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WHILE THE LIGHT STILL REACHED US

Summary:

En la casa familiar de los De la Reina, el verano parece suspendido en el tiempo.
Las cigarras cantan entre los jardines y las radios encuentran música entre la estática.

Notes:

N/A: Ando lejos, pero no quiero dejarles sin algo con qué disfrutar el inicio de la semana. Quería compartirlo ayer como parte del #DomingoDeAlbaBrunet, pero no se pudo 😔

N/A2: Este primer capítulo de dos (sí, sólo dos) se inspira, como pueden leerlo en el título, en Die With A Smile en su versión Mayhem Requiem. Si ya escuchaste esa versión, ya sabes más o menos hacia donde va la historia. Probablemente, habrá algunos problemas de edición porque esto lo estoy haciendo desde mi teléfono, así que me disculpo por cualquier cosas rara que pueda surgir.

Sin más, les dejo leer 😘

Chapter 1: Lado A: Die With A Smile

Chapter Text

El hilo de metal vibró apenas bajo la yema de sus dedos.

Marta repasó la cerca con paciencia, midiendo la tensión del alambre mientras avanzaba despacio entre el pastizal seco. El verano había llegado temprano aquel año a Toledo.

El calor caía pesado sobre los campos y las cigarras cantaban escondidas entre los árboles con una insistencia casi hipnótica.

Cerró los ojos un instante cuando el sol le acarició el rostro.

Sonrió.

Ya casi no sonreía cuando estaba sola, pero en ese momento se permitió disfrutar del buen tiempo, incluso si el aire oliera a madera vieja y césped quemado.

Bajo sus botas, la hojarasca crujía con cada paso y Marta pensó, no sin cierta ironía, que si su padre todavía estuviera allí, habría obligado a todos a cortar la hierba antes de que pareciera un campo abandonado.

Nadie habría contrariado a Damián de la Reina.

 

Marta suspiró mientras abría los ojos. Siguió avanzando junto a la cerca y, entonces, uno de los alambres cedió bajo sus dedos.

Su mirada calculadora miró más adelante, donde uno de los tramos había sido cortado.

Su expresión apenas cambió mientras estudiaba la situación y fue cuando lo escuchó.

Un sonido torpe arrastrándose entre la maleza.

Un paso.

Luego otro.

Marta se desmontó la Browning del hombro con naturalidad. Bajó por un par de segundos la mirada, tiró del cerrojo hacia atrás para comprobar el latón del cartucho en la recámara y lo dejó soltarse con un golpe seco y metálico. Aún podía recordar como le temblaban las manos al sostener la escopeta. Hacía casi un año que había disparado por primera vez.

No obstante, ahora, como la buena administradora que era, prácticamente no desperdiciaba municiones, un recurso tan escaso como valioso...

 

Levantó el cañón y apuntó hacia el otro lado de la cerca y agudizó la vista entre todo el mar dorado del pastizal.

Algo se movió.

Primero apareció una mano...

Luego el rostro.

Marta sintió como algo frío le recorría el estómago, porque sí, cada criatura que enfrenaba había reído, llorado, gritados y ¿ahora? Ahora eran sólo una clase de vasija, vacía y sin alma que caminaban...

Y se alimentaban.

Como ella, Remedios...

Marta intentó recordar su apellido pero no pudo. Lo más que le permitió su memoria fue que trabajó en la fábrica por unos cuantos meses como operaria, tenía una sonrisa tímida y se ruborizaba cuando cometía algún error.

Estaba por casarse, pero pasó... lo de la infección.

Ahora le faltaba un brazo y los dientes estaban expuestos porque era claro que le habían arrancado la mejilla a mordidas.

Los ojos eran lo peor.

Rojos.

Opacos.

Muertos.

Eso y el que los muertos siempre estaban hambrientos.

 

Remedios emitió un gruñido bajo y avanzó arrastrando una pierna.

Marta apuntó directamente a la frente.

El cartucho calibre 16 le permitiría a Remedios descansar si el tiro se ejecutaba bien.

Marta apretó la mandíbula antes de colocar su dedo en el gatillo.

Uno.

Dos.

Tres segundos y entonces la detonación quebró el canto de las cigarras.

Remedios cayó entre el pasto seco y ya no volvió a moverse.

Y tras otro par de segundos, Marta se persignó por puro reflejo.

—¡Marta!

La voz de Andrés llegó desde el camino unos instantes después y Marta volvió a colgarse la Browning al hombro sin apartar la mirada de la cerca rota.

—La cortaron —dijo simplemente.

Andrés estudió los alambres rotos.

—Es la tercera vez este mes —después miró el cadáver de Remedios—. Parece que se están haciendo más lentos.

—O nosotros más rápidos —Marta miró a la mujer—. Como sea, habrá que decirle a Salva que repare la cerca lo más rápido posible y también hay que revisar los patrullajes. Es evidente que alguien quiere entrar... y no es precisamente un infectado.

Andrés asintió despacio.

—Hablaré con Tasio.

Marta echó un último vistazo al campo.

El viento meció suavemente el pasto alrededor del cuerpo de Remedios.

Después se dio la media vuelta.

—Volvamos a casa.

 

*****MF*****

 

El bullicio de la gente fue un mimo para el corazón de Marta.

