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what if i told you i'm a mastermind? and now you're mine

Summary:

Manuel le pide ayuda a su amiga Marti Benza, para que distraiga a la novia de su amigo un rato.

Notes:

jaja hola bueno esta es mi primera vez escribiendo o sea yo ya escribia desde antes peroo
fuera de joda es la primera vez q escribo algo así, si les gusta comentenme y si no manejense q se yo. me gustó escribir y se me ocurrió otro fic asi q se vienen cositas mi gente
no está inspirado 100% en mastermind pero bueno depende como lo veas ahre

 

pd: esto es para las baiteras medio raro q dedique esta degeneradez pero bueno las amo

Work Text:

Manuel estaba cansado.

No sabía qué más hacer. Hasta inventó que estaba saliendo con una chica para ver cómo reaccionaba Lautaro. Les había contado a sus amigos que hace unos meses había conocido a una tal Flor en un boliche y desde ahí empezaron a verse más seguido. De seguro había estado con alguna chica con ese nombre, pero estaba lejos de ponerse de novio. Pero claro, como pretendía que reaccione su amigo si él estaba de novio. Lautaro le había palmeado tres veces la espalda al mismo tiempo que le decía “Que bueno amigo, metele así hacemos cita doble”.

Antes muerto que ver a Lautaro sonriendo y besando a otra persona –que no fuera él–.

Manuel estaba cansado y recién eran las diez de la noche, lo que indicaba que en una hora iban a empezar a llegar los invitados a la previa que había organizado Balza para salir a festejar su cumpleaños, y que, por supuesto, había aceptado hacer en la casa de ellos.

Le había rezado a todos los dioses para que la novia de Lautaro no pueda ir, por lo menos a la previa, no tenía ganas de verla desde tan temprano. Había algo en ella que todavía no le terminaba de cerrar, no le caía del todo bien. No sabe por qué, seguramente sea porque está con el chico que a él le gustaba; el chico que hacía que se desvele hasta altas horas de la noche; el chico que le había traído problemas hasta para coger con otras mujeres, porque sí, una vez no se le había parado y se dio cuenta que si pensaba en su amigo se erectaba al segundo. Desde ese día supo que esto no era algo tan simple como algo de una noche y listo.

Desde ese día, algo le hizo click en la cabeza y se dió cuenta que estaba enamorado de Lautaro.

 

Siempre negó esa fama que le habían hecho de cogerse a minas que están de novias, porque era verdad, nunca había estado con una chica que tenga novio. Pero siempre había una primera vez para todo, y ahora, le había subido una corriente de adrenalina que hizo que, a partir de ahora, la noche tomara otro rumbo, tenía un objetivo. Pero no era besar a cualquier chica con novio, porque principalmente no era una chica. Era un chico. Y ese chico era Lautaro. Quería besarlo, y lo iba a intentar. De alguna manera lo iba a lograr.

Ahora estaban a unos metros de distancia, Moski estaba hablando con algunos amigos, tenía una botella de cerveza en la mano y notaba que tenía los cachetes levemente rosados, probablemente porque ya estaba un poco en pedo. Manuel había decido no tomar, porque no tenía muchas ganas y porque a él le tocó ser el conductor designado.

Comenzó a dirigirse hacia donde estaba el rubio, no sabe para qué, sus piernas actuaron antes que su cerebro, pero quedó a medio camino, porque fue interceptado por Marti junto a sus amigos, que recién habían llegado y lo querían saludar. Charlo un rato con ellos y cuando quiso retomar su camino, el lugar donde estaba parado su amigo estaba vacío. Lo buscó con sus ojos y medio segundo después lo había encontrado, tenía su celular en la oreja y una sonrisa de oreja a oreja, lo analizó un poco más y aún sin escuchar ni ver a quien le hablaba ya lo había notado, debía ser Giuliana. Corrió los ojos de él, se dió media vuelta y siguió su camino, pero para el lado contrario.

 

Hacía dos horas habían llegado al boliche, Manuel estaba más cansado que antes. Miraba la mesa del VIP desde lejos, porque Moski y su novia estuvieron toda la noche ahí, juntos, no se soltaban para nada, parecían estar pegados con pegamento. Porque sí, habían arreglado para encontrarse adentro, apenas llegaron al boliche, Moski se fue. Cuando Manuel lo volvió a ver, ya estaba con ella.

No sabía si iba a aguantar más, así que tenía que distraer a Giuliana, o quizás podía crear algún rumor de que lo cago o algo por el estilo. A veces se sorprendía por lo psicótica que podía sonar su mente. Por suerte sólo él tenía acceso, nadie más se iba a enterar.

Lautaro por fin se separó de su novia, parecía que se iba al baño, no estaba seguro. Como por arte de magia, o porque los dioses o quien mierda estuviera ahí arriba por fin se ponían de su lado, apareció Martina en su campo de visión, pero le estaba dando la espalda a Manuel. Observó un poco más y se dio cuenta que a quien miraba, muy detenidamente, era a Giuliana. Perfecto. Su cabeza comenzó a funcionar más rápido de lo normal. Ahí está. Tenía enfrente suyo el peón que necesitaba para lograr su objetivo. Lo tenía que aprovechar ya.

Manuel no esperó ni un segundo más y se acercó a Marti.

— ¿A quién te querés levantar ahora?.

— ¿Qué? ¿Yo? No, para nada, a nadie. — Estaba claramente en pedo, se le resbalaban las palabras y hablaba muy rápido.

— Que lástima, tenía una propuesta para vos, pero veo que no estás interesada en nadie así que no te cuento nada. — Le dijo mientras le sonreía. Que loco que estaba por Dios. Que manipulador de mierda. En su defensa, Lautaro lo ponía así, nunca se había comportado así con nadie más.

Lautaro lo volvía loco.

Marti se rió y lo miro — A ver querido, habla.

— Capaz es medio raro esto, pero necesito que me hagas un favor. — Martina asintió pero había puesto una cara de confusión. Siguió hablando. — ¿Viste a la chica que está allá? La rubia, alta. Necesito que te la chamuyes un poco.

— ¿Qué carajo tramas Manuel?

— Menos averigua y Dios perdona. — Marti largó una carcajada y miró, con una cara que reflejaba más un no que un sí. — Por favor Mar, por favor. Otro día te cuento.

— ¿Y si me la termino chapando?.

— Ganamos los dos. — Dijo y le guiño un ojo.

Martina se dio vuelta, notaba como dudaba. Se estaba por ir para el lado contrario de donde estaba parada Giuliana pero se frenó. — Espero que sea por una buena causa. — Y comenzó a caminar hacia donde estaba la rubia.

