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Escarlata

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Lo peor de ya no verse tanto -a pesar de vivir bajo el mismo techo- era que los momentos en los que quedaban solos se sentían tirantes, cargados de tensión. Era automático. Manuel no quiere aislarse con el rubio para que el cuerpo no le pique con esa sensación que no sabe describir, cree que Lautaro está en la misma situación, considerando que cada vez que hay una posibilidad de quedarse a solas con Manuel, casualmente le surge un plan con su novia.

Pero, al mismo tiempo, hay una parte de Manuel que lo atormenta cada día más, esa parte que quiere saber hasta dónde es capaz de llegar si persigue esa chispa.

Work Text:

El ambiente está a punto de reventar. A pesar de que el aire nocturno es invernal, dentro del boliche hace un calor sofocante. Manuel se abre paso entre la multitud, rozando a desconocidos bañados en destellos blancos, rojos, verdes y azules.

Al entrar al VIP, Manuel recibe saludos y choques de manos. Uno de sus amigos le ofrece una cerveza y le da una palmada en la espalda. Tiene pocos motivos para sentirse fuera de lugar y, sin embargo, está dudando de si realmente quiere pasar la noche así. Manuel era una persona que acostumbraba a estar con un grupo, pero por esta vez vibraba solo contra la música. Prefería estar solo cuando las cosas se ponían cada vez más pesadas.

A los pocos minutos, ve a Lautaro contra una de las paredes del lugar. Está de pie junto a su novia, bebiendo su propia cerveza, con ella pasando un brazo por sus hombros y diciéndole algo al oído de lo que él se ríe, esa sonrisa que achina sus ojos y que Manuel creía reservada solo para él.

Había varias cosas de Lautaro que creía suyas, quizás no todas realmente lo eran.

Como si sintiera su mirada sobre él, los ojos de Lautaro miran en su dirección y, aun con su novia hablándole al oído, sus miradas chocan por un instante antes de que Manuel sonría en su dirección en forma de saludo, para luego bajar la vista al suelo, balanceándose de un pie a otro.

Es la primera vez que se ven a los ojos en todo el día, cuando Manuel se levantó de la cama Lautaro ya se había ido de la casa. No hubo buenos días ni aviso de a donde iba, aunque Manuel nunca preguntaba porque ya sabía la respuesta.

Había pasado toda la tarde en lo de su novia y, cuando el cielo abrió paso a la oscuridad de la noche, envió un mensaje al grupo diciendo que los vería directamente en el boliche.

Manuel decide concentrarse en la presión del bajo de los parlantes bajo sus pies y mira a su alrededor, dándole un trago largo a su vaso buscando sacar la imagen de Lautaro detrás de sus párpados.

Lo peor de ya no verse tanto -a pesar de vivir bajo el mismo techo- era que los momentos en los que quedaban solos se sentían tirantes, cargados de tensión. Era automático. Manuel no quiere aislarse con el rubio para que el cuerpo no le pique con esa sensación que no sabe describir, cree que Lautaro está en la misma situación, considerando que cada vez que hay una posibilidad de quedarse a solas con Manuel, casualmente le surge un plan con su novia.

Pero, al mismo tiempo, hay una parte de Manuel que lo atormenta cada día más, esa parte que quiere saber hasta dónde es capaz de llegar si persigue esa chispa.

—Manu, ¿qué haces?— Reconoce la silueta de Florencia que se abalanza sobre él, abrazándolo con fuerza por los hombros y ​​tapándole la vista del rubio. Cuando ella se separa, Lautaro y su novia desaparecieron del rincón en el que estaban.

La chica luce un vestido corto de un solo hombro y zapatos de plataforma que la hacen apenas más baja que él. Manuel le sonríe suavemente, se deja llevar y baila, bebiendo más. Disfruta de la bebida mientras la chica le hace compañía, preguntándole cómo le había ido, que hace rato no hablaban. Él se pone algo tímido y, entre risas, atribuye su distracción al estrés del stream.

Es comprensiva, como siempre, se reparten shots y Manuel decide que se merece un descanso, así que acepta sin rechistar y deja que el alcohol le alivie el frío que siente en las venas.