Martillos golpeando madera. Voces mezclándose entre los jardines. El cacareo nervioso de las gallinas. Una radio sonando bajito desde alguna ventana abierta. 

Durante un instante, el ruido le permitió fingir que el mundo todavía sabía cómo seguir girando.

—Voy a buscar a Salva —anunció Andrés antes de separarse de ella.

Marta apenas sonrió mientras lo veía alejarse por el camino de tierra.

Luego siguió avanzando entre la propiedad que alguna vez había pertenecido únicamente a su familia y que ahora era hogar de todos los que habían logrado sobrevivir al comienzo de la pesadilla.

A esas alturas, las clases sociales se habían podrido junto con el resto del mundo.

El dinero dejó de importar el verano anterior.

Lo importante ahora era otra cosa: quién sabía disparar, quién podía coser una herida, quién reconocía una infección antes de que fuera demasiado tarde, quién lograba mantener una radio funcionando, quién conseguía que la tierra todavía diera alimento.

Marta sonrió apenas cuando vio a Juanito correr detrás de una gallina entre risas escandalosas.

Había crecido muchísimo.

Demasiado rápido.

A veces lo miraba y no podía evitar preguntarse qué clase de mundo le esperaba si conseguían llegar al invierno.

—Doña Marta.

La voz de Claudia la devolvió al presente.

La chica sostenía contra el pecho uno de los libros de inventario que habían comenzado a utilizar meses atrás para controlar cada recurso de la comunidad.

Marta se acercó.

—¿Cómo vamos?

Claudia abrió el cuaderno.

Los ojos azules de Marta repasaron automáticamente cada cifra, cada anotación y cada corrección hecha con tinta apresurada. La próxima expedición estaba demasiado cerca como para improvisar errores.

Entonces una palabra llamó su atención.

Estreptomicina.

Marta levantó apenas la mirada.

—¿Tan poco queda?

Claudia dudó unos segundos.

—Después de la recaída de Fina hace unos meses... prácticamente nos quedamos sin reservas —la joven bajó un poco la voz—. Ya sabe cómo se puso la gente cuando pensaron que nuestra Fina estaba infectada.

Marta apretó apenas la mandíbula.

Claro que lo recordaba.

Recordaba la fiebre.

El miedo.

La manera en que el caos había empezado a extenderse más rápido que la enfermedad.

Y también recordaba a Gabriel y don Agustín amenazando a Fina desde el otro lado del comedor mientras ella deliraba por la fiebre.

Por supuesto que ambos terminaron expulsados antes del amanecer.

—Hablaré con Miguel y Begoña —dijo finalmente Marta—. Gracias, Claudia.

La muchacha asintió antes de seguir su camino.

Marta permaneció inmóvil unos segundos más.

Todavía podía recordar la sensación helada que le había atravesado el cuerpo al ver a Fina arder de fiebre entre las sábanas. El miedo insoportable de perderla otra vez. Y esta vez de verdad.

Aquel día se prometió algo a sí misma.

No volvería a permitirlo.

Jamás.

Y entonces la vio.

En el pequeño huerto.

El corazón mismo de la comunidad.

Fina se movía entre las torres improvisadas de irrigación con las mangas remangadas hasta los codos y restos de tierra oscura sobre los dedos. Había aprendido de Isidro todo lo necesario para arrancarle vida incluso a la tierra más árida y ahora mantenía alimentadas a más de treinta personas gracias a ello.

Marta sintió cómo algo cálido le suavizaba el rostro apenas Fina levantó la vista hacia ella.

Seguía pasándole.

Después de todo ese tiempo, seguía pasándole.

Ese salto emocionado que su corazón experimentaba cada vez que miraba a su mujer.

 

La sonrisa de Fina apareció lentamente y Marta sintió que el verano entero se volvía un lugar un poco más soportable.

Dejó la Browning junto a la entrada del huerto antes de acercarse.

Por fin.

Rodeó la cintura estrecha de Fina con un brazo y la atrajo contra su cuerpo con una familiaridad casi desesperada. El perfume cítrico mezclado con tierra húmeda y hojas verdes le llenó los pulmones mientras besaba la mejilla tibia, ligeramente perlada de sudor.

Marta sonrió contra su piel.

—Hola, amor.

Fina dejó escapar una risa bajita.

—Hola, mi vida.

El bullicio continuó alrededor de ellas: voces, herramientas, gente moviéndose bajo el sol.

Nadie parecía prestarles demasiada atención.

Marta cerró los ojos cuando sintió las manos de Fina recorrerle lentamente el cuello, los hombros y después las muñecas.

No eran simples caricias.

Fina siempre la revisaba después de cada patrullaje como si necesitara comprobar que había vuelto entera.

Como si necesitara ese contacto físico para estar segura de que Marta era real.

Y Marta adoraba dejarse estudiar de esa manera.

—Escuché el disparo —susurró Fina.

—Sí. Una infectada. Remedios —Marta apoyó la frente contra su cabello oscuro—. Entró a la fábrica poco después de tu partida. Era una chica muy maja.

Los dedos de Fina peinaron lentamente el cabello rubio de Marta y el simple roce le provocó un escalofrío agradable sobre el cuero cabelludo.

