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Segundo Tiempo

Summary:

Manuel siempre se imaginó la vida así: una pelota en los pies, él en medio de una cancha y el mundo entero gritando su nombre. Con el mundial a la vuelta de la esquina, parece tener el escenario perfecto para brillar. Pero la gloria tiene un precio, y la vida real rara vez sigue el guion que escribimos.

Lautaro es experto en huir. Llevado por la culpa y el dolor de las pérdidas, se acostumbró tanto a la tormenta, que la calma le da pánico. Justo cuando decide dejar de correr y permitirse un instante de felicidad al lado de Manuel, el ruido del mundo exterior y las viejas inseguridades amenaza con romperlo todo de nuevo.

Entre la presión, los flashses y las heridas que no terminan de sanar; una duda empieza a quemar en el pecho de ambos: ¿Qué tal si todo fue un error? ¿Qué tal si lo mejor es jamas intentarlo?

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

El calor de la habitación me estaba sofocando. Los días de verano eran muchísimo más difíciles de llevar acá en Europa que en casa; quizás porque allá el aire acondicionado no se sentía tan artificial, o quizás porque en casa, mi mamá siempre preparaba su limonada con frutos rojos y me dejaba un vaso escarchado en la heladera antes de irse a trabajar. Acá, el aire se sentía pesado, estancado entre las paredes del departamento.

Sobre mi pecho, sentía el peso familiar de unos brazos presionando mi cuerpo contra el suyo. Manuel dormía plácidamente, ajeno por completo al calor y a mis desvelos. Su respiración se fusionaba con los pequeños sonidos mudos que hacía al soltar el aire por la boca, un ruidito casi imperceptible que, a pesar del fastidio por el clima, terminó por enternecerme.

Intenté moverme con cuidado para no levantarlo; sabía que en unas horas tenía entrenamiento y necesitaba descansar bien. Desenredé mi brazo como pude de esa bola caótica que mezclaba nuestros cuerpos con las sábanas transpiradas y estiré la mano hacia la mesa de luz de mi lado, buscando mi Kindle o algo para distraer la cabeza. Pero lo único que había era mi celular cargando. El aparato que buscaba estaba, definitivamente, del lado de Manuel.

—La puta madre... —solté en un quejido ahogado cuando sentí que, ante mi mínimo movimiento, el cuerpo de Manuel reaccionaba por instinto, aferrándose todavía más al mío y hundiéndome en el colchón.

En cualquier otra circunstancia, en un día de invierno o en una mañana cualquiera, estaría durmiendo feliz de la vida, contento de tener a mi novio al lado.

Y la palabra novio, curiosamente, ya dejaba de sonar rara en mi cabeza. Se sentía cómoda, natural. Aunque la verdad era que ambos sabíamos que éramos mucho más que eso; a veces las etiquetas de siempre no terminan de encajar por completo en la inmensidad de lo que sentimos. A pesar de que estábamos yendo estrictamente a mi ritmo; una regla impuesta por Manuel y que yo me veía obligado a seguir al pie de la letra para no autosabotearnos; sentía que lo nuestro había trascendido cualquier título. Éramos nosotros al final de cuentas, y contra eso, no había palabra en el diccionario que lo definiera.

El calor me sigue molestando, denso y pegajoso, y en uno de mis intentos por acomodarme termino por despertar a Manuel. Cualquiera se habría quejado por haber sido interrumpido en su mejor momento de sueño, pero él no. Ante todas las posibilidades de molestarse, sus ojos cálidos me miran en la penumbra y una sonrisa pequeña, perezosa, se le va formando en la cara.

—¿Qué pasa, mi amor? —pregunta, con la voz todavía más ronca de lo normal.

Niego con la cabeza, intentando restarle importancia al asunto, pero sé perfectamente que es al pedo ocultarle las cosas; me conoce demasiado bien como para que le pueda mentir en la cara.

—Nada... —murmuro, resignado—. Es que me estoy cagando de calor.

Manuel se ríe bajito. Su voz gruesa y de recién dormido me retumba por todo el cuerpo, un eco tibio que me genera un escalofrío a pesar de la temperatura de la habitación. 

Quizás ya me haya acostumbrado a la palabra novios, pero definitivamente me cuesta muchísimo más procesar el tener a un Manuel Merlo semidesnudo al lado mío a las siete de la mañana. Saber que su cuerpo reacciona ante mi tacto, que me busca incluso inconsciente, y que su calor pegado al mío es, irónicamente, la única cosa que me banco del verano en España.

Él estira un brazo por encima de mí, alcanza el control remoto en la mesa de luz y se escucha el pitido del aire acondicionado regulándose a una temperatura más digna.

—Ya está —me dice, mirándome con esa complicidad silenciosa mientras vuelve a acomodarse. Se inclina un poco y me planta un beso suave en la punta de la nariz.

Siento el primer golpe de aire fresco empezar a circular por el cuarto y suelto un suspiro largo, genuinamente agradecido. Me acerco un poco más a él, acortando la distancia, y le devuelvo el beso en los labios antes de apoyar la cabeza en su pecho.

—Gracias —susurro, mientras el cuarto por fin empieza a enfriarse y el ritmo de su corazón me devuelve la calma.

Pero a los minutos, Manuel se vuelve a mover. Apoya su brazo sobre la almohada, inclinándose un poco sobre mí, y me toca con un solo dedo el hombro, con una insistencia suave que me quita el sueño de golpe.

—Lauti… —Es apenas un susurro en mi oreja, un soplido tibio que me eriza la piel.

Abro los ojos que tanto me había costado cerrar y lo miro de reojo, fastidiado.

—¿Qué? —le digo, intentando sonar lo más cortante posible.

Pasan los segundos en silencio. Él no se mueve, solo me escanea la cara con esos ojos verdes que parecen ver a través de mis capas de cinismo.

—¿Seguro que estás bien?

Tomo un poco de aire, sintiendo cómo el pecho se me aprieta. A veces me sorprende y me asusta lo bien que me conoce Manuel; la forma en que lee mis silencios y mis pestañeos. Es casi poético o enfermizo, no termino de decidirlo, pero la verdad es que no puedo ocultarle nada.

—... Sí —suelto, después de una pausa demasiado larga para ser creíble.

—Lautaro —me reprocha, bajando el tono. Su voz suena firme, y de repente me siento como un nene siendo descubierto después de crear una mentira poco piadosa.

—No es nada. Ponete a dormir —insisto, dándome la vuelta para darle la espalda.

Al sentir mi distancia, él me suelta del abrazo y se aleja un poco en el colchón, marcando una línea entre los dos que me congela más que el aire acondicionado.

—Decime —exige.

El vacío que deja su cuerpo me molesta enseguida. Me doy vuelta de nuevo y lo atrapo con mis brazos, pegándolo a mí y no dejando que se aleje ni un centímetro más.

—Mañana te digo —le negocio, hundiéndome en su cuello.

—Ya es mañana —me responde de inmediato, casi molesto. Suena igual que un nene caprichoso cuando no le dan el maldito caramelo que quiere.

Intento zafar de la conversación usando mis viejos trucos.

—Dejame dormir —le pido, forzando la voz para sonar cansado, impaciente. Eso funcionaba antes, cuando mis muros eran lo suficientemente altos como para alejarlo, pero ahora Manuel ya se sabe el camino de memoria.

—Decime —insiste, clavándome un dedo en la costilla.

Me rindo. Es completamente imposible ganarle una discusión a este chico cuando se le pone algo en la cabeza. Suelto un suspiro largo y lo miro fijamente en la penumbra.

—Si te reís, te pego en los huevos.

—Yo también te amo —me contesta con una sonrisa de sabelotodo, sabiendo que ya ganó.

—Mañana tengo una entrevista de trabajo —escupo de golpe.

La realidad es que vengo probando en distintos lugares hace semanas, pero nada me termina de convencer, y los que realmente me gustan ni siquiera se interesan en mí. A pesar de que Manuel me aseguró más de mil veces que no era necesario que trabajara, que el departamento era de los dos y que podía dedicarme a hacer otras cosas mientras nos acomodábamos a esta nueva vida en España, yo no estaba muy cómodo con la idea. 

Quedarme encerrado en el departamento todo el día, viendo pasar las horas entre las cuatro paredes mientras él entrena, me quema la cabeza. La única forma de no volverme loco, de mantener mis fantasmas a raya y, seamos honestos, de sentirme productivo en esta maldita sociedad capitalista, era buscar un trabajo.

Intenté postularme en varias empresas como analista de riesgo en inversiones, ya que esa es mi especialidad y en lo que me había enfocado en Argentina. Y no es por tirarme flores, pero sé lo que valgo profesionalmente; mi currículum es lo suficientemente bueno como para conseguir un puesto decente en cualquier lado. Sin embargo, los días pasaban y nada salía. Ningún mail, ninguna llamada, solo silencios automáticos de sistemas de recursos humanos.

Estaba empezando a pensar que quizás el problema era yo. Que quizás estaba siendo muy específico con las búsquedas como una excusa inconsciente, o peor, que estaba volviendo a la rutina estúpida de autosabotearme, de encerrarme en la negatividad del proceso para terminar diciendo "viste, no sirvo para esto" y tirar la toalla.

Y justo cuando estaba por hundirme en ese pozo, cayó esta entrevista. Así, de la nada, un mail en la bandeja de entrada rompiendo con la racha de rechazos.

Manuel salta de la cama como si le hubieran metido una corriente eléctrica. Se sienta de golpe sobre el colchón y estira el brazo para prender la luz de la mesa de luz, encandilándome por completo.

