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The Summer I Came Out (Gyucheol)

Summary:

Choi Seungcheol y Kim Mingyu creían haber encontrado el lugar perfecto para pasar el verano: una hermosa mansión junto al mar.

El problema es que ambos la alquilaron.

Y solo existe una casa.

Víctimas de la misma estafa, ninguno está dispuesto a renunciar a sus vacaciones, así que llegan a un acuerdo: dividir la mansión y sobrevivir juntos durante todo el verano.

Lo que comienza como una convivencia incómoda, llena de discusiones, reglas absurdas y competencia constante, poco a poco se transforma en algo que ninguno de los dos esperaba.

Porque compartir una casa puede ser complicado.

Compartir un verano puede ser peligroso.

Y descubrir que tu corazón ya no quiere despedirse cuando el verano termine puede cambiarlo todo.

Después de todo, algunos amores de verano no están destinados a durar unos meses.

Algunos están destinados a durar toda la vida.

Notes:

Les traigo un nuevo Gyucheol veraniego! Espero que les guste también esta nueva historia!

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

El sol del mediodía caía con fuerza sobre Honolulu cuando Seungcheol bajó del taxi. El aire era denso, cálido y olía a sal y a flores.

Se quedó quieto un momento frente a la mansión, con la maleta a sus pies y las llaves sudando ligeramente en la palma de la mano.

Era incluso más hermosa que en las fotos. Paredes blancas relucientes, ventanales enormes y una terraza que prometía vistas directas al mar.

Sintió una oleada de emoción en el pecho. Después de meses ahorrando y soñando con este verano lejos de todo, por fin estaba aquí.

Empujó la puerta principal y el frescor del aire acondicionado lo envolvió. El interior olía a madera nueva y a limpio. Dejó la maleta junto a la entrada y caminó despacio, absorbiendo cada detalle.

La sala era amplia y luminosa, con sofás claros y una cocina abierta que parecía sacada de una revista. Atravesó las puertas de vidrio y salió a la terraza trasera.

El mar estaba ahí. Azul intenso, brillando bajo el sol. La brisa marina le revolvió el cabello y le pegó la camiseta al cuerpo.

Respiró hondo, llenándose los pulmones de ese aire cálido y salado. Por un segundo, todo el peso que había cargado durante el último año pareció aligerarse.

Sacó el teléfono y abrió una videollamada con Jeonghan y Joshua. Contestaron casi al instante.

– ¡Por fin! – exclamó Jeonghan con una sonrisa burlona– Enséñanos esa mansión, vamos.

Seungcheol giró la cámara y empezó a recorrer la casa mientras hablaba – Miren esto… La sala es enorme. Y la cocina, Dios mío. Creo que nunca voy a cocinar, pero se ve increíble.

Joshua soltó una risa – Gira, gira. Quiero ver la vista al mar.

Seungcheol obedeció, apuntando la cámara hacia el océano, el sonido de las olas se escuchaba de fondo – ¿Qué les parece? ¿Demasiado bueno para ser verdad?

– Demasiado bueno, definitivamente – respondió Jeonghan – Pero disfrútalo, Cheol. Te lo mereces.

Caminaron virtualmente por la casa mientras Seungcheol subía al segundo piso. Les mostró la habitación principal, la cama king size y el balcón privado.

– Tengo que decidir dónde colgar los cuadros que traje – comentó, rascándose la nuca– Hay uno grande del mar que me gustaría poner frente a la cama. ¿Qué opinan? ¿Aquí o en la sala de abajo?

– En la habitación – dijo Joshua sin dudar– Así lo ves todas las mañanas al despertar. Es tu espacio.

– Yo voto por la sala – intervino Jeonghan– Para que impresione a quien venga.

Seungcheol rió suavemente – Son de mucha ayuda, de verdad.

