pliegues.
—Agua —dice.
Es una orden, corta y directa. No es amable. Está en contra del carácter de Mikael ser amable.
Niklaus asiente tan rápido que casi se marea. Se pone de pie —demasiado rápido, también— y se tambalea ligeramente antes de recuperar el equilibrio. Se reprende a sí mismo por ese tambaleo, se ve en la forma en que sus ojos se entrecierran y su boca se aprieta en una línea delgada y blanca.
Va hacia la bolsa de cuero con pasos rápidos y silenciosos. Sus manos tiemblan cuando toma la cantimplora, pero no derrama una sola gota. Se la entrega con ambas manos, como si fuera una ofrenda, y se aparta inmediatamente después, retrocediendo hasta la entrada, donde se sienta en el suelo de tierra en cuclillas.
Es como... como si Niklaus se arrodillara, en señal de sumisión. Es algo inculcado a gritos y golpes. Es...
Eso lo hace odiarse a sí mismo, por portar el rostro del monstruo que le ha hecho tanto daño a este niño frente a él.
Inhala brevemente, tratando de que no parezca brusco o enojado, y bebe. El agua está tibia y tiene un sabor vagamente metálico, pero calma la sequedad de su garganta. Baja la cantimplora.
Eh, recuerda de golpe. ¿Agua del siglo X? ¿Llena de virus y gérmenes y bacterias?
Mira la cantimplora con ojos vacíos, conteniendo el asco y el creciente horror.
—Gracias —murmura, como pensamiento tardío.
La palabra escapa antes de que pueda detenerla. Es automática y por reflejo. No piensa en el sistema o en las reglas cuando la dice.
La pantalla flotante emite un sonido. Un ding suave, casi apenado.
[-10 puntos por comportamiento OOC. Infracción menor por ser la primera advertencia.]
Mieeerda.
Cuando levanta la vista hacia Niklaus, lo que encuentra es... desconcierto. Algo entre el miedo, el asombro y un destello de algo menos sombrío, algo que el niño no sabe cómo procesar.
El niño está paralizado.
Sus ojos son azules y puros, inocentes, pero aún una criatura innegablemente dañada. Un niño herido por quien debería haberlo protegido. Se siente mal verlo. No tiene derecho. Él no es su padre, no realmente, pero...
Esos ojos están fijos en su rostro como si acabara de pronunciar una profecía. Su boca está ligeramente abierta. Su pecho sube y baja con respiraciones rápidas y superficiales.
Jaja. Ahora se siente culpable.
No soy tu padre, no lo soy.
Ningún hijo de Mikael debe haber escuchado un "gracias" jamás. Él lo sabe. Mikael no da las gracias, ni expresa gratitud. Mikael toma lo que quiere y lo que le dan porque es su derecho y su posición, porque es padre y guerrero y un hombre al que todos temen.
Y, sin embargo...
Mikael ahora da las gracias, porque ahora él es Mikael. No cree en "tomar lo que me pertenece por derecho". No cree en la superioridad del hombre. No es padre, ni guerrero, ni un hombre destinado a dar miedo.
Él no es padre.
Niklaus no lo sabe. El niño solo parpadea una, dos, tres veces. Su boca se cierra y se abre de nuevo. Un rubor de desconcierto se asienta sobre sus mejillas regordetas, y sin embargo, mejillas aún delgadas.
El siglo X, se recuerda a sí mismo, cuando una chispa de preocupación le recorre la columna.
La expresión de Niklaus cambia, y algo detrás de sus ojos se ablanda, solo un poco. Solo lo suficiente para que se note que sus hombros ya no están tan tensos. Solo lo suficiente para que sus manos, todavía retorciéndose sobre sus rodillas, lo hagan con menos violencia.
Está contento, cree.
No, contento no es la palabra correcta. Está... esperanzado. Y eso es peor, de alguna manera. Porque la esperanza es frágil, y la esperanza en un niño que tal vez nunca la ha tenido es un arma que puede romperse en cualquier momento.
También está asustado. Eso no ha desaparecido. Probablemente nunca desaparezca del todo, no con él. Pero el miedo ahora tiene compañía, y no parece saber qué hacer con eso.
—No... no merezco su agradecimiento —susurra finalmente. Su voz es tan baja que apenas se oye—. Padre, yo...
Se interrumpe denuevo y se muerde el labio inferior con tanta fuerza que parece que va a sacar sangre. Sus dedos se enredan en la tela de su túnica, tirando y estirando, como si necesitara destruir algo y eso fuera lo único que tiene a mano.
El odio vuelve a cruzar por su rostro infantil. Odio hacia sí mismo por no ser capaz de formar una frase completa sin tropezar, cree ver. Por mostrar debilidad otra vez, delante de la única persona que nunca debería verla.
Mikael era un padre verdaderamente horrible.
Él no es padre, no lo es, pero...
Aprieta la mandíbula. El sistema le ha quitado puntos. No sabe cuántos tiene ni cuánto puede perder antes de que haya consecuencias reales. Pero tampoco le importa tanto como debería.
