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Español
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2026-05-25
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Circles || One Shot

Summary:

— Manu… —dijo ella, poniéndole azúcar a su taza.

El ojiverde levantó la vista.

— ¿Hace cuánto tiempo estás enamorado de mi hijo?

Notes:

Seasons changed and our love went cold
Feed the flame 'cause we can't let go
Run away, but we're running in circles
Run away, run away

Work Text:

— Estoy tan emocionada de conocerlos —decía ella, mientras acomodaba sus últimas cosas en la valija.
Lautaro solo sonrió.
— ¿Crees que les voy a caer bien?— preguntó, buscando la mirada del rubio.
— Sí, estoy seguro que sí —respondió.

Un golpeteo en la puerta los obligó a mirar.

— Gordo a qué hora salimos mañana —entró Manuel a la pieza del rubio, venía con una sonrisa, pensaba que Lautaro estaba solo.

Los tres se miraron y un silencio se formó entre los tres.

— Perdón, no sabía que estabas ocupado —dijo, observando a la rubia que estaba sentada en la cama de moski.
— No pasa nada —dijo Lautaro.
— Bueno, perdón igual —el ojiverde salió rápido por la puerta.

La tensión aumentó un poco en las cuatro paredes.

— No me dijiste que también venía Manuel —dijo ella, cruzándose de brazos.
— Te iba a decir ahora —musitó.
— ¿En todo tiene que estar metido? —preguntó ella, no le agradaba en absoluto que el ojiverde se sumase al viaje—. ¿Va a salir con nosotros también? —preguntó otra vez, molesta.
— Tranquila —dijo, acercándose un poco más a la chica—. Él debe tener sus planes, no estará con nosotros todo el tiempo.

Eso tranquilizó un poco más a la rubia.
Terminaron de arreglar las cosas y Lautaro le dejó un mensaje a Manuel diciéndole a la hora que debían salir al otro día.

 

Madrid los recibía con una agradable primavera.
El viaje había sido largo, tedioso y sobre todo, incómodo.

También los recibía el amable olor a comida en la casa de Lautaro.
Lautaro abrió la puerta, siendo recibido por sus padres y su hermana, quienes rápidamente se abalanzaron sobre él.

La chica saludó a la par con Lautaro.
— Mamá, ella es Giuliana, mi novia —dijo Lautaro.
— Hola —saludó la mujer, abrazando a la rubia.

La puerta volvió a abrirse.

— ¡Manu! —gritó Sofía, la hermana menor de Lautaro.
Corrió rápido a los brazos del ojiverde. Él la envolvió en un fuerte abrazo y le besó la cabeza.
— ¡Mirá quien volvió a casa! — dijo el padre de Lautaro, mientras se acercaba a abrazarlo también.
Manuel los abrazaba de vuelta, sentía esa calidez de un hogar.

— Pensé que no venías —dijo la madre de moski, casi al borde de las lágrimas.
— ¿Cómo no iba a venir? —dijo Manuel, abrazándola fuerte también.
— Menos mal que Lautaro te trajo —decía el padre—. Nos aburrimos un montón sin vos.
— ¡Papá! —reclamaba el rubio.
— ¡Pero si es verdad! —decía entre risas.

Giuliana observaba la escena, aún con la valija en la mano, mientras Manuel ya estaba dejando su bolso y entrando con naturalidad por la casa.

— ¿Sigue viva la planta o ya la mataste? —preguntó Manuel, mientras se sentaba en la cocina.
— Como la voy a matar si me la regalaste vos —dijo Delia, la madre del rubio.

Lautaro y Giuliana habían ido directo a la habitación a dejar las valijas y las mochilas.

— ¿Cuántas veces vino Manuel acá? —preguntó la rubia, sentada en la cama.
— Una vez —respondió con naturalidad el rubio, mientras acomodaba un par de cosas en la pieza—. Pero habla siempre por teléfono y hace videollamada con ellos.