Charlaron un rato más mientras él abría las maletas y empezaba a colocar su ropa en el armario. Camisetas, shorts, uniformes de salvavidas. Cosas simples. Prácticas. Todo lo que necesitaba para tres meses de verano sin complicaciones.

Cuando colgó la llamada, se sintió más ligero. Sus amigos siempre tenían ese efecto.

Bajó de nuevo a la planta baja, tomó una botella de agua fría de la nevera todavía vacía y salió otra vez a la terraza.

Se quitó las zapatillas, apoyó los pies descalzos en la barandilla caliente por el sol y se sentó allí, con la espalda contra una columna.

El mar rugía suavemente a lo lejos. El viento le acariciaba los brazos y el cuello.

Cerró los ojos.

– Tres meses – murmuró para sí mismo– Solo tres meses para mí.

Había algo en esa idea que le producía una extraña melancolía. Como si supiera, en el fondo, que nada tan bueno podía durar para siempre. Pero por ahora, el sol calentaba su piel, el mar estaba frente a él y la casa era suya.

Al menos eso creía.

Estaba a punto de bajar los pies de la barandilla cuando escuchó el sonido de un auto deteniéndose frente a la casa. Puertas cerrándose. Una voz grave y despreocupada hablando por teléfono.

Seungcheol frunció el ceño y se asomó ligeramente. Un chico alto, de cabello castaño cobrizo despeinado, estaba sacando maletas del maletero de un Jeep negro.

Llevaba una camiseta sin mangas que marcaba sus hombros y brazos, y sonreía mientras hablaba.

– Sí, hyung, ya llegué. La casa es una locura… Te digo que valió la pena.

Seungcheol se quedó observándolo un momento. Probablemente un vecino. O alguien que venía de visita a alguna de las casas cercanas. No le dió más importancia.

Volvió a sentarse en la barandilla, dejando que el sol le diera en la cara, ajeno todavía a lo que estaba a punto de pasar.

El verano acababa de comenzar.

~

Seungcheol se quedó unos minutos más sentado en la barandilla, disfrutando del calor del sol en la piel y del sonido constante de las olas.

El viento traía olor a sal y a protector solar de alguna casa cercana. Suspiró, sintiéndose más relajado de lo que había estado en meses.

Finalmente se levantó, estiró los brazos por encima de la cabeza y decidió seguir desempacando.

Entró a la sala principal, dejó la botella de agua sobre la isla de la cocina y se agachó para abrir una de las cajas que había dejado en el suelo.

Dentro había libros, algunos marcos y un par de cuadros enrollados. Estaba sacando uno cuando escuchó claramente el sonido de la puerta principal abriéndose.

Se dió la vuelta, pensando que tal vez había dejado la puerta sin cerrar bien.

Y ahí estaba.

El mismo chico que había visto abajo. Alto, realmente alto, con hombros anchos y brazos fuertes que se marcaban bajo la camiseta negra sin mangas.

El cabello castaño cobrizo despeinado por el viento, una mandíbula bien definida y una sonrisa relajada que parecía salirle natural.

Era guapo. Jodidamente guapo. Del tipo que hace que uno se quede mirando un segundo de más.

Seungcheol sintió un pequeño golpe en el pecho. No esperaba ver a nadie dentro de la casa.

El chico también se detuvo al verlo, con una caja grande entre las manos. Sus ojos almendrados se abrieron ligeramente por la sorpresa, pero enseguida recuperó esa expresión tranquila.

– Ah, hola – dijo con voz grave y amigable– No pensé que el anterior dueño todavía estuviera aquí. Si no es mucho pedir… ¿Me puedes ayudar con las cajas? Hay varias en el Jeep y pesan un montón.

Seungcheol parpadeó, confundido – ¿Cómo?

El chico dejó la caja en el suelo con un golpe suave y se sacudió las manos en los shorts.

– Soy el nuevo dueño de la casa. Kim Mingyu – extendió la mano con una sonrisa fácil– Creo que te reconozco de las fotos del anuncio. Gracias por dejarla tan limpia, de verdad.

