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Es un viernes de febrero y hace tanto frío fuera de Hogwarts como calor en el interior del colegio. Amurallado entre libros y con la colcha hecha un ovillo, Remus lee sobre su cama, apoyado en la pared, hirviendo de calor, como una serpiente en su nido, embriagado del placer de estar exactamente en el rincón del mundo donde quiere estar -solo, en su cuarto-, haciendo exactamente lo que quiere hacer -releer aleatoriamente entre sus libros más leídos-. Está tan concentrado en sus placeres y son tan variados -deberes hechos, libros viejos, tableta de Honeydukes, tormenta de nieve- que siente una especie de electricidad en todo el cuerpo y se plantea qué riesgo correría en caso de que acabara cediendo al impulso hedonista de masturbarse a plena luz del día, solo para aprovechar ese rincón de placer al que se ha reducido el mundo.
La puerta de la habitación se abre antes de que calcule seriamente las posibilidades de hacer algo que no se habría atrevido a hacer y Sirius hace acto de presencia con una expresión de derrota que Remus no está seguro de haber visto nunca. Hay enfado, porque en Sirius casi siempre hay enfado, pero su rabia tiene la densidad de la tristeza y la lleva en silencio, con el corazón totalmente desnudo y la camisa ligeramente abierta.
–Hey.
Y nada más. Ni una subida en el tono de su humor, ni un ligero chispazo de electricidad ante la presencia de otro ser humano. Solo “hey” mientras abre los cajones de la cómoda en busca -supone Remus- de la marihuana que hace que toda su ropa interior huela siempre levemente a hierba.
–¿Estás bien?
Parece la pregunta más lógica, en vista de que ni siquiera la perspectiva de las drogas parece animarle. Incluso la velocidad a la que se suelta el nudo de la corbata -hasta deshacerlo del todo para tirar después del cuello de la camisa y quitársela- resulta triste. A Remus le gustaría que fuera simplemente triste y no triste pero increíblemente sexy al mismo tiempo, pero Remus no vive en un mundo perfecto sino en un mundo con alguien que se cree perfecto y tiene la repugnante costumbre de parecerlo. Qué se le va a hacer.
Sirius dice “bien” y no parece mentira, sino “bien dentro de las circunstancias” o “todo lo bien que puedo estar”. Se lleva la mano al bolsillo de la chaqueta, una casaca verde de cuero que, aunque no lo parece, a Sirius le recuerda a la portada del Sargent Peppers, y saca la carta arrugada que debe estar en el origen de su ánimo y que Remus supone que viene de Londres. Solo su familia es capaz de ponerle de ese humor ceniciento.
–¿Tu madre?
En lugar de contestar, Sirius se acerca a su cama y le entrega el sobre con el contenido dentro. Un gesto de confianza tan íntimo que resulta difícil saber qué hacer con él. La lacra es, efectivamente, el sello de los Black. Pero no es su madre.
–Regulus.
Sirius nunca habla de él. Pero Remus sabe que es el último lugar de su corazón en el que quedaba algo de esperanza por su familia.
–Ese gilipollas quiere informarme de que ya no tengo hermano.
“Como si hiciera falta” masculla y quizá lo piense de verdad peor es evidente que, si no hacía falta, sin duda ha hecho daño y lo ha hecho justo donde pretendía, en el flanco menos resguardado del ardiente corazón de Sirius, donde un niño pequeño habita todavía y se pregunta, cuando le dejan, por qué sus padres faltaron a la primera de sus obligaciones y no hicieron algo tan sencillo como quererle.
A Remus no se le ocurre qué decir. Así que dice “lo siento”, que es lo único que se acerca a rozar la superficie de lo que querría decir. No es mucho pero es algo. Sirius sonríe un poco y, lo que resulta fatal para la dirección que acaba tomando la tarde, se tira en la cama de Remus boca abajo, como un peso muerto, sin asomo de agresividad. Si la situación no fuera dramática sería casi cómica: en esa postura, agitándose primero boca abajo y luego boca arriba contra el colchón, tratando de encontrar una postura, haciendo ruidos guturales y quejándose sin palabras, como si mugiera al borde de un aullido, Sirius recuerda tanto a su forma de animago que dan ganas de acariciarle el pelo. Un deseo que, para ser sinceros, Remus tiene que contener tan a menudo que casi siempre que se acerca a Sirius le cosquillean de ganas las yemas de los dedos. Hay pocas cosas que le gusten más que ese brillante pelo negro que parece casi azul y que se mueve flop flop flop cuando Sirius avanza por los pasillos, huracanando el mundo a su paso.
–¿Quieres que me vaya de mi propia cama para que puedas estar más a gusto, Sirius?
Estupideces que se preguntan por costumbre. Remus lleva años tratando de protegerse contra el carisma de Sirius. A él le permite sobrevivir a sus deseos y espera que a Sirius le dé cierta firmeza de carácter. En lugar de contestar, Sirius le da una patada suave en el costado y termina de hacerse un ovillo entre las mantas mientras rebusca en sus bolsillos hasta encontrar el mechero con el que prende fuego a la marihuana y, obviamente, a la sensatez de Remus, que debería ser prudente y levantarse de la cama con cualquier excusa, en lugar de quedarse y compartir un espacio reducido y caliente con Sirius Black, con sus vaqueros sucios y sus botones de la camisa desabrochados y sus crines de pelo negro y esos ojos tormentosamente grises que brillan tanto como esos colmillos sospechosamente caninos.