—Estoy segura de que lo era.

El viento cálido atravesó el huerto moviendo apenas las hojas de los cultivos.

Marta dudó apenas un instante antes de hablar.

Después de todo, las mentiras eran un lujo que ya nadie podía permitirse.

—Volvieron a cortar la cerca.

Las manos de Fina se detuvieron.

—¿Otra vez?

—Andrés ya fue a buscar a Salva. Vamos a reforzar los patrullajes, no te preocupes.

Fina levantó la mirada lentamente.

—¿Cómo no me voy a preocupar, Marta? —Sus ojos temperamentales se endurecieron apenas—. Alguien quiere entrar.

—Y no va a conseguirlo.

Fina guardó silencio unos segundos.

—O alguien quiere dejarlos pasar.

Marta negó inmediatamente.

—Imposible. Nadie sería tan estúpido.

En ese momento, desde el otro lado del patio, se escuchó una palabrota escandalosa seguida del sonido de algo cayendo.

Tasio acababa de quemarse la mano intentando encender un cigarrillo.

Fina soltó una carcajada antes de poder evitarlo.

Marta sonrió.

—No seas mala. Es prácticamente tu cuñado.

Fina rodó los ojos, divertida.

—No me dejas disfrutar nada.

Y entonces besó a Marta.

Despacio.

Como si todavía estuviera aprendiendo la forma exacta de su boca.

Marta respondió de inmediato, envolviéndole la cintura con ambos brazos y acercándola todavía más. El beso amenazó con volverse más profundo, más lento, más peligroso...

Pero entonces:

—¡Doña Marta! ¡Doña Begoña la busca!

La voz de Mabel atravesó el patio entero.

Marta dejó escapar un gruñido frustrado.

Fina rió contra sus labios antes de desengancharse apenas de ella.

—Anda. Te veo luego en el taller.

Marta arqueó apenas una ceja.

—Me encanta cuando lo hacemos en el taller.

La expresión de Fina se volvió deliciosamente pícara.

—Shhh, Marta...

Se inclinó apenas hacia ella.

—Y nada de eso. Me toca enseñarle a Julia lo de las frecuencias.

—Entonces procura que la clase no dure demasiado.

—Ya vete.

Marta obedeció.

O fingió hacerlo.

Porque apenas dio dos pasos antes de regresar otra vez sólo para besar a Fina de nuevo.

 

*****MF*****

 

El antiguo despacho de los De la Reina se había transformado en el dispensario de la comunidad.

Todavía quedaban rastros de lo que alguna vez había sido: la madera oscura, las librerías altas, las notas de perfume.

Pero ahora, donde antes se tomaban parte de las decisiones de una gran empresa perfumera, había cajas de antibióticos cuidadosamente etiquetadas, vendas, alcohol, jeringas y medicamentos que, si tenían suerte y administraban bien las dosis, podrían alcanzarles hasta finales de los sesenta.

Aquello era lo más parecido a la esperanza que les quedaba.

—¿Qué tal, Marta?

Begoña levantó la vista mientras se quitaba lentamente la bata médica.

Su turno estaba por terminar y pronto Nieves llegaría para relevarla.

Marta cerró la puerta detrás de sí.

—Todo bien. ¿Y tú?

Begoña arqueó apenas una ceja.

—¿De verdad? Porque creo que ese disparo se escuchó hasta el centro de Toledo.

Marta soltó una pequeña risa nasal.

—Lo bueno es que los muertos ya están despiertos.

Begoña rodó los ojos inmediatamente.

—Tu humor empeora con cada estación.

—Sólo fue una infectada. Y la cerca volvió a aparecer cortada —el gesto divertido desapareció casi de inmediato del rostro de Begoña—, y sí. Ya sé. Es la tercera vez este mes. Andrés y Fina pusieron la misma cara que tú y vamos a reforzar los patrullajes.

Begoña guardó silencio unos segundos antes de hablar más bajo.

—A estas alturas, le temo más a la gente que a los infectados.

El despacho quedó en silencio por un instante.

Luego Marta vio el inventario abierto sobre la mesa.

Sus ojos encontraron la palabra inmediatamente.

Estreptomicina.

Sintió cómo algo se tensaba dentro de su pecho.

—Con que dos frascos —dijo Marta.

—Hemos retrasado lo más que hemos podido la recolección de ese antibiótico, pero nadie ha logrado quitarle la idea de la cabeza a Salva de conseguir una cabra y el riesgo de que traiga traiga un brote de la fiebre de Malta es muy alto. Miguel quiere que se renueven las reservas... sobre todo por Fina.

Marta tragó saliva.

—Ni siquiera sé donde conseguir más —admitió finalmente.

El silencio volvió a caer entre ambas, pero Begoña le miró intensamente.

—En el Clínico San Carlos.

Marta levantó la mirada de inmediato.

El Hospital Clínico.

Fina nunca había mencionado ese lugar en ninguno de sus reportes de frecuencia.

Y Fina siempre encontraba cosas.

Siempre.

—¿Estás segura? ¿Cómo lo sabes?

Begoña dudó apenas.

—Julia escuchó una transmisión hace unos días luego de sus lecciones con Fina.

Marta frunció lentamente el ceño.

Entonces entendió.