—¿Lautaro Moschini? ¿Me estás cargando? ¿Y no pensabas decirme? —me ametralla, con los ojos abiertos de par en par.

Revoleo los ojos, tapándome la cara con la sábana para protegerme de la luz.

—Sí, te iba a decir… después. Si me daban el trabajo.

Manuel se frota la cara con las dos manos, resoplando, intentando despabilarse del todo. Lo miro de reojo y me quiero morir; en unas horas tiene que estar corriendo en el predio, lo van a cagar a pedos por no dormir y va a ser puramente mi culpa.

Frunzo el ceño, molesto conmigo mismo y con él. 

—Ponete a dormir, Manuel. Podemos hablar de esto mañana con más tiempo.

En vez de apagar la luz, Manuel se tira arriba mío de golpe, dejando caer su peso muerto y haciendo que su cara choque casi con la mía. Su cuerpo firme, pesado y trabajado; un poco sudado todavía por el calor que hacía hace un rato, me aplasta contra el colchón, atrapándome por completo.

—¿Por qué no me dijiste antes, Lauti? —pregunta, mirándome desde arriba con una mezcla de reproche y una ternura que me desarma.

Me quedo mudo un segundo, sintiendo los latidos de su corazón contra mi pecho, hasta que la verdad me sale sin filtros:

—Porque me ponés nervioso.

​Manuel se me queda mirando desde arriba, procesando mis palabras mientras la luz de la lámpara le recorta las facciones. El enojo por el secreto se le desarma en los ojos, reemplazado por esa atención absoluta que me dedica cada vez que abro una grieta en mis inseguridades.

​—¿En serio me decís? —pregunta en un susurro, bajando la cabeza para buscar mi mirada, que yo intento desviar hacia cualquier rincón del techo.

​—Es que me tenés mucha fe vos —confieso, sintiendo el peso de la honestidad flotando entre los dos—. Y la verdad es que no quiero decepcionarte. Si no me lo dan, no quería ver esa cara de lástima o tener que explicarte que otra vez salió mal.

​Manuel se queda callado un segundo, pero no es un silencio de los que asustan. Se desliza hacia un costado, quitándome el peso de encima, pero antes de que pueda extrañar su calor, me abraza. Sus brazos se envuelven alrededor de mi cuerpo con una firmeza que me aplasta contra su pecho, atrapándome en su espacio. Todo en él se siente bien: el olor de su piel, la temperatura de sus manos, la seguridad con la que me sujeta, como si supiera exactamente en qué partes me rompo y necesitara mantener las piezas unidas.

​—Nada de lo que hagas me va a decepcionar, Lauti —me dice contra el pelo, con una voz tan convencida que me vibra directamente en las costillas—. Si te dan el puesto, vamos a festejar. Y si no te lo dan, voy a seguir pensando que sos el único hombre que habla de números y me calienta. No hay forma de que me decepciones, Moski. Grabatelo en la cabeza.

​Yo me quedo mudo, con los ojos fijos en la penumbra del cuarto, sintiendo cómo el nudo en mi garganta empieza a ceder ante el aire fresco del ambiente. Todavía me cuesta soltar las palabras, todavía me frena ese miedo estúpido de quedar expuesto, así que decido que es mejor no hablar.

​Me estiro un poco hacia arriba y lo beso entonces. Lo beso con lentitud, saboreando el alivio que me recorre el cuerpo y dejando que mis manos se enreden en su nuca. Es más fácil mostrarle lo que me genera que intentar explicarlo con un repertorio de palabras que no me alcanza. Sentir, últimamente, es más fácil con Manuel.

—Lauti... —Manuel suspira contra mis labios, tomándome el peso con los brazos mientras el beso lo toma desprevenido. Su voz sale arrastrada, baja, y esta versión suya, la que se desarma a mitad de la noche entre la timidez y las ganas, es definitivamente una de mis versiones favoritas.

​El problema con esto de empezar a sentir; con haberle abierto la puerta a todo lo que guardé bajo llave durante años; es que ahora me está costando encontrar el botón para parar. Estos días, lo único que se me cruza por la cabeza, el único pensamiento fijo que me taladra la mente mientras miro el techo o espero que vuelva de entrenar, es la necesidad exorbitante de tener a Manuel al lado mío y dejar que me consuma por completo.

​Hay algo casi animal en la forma en que nos transformamos cuando la luz se apaga y el ruido del mundo se reduce a nosotros dos. Mi mente, esa maldita máquina que no para de sobreanalizar cada detalle y de buscar el error en todo lo que hago, finalmente se pone en pausa. Se apaga el interruptor de las inseguridades. Mi cuerpo toma el control absoluto de la situación y se vuelve un cambio casi instintivo; una sintonía vieja, de esas que no necesitan palabras ni explicaciones, donde sus manos saben exactamente dónde apretar y mis labios reconocen el camino de memoria.

Manuel siempre es tan fácil de ceder a mis deseos, siempre está pendiente de lo que quiero y lo que necesito. Creo que si pudiera pedirle que deje de existir el tiempo, así podemos quedarnos en este momento para siempre, él se pondría a buscar formas de viajar en el tiempo y ponerle pausa a la vida. 

Es un poco lo mismo, en este sentido, tenerlo encima mío y saber que yo tengo el control completo. Hay algo mucho más seductor, más adictivo en saber que una sola palabra nos mantiene al borde del frenesí energético.

Manuel se separa apenas unos milímetros, con la respiración un poco alterada y los ojos fijos en los míos, buscando descifrar este impulso repentino que me llevó a buscarlo. Sus manos, que antes me acunaban con una delicadeza extrema, ahora se hunden en mi cintura, apretando con una urgencia que me responde sin hablar.

​—Si me seguís besando así —me advierte en un susurro ronco, rozando mi boca con la suya—, te juro que no me va a importar que me echen del entrenamiento por llegar sin dormir.

—¿Querés parar? —le pregunto, soltando el aire con un tono casi cómico, desafiante, porque sé perfectamente que es lo último que ambos queremos en este momento. Deseo más que a nada en este mundo que se deje llevar, que me deje ver esa parte suya que me consume y me arrastra sin dejarme salida.

Manuel me encapsula en su órbita en un parpadeo. Es una fuerza de gravedad de la que no puedo, ni quiero, escapar; termino respirando su propio aire, atrapado en sus movimientos, hasta que la distancia desaparece y nos terminamos convirtiendo en uno solo.

Mis manos se aferran a su pecho descubierto, sintiendo la piel tibia y la firmeza de sus músculos. Mis dedos circulan lentamente, delineando la zona cerca de su corazón, que late a mil por hora contra mi palma, una prueba ruidosa de lo que le causo. Tengo los labios bañados en su saliva, todo en mi boca sabe puramente a Manuel y, aun así, con el cuerpo ardiéndome por el calor y la adrenalina, necesito más. Nunca es suficiente cuando se trata de él.

Manuel entrecierra los ojos, soltando un gemido ahogado y dejándose llevar por mi pequeña tortura. Se queda estático bajo mi toque, esperando paciente, aunque la tensión en sus brazos me dice que está al límite de sus fuerzas.

—Me porté bien toda la semana, Lauti… —súplica en un susurro entrecortado, con los ojos clavados en los míos y una vulnerabilidad que me desarma—. Por favor.

Me gustaría saber cuántas personas en este mundo serian capaces de ignorar esas palabras, de apagar el fuego que te recorre las venas cuando tenés a Manuel Merlo encima, con los dedos aferrados a tu piel como si fueras lo más valioso que tiene. Yo, desde ya, no formo parte de esa lista. Siempre necesito más; siempre es más cuando se trata de Manuel. 

Sus labios capturaron los míos de inmediato, en un intento desesperado por buscar mi aprobación, aunque ambos sabíamos perfectamente que ya la tenía desde el primer segundo. Nuestras respiraciones se empezaron a entrecortar, mezclándose entre jadeos y gemidos ahogados que rebotaban en las paredes del cuarto. Definitivamente íbamos a tener que encontrar a alguien que revisara el aire acondicionado, porque en cuestión de segundos, la temperatura de la habitación se volvió insoportable. Aunque, pensándolo bien, el único fuego que me importaba en ese momento era el del tacto de Manuel.

—Manu... —Su nombre se me escapó en un suspiro tembloroso. Ya no sabía si quería que todo pasara rápido o si simplemente necesitaba terminar con esta tortura que me estaba volviendo loco.

Manuel bajó la boca hacia mi cuello, dejando un camino de besos húmedos que me hizo arquear la espalda. Cuando sentí el roce de sus labios contra la tela, la maldita remera me pareció un obstáculo imperdonable que me privaba de sentir su lengua sobre mi piel. Me la saqué de encima en cuestión de segundos, tirándola a cualquier parte del piso con una desesperación que a Manuel le causó una risita baja contra mi cuello. 

Pero se le terminó la diversión cuando volví a atacarle la boca con la misma intensidad de antes; sus manos reaccionaron por instinto, aferrándose de nuevo a mi cintura con una fuerza que me dejó sin aire. Entre más besos nos dábamos, más aumentaba la fricción de nuestros cuerpos sobre el colchón. Entre más suspiros y gemidos llenaban el silencio de la madrugada, más le agradecía al universo y a todos los dioses de que mi novio durmiera siempre en boxers; hacía que todo el proceso fuera muchísimo más sencillo.