Florencia siempre está a la vista. Lo cual no es lo peor del mundo, es linda y sus manos atraen a Manuel por la nuca. A pesar de los ojos brillantes y entrecerrados de la chica, Manuel no podía sacar de su cabeza esos grandes ojos marrones. No se resiste cuando ella lo besa, sabe a vodka saborizado y Manuel se relaja por un segundo.

[...]

Estar en el boliche es más caótico que antes. Parece que pasaron horas, pero la experiencia en sí fue demasiado corta. Está seguro de que tiene glitter en las raíces del pelo por culpa de Florencia metiendo sus manos en él antes de alejarse con sus amigas.

Se apoya en la barra esperando el trago que había pedido. Los cubitos de hielo tintinean y crujen suavemente mientras el chico tras la barra añade whiskey a su vaso y se lo alcanza. Con un murmullo de aprobación, toma el vaso con las cejas arqueadas y una sonrisa amable, esperando que pueda escuchar su agradecimiento por encima de la música. Vuelve a mirar la pista, ahora cubierta por una tenue capa de niebla artificial.

El calor de ese último vaso se extiende por todo su cuerpo, lo mantiene sintiendo ese cosquilleo en las mejillas. De repente siente una mano en su hombro, sus ojos la siguen hasta que queda mirando a Lautaro a los ojos y no puede evitar la sonrisa que se abre paso por su rostro.

Hola— Dicen casi al mismo tiempo, estallando en risas al segundo por la coincidencia.

—¿Qué tomás?— Le pregunta el rubio, pasa su brazo alrededor de los hombros del más alto y sin esperar respuesta le arrebata el vaso. Manuel le sonríe mientras ve como bebe hasta un poco más de la mitad del trago. Nota como sus mejillas están sonrojadas por todo el alcohol que es obvio que ha bebido a lo largo de la noche.

Lautaro tararea en aprobación pero no le devuelve su vaso, en cambio, atrae a Manuel hacia sí con un tirón brusco. Aunque el rubio es más bajo, Manuel se siente extrañamente diminuto. Lautaro no ofrece mucho más que una leve sonrisa antes de llevarlo detrás de él.

Se abre paso entre la gente con autoridad. Manuel no puede evitar seguirlo, guiado por la sensación de pérdida cuando esas manos se apartan de su cuerpo. Extiende la mano y siente cómo sus dedos se encuentran con los de Lautaro. Tras sentirse asfixiado en presencia del otro, el suelo le da vueltas, siente un vuelco que le hace inflar las mejillas y soltar un suspiro lento mientras agradece que tiene a Lautaro para guiarlo.

Aprovecha la unión de sus manos para tirar a Lautaro más cerca suyo y hablarle casi al oído.

—Vos estás en pedo— Le dice, no como un reto, sino como una observación que le da risa mientras se abren paso entre la multitud hacia los pasillos.

—No pareces estar mucho mejor— Le responde, apenas arrastrando las palabras.

Manuel se siente de maravilla, le aprieta la mano para tranquilizarlo. Lautaro estira el cuello para sonreírle un segundo antes de devolver su mirada al frente, la música está muy alta y el bajo vibra a través de él con un ritmo atronador. Un escalofrío le recorre la columna cuando oye al rubio reír mientras los arrastra. Entra al baño detrás de él entre risas, apoyándose en el marco de la puerta para mirarlo mientras se pone frente al espejo y peina ese librito con el que tanto insiste.

En el calor del boliche y la luz temblorosa, siente como su flequillo se le pega a la frente ligeramente cubierta de sudor, pero al menos disfruta de que Lautaro no haya salido ileso de su escapada momentánea. Su propio cuerpo parece sensible a la tensión: mejillas sonrojadas y ojos grandes, dilatados, mientras el sudor perla su piel.

Se arrima a la canilla para abrirla y dejar que el agua fría corra un segundo antes de mojar sus manos y pasarlas por su rostro para despejarse un poco.

Siente un aroma distinto. No disimula cuando se acerca un poco más a Lautaro y olfatea apenas más profundo que de costumbre.

—¿Qué?— Pregunta el rubio, claramente confundido.

—Tu perfume— Dice Manuel, enderezandose para luego apoyarse contra la pared —¿Cuál es?

—Ah, me lo regaló Yuyú— Responde, apretando los labios antes de agregar: —Quedó en su casa. Aniversario.