Por un segundo, Seungcheol se quedó mirando la mano extendida sin reaccionar. Luego miró la cara del chico otra vez.

Alto. Fuerte. Esa sonrisa relajada que parecía no tomarse nada demasiado en serio. Era atractivo de una forma que incomodaba.

Sacudió la cabeza y estrechó la mano casi por inercia, la mano de Mingyu era grande y cálida.

– Espera… ¿qué dijiste?

– Que soy el nuevo dueño – repitió Mingyu, aún sonriendo– Compré la casa hace algunas semanas. ¿Tú eres el anterior inquilino? No sabía que ibas a estar aquí todavía.

Seungcheol sintió que algo se le revolvía en el estómago.

– No… Creo que te estás confundiendo – dijo, soltando la mano– Esta es mi casa. La compré yo.

Mingyu soltó una risa corta, como si pensara que era una broma – No puede ser. Mira, tengo el contrato aquí – sacó el teléfono del bolsillo y abrió un PDF– ¿Ves? Firmado hace dos semanas.

Seungcheol sacó su propio teléfono con el ceño fruncido y le mostró su contrato. Los dos se acercaron para comparar las pantallas.

Los documentos eran prácticamente idénticos: misma casa, mismas fechas, mismo precio. Solo cambiaba el nombre del arrendatario.

El silencio que cayó entre ellos fue pesado.

– Esto debe ser un error – murmuró Seungcheol, pasando una mano por su cabello rubio– Yo firmé primero. Llevo meses planeando este verano.

Mingyu ya no sonreía, se pasó una mano por la nuca, claramente confundido – Yo también. No puede haber dos dueños… ¿O sí?

Seungcheol lo miró directamente a los ojos. Mingyu era más alto que él, lo que lo obligaba a levantar un poco la barbilla. De cerca se veía aún más imponente.

La camiseta se le pegaba al pecho por el calor y tenía una ligera capa de sudor en el cuello.

– Obviamente hubo un error – insistió Seungcheol, tratando de mantener la calma– Esta casa la compré yo. No puedo irme así como así.

– Yo tampoco – respondió Mingyu, ahora más serio– Pagué por tres meses completos.

Los dos se quedaron mirándose en medio de la sala, rodeados de cajas y maletas. El aire acondicionado seguía funcionando, pero de repente la casa se sentía mucho más pequeña.

Afuera, las olas seguían rompiendo contra la playa, indiferentes al caos que acababa de empezar.

Mingyu soltó un suspiro largo y se cruzó de brazos, haciendo que sus bíceps se marcaran más – Bueno… Esto se complicó.

Seungcheol solo pudo asentir, con una mezcla de irritación y algo más que no quería analizar todavía.

El verano que se suponía iba a ser perfecto acababa de complicarse de la peor forma posible.

~

Las horas siguientes pasaron entre llamadas, mensajes y una frustración que iba creciendo poco a poco dentro de la casa.

Seungcheol se había sentado en uno de los sofás de la sala con su laptop sobre las piernas, mientras Mingyu caminaba de un lado a otro hablando por teléfono con su abogado.

El aire acondicionado seguía funcionando, pero el ambiente se sentía cargado. Afuera el sol seguía brillando sobre el mar, ajeno al desastre que se estaba armando dentro.

Seungcheol colgó su tercera llamada y soltó un suspiro largo. Miró de reojo a Mingyu, que en ese momento se pasaba la mano por el cabello despeinado con evidente molestia.

Era imposible no notar lo alto que era, ni cómo se le marcaban los músculos de los brazos cada vez que gesticulaba. Guapo e irritante. Una combinación peligrosa.

Mingyu terminó su llamada y se dejó caer en el sofá de enfrente, soltando el teléfono a su lado.

– Mi abogado me confirmó lo que sospechaba – dijo con voz cansada– Al parecer el contrato fue duplicado. Fue una estafa en el sitio web donde hice la reserva.