Mis manos se volvieron impacientes, incapaces de quedarse quietas un solo segundo. Mis ganas crecían y aumentaban con cada roce, con cada toque de sus dedos que me electrificaba el cuerpo como si fuera corriente pura. Mi respiración ya era completamente errática, y nuestros estómagos se rozaban rítmicamente cada vez que soltábamos el aire. Era una locura; se sentía como si estuviéramos conectados por un cable invisible, una especie de sincronización perfecta que ya no sabía si veníamos construyendo en estos últimos seis meses viviendo juntos o si era algo que traíamos grabado en el adn desde toda la vida. Lo único que me interesaba ahora, lo único que me gritaba el cuerpo, era tener a Manuel finalmente entre mis piernas, sentir el peso real de su cuerpo empujando contra el mío y terminar los dos con los pulmones luchando por un poco de aire, como si estuviéramos corriendo la maratón más hermosa de nuestras vidas.

—Lauti, mi amor... —Manuel suplicaba, o al menos eso era lo que mi cabeza lograba procesar en medio del cortocircuito.

Sus labios susurraban palabras que no lograba escuchar realmente; el zumbido en mis oídos era demasiado fuerte. Lo único que tenía en mente, la única señal que recibía mi cuerpo, era el pequeño y tortuoso camino que su boca estaba haciendo hacia mi pelvis. Sentía cómo su respiración caliente se mezclaba con el calor de mi propia piel, y cómo la humedad de sus labios iba marcando y reclamando cada parte de mi estómago, descendiendo centímetro a centímetro hasta chocar contra el elástico de mi estúpido pijama, que volvía a interrumpir todo esto.

No duró mucho más. En cuestión de segundos, sentí las manos de Manuel en mi cintura, obligándome a levantarme un poco sobre el colchón. Se alejó apenas lo necesario para enganchar la tela y, de un tirón, me arrancó la ropa para dejarla tirada en algún rincón oscuro del piso.

Cuando volví a abrir los ojos, me encontré con los suyos. Sus ojos verdes, apenas iluminados por el reflejo de la luna que entraba por la ventana, estaban muchísimo más oscuros de lo normal, cargados de una determinación que me heló la sangre de la buena manera. Había algo impaciente y desesperado en su forma de mirarme, como si ya hubiera tenido demasiada paciencia durante toda la semana y se le hubieran agotado las reservas.

Y después, todo se volvió negro.

El primer tacto directo de su boca en mi pene hizo que el mundo entero se borrara de un plumazo. Cerré los ojos con fuerza, aferrándome a las sábanas hasta romperme las uñas, mientras se me escapaba un pequeño grito ahogado. Un sonido cargado de sorpresa, de una alegría violenta y, sobre todo, de un alivio total. Era el quiebre de toda la tensión acumulada, la respuesta física a todo lo que venía esperando, deseando en silencio volver a tener a Manuel de esta forma: puramente mío, devorándome en la oscuridad.

Sus movimientos eran igual de erráticos que mis pensamientos; la manera en la que me consumía con su lengua y cómo se aferraba a mi cintura y a mis muslos delataban que buscaba algo que lo mantuviera en este plano, algo que lo tuviera conectado puramente a mí. Y yo solo podía dejarme ir. Por estos minutos, al menos, era todo lo que quería, porque había algo inexplicable en la forma de desconectarse por completo y dejar de cargar con tanto peso sobre los hombros. Para mí, tener el control lo era todo, pero cuando estaba con Manuel, especialmente cuando me tenía en sus manos, sabía que estaba a salvo; sabía que podía dejar de pensar y simplemente sentir.

—Lo estás haciendo a propósito, hijo de puta —le dije, mientras las palabras se me deformaban en un gemido que no pude contener.

Manuel seguía con su ritmo, intercambiando su boca por su mano. Sus dedos me encerraban por completo y la presión exacta que ejercía me estaba provocando un cortocircuito mental. Mis caderas se movían de forma involuntaria, respondiendo a un estímulo que ya no dependía de mí. Todo lo que estaba pasando era producto de Manuel, de esa fascinación ciega que tenía por verme perder el control y por saber que él, y nadie más que él, era capaz de lograr eso conmigo.

—Ahora vas a esperar —soltó de la nada.

Sus dedos dejaron de tocarme y de golpe dejé de sentir el calor de su cuerpo sobre el mío. Sus manos bajaron por mis piernas, separándolas de una manera tortuosamente lenta. Quería protestar, enojarme y exigirle que volviera, pero sabía perfectamente que una sola palabra mía iba a terminar en algo muchísimo peor para mí; conocía a Manuel lo suficiente como para saber que era capaz de dejarme completamente suspendido, esperando por más. Quizás, si me portaba lo suficientemente mal, me haría esperar hasta que terminara su entrenamiento o hasta que pasara mi entrevista de trabajo, logrando que en lo único en que pudiera pensar durante todo el día fuera en él, en sus besos y en esas malditas manos que reclamaban cada parte de mi cuerpo.

Y luego sentí su erección encajando perfectamente con la mía. Sus ojos me marcaban cada segundo, y cada respiración que yo soltaba parecía casi como un permiso para continuar. Y en medio de esa pregunta silenciosa, se hizo espacio entre mis piernas, produciendo un shock eléctrico por todo mi cuerpo. No iba a aguantar. No podía pensar en nada más; no quería pensar en nada que no fuera Manuel y el placer absoluto de tenerlo adentro mío.

—¿Qué pasó, Lauti? ¿Ahora no decís nada? —soltó entre suspiros.

Su voz era errática y sus ojos se movían en un vaivén continuo, tratando de buscar un rastro de control en la manera en que movía su cuerpo. Pero ya no quedaban rastros de cordura en ninguno de los dos; solo estaba la adrenalina pura del momento, esa necesidad ciega de dejarnos llevar y sentirnos completos. Era un momento suspendido en el tiempo, encerrados en esta habitación, mientras el resto del mundo seguía durmiendo.

Todo me daba vueltas. Mis manos se aferraban con fuerza a las sábanas, mientras mi cuerpo cambiaba de ritmo al compás que Manuel armaba. Entre gemidos y suspiros, su boca volvió a encontrar la mía en la oscuridad; era la combinación perfecta, el sabor conocido de sus besos mezclado con la fuerza bruta de su cuerpo impactando contra el mío. Faltó muy poco para terminar consumido, completamente ido, con la mente flotando en un espacio donde solo escuchaba la voz de Manuel, alentándome en susurros a dejarme ir, a confiarle mi descontrol. Y yo, desarmado y sin defensas, solo podía obedecerlo. Me solté por completo, entregándole el último rastro de control.

 

♡♡♡♡♡

 

Me levanté con una sed inhumana y, para sorpresa de nadie, había un vaso de agua esperándome en la mesa de luz. Miré de reojo la pantalla del celular: eran las ocho de la mañana. Seguro tenía un par de minutos antes de que Manuel tuviera que salir para el entrenamiento; desde la cama, escuchaba el ruido de la ducha y el agua corriendo en el baño.

Me quedé quieto, dejándome procesar por cinco minutos los sucesos de la madrugada que, para mi suerte, se habían extendido casi hasta el amanecer. Me costaba entender cómo carajo Manuel ya estaba prácticamente en pie haciendo su rutina de deportista, mientras yo tenía que obligar a mi propio cuerpo, músculo por músculo, a levantarse de la cama. De igual manera, sabía perfectamente que él no me iba a despertar para cuidarme el sueño, así que saqué las piernas de las sábanas y terminé dirigiendo mis pasos torpes hacia el baño.

Abrí la puerta y, sin dar muchas vueltas, me metí directo en la ducha. Mis brazos rodearon instantáneamente su torso desde atrás, pegando mi pecho a su espalda mientras el agua caliente nos mojaba a los dos. Manuel, que ya ni se sorprendía por mis ataques de afecto repentinos, tomó mis manos con suavidad y se giró bajo el agua; ahora era su pecho contra el mío, el calor de la ducha encerrándonos en nuestra propia nube de vapor.

—Buenos días —me dijo.

Esa sonrisa estúpida, brillante y perfecta, fue lo primero que vieron mis ojos despiertos. Me costó horrores luchar contra el instinto ciego de querer caer rendido otra vez ahí mismo, en la ducha, a sus pies. Así que, para no habilitar el descontrol a una hora tan temprana, solo me estiré y le di un beso largo. Un beso que funcionaba casi como un gracias por lo de hace algunas horas y, quizás, por muchísimo más que eso.

—¿A qué hora volvés hoy? —le pregunté, apoyando la barbilla en su pecho mientras el agua nos caía en la espalda.

—Creo que antes de las ocho. ¿Por?

—Tengo la entrevista a las once —le mencioné, intentando que la voz no me temblara por la anticipación—. Después puedo pasar por el súper y compro algo para la noche. ¿Qué querés comer?

Era una pregunta genuina, simple en apariencia, pero que para mí significaba un montón. Cocinar era mi manera silenciosa de cuidarlo; de mostrarle cuánto me importaba estar acá, instalados en este departamento, y cuánto quería que esta oportunidad funcionara de verdad. La realidad era que yo no cocinaba mucho, pero cada tanto, cuando extrañaba demasiado a mi mamá y sus recetas, buscaba la excusa perfecta para llamarla por teléfono. Terminábamos hablando durante horas, con ella dándome indicaciones desde la cocina de casa y yo replicando sus pasos acá, como si estuviéramos cocinando juntos a pesar de los kilómetros.