La rubia se sorprendió.
Una vez y lo trataban así, como un hijo más.
¿Cuál era el encanto que tenía Manuel?
No se trataba de una competencia, pero si así lo fuese, Manuel le llevaba mucha ventaja.

Cuando bajaron, la escena era aún peor para ella.
Manuel ya estaba ahí, con un delantal y cocinaba junto a la madre del rubio, la hermana se reía de las cosas que Manuel decía y el padre le completaba los chistes.
Era envidiable.

Los dos llegaron hasta la cocina y las risas seguían ahí. Lautaro se aclaró un poco la garganta, llamando la atención de los presentes.

— Nosotros vamos saliendo —dijo, la mirada se clavó en Manuel—. ¿Vos venís con nosotros? —preguntó.
Manuel lo miró, como si no creyese que le estaba hablando a él.
— No, gordo. Yo estoy muerto —dijo—. Salgan ustedes.

Manuel le sonrió y Moski hizo lo mismo.
Lautaro y Giuliana salieron por la puerta y Manuel soltó un suspiro, aire contenido, capaz nervios, no lo sabe, pero, fue como una liberación.

La noche continuó con risas. La naturalidad con la que Manuel conversaba, se movía con esa simpleza, como si hubiese estado en esa casa millones de veces.
El trato de los padres del rubio era tan hogareños, como si él fuese una parte más de la familia.

En un momento, Manuel se levantó de la mesa para ir al baño.
Se le cruzó una idea por la cabeza.
¿Qué tan malo era seguir a Giuliana en instagram?
Nada raro, al final, era la novia de su mejor amigo.

La buscó y presionó el botón de “seguir”
bloqueó el teléfono como si hubiese hecho algo ilegal, algo prohibido.

La charla continuó normal, con risas, chistes y muchas anécdotas.
En un momento, Sofía se levantó para irse a la cama, ya era bastante tarde. Se despidió de todos, dándole un abrazo más largo a Manuel.

— ¿Qué te pareció la chica? —preguntó el padre.
— Bueno, no puedo opinar mucho, ni siquiera habló —dijo la madre–. Vos que la conoces más, ¿Qué tal es la chica?

Manuel no sabía donde meterse. Él tampoco la conocía, ni siquiera intercambiaba palabras con aquella rubia que pasaba metida en su casa. No sabía qué responder, eran las mismas preguntas que se hacía él. ¿Era buena chica? ¿Estaba a la altura de Lautaro?

Suspiró, así que respondió con la verdad.

— No tengo ni la menor idea… —dijo.
los mayores quedaron sorprendidos.
— No la conozco mucho —continuó hablando Manuel—. Lautaro no la lleva mucho a casa cuando estoy yo —Manuel se rascó la nuca—. Así funciona entre nosotros.

Los adultos se miraron. Algo se dijeron, sin hablar, solo se hablaron con las miradas.

— ¿Siempre ha sido así? —preguntó ella.
— Bueno, desde que vivimos juntos —decía Manuel—. Si a Moski no le gustaba la chica con la que yo salía, no la veía más.
Los padres volvieron a mirarse.
— Pero acá fue distinto, él y ella salían desde mucho antes de… —Manuel se tomó una pausa—. De que él me dejara —se aclaró la garganta—. De que nos dejara.

Delia le dio una mirada a su esposo y él soltó una pequeña risa nasal, esas que se usan cuando no sabes qué decir.

Manuel se arrepintió inmediatamente y trató de arreglarlo.

— Bueno, no así —se apresuró a decir—. Me refiero a cuando se mudó y todo el quilombo de Dubai y…
Delia lo interrumpió.
— Sí, Manu. Entendimos. —dijo ella con suavidad.

El ojiverde bajo la mirada hasta la mesa. Se concentró en la taza que tenía frente a él, como si fuese mucho más interesante que aquella conversa.

— Igual, ella parece buena chica —agregó después de unos segundos.

Unos pasos se apresuraron hasta llegar a la cocina.

