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Cuando amas demasiado

Summary:

Kim Seok-jin siempre ha sabido cuidar de los demás. Es lo que hace: protege, escucha, bromea cuando las cosas se ponen demasiado serias y se asegura de que nadie se quede atrás. Pero después del servicio militar, Taehyung y Jungkook vuelven distintos. Más honestos. Más seguros. Más dispuestos a decir en voz alta lo que antes parecía imposible.

Lo que empieza como confesiones separadas, silencios incómodos y momentos que nadie se atreve a nombrar, termina convirtiéndose en algo que Jin ya no puede esconder detrás del humor. Porque Taehyung lo ama con una paciencia peligrosa, Jungkook lo ama con una sinceridad imposible de ignorar, y Jin descubre que querer a dos personas no duele menos solo porque sea verdad.

Entre cámaras, ensayos, viajes y la intimidad de todo lo que ocurre cuando nadie mira, los tres tendrán que enfrentar una pregunta para la que ninguno está preparado: qué hacer cuando amar demasiado no basta para no lastimar a alguien.

Chapter 1: Ese es exactamente el problema

Summary:

Después del servicio militar, Taehyung y Jungkook vuelven más honestos de lo que Jin está preparado para manejar. Ambos lo quieren. Ambos deciden dejar de fingir que no. Y Jin, que siempre ha sabido cuidar a los demás mejor que a sí mismo, se encuentra atrapado entre dos formas distintas de amor que no puede rechazar sin romper algo en el camino.

Porque Taehyung espera con una calma que desarma, Jungkook ama con una intensidad imposible de ignorar, y Jin empieza a entender que el verdadero problema no es no saber a quién quiere. Es saber que quizá los quiere demasiado a ambos.

Chapter Text

La sala estaba casi oscura, iluminada apenas por el resplandor azul de la televisión encendida. En la pantalla, una escena cualquiera avanzaba sin que ninguno de los dos le prestara verdadera atención. El sonido bajo de los diálogos llenaba los silencios sin llegar a romperlos, como si incluso la televisión entendiera que aquella noche no tenía derecho a interrumpir demasiado.

Kim Seok-jin tenía el celular entre las manos desde hacía varios minutos, aunque no había leído nada nuevo en la pantalla. El mismo mensaje seguía abierto frente a él, detenido en una línea que ya conocía de memoria. Había pasado el pulgar por encima más de una vez sin desplazarse realmente, en un gesto inútil que solo servía para fingir que estaba ocupado.

Pero no lo estaba.

Y lo peor era que Kim Taehyung lo sabía.

Jin no necesitaba levantar la vista para sentirlo. Tae estaba sentado al otro extremo del sillón, con una pierna cruzada, una sudadera negra cayéndole amplia sobre los hombros y esa expresión tranquila que, en él, rara vez significaba tranquilidad de verdad. No estaba invadiendo su espacio. No estaba preguntando cada cinco segundos. Ni siquiera parecía impaciente. Solo estaba ahí, quieto, observándolo con una calma demasiado perfecta.

Demasiado peligrosa.

Jin intentó aguantar un poco más, pero la sensación de ser leído en silencio terminó volviéndose insoportable.

—¿Entonces ya me vas a decir qué pasó? —preguntó Tae al fin.

La voz fue suave. Casi casual. Como si hablara del clima, de la comida o de alguna escena absurda de la película que ninguno estaba viendo.

Jin soltó una risa breve, nerviosa, y bloqueó la pantalla del celular.

—¿Por qué asumes que pasó algo?

Tae ladeó apenas la cabeza.

—Porque llevas diez minutos leyendo el mismo mensaje.

El comentario no fue acusatorio. Ese era el problema. Si Tae hubiera sonado celoso o molesto, Jin habría podido defenderse. Habría podido bromear, exagerar, lanzarle una queja teatral y escapar por alguna puerta emocional conocida. Pero Tae no le dio nada de eso. Solo le dio una observación precisa, tranquila, imposible de esquivar.

Jin tragó saliva y dejó el celular boca abajo sobre la mesa. El gesto fue pequeño, pero en cuanto lo hizo sintió que acababa de delatarse más de lo que quería.

Tae lo miró directamente entonces.

Y ahí volvió esa sensación horrible: la de sentirse completamente descubierto.

—Jungkook habló conmigo —dijo Jin al fin.

Por un segundo, nada cambió en el rostro de Tae. Su expresión siguió siendo la misma, relajada, casi ilegible bajo la luz fría de la televisión. Pero Jin lo conocía demasiado bien. Lo había visto reír durante años, enfadarse sin decirlo, esconder tristeza detrás de una sonrisa lenta. Sabía leer los movimientos mínimos que otros pasaban por alto.

