Work Text:
El partido venía picado desde el arranque, no necesariamente por el juego sino por esa tensión espesa que se mete abajo de la piel y hace que todos reaccionen un poco más tarde, un poco más fuerte, un poco peor. Había roces en cada pelota dividida, empujones disimulados cuando el árbitro miraba para otro lado y puteadas murmuradas entre dientes que se perdían entre el griterío constante de la tribuna. Nadie estaba jugando tranquilo y eso se notaba en todo: en las piernas cansadas, en las miradas cargadas de bronca y en la forma desesperada en la que cada uno intentaba resolver el partido por su cuenta.
La cancha estaba explotada de gente y el ruido bajaba desde las tribunas como una presión insoportable que les aplastaba el pecho cada vez que cruzaban mitad de cancha. Lautaro tenía la camiseta completamente pegada al cuerpo por el sudor, las piernas agotadas después de casi noventa minutos corriendo y la respiración áspera, caliente, quemándole la garganta cada vez que intentaba recuperar aire.
Faltaban diez minutos y seguían empatados en un resultado de mierda que no le servía a nadie, así que todos jugaban acelerados, desesperados, como si el primero que dudara estuviera condenado a perder.
Cuando el rubio recibió la pelota cerca del mediocampo sintió el corazón darle un golpe seco contra las costillas. Levantó apenas la cabeza y vio espacio adelante suyo, demasiado espacio, y al defensor retrocediendo mal parado mientras intentaba calcularle el movimiento. Escuchó que uno de los pibes se la pedía completamente solo por la izquierda, pero apenas le prestó atención porque, por encima de cualquier indicación lógica, por encima incluso del cansancio que le pesaba en el cuerpo, sintió esa necesidad pelotuda de convertirse en héroe justo en el peor momento posible.
Después escuchó la voz de Manuel atrás suyo, mucho más cerca, áspera por el cansancio y la bronca acumulada del partido.
—¡Pasala, Lauti, pasala!
Y tendría que haberlo hecho, posta tendría que haber largado la pelota ahí mismo, simple y rápido, pero Lautaro encaró igual porque quería resolver él la jugada, quería meter el gol del partido y quería sentir durante unos segundos que toda la cancha estaba mirando solamente hacia él.
El primer enganche le salió bien, incluso llegó a escuchar a la tribuna reaccionar con emoción cuando dejó atrás al defensor, pero el segundo toque se le fue apenas largo, un error mínimo y pelotudísimo que, en un partido así, alcanzaba para hacer mierda todo. El rival le robó la pelota limpia y salió disparado de contra mientras medio equipo quedaba completamente desacomodado.
La tribuna hizo ese ruido ahogado y horrible que hace la gente cuando entiende al mismo tiempo que algo acaba de salir mal y Lauti sintió el vacío caerle directo al estómago antes incluso de reaccionar. Escuchó a alguien putear atrás suyo, probablemente su compañero ojiverde, aunque no llegó a distinguir las palabras porque enseguida lo vio pasar corriendo al lado de él y entendió inmediatamente que no estaba corriendo normal.
Estaba corriendo sacado, con una desesperación casi violenta marcada en cada movimiento del cuerpo, porque el delantero rival ya se iba mano a mano con el arquero y no había nadie más que pudiera alcanzarlo.
Manu llegó desde atrás y se tiró sin medir absolutamente nada.
La barrida fue brutal y el ruido seco de los tapones chocando contra las piernas del rival resonó por toda la cancha antes incluso de que el jugador terminara cayendo pesadamente al piso. El silbato sonó inmediatamente después y, de un segundo para el otro, todo explotó alrededor de ellos: los jugadores empezaron a empujarse, el banco rival salió disparado hacia la cancha y la tribuna bajó en un solo grito ensordecedor mientras el delantero seguía revolcándose sobre el césped exagerando el golpe.
Pero Lautaro apenas podía apartar la vista del ojiverde.
Seguía arrodillado en el pasto, respirando agitado, con las manos apoyadas contra el suelo y la mandíbula tan apretada que parecía que en cualquier momento explotaba. El sudor le caía por el cuello y se perdía debajo de la camiseta pegada al cuerpo, y cuando finalmente levantó la cabeza para mirarlo desde la distancia, Lautaro sintió que algo le apretaba fuerte el pecho porque entendió enseguida que esa mirada cargada de bronca no estaba dirigida al rival.
Era para él.
El árbitro sacó la roja directa sin dudar un segundo y la cancha terminó de venirse abajo. Algunos compañeros intentaron protestar mientras otros rodeaban al árbitro puteándolo de arriba abajo, pero el tatuado ni siquiera amagó a discutir. Se puso de pie despacio, todavía respirando fuerte, y se pasó una mano por el pelo mojado mientras evitaba mirar a cualquiera que intentara acercársele.
Moski tragó saliva y avanzó unos pasos detrás suyo.
—Manu, escuchame…
Manuel frenó recién cuando lo tuvo al lado y giró apenas la cabeza para mirarlo con una bronca tan a flor de piel, tan visiblemente contenida, que a Lauti se le heló la sangre.
—Después hablamos vos y yo.
Lo dijo bajo, casi entre dientes, pero sonó muchísimo peor que cualquier grito.