Fina lo sabía.

Claro que lo sabía.

Y había decidido no decirle nada.

Porque sabía exactamente lo que Marta haría si descubría la posibilidad de conseguir más medicamento.

Un medicamento que sólo le servía a Fina.

—Hablaré con ella —dijo finalmente.

Begoña la observó unos segundos.

—No seas demasiado dura.

Marta soltó una risa breve, cansada.

—Tenemos reglas, Begoña —Marta apoyó lentamente ambas manos sobre el escritorio antes de bajar la mirada—. Nada de secretos. Nada de mentiras.

Intentó sonreír.

Pero apenas consiguió una mueca triste.

—Yo sólo digo que intentes ponerte en su lugar. Yo me muero de miedo cada que salen en esas campañas, me da pánico que un día alguno de ustedes que quede en el camino.

Marta no dijo nada porque claro que podía entender el miedo de Fina, pero después de todo lo que habían vivido, Marta creyó que ya no había razón para callarse nada.

 

Luego de despedirse de Begoña con una débil sonrisa, salió al pasillo.

La casa respiraba vida con pasos, voces, ollas golpeando la cocina, la voz de Manuela reprendiendo a Paula...

Y aun así, mientras caminaba hacia el taller, sintió esa presión conocida instalándose lentamente bajo sus costillas.

Miedo.

Un miedo ridículo.
Persistente.
Agotador.

Porque Fina parecía estar bien.
Más que bien.

El sol le había devuelto color al rostro meses atrás. Se movía entre los huertos como si hubiera nacido para sobrevivir al fin del mundo. Reía más. Dormía mejor. El músculo que había perdido en la recaída, ya lo había recuperado, Marta se aseguraba cada vez que la acariciaba... cada vez que sus uñas se hundían en piel y carne... podía sentir su energía en la intimidad de su alcoba...

Pero Marta todavía recordaba demasiado bien la fiebre.

Recordaba el calor insoportable de su piel.

La respiración débil.

La manera en que Miguel se había esforzado para salvar a Fina.

Y por eso no podía permitirse ignorar el Hospital Clínico.

No cuando se trataba de su mujer.

No cuando el destino se había empeñado en separarlas una y otra vez.

Marta levantó apenas la vista cuando escuchó la voz de Julia llegando desde el taller, seguida por una risa suave que le habría reconocido incluso en medio de una tormenta.

 

Fina estaba inclinada sobre una mesa llena de cables y piezas de radio. La luz cálida de la tarde entraba por las ventanas abiertas y le doraba el cabello oscuro mientras hablaba con Julia sin darse cuenta todavía de que Marta estaba allí.

Y aun así...

Marta observó con todo el amor que poseía: el color de su piel, la firmeza de sus movimientos, la ausencia de temblores, la manera en que respiraba.

Buscando señales.

Síntomas.

Entonces Fina levantó la mirada.

Y sonrió apenas lo suficiente para hacer que el corazón de Marta olvidara latir durante un segundo.

 

—Si un día nos quedamos sin luz —explicó Fina mientras enrollaba cuidadosamente el hilo de cobre alrededor de un cilindro de cartón— y si se terminan las baterías... esto será lo único que nos mantenga conectados con el exterior.

La mesa del taller estaba llena de piezas rescatadas: tornillos, cables, un auricular viejo, pilas descargadas, fragmentos de radios desmanteladas.

El calor del verano se acumulaba en aquel espacio lo que aumentaba el olor a metal.

Fina levantó el pequeño aparato improvisado.

—¿Eso es una radio? —preguntó Julia con los ojos muy abiertos.

—Una radio de emergencia —Fina sonrió apenas antes de sentarse frente a ella—. Las ondas siguen ahí aunque no podamos verlas. Lo único que hacemos es atraparlas.

La niña observó fascinada cómo Fina colocaba cuidadosamente la hojilla de afeitar ennegrecida junto al grafito.

—¿Y funciona de verdad?

—A veces mejor que las radios grandes.

Fina conectó el auricular.

Primero hubo estática.

Después, una voz lejana deformada por interferencia.

Los ojos de Julia brillaron inmediatamente.

—¡Funciona!

La sonrisa de Fina se suavizó.

—También es útil porque sólo recibe señales. Otros grupos pueden rastrear transmisiones activas, pero esto... esto sólo recibe.

Julia parecía estar atestiguando magia.

Y quizás lo era un poco.

Porque en medio de un mundo muerto, Fina todavía encontraba formas de arrancarle voz al silencio.

—¿Cómo sabes hacer todo esto? —preguntó Julia.

Fina apoyó los brazos sobre la mesa.

Por un instante, Marta creyó ver algo distinto atravesarle la mirada.

Añoranza pura.

—Mi padre me enseñó —su voz salió más baja—. Todo lo que sé... me lo enseñó él, como cuando era pequeña y me explicaba cualquier cosa que yo preguntara. Cómo funcionaban los motores, por qué las plantas crecían hacia el sol, cómo arreglar una licuadora... o una radio.

La sonrisa de Fina creció apenas.

Julia le imitó.

—¿Me seguirás enseñando?

Fina fingió pensarlo unos segundos.

—Mmm... puede ser.

Julia abrió la boca indignada.

—¡Tía Fina!