En lugar de eso, acepta su invitación a fumar allí mismo, en la cama, donde todos los pensamientos se acolchan y las esquinas de la realidad se vuelven peligrosamente suaves. Lo sensato sería decir que no, pero ni siquiera los más cautos pueden vivir eternamente libres de imprudencia y Remus cae en la tentación de la conversación y de la marihuana, deseando librar a su amigo del aura de venenosa tristeza en la que ha llegado envuelto. Lo consigue, calada tras calada, pero a cambio de su mejor juicio y de una conversación que arranca inofensivamente y deriva en un desastre militar en el que termina perdiendo la batalla de la sensatez, desarmado ante sus debilidades, entregando todas sus defensas ante el ataque de la muy pura y muy antigua casa de los Black.
(...)
Qué haces, qué lees, ¿fumas?
El comienzo no hace augurar más peligro del habitual con Sirius. Es decir bastante. Pero Remus tendría que estar en coma para evitar siempre el peligro alrededor de Sirius, que puede convertir una chispa en una llamarada solo con una mirada. Solo con preguntarle qué haces, qué lees, ¿fumas? Le responde que nada, cosas mías y bueno, pero solo un par de caladas. La marihuana de Sirius le ablanda de mil maneras y con él en la cama no necesita ninguna, muchas gracias.
El problema es que, una vez que empieza, es difícil parar y lo mismo vale para la droga que para la conversación. La cosa pasa de libros a chicos tan rápido que Remus se convence de que Sirius nunca perderá al quidditch: es demasiado bueno anticipando las jugadas.
Hay un chico. Se llama Elder. Vale, el nombre es estúpido, pero el chico es guapo. Un Ravenclaw de su curso y el único en todo el colegio que no muestra ningún interés en el quidditch y todo su interés en Remus. No es que el interés sea exactamente mutuo, pero Remus tampoco es de mármol, aunque intente fingirlo, y Sirius quiere saber qué ocurrió el sábado cuando volvieron tarde de Hogsmeade y si “volverá a darse una vuelta con él” ahora que ha cedido a años y años de lo que Sirius considera “un caso tan inaceptable de ojos de cordero degollado que podría estar a la altura del mismísimo James Potter”.
Remus trata de no contestar, pero sus defensas están bajas. Ocurre pocas, poquísimas veces. Pero Sirius está… suave. No hay nada rabioso en él. El niño que fue se ha quedado al descubierto con sus heridas y Remus no puede resistirse a la intimidad que le propone. La cama se ha convertido en un nido caliente. Sirius está acurrucado junto a él y a Remus le lloran los ojos del humo. Así que le cuenta que no, no volverá a salir con él, y cuando Sirius insiste en el motivo, tiene el coraje de decir la verdad y de contarle que Elder -nombre estúpido, chico realmente guapo- no besa nada pero nada bien.
Le encanta la risa perruna de Sirius al escucharlo. No debería, seguramente. Pero le encanta cómo expulsa el humo y casi tose, con el estómago vibrando, insultantemente feliz, tan abofeteable y tan contento como pueda estarlo un ser humano. Quién lo iba a decir. Todo lo que hacía falta para animarle era saber que su amigo el empollón, su amigo “el prefecto, nada menos”, era capaz de pasar de un chico por su forma de besar.
–¿Tan mal, Lupin, en serio?
–Tan mal, Canuto. En serio.
Con cualquier otro la cosa acabaría ahí. Pero Sirius quiere jugar. Así que insiste para saber qué significa mal “según los exigentes estándares lupinianos de besar bien”. Quiere conocer “la escala lunática de buenos y malos besos” y saber por qué Elder -nombre estúpido, es cierto- ha quedado eliminado tras la primera ronda. Y nada, nada le hace tan feliz como escuchar las explicaciones que le da Remus, en contra de su mejor criterio, un poco enamorado de ver cómo se divierte Sirius y bastante enamorado de… en fin, es mejor no pensar en ello. El caso es que, para Sirius, saber que Elder es “torpe, y ya sabes, mal coordinado” es como la mejor gamberrada de su vida.
–Detalles, Lupin. ¿Mucha saliva? ¿Poca saliva? ¿Estamos hablando de mal aliento o, ya sabes, eso que pasa a veces de demasiados dientes?
–Sé que parece difícil, pero un poco de todo eso. No el mal aliento, afortunadamente. Pero sí a todo lo demás.
–¿En serio?
Lo pregunta mirándole demasiado adentro.
–En serio.
Si fuera sincero, Remus tendría que decir que preferiría que la conversación terminara justo ahí, pero si fuera más sincero tendría que admitir que una parte de él querría que no terminara nunca. En su cama, Sirius parece manso y Remus sabe que debe tratarse de una trampa para atraparle en su guarida, pero no encuentra dentro de sí la fuerza suficiente para resistirse a la atracción del abismo.
–Y a ti, Lupin, ¿cómo te gustan los besos?
(...)