Manuel se quedó quieto en el lugar persiguiendo con sus ojos a su amiga. Lautaro no había vuelto todavía y Giuliana estaba con su celular, moviéndose levemente de un lado para otro.

Martina llegó junto a ella y se puso a hablar al segundo. Hubo un cambio muy notorio en los movimientos que hacía, primero se acercó de forma más amistosa, después su mirada cambió y su mano comenzaba a tocar de más. La novia de Lautaro no se movía ni un poco, ahora el tema es si Manuel le contaba a su amigo lo que vio ¿le iba a creer? ¿Y si las grababa? Para asegurarse que le crea, obviamente, pero quedaba bastante psicópata. O podía sacar una foto, era igual de psicópata, pero un poquito menos, eso quería creer el.

Pasó todo muy rápido. Bajó la vista a su bolsillo para agarrar su celular y cuando volvió su vista hacia las dos chicas la imagen era terrible – para Lautaro, para Manuel no, era lo que buscaba –. Las dos chicas estaban besándose, como si no existiera nadie más a su alrededor.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero para él fue una eternidad. ¿Cuánto más iba a tardar Lautaro? Tenía que llegar para ver esto. Y si se separaban antes iba a tener que…Sus pensamientos quedaron a la mitad, porque una cabellera rubia de pelo corto lo distrajo. Era Lautaro. Estaba volviendo con su novia.

Manuel se quedó quieto, mirando, sin saber qué hacer. Y lo siguiente que pasó lo vio en cámara lenta, como si estuviese adentro de una película.

Lautaro apresuró su paso, supuso que pudo distinguir a su novia de lejos. Cuando estuvo a su lado las separó y la miró detenidamente. No llegaba a escuchar, pero veía los gestos bruscos que hacía Lautaro con sus manos y su cara estaba roja, con las cejas fruncidas. Giuliana lo quería agarrar pero no podía. El rubio le dijo algo más, se giró y caminó hacia la salida.

Y ahora es cuando entraba Manuel.

Sin pensarlo mucho, empezó a caminar –casi que trotar– para el mismo lado donde vio que se fue Lautaro. En el camino no se lo encontró, así que supuso que ya había salido.

El viento helado chocó contra su cuerpo, se abrochó la campera y empezó a buscarlo. Caminó hasta la vereda del boliche y encontró al rubio paseaba de lado a lado, con una mano miraba algo en su celular y con la otra se agarraba la cabeza, despeinandose en el proceso.

Se acercó lentamente, decidió hacerse el boludo y fingir que no había visto nada así que preguntó. — Amigo, ¿qué onda? ¿Ya te vas?

— No me jodas ahora Manuel por favor, ahora no.

— Pará boludo, ¿qué te pasa? Te estoy preguntando bien.

— Perdón Manu. Estoy en otra. Me quiero ir a casa. — No lo miró en ningún momento, tenía la vista fija en el celular, supuso que estaba pidiendo un Uber. Su voz sonaba rara, con un tono enojado y triste a la vez.

— Vamos en mi auto, yo te llevo.

Recién ahí Moski levantó la cabeza y lo miró. Tenía los ojos brillosos, como si estuviera aguantando el llanto. Parpadeo un par de veces, como si se estuviera ubicando en tiempo y espacio y ese brillo se fue, pareció que se había acordado de lo que vio hace unos minutos. Ahora había pasado a la furia instantánea.

— ¿Qué? No, quedate. No pasa nada. Ya me pedí un uber.

— Cancelalo. No seas caprichoso, volvemos juntos. Ya me estaba aburriendo.

— Posta Manu me…

— Lautaro. — Manuel se estaba impacientando. Le estaba arruinando el plan. El rubio parecía querer huir a toda costa. — Vamos.

Lautaro asintió. Canceló el viaje y empezaron a caminar juntos hacia el auto del mayor.

Los primeros diez minutos en el auto fueron en silencio. Solo se escuchaba la música baja que había puesto Manuel. No sabía qué decir ni qué hacer. No se arrepentía de nada, pero tenía que pensar bien sus próximos movimientos.

Tamborileaba sus dedos alrededor del volante al ritmo de la música mientras pensaba cómo preguntarle a Lautaro que era lo que había pasado – aunque ya lo sabía –. Parecía que le había leído la mente porque el rubio empezó a hablar.

— Giuliana… — dijo y soltó una pequeña risa, como si se estuviera riendo para no llorar. — La vi chapandose a una piba. —

— ¿Qué? Gordo, me estás jodiendo — Que bien que le salía mentir. Se iba a ir al infierno, pero si se iba por lo menos era por una buena causa.

— Te juro, me fui un segundo al baño y cuando volví… nada, vi eso.

— ¿No viste quien era?.

— No, no le di bola. No supe cómo reaccionar. No sé ni qué le dije.

— Bueno gordo, mejor. — Lautaro lo miró y se rió

— ¿Qué decis flaco?

— ¿Qué? Había algo de ella que no me terminaba de cerrar. —. El rubio se mordió el labio con fastidio, tratando de ocultar la sonrisa.

— Dejá de mentir, eso es porque a vos no te gusta compartir.

— ¿Compartir qué?

— A mi.

Manuel se quedó unos segundos callado, lo descolocó que haya respondido eso. Obvio que no lo quería compartir. Pero si él nunca había intentado nada para que su amigo fuera sólo suyo, no podía quejarse.

Frenó en un semáforo que estaba en rojo y giró su cuerpo hacia su amigo.

— ¿Seguis en pedo Lauti?

— Y, si. Bastante. Ni ver a mi novia comiéndole la boca a una mina me bajó el pedo que tengo.

— No vomites por favor, en cinco llegamos. — Dijo mientras le apoyaba la mano en la pierna y la apretaba levemente. Lautaro dejó su vista sobre su mano. No pudo evitar pensar que el morocho de verdad tenía las manos más grandes que las de él. De repente tuvo el impulso de apoyarla arriba de la de él, para ver cuánta diferencia había. Antes de que pudiera hacerlo, Manuel sacó su mano y la posicionó otra vez en el volante. El semáforo ya había cortado.

 

Entraron a la casa y Lautaro fue en dirección a la cocina. Manuel dejó las llaves del auto y de la casa y lo siguió. Lo vio tomar una botella de agua entera sin parar. Cuando terminó caminó como pudo hasta las escaleras.

— Moski te vas a caer, anda por el ascensor.

— Ni en pedo me subo, vomito todo.

— Si querías que te ayude a subir me lo podías pedir, sabes que hago todo lo que vos quieras. — Manuel se acercó rápidamente, quedó de frente a Lautaro, unos pocos centímetros los separaban. Lautaro se fue un poco para atrás por inercia.