La risa terminó escapándosele.

—Claro que sí, cariño. Pero no le digamos a Juanito que eres mi sobrina favorita porque luego se pone insoportable.

Julia rodeó inmediatamente la cintura de Fina con sus brazos delgados.

Y Marta, que hasta hacía unos minutos seguía molesta por lo de San Carlos, sintió cómo algo dentro de ella se relajaba lentamente.

Porque aquello...

Aquello era exactamente lo que había deseado.

Ver a Fina integrada a su familia de una forma tan natural que ya nadie pudiera imaginar la casa sin ella.

—¡Tía Marta!

Julia se separó de Fina y corrió hacia ella.

Marta abrió los brazos automáticamente y la recibió contra su pecho antes de besarle la sien.

Estaba creciendo demasiado rápido.

Y el mundo no estaba dejando espacio para infancias largas.

—¿Cómo van las lecciones?

—¡Increíbles! La tía Fina me enseñó a construir una radio.

El silencio que apareció después no fue incómodo.

Sólo solemne.

Porque Julia lo había dicho con total inocencia. Como si Fina siempre hubiera pertenecido allí. Como si siempre hubiera sido familia.

Marta sintió la mirada de Fina sobre ella.

Cálida.

Insegura.

Esperanzada.

—Julia, cariño —dijo Marta suavemente—, tu madre cambió turno hace un rato. Seguro ya te está buscando.

La niña se despidió a toda velocidad, dejando detrás de sí esa energía luminosa que todavía parecía imposible de extinguir incluso después del fin del mundo.

Cuando por fin estuvieron solas, Marta volvió la vista hacia Fina.

Y por un instante simplemente la observó.

El mono azul de la fábrica colgaba atado alrededor de sus caderas generosas y la camiseta negra sin mangas, desteñida por el sol y el uso, dejaba al descubierto sus brazos bronceados.

El calor le había pegado mechones oscuros al cuello.

Marta sintió un deseo absurdo de besarle cada centímetro de piel visible.

Pero debajo del deseo seguía existiendo otra cosa.

Miedo.

Siempre miedo.

Sus ojos le estudiaron el color saludable de sus mejillas, la firmeza de sus movimientos, la ausencia de toda enfermedad.

—¿Ahora eres la tía Fina? —preguntó finalmente con una sonrisa ladeada mientras se acercaba.

Fina intentó contener la suya y fracasó miserablemente.

—Julia tiene maneras muy extrañas de adoptarme.

Marta soltó una pequeña risa nasal.

—No parece algo que te moleste demasiado.

—No me molesta para nada.

Y ahí estaba otra vez esa felicidad pequeña, peligrosa, que seguía apareciendo en el rostro de Fina cuando hablaba de ellas como familia.

Marta sintió algo apretarle suavemente el pecho.

Porque el mundo se había acabado y, aun así, aquello seguía pareciéndole un milagro.

Se acercó un poco más.

Demasiado cerca.

Los dedos de Marta rozaron apenas la tela desgastada del mono antes de subir hasta su cintura.

—Hay algo que quiero hablar contigo.

La expresión de Fina cambió inmediatamente.

Suave, cautelosa.

Como la de un gatito confundido.

—¿Qué pasa?

Marta sostuvo su mirada unos segundos antes de hablar.

—Clínico San Carlos.

Eso bastó.

Toda la luz del rostro de Fina se apagó apenas.

El taller quedó en silencio salvo por la estática suave de una radio mal sintonizada en algún rincón.

—¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó Marta finalmente.

Y aquello no sonó a reproche.

Sonó a temor.

Fina cerró los ojos un segundo antes de alejarse y caminar lentamente entre las mesas llenas de herramientas.

Frustrada.

Nerviosa.

—Porque sabía exactamente lo que ibas a hacer.

—Fina...

—Vas a llevarte a diez personas hasta Madrid sólo para conseguir un medicamento que únicamente me sirve a mí.

—No sólo te sirve a ti.

Fina soltó una risa breve, cansada.

—Marta... —se volvió hacia ella— nadie es indispensable.

El corazón de Marta se tensó inmediatamente.

Porque quizás para el resto del mundo aquello era cierto.

Pero para ella no.

Nunca para ella.

—Eso no es verdad.

Fina suspiró mientras cruzaba los brazos.

—Valentina ya sabe encargarse de buena parte de los cultivos y Julia entiende las frecuencias muchísimo más rápido que yo a su edad. Lo que hago aquí... eventualmente alguien más podrá hacerlo—. Sonrió apenas, cansadamente—. Además, soy bastante buena usando navajas y cuchillos. Eso debería ayudarme a sobrevivir un rato.

Marta sintió un escalofrío desagradable.

Porque todavía recordaba demasiado bien la primera vez que Fina sostuvo una navaja. Una primera muerte mucho antes de que la muerte fuera rutina.

Recordaba la sangre.

La respiración agitada.

La ansiedad. El terror.

Marta se acercó lentamente hasta tomarle las manos.

Las llevó hacia sus labios y las besó.

—Eres importante —murmuró contra sus nudillos—. Lo más importante.

Los ojos de Fina se suavizaron de inmediato.

—Eres una necia.

Marta sonrió apenas mientras la atraía contra su cuerpo.