Manuel se ablandó por completo al escucharme. Me agarró de la cara y empezó a besarme por todos lados; en las mejillas, la frente, la nariz;  con una efusión tan absurdamente doméstica que me hizo reír.

—Lo que vos quieras, Lauti —dijo, estirando la mano para agarrar el envase de shampoo. Me puso un poco sobre la palma y empezó a frotarme la cabeza con movimientos lentos, dándome un masaje que casi me hace ronronear—. Avisame apenas salgas de la entrevista, ¿ok?

Revoleé los ojos bajo el chorro de agua. La verdad era que no quería empezar a lidiar con mis propios nervios tan temprano; no quería abrirle la puerta a la posibilidad de no ser elegido y volver a frustrarme, así que solo le hice un puchero exagerado a modo de respuesta, negándome a hablar del tema.

Manuel echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos mientras se aguantaba la risa ante mis pelotudeces de siempre. Me dio un último tirón suave de pelo antes de enjuagarme y me miró con una seriedad que me tomó por sorpresa:

—Si no te contratan, son unos terribles pelotudos, Moski.

Los últimos seis meses se sintieron como un viaje en montaña rusa con los ojos vendados. Todo fue tan jodidamente rápido. Todavía me acordaba del caos de la mudanza repentina, del olor a cinta de embalar y del vacío extraño que quedó en mi viejo cuarto, donde dejé un par de cajas abandonadas a propósito, como si dejar un pedazo de mi desorden allá fuera una garantía de que todavía tenía un lugar al que volver si todo esto salía mal. Acordarme de la explicación vaga que les armé a Santiago y a Ian en nuestro café de siempre me daba un poco de culpa. Les tiré un par de frases armadas sobre "probar suerte afuera" y "ver qué pasaba", ocultando el pánico real que me carcomía por dentro. Pero a ellos no les podías mentir; se dieron cuenta de todo al toque. No me cuestionaron nada; al contrario, los dos sonreían de oreja a oreja, compartiendo esa mirada cómplice que decía que ya era hora de que me dejara salvar.

Pero el golpe de realidad vino al aterrizar. Llegar a Madrid fue enfrentarme a un monstruo gigante. Me sentía un extraño total caminando por calles que no me pertenecían, escuchando un acento que me recordaba a cada segundo lo lejos que estaba de mi casa. Intentaba buscar la manera, cualquier detalle tonto, para sentirme cómodo en un departamento que me parecía completamente ajeno, frío, como un hotel de lujo pero sin alma.

Las primeras semanas fueron las peores. Lloraba en silencio por las noches, mordiendo la almohada para que Manuel no escuchara mis ahogos. Muchas veces, cuando sentía que la cabeza me iba a explotar, me levantaba despacito y me iba a dormir al sofá. No quería molestar a Manuel con mis pensamientos oscuros; él tenía que entrenar, rendir, ser el jugador perfecto que todos esperaban, y yo no quería ser la mochila pesada que lo tirara para abajo con mis traumas de siempre.

Hasta que una madrugada no aguantó más. Escuché sus pasos en el pasillo y, antes de que pudiera inventar una excusa, Manuel se plantó frente al sillón. Me enfrentó con esa mirada verde que no te deja mentir y me obligó a escupirlo todo. Me largué a llorar como un nene, un llanto feo y pesado que tenía atorado en el pecho desde que subí al avión. Entre un mar de lágrimas y un par de besos húmedos que me limpiaron la cara, terminamos los dos acurrucados en ese mismo sofá, tapados con una manta.

Ahí nomás, Manuel sacó el celular y me obligó a buscar muebles y decoración en internet. Pasamos horas eligiendo plantas, alfombras y cuadros, todo con la única condición de que a mí me gustaran, de que yo encontrara algo mío en esas opciones. Él solo quería que me sintiera en casa, porque eso era todo lo que le importaba realmente. Supongo que esa noche para Manuel también fue un golpe de agua fría. Él sabía lo rápido que había pasado todo, lo mucho que me estaba pidiendo cuando me trajo a España así nomás, casi a las apuradas. Ver que yo estaba sufriendo en silencio lo rompió un poco, porque si algo quería Manuel, era que confiara en él de una buena vez. Quería demostrarme, con hechos y no con palabras, que siempre iba a estar ahí para sostenerme, y que el resto del mundo no le importaba una mierda si yo estaba bien.

Y eso era, justamente, lo que más me aterrorizaba. El hecho de tener a una persona dispuesta a darlo todo por mí me ponía en un lugar sumamente incómodo. La verdad era que no me sentía merecedor de semejante entrega; no terminaba de entender por qué Manuel me había elegido a mí entre tanta gente, ni por qué gastaba tanta energía y tanto tiempo en intentar hacerme feliz. Pero, a pesar de mis dudas de siempre, quería intentar. Quería ponerle el pecho a esto, puramente por Manuel.

Y ahí es donde aparecía mi viejo mecanismo de defensa: la necesidad obsesiva de mantener el control de las cosas. Para mí era vital manejar los hilos de cómo nos mostrábamos, y mentiría si dijera que no me sentía increíblemente aliviado por no tener que decirle al mundo que Manuel y yo éramos pareja. Por una parte, me escudaba en que todo el foco mediático tenía que estar puesto en él. Estamos en pleno 2026, es año de Mundial y Argentina carga con la presión de que hace años no se gana nada. Nadie sabe si Manuel va a tener la chance de jugar otro Mundial en el futuro; esta es, básicamente, su oportunidad de oro para consagrarse, y lo último que necesitaba en su carrera era estar distraído con el acoso de la prensa rosa.

Claro que, cuando se lo planteaba, Manuel saltaba de inmediato a decirme que yo jamás sería una distracción. Me repetía, con esa seguridad suya que a veces me daba envidia, que a él no le importaría un carajo pasarse las conferencias de prensa hablando de su novio. Pero a mí se me encendían todas las alarmas con el solo pensamiento de tener una relación pública.

Había una paz inmensa en el secreto, en la intimidad de nuestras cuatro paredes. Muy en el fondo de mi mente paranoica, sabía que si esto no llegaba a funcionar, al menos no iba a haber miles de personas hablando de nuestra ruptura en la televisión o en las redes. No era que pensara que las cosas iban a salir mal (cada día estaba más convencido de lo nuestro), pero definitivamente no necesitaba la presión ni los ojos de todo el mundo encima para hacer que mi relación funcionara.

La entrevista quedaba en el centro de Madrid y, por suerte, con Manuel no vivíamos tan lejos, así que me tomé el subte. En el vagón, mientras el tren avanzaba, no podía dejar de pensar en la cena de la noche. Tenía que llamar a mi mamá mientras compraba los ingredientes en el súper, porque últimamente me venía pasando que me olvidaba de alguna pavada, y aunque no es como que cambiara drásticamente el sabor, a mí me hacía sentir un inútil no poder clavar la receta tal cual ella me la había enseñado.

Andaba anotando en las notas del celular los ingredientes que me acordaba de memoria para el pastel de papas, completamente abstraído, cuando me choqué de lleno con una persona. El impacto hizo que mis auriculares y mi celular salieran volando directo al piso.

—¡Dios, perdoname! —solté enseguida, agachándome al toque.

El chico era rubio, ciertamente no era mi tipo, pero era innegablemente hermoso. Tenía ese aire rebelde pero impecable, con el pelo un poco alborotado y una sonrisa de costado que me hizo acordar muchísimo a algún actor. Llevaba un traje de oficina hecho a medida y sus zapatos de vestir estaban tan lustrados que casi irradiaban luz, como si mi propia cara se pudiera reflejar en el cuero.

—No te preocupes, que andaba haciendo lo mismo —me dijo. Su acento español era fuerte, rotundo, y sus ojos azules me observaban fijo, con una diversión que me puso un poco incómodo.

Aatiné a juntar mi celular del piso y él se agachó para ofrecerme mis auriculares. Cuando me los alcanzó, nuestras manos chocaron sin querer; quité los dedos tan rápido como pude al sentir una especie de electricidad extraña por el tacto. Le di las gracias con un hilo de voz y seguí mi camino a paso apurado, un poco afectado por la situación.

Cuando estaba en la facultad en Argentina, muchas veces mis compañeras me hacían saber cuántas de las interacciones cotidianas que yo tenía a diario eran, en realidad, un absurdo plan de la gente para intentar invitarme a salir. O sea, me decían que la gente me hablaba por el simple hecho de que les parecía lindo. Yo al principio no les creía nada, pero poco tiempo después empecé a notarlo.

Y, en cierta parte, todos somos humanos. No es como si fuera a engañar a Manuel jamás en la vida, pero hay algo en ese coqueteo involuntario que me motiva un poco. Me hace sentir vivo el saber que a algún extraño en este lado del planeta le parecí lo suficientemente lindo como para mirarme así y devolverme mis cosas con una sonrisa, después de haberlo atropellado por completo. Quizás estaba exagerando y buscándole el pelo al huevo, pero acá en Madrid la gente ciertamente no era tan cariñosa ni demostrativa como las personas que recordaba de Argentina, y un cable a tierra así, de vez en cuando, me recordaba a casa.

Llegué al edificio con cinco minutos de sobra. Me presenté en el mostrador y la secretaria, con una amabilidad corporativa bastante fría, me indicó un asiento donde esperar. El puesto era para analista de riesgos en inversiones. La realidad era que no iba desarmado: había trabajado como consultor privado durante los últimos meses de la carrera e incluso mi tesis me había conseguido una pasantía en JP Morgan, lo cual en teoría me abría muchas posibilidades en cualquier parte del mundo.