— Que decis tarado, yo puedo solo. — A Manuel no le importó y le apoyó una mano en la cintura. No era necesario en realidad, pero tenía que aprovechar. Lo apretó suavemente, como indicando que empiece a subir. Lautaro giró un poco y empezó a subir las escaleras con Manuel atrás.

Una vez arriba, Manuel no lo soltó hasta llegar a la puerta de la habitación del rubio. En ese corto, pero lento trayecto, porque al estar en pedo Lautaro tardaba el doble, Manuel debatía consigo mismo cuál sería el siguiente paso. ¿Si le pedía dormir con él? ¿Era mucho?

El morocho abrió la puerta y se quedó mirando como su amigo dejaba su celular en la mesita de luz y empezaba a sacarse la ropa, para quedar en boxers, y se ponía una remera vieja. Intentó, jura que intentó, no mirarle el culo a Lautaro, pero fue muy difícil. Y tampoco se iba a hacer el boludo, no era la primera ni la última vez que lo iba a hacer. Sacudió la cabeza para sacar esos pensamientos de la cabeza.

— Bueno gordo, me voy a cambiar y boludear un rato. — No quería sonar tan desesperado, quería ver si su amigo intentaba o le decía algo él. Y funcionó.

— No te vayas. — Había dado un paso atrás y cuando lo escuchó hablar se quedó quieto en el lugar. — Dormí conmigo, aunque sea hoy.

Manuel hizo su mayor esfuerzo para no sonreír, estaba cada vez más cerca de su objetivo. — Bueno dale, me cambio y vuelvo. — Mentiría si dijera que no se sentía nervioso. Tenía el corazón a mil por hora. Que tipo pelotudo mira como lo ponía un rubio enano y culón.

— Dormí así, no me molesta. — Lamentablemente estaba a punto de perder completamente la cordura. Le pareció notar un leve desespero en la voz de Lautaro.

Seguía parado en la puerta así que se apresuró para llegar al borde de la cama y comenzó a desvestirse. Se quedó en remera y comenzó a desabrocharse el cinturón, luego el botón y el cierre. Mientras se bajaba los pantalones miró descaradamente a Lautaro, lo estaba mirando también, pero corrió rápidamente la vista al otro lado de la habitación. Se sentó en la cama para sacarse mejor los pantalones. Antes de tirar al piso esa última prenda, agarró su celular del bolsillo y lo apoyó en la mesita de luz.

Habían quedado en igualdad de condiciones, una remera y ropa interior. Deseo con todas sus fuerzas que en unos minutos no existan más dichas prendas. Si esta noche no lograba que sus labios toquen los de su amigo, iba a haber planeado todo en vano. Y capaz en el camino había roto una relación, pero bueno qué podía hacer. Cosas del oficio.

Moski se había corrido hacia un lado, dejándole el otro completamente libre para él. Notó que había puesto una almohada entre ellos, como una especie de pared. Manuel sonrió, ni el muro más grande podía frenarlo.

— ¿Por qué pones esto? ¿Te doy miedo?. — Dijo mientras se acostaba y se apoyaba de costado sobre su brazo porque sino no podía verlo.

Lautaro no respondió, su vista seguía en el techo y sus manos sobre su panza, tapado hasta la cintura.

— Si no me decis nada voy a tomarlo como que si me tenés miedo. O te da miedo que haga algo, ¿es eso?.

Del otro lado hubo la misma quietud y silencio que antes.

En un movimiento rápido, Manuel sacó la almohada, la tiró al piso y se pegó más al cuerpo del Lautaro. — Lauti, mirame. — El rubio dudó un segundo, pero giró su cabeza y lo miró a los ojos.

Lautaro nunca había visto los ojos de Manuel como los tenía ahora, estaban oscuros, tan oscuros que el verde no se llegaba a notar, ni siquiera sabía que era posible que cambien tanto los ojos de una persona.

Esa mirada mostraba una sola cosa, deseo puro.

— Dame un beso Lauti. Olvidate de Giuliana un rato y dame un beso.

Lautaro suspiró. — Si te doy uno, no voy a poder parar. — Manuel se acercó más, estaban a muy pocos centímetros, ya sentía como sus respiraciones se mezclaban.

Antes de responderle, Manuel se acomodó mejor. Estaba apoyado sobre uno de sus codos al lado de la cabeza del rubio, del otro lado apoyó su mano. Moski seguía en la misma posición. — Entonces no pares.

No quería ser él el que diera este paso, porque por más que había ideado todo el plan, quería que su amigo esté de acuerdo, así que esperó su respuesta.

La verdad era que Lautaro ya estaba entregado, su novia ya lo había cagado y él la había visto, no se había confundido. Por más que la quiera, no la iba a perdonar. Así que un beso con su amigo no era infidelidad ¿no?.

Sintió que pasó una eternidad así que subió sus manos a la cara de Manuel y lo acercó, lentamente, para por fin unir sus labios.

Al principio fue suave, lento. A Lautaro nunca lo habían besado de esta forma, transmitiendo tanto amor. Trataba de controlar su respiración para no parecer un pre adolescente dando su primer beso.

Se animó a dar el siguiente paso. Abrió más su boca, permitiendo que la lengua de Manuel ingrese y se junte con la suya. En ese momento Lautaro soltó un jadeo. Sentía que estaba tocando el cielo con las manos, y el beso recién había empezado.

Manuel estaba loco, no podía creer que estaba dándole un beso. Sus labios carnosos se paseaban por los de Lautaro como si lo hiciera hace una vida entera, encajaban perfectamente, como nunca antes lo habían hecho con alguna otra chica con la que hubiese estado. Se atrevió a morderle el labio de abajo y cuando notó que Lautaro sonreía, supo que no iba a parar de hacerlo nunca.

Había dejado que el menor llevara el ritmo del beso, pero llegó un punto que Manuel quería más. Empezó a acelerar los besos, pasó sus manos por su cara y pelo rubio. No podía parar de tocarlo. También se dió cuenta que no estaba pudiendo respirar.

A Lautaro le daba vueltas la cabeza, no sabía si era por el alcohol que tomó, por el perfume que sentía al estar tan cerca del mayor o porque Manuel no lo dejaba respirar por el desespero que tenía para seguir mezclando sus lenguas y la saliva que soltaban.

Se separaron unos segundos y abrieron los ojos lentamente, como si tuvieran miedo de que al abrirlos el hechizo se fuera a romper. Se sonrieron mutuamente. Lautaro estaba hermoso con los labios hinchados y el pelo desordenado. No había forma de que esto termine acá.