— Pero no te gusta —dijo Sofía, palmeando la espalda del ojiverde, causándole un pequeño susto.

Manuel levantó la cabeza y le sonrió.

— ¿Vos no estabas durmiendo? —preguntó el morocho.
— Me levanté a buscar agua —dijo, encogiéndose de hombros—. Igual, no dije nada malo.
— ¡Sofi! —llamó la atención el padre.
— Pero si es verdad —dijo—. A Manu nunca le gusta ninguna.

Manuel soltó una risa y negó con la cabeza.

— No es así —dijo el ojiverde.
— Sí —dijo ella, abriendo el mueble para sacar un vaso y llenarlo de agua—. vos siempre le encontras algún defecto a todas.

Manuel soltó otra risa.

— Pasa que Lautaro tiene gustos horribles —respondió, sonriéndole a la niña.
— ¡Manuel! —se quejó Delia entre risas.

— Vos también tenes gustos horribles —dijo el Raúl, en padre del rubio—. No quiero recordarte a quien nos mostraste hace unos meses.

Manuel abrió los ojos y estalló en risas.

— Bueno, bueno —dijo—. Pero yo no las llevo a casa, ahí está la diferencia.

Hubo un silencio. Manuel hizo énfasis en la palabra casa, como si fuese una traición.

— Bueno, vamos a retirar la mesa y nos iremos a la cama —dijo Delia, salvando a Manuel de aquel comentario—. Vos debes estar muerto con el viaje.

 

Manuel y Raúl fueron al living a mirar la televisión. Delia ni siquiera lo dejó ayudar a levantar la mesa ni menos a lavar los trastes.

 

— Te digo que veamos esta, es mucho mejor que la pelotudez que querés ver —decía Raúl.
— ¡Es terrible esa película! —se quejó Manuel—. Hace un tiempo la miramos con Lauti y nos dormimos a la mitad.

De pronto, la puerta de la casa se abrió, dando paso a los dos tortolitos.

Manuel fijó su mirada en Lautaro, mucho más tiempo del debido.
Una sonrisa de costado se posó en su rostro.
Lautaro se la devolvió.

— ¿Lo pasaron bien? —preguntó Moski.
— Manuel y tu padre llevan dos horas diciendo que película van a ver —dijo Delia, mientras doblaba una ropa que había salido recién de la secadora.

— Gordo, decile a tu papá que esta película es terrible —dijo Manuel.

Lautaro observó la escena. Era familiar, como si Manuel estuviera hecho para estar ahí. Encajaba como una pieza de rompecabezas.

Giuliana también observaba la naturalidad con la que Manuel se dirigía hacia la familia de su novio.

— ¿Ustedes lo pasaron bien? —se atrevió a preguntar el ojiverde.
— Sí, Madrid de noche es hermoso —dijo la chica.

Manuel se apresuró a asentir con la cabeza y mirar la televisión de nuevo.

— Bueno, vayan a la cama que ya es tardísimo —dijo Delia, apagando la luz de la cocina.

Lautaro y la chica asintieron.
Manuel se levantó para ir a la pieza de invitados que Delia y Raúl le habían preparado.

— Mañana quiero que se levanten temprano —dijo Raúl—. Quiero desayunar con mis hijos antes que desaparezcan todo el día —dijo, mirando a Manuel y Lautaro.

Manuel sonrió, Lautaro solo asintió con la cabeza.
Giuliana miró a Lautaro, este solo miraba el piso.

Manuel siguió su camino hasta la puerta de la habitación. Lautaro y ella hicieron lo mismo.

— Buenas noches —dijo el ojiverde.
— Buenas noches —respondió el rubio.

Y ambos cerraron la puerta.
Manuel se quedó unos segundos apoyado en la puerta y soltó aire que no sabía que tenía contenido.

Se metió a la cama y lejos de irse a dormir, su cabeza comenzó a trabajar, a imaginar —como lo hacía todas las noches—
Su cabeza a estas horas se volvía cruel, le mostraba aquellos momentos que no se volverían a repetir.