Las caderas se alinearon lentamente.

Los pechos se rozaron.

La respiración cálida de Fina chocó contra su boca.

—Eso es porque te amo.

El beso llegó despacio esta vez.

Cansado.

Hambriento.

Necesario.

Como si ambas intentaran descansar un momento dentro de la otra.

Y cuando Marta volvió a hablar, lo hizo apenas rozando sus labios:

—Vamos a la cama.

 

*****MF*****

 

El pestillo de la puerta resonó con un pequeño chasquido metálico.

Marta sintió cómo algo dentro de ella se aflojaba apenas cruzó el umbral. Aquella alcoba había conocido demasiadas vidas anteriores: silencios incómodos, matrimonios vacíos, madrugadas solitarias. Pero ahora estaba llena de Fina. Su ropa descansaba sobre la silla junto a la ventana, había cables enredados cerca de los libros, y ese perfume cítrico que impregnaba las sábanas como si ella hubiera reclamado el cuarto entero para sí.

A Marta le encantaba eso. Había mañanas en las que decidía quedarse un poco más en la cama sólo para abrazar la almohada de Fina y hundir el rostro en la tela todavía tibia.

 

Entonces, se giró lentamente. La luz de la tarde entraba a raudales por la ventana abierta, envolviendo a Fina en un resplandor dorado que le hizo doler el pecho de una forma absurda. Seguía viéndola así, como si el mundo se hubiera acabado únicamente para demostrarle que tenían derecho a amarse.

—¿Te he dicho hoy lo guapísima que te ves con ese mono? —preguntó Marta, mientras sus dedos se enganchaban en la cintura de la prenda.

Fina sonrió apenas, rodeándole el cuello con los brazos.

—Creo que hoy todavía no.

El mono cayó al suelo. Marta apoyó la frente contra la suya, acortando la distancia.

—Entonces déjame corregir ese error.

Y la besó como si no acabaran de hacerlo esa misma mañana; como si besarla siguiera siendo un descubrimiento.

Las prendas fueron desapareciendo poco a poco entre las sábanas revueltas y el calor pesado del verano toledano. Sus piernas se buscaron debajo del cuerpo de la otra, los pies desnudos se acariciaron distraídamente y el sudor empezó a nacer, lento y brillante, sobre la piel. 

Afuera, las cigarras insistían con su canto interminable. 

Adentro, Marta sólo podía concentrarse en la respiración de Fina, en el sabor de su boca y en la forma en que el bochorno intensificaba su perfume hasta volverlo casi embriagador.

Permanecieron así durante un largo rato, acariciándose, respirando la una dentro de la otra, como si el mundo no importara mientras ellas siguieran tocándose.

—A veces me siento egoísta —murmuró Marta cuando por fin se separaron apenas unos centímetros.

Fina jugueteó con un mechón rubio pegado por el sudor a su sien.

—Eres la persona menos egoísta que conozco.

Marta tragó saliva lentamente, sintiendo el peso de la luz dorada derramándose sobre la cama.

—Entonces explícame cómo es posible que me sienta tan feliz ahora mismo. El mundo se está cayendo a pedazos y, aun así... nunca me había sentido tan libre. Si la infección no hubiera ocurrido... quizá todavía seguiríamos escondiéndonos. Fingiendo. Esperando permisos absurdos para amarnos.

Los ojos de Fina se suavizaron de inmediato. Respondió besándola; despacio al principio, luego con hambre.

—Eso no es egoísmo —susurró contra sus labios—. Es como siempre debió ser.

Marta dejó escapar un pequeño sonido ahogado cuando Fina volvió a buscarla, más profundo esta vez, y entonces el deseo terminó de tragárselas. El espacio entre ambas se convirtió en un eclipse de jadeos donde el zumbido de Toledo quedó sepultado bajo sus propias respiraciones.

 

Marta descendió, dejando un rastro de lametones y besos húmedos por cada rincón de su piel. Atrapó un pezón entre los labios, succionándolo con fuerza, saboreando la erección de la carne antes de morderlo suavemente y pasar al otro. Fina arqueó la espalda sobre el colchón, gimiendo alto y hundiendo las uñas en las sábanas mientras la boca de Marta continuaba su camino hacia el vientre, lamiendo la línea vertical por donde el sudor corría en hilos tibios, avivando el olor a cítricos y a piel encendida.

Había una solemnidad casi religiosa en la forma en que los dedos de Marta separaron sus muslos firmes, admirando la fuerza de esas piernas bronceadas por las jornadas bajo el sol del huerto. Al bajar la mirada, la luz de la tarde recortaba a la perfección la humedad abundante y brillante que empapaba su vello oscuro y descendía hacia las sábanas. 

No había prisa, pero sí un hambre antigua, acumulada durante las largas horas de vigilia y patrullaje.

—Marta, por favor... —suplicó Fina con la voz rota, la cabeza echada hacia atrás, abriendo más las piernas de forma instintiva, buscando desesperadamente el contacto.

Marta no respondió con palabras. Se acomodó entre sus muslos y presionó los labios directamente sobre su vulva expuesta y palpitante. El primer lengüetazo, firme, plano y deliberadamente lento, barrió toda su humedad, haciendo que la morena soltara un gemido ronco que rebotó contra los muros. Marta la lamió con adoración, hundiendo la cara entre sus labios vaginales, tragándose el contraste de la sal del verano y el sabor almibarado, denso y caliente de Fina.