El partido terminó y, aunque durante los últimos minutos dejaron el cuerpo entero en la cancha, el empate no se movió del marcador. El silbatazo final cayó seco sobre todos y el equipo empezó a caminar hacia los vestuarios con esa sensación de mierda que queda cuando sabés que el partido se escapó por errores propios. Nadie hablaba demasiado mientras cruzaban el túnel; apenas se escuchaban las respiraciones agitadas, el ruido de los tapones golpeando contra el cemento y algún insulto perdido dicho entre dientes.
La bronca quemaba por dentro y se les notaba en el cuerpo: en la forma brusca de moverse, en cómo se arrancaban las cintas de las muñecas a tirones o se sacaban las camisetas con un fastidio violento, estirando la tela hasta casi romperla. Apenas pisaron el vestuario, las puteadas se cruzaron como balazos, encimándose unas con otras.
—Se te fue re larga, pelotudo!
—¿Y vos dónde mierda estabas en la contra?
—No podíamos regalar una pelota así, hermano…
Todos necesitaban escupir la frustración sobre otro. Aceptar el empate dolía un poco menos si encontraban a quién colgarle la culpa.
El ambiente estaba denso, cargado con ese olor rancio a sudor, pasto húmedo y aerosol para los músculos. Al fondo, las duchas goteaban con una insistencia desquiciante. El eco metálico de los lockers, que se abrían y cerraban de golpe, volvía todo más hostil, más claustrofóbico; como si la tensión de los noventa minutos se hubiera metido con ellos y ahora estuviera atrapada entre esas cuatro paredes, buscando por dónde estallar.
Sin embargo, el murmullo empezó a apagarse apenas cruzaron la puerta porque ahí estaba Mernuel, sentado en una de las bancas, inclinado hacia adelante, antebrazos apoyados en los muslos duros y las manos grandes entrelazadas. La camiseta empapada se le pegaba al torso marcado, dejando ver el contorno de los tatuajes que le cubrían los brazos y parte del pecho. Las medias bajas dejaban a la vista las piernas fuertes, llenas de raspaduras y tierra. No se movía. Solo miraba.
Sus ojos verdes, oscuros y fríos, recorrían lentamente a cada jugador que entraba, deteniéndose un segundo de más en cada uno. Esa mirada tenía peso. Tenía hambre. Nadie se animaba a sostenersela demasiado tiempo.
El carácter de Manu siempre había sido jodida, pero esta vez había algo distinto, algo mucho más que la simple calentura por el resultado. Algunos desviaron la vista apenas lo vieron y otros directamente eligieron cambiarse rápido e irse sin abrir la boca, como si entendieran perfectamente que cualquier comentario fuera de lugar podía terminar de hacer que el pelinegro explote.
Entonces entró el último que faltaba:
Moschini.
El pelinegro ni siquiera intentó medir las palabras. Apenas Moschini terminó de cruzar la puerta del vestuario, Manuel se puso de pie de golpe y se le fue encima antes de que alguien pudiera reaccionar. El primer golpe impactó cerca de su boca, seco, brutal, y Lautaro apenas tuvo tiempo de girar la cara antes de sentir cómo el labio se le abría contra los dientes.
El sabor metálico de la sangre le inundó la lengua casi al instante.
—Me sacaron roja por tu culpa, hijo de puta —escupió el ojiverde con la respiración agitada mientras lo agarraba violentamente de la camiseta.
El tirón lo hizo trastabillar hacia atrás hasta que terminó chocando contra los lockers. El golpe metálico resonó por todo el vestuario y varios de los pibes pegaron un respingo al verlo.
—¿Quién te mandó a tirarle al tobillo, gil de mierda? —le respondió Moschini, intentando zafar del agarre, aunque ya sentía cómo el cuerpo de Mernuel lo presionaba contra el metal frío.
Los demás jugadores intentaron intervenir, agarrando a Manuel de los hombros y los brazos para sacarlo de encima. Pero era inútil. El ojiverde parecía poseído. La furia le había hinchado los músculos y multiplicado la fuerza. Por más que tironeaban, no lograban moverlo ni un centímetro.
La mirada de Manuel era oscura, peligrosa. Estaba clavada en los ojos marrones de Lautaro como un depredador que acaba de marcar a su presa. Sus ojos verdes, ahora casi negros de rabia, estaban clavados en los marrones de Moschini. No era solo bronca. Había algo más profundo, más oscuro. Un hambre. El pelinegro lo miraba como si quisiera comérselo vivo, deteniéndose en el labio partido, en la sangre que le manchaba la boca, en cómo subía y bajaba su pecho agitado.
Lautaro sentía el calor que emanaba del cuerpo tatuado, la fuerza bruta con la que lo mantenía atrapado contra el metal frío. El corazón le latía descontrolado, y no solo de miedo.
Los compañeros seguían insistiendo desde atrás, cada vez más nerviosos
—Soltalo, Mernuel… no es su culpa…
—Pará, boludo, ya fue…
Pero Manuel no escuchaba. Hacía caso omiso a todo. Solo tenía ojos para el rubio que tenía acorralado, presionándolo con todo su cuerpo, como si quisiera fundirlo contra los lockers. Su mano todavía apretaba fuerte la camiseta de Moschini, casi desgarrándola. Necesitaba sacarse la bronca y en ese momento, Lautaro parecía ser la única forma de hacerlo.