Sirius siempre ha sido guapo. El primer curso ya era uno de esos niños de anuncio muggle, pero el último año ha habido cambios que le han hecho monstruosamente atractivo. Remus no sabe lo que es. Ha crecido un poco. Pero no es eso. Le ha pasado algo a su cara. Algo que antes era elegante se ha vuelto aristocrático y Remus no descarta que sus mejillas hayan llegado a alcanzar el estadio en el que realmente podrían cortar diamantes. Pero nunca, nunca, nunca, ha sido tan guapo como cuando indaga en su expresión y le pregunta “y a ti, Lupin, ¿cómo te gustan los besos?”. Y Remus nunca, nunca, nunca ha sido tan estúpido como cuando piensa qué más da y elige tener esta conversación con Sirius para alimentar años de fantasías. A pesar de que le dolerá en algún momento, a pesar de que tiene que taparse discretamente con el libro para no delatar posibles reacciones de su cuerpo. Entre la marihuana y la cerveza que ha abierto Sirius con un golpe de varita siente un ramalazo de valor irlandés y qué demonios, que nunca vaya a probar cómo son los besos de su mejor amigo, no quiere decir que no pueda hablar sobre ello.
–Me gustan buenos, Sirius, cómo me van a gustar. Bien dados.
Puede notar su resoplido antes de que aparezca.
–Venga ya, Lupin, por favor. -Suena exasperado, pero es difícil resistirse a su por favor, porque no solo es un por favor, Remus, no te hagas el tonto porque no te pega sino un por favor, Remus, no te hagas el tonto porque soy tu amigo y no me gusta.
Es un por favor tan bueno que es casi un chantaje.
–No sé qué quieres que te diga, Sirius. Tampoco es como si yo fuera besando a todo el colegio como si tuviera que hacer sondeos para un estudio sociológico. Como haces tú.
Vuelve a ser una maniobra de distracción. Pero al menos esta vez Sirius se ríe y es una risa suave que reverbera en su estómago mientras expulsa un poco humo y que sacude los restos de la tristeza que arrastraba cuando ha llegado al cuarto.
–No lo llamaría estudio sociológico, pero hay que probar muchos tornillos para ver dónde entra la tuerca, Lupin.
Le brilla la mirada tras el humo.
–Eres asqueroso, Canuto.
Encoge los hombros un poco, un gesto de qué se le va a hacer, con el que parece darle la razón y quitársela al mismo tiempo.
–Soy un cochino.
Remus no quiere reírse, pero no lo veía venir y no puede evitarlo. Sirius dice cochino de una forma que divertida y muy peligrosa al mismo tiempo.
–¿Cuál es la diferencia?
Seguramente no debería preguntarlo, pero en fin.
–Cómo qué cuál es la diferencia, Lupin, -no sabe por qué subraya su nombre así, pero tampoco sabe cómo dejar de fijarse en que no deja de mojarse los labios, así que, qué más da-. La diferencia es que un asqueroso da asco. A un cochino le gustan cosas que a otros les dan asco. –Lo dice tan deliberadamente como una provocación que el cuerpo de Remus se pone inmediatamente alerta, como si presintiera que está en peligro antes de que Sirius lo confirme, bajando ligeramente la cabeza para hacerle una pregunta que Remus debería tomarse a broma si no pareciera que la hace totalmente en serio-. ¿Te doy asco, Lupin?
Ha visto a Sirius comer como un animal, sudar como una bestia, y blasfemar como un demonio. Le ha oído roncar, eructar, y blasfemar. Le ha visto caer en la cama borracho y levantarse de resaca, olisquear entre camisetas arrugadas para saber cuál ponerse y llevar pantalones sin ropa interior porque no tenía calzoncillos limpios.
Le ha visto hacer cosas que deberían darle asco.
Y no está seguro de lo que dice de él pero es probable que sean las cosas que más han alimentado sus fantasías más innombrables.
Por eso, precisamente, debería contestar a la pregunta de Sirius diciendo sí.
¿Te doy asco, Lupin?
Normalmente, Remus diría sí. Sería la mayor mentira del mundo pero lo diría totalmente en serio y Sirius sabría que es una broma aunque pensara que es verdad. Pero normalmente Remus sabría que Sirius lo estaría diciendo de broma y no con esa extraña seriedad en la que Remus no sabe interpretar porque no le pega que esté dolido pero podría estarlo y no cree que esté realmente furioso pero parece casi enfadado y no sabe qué está pasando y por qué se siente raro y alterado.
¿Te doy asco, Lupin?
Está tardando demasiado en contestar.
–Solo en el sentido espiritual, Canuto.
Pero a Sirius le hace gracia su respuesta y su breve risa perruna se lleva con ella la extraña energía que había entre ellos, que desaparece tan inmediatamente como había aparecido.
–No te escaquees, Lunático. No puedes ser capaz de hablar de un libro que te gusta durante semanas y decirme que te gustan los besos buenos. Buenos cómo.
El argumento es, sin duda, indiscutible.
Si pudiera discutirlo, lo haría.
Pero como no se le ocurre cómo, no le queda más remedio que pensar en lo que le ha preguntado. Por mucho que no sepa qué puede decirle. ¿Cómo se definen los buenos besos?