Cada movimiento de su lengua era calculado, atrapando el clítoris entre sus labios para succionarlo con un ritmo pausado que volvía loca a Fina. Las manos de la morena viajaron desde las sábanas hasta el cabello rubio de Marta, invitándola a hundirse más, apretando los mechones rubios mientras sus caderas daban sacudidas desesperadas contra su boca, exigiendo más presión, más de ese fuego que la hacía olvidarlo todo.

Una de las manos de Marta subió para amasar con fuerza uno de los pechos hinchados de Fina, enterrando los dedos en la carne, mientras su otra mano descendió para abrirla con la única intención de penetrar con dos de sus dedos ese sexo completamente empapado y caliente, y la morena sólo pudo emitir un grito ahogado, arqueándose de forma violenta y mordiéndose el labio inferior hasta casi sangrar. Sus paredes vaginales se contrajeron de forma salvaje alrededor de los dedos largos de Marta, que se hundían y salían rítmicamente, provocando un chasquido húmedo con cada embestida. Marta la follaba con los dedos, estirando la carne, explorándola con un descaro y una madurez que solo la absoluta libertad de no tener nada que perder podía otorgarles.

El orgasmo llegó como una tormenta de verano: violento, espeso y desbordante. Fina se contrajo con una fuerza casi dolorosa alrededor de la mano de Marta, rebosando abundantemente sobre sus dedos y su muñeca mientras los músculos de sus muslos se tensaban al límite y su cuerpo temblaba en un clímax prolongado que la dejó temblando y sin aire.

Sin dejarla descansar del todo, Marta se arrastró hacia arriba, restregando su propio cuerpo contra la piel sudorosa de Fina. Le robó el último aliento del espasmo en un beso denso, sucio y delicioso, pasándole por la boca el sabor de su propio flujo en una mezcla embriagadora. Entonces, por puro instinto, acomodó su pelvis directamente contra la de Fina, buscando el roce brutal de sus vulvas húmedas y encendidas. Marta empezó a cabalgar su sexo contra el de ella, restregándose con una cadencia perezosa pero hambrienta. Fina, aún recuperando el aliento, le rodeó la cintura con las piernas, enganchando los tobillos a su espalda para pegarla más a su cuerpo, buscando esa fricción directa, lenta y obscena que las hacía arder a las dos.

Compartieron el sudor, sintiendo el calor sofocante de la tarde fusionarse con el roce húmedo de sus sexos hasta que Marta, con un gemido agudo y ahogado que sepultó en el cuello de Fina, sintió sus propios espasmos. Su clítoris se contrajo repetidamente contra el de Fina en un orgasmo ardiente, dejándola temblando sobre su mujer mientras la luz del sol empezaba a retirarse de la habitación.

Minutos después, el silencio regresó, interrumpido solo por el compás tranquilo de sus corazones y el roce de la piel húmeda pegándose a las sábanas. La luz se había vuelto de un azul violáceo y el aire traía el aroma fresco de la noche pero también a sexo recién consumado.

Marta entrelazó sus dedos con los de Fina, apoyando la frente contra su hombro.

—Prométeme que no harás nada impulsivo cuando estés allá afuera —rogó Fina con la voz todavía rota y carente de aliento.

—Por supuesto, amor, te lo prometo —respondió Marta, besándola en los labios.

Sellando la promesa con el sabor de los fluidos y el deseo aún fresco entre las dos.

 

*****MF*****

 

Marta todavía podía sentir el sabor de Fina en sus labios mientras el camión avanzaba por las calles de Madrid. 

Había tenido que imponer su autoridad como nunca antes, soportando las miradas recelosas de los demás cuando ordenó la expedición. Fina no se lo había perdonado del todo, su última mirada antes de que el motor arrancara había sido una mezcla de súplica y reproche. 

Pero no había vuelta atrás. Ya estaban ahí y era fácil comparar la Toledo rural con la capital.

Madrid olía distinto. A humedad encerrada, a quirófanos podridos, a sangre vieja que se negaba a secarse del todo.

Marta lo notó apenas descendieron del camión frente al Clínico San Carlos. Los edificios monumentales proyectaban sombras descomunales al final de la tarde, y el aire atrapado entre las avenidas se sentía varios grados más frío.

Demasiado frío.

—No se pudren igual aquí —murmuró Andrés, rompiendo el silencio mientras observaba un cadáver ennegrecido, atrapado a medias bajo las ruedas de un autobús.

Marta no respondió porque ya lo había visto.

Los cuerpos de la capital conservaban más carne; las articulaciones parecían menos rígidas, los músculos más fibrosos. Estaban más frescos.

Eran más rápidos.

 

El hospital apareció frente a ellos como una mole gris, silenciosa y amenazante. Las ventanas superiores seguían intactas en algunas plantas, reflejando el cielo enfermo, y una bandera vieja golpeaba débilmente la fachada con el viento, imitando el sonido de unos pasos lejanos.

Marta ajustó la correa de la Browning sobre su hombro, sintiendo el metal frío contra la clavícula.