—Pegame si me vas a pegar, cagón —le soltó Lautaro, sosteniéndole la mirada sin flaquear, con la bronca todavía latiendo en la voz.
Para entonces la sangre ya cubría todo su labio inferior, brillante y espesa. Moschini pasó la lengua lentamente por él, recogiendo el líquido caliente en un gesto deliberado y provocador que dejó un rastro húmedo y rojo sobre su boca.
Esa imagen le pegó fuerte a Manuel. Sintió un calor peligroso bajándole por el estómago, una mezcla jodida de rabia y algo mucho más oscuro. No lo demostró. Siguió apretando con fuerza el cuello de la camiseta del rubio, manteniéndolo bien sujeto contra los lockers.
—¿Cómo me dijiste? —preguntó Merlo en un susurro ronco, tan cerca que su aliento caliente le rozaba los labios ensangrentados.
—Cagón —repitió Moschini, desafiante.
La furia estalló de nuevo. El ojiverde cerró el puño con tanta fuerza que los tendones se le marcaron y lo levantó hacia atrás. Lautaro cerró los ojos con fuerza, tensando todo el cuerpo, esperando el golpe en plena cara. Tal vez se lo tenía merecido.
Desde atrás, los compañeros gritaban desesperados
—Manuel, no! ¡Pará, boludo!
—Cortala Manu, ya esta!
Un golpe metálico brutal resonó justo al lado de la cabeza de Moschini. El locker se hundió con un crujido seco. No hubo impacto contra su rostro.
Lautaro abrió los ojos, el corazón latiéndole en la garganta. Se encontró con la mirada oscura y voraz de Mernuel clavada en él, a solo centímetros. Giró apenas la cabeza y vio el puño del pelinegro hundido en el metal abollado. La sangre brotaba de sus nudillos, pero Manuel no mostraba dolor. Al contrario, en su cara había un brillo crudo, casi de placer.
—Reza que no te agarre solo… —le susurró Manu al oído.
Le apretó la cara, clavando el dedo índice con saña en el labio partido. La herida se abrió de nuevo y más sangre caliente brotó, deslizándose por la barbilla del rubio.
Sin apartar los ojos de esa boca hinchada y roja, Manuel llevó sus nudillos ensangrentados a sus propios labios y empezó a chuparlos uno por uno, lento y deliberado. Su lengua rosada recorría la sangre con gusto evidente, saboreándola, mientras su mirada verde oscura seguía fija en los labios entreabiertos de Lautaro.
Lautaro fue de los últimos en meterse a bañar. Quedaban pocas duchas disponibles y prefería esperar a que el vestuario se vaciara para tomarse su tiempo sin presiones. Con suerte, solo quedaban dos o tres personas más, incluido él.
Abrió la ducha y se metió bajo el chorro. El agua caliente cayó sobre su cuerpo cansado, deslizándose por sus hombros y espalda. Los azulejos se empañaron rápido. Apoyó una mano contra la pared, bajó la cabeza y cerró los ojos, soltando un suspiro largo mientras se pasaba la palma por la nuca y el hombro, intentando aflojar los músculos.
De repente, una imagen le irrumpió en la mente con violencia, tan brusca y contundente como la primer piña que le había propinado el ojiverde una hora atrás. Y era precisamente él —Manuel— quien había invadido sus pensamientos de forma implacable. La escena del pelinegro tatuado chupándose los nudillos ensangrentados con esa lentitud deliberada y obscena, sin apartar ni un segundo sus ojos verdes de su boca, el recuerdo le provocó una descarga eléctrica que le bajó directo hasta la pelvis.
Sacudió la cabeza con fastidio, tratando de expulsar esa visión. Intentó refugiarse en recuerdos del partido: la pelota que se le escapó en el contraataque, la jugada desperdiciada que pudo haber cambiado el destino del encuentro. Pero el rostro de Manuel regresaba una y otra vez, dominante, afilado, con esa expresión salvaje que mezclaba ira contenida y un hambre voraz.
“Que mierda me esta pasando?” Pensó
Un calor distinto, más viscoso y traicionero empezó a extenderse por su vientre. Al principio quiso convencerse de que era solo el agua hirviendo, pero la mentira duró poco. Abrió los ojos de golpe, alarmado.
No era la ducha.
Era pura excitación. Cruda y vergonzosa. Su pija se había endurecido por completo, gruesa, palpitante y completamente erecta, apuntando hacia arriba con descaro bajo el chorro de agua. La cabeza rosada brillaba, sensible, mientras un latido insistente le recorría toda la longitud.
Lautaro se mordió el labio, respirando con dificultad. No podía creer que el forro de Manuel le estuviera provocando semejante efecto.
La erección le dolía de una forma brutal, gruesa, tiesa y palpitando con tanta fuerza que parecía que le iba a reventar. La pija le latía en contra de su voluntad, hinchada y enrojecida, exigiendo atención ya mismo. Si no se la agarraba en ese preciso instante, sentía que iba a terminar corriéndose sin ni siquiera tocarse, como un pendejo desesperado.
Sacó la cabeza fuera de la ducha y miró con cuidado hacia ambos lados del vestuario desierto, asegurándose de que no quedara ni un alma cerca. Cuando confirmó que estaba solo, volvió bajo el chorro y soltó un suspiro tembloroso.