Manuel tiene que morderse la lengua para no soltar un comentario sobre lo poco que le interesa en qué contexto se lo haya regalado su novia. No había pensado en Giuliana, ni en dónde estaba, ni en que puede haber pasado como para que Lautaro se haya alejado tan repentinamente de ella. No pregunta.

—¿El que te di yo dónde quedó?

Es más fuerte que él. Esa necesidad de saber que todavía hay algo en Lautaro que le pertenece.

Lautaro sonríe. —En mi pieza, boludo, si lo uso siempre.

Está claramente borracho, los múltiples vasos con definitivamente más alcohol que otra cosa no tardaron en hacer efecto en su peso ligero. Sus ojos no se enfocan del todo cuando mira fijamente a Manuel a través del espejo y confiesa: —No me gusta mucho, pero cuando me voy a ver con ella me lo pongo porque siempre me dice algo— Ríe.

Manuel casi cierra los ojos por completo mientras se pasa una mano por el pelo. Un pequeño ruido le sube por la garganta y se ríe con una risa aguda.

Lautaro se aleja del espejo, acercándose a Manuel para empujar débilmente su brazo. —Que quede entre nosotros— susurra.

Manuel se siente mareado, el calor del cuerpo del rubio calentándole la cara. Aprovecha la cercanía para llevar sus dedos al flequillo de Lautaro y despeinarlo suavemente de esa manera que le queda mejor que cualquier peinado. El más bajo no deja de mirarlo con esos ojos grandes que hacen que Manuel sienta que todo su cuerpo se retuerce.

—Estás más lindo así— Le dice, peinando un mechón dorado rebelde.

Lautaro lo mira con los ojos entrecerrados, en busca de alguna pizca de burla, sus pestañas revolotean y exhala un suave suspiro de incredulidad antes de dar la vuelta, con un suave sonrojo subiéndole por las mejillas.

[...]

Los dos están un poco bastante borrachos, Manuel demasiado ocupado mirando a Lautaro delante suyo.

No vuelven a separarse en ningún punto de la noche, no dejan de mirarse, apartar la mirada, volver a mirarse. Vuelven a la pista y cantan las canciones con energía, inclinándose hacia al otro cada vez que se ríen, Manuel siente su pelo húmedo por el calor del boliche, la adrenalina que le inmoviliza las extremidades y el esfuerzo de contenerse.

Los ojos de Lautaro lo impulsan a dejarse llevar cada vez más. Toma su mano para darle una vuelta durante una de sus canciones favoritas, haciéndolo tirar su cabeza hacia atrás de la risa. Permite que sus manos permanezcan juntas unos segundos más de lo que deberían, siente las manos de Lautaro como si fueran suyas, como si sólo él las hubiera tocado alguna vez.

Está seguro de que, mientras bailaban, más de un vaso se desperdició entre todas las veces que atrajo a Lautaro hacía él y viceversa. 

Manuel exagera movimientos para que Lautaro lo mire y oculte su risa tras su mano o mordiendo su labio inferior. 

—Si te llegas a caer te dejo acá, no seas boludo— Lo amenaza Lautaro, es poco convincente porque en ningún momento pone distancia entre sus cuerpos y solo basta una falsa cara de fastidio de parte del más alto para que esté sonriendo de nuevo. Manuel está encantado, no quiere que desvíe su atención de él.

Una mirada basta para coincidir en el momento que se sienten agotados de la intensidad del boliche, deciden pedir un Uber y volver a la casa, compartiendo una botella de whiskey mientras caminan hacia la salida. Manuel casi se tropieza con los pocos escalones, pero se sostiene con una mano en el hombro de Lautaro, deteniéndose justo antes de que ambos caigan al suelo.

Dios, esto era lo que necesitábamos, piensa Manuel.

Su vínculo siempre se había tratado de esto: la cercanía, la complicidad, las risas entre tragos y pasos desprolijos. No puede evitar preguntarse cómo es que se perdieron de vista este último tiempo.

Una vez que suben al auto, el calor del cuerpo de Lautaro queda presionado contra el suyo, sus dedos rozándose cuando se pasan la botella, dejando rastros de sus toques con sus huellas. Manuel baja una de las ventanas para dejar que la brisa de la madrugada choque contra sus rostros.