–No lo sé, Canuto. Ya sabes… buenos. –Sería una pregunta complicada en cualquier situación, pero es difícil pensarlo en serio estando tan cerca de Sirius. Estando en la cama. Con Sirius-. Calientes, profundos… cosas así. –Intenta quitarles peso a las palabras, decirlas como si no tuvieran importancia, pero no es fácil. Sería mucho más fácil si Sirius no estuviera tan callado, si no le mirara con una atención tan voraz–. Supongo que tienen que ser suaves pero no blandos y, ya sabes, firmes pero no agresivos. –Podría callarse, pero el esfuerzo de fingir que está totalmente tranquilo le está poniendo nervioso y no es fácil callarse estando nervioso-. Tienen que empezar poco a poco, supongo. Ya sabes, como si salieran a buscarte para que fueras a buscarlos.
No está seguro de haber dicho algo más o menos bien pensado y bien dicho o algo totalmente ridículo que le avergonzará cada vez que le asalte el recuerdo de haberlo dicho.
Tampoco sabe cómo interpretar la pausa que hace Sirius antes de preguntarle “¿largos?” como si ya supiera la respuesta.
–Largos, sí. Pero por mucho que duren, creo que si son buenos no parecen largos. Si son buenos, te dejan con ganas de más.
Sirius no dice nada. Le pasa el cigarro que ha liado sin preguntar si quiere o no quiere más. Y Remus no sabe pero supone que quiere porque le gusta cómo se rozan los dedos y el sopor que invade su cuerpo y la cama con cada nueva calada.
–No me extraña que no quieras volver a salir con ese payaso, Lunático. Nadie que se llame Elbert puede dar besos así.
Remus sabe que seguramente no debería reírse.
Y está bastante seguro que no debería fumar y muy seguro de que no debería estar hablando de sexo con Sirius en la cama, pero de lo que no está muy seguro es de que quiera parar y menos aún de que pudiera parar si quisiera.
(...)
Hablar con sexo de Sirius es una de esas cosas que Remus siempre ha evitado como evita los cacahuetes un alérgico a los frutos secos. Así que no sabía lo que iba a ocurrir cuando se abrieran las compuertas. No sabía que Sirius agradecería tanto esa nueva intimidad, y que la conversación derivaría a un largo monólogo sobre labios calientes y chicas aún más calientes. Le encantan los besos, afirma, le gusta cuando te dejan la mirada vidriosa, las piernas flojas, pesado, líquido, rígido. No dice rígido dice cosas más obscenas -cuando te la ponen dura, dice–, pero Remus prefiere no escuchar porque el libro que tiene entre las piernas tampoco es tan voluminoso y si le sigue escuchando tendrá que atacarle, darle la vuelta, bajarle los pantalones y follárselo contra la cama-. Todo eso que no puede hacer, todo eso que hará en algún momento en sus fantasías cuando se quede a solas, en ese orden y varias veces.
–¿Y tú qué, Remus?
Yo nada, piensa. Yo estoy aquí tranquilamente, pensando en tu culo y en mis cosas.
–¿Cómo besas tú?
Remus nunca habría pensado que se encontraría en la situación social de tener que responder a esa pregunta. Mucho menos ante Sirius. Siente que se hunde en la cama, que su corazón desaparece de un bocado, devorado por su estómago, una y otra vez, en un bucle infinito. No sabe qué decir, así que no dice nada. Hace algo peor y se ruboriza. Para el infinito placer de Sirius que le mira como las arañas a las moscas.
–Seguro que besas bien, ¿eh, Lupin? Te he visto hacerle cosas a una tableta de chocolate que no se deberían hacer en un comedor escolar. -Le gustaría decir que puede moverse, pero no puede, está inmóvil en la telaraña de Sirius, enganchado en su intensidad. Conoce la sensación porque la experimenta una vez al mes, cuando le llama la luna y obedece más allá de su voluntad-. Mira cómo te concentras cuando lees, toda esa atención. -Lo dice a dentelladas, le brillan los colmillos casi más que los ojos-. Seguro que no te importa aplicarte ni entrenar. Con tal de hacerlo perfecto.
No era consciente de tener el cigarrillo entre los dedos hasta que Sirius se acerca a él y se lo quita. Ni le roza, casi. Y es peor. Solo una caricia fantasmal y tiene los pelos de punta, ¿qué pasaría si le tirara de la camisa y comiera de sus labios hasta tragarse su lengua? Sirius está fumando en su cara y ni siquiera le molesta. Sigue inmóvil, pensando en lo que puede decir ahora que el mundo ha girado sobre su eje y Sirius le obliga a ser más valiente de lo que ha sido nunca.
–Me gusta hacerlo bien -dice, y lo dice tan bajo que casi ni se oye.
Le llega el calor corporal de Sirius como si fuera una fuente de energía inflamable. Le falta saliva. Se mojaría los labios, pero tendría que sacar la lengua de la boca para hacerlo y no sabe qué ocurriría después. Sirius está cerca y Remus está mucho, mucho más colocado de lo que recordaba hace tan solo un segundo. Tanto que le parece oír una frase desquiciadamente imposible, que no pensó que oiría jamás.