Seungcheol levantó una ceja – Entonces el problema es culpa tuya. Yo firmé el contrato en persona con mi abogado. Todo legal.

Mingyu lo miró con incredulidad – Los dos fuimos estafados, Seungcheol. Es un problema de ambos.

– Obviamente tú confiaste en un sitio web cualquiera – respondió Seungcheol con tono cortante– Yo no.

Mingyu soltó una risa seca y se recostó contra el respaldo del sofá, cruzando los brazos sobre el pecho – Está bien. ¿Y ahora qué vas a hacer?

Seungcheol soltó una risa sarcástica – ¿Qué voy a hacer yo? No pienso irme de esta casa. Llevo meses planeando este verano.

– Yo tampoco me voy a ir – contestó Mingyu con calma, aunque su mirada era desafiante– No quiero vivir con un desconocido, pero parece que no tengo muchas opciones.

Seungcheol se inclinó hacia adelante – Hay varios hoteles buenos cerca de la playa. Puedes irte a cualquiera de ellos.

Mingyu lo miró como si estuviera loco – No puedo pagar un hotel ahora. Usé casi todos mis ahorros para esta casa.

Seungcheol soltó una risa corta y sarcástica – Entonces eres claramente estúpido si gastaste todo tu dinero en una sola renta.

El ambiente se tensó de inmediato.

Mingyu entrecerró los ojos y respondió con el mismo tono sarcástico – Si tienes tanta plata, ¿por qué no te vas tú al hotel?

– Mi abogado me recomendó no salir de la casa hasta que se resuelva todo – respondió Seungcheol, apretando la mandíbula– Así que no me voy a mover.

Mingyu se pasó una mano por la cara, claramente frustrado – Yo tampoco me voy. Todavía no sé si tú no eres parte de la estafa.

Seungcheol abrió los ojos con indignación – ¿Estás loco? ¿De verdad crees que yo te haría esto?

– No tengo forma de saberlo – respondió Mingyu encogiéndose de hombros.

Seungcheol gruñó, frustrado, y se levantó del sofá, caminó unos pasos por la sala antes de girarse de nuevo hacia él – Entonces… Parece que los dos tendremos que quedarnos hasta que esto se solucione.

Mingyu lo miró en silencio durante unos segundos y finalmente asintió, aunque se notaba que lo hacía de mala gana – Bien.

Seungcheol señaló hacia el pasillo – Puedes quedarte con uno de los cuartos de huéspedes. Son grandes y tienen buena vista.

Mingyu levantó una ceja – Quiero el cuarto principal.

– Llegué primero y mis cosas ya están ahí – respondió Seungcheol con firmeza.

– Puedo ayudarte a mover todo – ofreció Mingyu con una media sonrisa.

Seungcheol lo miró con incredulidad – Definitivamente estás loco.

Mingyu soltó una risa baja y se levantó del sofá. Era realmente alto. Imponente. Y esa maldita sonrisa relajada no ayudaba en nada.

– Está bien, me quedo con un cuarto de huéspedes – dijo finalmente– No tienes que ser siempre tan enojón, ¿sabes?

Seungcheol solo gruñó, dió media vuelta y subió las escaleras hacia su habitación.

Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria y se apoyó contra ella, cerrando los ojos.

– Excelente – murmuró para sí mismo– Ahora tengo que compartir mi casa con un gigante guapo e imbécil.

Abajo, en la sala, Mingyu se quedó de pie mirando alrededor. La casa era hermosa. El mar se veía increíble desde las ventanas. Pero ya no se sentía como el paraíso que había imaginado.

Se pasó una mano por el cabello y suspiró.

Este verano acaba de volverse muy complicado…

~

Al día siguiente, el sol apenas empezaba a calentar la arena cuando Seungcheol llegó a la caseta de salvavidas del resort.

Llevaba el uniforme rojo ajustado al cuerpo, el silbato colgando del cuello y una mochila pequeña con sus cosas personales.