Apoyó la espalda contra los azulejos fríos del fondo. El contraste brutal entre el hielo de la cerámica y el agua hirviendo que le caía encima le arrancó un escalofrío placentero que le recorrió toda la columna. Cerró los ojos y deslizó la mano derecha por su pecho mojado, rozando con las yemas los pezones endurecidos. Un gemido bajo se le escapó cuando los pellizcó suavemente, sintiendo cómo se ponían aún más sensibles bajo sus dedos.
Cuando por fin llegó a su pene, lo agarró con toda la mano. Estaba durísimo, caliente, con las venas marcadas y la cabeza hinchada, brillando de líquido preseminal mezclado con el agua. La apretó desde la base y subió lento hasta la punta, retorciéndola un poco al llegar arriba.
Lautaro intentó refugiarse en otras fantasías. Se imaginó con una mina, después con dos, cuerpos suaves, tetas y gemidos femeninos… pero todas las imágenes se distorsionaban y terminaban torciéndose inevitablemente hacia lo mismo: Manuel. El pelinegro chupándose los nudillos ensangrentados con esa lentitud provocadora, mirándolo fijo.
“Por qué carajo no se me va de la cabeza este hijo de puta?”, pensó frustrado.
Detuvo la mano por un segundo, dudando. ¿De verdad iba a pajearse pensando en él? Bufó por lo bajo, puteando entre dientes. No le quedaba otra.
Comenzó a masturbarse con movimientos largos y deliberados, apretando su verga gruesa y ardiente como si quisiera castigarla. Cada ascenso y descenso de su mano mojada era una caricia brutal, la piel tirante deslizándose contra su palma. Con la otra mano se tomó las bolas pesadas, masajeándolas con fuerza, tironeando de ellas mientras aceleraba el ritmo.
La cabeza de su pija estaba hinchada, rojísima y extremadamente sensible. Cada vez que pasaba el pulgar por la ranura, recogiendo el líquido preseminal espeso que no paraba de brotar, un latigazo de placer le subía por la columna. Imaginaba la boca de Mernuel en su lugar: esos labios firmes tragándose su verga hasta el fondo, esa lengua rosada que había visto lamer sangre ahora lamiéndole toda la longitud, chupando con fuerza, mirándolo desde abajo con esos ojos verdes oscuros.
Tenía las piernas abiertas, los músculos de los muslos temblando. El culo se le contraía por puro instinto al imaginarse a Manuel presionándolo contra los lockers, mordiéndole el cuello con saña y clavándole los dedos en las caderas mientras lo empalaba sin piedad, penetrándolo con embestidas profundas y salvajes.
Los gemidos se le escapaban cada vez más roncos. Subió el brazo y mordió con fuerza su propio bíceps para silenciarlos, pero el placer era tan abrumador que no midió la violencia. Los dientes se hundieron en la carne y el sabor metálico de la sangre le inundó la boca. Ni siquiera le importó.
Estaba completamente desatado. Movía la mano con furia salvaje sobre su verga babosa y palpitante, el sonido húmedo y obsceno de la carne mojada resonando entre las paredes de la ducha, mezclándose con el golpeteo constante del agua. Espasmos intensos le atravesaban el vientre bajo, las bolas se le contraían dolorosamente de placer y sentía el orgasmo subiendo desde lo más hondo de su pelvis, caliente, imparable, amenazando con derramarlo todo.
Estaba al borde. Tan cerca que ya podía sentir el clímax quemándole las venas… hasta que, sin poder evitarlo, casi sin pensarlo, se le escapó el nombre de quien ocupaba por completo su mente sucia en ese momento.
—Manu… —gimió Lautaro contra su propio brazo, intentando ahogarlo contra la piel, pero fue inútil.
La palabra salió ronca, cargada de deseo y vergüenza, cortando el aire húmedo de la ducha como una confesión prohibida.
La cortina de la ducha se abrió de golpe.
Lautaro soltó su pija al instante, aterrado, y el calor febril de sus mejillas se desvaneció de un golpe.
Frente a él estaba Merlo, imponente, con únicamente una toalla rodeandole la cintura, con el cabello todavia mojado goteandole, observándolo con una mirada filosa y peligrosa que prometía todo menos piedad.
—Te dije que rezaras que no te encuentre solo… —murmuró el ojiverde con voz grave y ronca, recorriendo lentamente el cuerpo desnudo, erecto y tembloroso de Lautaro.
El tatuado se abalanzó sobre él con ferocidad animal. Lo tomó del cuello, apretando lo suficiente como para que Lautaro sintiera claramente la presión en la garganta. Su mirada era oscura, maliciosa, cargada de un triunfo salvaje y un deseo voraz. A pesar de que el agarre le cortaba cada vez más el aire y el pulso le retumbaba con fuerza en las sienes, Moschini no se apartó. Al contrario, entreabrió los labios, respirando entrecortado, y un calor traicionero le recorrió el cuerpo desnudo y todavía excitado.
Quería más. Mucho más de esa mano fuerte rodeándole el cuello.
—¿Estabas gimiendo mi nombre, putita? —le susurró Manuel al oído, la voz ronca y baja, cargada de burla y lujuria.
Aflojó apenas el agarre para permitirle respirar, pero no lo soltó. Mantuvo los dedos firmes alrededor de su garganta, sintiendo cómo latía el pulso acelerado del rubio bajo su palma. Con el pulgar le acarició rudamente el labio partido que él mismo había abierto antes, apretando de más y provocando que este se abriera nuevamente.