–¿Me lo harías bien, Remus?
Si es posible que el corazón se hinche hasta encogerse, eso es exactamente lo que le pasa a Remus Lupin en ese momento, cuando Sirius, con toda la calma del mundo, mirando dentro de su alma como no ha mirado nadie jamás, se sacude el pelo de la cabeza, traga humo y le pregunta cómo se lo haría exactamente mientras invade su espacio físico y convierte su cama en un nido de serpientes.
–¿Me gustaría, Lunático?
(...)
Remus sabe que tiene la mirada vidriosa. Si estuviera de pie ni qué decir que le vencerían las piernas. Intenta decir algo. Algo como “no”. Algo como “Sirius no puedes…”, pero no puede terminar un pensamiento, mucho menos una frase, ninguna frase, porque Sirius ha decidido suicidarles a ambos, hablando de lo que nunca han hablado, de lo que Remus Lupin estaba convencido de que nunca hablarían. Contaba con ello. Ha basado su vida en ello.
–Te he visto mirarme, Lunático.
No. No puede ser.
Ha tenido cuidado. Ha sido… más que cuidadoso. Le han ardido los ojos de no mirarle, se jugaba su cordura y la mejor amistad de su vida. Le ha mirado, claro, porque Sirius se exhibe, y porque, a veces, tienes que mirar el sol aunque luego te arda su imagen cada vez que cierras los ojos. Pero pocas, muy pocas veces. Y ha sido más prudente de lo que puede ser alguien cuando vive con una supernova abrasadora-mitad hombre-mitad sexo que se pasea medio desnudo todo el día y se masturba compulsivamente en la cama de al lado. Baja la mirada porque no se le ocurre nada que le mortifique más que la idea de Sirius sabiéndolo.
Pero Sirius no le deja esconderse. Dice “eh” y le obliga a la tortura de mirarle.
–Eh, Lupin, no pasa nada.
Y lo dice como si no pasara nada. Pero pasa. Ya lo que creo que pasa. Pasa que Remus se está muriendo, pasa que se está muriendo en serio, eso pasa. Porque no hablar de ello le permitía no sentirlo del todo. Y no sentirlo del todo le permitía sobrevivir a su secreto más profundo. No el del lobo que habita bajo el hombre, sino el del hombre que habita bajo el lobo.
–No es lo que crees.
La mayor mentira del mundo, la frase más estúpida que se le ocurre, pero es que no se le ocurre otra. Sirius la ignora, ha mordido el hueso que quería y nunca suelta uno si puede evitarlo.
–Nunca lo he hecho con un tío, Remus. No sé si me gustaría.
Habla tan despacio. ¿Por qué habla tan despacio? Entre la marihuana y su voz, el mundo se desenrosca lentamente, pero cuando Sirius acorta la distancia entre ellos y le acerca el final del cigarro a la boca, Remus, que debería rechazarlo, aspira una vez más y se coloca al borde del suicidio. Se le queda una brizna de tabaco en el labio inferior y los dedos de Sirius se acercan para quitársela y nunca ha querido aúllar tanto como en ese momento ni en su forma humana ni en la licántropa. Se siente solo carne y quiere abrirse a Sirius para que le devore. Cuando se da cuenta de que lo ha hecho, de que se ha metido un dedo suyo en la boca, se convence de que está viviendo un sueño. Un sueño lúcido en el que Sirius se deja lamer el dedo pulgar, en el que se deja lamer mientras mira, con las pupilas dilatadas y los párpados somnolientos. Se lo mete hasta dentro en la boca y deja que Remus lo saboree, se lo trague, succione mientras él se limita a mirar, en un trance hipnótico. Murmura “mírate” y luego “sshhh”. Saca el dedo, brillante de saliva, se moja los labios y Remus, por primera vez en su vida, experimenta el vértigo de creer que Sirius Black va a besarle. Requiere menos esfuerzo que no besarle, está convencido.
Y sin embargo, lo que llega no es un beso. Sino su respiración de caballo, su voz cavernosa.
–¿Me gustaría, Remus, lo que quieres hacerme? -Le desaparece el gris de los ojos, las puntas de su pelo rozan el cuerpo de Remus, jadean juntos y desacompasados-. ¿Lo que llevas tanto tiempo queriendo hacerme?
Quiere decir sí. Nadie ha querido nunca decir sí tanto como él en ese momento. Lo único que le retiene de pasar a la orilla del resto de su vida es no saber qué hay al otro lado.
–No lo sé.
Y no sabe, es verdad que no sabe, y que apenas puede respirar, pero también es verdad que Sirius le invita a saltar al agua y estando tan cerca de la orilla y teniendo tanto calor resulta difícil resistirse. No es lo que quiere hacerle, es que quiere deshacerle. Y Sirius está diciendo cosas, cosas increíbles que Remus nunca pensó que escucharía. Cosas que Remus están teniendo que inventarse porque es imposible que Sirius las esté diciendo.
–Podemos probar.
Y Remus no sabe cómo va a hacerlo, realmente no sabe, pero va a tener que sacar fuerza de la parte más valiente de su corazón para besar a Sirius Black porque si no lo hace no va a perdonarse durante el resto de su vida.
–Vale.
(...)