Llegan a destino casi pegados, mientras Manuel paga y le da las buenas noches al chofer, Lautaro le sonríe, su mirada baja de sus ojos a sus labios por un instante, casi demasiado rápido para captarlo antes de que baje del auto.

Manuel le devuelve la sonrisa. No quiere que esa sensación de picardía, de ilegalidad, de libertad se desvanezca. En ese instante, Lautaro abre la puerta principal de la casa y Manuel se siente aún más atrapado.

La mirada del rubio se clava en la suya, haciéndolo sentir un calor intenso en la nuca.

—¿Te la dejo?— Pregunta Manuel, ofreciéndole la botella medio vacía. Lautaro sonríe antes de aceptarla y dar un sorbo largo.

Ambos quedan relajados contra el respaldo del sillón. El único sonido constante son los ruidos de la calle amortiguados por las paredes.

Hace calor. Mucho más de él que debería con ellos todavía ahí. Toda la situación le produce a Manuel una sensación de deja vu; el momento encajaba con un millón de otros iguales, un matiz nostálgico de todas esas noches cuando eran solo ellos dos.

Hay cosas que no cambiaron: el ambiente cargado de tensión y palabras no dichas, la mirada de Manuel siendo atraída magnéticamente a Lautaro todo el tiempo.

Él no ve en su dirección, solo se queda mirando al otro lado de la habitación, con la barbilla ligeramente levantada que refleja la tenue luz grisácea que entra por las ventanas, proyectando sombras sobre su barbilla, sus pómulos y su nariz.

Hasta pareciera que Lautaro disfruta tener la mirada de Manuel sobre él. Se lleva la botella a los labios, ocultando parcialmente su sonrisa. Es un detalle que Manuel no deja pasar porque le es inevitable mirarle la boca.

Lautaro es quien rompe el silencio. —Extrañaba esto.

Manuel esboza una sonrisa, mirando sus manos en su regazo antes de responder: —Yo también. Hace cuanto no tomaba así.

El rubio se ríe. —Sí, sí.

—Lo tuyo fue de la nada— Se arrepiente casi al instante que lo dice, preocupado de haber amargado el momento.

Lautaro aprieta los labios, parece no saber -o no querer- dar más explicación.

—Discutimos— Dice después de un segundo —Una estupidez, me dijo algo de que estaba en cualquiera, que no le prestaba atención.— Golpea suavemente la punta de sus dedos con el vidrio de la botella apoyada en sus piernas. Manuel exhala pesadamente.

—No es... mala — Gira su rostro hacia Manuel, como si supiera que le iba a decir algo así. —Le gustan las cosas de cierta manera, y puede ser un poco ¿pesada?— No parece muy decidido con su elección de palabras. —No sé, se preocupa mucho, y a veces es... demasiado. Pero sé que quiere lo mejor para mi, para nosotros.

—Bueno… ¿Qué es lo mejor para vos?

La habitación parece muy pequeña. Los ojos de Lautaro están en el techo, frunce el ceño ligeramente mientras bebe un último trago del whiskey antes de inclinarse para dejar la botella al costado del sillón. Cuando se incorpora, sus rodillas se tocan.

Dios. Puede que sea el alcohol, o la amenaza de una fatalidad inminente que se cierne sobre ellos, pero Manuel se da cuenta de que no le importan las consecuencias de nada de lo que pueda llegar a hacer esta noche.

—Lauti— Sus palabras son casi un susurro. Se remueve inquieto, jugueteando con los dedos en la costura del sofá. El nombrado tararea como invitación a que siga, pero no es suficiente para Manuel, que espera a conectar sus miradas para moverse.

Lautaro gira la cabeza y Manuel respira hondo. El aliento de Lautaro le quema la piel. Ahora, cuando el rubio le mira los labios, es imposible para Manuel no notarlo y siente un escalofrío atravesarlo por completo.

Con solo la luna entrando por una ventana alta y estrecha, los ojos de Lautaro brillan. Sus mejillas llenas de pecas como un reflejo del cielo estrellado.

Sus rostros están a centímetros de distancia, los labios de Manuel rozan los de Lautaro y, antes de que pueda apartarse, se inclina y une sus bocas en una inhalación, captando el inicio de un suspiro de sorpresa que el rubio deja escapar antes de que sus bocas se toquen.