Manuel se abalanzó contra sus labios nuevamente, logrando que el rubio suelte un gemido más alto. Una de sus manos empezó a bajar, le recorrió el pecho y la panza y terminó posándose en la cadera del rubio. Moski aprovechó y agarró con sus dos manos el pelo negro y tiró suavemente. Eso provocó que a Manuel se le escape un pequeño jadeo.

— No hagas eso si no vas a avanzar más. — le advirtió Manuel, mientras le dejaba pequeños besos en toda la cara.

— ¿Por qué das por hecho que no voy a avanzar?.

— No se, capaz cagoneabas y te bajabas ahora. — Había parado de besarlo y lo miraba rogándole que le dijera que aceptara seguir.

— Podés dejar de hablar y darme un beso. — Lautaro trató de acercarlo.

— Me encanta que me pidas besos. Pedime todo lo que quieras, mi amor, que yo te lo doy.

Los besos iban subiendo cada vez más la intensidad. Cada vez les faltaba el aire más rápido, así que Manuel se separó para bajar a su cuello y depositar suaves besos mientras recorría su cuerpo con sus manos.

Lautaro lo único que le salía hacer era tironearlo del pelo y después pasar sus manos por la espalda del mayor, estaba perdido, en un limbo. Se sentía volar y su cuerpo se desesperaba cada vez más. — Manu. No se que hacer.

— Sacate la remera, lindo. — Se apoyó sobre sus rodillas, así le dejaba espacio mientras lo ayudaba a sacarse la remera. El rubio había quedado en boxers nada más. — No podés tener este cuerpo Lauti, me volvés loco.

Lautaro se tapó la cara y al segundo sus cachetes se volvieron rojos como un tomate. — No digas eso tarado.

—Es la verdad. No sabes hace cuanto estoy esperando esto. Nunca en tu vida vas a pasarla igual de bien que conmigo. — Bajó sus manos hasta llegar al culo gordo de Lautaro, lo apretó tanto que el rubio soltó un quejido, pero no le importó porque siguió manoseandolo como si fuera lo último que iba a tocar en su vida. Porque si le decían que mañana se moría, iba a pasar sus últimas horas así, como está ahora, besando y tocando al rubio más hermoso que conoció en toda su vida.

No podía dejar quietas sus manos, las paseaba por todo el cuerpo del rubio disfrutando su piel suave, pálida, pulcra.

Antes de volver a besarlo, Manuel se sacó la remera. Moski miró su cuerpo deteniéndose en cada tatuaje, cuando llegó a la mariposa que tiene en el pecho, el rubio la delineó con sus dedos para después acercar su boca y dejar suaves besos sobre la piel llena de tinta.

Manuel lo agarró de la cara, y lo subió para unir sus labios. El beso fue corto, abandonó rápido sus labios para ir a su cuello y clavículas. Esta vez fue bajando cada vez más y en el camino dejó un rastro de su saliva y pequeñas marcas. No quería marcarlo tanto, – por ahora –.

Cuando llegó al elástico de su ropa interior, lo agarró con sus dientes, lo levantó unos centímetros y lo soltó, logrando que se escuche un leve quejido de Lautaro.

— ¿Me dejas?

Antes de que Lautaro pueda responder, su celular empezó a vibrar en la mesita de luz. Ambos sabían quién era, se lo podían imaginar. Lautaro agarró su celular y cortó la llamada, pero no lo soltó, estaba viendo los mensajes que le había dejado Giuliana.

— ¿Qué quiere la pesada de tu novia?. — Manuel había subido un poco a su panza y pasaba su nariz sobre ella.

— Hablar. Y explicarme lo que vi.

— Decile que no joda, estamos ocupados. — Le dijo mientras seguía recorriendo su panza, dejando besos por cada rincón que pasaba.

Lautaro abrió el chat con Giuliana, toco el botón para abrir la cámara. Puso su mano sobre la cabeza de Manuel, tirando un poco del pelo. Salió el disparo con flash incluido. En la foto no se veía la cara de Manuel porque la había sacado desde arriba, pero se notaba que no era una chica con la que estaba. No se fijó, pero capaz se veía algún tatuaje del morocho. Le envío la foto y junto a eso agregó “ahora no puedo, estoy ocupado”.

— ¿Qué haces gordo?

— Nada, le dije eso, que estaba ocupado. — Le dijo mientras despeinaba un poco al más alto.

— Ah estás igual de loco que yo. — Manuel le sonrió y esta vez sí se encargó de succionar y dejarle un chupón en la cadera, arriba del elástico del boxer, como si fuera un tatuaje.

— Dale Manuel, chupamela de una vez.

— No te desesperes trolita, que tenemos para rato.

De igual manera le hizo caso y procedió a bajar lentamente su ropa interior mientras Lautaro levantaba un poco el culo para que pueda sacarlo mejor. Su pija salió disparada una vez que quedó descubierta. Manuel trazó un camino de besos por la parte de adentro de sus muslos, en uno de ellos se tomó todo el tiempo del mundo para morderlo y dejar una gran marca morada acompañada de su saliva.

Subió hasta su miembro, primero lo tomó con su mano, lo rodeaba por completo y Lautaro supo que iba a tener que pensar en otra cosa ya mismo porque no iba a aguantar nada. Bombeo un par de veces mientras Moski arqueaba levemente la espalda, buscando más contacto.

El pelinegro lo agarró con fuerza de las caderas y lo empujó contra el colchón — Quedate quieta putita, ya voy a hacer lo que queres.

Manuel se encargó de bombear un poco más hasta que alineó su boca con el pene del menor y se lo metió entero.

Lautaro sintió como explotaba algo dentro suyo en cuanto sintió los labios de Manuel alrededor de su pija. No podía respirar bien, lo único que le salían eran gemidos cortos y rotos. Seguía intentando moverse pero la fuerza que tenía Manuel era mucho mayor y lo único que logró es que las grandes manos de su amigo le dejaran marcados sus dedos.

Subía y bajaba con una lentitud tortuosa, después la volvió a agarrar y chupo la punta como si fuese un chupetín para volver a introducirla en su boca.

Lamió el tronco de la manera más obscena posible, dejando baba por toda su longitud. Manuel aflojó el agarre y Moski cerró rápidamente sus piernas al rededor del morocho. El mayor suspiró sobre su pija y abrió de par en par sus piernas mientras seguía chupándolo.

— Manuel… Manu… no puedo más — Moski gimoteaba mientras agarraba la cabeza del mayor con sus dos manos y tironeaba cada vez más fuerte de su pelo.

Manuel sacó el pene, tenía rastros de saliva y líquido preseminal en su boca — Acaba bebote, acaba para mi. — Se volvió a meter la pija en su boca y comenzó a chupar más rápido.