La última vez, era él quien estaba durmiendo en la pieza del frente junto a Lautaro. Pero las cosas habían cambiado, ellos habían cambiado.
No sabía si para bien o para mal, pero a final de cuentas, ya no era los mismos de hace un año atrás.

Lautaro y ella estaban acostados.
Recostada sobre su pecho, Giuliana sentía la respiración irregular de Lautaro.

— ¿Pasa algo? —preguntó ella.
— Todo bien —respondió él, dejando un suave beso en su cabeza.
Ella sonrió con los ojos cerrados.
Él no.

— Tu familia lo ama —dijo ella, casi en un susurro.
— Sí… Manu es así —dijo él, acariciándole la espalda.
— ¿Así como? —preguntó, aún recostada en su pecho, abrazándolo.
— Fácil de querer —respondió él, pero el toque fue distinto, se detuvo unos segundos.
— ¿Para vos también? —preguntó ella.

Lautaro cada vez que hablaba de Manuel, escogía las palabras con pinzas.
Lo aprendió cuando notó que todo lo que hacía el ojiverde a él le parecía fascinante. Cuando dejó todo en España y cruzó el océano para irse a vivir con aquel desconocido que le había parecido la persona más graciosa que había conocido. Cuando la sonrisa de Manuel comenzó a aparecer en sus sueños. Cuando se le quedaba mirando unos segundos más que el resto. Cuando cada toque entre ellos parecía quemarle la piel, porque Manuel tenía ese algo que era adictivo, que te envolvía, que cada vez que estaba cerca del morocho el mundo parecía ponerse en pausa.
Cuando notó que no había vuelta atrás y que su corazón latía cada vez más fuerte cuando Manuel lo llamaba por un apodo cariñoso o lo trataba como algo más. Pero sobre todo, lo aprendió cuando se dio cuenta que estaba enamorado y no podía hacer nada por cambiarlo.

— Sí —respondió.

Se separó de la chica y se acomodó en su esquina de la cama para dormir.
No dejó que ella siguiera hablando, él tampoco tenía ganas de ahondar en su relación con Manuel.
Se despidió y dejó que el sueño se apoderara de él.

Los días siguientes fueron iguales. Manuel no salía con ellos, se quedaba con la familia del rubio, incluso salían a cenar afuera mientras Lautaro y ella hacían sus propios planes.
Manuel pasaba tiempo con ellos, lo querían como a un hijo y para Manuel eran su familia también.

Giuliana todavía preguntaba dónde iba cualquier cosa.
Manuel no. El sabía donde se guardaba el café, en qué lugar iban los platos, donde se guardaban los cubiertos, que puerta se debía empujar más fuerte a la hora de abrirla, cuál era la taza que usaba Raúl y qué verduras no comía Sofía.

Y la familia también actuaba de esa forma con él.
Siempre era un:
— Manu, ¿me ayudas con esto?
— Manu, acompáñame a comprar aquí abajo.
— Manu, probá esto a ver si le falta sal.

Siempre Manu. Nunca Giuliana.
No porque fueran crueles o porque no quisieran incluirla, pero con Manuel les salía natural.

Sofía directamente no hacía ningún esfuerzo en conocer a Giuliana.
Le respondía poco, no de mala forma, pero sí era más cortante.
La chica intentaba conversar, conocerla, preguntarle por su día, pero Sofía estaba más interesada en que Manuel la acompañara a la plaza antes que responderle a la novia de su hermano.

Cada vez que Lautaro y Giuliana la invitaban a algún lado, Sofía buscaba la forma de incluir a Manuel también.

Una noche, salieron todos a recorrer unos mercados que había propuesto Raúl.
Todos se habían arreglado y habían ido en familia hasta allá.