Pero a veces la mente te juega en contra. Un trabajo así dependía puramente de saber manejar la presión, de tolerar días de trabajo larguísimos y pesados donde un error de cálculo costaba millones. No sé qué carajo se me había cruzado por la cabeza cuando vi el anuncio en LinkedIn, pero acá estaba. Llevaba un uniforme que me hacía sentir un impostor absoluto, una corbata que Manuel me había asegurado que combinaba perfecto con mis ojos pero que en ese momento me asfixiaba como nunca, y unos zapatos nuevos que me apretaban más de lo normal.

Ya estaba comenzando a mirar con cariño la puerta del baño, calculando si me daba el tiempo para ir a sacarme un poco del maldito gel que me había puesto en la cabeza, porque por alguna razón me estaba dando una comezón insoportable. Eran los nervios, tenía que ser eso. Mi cuerpo boicoteándome como de costumbre.

—¿Lautaro Moschini? —escuché una voz con un acento español impecable.

Levanté la mirada de golpe, acomodándome el cuello de la camisa. De pie en el umbral de una de las oficinas secundarias, sosteniendo una tableta, estaba el chico del subte.

El mismo rubio de traje a medida con el que me había estrellado hacía menos de una hora. Sin la luz de la estación, bajo los tubos fluorescentes de la empresa, se notaba todavía más que parecía salido de una película de Hollywood. Tenía los ojos azules clavados en mí, fijos, y en el segundo exacto en que nuestras miradas se cruzaron, esa misma sonrisa de costado, idéntica a la de Heath Ledger, se le volvió a instalar en la cara.

—Vaya —dijo bajito, bajando la tableta un centímetro—. Me estaba preguntando si nos volveríamos a ver, y mira que sorpresa. Pasa, por favor.

Entré a la oficina pisando con cuidado, sintiendo cómo el cuero rígido de mis zapatos nuevos resonaba contra el piso de madera flotante. El lugar era enorme, ridículamente grande, con un ventanal inmenso que daba a toda la Gran Vía y un sillón de cuero que gritaba presupuesto corporativo. Mientras caminaba los pocos pasos hacia el escritorio, no pude evitar preguntarme si este tipo era el jefe de todo este bendito edificio o si "solamente" manejaba el área de inversiones a la cual me estaba postulando.

Automáticamente, me dieron unas ganas locas de dar media vuelta y salir corriendo. Una cosa era la fantasía inofensiva del subte; saber que jamás nos íbamos a volver a ver y permitirme el lujo de sentirme un poco especial por llamarle la atención a un hombre que no fuera Manuel. Me inflaba un poco el ego, sí. Pero ahora, la fantasía se convertía en mi peor pesadilla. El pánico se me instaló en el pecho: no quería bajo ningún concepto que este hombre se imaginara cosas que no eran, y mucho menos que pensara que yo tenía algún tipo de interés en él. Yo estaba acá por mi currículum, no por un choque torpe en una estación de subte.

El tipo rodeó el escritorio y se presentó con total naturalidad:

—Soy Fernando Fernández —dijo, extendiendo la mano mientras se acomodaba en su silla de diseño.

Fue instantáneo. El reflejo de mi risa fue completamente involuntario, un soplido que se me escapó de la boca antes de que pudiera registrarlo. ¿Fernando Fernández? ¿En serio?

Cerré los ojos un milisegundo, dándome un tiro mental por maleducado, pero Fernando, en lugar de enojarse o ponerse rígido, pareció encontrarle la gracia a mi reacción. La sonrisa de sabelotodo se le ensanchó y se encogió de hombros con simpatía.

—Sí, lo sé —admitió, soltando una carcajada baja—. Mis padres son un poco particulares. Creatividad cero, ya lo ves.

Intenté con todas mis fuerzas poner mi cara más seria y profesional. Al fin de cuentas, estaba acá por una entrevista de trabajo que necesitaba desesperadamente para no volverme loco encerrado en el departamento, no para hacer stand-up sobre nombres redundantes.

—Perdoname, de verdad —le dije, aclarándome la garganta y tratando de domar los nervios que me hacían picar la cabeza—. Es un poco gracioso.

La oficina pareció cerrarse sobre mí de golpe y la atmósfera se volvió densa, cargada de una tensión silenciosa que no me dejaba respirar. El aire acondicionado parecía no dar abasto y sentí que la corbata me apretaba el cuello el doble que antes; me faltaba el aire y el corazón me empezó a latir con fuerza en los oídos. Me aterraba la idea de que él pensara que mi risa había sido un intento estúpido de coqueteo.

Fernando rompió el momento acomodando unos papeles sobre la mesa.

—Bueno, Marcos me va a matar si no continuamos con la entrevista —dijo, nombrando al que me imaginé que sería su socio o el director general. Soltó una pequeña tos para aclarar su garganta y, en un pestañeo, su mirada azul se volvió completamente seria, enfocada y profesional—. Lautaro, tu perfil nos interesa mucho. Tienes muy buenas recomendaciones por parte de tus anteriores proyectos.

Me tomó por sorpresa el cambio tan rotundo de clima, pero logré acomodarme en el asiento, tratando de disimular el alivio.

—Em... gracias —respondí, forzando a mi voz a sonar firme—. Cada cliente fue especial para mi formación y la pasantía en JP Morgan fue un lujo, realmente aprendí muchas cosas.

Fernando asintió, anotando algo en su tableta sin dejar de registrar mis movimientos.

—¿Te has mudado hace poco a Madrid? —preguntó de repente, lanzando la duda al aire.

Me quedé helado un segundo. No sabía si la pregunta era un intento de entrar en terreno personal o puramente laboral; quizás querían saber qué tan estable era mi situación en el país o con qué tanta seriedad estaba buscando el puesto. Sentí las alarmas encenderse en mi cabeza, pero decidí usar la verdad como escudo.

—Sí, con mi pareja —solté.

Listo, lo dije. Lo tiré ahí, sobre el escritorio de madera fina, como una declaración sutil pero contundente. Eso mostraba que tenía un proyecto de vida establecido acá, que no era un chico improvisado que se iba a volver a Argentina el mes que viene. Y, de paso, esperaba que sirviera para cerrar de un portazo cualquier puerta a segundas intenciones o fantasías raras que hubieran quedado del choque en el subte.

Fernando, sin embargo, no pareció mostrar ninguna reacción ante el dato. No se le movió un pelo, ni demostró sorpresa o incomodidad; se limitó a asentir con la misma pulcritud corporativa de hace un minuto.

—Bien, perfecto —continuó, como si nada—. El proceso es el siguiente: hay una semana de prueba donde realizas distintas tareas y simulacros de inversión bajo presión. Son filtros complejos que los aspirantes rara vez pasan… o puede que existan excepciones si el talento es real. Nuestra empresa trabaja con distintos bancos alrededor de España, por lo que Marcos y yo nos tomamos muy en serio el proceso de selección.

Lo escuchaba sumamente atento, asintiendo con la cabeza mientras intentaba registrar y anotar mentalmente cada detalle de lo que Fernando decía. Necesitaba demostrar que estaba a la altura, que el Lautaro, profesional y analista seguía intacto debajo de todos mis miedos cotidianos.

Fernando se ajustó la corbata con un movimiento impecable y apoyó los brazos sobre el escritorio, inclinándose apenas hacia adelante. Era la personificación misma del profesionalismo, la pulcritud y el éxito empresarial. O al menos así me imaginaba a la gente de oficina en este lugar del mundo.

—Si pasas la semana de prueba, el siguiente paso es un contrato cerrado por dos años. ¿Qué te parece, Lautaro?

Intenté no saltar de la silla ante la propuesta. Fernando era audaz, casi demasiado sincero. Me estaba ofreciendo un contrato cerrado por dos años en una de las mejores firmas de Madrid antes siquiera de ver cómo me manejaba en el simulacro. Estaba a punto de aceptar tan rápido como él me lo había propuesto, con la palabra "sí" ya armada en la punta de la lengua, cuando un freno me golpeó el pecho.

Recordé la particularidad de una promesa que le había hecho a Manuel hace meses, una regla inquebrantable en nuestro calendario: acompañarlo al Mundial. No importaba en qué parte del planeta estuviera, yo tenía que estar ahí, en la tribuna, viéndolo cumplir su sueño.

Intenté acomodar mis pensamientos a las apuradas ante el silencio denso y la mirada atenta de Fernando, que seguía clavada en mí, esperando una respuesta entusiasta. Me aclaré la garganta, sintiendo que el gel de la cabeza me picaba el triple por los nervios, y después de unos segundos eternos solté.

—¿Existe la posibilidad de trabajar en modalidad remota?

Fernando se llevó la mano a la barbilla, entornando los ojos como si estuviera diseccionando mi pregunta en un laboratorio. El pánico me subió por las piernas. Quizás creía que era un vago, una persona que planeaba pasársela de joda viajando, o no sé, que tenía problemas de fobia social para estar en una oficina. Dios, qué estúpido, seguro me iba a mandar a cagar ahí mismo. ¿Quién carajo pregunta si puede trabajar desde la casa en la primera maldita entrevista cuando le acaban de ofrecer un contrato de dos años?

—¿Planeas pasártela en casa o algo por el estilo, Lautaro? —preguntó Fernando, con un tono neutro que no logré descifrar.

Me reí de los nervios, acomodándome los puños de la camisa que ya sentía empapados de sudor.