Era lo único que le faltaba a Lautaro para dejar escapar un último aliento y llenar la boca de Manuel con su semen. No podía creer lo poco que había durado, hace mucho tiempo no se sentía así. Sintió cómo su cuerpo se relajaba al instante pero no se sentía satisfecho, quería más.

Bajó la vista y vio cómo Manuel se limpiaba la comisura de sus labios con sus dedos y los metía en su boca, sacándolos limpios.

Lautaro estaba tratando de recuperar la respiración cuando sintió como la lengua de Manuel recorría su piel desde la pelvis hasta su cuello y en este dejaba suaves besos. Cuando estuvieron a la misma altura, Moski dijo — Es injusto esto.

— ¿Qué cosa? ¿Que no aguantaste nada? — Dijo mientras apretaba el culo pomposo de Lautaro y le dejaba besos en los cachetes, nariz, frente y volvía otra vez a sus labios.

— Que vos sigas con ropa. — Manuel lo miró y vio cómo sus ojos se oscurecían del todo.

— ¿Me la querés ver bebote?.

Lautaro acarició su espalda, bajó hasta las caderas del más alto y agarró el elástico del boxer. — Quiero todo.

— ¿Todo?

Lautaro asintió, no podía hablar. Sus manos se unieron mientras ambos bajaban la ropa interior y la tiraban al costado de la cama. Manuel quedó arrodillado en la cama.

Sus ojos se posaron en la pija de Manuel, su respiración se cortó. Había una gran diferencia entre sus miembros, el de Manuel era notablemente más grande y grueso y por la falta de atención estaba hinchado, con líquido preseminal en la punta.

— Se te cae la baba, bebote. — Manuel lo miró con una sonrisa cínica. Puso sus manos en su propia cadera mientras se balanceaba de un lado a otro logrando que su pija se mueva. — Vení, chupamela un ratito.

Lautaro se levantó en un segundo y gateó hasta donde estaba Manuel. Si se arrodillaba le quedaba incómodo así que se sentó. — No… nunca hice esto Manu. — levantó la cabeza y sus miradas se conectaron.

Manuel le pasó su mano por la cara y luego subió a su pelo, masajeandolo. — No pasa nada bebé, vos chupa, yo te guio. — se agarró la base de la pija y subió. Pasó sus dedos por la punta y esparció el líquido por toda su longitud. Lautaro miraba encantado. — Abrí esa boquita hermosa que tenés mi amor.

Y Lautaro cumplió, abrió la boca y sacó un poco la lengua. Manuel apoyó la punta y la soltó. El rubio cerró la los labios alrededor de la pija y comenzó a hacerla ingresar lentamente. — Despacio, no te va a entrar toda de una. No te apures bebé.

Se la metió hasta la mitad, quería intentar más pero le daba miedo que le dieran arcadas así que subió su mano a la base, que era lo que quedaba libre, y empezó a moverla mientras él salía y entraba con su boca.

— Así, mi amor, seguí así. — le hablaba con mucha delicadeza, despacio.

Manuel tiró la cabeza para atrás. Verlo en esa posición, con su pija en la boca lo estaba volviendo loco.

Moski, al saber que lo estaba haciendo bien, aceleró sus movimientos. Para tener mejor estabilidad se agarró del muslo de Manuel, la otra seguía bombeando. Trataba de imitar lo que a él le gustaba que le hicieran. Ahueco sus mejillas alrededor de Manuel y siguió entrando y saliendo.

Manuel tuvo que pensar en todo lo malo que le había pasado en su vida para no venirse en ese momento. — Por dios Lautaro, ¿no era que no sabías? Aprendes rápido, lo llevas en la sangre. — El rubio iba a seguir pero Manuel se la sacó de la boca abruptamente, haciendo que suene un “plop”.

Lautaro lo miró desde abajo, le caía saliva y el líquido que largaba la pija por los costados de la boca. Manuel le pasó un dedo por los labios, limpiandolo, y se los metió en la boca del contrario.

— ¿Qué pasa Manu? ¿Te hice doler?. — Sus labios hinchados y ojos gigantes y oscuros. Manuel se había muerto y ya estaba en el cielo, era eso, sino, no se explicaba semejante ángel que tenía frente a él.

Manuel lo agarró de la cara suavemente y acarició su mejilla. — No bebe, pero si seguís así, te voy a llenar la boca de leche y no quiero. — Se inclinó y le dió un beso. A Lautaro le sonó muy tentador, si había una próxima vez, le iba a pedir exactamente eso. — Acostate dale.

Manuel volvió a posicionarse encima de él, con una mirada hambrienta. Toda la dulzura que le transmitió recién se había esfumado.

Se sostuvo con sus codos al lado de la cabeza de Moski y empezó a refregarse contra su pija. Se movía de arriba a abajo. Sus oídos eran deleitados por la sinfónica que Lautaro estaba haciendo soltando gemido tras gemido. Manuel agarró el miembro de Lautaro y lo bombeo un par de veces más para que se vuelva a erectar. — Dale putita, que esto no termina acá.

Lejos de causarle asco esa manera denigrante de llamarlo, volvió a sentir como una electricidad recorría su cuerpo y terminaba en su pelvis. Segundos después ya tenía la pija dura otra vez. Ni siquiera pudo recuperarse bien del primer orgasmo, pero no pensaba frenar ahora, después tendría todo el tiempo del mundo para descansar.

Se volvieron a besar. Ya era cualquier cosa, se chocaban los dientes de vez en cuando por el desespero que tenían ambos. Manuel soltó el pene del menor y se separó de los labios de Lautaro, dejando un hilo de saliva. Llevó su mano a uno de sus pezones, mientras lo pellizcaba, bajó al otro y lo succionó logrando que Lautaro se removiera debajo de su cuerpo.

— Manu. Por favor…

— ¿Qué querés bebé? — dijo mientras besaba sus labios, mordía su labio inferior, lo succionaba, lo soltaba y repetía el proceso.

— Cogeme Manuel, por favor.

— Segui rogando que me encanta, bebote. — Manuel movió su mano hacia la boca de Lautaro, apoyó dos dedos en sus labios, — abrí la boca putita, que te voy a dar lo que queres.

Lautaro chupo los dedos con gusto, dejando la saliva que creía necesaria. Manuel se los sacó abruptamente. — Si te duele avisame ¿sabes bebé?

— Por dios, dale Manuel.

El morocho se rió y acercó sus dedos a la entrada del menor. Primero metió un dedo para tantear, lo sentía muy apretado — Relajate mi amor, respira. — Vió como Lautaro inhalaba y exhalaba, así que se atrevió a mover un poco más su dedo. El rubio estaba clavando sus uñas en los brazos de Manuel, tratando de no gritar.