El mar se veía increíblemente azul y calmado, pero él sabía mejor que nadie lo rápido que podía cambiar.

Ya lo estaban esperando.

– ¡Choi Seungcheol! – lo saludó un hombre de cabello oscuro y sonrisa amable desde la torre de la caseta– Bienvenido. Soy Cho Seungyoun, pero todos me dicen jefe Cho o Woodz, como prefieras.

Seungcheol subió los escalones de madera y estrechó su mano con firmeza – Mucho gusto, jefe Woodz. Gracias por la oportunidad.

Woodz sonrió y le hizo un gesto para que lo siguiera – Ven, te muestro todo.

Le enseñó los equipos: los binoculares de alta potencia, los botiquines bien surtidos, las tablas de rescate, los chalecos salvavidas y el desfibrilador. Todo estaba perfectamente organizado.

Seungcheol asentía con atención, sintiendo esa familiar adrenalina que siempre le producía empezar en un nuevo lugar.

– Estos son tus compañeros de turno – dijo Woodz, señalando a dos chicos que estaban apoyados en la baranda con binoculares en mano, vigilando el mar.

El primero, de cabello negro y expresión tranquila, bajó los binoculares y extendió la mano – Jeon Wonwoo. Especialista en reanimación cardiopulmonar y primeros auxilios avanzados.

El segundo, más bajo y con una energía evidente, sonrió ampliamente – Boo Seungkwan. Me encargo especialmente de rescates infantiles y prevención. Bienvenido al equipo.

Seungcheol estrechó sus manos con una sonrisa – Choi Seungcheol. Encantado. Estoy listo para trabajar duro.

Woodz le puso una mano en el hombro – Vi tu currículum. Eres un excelente nadador y tienes muy buenos tiempos en salvamento. Tu tarea principal va a ser los primeros auxilios y salvamento rápido. ¿Estás cómodo con eso?

– Sí, jefe. Sin problema.

Woodz asintió satisfecho – Cualquier duda, pregunta a tus compañeros. Estaré en la torre principal si me necesitan.

Estaba a punto de bajar las escaleras cuando Wonwoo lo llamó – Jefe Woodz… ¿No te estás olvidando de algo?

Woodz sonrió con picardía, dió media vuelta, agarró a Wonwoo por la cintura y le dio un beso suave pero claro en los labios. Seungkwan soltó una risita.

– Tan posesivo como siempre – comentó Seungkwan, negando con la cabeza.

Seungcheol parpadeó, sorprendido pero intentando disimularlo.

Cuando Woodz se fue, no pudo evitar preguntar – ¿Son novios?

Wonwoo sonrió con orgullo – Estamos casados, de hecho.

Seungcheol asintió con una pequeña sonrisa genuina – Qué lindo. Felicidades.

Los tres se posicionaron en la baranda, mirando hacia el mar. El resort ya empezaba a llenarse de turistas con toallas coloridas, flotadores y risas.

Wonwoo fue el primero en explicar – Nuestra prioridad son los clientes del resort. Todos ellos usan una manilla de identificación en el brazo. Pero si el movimiento está bajo y ves algún ahogamiento en la zona pública, puedes intervenir sin problema. ¿Entendido?

– Entendido – respondió Seungcheol, ajustándose los binoculares.

Seungkwan le dió una palmada en la espalda – Relájate. El primer día siempre se siente raro, pero vas a estar bien. Y si necesitas cualquier cosa, aquí estamos.

Seungcheol asintió y volvió a mirar hacia el mar. El sol ya estaba más alto, el agua brillaba con fuerza y las primeras personas empezaban a meterse. Sintió una mezcla de nervios y excitación recorriéndole el cuerpo.

A pesar del desastre que lo esperaba en la mansión con ese tal Mingyu, aquí, bajo el sol y frente al mar, sentía que al menos una parte de este verano podía salir bien.