Lautaro permanece quieto un instante antes de devolverle el beso con la misma suavidad.

Manuel lleva una de sus manos a acunar el costado del rostro de Lautaro, nota como mueve la mandíbula bajo sus dedos mientras introduce su lengua dentro de su boca y lame detrás de sus dientes. Es intoxicante. Profundiza el beso y siente su autocontrol deshacerse entre el roce de sus lenguas, mezclado con la dulzura de la miel del trago.

Lautaro se gira y presiona su espalda más atrás, contra el apoyabrazos del sillón, haciendo que Manuel quede encima suyo y se aferra a sus brazos mientras se acerca más.

El rubio gime con el roce de sus lenguas mientras sus manos suben hacia los hombros de Manuel y lo arrastra hacia abajo en ese abismo de lujuria avivada.

En el instante que Manuel levanta la tela de la chomba de Lautaro y su mano entra en contacto con su piel, el más bajo emite un sonido contra sus labios que Manuel toma como impulso para deslizar sus dedos tatuados por su costado a un ritmo tentador, baja por su brazo y termina por posarlos en la curva de su cintura. Quiere tocar todo a su alcance, nada es suficiente. El contraste del frío de sus anillos contra el cuerpo de Lautaro deja la piel erizada a su paso.

Se separan tras un instante, ambos respirando con dificultad. Lautaro acuna su rostro entre sus manos, acariciándole la mejilla con el pulgar. Sonríe cuando el morocho gira la cabeza para depositar un suave beso en la palma de su mano.

Manuel coloca la mano que no está en su cintura bajo el muslo de Lautaro y lo atrae hacia él, balanceando su pierna sobre sus caderas. Lo arrastra para un beso abrasador. Es desordenado, lo enloquece. Le gusta cómo con el cambio de posición, siente que puede controlar mejor el beso. Le gusta que, cuando amaga con moverse hacia atrás, Lautaro persigue el beso de inmediato, enredando sus brazos alrededor de su cuello y apretándose contra él.

—La puta madre, para— Lautaro se separa, agitado — No puedo... — Manuel se aleja inmediatamente, descansando ambas manos en sus caderas, pero Lautaro aprovecha el espacio para sacar su celular de su bolsillo y dejarlo en algún lado del sillón, sin mirar. Manuel responde con un resoplido por la nariz, muerde suavemente la línea de su mandíbula y busca sus labios de nuevo.

Tira suavemente de su labio inferior entre sus dientes y alisa la marca con la lengua antes de meterla en su boca nuevamente, buscando su sabor en el interior de su mejilla, dejando que sus manos se deslicen sin mirar por la suave tela de su pantalón y se curven sobre sus muslos, apretando.

—Manu... Manuel, Manuel— Repite Lautaro, y cada vez se siente como un nuevo comienzo, una oleada de euforia directa a su cerebro. Escuchar su nombre entrecortado salir de los labios de Lautaro le hace dar cuenta de que esto era lo que siempre deseó, todas las bromas, los toques y las sonrisas suaves estaban acumulándose hasta culminar en este momento.

Manuel afirma su agarre en los muslos de Lautaro, queriendo cargarlo hasta su habitación, pero el rubio se ríe, le muerde la boca de manera enloquecedora, arrancándole un gemido ronco y le dice: —Así nos vamos a caer, levántate—

No puede no obedecer.

Manuel agradece ser capaz de recorrer la casa con los ojos cerrados. Los guía a las escaleras con facilidad, sin soltarlo ni un instante. Cuando llegan al borde de las escaleras, lo empuja contra la pared, presionando sus dedos en sus caderas mientras choca sus lenguas. Lautaro gime por la intensidad, agarra la remera del tatuado y los aparta de la pared para tambalearse por las escaleras con sus manos entrelazadas.

Atrás quedó todo el alcohol que consumió a lo largo de la noche, Manuel ahora se siente embriagado por los besos apasionados de Lautaro, embriagado por la sensación envolvente de sus manos al recorrerlo. Lautaro también lo abraza con fuerza, juntando sus caderas demasiado y haciendo que ambos tropiecen por los pasillos hacia su habitación. 