— Otro Manu… — Le hizo caso al segundo e ingresó otro dígito más. Los movía un poco más rápido pero no entraban enteros, no quería agobiarlo. Comenzó a moverlos arriba y abajo, como una tijera. Ambos soltaron un jadeo.

Lautaro rasguñaba la espalda del mayor y a su vez movía sus caderas al compás de los movimientos que hacía Manuel con sus dedos para sentirlos más. Logró por fin, que los dígitos lleguen hasta el fondo y con esto hizo que toquen su punto dulce. Moski se mordió los labios con fuerza. — Dale Manu, ya estoy.

— ¿Seguro? — Moski asintió. Retiro sus dedos con cuidado, al instante Lautaro sintió un vacío, pero sabía que venía la mejor parte.

Manuel buscó una almohada y la puso debajo del más bajo, para poder entrar mejor y que esté más cómodo. Se iba a alejar del rubio a agarrar del cajón un preservativo pero Lautaro lo tomó del brazo y lo frenó.

— No te pongas nada, te quiero sentir. — Efectivamente Manuel había caído en la locura extrema. No se iba a poder recuperar después de esto. Tenía que hacer que el rubio sea suyo para siempre, que nadie más lo toque.

Acercó su mano a la boca del rubio y la ahueco. — Escupí bebé.

Lautaro no dudo un segundo y lleno de saliva su mano, vio como Manuel se la espacia por su pija. Se sostuvo con los codos alrededor de él y se abalanzó a sus labios otra vez. — Si te duele avisame y paro, ¿si?.

— Manuel dale, que larga la haces. — no aguantaba un segundo más sin sentirlo adentro.

— Ésta es larga putita, y la vas a sentir toda adentro. — le susurró en su oreja. Manuel separó las piernas del rubio, tomó su pija y la alineó contra su entrada. Primero la refrego mientras veía como Lautaro respiraba fuerte y dejaba escapar algunos jadeos.

Manuel, como dijo muchas veces, tenía un objetivo en la vida, y era cumplir todos los caprichos que tenía Lautaro, así que no lo hizo esperar más y enterró su pija hasta la mitad para que el menor se pueda acostumbrar. — Mi amor, estás muy apretado. — Le dijo dejando pequeños besos en su boca, tragándose el gemido lastimoso que se le escapó a Lautaro.

El rubio hizo un gesto de dolor puro, era algo nuevo, nunca había experimentado esto. Pero no le disgustaba. De hecho le encantaba. Rápidamente el dolor pasó a ser placer y cuando se sintió listo se lo comunicó al mayor.

— Ya estoy Manu. Movete. — suplicó.

— Lo que vos quieras bebote. — Manuel enterró su cara en el cuello de Moski mientras sentía su perfume y empezó a moverse lentamente. En la segunda estocada entró hasta el fondo, tocando el punto dulce de Lautaro. Y este soltó un gemido muy fuerte, que casi rozaba el grito.

Poco a poco intensificó la penetración, salía del todo y volvía a entrar entero. Lautaro pasaba sus manos por todo el cuerpo del mayor, iba desde los brazos y espalda, rasguñando a su paso y terminaba enredando los dedos en su pelo.

Lautaro no podía más, se sentía completo.

Manuel agarró la mano pequeña de su amigo, entrelazo sus dedos y la llevó atrás de la cabeza de él. — Mi amor, estás hermoso así. Tan apretado para mi. — Sintió como Lautaro le apretaba la mano y buscaba su boca para devorarlo.

— Más fuerte Manu. — soltó en sus susurro casi inaudible, pero que Manuel escuchó fuerte y claro.

Aceleró los movimientos. La habitación era un desastre de ruidos. Se escuchaba el culo de Lautaro rebotar contra Manuel, por la fuerza que ejercía, hacía que la cama choque contra la pared, así que también sonaba eso y se sumaban los gemidos del rubio que llenaban la habitación.

— Dale mami, seguí así. — Manuel no podía evitar decirle así. Apenas lo dijo pensó que Lautaro se iba a enojar, pero lejos de hacerlo, sintió como sus paredes se contraian alrededor de su pija. — Te encanta que te diga así ¿no?. Putita, sos mi puta.

— Callate y seguí. — Cada vez que el morocho entraba y salía, Lautaro sentía que estaba más al borde de por fin acabar. No se lo iba a decir nunca a Manuel, pero cada vez que le hablaba así, acelera más la llegada de su orgasmo.

Mientras devoraba la boca de Moski, Manuel bajó la velocidad hasta quedar completamente quieto. Su pecho subía y bajaba muy rápido. Salió por completo de adentro de Lautaro y el rubio se quejó.

— ¿Qué haces Manuel? Estaba por acabar. — Primero se enojó pero cuando no hacía nada por un segundo se preocupó, pensó que le había pasado algo, así que agarró la cara del mayor con ambas manos y lo miró. — ¿Estás bien gordo?

— Estoy perfecto pero… veni, quiero intentar algo. — En un movimiento rápido y con una destreza que denotaba su experiencia, Manuel agarró a Lautaro con un brazo y lo levantó y al mismo tiempo se sentaba en el borde de la cama. Los pies le tocaban el piso y Lautaro había quedado sentado en su regazo.

Manuel levantó la cabeza y vio la espalda de Lautaro a través del espejo grande que había quedado frente a él.

— ¿Te animas a montarme, bebote?. — Manuel repartió besos húmedos en su cuello y bajó un poco a morder suavemente sus clavículas.

— Hago lo que quieras Manu, pero cogeme de una vez. — Si antes estaba desesperado, ahora más. Estaba a punto de acabar y le había cortado todo. Sentía que su pija iba a explotar en cualquier momento, la leve atención que tenía era de cuando se movía Manuel encima de él.

— Que desesperada estás por tenerme adentro linda, olvidate que esta sea la última vez que te coja. — El morocho le acomodó las piernas, haciendo que sus rodillas queden apoyadas a cada lado de la cadera de Manuel, para que le quede más cómodo. — Levanta ese culito hermoso bebote. — Dijo y se agarró la pija, acomodándose para que Moski solo tenga que sentarse sobre ella.

Lautaro se levantó un poco y puso sus brazos alrededor del cuello de Manuel para sostenerse. Sintió como el morocho volvía a alinear su pene en su entrada así que sin esperar un segundo más se sentó de golpe, llenándolo por completo de nuevo. No hizo más que soltar un grito y tirar su cabeza para atrás dejando su cuello libre. Manuel gruñó y respiró pesadamente, aprovechó y levantó una mano para agarrarlo del cuello y lo apretó, ni muy fuerte ni muy suave. Su otra mano fue a parar a uno de los glúteos de Lautaro, masajeandolo.