Es una distancia muy breve la que les separa.
Aunque a Remus le parece tan difícil de sortear como el vacío cósmico que separa los electrones del corazón del átomo. Hasta que se da cuenta de que lo está haciendo -de que realmente se está inclinando hacia Sirius para besarle- no está seguro de que será capaz de hacerlo. A pesar de las ganas que tiene y de esa voz en su interior que dice hazlo, esa voz casi tiránica que podría ser la de su cordura o la de su locura y que repite hazlo, Remus, o detéstate toda la vida. A pesar de todo cree que no reunirá el valor suficiente -¿cómo podría?- y por eso le sorprende estar moviéndose, impulsado por una fuerza gravitatoria que desconocía y que le está haciendo sentir los labios de Sirius contra los Sirius.
Quizá contra no sea la palabra adecuada.
No están en contra el uno del otro, están más bien encima.
O sea, no encima, pero están tan cerca que lo parece.
Le quema el aliento de Sirius, no puede ver nada más que su lengua lamiéndose los labios., lo único que puede escuchar son esos sonidos que está haciendo que no había oído nunca. Suena como un motor al ralentí que no termina de arrancar y no puede esperar a que lo aceleren.
Dios, tiene tantas ganas de besarle que no sabe qué hacer con su cuerpo y es curioso porque es en ese momento -no antes, dos millones de centésimas de segundo antes, cuando era joven y estúpido- sino en ese preciso momento cuando se da cuenta de que no tiene por qué aguantarse porque Sirius ha dicho podemos probar y él ha dicho vale y lo único que tiene que hacer es obedecer a su voz interior que le ordena bésale.
Como siempre has querido besarle.
Es exactamente lo que hace. Besarle, dejándose llevar por la fuerza más poderosa de su vida solo para darse cuenta de que lo difícil no era besarle, lo difícil era resistirse. Lo único que tiene que hacer ahora es reclamar lo que Sirius le está ofreciendo y hacer con su boca lo que lleva toda la vida queriendo hacer con todo su cuerpo. Lo único que tiene que hacer es lo único que quiere hacer: tiene que darle a Sirius la clase de beso largo, lento y venenoso que siempre ha querido darle.
Es exactamente lo que hace.
Le besa descarnadamente despacio, gimiendo un poco al entrar por primera vez con la lengua entre sus labios, haciéndole gruñir un poco cada vez que amaga con sacarla sin llegar a retirarse del todo. Le besa profundo, como las raíces a la tierra. Y largo, como los días al verano. Le besa como si pensara no sabes las cosas que querría hacerte, pensando en todas las cosas terribles que quiere hacerle y no pensando en nada al mismo tiempo. Le besa reclamando toda su boca como se imaginaba que hacía Sirius con las chicas de séptimo a las que perseguía en los pasillos cuando estaban en quinto. Le besa asfixiándole y dejándose asfixiar, como si no tuviera prisa, como si no estuviera muriéndose, como si besar a Sirius Black no fuera una bisagra en la historia de los hombres, como si sentir que Sirius le está besando no fuera a destruir su vida hasta los cimientos.
Porque Sirius le está besando.
Es un hecho.
Sirius le está besando.
Un hecho extraordinario, sin duda.
Pero, sin duda, un hecho real. Que está sucediendo mientras lo piensa.
Alguien le está besando.
Y es Sirius.
Está con Sirius.
Y se están besando.
Y no solo besando.
Sirius le está devorando.
Eso que está sintiendo es su lengua devolviendo el beso, son sus labios comiéndole la boca, es su mano en la nuca, obligándole a abrirse más -cómo, se pregunta Remus, más cómo, Sirius, cómo hago para darte más- y atrayéndole hacia su cuerpo hasta que está prácticamente sentado sobre su regazo.
Sobre algo más que su regazo, en realidad.
Porque eso que su cuerpo acaba de tocar y que no puede sino buscar con su propio cuerpo para volver a sentirlo no solo es Sirius. Es Sirius rígido. Y Remus no había experimentado ningún placer en su vida que le preparara para algo así.
Tarda en darse cuenta de que el sonido inhumano que acaba de escuchar ha salido de él. De que es él -no Sirius, no el lobo, sino él- el que acaba de sonar así. Como un animal al que hubieran herido en lo más hondo y no quisiera más vida que la muerte que Sirius quiera darle.
–Joder, Lunático, -la voz de Sirius es un rugido, suena casi rabiosa, y entrecortada, como si llegara del otro lado de las llanuras del sopor-. Qué caliente me estás poniendo.
Cuando la luna trata de transformarle, Remus siempre empieza sintiendo que podrá controlarlo. Como si su mente se resistiera a aceptar el dolor que está por llegar. Pero siempre hay un instante en el que lo pierde y su mente deja de luchar contra ello. Un momento en el que toda fantasía de control se desvanece, su voluntad cede a lo que siempre ha sido inevitable y su cuerpo se rinde totalmente a lo que le está pasando.
Esa tarde, el momento en el que pierde todo el control es ese. Ahí. Cuando Sirius dice joder, Lunático, qué caliente me estás poniendo y su mente reacciona ordenándole que se olvide de todo lo que pueda ocurrir fuera de esa cama y que se entregue del todo a lo que está sintiendo y le entregue a su cuerpo todo lo que le está pidiendo.