Niklaus, el futuro monstruo, está en cuclillas sobre la tierra, castigándose a sí mismo por existir. Y no puede evitar notar que, aunque sus palabras son un susurro y sus manos tiemblan, no ha huido.
No aún.
Eso es algo, supone.
—Niklaus —dice.
Su cabeza rubia se levanta al instante. Sus ojos se encuentran con los suyos, y es algo que el niño nunca hace, que nunca debe atreverse a hacer, y el hecho de que lo esté haciendo ahora dice más de lo que cualquier palabra podría expresar.
No puede sonreír para tranquilizarlo. No sabe cuán eficiente sería realmente. Y el rostro de Mikael no sabe sonreír, así que hacer el esfuerzo puede espantar por completo al niño. Tal vez incluso asuste a su... no, no es su hijo, Niklaus no es su hijo, pero...
No puede sonreír, pero tampoco frunce el ceño. Hace una ligera mueca, y eso es todo.
—Ve —dice finalmente, y su voz es un gruñido, pero no es cruel—. Dile a Finn que quiero hablar con él.
Niklaus asiente. Se pone de pie, más despacio esta vez, como si hubiera aprendido la lección del tambaleo, y llega a la entrada en un paso. Sus dedos se aferran al borde de la tela.
No mira atrás y su cabeza está cabizbaja, pero su voz llega, pequeña y temblorosa. Hay algo en ella que no estaba antes.
—Padre...
Él no es su padre.
No lo es.
El niño se detiene como si no supiera qué decir.
—¿Se... se siente mejor, padre? —pregunta apresuradamente, luego de un momento, con visible timidez.
Por Dios.
¿Por qué es tan condenadamente adorable?
La pregunta es tan inesperada que tarda un segundo en procesarla. El sistema no dice nada. Aparentemente, permitir que su hijo pregunte por su salud no viola ninguna regla.
No su hijo. Joder.
—Mm —gruñe, sin compromiso, algo que puede interpretarse como una afirmación o vago desprecio—. Vete —termina de decir.
Su voz no es tan dura como debería, pero sus palabras son frías. Deben serlo.
[El comportamiento del Usuario puede ser considerado OOC...]
Calla la puta boca, piensa con furia. No fui amable con este niño y eso entra dentro de los parámetros del personaje. Haz silencio si no tienes nada bueno que aportar.
[...como el Usuario desee.]
Niklaus asiente, y su cabello rubio sucio y desgreñado se balancea con el movimiento. Aún no lo mira. Pero-
Hay apenas un esbozo, un destello, una curvatura diminuta en la comisura de sus labios. Podría ser un espejismo, un truco de la luz del atardecer. Pero está ahí. Pequeña y temblorosa y tan frágil que una palabra cruel podría romperla para siempre.
El niño sale a paso rápido. Puede oír murmullos desde afuera, voces más agudas, voces distintas, que interrogan a Niklaus mientras se alejan del lugar.
El niño, que no es su hijo, huye de él.
Jaja.
Se queda solo en la tienda. El silencio regresa, denso y pesado, y con él vuelve el dolor de cabeza. Las manos le tiemblan —las manos de Mikael— y las aprieta contra las rodillas para detener el temblor.
Mira la pantalla flotante y la deducción de puntos.
—Mierda —murmura en su idioma.
Aún escucha las voces de los niños. Otra voz se une, un poco más grave que los demás. Debe ser Finn, que pregunta algo con tono pesado. La voz más pequeña de Niklaus le responde, y es animada y fuerte, nada parecida a la tímida y sumisa voz que usó con Mikael.
Abre los puños sobre su regazo, y las articulaciones le duelen, le pesan. Son las manos de un guerrero, todo callos y líneas duras.
Son las manos de un hombre que golpea a su esposa y a sus hijos.
Vuelve a castigarse a sí mismo al apretar los puños con fuerza, deseando que las cosas no fueran así.
No llega a entender lo que se dice fuera del pequeño cuarto, pero nota que Niklaus suena diferente. Más ligero. No le teme a sus hermanos. Le teme a Mikael. Lo sabe.
Ahora le teme a él.
[¡Ding! Este Sistema le pregunta al Usuario si quiere averiguar sobre el reglamento de su misión.]
Cierra los ojos, sintiéndose irritado.
Él no pidió nada de esto. ¿Por qué demonios no escogieron a alguien más? ¿Por qué tiene que ser él? ¿Por qué Mikael, precisamente?
Solo quiere que deje de dolerle la cabeza.
En algún lugar fuera de la tienda, Niklaus ríe. Es la risa brillante y aguda de un niño que se ha alejado del monstruo que atormenta sus pesadillas.
Se pregunta por qué lo hace sentir tan extraño. Es una mezcla de alivio y pena y...
Se pregunta por qué, a pesar de no ser el padre del niño, algo dentro de sí mismo late vergonzosamente con el deseo de serlo.