Ajustó los binoculares, enfocando la zona de baño, y respiró profundo.

Era su primer día.

Y estaba listo.

~

El bar acuático del resort era una de las atracciones más populares de la playa. Construido sobre una plataforma que se extendía hacia el mar, tenía taburetes altos sumergidos parcialmente en el agua turquesa y una barra de madera clara que brillaba bajo el sol.

Palmeras cercanas daban sombra parcial, y el sonido constante de las olas mezclándose con la música tropical suave creaba una atmósfera que gritaba “verano eterno”.

Mingyu llegó con su uniforme negro del resort, el cabello todavía un poco húmedo después de la ducha rápida en la mansión. Apenas puso un pie en la plataforma, una voz conocida lo saludó con entusiasmo.

– ¡Gyu! ¡Por fin llegaste, hermano!

Seokmin corrió hacia él y le dio un abrazo fuerte, casi levantándolo del suelo. Mingyu soltó una risa ronca y le devolvió el abrazo.

– ¿Ya estás trabajando aquí? Qué bueno, pensé que iba a estar solo.

– Llevo dos semanas – respondió Seokmin con su típica sonrisa brillante– Ven, el jefe Soonyoung te está esperando.

Caminaron juntos por la plataforma hasta la barra principal. Allí, un chico de cabello rubio platino y energía evidente revisaba botellas con movimientos rápidos.

– ¡Mingyu! – exclamó Soonyoung al verlo– Bienvenido al mejor bar de todo Honolulu. Soy Kwon Soonyoung, jefe de bartenders. Puedes decirme Hoshi.

Mingyu estrechó su mano con una sonrisa carismática – Mucho gusto, jefe. Estoy listo para trabajar.

Soonyoung le hizo un recorrido rápido pero completo: le mostró dónde estaban los licores premium, los jugos frescos, las frutas para decorar, las neveras y el sistema de pedidos con los meseros.

Le explicó el flujo de clientes, los cócteles más pedidos y cómo funcionaba el pago con las pulseras del resort.

– Tu fuerte va a ser la coctelería creativa – dijo Soonyoung guiñándole un ojo– Con esa cara y esa actitud, vas a vender muy bien.

Mingyu sonrió, ya sintiéndose en su elemento.

Se posicionó detrás de la barra y empezó a trabajar. Los primeros clientes llegaron pronto. Preparó un par de margaritas y un piña colada mientras Seokmin se iba a atender las mesas como mesero.

Poco a poco, los meseros de la playa y del interior del resort empezaron a llegar con pedidos.

El primero fue Vernon, un chico de expresión relajada y cabello oscuro – Ey, nuevo bartender. Dos mimosas y un bloody mary, por favor.

Mingyu preparó las bebidas con movimientos fluidos y le sonrió – Soy Mingyu. ¿Tú eres…?

– Vernon. Bienvenido al caos.

Luego llegó Dino, más joven y enérgico, con una bandeja vacía – Cuatro mojitos, por favor. Y uno sin alcohol para una señora.

– Dino, ¿verdad? – preguntó Mingyu mientras cortaba las hojas de menta.

– Sí. ¿Cómo supiste?

– Seokmin me habló de ti.

El ambiente se volvió ligero rápidamente. Mingyu era extrovertido por naturaleza: bromeaba con los meseros, hacía chistes rápidos y preparaba las bebidas con una sonrisa que hacía que los clientes pidieran más. Todos congeniaron bien desde el primer momento.

Cuando el turno estaba cerca de terminar y el sol ya empezaba a bajar, Seokmin se acercó a la barra y se apoyó en ella – Oye, ¿qué vamos a hacer para estrenar tu nueva casa? ¿Fiesta en la piscina?

Mingyu soltó un suspiro mientras limpiaba un vaso – Ahora ya no sé… Tengo un roommate malhumorado que me está arruinando la vibra.