Ya en el lugar y con el transcurso de las horas, y de los días en general, Delia comenzó a observar y a notar ciertos patrones, ciertas actitudes y comenzó a hacer una lista mental de ellas:

— Manuel siempre ve a Lautaro estando distraído.
— Manuel aparta la mirada cada vez que Yuyu se acerca a tocar a Lautaro.
— Ni hablar cuando se le acerca a besarlo, Manuel se gira y busca conversa en otro lado o finge estar en el teléfono.
— Manuel busca siempre la aprobación de Lautaro para todo.
— Manuel trata de tocar a Lautaro pero antes de hacerlo quita rápidamente la mano.
— Manuel cada vez que Lautaro y Yuyu hablan, se queda en silencio y mira el piso.
— Lautaro también mira a Manuel estando distraído.
— Lautaro intenta no besar a Yuyu si está Manuel mirándolos.
— Lautaro evita hablar de planes futuros con Manuel presente.
— Manuel intenta que Sofía hable con Giuliana.
— Manuel falla increíblemente en la tarea anterior.
— Manuel evita a toda costa hablar con Giuliana.
— Manuel está muy enamorado de Lautaro.

 

Al llegar a casa, todos se fueron a sus habitaciones. El día había sido largo, ocupado y para ser sinceros, un gran día.
Raúl dormía, Sofía también. Lautaro y Giuliana estaban en la habitación, despiertos, se escuchaban un par de risas.

Manuel, sin embargo, se quedó un tiempo más en la cocina.
Miraba el vaso de agua que tenía enfrente. Insípido, igual que lo que ahora sentía.

Delia apareció unos segundos después en la cocina.
Manuel no parecía cansado, era más tristeza.

Delia se quedó unos segundos observándolo desde la puerta de la cocina.

— ¿No podes dormir? —preguntó suavemente.
Manuel levantó la cabeza, saliendo de aquel trance en el que se encontraba mirando el vaso de agua.
— Perdón —se apresuró a decir—. ¿Hice mucho ruido?

Delia le sonrió.

— No, Manu.
Caminó hasta adentrarse en la cocina.
— ¿Querés un té? —preguntó—. Ese vaso de agua no tiene gracia.
Manuel sonrió y asintió con la cabeza. Hubo un silencio mientras ella ponía el agua a hervir y Manuel la observaba.
No era un silencio incómodo, jamás lo había sido entre ellos.

— Me re gustó la salida de hoy —dijo Manuel.
— A mí también —respondió ella mientras sacaba las tazas del mueble—. Sofía y vos pelean más que Lautaro y ella —dijo entre risas.
— Vos sabes que la adoro —dijo él, regalándole una mirada dulce.

Unas risas se escucharon desde el pasillo. Manuel inmediatamente cambió la cara.
Delia lo notó.

— ¿Te pasa algo? —preguntó ella, sentándose frente a Manuel.
— No —dijo él.
Fue una respuesta casi automática.
— Sos igual de malo que Lautaro para mentir.
Manuel soltó una risa nasal que no duró mucho.

En ese momento, Delia terminó de confirmar su lista.
Manuel estaba triste. No, más que triste. El ojiverde se hacía pedazos viendo a Lautaro y Giuliana todo el día.

Sirvió las tazas y se sentó.

— Manu… —dijo ella, poniéndole azúcar a su taza.

El ojiverde levantó la vista.

— ¿Hace cuánto tiempo estás enamorado de mi hijo?

Para Manuel, el mundo se detuvo. El aire le abandonó los pulmones y el color de la cara se le fue al cielo.
Los dedos se le tensaron y rápidamente empezó a picarle el cuerpo.

— Delia, yo…
La voz le salió rota. El rostro denotaba pánico.
Se pasó una mano por la cara y evitaba a toda costa la mirada de la mujer que tenía enfrente.
Bajo la mirada, como si aquello que la mujer había pronunciado recién le avergonzara.

— Perdón —susurró—. Te juro que intenté que no ocurriera.
Ella frunció el ceño.
— ¿Por qué me pedís perdón?
— No sé… por sentirlo, supongo —dijo, encogiéndose de hombros.