Lautaro tragó saliva con dificultad, completamente desnudo y vulnerable frente al pelinegro que se encontraba semi-desnudo. Su pija, que aún no había bajado del todo, dio un latido traicionero contra su vientre al escuchar esa palabra degradante salir de la boca de Manuel.
Manu soltó una risa baja, casi un gruñido, mientras apretaba un poco más los dedos alrededor del cuello de Lautaro, sintiendo cómo se le hinchaba la garganta bajo su palma.
—Mirá vos… —murmuró cerca de su oreja, el aliento caliente chocándole contra la piel mojada—El rubiecito de mierda que me arruinó el partido ahora está acá, todo durito y gimiendo mi nombre como una putita en celo.
Lautaro abrió la boca para responder, pero solo le salió un jadeo entrecortado. Su pija, traicionera, volvió a endurecerse por completo contra su vientre, rozando la tela húmeda de la toalla de Manuel. El ojiverde lo notó al instante y sonrió con crueldad.
—Mirá como estás…—dijo el más alto, bajando la mano libre para agarrarle la pija con fuerza, apretándola desde la base hasta la punta hinchada—Todavía palpitando por mí ¿Tanto te gustó que te rompa el labio, eh? Sos un pervertido de mierda.
Lo masturbó con rudeza, movimientos rápidos y secos, sin ningún cuidado. Su pulgar pasaba una y otra vez por la cabeza sensible, presionando la ranura y extendiendo el liquido pre seminal que no paraba de salir. Lautaro soltó un gemido ahogado, las rodillas le temblaron.
Manuel lo empujó con más fuerza contra los azulejos fríos, apretándole el cuello mientras le hablaba al oído con voz ronca y degradante
—Decime la verdad, Moschini… ¿Cuánto tiempo hace que querés que te trate como la zorra que sos? ¿Te mojaste cuando te pegué?
Le dio un apretón fuerte en la pija, casi doloroso, y Lautaro gimió alto, arqueando la espalda. Manuel se rio bajito.
—Mirá cómo chorreas, trolita… Estás hecho un desastre. Todo el vestuario vacío y el rubio puto masturbándose pensando en que se lo cojan en la ducha. Patético.
De repente, Manu soltó su cuello solo para agarrarlo del pelo mojado y tirar su cabeza hacia atrás con fuerza. Se inclinó y le pasó la lengua lentamente por el labio partido, saboreando la sangre fresca con un gemido bajo de placer. Luego le mordió el labio inferior con saña, haciendo que brotara más sangre.
—Abrí la boca —ordenó con voz grave.
Cuando Lautaro obedeció, temblando, Manuel escupió dentro, mezclando su saliva con la sangre.
—Tragá, putita.
Lautaro obedeció sin chistar. Tragó de una sola vez la mezcla espesa de saliva y sangre que el tatuado le había escupido en la boca, y el sabor metálico le inundó la lengua. Merlo se mordió el labio inferior con fuerza, reprimiendo un gemido.
De un tirón brusco, Mernuel se arrancó la toalla de la cintura, dejando al descubierto su pija dura y pesada, completamente erecta. Gruesa, venosa y con la cabeza hinchada y brillante, palpitaba agresivamente contra su abdomen.
—¿Así me querías tener, eh? —le susurró Manuel al oído, mordisqueándole el lóbulo con saña mientras le apretaba el cuello—¿Con la pija parada y dura como una piedra para metértela hasta el fondo, putita?
Continuó masturbándolo con velocidad brutal, la mano subiendo y bajando por su verga sensible sin ninguna piedad. Lautaro sentía que las piernas le fallaban. El placer era tan intenso que le nublaba la vista.
Ante el silencio tembloroso del rubio, Manuel le soltó una cachetada seca en la mejilla, dejando la marca roja de sus dedos. Volvió a tomarlo del pelo para tirar su cabeza hacía atrás.
—Contestame —gruñó, apretándole más fuerte la pija—¿Así me querías tener, Lautaro?
—Sí… —respondió el rubio apenas, con la voz rota, las mejillas ardiendo de vergüenza y excitación.
Merlo soltó el cabello dorado de Moschini, escupió abundantemente sobre su propia palma y empezó a pajearse con fuerza, sin dejar de masturbar al rubio con la otra mano. El sonido húmedo y obsceno de ambas vergas siendo pajeadas llenaba la ducha.
—Yo a vos te quería tener de rodillas —dijo Manuel con la voz ronca de deseo— chupándome toda la pija mientras te la meto hasta el fondo de la garganta. Llorando, babeando y pidiendo más como la trola ansiosa que sos.
Aceleró el movimiento en ambas manos, masturbándolos con ritmo salvaje. Su pija gruesa y caliente rozaba a veces contra la de Lautaro, creando una fricción deliciosa y sucia.
De repente, Manu soltó ambos miembros y dejó a Lauti soltando un quejido lastimero, frustrado por la pérdida repentina de ese contacto ardiente.
—Ahora me la vas a chupar, putita —ordenó el ojiverde con voz grave y autoritaria, mientras lo agarraba con fuerza del pelo mojado y lo tiraba sin misericordia al piso de la ducha.