Seokmin frunció el ceño – No dejes que te arruine el verano, Gyu. Vinimos aquí a pasarla bien, ¿recuerdas?

Mingyu se quedó pensando un segundo y luego sonrió con decisión – Tienes razón. Llama a Minghao y a Jun. Diles que vengan después del trabajo. Vamos a hacer la primera fiesta en la piscina esta noche. Para festejar el inicio del verano.

Seokmin abrió los ojos con entusiasmo – ¡Esa es la actitud! Va a ser el mejor verano de nuestras vidas.

Los dos sonrieron, chocando puños por encima de la barra.

Soonyoung, que había estado escuchando desde el otro lado, se acercó con una ceja levantada – ¿Escuché bien? ¿Fiesta en piscina?

Mingyu sonrió ampliamente – Sí. En mi casa, a las 9 pm. Todos los del bar están invitados. Traigan lo que quieran.

Soonyoung sonrió con picardía – Perfecto. Yo convoco a mi gente y llevo bebidas extras.

El ambiente se llenó de emoción. Mingyu miró hacia el mar, donde el sol empezaba a teñir el cielo de naranja. A pesar del gruñón que lo esperaba en casa, sentía que el verano todavía podía ser increíble.

Solo tenía que ignorar a Choi Seungcheol lo suficiente.

~

Mingyu llegó primero a la mansión cuando el cielo ya empezaba a teñirse de tonos naranjas y rosados.

El cansancio del primer día de trabajo le pesaba en los hombros, pero la emoción de estar en Hawaii era más fuerte. Dejó las llaves sobre la isla de la cocina y se arremangó la camiseta negra.

– Hora de comer bien – murmuró para sí mismo.

Abrió la nevera, que Seungcheol había llenado parcialmente esa mañana, y empezó a trabajar. Era rápido y seguro en la cocina.

Puso una sartén al fuego, salteó camarones con ajo, mantequilla y un toque de limón fresco. El olor llenó rápidamente toda la casa.

Preparó una masa fresca para acompañar, cortó verduras y sacó una cerveza fría para él. La música suave de su teléfono sonaba de fondo mientras movía las caderas al ritmo.

Estaba terminando de emplatar cuando escuchó la puerta principal abrirse.

Seungcheol entró cargando un par de bolsas del mercado y comida para llevar. El olor de los camarones salteados le golpeó las narinas de inmediato.

Su estómago rugió con fuerza, pero apretó la mandíbula e intentó ignorarlo. No pensaba darle el gusto a ese tipo.

Mingyu levantó la vista desde la cocina y sonrió de lado, con esa expresión relajada que ya empezaba a irritar a Seungcheol.

– ¿De verdad vas a comer comida del carrito de la esquina? – preguntó con tono divertido.

Seungcheol lo miró con expresión indiferente, dejando las bolsas sobre la mesa.

– Estoy demasiado cansado para cocinar – respondió secamente.

Mingyu se encogió de hombros y siguió sirviéndose su plato. El aroma era tentador: camarones jugosos, mantequilla, ajo y hierbas.

– Sobró un poco si quieres – ofreció con naturalidad– No me molesta compartir.

Seungcheol negó con la cabeza mientras abría sus envases de comida para llevar – No es necesario. Tampoco quiero comer mucho. Solo quiero descansar.

Los dos terminaron comiendo en la isla de la cocina, en un silencio incómodo y denso. Solo se escuchaba el sonido de los cubiertos y, de fondo, el mar a través de las puertas abiertas.

Mingyu comía con apetito, mientras Seungcheol pinchaba su comida sin mucho entusiasmo. De vez en cuando sus miradas se cruzaban, pero ninguno decía nada.

Al terminar, Mingyu se recostó un poco en el taburete y habló – Oye… Voy a invitar a unos cuantos amigos más tarde para pasar el rato. Nada grave.

Seungcheol levantó la vista – Mientras no hagas mucho ruido no hay problema. Tengo que entrar a trabajar a las siete de la mañana y necesito descansar.