Vio cómo su mandíbula se tensó apenas.

Cómo dejó de mover distraídamente el pie.

Cómo bajó la mirada durante medio segundo antes de volver a mirarlo.

—Ah —dijo Tae.

Solo eso.

Una sílaba pequeña, casi vacía.

Y aun así, Jin sintió que le pesaba en el pecho.

—No fue algo planeado —se apresuró a explicar, odiando de inmediato lo culpable que sonó—. Solo… pasó.

Tae sonrió apenas.

No parecía enojado.

Eso fue peor.

—Claro que pasó.

La respuesta salió suave. Casi amable. Pero había algo debajo, algo contenido con demasiado cuidado, que hizo que Jin frunciera el ceño.

—No hagas eso.

Tae levantó un poco las cejas.

—¿Eso qué?

—Actuar como si no te importara.

La mirada de Tae cambió entonces.

No mucho.

Pero lo suficiente.

La tranquilidad se abrió apenas, dejando ver algo que Jin habría preferido no encontrar ahí. No enojo. No reclamo. Nada tan fácil de manejar. Lo que había en los ojos de Tae era dolor contenido, una herida sostenida con tanta elegancia que parecía injusto llamarla herida.

Tae soltó una risa baja por la nariz y se pasó una mano por el cabello, apartándoselo de la frente con un gesto cansado.

—¿Quieres que haga una escena?

—No dije eso.

—Entonces no sé qué quieres que haga, hyung.

La forma en que dijo hyung hizo que Jin apartara la mirada.

Porque normalmente Tae lo decía con ligereza. Jugando. Con esa familiaridad de años que convertía la palabra en broma, cariño, costumbre. Ahora sonó distinto. Más bajo. Más honesto. Como si esa misma palabra se hubiera vuelto demasiado íntima entre ellos.

El silencio volvió a instalarse en la sala. Afuera, la ciudad seguía viva, lejana, con sus autos y sus luces y su ruido amortiguado detrás de los ventanales. Dentro, en cambio, todo parecía detenido alrededor de una conversación que ninguno de los dos sabía cómo tener sin lastimarse.

Tae apoyó los codos sobre las rodillas y miró el suelo unos segundos. Cuando habló de nuevo, su voz fue más baja.

—¿Y tú qué sientes?

Jin abrió la boca.

No salió nada.

El problema era justamente ese: que no sabía qué sentía. O tal vez sí lo sabía, pero eran demasiadas cosas al mismo tiempo y ninguna cabía en una respuesta sencilla. Jungkook le había hablado con una honestidad que todavía le ardía en la memoria. Tae estaba sentado frente a él, herido de una manera que Jin no sabía reparar. Y en medio de ambos estaba él, con el celular boca abajo y el corazón haciendo un desastre en silencio.

Tae soltó una sonrisa cansada al verlo quedarse callado.

—Sí —murmuró—. Eso pensé.

Luego se levantó.

El movimiento fue tranquilo, sin dramatismo. Y precisamente por eso Jin reaccionó antes de pensarlo.

—¿A dónde vas?

Tae se detuvo a mitad del paso.

La pregunta había salido demasiado rápido. Demasiado preocupada. Los dos lo notaron al mismo tiempo.

Tae giró apenas el rostro para mirarlo por encima del hombro, y por primera vez desde que había empezado la conversación, algo vulnerable se quebró un poco en su expresión.

—¿Ves por qué no puedo simplemente quedarme quieto?

Jin sintió el corazón subirle hasta la garganta.

Tae no esperó respuesta. Caminó de regreso lentamente hasta quedar frente a él, no demasiado cerca, pero sí lo suficiente para que Jin tuviera que levantar la cabeza para mirarlo. La luz de la televisión le marcaba el perfil con sombras suaves, volviendo su expresión más difícil todavía de soportar.

—No voy a pelear con Jungkook por ti —dijo en voz baja—. No voy a convertir esto en algo feo.

Jin dejó de respirar durante un segundo.

Tae bajó apenas la mirada hacia su boca, tan rápido que casi pudo fingirse accidente, antes de volver a sus ojos.

—Pero tampoco voy a fingir que dejé de sentir cosas solo porque ahora él también las siente.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Jin sintió que algo dentro de él cedía. No del todo. Solo un poco. Lo suficiente para entender que esa noche no iba a poder esconderse detrás de ninguna broma.

Tae sonrió apenas, y esa vez la sonrisa sí fue triste. Cansada. Hermosa de una forma insoportable.

—Eso sería mentirte —añadió—. Y mentirme a mí.

Ninguno se movió durante un instante.

Entonces Jin hizo lo peor que podía hacer.

Extendió la mano.