Lautaro cayó de rodillas sobre los azulejos resbaladizos, con el agua caliente cayendo sobre su espalda.
—Te la vas a tragar enterita, hasta el fondo.
El rubio entreabrió los labios, respirando con dificultad. Manuel tomó su miembro hinchado y lo frotó con descaro por toda la cara del rubio: por las mejillas enrojecidas, por los labios partidos, por la nariz y la frente, marcándolo, ensuciándolo. Esa visión —el rubio arrodillado, babeado y sumiso— le provocaba oleadas de placer salvaje.
Luego, comenzó a darle golpecitos firmes con su erección contra los labios entreabiertos de Lautaro, provocándolo. El rubio intentaba atraparla desesperado cada vez que se acercaba, soltando quejidos ansiosos.
Manuel sonrió con crueldad.
—¿Qué te pasa, mi amor? —se burló, tironeándole el pelo hacia atrás con brusquedad, dejando su cuello completamente expuesto y estirado— ¿Tenés tanta hambre de pija que ya estás rogando con los ojos? Mirá cómo baboseás…
Lautaro sacó la lengua de inmediato, rosada y ansiosa. Manuel deslizó su miembro caliente y palpitante sobre ella con lentitud tortuosa, frotando la punta sensible contra esa superficie húmeda, disfrutando cada latido de placer que le recorría la entrepierna.
De pronto, sin darle tiempo a prepararse, Manu empujó las caderas hacia adelante y se hundió profundamente en su boca. Sintió la garganta apretada y caliente de Lautaro contrayéndose violentamente alrededor de su grosor. El rubio tuvo una arcada fuerte, los ojos se le llenaron de lágrimas al instante, pero el más alto lo sostuvo firme del pelo y comenzó a penetrarle la boca con embestidas profundas y controladas.
—Eso es… tragala toda, trola —gruñó con placer sádico, mirando hacia abajo— Usá esa garganta de puta para mí. Chupame bien, Lautaro… así, bien profundo.
Manuel seguía cogiendo la boca de Lautaro con embestidas cada vez más brutales y profundas, perdiendo el control poco a poco. Lo agarraba fuerte del pelo mojado, usándolo como agarre para clavarse más adentro, buscando llegar hasta el fondo de esa garganta apretada y caliente. Cada vez que su glande golpeaba contra el fondo, Lautaro emitía un sonido ahogado y gutural.
Las lágrimas corrían sin control por las mejillas enrojecidas del rubio, dejando rastros brillantes bajo el agua de la ducha. Tenía los ojos aguados, completamente empañados, con las pestañas tupidas pegadas por el agua y las lágrimas. Aun así, no había ni una pizca de rechazo en su mirada; al contrario, sus ojos marrones brillaban con una mezcla de dolor y placer enfermizo, como si cada arcada le provocara más excitación.
Y a Manuel le encantaba verlo así.
—Mirá esa cara de putita sufriendo… —gruñó con voz ronca, sin dejar de embestir—Los ojos llenos de lágrimas y todavía querés más, ¿no?
A Mernuel le hubiera gustado quedarse ahí, correrse profundo en esa boca caliente y obligarlo a tragar hasta la última gota mientras lo miraba con esa expresión destruida y hermosa. Pero su deseo iba mucho más allá.
En su cabeza ya estaba imaginando otra cosa: ese culo perfectamente redondo y firme de Lautaro, abierto y expuesto para él. Quería probarlo, morderlo, abrirlo con los dedos y después metérsela crudo, sin piedad.
Salió de golpe de la boca del rubio, dejando un hilo grueso de saliva colgando entre sus labios hinchados y la cabeza de su pija. Lautaro tomó una bocanada de aire desesperada, tosiendo, con la boca abierta y la lengua todavía afuera, mirándolo desde abajo con ojos suplicantes, como un Bambi completamente entregado.
Manuel lo miró con una sonrisa peligrosa, respirando agitado.
—Levantate —ordenó con voz grave—
Moschini se levantó como pudo, con las piernas temblando violentamente. No sabía si era por el cansancio de haber estado arrodillado o por la excitación salvaje que lo había llevado dos veces al borde del orgasmo sin dejarlo caer.
Manuel lo empujó con fuerza contra la pared, sosteniéndolo firmemente por la cadera con una mano. Con la otra le levantó una pierna hasta la altura de su propia cadera, abriéndolo sin piedad y dejando su entrada completamente expuesta y vulnerable.
—Quedate así, ¿escuchaste? —ordenó con voz grave y autoritaria.
Luego bajó lentamente, dejando un rastro de besos húmedos y mordaces por el torso del rubio. Se aseguró de marcarlo con saña: chupones profundos, mordidas fuertes que dejaban la piel enrojecida y dientes marcados, lamidas largas y posesivas. Quería que cualquiera que viera a Lautaro después supiera exactamente lo que había pasado en esa ducha: que se había entregado como una puta.
Siguió bajando, besando y mordiendo la pelvis temblorosa del rubio, volviéndolo completamente loco. Finalmente tomó su miembro hinchado y caliente entre los labios y comenzó a lamerlo con lentitud tortuosa, desde la base hasta la punta sensible.
—¿Así me imaginabas chupándotela? —preguntó Manu, mirándolo desde abajo con ojos oscuros y brillantes de lujuria, mientras le chupaba suavemente el glande hinchado.