—No, no, para nada. Me gusta mucho el ambiente de oficina y trabajar en equipo —me atajé rápido, intentando salvar el barco—. Solo que... tengo un viaje familiar muy importante ya planificado y cerrado para este año, en junio...

Fernando soltó una risa limpia, espontánea, que me descolocó por completo. —Ah, ya veo —dijo, apoyándose en el respaldo de su silla con una sonrisa divertida.

Me quedé helado en el asiento; yo no sabía exactamente qué carajo era lo que él ya veía, pero cerré la boca y esperé su respuesta, rogando internamente no haber arruinado la oportunidad de mi vida por el Mundial.

—Vosotros los argentinos y vuestra pasión desmedida por el fútbol. No hace falta que me des explicaciones, Lautaro. En junio prácticamente se paraliza el planeta.

Sentí que el alma me volvía al cuerpo. No podía creer la suerte que estaba teniendo; el tipo había asumido que era el típico hincha fanático que se iba a ver a la Selección, y yo no iba a ser tan pelotudo de sacarlo de su error y decirle que en realidad iba a acompañar a mi novio, que era el delantero estrella.

—Claro, entiendo la situación —continuó Fernando, retomando el tono profesional pero manteniendo esa flexibilidad que me devolvió el aire—. Al ser el primer año de contrato, las vacaciones legales que te corresponden son de quince días. El resto del tiempo que pases fuera, si necesitas extender la estadía, deberás conectarte a las llamadas de riesgo, cumplir con los informes diarios y resolver tus tareas de manera remota. Confiamos en los resultados, no en las horas silla. ¿Entiendes?

Un suspiro largo se me escapó del pecho, un alivio tan grande que sentí cómo los hombros se me descontracturaban de golpe. Me acomodé la corbata, que de repente ya no me asfixiaba tanto. Ok, mierda, esto realmente podía funcionar. Podía tener mi vida, mi independencia y mi productividad en Madrid, sin fallarle a la promesa que le había hecho a Manuel.

Salí casi victorioso de esa reunión, sintiéndome como si el mundo entero fuera mío y se dejara devorar de un solo bocado. El aire de la calle, que un par de horas antes me había parecido pesado y sofocante, ahora me golpeaba la cara con una frescura que me llenaba los pulmones de pura adrenalina. Caminaba a paso firme entre la gente, esquivando madrileños y turistas, mientras una sonrisa boba se me instalaba en la cara.

Tenía la semana de prueba asegurada, la posibilidad de trabajar remoto durante el Mundial y, lo mejor de todo, la certeza interna de que mi currículum y mi capacidad valían por sí solos, en cualquier rincón del mapa. Aquel Lautaro seguro de sí mismo estaba de vuelta. 

Me metí las manos en los bolsillos del pantalón de vestir, sintiendo el impulso eléctrico de sacar el celular para cumplir con mi parte del trato. Le había prometido a Manuel avisarle apenas saliera, y moría de ganas de restregarle en la cara que, efectivamente, sus predicciones de la ducha habían sido un cien por ciento acertadas.

Manu
hola mi amorrr
adivina quien consiguió una semana a prueba y básicamente un contrato por dos años si todo sale bien???
viste!!
dios lauti. te dije, mi amor!!
q bronca q no te puedo chapar
me pone hot, seguro estas en traje pq no me mandas una foto?
🙄
quizas me lo dejo hasta que vengas a casa y me lo sacas vos, no te parece?
sos un hijo de puta
te amoooo

Llegué a casa con la bolsa de tela reventada en mi hombro, pesando el doble de lo normal por la cantidad de papas que metí adentro. En la oreja se me apoyaba el celular, sostenido con un movimiento medio malabarista con el cuello, mientras mi mamá me daba las instrucciones detalladas por llamada.

—Y tenés que cocinar primero la papa, hijo —me decía, con ese tono de paciencia que solo ella tiene—. Después se calienta el puré en el horno. Hacé la carne con la cebolla, que a vos te gusta más así.

—¿Y se cocina en veinte minutos, más o menos? —le pregunté, mientras hacía malabares con la rodilla para empujar la puerta y entrar al departamento.

Puse la llamada en altavoz, tiré el celular sobre la mesada de la cocina y dejé las llaves en la entrada con un ruidito metálico que me devolvió el alma al cuerpo. Me saqué los zapatos nuevos que me estaban destruyendo los pies y me puse a ordenar las cosas del súper sobre la mesa.

—Sí, mi amor —respondió ella del otro lado—. Mandame una foto después, ¿eh?

Intenté con todas mis fuerzas no reírme. La realidad era que el pastel de papas no era una comida tan elaborada, pero mi mamá tenía esa costumbre hermosa de subir mis platos a sus redes sociales como si yo fuera un chef con estrella Michelin.

—Obvio, mami —le prometí con una sonrisa, sintiendo que, por un ratito, la distancia con ella no pesaba tanto.

—¿Cómo está Manuel? —preguntó mi vieja, cambiando de tema.

—Todavía no llegó del entrenamiento —le contesté, acomodando el paquete de carne picada en la mesada.

—Bueno, mandale un saludo. Decile que voy a ver el partido el fin de semana.

Ahora sí me reí, una carcajada limpia que rebotó en la cocina vacía.

—Ay, mamá, por favor no... Eso lo va a poner más nervioso todavía.

Mi mamá soltó una risa del otro lado de la línea, restándole importancia con ese tono tan de ella.

—Bueno, tampoco es para tanto, che. Qué exagerado. 

Yo negué con la cabeza frente a la hornalla, sonriendo solo. A veces no terminaba de entender si mi mamá realmente comprendía lo importante y enorme que era Manuel en el mundo del fútbol actual. Quizás, para ella, el chip nunca había cambiado; quizás en su cabeza él seguía siendo el nene flaquito que era nuestro vecino, el que corría descalzo atrás de una pelota de plástico en la vereda y volvía con las rodillas sucias. La verdad era que, por momentos, a mí me pasaba exactamente lo mismo. Para mí seguía siendo el Manu que dormía pegado a mi espalda.

—Mami, te dejo —le dije, mirando la hora en el celular—. Me pongo a cocinar porque si no me va a agarrar la noche. Cualquier cosa te vuelvo a llamar.

Mi mamá soltó un suspiro largo, casi un quejido de resignación. Nuestra llamada había durado casi dos horas, acompañándome desde que salí del subte, durante toda la compra en el mercado y el viaje de vuelta, pero sé perfectamente que ella me extrañaba horrores y que nunca le alcanzaba el tiempo.

—Te amo, Lauti —me dijo, con esa calidez que cruza cualquier océano.

—Yo también, ma. Un beso —le respondí antes de cortar, quedándome en silencio en el departamento, listo para empezar a pelar las papas.

Se hicieron las siete de la tarde cuando escuché el ruido de las llaves y Manuel entró al departamento. Llevaba colgado un bolso deportivo que seguramente pesaba una tonelada; le corrían gotas de sudor por la frente y la remera de entrenamiento se le pegaba por completo al cuerpo, marcándole la espalda.

Ya estábamos a un paso de entrar en el verano acá en Madrid. Se venían los últimos partidos de la temporada, la presión estaba por las nubes y los entrenamientos cada vez parecían ser más salvajes y agotadores. Manuel solía volver a casa directamente exhausto; muchas veces pasaba que se tiraba en el sillón dos minutos y se quedaba profundamente dormido esperando que estuviera la comida. Me causaba una ternura inmensa verlo así de vulnerable, pero también un poco de envidia sana: envidia de que amara algo con la fuerza suficiente como para seguir haciéndolo día tras día, incluso cuando terminaba físicamente destruido.

No llegó a dar tres pasos dentro de la cocina cuando su cuerpo rodeó el mío por la espalda. Sus brazos me apretaron contra él con una delicadeza extrema, con un cuidado casi obsesivo, como si yo fuera un sueño hermoso del que tuviera miedo de despertarse si abría los ojos.

Dejé el cuchillo de lado y me giré entre sus brazos para terminar enfrentándolo, quedando con mis ojos fijos frente a los suyos. El cansancio que cargaba en la mirada era notable, se le notaba en las facciones cansadas, pero la sonrisa que me regaló al verme ahí cocinando fue tan jodidamente perfecta que me provocó cualquier tipo de pensamiento en la cabeza, menos el de cagarlo a pedos por no irse a bañar directo.

Le di un beso largo, de esos que se sienten en el pecho; realmente lo había extrañado durante el día. Después de la pequeña locura que había vivido a la mañana con Fernando, lo único que quería en este mundo era a mi novio y que me llenara de amor. No quería a nadie más en esta vida. El mundo y sus personas poco me importaban; si iba a gastar energía en amar a alguien, esa energía estaba dedicada en su totalidad a Manuel Merlo.

—Tenés un olor a culo impresionante —le solté en medio del beso, rompiendo el romanticismo con total impunidad.

Manuel soltó una carcajada limpia, de esas que hacen que los ojos se le achinen por completo, y me dio otro beso, esta vez más suave pero insistente contra mis labios.

—¿Sí? ¿Querés que nos bañemos juntos entonces? —me provocó, con la voz un poco ronca por el cansancio.

Su cuerpo y el mío danzaban por el espacio de la cocina en movimientos lentos, casi mecánicos por la costumbre de tenernos cerca, y el contraste de nuestras prendas me pareció un poco cómico. Como le había prometido a la mañana, todavía llevaba puestos la camisa y el pantalón del traje de la entrevista, aunque me había terminado sacando los benditos zapatos y el saco para poder cocinar más tranquilo. Mi pelo, además, todavía seguía bastante duro y fijado por el gel que me había puesto temprano. Quería despegarme de todo este disfraz corporativo de una buena vez, pero quién era yo para negarle una fantasía al pobre Manuel después de semejante día de entrenamiento.