Cuando se acostumbró otra vez, empezó a moverse de arriba abajo, dando saltitos y haciendo una fuerza extrema con sus muslos para lograr salirse lo más que pueda y volver a entrar. Cada movimiento que hacía, largaba un gemido. Estaba a punto de explotar, era un volcán que estaba a pocos minutos de erupcionar. No quería terminar pero quería liberarse, lo necesitaba. Necesitaba sentir a Manuel correrse dentro de él.

Manuel miró hacia el frente y al instante su respiración se frenó. Lo que veía en el espejo se sentía de la misma manera que ver alguna de las siete maravillas del mundo. De hecho lo igualaba y si tenía que sacar una para poner esto lo haría. La imagen era su pija entrando y saliendo del culo de Lautaro, con los bordes llenos de líquido preseminal y su mano agarrando por completo su culo. Le iba a dar un infarto en cualquier momento.

— Mi amor, me vas a matar bebé — soltó su culo para volver a agarrarlo pero antes le pegó una cachetada. Miro al espejo y vió que le había dejado su mano marcada, lo volvió a hacer.

— Manu… Manu… Manuel — gimió Lautaro, mientras tiraba cada vez más su cabeza hacia atrás. — Voy a acabar Manu… — Iba a agarrar su pija para pajearse así terminaba de una vez pero Manuel lo frenó.

— No Lautaro, acaba solo, conmigo adentro. No te toques. — Manuel lo agarró de la mandíbula para unir sus bocas pero no tenían ni fuerza para besarse, se respiraban sobre la boca del otro y tragaban los gemidos contrarios. — Dale bebé, acaba para mí. — Era físicamente imposible pero Manuel sentía que la pija se le iba a partir.

Moski acercó su boca al hombro de Manuel y la abrió, mordiendo suavemente esa parte del cuerpo del contrario. Saltó unas cuantas veces más sobre su pija, hasta que por fin explotó. Se tensó todo su cuerpo, apretó los dedos de sus pies, con sus manos agarró el pelo de Manuel y tiró de él y con su boca lo mordió más fuerte, dejando sus dientes marcados. Manuel lo sintió apretarse alrededor de su pija, y sabía que a él le faltaba muy poco para terminar.

Lautaro por fin se sintió libre, el cuerpo no le daba más, le costaba respirar, estaba muy agitado. Manuel lo tuvo que agarrar fuerte porque sino se caía para atrás. Como lo veía muy cansado para seguir montándolo, lo levantó y lo acostó en el borde de la cama. En ningún momento había salido de adentro de él. Con una mano le agarró las de él y las apretó contra el colchón atrás de la cabeza de Moski.

— Decime de quién sos mi amor, ¿a quién le pertenece tu culito? — Manuel daba estocadas cada vez más feroces, como si lo intentara romper. El ruido que generaba el choque era asquerosamente obsceno.

— A vos. — soltó con un suspiro, Manuel hizo como que no lo escucho y repitió la pregunta.

— ¿Cómo bebé? No te escuche. Decimelo asi te acabo adentro, hermoso. — Manuel se había acercado a su oreja, le mordió el lóbulo y espero paciente la respuesta.

Lautaro se quería morir, desearía poder taparse la cara con las manos pero estaba siendo prisionero de la mano de Manuel. No esperó más y respondió, fuerte y claro, soltando un jadeo al final. — Soy tuyo Manu, todo mi cuerpo es tuyo. — Manuel sacó una fuerza sobrehumana y logró penetrarlo tres veces más que fueron las últimas para correrse adentro de Lautaro. Aprovecho para tomar venganza y le mordió el hombro al más pequeño, dejándole una marca y antes de separarse, le dejó un chupón al lado.

Fue el orgasmo que más había estado esperando. Sintió como todo su cuerpo era recorrido por una especie de electricidad. Acabar adentro de Lautaro era la gloria eterna. No creía que nada pudiera asemejarse con lo que acababa de sentir.

Se desplomó arriba de Lautaro, intentando recuperar la respiración mientras soltaba las manos del rubio y este automáticamente llevó sus manos sobre la espalda al mayor y lo acarició. Manuel levantó la cabeza y lo besó, esta vez fue como el primer beso, lento y tierno, tratando de enredar un poco sus lenguas. No tenían mucha más fuerza para hacerlo más salvaje. El morocho se separó y comenzó a depositar besos húmedos por toda la cara del rubio, mientras este le sonreía.

— Para boludo, me haces cosquillas. — Se quejó Moski mientras soltaba pequeñas risas.

— Ah ahora te da risa, recién cuando te chu… — El comentario fue cortado por Lautaro, le había puesto la mano en la boca.

— Basta Manuel, me da vergüenza. — Le sacó la mano de su boca y le agarró la cara, mientras le hacía mimos con el pulgar en el cachete.

— Vergüenza es robar bebé, que te chupe la pija no. — Lautaro se tapó la cara con las manos. Manuel las apartó y junto sus frentes unos segundos. Sus narices se tocaban y sus respiraciones se mezclaban. — Ahora vengo Lau, voy a buscar algo para limpiarte.

Manuel seguía adentro suyo así que salió muy despacio, Lautaro sintió que le faltaba algo al instante, estuvo a punto de pedirle que se quede, pero le pareció mucho. Muy a su pesar lo dejó ir y se acomodó en la cama.

Un celular vibró cerca de él, el suyo no era porque lo había apagado, era claramente el de Manuel. Se acercó y lo agarró para chusmear y por las dudas, ver si era una urgencia, quien le hablaba a esta hora de la madrugada.

Ojalá no hubiera visto nada.

 

Manuel antes de irse había manoteado sus boxers y se los puso en el camino. Se dirigió hasta el baño más cercano para limpiarse, se mojó las manos y se limpió la panza que tenía salpicado semen de Lautaro. No tenía ganas de bañarse ahora, no quería dejarlo mucho tiempo solo a el rubio. Junto un poco agua con sus manos y se la tiro en la cara, se secó con una toalla y esa misma la agarró y la mojo para limpiar a Lautaro.

Salió del baño y antes de volver junto a Lautaro, pasó por su habitación. No tenía ganas de ir hasta la cocina así que manoteo dos latitas de coca y un par de chocolates que tenía en su mini heladerita. Ahora sí, retomó el camino.

Todavía no podía creer lo que había pasado. Había besado a Lautaro después de tanto tiempo y de paso se lo cogió, no era poca cosa. De verdad iba a tener que hacer lo posible para volver a estar con él. Le podía decir que se bañaran juntos al día siguiente, si todo seguía estando bien y el rubio no se arrepentía.