No fue un gesto grande. Ni siquiera fue realmente consciente. Solo alzó los dedos y rozó la manga de la sudadera de Tae, apenas, como si quisiera detenerlo un segundo más sin saber con qué derecho. Pero Tae miró ese contacto mínimo como si significara demasiado.

Porque probablemente sí significaba demasiado.

—Tae… —murmuró Jin.

La voz le salió más suave de lo normal.

Tae bajó la mirada hacia su mano y luego volvió a verlo. A pesar de todo, tuvo el descaro de sonreír un poco.

—Sí, hyung —dijo—. Ese es exactamente el problema.

La tensión no desapareció después de esa noche.

Se volvió más silenciosa.

Más difícil de nombrar.

Taehyung siguió ahí, técnicamente igual que siempre. Aparecía en los mismos espacios, se sentaba cerca cuando el grupo comía junto, miraba a Jin cuando hablaba y respondía sus bromas con esa mezcla de paciencia y malicia suave que siempre había tenido. Desde afuera, cualquiera habría dicho que nada había cambiado entre ellos.

Pero Jin sí lo notaba.

Había una distancia nueva.

Pequeña. Casi invisible. Lo bastante sutil para que nadie más la señalara, pero demasiado clara para que él pudiera ignorarla.

Tae ya no se inclinaba sobre su hombro para ver su celular. Ya no tocaba su brazo al pasar como si fuera un accidente natural de convivencia. Ya no buscaba quedarse a solas con él con excusas absurdas, ni invadía su espacio con esa confianza que antes a Jin le parecía normal y ahora extrañaba de una forma vergonzosa.

Y eso era muchísimo peor de lo que esperaba.

Porque Tae no estaba siendo cruel. No lo estaba castigando. No hacía comentarios fríos ni lo evitaba de manera evidente. Solo dejaba de alcanzar primero.

Y Jin odiaba lo mucho que eso le dolía.

Lo notó de verdad una noche, cuando terminaron de cenar con el resto. La mesa todavía estaba llena de vasos, platos a medio recoger y risas dispersas. Hoseok seguía hablando de algo con Jimin, Namjoon revisaba mensajes en su celular y Jungkook estaba en la cocina peleando con una botella que no quería abrir. Todo era familiar, cálido, ordinario.

Normalmente, en una noche así, Tae habría terminado cerca de Jin aunque fuera “por accidente”. Habría encontrado alguna razón para seguir hablando, para quedarse un rato más, para entrar a su habitación después y acostarse atravesado en su cama diciendo que solo estaba cansado.

Esa vez no.

Tae se levantó tranquilo, recogió su vaso y dijo:

—Me voy a dormir.

Así de simple.

Sin mirarlo especialmente.

Sin esa tensión constante que últimamente parecía vivir entre ellos.

Jin sintió algo feo atravesarle el pecho antes de poder evitarlo.

—¿Ya?

Tae volteó apenas.

—Sí. Tengo sueño.

Y luego siguió caminando.

La irritación subió tan rápido que Jin casi se sorprendió de sí mismo. No era enojo real, no exactamente. Era frustración, incomodidad, una especie de protesta infantil contra algo que él mismo no sabía cómo pedir.

—Kim Taehyung.

Tae se detuvo.

Lento.

Como si ya supiera que esa conversación iba a pasar tarde o temprano.

Los demás levantaron la vista apenas un segundo antes de volver a lo suyo. Jin notó el movimiento, notó también la curiosidad breve en la mirada de Jungkook desde la cocina, pero estaba demasiado frustrado para importarle.

—Ven conmigo un momento.

Tae sostuvo su mirada durante unos segundos.

Después asintió.

El cuarto quedó en silencio apenas Jin cerró la puerta detrás de ellos. Era una habitación pequeña, más íntima que cómoda, y de pronto Jin sintió que había sido una pésima idea llevarlo ahí sin haber pensado primero qué iba a decir. Cruzó los brazos de inmediato, no porque tuviera frío, sino porque necesitaba alguna defensa entre él y la forma en que Tae lo estaba mirando.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

Tae apoyó la espalda contra la pared.

—¿A qué te refieres?

—No hagas eso conmigo.

—Sigues sin explicar qué es “eso”.

Jin soltó una risa incrédula y dio un paso hacia él.

—Actuar como si ya hubieras decidido todo tú solo.

Por primera vez en días, algo reaccionó de verdad en la expresión de Tae. Fue pequeño, apenas un parpadeo más lento, una tensión mínima en la boca. Pero ahí estaba.

—No decidí nada.

—Claro que sí —respondió Jin, más rápido de lo que pretendía—. Te confesaste. Jungkook se confesó después. Y ahora actúas como si yo ya hubiera elegido y tú solo estuvieras… resignándote.