—Todavía tengo que terminar de cocinar, Manu —le puse como excusa, aunque mi cuerpo no hacía ningún intento real por alejarse.

Manuel, ni un poco convencido con mi respuesta, corrió sus manos de mi cintura para apoyarlas con firmeza en mi espalda baja, bajando los dedos hasta que casi rozaron mi culo. Yo solté un suspiro rendido que se me escapó antes de poder frenarlo.

—Dale, Lauti... —insistió contra mi oído, apretándome un poco más contra su cuerpo caliente.

Conté hasta tres mentalmente y le di un último beso rápido en los labios antes de obligarme a separarnos.

—Andá a bañarte —le ordené, señalando el pasillo con el cucharón de madera.

Manuel me hizo un puchero exagerado de nene caprichoso, pero terminó por hacerme caso. Eso sí, no se iba a ir gratis: con toda la impunidad del mundo, se desvistió por completo ahí mismo, en medio de la cocina y justo enfrente mío, dejando caer la ropa de entrenamiento sucia en un rastro desprolijo por el piso antes de regalarme una última mirada cómplice y meterse, por fin, al baño.

 

♡♡♡♡

 

Los días de partido la rutina se vuelve casi un ritual sagrado. Es prácticamente imposible que los deportistas de alto rendimiento no tengan sus propios hábitos y costumbres metidos en la médula; mucho menos podés pedirles que dejen de hacerlos cuando van en una racha ganadora. Es más, incluso aunque las cosas vengan saliendo para el revés, hay que respetar las malditas cábalas a rajatabla. El fútbol se alimenta de eso.

En nuestro caso, la lista de requisitos era estricta. Por ejemplo, era de suma importancia que yo llevara puesta la camiseta de entrenamiento que Manuel me había regalado hacía un par de años, una que le quedaba chica a él pero a mí me iba como un buzo cómodo. Era signo de catástrofe absoluta y de derrota asegurada si él no conducía hacia la cancha, y se sentía casi como una amenaza de guerra mundial si no le daba su beso de la buena suerte antes de que cruzara la puerta del vestuario.

Estaba terminando de armar el mate en la cocina cuando escuché su voz retumbando desde el pasillo.

—¿La camiseta, Moski? —me preguntó Manuel desde la pieza, revolviendo los cajones—. No la encuentro por ningún lado.

—Está ahí, colgada en el fondo del ropero —le grité de vuelta, acomodando la yerba—. ¿Me la traés, porfa?

Manuel apareció a los pocos segundos con mi camiseta en la mano y ya completamente cambiado con su ropa de calle. A mi novio le encantaba producirse para los días de partido; sabía perfectamente que las cámaras lo iban a estar esperando en la entrada del estadio y siempre terminaba siendo tendencia en las redes por las marcas que usaba o cómo combinaba las prendas. Ese día se había puesto unos jeans de Prada oscuros, zapatillas impecables y el buzo rosa que yo le había regalado en un día de compras en el centro solo porque el color me hacía acordar a él. Me daba una ternura infinita que siempre repitiera que ese era su buzo favorito del armario.

—Tomá —me dijo, pasándome la tela suave de la camiseta mientras me miraba de arriba abajo—. Y dale, apurate que si no llegamos tarde.

Agarró las llaves que estaban en la mesada y caminamos juntos hacia el estacionamiento del edificio. Nos subimos a su auto, un Audi RS5 de color negro metalizado que brillaba bajo el sol, una bestia semideportiva que a Manuel le fascinaba manejar.

En cuanto arrancó el motor con un rugido sordo, estiré la mano hacia la pantalla del tablero. En el viaje, la música la elegía yo; no se negociaba. Al menos esa era una de mis partes preferidas de toda la rutina de partido, armar la playlist justa para ir subiendo los decibeles a medida que nos acercábamos a la cancha.

Por alguna razón que todavía no terminaba de comprender, todo ese conjunto de pavadas lo calmaban a Manuel de una manera impresionante. El viaje con música, los jeans, la ropa rosa y mi presencia con su camiseta vieja hacían que se sentara al volante sintiéndose mucho más listo y seguro para salir a comerse la cancha. Yo no quisiera meter a la ciencia o a la psicología detrás de estos benditos rituales, pero la realidad dura y pura era que Manuel venía en una racha intratable: metía un gol cada partido, sin falta. No por nada todos los portales de noticias internacionales lo catalogaban en sus títulos como "el mejor momento de la carrera de Merlo". Y yo, desde mi lugar silencioso en el asiento del acompañante, hacía lo que fuera necesario para que esa magia no se rompiera.

Al llegar a la cancha, tocaba el momento de separarnos. Si fuera por mí, preferiría quedarme cada minuto al lado de Manuel; los lugares gigantescos y llenos de extraños no eran particularmente mis favoritos en el mundo, pero la realidad era que la familia del equipo era bastante amigable. Las esposas y parejas de los otros jugadores me habían adoptado a los pocos partidos de haber llegado a Madrid y, si bien sabía que sus caras ocultaban miles de preguntas sobre nosotros, eran lo suficientemente educadas y discretas como para no hacérmelas en voz alta.

Siempre terminábamos hablando de sus hijos, las reuniones del jardín o las actividades del colegio. Algunas me contaban entusiasmadas sobre los planes de viaje que tenían para este verano, sobre todo aquellas cuyos maridos no habían sido convocados para la Selección, pero en mi caso el destino ya estaba sellado: íbamos directo a Estados Unidos.

En medio de la previa en el palco, me senté al lado de María, la esposa del arquero. Manuel y él eran íntimos amigos, y de hecho todavía teníamos pendiente ir a visitarlos a su casa para comer un asado que veníamos posponiendo hacía semanas.

—¿Y cómo te fue en la entrevista, hijo? —me preguntó María, acomodándose los anteojos de sol.

Me daba mucha gracia que me dijera "hijo" a pesar de que apenas nos llevábamos diez años de diferencia, pero tenía un instinto maternal tan natural que era imposible que te cayera mal.

—Bien, Mari —le contesté, acomodándome la camiseta de Manu que me quedaba enorme—. Por suerte muy bien. Me dieron una semana de prueba que arranca en unos días.

Ella sonrió con total honestidad y me frotó el brazo con cariño, dándome un apretón ligero.

—Todo va a salir bien, Lauti. Ya vas a ver que el puesto es tuyo.

Yo quería creerle con todas mis fuerzas; necesitaba hacerlo para apagar el runrún que me volvía a picar en la cabeza. Ella se levantó al rato, interrumpiendo la charla porque tuvo que salir corriendo a retar a su hijo mayor, que andaba a los piques peligrosamente cerca del borde del palco.

Para las semanas del Mundial, la logística ya estaba armada. Manuel iba a tener su lugar asignado en el hotel de la delegación, cerca del predio de entrenamiento, completamente concentrado. Por mi parte, yo había terminado buscando un departamento para alquilar cerca de la zona junto a Santiago y a Ian, que claramente cayeron de arriba al viaje apenas se enteraron. Cuando se lo conté a Manuel, se le iluminó la cara; se había quedado muchísimo más feliz y aliviado al saber que yo no iba a estar solo en un país desconocido mientras él estuviera encerrado pensando en los partidos.

No sé si eran mis propios nervios o si simplemente absorbía la tensión acumulada de Manuel, pero apenas el árbitro marcó el inicio del partido con el silbato, mis manos se aferraron por puro instinto a la camiseta que llevaba puesta. No sé si lo hacía para intentar mantenerme concentrado y no volverme loco en medio de las demas familias, mientras mentalmente le mandaba todas mis energías, o si de alguna manera extraña, esa tela vieja nos conectaba a través de la distancia.

Manuel se movía por la cancha veloz y audaz, con una soltura que daba miedo. Hacía los pases correctos con una naturalidad pasmosa, marcaba al oponente sin problemas y, en una jugada rapidísima, se abrió paso por la banda para terminar con la pelota dominada entre los botines. El estadio entero, eufórico, empezó a gritar y vociferar su nombre a todo pulmón; todos los que estábamos ahí sabíamos perfectamente lo que se venía ahora.

Y era casi mágico, por no decir absolutamente especial, la forma en que Manuel se manejaba por la cancha. Parecía de otro planeta, una mezcla perfecta de danza y precisión quirúrgica. Verlo jugar era como presenciar una pequeña coreografía de teatro bien ensayada: Manuel esquivando la marca con un amague limpio, Manuel corriendo al espacio vacío, Manuel levantando la cabeza apenas un milisegundo para fijar el objetivo y, finalmente, pateando con toda la furia hacia el arco.

El gol fue instantáneo, clavándose directo contra la red. El estadio estalló en un rugido sordo que hizo temblar las gradas, y mi sonrisa de orgullo fue, en ese mismo instante, completamente imposible de disimular.

La vuelta a casa estuvo cargada de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Manuel salía del estadio eufórico, con la adrenalina todavía latiéndole con fuerza en las venas, moviéndose como si pudiera comerse el mundo entero de un solo bocado. Por suerte para mí, y para mi absoluta perdición, su mundo entero era yo.