La cara, los gestos y la respuesta, le rompieron un poco el corazón a la mujer.
Manuel lo decía como si fuese algo incorrecto, algo que no debió sentir nunca y decirlo ahora era llenarse de una culpa silenciosa. Quizás cuánto tiempo llevaba cargando aquel sentimiento.

Ella dejó la cuchara a un costado y se acercó por sobre la mesa.
— Mírame.
Manuel no quería hacerlo, le avergonzaba. Pero ella le tocó la mano, llamando otra vez su atención.

— Vos no hiciste nada malo, Manu —le dijo con suavidad.
— Sí, sí hice.
— No, no hiciste.
— Él está con ella.

El silencio cayó sobre la cocina, sobre los dos.
Delia le había desnudado una verdad a Manuel. ¿Tan obvio era?

— Yo conozco a mi hijo.
Manuel sentía un nudo en el pecho. No había hablado esto con nadie, y jamás pensó en hablarlo con la madre de Lautaro. Definitivamente no estuvo nunca en sus planes.

— Lautaro te quiso mucho más de lo que vos pensas —dijo ella.
— No me digas eso ahora —respondió el ojiverde. Los ojos le brillaban.
— ¿Por qué?
— Porque ahora no sirve de nada —respondió con una risa ahogada.

La mujer le sonrió con tristeza.

— ¿Sabes cuántas veces pensé que ustedes dos iban a terminar juntos? —le preguntó ella, mientras se acercaba la taza a los labios.
Manuel la observaba, esperando una respuesta.
— Esperaba todos los días la llamada donde por fin me dijeran “Estamos juntos” —dijo, mientras le sonría a Manuel.

— Nosotros jamás hablamos de estas cosas —dijo Manuel.
— Ese es el problema —le respondió rápido.

Delia bajó la mirada antes de volver a hablar.

— Pasaron tanto tiempo esperando que el otro hablara…

Manuel sentía el pecho doler.
Los ojos cada vez le picaban más, las lágrimas amenazaban con salir en cualquier momento.

— El nunca me miró de esa forma —dijo, cabizbajo.
Ella le sonrió.
— Manuel… mi hijo te miraba hablar y era como si el resto del mundo dejara de existir —dijo ella, acariciando suavemente la mano del ojiverde.

Una lágrima cayó lentamente por su mejilla.

— Entonces ¿Por qué nunca pasó nada? —preguntó en un susurro, con ese hilo de voz que es como el último respiro.

— Porque ninguno fue lo suficientemente valiente para decirle al otro lo que sentían —ella respondía con suavidad, tratando de tranquilizar a Manuel.

Otra risa se escuchó desde la habitación de Lautaro.
Manuel cerró los ojos y más lágrimas cayeron por aquellas mejillas.

Ella suspiró, se levantó de su asiento y se sentó al lado de Manuel.

— Vení —lo envolvió en un fuerte abrazo.

Unos segundos de silencio llenaron el lugar. Solo el movimiento de los hombros de Manuel subiendo y bajando.

— Decíselo —dijo ella.
Manuel levantó la cabeza de golpe, separándose del abrazo.
— ¿Qué?
— Tenés que decirle a Lautaro lo que sentís —decía la mujer mientras le acariciaba suavemente la espalda.
Manuel largó una risa ahogada mientras se pasaba la manga del buzo por la cara, secándose las lágrimas.
— No, ni en pedo.
— ¿Por qué?
Manuel la miró, como si fuese una respuesta obvia.
— Porque tiene novia.
— Y aún así te ve con esos ojos, con los mismos que te ve desde el primer día.

Manuel sintió como le apretaban el corazón.

— No Delia, no hagas esto —musitó.
— ¿Hacer qué? —preguntó suave.
— Darme esperanza —la voz le salió quebrada.

Delia sintió una tristeza enorme por aquel chico. Verlo así, resignarse a algo que ella estaba segura que podía salir bien.

— Escúchame bien, Manu.

Él se giró para verla a la cara.