Otra oleada de calor atraviesa su cuerpo mientras los empuja a la cama. Deja que sus manos exploren el cuerpo de Lautaro. Se separan para tomar aire y el rubio se arquea contra él mirándolo a los ojos con las manos sobre los hombros del más alto.

Por un instante solo puede pensar en lo perfecto que está Lautaro así. Con la chomba ligeramente subida hasta el estómago, su boca hinchada por los besos. 

Le indica que levante los brazos para poder quitarle la prenda, dejando su pecho sonrojado al descubierto, la cadena dorada brillando en la oscuridad. Admira el contraste que arma con su piel llena de tinta y sus anillos plateados presionando el hueso de su cadera.

—Dios, sos hermoso— Las mejillas de Lautaro se tiñen de un carmesí casi tan oscuro como sus labios húmedos por la saliva de Manuel.

—Callate— Le responde, con un tono para nada mordaz que se vuelve menos creíble cuando lo atrae hacia sí para besarlo de nuevo, con una sonrisa ladeada en su rostro.

Manuel lo besa tan fuerte que siente cómo la cabeza de Lautaro se hunde en el colchón, se levanta en un brazo apoyándose en el codo para tener más fuerza y con el otro acaricia la piel descubierta de su cintura, el rubio tararea en su boca, un pequeño sonido ahogado por su lengua que sale disparada para lamerle los labios rojos. Manuel quiere succionarlos, pasar su lengua, sentir su suavidad y tragar cada gemido que se escape de ellos.

Se presiona contra él, frotando a través de las capas de ropa que los separan, sin dejar espacio entre sus cuerpos. Lautaro gime algo que suena como su nombre y respira pesadamente entre besos.

Manuel suelta sus labios y baja para trazar la suave piel de la clavícula del rubio entre sus dientes. El jadeo agudo de su boca lo anima. Se siente bien saber que puede provocar esos sonidos succionando la piel y silenciarlos al alisarla con un movimiento de su lengua. Si sigue así, no va a poder evitar dejar una marca profunda. El solo pensamiento le produce un escalofrío.

Lautaro suelta otro gemido antes de extender la mano para acariciar el rostro de Manuel y atraerlo hacia sí para darle un beso de verdad. La fricción de la tela entre sus entrepiernas roza el dolor. A Manuel le gusta la desesperación. Le gusta cómo suenan los jadeos de Lautaro en su oído.

Deja un beso rápido en sus labios antes de volver a su pecho y bajar lentamente por su torso.

—Mi amor— Dice, arrastrando las palabras con un tono bajo. Lautaro gime suavemente, el sonido húmedo y sucio de los labios de Manuel contra su piel, junto con el apodo inesperado, inundan su estómago de excitación.

Manuel baja por su cuerpo dejando un rastro de besos y agarrándole las caderas, tirando de él contra su cuerpo antes de, por fin, desabrochar su pantalón y bajarlo por los muslos junto con su ropa interior.

Hace lo mismo con su propia prenda y se la quita, arrojándola junto con su ropa interior en el mismo lugar donde había tirado la de Lautaro segundos antes.

Lleva su boca directamente al miembro ahora descubierto de Lautaro, su aliento contra la piel palpitante. Lo siente temblar debajo suyo y es todo lo que necesita antes de meterlo en su boca.

Es cálido y pesado. Perfecto en la boca de Manuel. Desliza la lengua por la parte inferior, presionando contra la vena, antes de casi separarse y rozar la punta con la lengua, sacándole un sonido destrozado que responde acariciando sus muslos con los pulgares. Intenta encontrar un ritmo, una cadencia. Las cosas que más lo enloquezcan para repetirlas una y otra vez y que Lautaro se desmorone bajo él.

Quiere preguntarle, quiere saber si con ella Lautaro también se deja llevar de esta manera, si gime así para ella, si se retuerce así entre sus toques o si es algo guardado solo para él. Sabe que está mal, pero es ese mismo pensamiento de restricción el que lo hace sentirse mareado de placer.

Baja sus manos al culo de Lautaro, apretando con fuerza para asegurarse de que termine con marcas que duren días. Moretones que susurren su nombre para que lo recuerde aun sentado al lado de ella.