—No estoy resignándome.

—Entonces ¿por qué me tratas diferente?

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

Tae bajó la mirada un segundo, y eso bastó para que Jin sintiera el pecho apretarse. Cuando volvió a hablar, su voz ya no tenía ese tono ambiguo con el que podía bromear y herir al mismo tiempo.

—Porque no sé cómo mirarte igual ahorita.

La honestidad cayó entre ellos demasiado rápido.

Demasiado directo.

Jin tragó saliva.

Tae soltó aire lentamente y volvió a verlo.

—Hyung, tú no entiendes lo difícil que es intentar actuar normal cuando cada vez que te miro pienso demasiado.

El calor subió por el cuello de Jin antes de que pudiera controlarlo.

Odiaba eso.

Odiaba que Tae pudiera decir cosas así con esa calma. Odiaba que pareciera tan seguro incluso cuando estaba admitiendo algo que debería hacerlo vulnerable. Odiaba, sobre todo, que una parte de él quisiera escucharlo decir más.

—Entonces deja de alejarte —dijo Jin.

La respuesta salió inmediata.

Demasiado sincera.

Tae parpadeó.

Jin también pareció sorprenderse de haberse escuchado así, pero ya era tarde. Las palabras estaban ahí, suspendidas en el espacio estrecho de la habitación.

—No quiero que hagas eso —continuó, bajando un poco la voz—. Y tampoco quiero que pienses que elegí a Jungkook.

Algo cambió en la mirada de Tae.

Una grieta.

Esperanza y miedo al mismo tiempo.

Jin lo vio abrirse apenas y sintió que acababa de cometer un error imposible de deshacer. No porque fuera mentira, sino porque era demasiado verdad para decirla sin ofrecer nada después.

—Entonces ¿qué quieres de mí? —preguntó Tae.

La voz le salió baja.

Casi cuidadosa.

Jin abrió la boca.

No respondió.

Porque no sabía cómo responder algo así. No sabía qué podía pedirle a Tae sin ser injusto. No sabía qué podía darle sin traicionar algo más. No sabía cómo explicar que Jungkook importaba, pero Tae también; que ninguno era una confusión simple; que cada vez que intentaba ordenar sus sentimientos terminaba sintiéndose más culpable que antes.

El silencio empezó a hacerse demasiado grande.

Y justo entonces alguien tocó la puerta.

Dos golpes rápidos.

Antes de que alguno de los dos pudiera hablar, la puerta se abrió apenas y Jungkook asomó la cabeza.

—Ah… ¿están ocupados?

El ambiente cambió de inmediato.

No porque Jungkook hubiera hecho algo en particular. Ni siquiera entró del todo. Pero su presencia bastó para volver visible todo lo que Jin y Tae no habían terminado de decirse.

La mirada de Jungkook pasó de uno a otro lentamente.

Observando demasiado.

Jin se apartó apenas de Tae casi por reflejo.

Y Jungkook lo notó.

Claro que lo notó.

Notó la distancia corta entre ellos. La tensión en el cuerpo de Jin. La manera en que Tae seguía mirándolo incluso después de la interrupción. Notó también que algo había ocurrido antes de que él abriera la puerta, algo que no alcanzó a escuchar, pero que dejó el aire del cuarto cargado de una forma imposible de ignorar.

El corazón empezó a latirle más fuerte sin entender del todo por qué.

—Solo venía a preguntarte algo, hyung —dijo, sin quitarle los ojos de encima a Jin.

Tae soltó una risa bajita por la nariz.

No fue una risa burlona.

Fue peor.

Sonó como si hubiera entendido algo.

Como si la aparición de Jungkook confirmara exactamente el problema del que acababan de estar hablando.

Entonces se separó de la pared.

—Te dejo tranquilo.

Pasó junto a Jungkook para salir, pero antes de cruzar la puerta se detuvo apenas. No miró al maknae. No le dio explicaciones. No intentó suavizar la escena.

Miró a Jin.

Solo a Jin.

—No voy a hacer como si esto no me importa —dijo suavemente—. Así que deja de pedirme que actúe normal.

Y luego se fue.

La puerta quedó abierta unos segundos más antes de que el silencio terminara de instalarse entre Jin y Jungkook.

Un silencio incómodo.

Nuevo.

Jungkook seguía parado en la entrada, quieto, con una mano todavía sobre el pomo y el pecho demasiado apretado. Había querido hablar con Jin de algo que, hasta hacía unos minutos, le había parecido importante. Ahora ni siquiera recordaba cómo empezar.

Porque por primera vez lo entendía de verdad.

Esto ya no parecía un juego.

Y quizá nunca lo había sido.