Apenas giró la llave en la cerradura, ni siquiera llegamos a cerrar la puerta del todo antes de que me tuviera acorralado. Caminamos por el pasillo del departamento a los tropezones, en medio de un torbellino de besos hambrientos y manos desesperadas que no sabían dónde apoyarse. Mi espalda fue chocando contra cada pared disponible del pasillo, marcando un camino torpe en la oscuridad, mientras el cuerpo enorme y caliente de Manuel se empujaba por completo contra el mío, reclamándome como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez que nos habíamos tocado.

—¿Viste el gol que hice? —me preguntó Manuel contra la boca, con la respiración todavía acelerada y una sonrisa de pibe agrandado que no le cabía en la cara.

Yo me eché a reír, contagiado por su energía, y apoyé mis labios bien cerca de la comisura de los suyos antes de contestarle:

—Literalmente estaba ahí, Manu. En el palco. ¿Cómo querés que no lo vea?

Manuel sonrió de esa forma tan suya. Sus ojos verdes me transmitían una paz inmensa, pero al mismo tiempo despertaban un cable a tierra y algo eléctrico adentro mío; era una contradicción imposible de explicar con palabras, pero tan jodidamente fácil de sentir en el cuerpo.

—Te lo dediqué —me susurró, mirándome fijo.

Antes de que pudiera procesar la declaración, sus manos firmes se apoyaron en mi cintura y me levantó en el aire sin el más mínimo esfuerzo. Por puro instinto, mis piernas se envolvieron alrededor de su cuerpo para no caerme. Las manos me temblaban de la adrenalina y no sabía bien de dónde agarrarme en medio del vaivén, así que me aferré con fuerza a su cuello, dejando que sus mechones de pelo se enredaran entre mis dedos.

—Vamos a la cama —le pedí en un susurro, con la voz ya rota por la necesidad.

Manuel no necesitó que se lo dijera dos veces. Me sostuvo con firmeza mientras caminaba los pocos pasos que nos separaban de la habitación, para terminar empujando la puerta con el hombro y lanzándome de lleno sobre el colchón. Manuel me sacó la camiseta de un solo tirón, dejándola caer en algún lugar del piso, y se desvistió con movimientos rápidos hasta quedarse únicamente en boxers. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración agitada, y el tatuaje de la mariposa que llevaba justo en el medio me hipnotizó de inmediato. Era una locura, pero sentía que podría pasarme horas enteras quieto en la cama, simplemente recorriendo con la yema de mis dedos cada línea de tinta en su piel.

—Decime qué querés, Lauti —me pidió, con la voz ronca, acorralándome con su peso sobre el colchón.

—A vos —le contesté sin dudarlo un segundo, mirándolo directo a los ojos—. Siempre sos vos, Manu.

Manuel no esperó más; bajó a buscarme y empezó a dejar un rastro de besos desesperados por mi cuello, descendiendo por mi torso desnudo hasta hacerme arquear la espalda. Mis gemidos se empezaron a mezclar con el sonido de su respiración pesada en la habitación a oscuras.

—Lauti... —susurró contra mi piel.

Y yo ya no sabía si decía mi nombre como una plegaria o como una queja que le dolía en el pecho. No sabía si yo era el producto de todo lo bueno que le pasaba o la causa de todos sus desvelos, pero Manuel no tenía ninguna intención de responder a las preguntas de mi mente intranquila; prefirió callarla con acciones.

En un lapso de segundos, sentí sus manos bajándome los pantalones con urgencia y el calor de su boca encerrando mi miembro por completo. Los ojos se me llenaron de lágrimas al instante. Era un placer violento, era una tortura deliciosa, era, definitivamente, puro amor. Faltó poco para empezar a sentir la tensión en mi estómago, para que los movimientos de Manuel alrededor de mi pene fueran buscando mi placer absoluto. Yo solo podía aferrarme a las sábanas con todas mis fuerzas, sintiendo cómo mis puños se volvían blancos por la presión que ejercía para no terminar de desarmarme ahí mismo. Pero antes de que pudiera procesar el ritmo, Manuel me agarró de la cintura y levantó mi cuerpo como si no pesara absolutamente nada. En un parpadeo, terminé sentado arriba de él. Sus manos, firmes y calientes, se aferraron primero a mis costados, después bajaron por mis muslos en un rastro lento y pronto se hundieron con fuerza en mi culo, acomodándome justo donde él quería.

—¿Qu-qué...? —tartamudeé, completamente descolocado por el cambio de perspectiva, mirándolo desde arriba.

Manuel me sostuvo la mirada con una sonrisa ladeada, esa expresión que delataba que tenía un plan malévolo en mente y que disfrutaba cada segundo de mi confusión.

—¿Me vas a dejar todo el trabajo a mí, Lautaro? —me desafió con la voz ronca, arqueando una ceja.

Desde esa posición, el contacto era directo y abrumador; sentía la fricción constante de nuestras pieles con cada respiración, incitándome a buscar el vaivén de los movimientos. Podía sentir absolutamente todo desde ahí arriba. Bastaba con bajar un poco el cuerpo, con mover mis manos lo suficiente como para encontrar su miembro palpitante, mojado y expectante entre nosotros... y eso que todavía ni siquiera lo había tocado. Sentí cómo los cachetes se me ponían rojos de golpe; a esta distancia era imposible ocultarle nada, el calor me subía por el cuello sin filtro.

—Sos un idiota —le dije, mordiéndome el labio inferior en un intento desesperado por retomar el control de la situación y que no se notara lo mucho que me temblaban las piernas.

Manuel se rió por lo bajo, una vibración sorda que sentí directa en el cuerpo. Sus manos en mi cintura no me dejaron quedarme quieto; me apuraron con un tirón firme, obligándome a moverme sobre él, a buscar más y más y más, rompiendo cualquier rastro de mi resistencia.

—Bien que te gusta, gordo —soltó, con los ojos fijos en los míos, oscuros y determinados—. Dale, mostrame.

—¿Qué cosa? —le pregunté en un hilo de voz, con la respiración entrecortada.

—Cómo te encanta sentirla —soltó sin más.

Quisiera decir que ya me había acostumbrado a estas facetas de Manuel, a esos momentos exactos de la madrugada donde se despojaba por completo de la ternura cotidiana y de la paciencia infinita. Cuando se ponía así, todo lo que quedaba en la habitación era su necesidad absoluta de devorarme, de consumirme entero hasta que no quedara nada de mí.

Y yo quería, más que nada en este momento, ser útil. Quería hacer exactamente lo que Manuel me pedía, porque no me entraba otra cosa en la mente que no fuera volverlo absolutamente loco, tal como me lo había ordenado con esa voz ronca. Era una sensación insoportable, un calor que me asfixiaba el pecho y que a la vez sentía que no era suficiente; no me alcanzaban las palabras ni las acciones para demostrarle todo lo que me generaba.

Pero Manuel se aferraba a mí como si fuera su único cable a tierra. No despegaba sus ojos oscuros de los míos, leyéndome cada facción, y mi cuerpo empezó a embestir desbocado, buscando marcar el ritmo con cada suspiro, con cada gemido agudo que se me escapaba sin filtro hacia el techo de la habitación. Sabía perfectamente que sus manos firmes iban a dejar marcas rojas en mi cintura y en mi culo, marcas que mañana él mismo se pasaría el día entero llenando de besos arrepentidos, pero ahora... ahora eso no importaba.

Ahora todo lo que necesitaba era que apretara más, que su necesidad por verme perder el control coincidiera con mis ganas de hacerlo perder a él su cordura. Necesitaba cualquier cosa menos dulzura, porque a veces esta parte de mí solo salía a la luz bajo presión, contenida como una olla hirviendo que finalmente encontraba una vía de escape.

Me moví con más fuerza, hundiéndome en él, buscando ese roce exacto que nos hacía temblar a los dos. Manuel soltó un gruñido sordo, un sonido animal que le salió desde el fondo del pecho, y arqueó la espalda de golpe. Sus uñas se clavaron en mis caderas, fijándome en el lugar mientras sus caderas subían al encuentro de las mías, apurando un ritmo frenético, sucio y desesperado que nos dejó sin aire en cuestión de segundos.

—Lauti... mierda, más —me pidió, con los ojos entreabiertos, completamente ciego de placer, entregado a lo que yo le hiciera.

El roce constante, el calor húmedo de nuestros cuerpos y la fricción insoportable me llevaron directo al límite. Sentí un tirón eléctrico en la boca del estómago que me nubló la vista por completo. El vaivén se volvió torpe, rápido, una urgencia que ya no podíamos frenar. Manuel tiró de mi cuello hacia abajo para estampar sus labios contra los míos en un beso desesperado, sediento, justo cuando mi cuerpo colapsaba.

Me vine con un gemido ahogado que se perdió en su boca, sintiendo cómo los espasmos me recorrían las piernas de punta a punta y me dejaban sin fuerzas. Al mismo tiempo, Manuel soltó una maldición ronca contra mis labios, dio una última embestida profunda y se corrió con fuerza entre nosotros, llenándome la panza de un calor denso mientras su cuerpo entero temblaba bajo el mío, rindiéndose por fin al cansancio y a la locura de la noche.

—Te amo —le dije en un susurro, todavía con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando contra el suyo.

Me estiré apenas hacia adelante y lo besé, un beso suave, lento, completamente despojado de la urgencia de hace unos minutos, saboreando el gusto a él y la paz que siempre venía después de la tormenta.

—Te amo —me contestó Manuel con la voz arrastrada por el cansancio más absoluto, rodeándome la espalda con sus brazos pesados para pegarme bien a su cuerpo.