Lautaro soltó un gemido entrecortado, con los ojos vidriosos, las mejillas encendidas de vergüenza y placer.
—Me masturbé pensando en vos, Manu… —confesó el rubio con voz temblorosa, casi avergonzado.
Manuel sonrió con malicia contra su piel y de repente se lo metió entero en la boca, tragándoselo hasta el fondo con un movimiento fluido. Lautaro arqueó la espalda y soltó un gemido ronco, retorciéndose de placer. En sus fantasías Manuel no llegaba ni a la mitad de lo que estaba sintiendo ahora.
El pelinegro chupaba con hambre, moviendo la cabeza con ritmo perfecto. Solo se detuvo un segundo para escupir abundantemente sobre su mano y llevar dos dedos hasta la entrada apretada del rubio. Mientras seguía chupándole la pija con devoción, comenzó a acariciar ese agujero sensible con lentitud deliberada, trazando círculos, presionando apenas, disfrutando cada vez que Lautaro se estremecía entero.
El rubio tenía la boca entreabierta, los ojos empañados y suplicantes, las pestañas mojadas pegadas por el agua y las lágrimas de placer.
—Pedime que te la meta —gruñó Manuel, sacándose la pija de la boca por un instante, con los labios brillantes de saliva—Rogame como la trolita desesperada que sos, Lautaro.
Lautaro lo miró con esa expresión suplicante y desesperada, los ojos acaramelados y brillantes bajo las pestañas largas. Tenía los labios hinchados y entreabiertos, temblando ligeramente, como si estuviera a punto de romperse. Ya no quería… necesitaba sentirlo dentro, con una urgencia que le quemaba el cuerpo entero.
—Por favor, Manu… hacelo —rogó con voz rota, casi poniendo los labios en un puchero tembloroso, completamente entregado—
Esas palabras parecieron endulzar al pelinegro. Manuel lo observó un segundo con una mezcla de deseo salvaje y ternura oscura, y poco a poco empezó a introducir un dedo en su entrada apretada, sintiendo cómo el rubio se contraía alrededor de él, caliente y palpitante.
—Relajate, mi amor… —le susurró Manuel esta vez con voz más baja y dulce, casi cariñosa—Dejame entrar…
Después de mover el dedo con cuidado unas cuantas veces, añadió un segundo, abriéndolo lentamente, con paciencia. Lautaro no paraba de gemir, buscando con las manos algo a lo que aferrarse contra la pared mojada. De pronto, Manuel curvó los dedos y tocó ese punto dulce y sensible en su interior. El rubio arqueó la espalda con fuerza, soltando un gemido largo y quebrado, con los ojos entrecerrados, sintiendo que podía tocar las estrellas con las manos.
El placer era tan intenso que el tiempo se le volvió borroso. Segundos, minutos… ya no sabía. Solo sabía que necesitaba más. Mucho más.
—Metémela, Manu… por favor —suplicó Lautaro con la voz entrecortada, mirándolo bajo esas pestañas tupidas con ojos completamente entregados y llenos de lágrimas de placer—No doy más… te quiero adentro ya, te lo ruego.
Manuel se incorporó con movimientos felinos, exhibiendo una sonrisa oscura y perversa, digna del mismísimo Lucifer antes de arrastrar a alguien al infierno más placentero. Escupió con generosidad sobre su palma y extendió la saliva con lentitud deliberada a lo largo de su erección, lubricándola por completo.
Con una mano poderosa sostuvo el muslo firme de Lautaro en alto, manteniéndolo bien abierto y expuesto. Con la otra guió su miembro ardiente y rígido hacia esa entrada rosada y palpitante. Primero la rozó con provocadora lentitud, deslizando la punta sensible contra el agujero sensible, tentándolo, robándole jadeos entrecortados y desesperados.
Y entonces, sin más preámbulos, empujó hacia adelante y se hundió profundamente en él.
La primera penetración fue intensa y ambos soltaron un gemido ronco al unísono. Manuel capturó al instante los labios del rubio con los suyos, tragándose ese sonido en un beso voraz y profundo. Resultaba casi irónico: después de toda la violencia, las lágrimas y la sangre, este era su primer beso compartido.
Moschini tenía el rostro sonrojado, los ojos entrecerrados con una expresión de placer abrumador y los labios temblorosos contra los de Merlo. Su ceño se fruncía ligeramente cada vez que sentía cómo lo abrían por completo.
El pelinegro comenzó a moverse con una lentitud exquisita y controlada, casi reverente, como si estuviera manejando algo frágil y precioso. Cada embestida era profunda y medida, retirándose casi por completo para volver a entrar con fuerza contenida, permitiéndole sentir cada centímetro abriéndolo, llenándolo.
—¿Lo sentís bien adentro, eh? —susurró Manuel contra sus labios, con la voz totalmente lujuriosa—¿Sentís cómo te estoy abriendo todito?
Lautaro soltó un gemido entrecortado, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás y la boca entreabierta, dejando escapar suspiros entrecortados cada vez que Manuel llegaba hasta el fondo. Su expresión era pura rendición: párpados pesados, mejillas coloradas, la mirada que iba más allá del placer, como si el mundo se hubiera reducido solo a la sensación de ser llenado por él.