Más.
Su cuerpo quiere más.
Ríndete, dice su cuerpo.
Y Remus, que no sabía que se estuviera resistiendo, deja de callarse los sonidos que quiere emitir su cuerpo y
Ríndete, dice su cuerpo.
Y Remus, que no sabía que se pudiera besar ni tan bien ni tanto como le están besando, se deja besar más para que Sirius no solo le bese más sino para que le bese del todo, agarrándole de la nuca para dirigirle a su antojo y devorándole del todo como si fuera una planta carnívora.
Ríndete, dice su cuerpo.
Y Remus, que no sabía que se estuviera conteniendo, se encarama al cuerpo de Sirius para que no quede entre ellos ni un solo sitio en el que puedan tocarse y no se estén tocando.
–Joder.
Cuando Remus gime, Sirius ruge. Cuando Remus se rinde, Sirius le devora, y con una fuerza que Remus sabía que tenía pero que nunca había empleado con él, maniobra con su cuerpo, que no ofrece ninguna resistencia a que Sirius le obligue a tumbarse sobre el colchón para poder ponerse encima, sin dejar de besarle, sin dejar de frotarse, sin dejar de hablar. Solo que ahora puede sentir todo el peso de su cuerpo y cuando le besa la boca, nota un sopor desconocido, y cuando no es la boca lo que besa sino el cuello hasta el borde de las orejas siente un placer casi insoportable y cuando vuelve a decir joder, Lunático lo hace cerca del ído y Remus nota la vibración de su rugido dentro de sí mismo, tiene que ser increíble follar contigo, derritiéndole todo el cuerpo debilitándole en todas partes menos donde no puede creer que esté tan rígido, tan tenso, tan cerca.
Embestir con las caderas tumbado sobre el colchón no es fácil, pero su cuerpo lo hace por instinto, buscando el alivio que necesita y que le está haciendo enloquecer cada vez que encuentra. Ahí, justo ahí, donde la erección más violenta de su vida se vuelve más y más insoportable cada vez que se encuentra con lo que está buscando y su mente trata de asimilar lo dura que la tiene Sirius mientras su cuerpo reacciona a lo dura que se la está poniendo al frotarse contra la suya.
En el futuro, si alguien le pregunta cuando decidió desabrocharles a los dos los pantalones dirá, seguramente, “¿quién, yo?” porque la decisión de hacerlo sale de una parte de su conciencia sobre la que no tiene soberanía y no se da cuenta de que lo está haciendo, -de que está intentando librarse de su cinturón- y hasta que Sirius no se separa de su cuerpo un momento, ofreciéndole una imagen que jamás se borrará de la memoria de sus retinas, que le recordarán siempre como le está viendo en ese momento. Sentado a horcajadas sobre su cuerpo, con las piernas a cada lado, tratando de recuperar el aliento, sudando por la lengua como un perro, con el pelo en la cara, los ojos vidriosos, y una mirada feroz. Remus nunca ha visto ni cree que vaya a ver nada que le haga sentir tan invencible y tan vencido como lo que está viendo. Ha visto muchas veces a Sirius enfurecer de ganas por algo, pero ahora ese algo es él y es perfectamente posible que Remus necesite transformarse en lobo para soportarlo porque no está seguro de que tenga fuerza suficiente como hombre para sobrevivir al rubor casi turbio que siente cuando Sirius le aparta las manos de un manotazo para ayudarle a soltarse el cinturón, abrirle los pantalones y liberarle del calzoncillo que le estaba cortando la circulación, con una primera órden que es lo más caliente que Remus ha oído nunca -“sacátela”-, una segunda que supera a la primera inmediatamente -“enseñámela”- y una tercera tan obscena que le da ganas de llorar, -“tócate”-. Lo hace todo inmediatamente y sin rechistar, con una obediencia que le avergonzaría si su cuerpo recordara cómo funciona la vergüenza.
Está convencido, sabe, de hecho, que no podrá tener un solo día de paz ahora que todas sus fantasías con Sirius Black han sido superadas por la imagen real del mismísimo Sirius Black desabrochándose el vaquero, metiéndose la mano dentro para tocarse, acariciándose una vez como si le doliera, antes de sacársela del calzoncillo, para que Remus pueda verle en toda su gloria y se le quede la boca inmediatamente seca, que es lo contrario de lo que debe pasar Sirius, que se escupe en la mano varias veces, lubricándose con su propia saliva hasta que se da por satisfecho y vuelve a tumbarse sobre su cuerpo para seguir besándole y frotándose. Solo que esta vez cada beso que se dan es un beso menos porque cada vez que se frotan, Remus se acerca a toda velocidad al momento en el que sabe que ya no podrá aguantar más.