Abrió la puerta y se lo encontró sentado en el borde de la cama, de espaldas a él con la ropa interior puesta y su remera de pijama en la mano. No lo miró cuando entró. Manuel no entendía nada, ¿tan rápido se había arrepentido?

— ¿Qué pasó Lauti?. — Manuel se acercó a la mesita de luz y dejó lo que había traído, estaba por volver a preguntar hasta que vio su celular arriba de la cama, detrás de Lautaro. ¿Vió algo en su celular? No puede ser, si no tenía nada, que carajo había visto.

Agarró su teléfono y lo desbloqueó, no veía nada por lo que se pueda enojar el rubio — Mi amor…

— No me digas así. — Soltó Lautaro de repente, con furia en su voz. Manuel se sentó en la cama y apareció por detrás del más pequeño, apoyó su cara en el hombro del contrario. — Salí, no me toques. ¿Qué carajo hiciste? Explicame a quién mierda le pediste. ¿Por tu culpa mi novia se chapo a una piba? Sos pelotudo Manuel, que mierda tenés en la cabeza. — Lautaro a medida que hablaba iba elevando la voz, se dió vuelta y terminó arriba de Manuel, a horcajadas sobre su panza y sosteniendo sus manos sobre el colchón. Una de ellas todavía sostenía el celular, desbloqueado.

— Para Lauti, soltame, hay una explicación.

— ¡Habla entonces! — gritó Lautaro y soltó sus manos.

Manuel antes de hablar miró los últimos mensajes que tenía, eran de Marti.

Marti Benza
manu, todo bien? perdón, no quería que pase esto.
si sabía que era la novia de moski no aceptaba
sos un boludo
igual avisale a moski que yo no le tiré la boca, ella me chapo a mi
me parece que ambos están con la persona incorrecta, no se te la tiro

Sintió cómo su estómago daba un vuelco y comenzó a respirar más lento, tratando de no enloquecer.

— Habla te dije Manuel. — El morocho lo miró y se le rompió el corazón. Moski tenía los ojos llorosos, pero no dejaba que ninguna lágrima caiga. Quiso acariciarlo y le corrió la cara.

— Escuchame, si, le pedí a Marti que se acerque a Giuliana. — Lautaro se movió para salir de arriba de él. Manuel lo agarró. — Para un segundo Lauti. No le pedí que le de un beso ¿Vos leíste todos los mensajes?. — El rubio no le respondió. — Mira. Leelos.

Lautaro agarró el celular y leyó con suma atención. Veía como los releía una y otra vez. — Gordo, le tiró la boca ella. Ella decidió chaparse a otra persona y cagarte a vos. — Manuel tenía razón, él lo había visto con sus propios ojos.

— ¿Para qué hiciste esto? No era necesario tampoco. — Manuel le acarició las mejillas, y esta vez el rubio se dejó.

— No me hagas reir Lauti. Te pedí millones de veces un beso y no me lo diste nunca. Tuve que tomar medidas extremas. — Moski se rió y le pegó suavemente en el brazo. Tenía muchas cosas en que pensar, pero ahora no tenía ganas. Quería dormir y que Manuel lo abrace. Mañana vería que hacer y como solucionar este nuevo temita con el morocho.

¿Y la novia? Bueno, la verdad es que la novia nunca logró que eyacule dos veces con algunos minutos de diferencia entre una vez y otra, nunca lo habían pasado tan bien como con Manuel, así que muchas ganas de salvar esa relación no tenía.

Capaz se la estaba jugando mucho con el psicótico de su amigo, pero por lo menos esta vez iba a hacer eso, se la iba a jugar. Iba a tragarse sus miedos y enfrentar todo lo que tenía y sentía por Manuel.

— ¿Y tu chica? ¿La cagaste conmigo?. — preguntó curioso Lautaro, quería hacerse el enojado pero no le salió.

— ¿Eh? ¿Qué chi… ? ¡Flor! Si… Flor, mi chica. Lo que pasa es que no éramos exclusivos… — Iba a agregar algo más pero la risa de Lautaro lo interrumpió. Lo miró confundido.

— Ay Manuel Manuel… es increíble como no me podés mentir. — Manuel abrió la boca para responder pero no le salió nada. No sabía qué decir. — Tranquilo Manu, ya se que no existe tal “Flor", me lo contó un pajarito.

Manuel estaba rojo, no sabía donde meterse. Estaba hecho un boludo. — ¿Quién te dijo?. — preguntó mientras apoyaba sus manos en las caderas de Lautaro.

— No importa gordo, mañana hablamos bien. — Lautaro se bajó de arriba de Manuel, se acostó y dejó que el más grande limpiara los restos de fluidos que tenía en su cuerpo.

Cuando terminó tiró la toalla húmeda por algún lado y se acostó de lado, Moski se giró y quedaron frente a frente. Manuel se acercó y lo besó, muy lentamente movieron sus labios, sin hacer mucho espamento. Manuel le transmitía paz y tranquilidad, para que por lo menos hoy pueda dormir tranquilo.

Manuel se separó, le sonrió y dijo — Mira el lado positivo Lau, por lo menos la ayudaste a darse cuenta que era lesbiana. — Moski largo una carcajada que retumbó en toda la habitación.

— Y ella me ayudó a darme cuenta que me gusta que me la pongan. — Manuel y Lautaro se rieron al mismo tiempo. El rubio se levantó y apoyó su cabeza en el pecho del morocho. Podía sentir como su respiración causaba que suba y baje lentamente, y a su corazón lo sentía que iba a un ritmo normal.

— Viste bebote, salimos ganando todos. — Manuel le acariciaba la espalda con la yema de sus dedos, subía y bajaba lentamente. Lautaro delineaba los tatuajes del otro brazo del mayor.

Lautaro bostezo, el pedo se le pasó hace un rato largo y todas las sensaciones por las que había pasado en una noche lo dejó agotado. — Buenas noches, Manu.

— Buenas noches, mi amor. — El morocho se inclinó y dejó un beso en la cabeza del menor. Siguió acariciándolo, cada vez más lento hasta qué el sueño le ganó.

Manuel estaba cansado, pero ahora era por toda la intensidad que había vivido en tan solo una noche. Esperaba que Lautaro no se arrepienta cuando abra los ojos al otro día, de verdad lo esperaba, porque si después de haber probado los labios de su amigo una vez, no lo iba a poder repetir todas las veces que quiera, entonces creía que se podría llegar a morir.

Manuel se durmió contento, sin pensar en nada más que el sabor dulce y la suavidad que tenían los labios de Lautaro.