— No crea que te estoy diciendo esto porque quiero verte con mi hijo —dijo ella—. Te lo digo porque uno de ustedes tiene que ser lo suficientemente maduro para poner las cosas en la mesa y por fin decir lo que llevan meses ocultando —finalizó la mujer.

Manuel la observaba, atento a cada palabra que decía Delia.
Se quedó en silencio unos segundos. Su mirada viajó hasta aquel vaso insípido de agua. De pronto, el vaso parecía tener una pizca de color, quizás ya no era aquel vaso de agua sin gracia alguna.

— ¿Y si me equivoco? —preguntó, haciéndose chiquitito ante los ojos de Delia.

La mujer le sonrió. Manuel por primera vez parecía un niño chiquito al que había que consolar.
Ella le tomó un mechón de pelo y se lo acomodó, igual que haría con Lautaro y con Sofía.

— Empezá diciendo la verdad —dijo—. Estoy segura que todo va a salir bien.

Manuel la abrazó y ella dejó un suave beso en la cabeza del chico.
Se fue a dormir con un atisbo de esperanza en el cuerpo.

 

El momento llegó dos noches después de la conversación con Delia.

Giuliana y Lautaro estaban acostados, ella ya dormía. Habían tenido un día ocupado y cansador.

Raúl, Delia y Sofía también dormían.

Manuel estaba en la cocina, el lugar que frecuentaba para evitar estar mirando a la pareja feliz.

Se sirvió un té y salió al balcón. La brisa de la madrugada le pegaba en la cara y disfrutaba ver la ciudad a esa hora.

Lautaro llegó a la cocina a buscar un vaso de agua.
No podía dormir.

Su mirada viajó hasta aquel morocho sentado ahí afuera. Lo observó unos segundos antes de caminar hasta ahí.

Manuel estaba sentado en una de las sillas, apoyando los pies en el barandal del balcón. Sostenía una taza de té en las manos y miraba la ciudad con calma.

— ¿Qué haces despierto? —preguntó el rubio.

Manuel conocía tanto a Lautaro, que supo inmediatamente que era él quien estaba parado en el balcón, insulso antes de que hablara.

— Nada —respondió con calma.
— Mentiroso —dijo el rubio.

Manuel sonrió.
Lautaro tomó asiento a su lado.
Ambos se quedaron en silencio, pero el silencio entre ellos nunca había sido un problema, hasta hace unos meses atrás.

— Mi mamá te ama más que a mí —dijo el rubio, buscando la mirada del ojiverde.
— Sofi también —agregó Manuel.
— Traidor —dijo el rubio, sonriéndole a Manuel.
Manuel sonrió otra vez.
— ¿Y Yuyu? —se atrevió a preguntar el morocho.
— Durmiendo —respondió él, sin ánimo de hablar con Manuel del tema.

Manuel asintió y su mirada nuevamente se clavó en la ciudad.

— Lauti, ¿Puedo hacerte una pregunta? —Manuel lo miró.
Lautaro asintió.
— ¿Sos feliz? —preguntó.
— Sí… supongo —respondió rápido el rubio.

Otra vez se quedaron en silencio. Manuel supo que ese era el momento de decir la verdad, si no lo hacía ahora, no lo haría nunca.
Sintió el corazón acelerar y el cuerpo picar.

— Lauti… —lo llamó.

Lautaro levantó la vista.

— Creo que estoy enamorado —dijo Manuel. Lautaro sintió el estómago revolver—. De vos.

Lo último le salió con un hilo de voz.

Lautaro quedó boquiabierto. Pálido.
El mundo literalmente se detuvo. La ciudad dejó de tener sonido, las luces dejaron de alumbrar y el corazón de Lautaro dejó de bombear sangre.

— Creo que me enamoré de vos hace mucho tiempo —dijo, aún sin mirar a Lautaro.

Lautaro lo observaba. Vio cuando la lágrima alcanzó a tocar la mejilla de su amigo, quien rápidamente se la limpió con el brazo.