Es abrumador. Lautaro mueve las caderas contra él, haciendo que lo tome un poco más profundo y sus ojos comiencen a llenarse de lágrimas por la presión en su garganta.

Mira hacia arriba y ve el sudor brotando en la frente de Lautaro, a lo largo de la línea del cabello, su boca roja abierta en gemidos que no puede detener y que aumentan su volumen cada vez que Manuel succiona más fuerte.

Cuando se separa con un sonido húmedo, hay un hilo conectándolos y la respiración de Manuel es irregular.

—Dios, Manuel— Jadea el rubio y se lanza hacia adelante con un gemido ahogado para besarlo de nuevo, torpe y desesperado. Une sus bocas con fuerza, en besos apasionados y entreabiertos.

Manuel no puede pensar en nada más que en sus cuerpos juntos, en cómo Lautaro lo toca como si no pudiera decidir dónde poner las manos, en sus reacciones cuando se acerca más. Envuelve su mano alrededor de las erecciones de ambos y el rubio solloza y apoya la frente en su hombro, su nuca y las puntas de sus orejas teñidas de un rosa intenso.

Siente la excitación burbujeando en su abdomen bajo. Lautaro está en la misma situación, lo ve en el temblor de su labio inferior, en la forma en que jadea y exhala por la nariz, en el aleteo de sus pestañas. Se mueve contra él con necesidad y desesperación, Manuel toma su mentón para obligar a sus ojos a encontrarse con los suyos en una mirada de puro éxtasis.

—Por favor— Pide en la boca de Manuel antes de besarlo y arquear la espalda, conectando sus estómagos agitados. Manuel separa sus bocas con un chasquido, pero mantiene su mano libre apoyada bajo la mandíbula de Lautaro para no separarse del todo.

—Manu, voy a— jadea, cerrando los ojos con fuerza. Manuel gira su mano alrededor de ambos, apretando el agarre mientras Lautaro se libera en su mano. Siente sus dientes clavarse en la unión de su cuello y su hombro a la vez que se derrama entre ellos.

—Muy bien, bebote— Murmura, Lautaro suelta un suspiro pesado.

Lo acaricia a través, mantiene su mano envuelta alrededor de ambos, seguro de que no durará mucho más. Es una presión que aumenta cuando abre los ojos y ve el rostro aturdido de Lautaro, hermoso mientras baja de las alturas de su orgasmo. Lo sigue con un jadeo entrecortado, enterrando su rostro en su garganta.

Disminuye la velocidad y afloja su mano, intentando darles espacio para regular sus respiraciones. Se besan suavemente. Una, dos, tres veces, agotados.

Luego de unos minutos Manuel palmea el costado del rubio como aviso de que se va a mover de encima de él, buscando ser cuidadoso. Pega sus frentes y no puede contener la risa chiquita que le brota desde el pecho. Lautaro hace un puchero que Manuel besa antes de levantarse para limpiarlos y que puedan acostarse.

Se mira en el espejo del baño mientras termina de acomodar todo superficialmente. Tiene una marca roja, justo debajo de la clavícula donde Lautaro lo mordió, la piel irritada y enrojecida por el roce. Bien.

Al volver a la habitación, recorre el cuerpo de Lautaro con la mirada aprovechando que tiene los ojos cerrados y un brazo cubriéndolos. Pasa tímidamente la punta de sus dedos índice y medio por su pecho, recorriendo las suaves marcas que dejó su boca, la huella que dejó sobre él.

Siente los ojos cansados de Lautaro sobre él, brillantes de adoración. Su piel se eriza, este momento en silencio se siente más íntimo de lo que debería, considerando lo que acaban de hacer.

Con una mano traza las ligeras protuberancias de sus costillas mientras la otra se curva de su costado, subiendo y bajando. Llega a una mancha en su abdomen que no alcanzó a limpiar y no puede contener el impulso: se ensucia los dedos, levanta la mano y dibuja una amplia sonrisa antes de limpiarlos con su lengua.

Lautaro hace una mueca y se tapa el rostro con las manos mientras se ríe.

Cuando Manuel se acuesta, tiene la cabeza de Lautaro apoyada en su pecho, su respiración contra su piel, y se da cuenta, en ese instante, de que eso es lo único que le importa.