Manuel lo observaba fascinado, mordiéndose el labio inferior mientras comenzaba a aumentar muy ligeramente el ritmo, clavándose más hondo en ese calor apretado y perfecto que lo envolvía como un vicio.
A medida que los gemidos, jadeos y suspiros se volvían más desesperados y roncos, las embestidas de Manuel también ganaban ferocidad. Ya no quedaba rastro de aquella delicadeza inicial. Ahora lo cogía como un animal en celo, con una urgencia salvaje, como si hubiera estado conteniendo este deseo durante años y finalmente hubiera roto la cadena.
El pelinegro lo sujetó con más fuerza de las caderas, clavando los dedos en la carne blanda con posesión brutal, dejando marcas rojizas que sin duda se convertirían en moretones. Lo levantó ligeramente del suelo con cada penetración, cogiendolo con embestidas profundas y violentas.
Lo besó con hambre voraz, devorándole la boca al más bajo, saboreando cada rincón con lengua exigente. Metió su lengua sin pedir permiso, buscando la de Lautaro con agresividad, dominando el beso por completo. El rubio se lo entregó todo, abriendo la boca con sumisión total, dejando que Manuel lo saqueara a su antojo.
Los gemidos ahora quedaban ahogados entre sus bocas unidas. Lo único que se escuchaba con claridad era el sonido obsceno y húmedo de sus cuerpos chocando con fuerza: piel contra piel, el golpe seco de las caderas de Mernuel contra el culo redondo de Moski y el chapoteo del agua que seguía cayendo sobre ellos.
—Así, mierda… —gruñó Manuel contra sus labios, sin dejar de embestir con brutalidad— sos toda mía, putita.
Lauti tenía el rostro completamente descompuesto de placer: ojos entrecerrados con expresión ebria, cejas fruncidas y la boca entreabierta, dejando escapar gemidos quebrados cada vez que el tatuado le clavaba hasta el fondo con furia contenida.
Los espasmos comenzaron a recorrerles el cuerpo a ambos, cada vez más intensos e incontrolables. Lautaro sentía cómo los músculos de sus glúteos se contraían con fuerza, agarrotándose alrededor de la pija de Manuel. El pelinegro, por su parte, notaba las piernas cada vez más débiles, temblando por el esfuerzo y el placer acumulado.
—Más rápido, Manu… —suplicó Lauti con voz quebrada, casi llorosa, sintiendo descargas eléctricas que le recorrían la columna y le encendían cada terminación nerviosa—Me voy a correr… por favor.
Manuel, obedeciendo el pedido desesperado del más bajo, apretó la mandíbula y aumentó la velocidad de sus penetraciones. Sus caderas chocaban con furia contra el culo del más bajo, cogiendolo con un ritmo salvaje y profundo, persiguiendo su propio orgasmo con la misma desesperación.
Bastaron solo unas pocas penetraciones más —brutales, certeras— para que Lautaro estallara.
Se corrió con violencia, soltando un gemido largo y gutural que resonó entre las paredes de la ducha. Su pija palpitó con fuerza entre sus cuerpos, eyaculando gruesos chorros de semen que salpicaron el abdomen y el pecho de Manuel. Su cara era un desastre hermoso: ojos fuertemente cerrados, cejas fruncidas y la boca abierta en un grito silencioso de placer absoluto.
Pero Manuel no se detuvo.
Siguió cogiéndolo con fuerza, sujetándolo del culo con ambas manos grandes, levantándolo un poco más para tener mejor ángulo. Continuó penetrandoll sin piedad durante unos segundos más, alargando el orgasmo del rubio hasta que este temblaba descontrolado. Hasta que finalmente, con un gruñido ronco y animal, Manuel se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de él.
Su orgasmo fue intenso y prolongado. Chorros calientes y espesos llenaron el interior de Lautaro mientras Manuel lo apretaba contra la pared, mordiéndole el hombro con fuerza, marcándolo una vez más.
Ambos quedaron jadeando, exhaustos, con los cuerpos todavía pegados y temblando por la intensidad de lo que acababa de pasar. El agua caliente seguía cayendo sobre ellos, pero ya no la sentían igual. El más alto apoyó su frente contra la de Lautaro, intentando recuperar el aliento. El rubio tenía las piernas débiles y la respiración entrecortada, con los ojos entrecerrados y el rostro aún sonrojado.
Después de toda esa brutalidad, obscenidades y rudeza, Manuel hizo algo completamente distinto.
Se inclinó con suavidad y depositó un beso corto, casi dulce, sobre los labios hinchados de Lautaro. Un beso tierno, lento, que contrastaba brutalmente con todo lo que habían hecho minutos antes. Cuando se separó apenas unos centímetros, le sonrió de lado, con esa sonrisa torcida y arrogante que lo caracterizaba.
—Trata que la próxima no me saquen tarjeta roja por tu culpa —murmuró contra su boca, con la voz aún ronca pero cargada de algo parecido a cariño.
Lautaro soltó una risa débil, casi sin fuerzas, y apoyó la cabeza contra la pared, mirándolo con los ojos brillantes y cansados.
—Sos un hijo de puta… —susurró, pero no había bronca en su voz. Solo agotamiento y una sonrisa pequeña y satisfecha.
Manuel le dio un último beso suave en la frente, dejando que el agua siguiera cayendo sobre los dos, como si quisiera limpiar las marcas que él mismo había dejado.