Manuel sintió vergüenza inmediatamente.
Se arrepintió de todo lo que había dicho. Aparte, el rubio no decía nada.

— Bueno ya está, eso era lo que me pasaba—dijo, ahogando una risa triste.
—Manu…
— No, Lautaro —dijo él, fijando la mirada en el rubio—. No hace falta que digas algo.

Se volvieron a quedar en silencio.

— ¿Por qué tardaste tanto? —habló al fin Lautaro.
— Lo arruiné, ¿Verdad? —preguntó Manuel.
— No arruinaste nada.
— Es una mierda decir esto ahora.
— Pero ya lo dijiste —el rubio acercó su mano hasta la de Manuel.
El morocho se sorprendió ante aquel contacto.
— Quizás yo también estoy enamorado de vos —dijo el rubio.
Tomó la mano del ojiverde y entrelazó sus dedos.
— ¿Qué…? —la pregunta se le escapó de la mente.
— Sos un idiota, Manuel —dijo el rubio, sonriéndole.

Manuel lo miraba extrañado. Todavía no procesaba que Lautaro había entrelazado sus manos sabiendo que hace meses, tocarse parecía un infierno.

— ¿Sabes cuánto tiempo esperé que vos me dijeras esto?
Manuel se tocó la pierna, pensando seriamente si aquello que estaba escuchando y viendo era real y no producto de alguna de sus pesadillas.
— Lauti…
— No, déjame hablar a mí ahora —dijo—. Antes que me arrepienta.

Manuel lo observó y Lautaro tomó aire para hablar.

— Me enamoré de vos cuando aún vivía aquí, Manuel —admitió—. Cuando no tenía idea que mierda me pasaba por la cabeza en irme a vivir con alguien que había conocido por internet.

Manuel le sonrió con tristeza. Le gustaría volver a aquellos días y hacer las cosas bien desde el momento uno.

— Cuando me fui pensé que se me iba a pasar —dijo—. Pero fue peor.
Manuel bajó la mirada. No podía creer lo que escuchaba.
— Y cuando empecé a salir con ella —Lautaro le acarició los nudillos a Manuel—. En el fondo, sabía que no iba a durar mucho.

Manuel levantó la vista.
— ¿Por qué? —preguntó.
— Porque al final del día, sigo eligiéndote a vos —Lautaro le sonrió, triste—. Porque sos en la última persona que pienso antes de dormir, y sos la primera en la que pienso cuando me despierto.

Manuel dejó que otra lágrima bajara hasta su barbilla.
— ¿Por qué nunca me dijiste nada? —preguntó el ojiverde.
— Vos nunca dijiste nada tampoco.
— Yo pensé que me veías como un amigo.
— Un amigo no se pone así de insoportable cuando salís con alguien más —dijo el rubio.
— ¡Yo sabía que te ponías celoso! —dijo, con la primera sonrisa sincera de la noche.
— ¡Y si era obvio, flaco! —respondió el rubio.

Manuel lo miró y le acarició suavemente la mano.

— Somos un par de pelotudos —dijo Manuel, entre pequeñas risas.
— Bastante —respondió Lautaro.

La sonrisa de Manuel poco a poco se fue apagando.
— ¿Qué haremos ahora? —preguntó, más para el rubio que para él.
— Elegirte —dijo—. Elegirnos.

Manuel dejó de respirar unos segundos.
Lautaro se le acercó un poco más, quedando frente a frente.
— Creo que hace mucho tiempo no dejo de elegirte a vos —respondió, apoyando su frente contra la de Manuel.

Manuel sintió que la presión del pecho y la picazón del cuerpo lentamente comenzaban a disminuir, hasta casi desaparecer.

— Lauti… —dijo Manuel, casi sobre los labios del rubio.
— Cállate —respondió el rubio.

Lautaro dejó atrás el silencio, los celos disfrazados de enojo, y lo principal es que dejó atrás el miedo.

Finalmente lo besó.