Supone que ese momento llegará antes para él que para Sirius y en ese momento, no podría importarle menos porque no le importa nada. Nada excepto, quizá, que haya demasiado de todo. Demasiado Sirius, demasiada estimulación, demasiado placer. Le preocuparse que su cuerpo no pueda resistirlo y en lugar de correrse, deje de funcionar. Sirius no ha dejado de besarle, intermitentemente y con el aliento entrecortado. Están rígidos, tienen los calzoncillos abiertos, y Sirius se está ayudando de una mano para asegurarse de que haya la mayor fricción posible. Es la primera vez que Remus hace algo así y lo está haciendo con Sirius. Si su cerebro cortara en ese momento toda comunicación con su cuerpo, es posible que pudiera correrse solo pensando en ello. Le bastaría verse desde fuera y pensar ese soy yo, a punto de correrme, ese soy yo con Sirius, que no deja de frotar su polla contra la mía, y eso que resbalaba al principio era su saliva y esas son mis piernas apretándole contra mi cuerpo y esas son mis manos en su espalda, por debajo de la línea imaginaria que marcan sus hoyuelos, tratando de meterse dentro de sus pantalones y debajo de sus calzoncillos para tocar, sentir, acariciar y apretar lo que encuentra debajo.
Sirius le ha torturado sin pudor durante años paseando delante de sus narices ese culo desnudo y perfecto que da hambre solo con verlo y quita el sueño solo con imaginarlo, y lo ha hecho sin ninguna compasión por Remus, que ha sentido demasiadas veces tantas ganas de morderlo, sentirlo, comérselo que se le hacía la boca y le sangraban las encías de rabia.
El culo de Sirius le ha hecho sufrir de día y sudar de noche.
Lo menos que puede hacer Sirius es darle un poco de acceso para que Remus pueda acariciarlo un poco. Supone que solo un poco antes de que Sirius le pare, pero Sirius no da ninguna señal de querer que pare, y Remus tampoco quiere parar. Quiere cogerle el culo con las dos manos, apretar hasta clavarle un poco las uñas, y que Sirius le siga besando mientras gime en su boca. Quiere cogerle el culo con las dos manos y acariciarle con los dedos la carne tierna y suave que queda entre las nalgas cuando las separa un poco.
Si apostara, seguramente apostaría todo su dinero a que ese es el momento en el que Sirius pondría fin a lo que sea que estén haciendo.
No es que sea mucho dinero, la verdad, pero Remus lo perdería todo.
Sirius no le hace parar y no le pide que pare.
Sirius anuncia que se corre. Sirius se estira como un gato, dándole tanto acceso como puede y ofreciéndole su culo de una forma tan obscena y tan cochina que Remus anunciaría Sirius, me voy a correr si Sirius no fuera porque Sirius le roba la frase en ese mismo momento, con un Remus, joder, me vo a correr tan caliente que parece imposible que haya nada más caliente en el mundo hasta que le suplica córrete tú también, Remus, con la cabeza metida en su cuello, córrete conmigo.
No se le ocurre cómo podría desobedecer.
O qué otra cosa podría hacer.
Se corren juntos, al mismo tiempo, embistiendo los dos en la mano de Sirius, frotándose como animales para masturbarse el uno contra la polla del otro, mánchandose el uno del semen del otro. Remus con las manos en el culo de Sirius, apretando; Sirius con la boca en el cuello de Remus, lamiendo, mordiendo, besando.
Un orgasmo largo, eléctrico y caliente que les deja un buen rato jadeantes, exhaustos, sin aliento. A Sirius le cuesta moverse de su sitio y a Remus no le importa notar su pelo en la cara o que su cuerpo, de pronto, pese tanto porque sabe que lo echara de menos en cuanto se aparte y no sabe si volverá a sentir algo parecido.
No tiene ni idea de qué decir, así que agradece que pase un rato antes de sentir que tiene fuerzas para hablar. Y agradece más todavía que sea Sirius el primero en hacerlo. Mentiría si dijera que le sorprende porque nunca ha conocido a nadie con más valor que Sirius pero mentiría más si dijera que no le sorprende lo suave que suena cuando se incorpora un poco para mirarle, lo cerca que se queda de su cuerpo, su aparente falta de prisa por separarse.
–Estaba seguro de que besarías bien, pero joder, Lupin. –Y Remus tendría que mentir mucho, realmente muchísimo para fingir que no se le para el corazón al escucharle-. Besas increíble. ¿Besabas así a ese payaso tuyo?
No sabe qué decir. Sirius está tan cerca.
Suena tan vulnerable.
Supone que solo puede decir la verdad.
–No. Así no. –Su propia voz le suena extraña, distinta, mayor-. O sea, parecido. Pero, ya sabes, mejor.
Puede que dure menos de un instante, pero hay una fracción de tiempo en la que, por la mirada de Sirius, pasa una ráfaga de algo que podría ser indignación o incluso pánico. Solo una pequeña fracción de tiempo antes de que Sirius se dé cuenta de que hay un merodeador presente, y le está vacilando. Murmura junto a su oído, eres un asqueroso, Lupin y Remus, enroscado en su cuerpo responde no, asqueroso no, buscando su boca, para entrar en ella suave y levemente, puede que cochino, con el mejor beso de todos.
(...)
Fuera, es casi de noche. El cielo raso de febrero es un manto azul oscuro casi negro en el que ya brillan las primeras estrellas y, en la ventana de la habitación de los chicos, en la parte más alta de la torre de Gryffindor, asoma una luna en cuarto creciente que da la bienvenida, con su resplandor, plateado a las llanuras infinitas del universo.