—Entramos, recogemos el medicamento y salimos. Nada de heroicidades.

—Eso dilo mirándote a un espejo —murmuró Tasio, con una sonrisa amarga.

Un par de risas nerviosas atravesaron el grupo. Nadie estaba realmente tranquilo; los hospitales eran siempre los peores nidos.

Entraron. El olor los golpeó primero como una bofetada de desinfectante rancio, medicamentos vencidos, moho negro y algo vivo, húmedo y enfermo, respirando en el fondo de los pasillos. Las linternas apenas lograban cortar la negrura densa del vestíbulo mientras sus botas resonaban sobre el suelo cubierto de historiales clínicos empapados y vidrios rotos.

Marta avanzó primera.

Siempre primera.

Las salas de urgencias parecían congeladas en el instante exacto del colapso: camillas volcadas, guantes de látex ensangrentados tirados por el suelo y charcos oscuros que habían formado una costra pegajosa.

Y el silencio.

Un silencio demasiado absoluto, de esos que hacían zumbar los oídos.

—Aquí —susurró Salva desde la farmacia hospitalaria.

Marta entró de inmediato, barriendo el lugar con la linterna. Las estanterías de acero seguían sorprendentemente abastecidas.

—Madre de mía... —murmuró Beatriz, con los ojos muy abiertos.

Tasio empezó a meter cajas en las mochilas con una rapidez frenética. De pronto, el haz de luz de Marta se detuvo en una etiqueta.

Estreptomicina.

Tres cajas intactas.

Sintió un alivio tan brutal en el pecho que casi le dolió.

Eran para ella.

Por si Fina lo requería.

Y fue exactamente ahí cuando el hospital cobró vida.

Un estruendo metálico y violento reventó el silencio. Una camilla cayendo en algún punto del pasillo principal. El grupo entero se congeló, aguantando la respiración.

Un segundo de calma muerta. Después, un gruñido húmedo, agudo, casi humano.

Y otro.

Y otro más, multiplicándose como un eco de ultratumba.

Marta sintió un vuelco gélido en el estómago. No temía por su vida; temía por el antibiótico.

—¡Recoged todo! ¡Ahora! —ordenó, desasegurando la Browning.

Entonces aparecieron.

Eran espantosamente rápidos.

Una enfermera con la mandíbula colgando, desencajada por la violencia de la infección, atravesó corriendo el umbral. Detrás de ella emergió una marea de cuerpos: pacientes en batas ensangrentadas, médicos con los ojos inyectados en sangre, soldados con el uniforme desgarrado.

Todavía conservaban demasiada agilidad humana en los movimientos.

Eso era lo peor. No eran torpes; corrían como depredadores hambrientos.

—¡DISPARAD!

La detonación de la Browning reventó los tímpanos del grupo y la llamarada iluminó las paredes desconchadas. El primer infectado cayó de bruces, salpicando el suelo de una sustancia negruzca. Marta recargó con movimientos mecánicos, precisos, mientras Andrés cubría el flanco izquierdo, su arma escupiendo fuego.

Pero eran demasiados. El eco de las balas rebotaba contra los techos altos mientras las luces de emergencia del hospital comenzaban a parpadear, tiñendo el caos de un rojo intermitente.

—¡Nos están rodeando!

—¡Salida trasera, ya! —gritó Andrés, empujando a Beatriz.

Pero Marta no retrocedió. Vio a Salva forcejeando, intentando encajar la última caja de estreptomicina en la mochila con las manos temblorosas.

—¡Déjala, joder, vámonos! —le chilló Tasio, arrastrándolo del brazo.

Marta disparó tres veces seguidas. Un infectado con el cráneo abierto cayó prácticamente a sus pies.

—¡No nos vamos sin eso! —bramó ella.

Y ahí ocurrió.

Ese segundo suspendido en el tiempo.

Ese instante donde el grupo se detuvo y la miró. No la miraron como a su líder, sino como a una mujer desquiciada, dispuesta a arrojarlos a todos a los dientes de los muertos por salvar una sola vida.

Marta vio la traición en sus ojos. Lo entendió perfectamente. Y aun así, no dio un solo paso atrás.

Porque era Fina.

Siempre iba a ser Fina.

—¡MARTA, CUIDADO! —la voz de Andrés llegó rasgada, inútil.

Algo colosal y frenético golpeó violentamente las puertas dobles del final del pasillo. Las bisagras de metal crujieron, cediendo ante el peso de una masa de carne amontonada que empujaba desde el otro lado.

Estaban atrapados por ambos flancos.

Las luces de emergencia parpadearon una última vez, agonizando.

Una.

Dos.

Tres veces.

Y entonces, el hospital quedó completamente a oscuras.

El mundo se redujo al olor a azufre de la pólvora, a los jadeos desbocados del grupo y al sonido espantoso de decenas de pies descalzos corriendo hacia ellos sobre el vidrio roto, cada vez más cerca, guiados únicamente por el sonido de sus respiraciones.

Marta alzó el arma en la negrura total, estiró el dedo hacia el gatillo y, justo antes de presionar, sintió unos dedos helados y viscosos cerrándose con fuerza alrededor de su tobillo...

 

I'd wanna hold you just for a while and die die die with a smile...