Mingyu sonrió, un poco avergonzado, intentando ocultar que en realidad planeaba una fiesta completa – Tranquilo, será algo pequeño.

Seungcheol terminó su comida, se levantó y lavó sus cubiertos en silencio. El agua corría fría sobre sus manos.

Sintió la mirada de Mingyu en su espalda, pero no se giró. Secó todo, dejó los platos en su lugar y, sin decir una palabra más, subió las escaleras hacia su habitación.

Mingyu se quedó solo en la cocina, mirando el plato vacío y escuchando los pasos alejarse.

Soltó un suspiro largo y se pasó una mano por la cara.

– Tengo un gran problema – murmuró.

La mansión seguía oliendo a camarones y ajo. Afuera, el mar seguía su ritmo constante. Y Mingyu ya sabía que esa noche la casa no iba a estar precisamente “tranquila”.

Arriba, Seungcheol cerró la puerta de su habitación y se dejó caer en la cama con un gruñido bajo.

– Idiota… – susurró, aunque no sabía muy bien si se lo decía a Mingyu o a sí mismo.

El verano apenas llevaba dos días y ya se sentía demasiado complicado.

~

Eran las 9:30 de la noche cuando la música empezó a sonar desde la piscina.

Mingyu había preparado todo con detalle. Luces cálidas colgaban entre las palmeras y alrededor de la piscina, bañando el área con un brillo dorado.

Inflables de unicornios y flamencos flotaban perezosamente en el agua turquesa iluminada desde abajo. Sobre las mesas había cervezas en hieleras, snacks variados, botellas de licor y cigarrillos.

El aire cálido de la noche llevaba el olor a cloro, protector solar, perfume y el leve dulzor de la marihuana que alguien acababa de encender.

Jun y Minghao llegaron primero, cargados de vodka y más cervezas.

– ¡Gyu! – exclamó Jun al entrar, levantando las bolsas– ¿Listo para destruir esta casa?

Mingyu soltó una carcajada y los abrazó a ambos – ¡Por fin! Traigan todo para la mesa. Esta noche se viene épica.

Seokmin apareció poco después con varias cajas de pizza apiladas.

– ¡Pizza para el rey de la casa! – gritó desde la entrada.

– Mi salvador – respondió Mingyu riendo, chocando puños con él– Ponlas en esa mesa de allá.

Hoshi, Vernon y Dino llegaron últimos, cargando tequilas, ron y más vodka.

– ¡La fiesta puede empezar oficialmente! – anunció Hoshi levantando las botellas.

Mingyu los recibió con los brazos abiertos, sonriendo de oreja a oreja – ¡Bienvenidos, chicos! Dejen todo por ahí. Hay hieleras, vasos y todo lo que necesiten. Esta es su casa esta noche.

Pronto otras personas invitadas por Hoshi empezaron a llegar. La piscina se llenó rápidamente.

La gente charlaba, reía y bailaba al ritmo de la música que Minghao había puesto.

Algunos ya se metían al agua con ropa y todo, salpicando y gritando de la emoción.

 

En su habitación del segundo piso, Seungcheol no podía dormir. Daba vueltas en la cama, frustrado. Había intentado durante tres horas, tres horas que parecieron infinitas.

La música era demasiado alta, las risas llegaban claras y el bajo retumbaba en las paredes. Su cuerpo estaba agotado del primer día de trabajo, pero el ruido no lo dejaba descansar.

Con un gruñido, se levantó, se puso una camiseta holgada y shorts, y bajó decidido a poner orden.

Lo que vió al salir al área de la piscina lo dejó paralizado.

Su casa estaba llena de gente.

El olor a marihuana era más fuerte ahora. Alguien había prendido un cigarrillo cerca de la piscina y el humo dulce flotaba en el aire cálido de la noche.

Las luces doradas se reflejaban en el agua, la música vibraba en el pecho y las risas se mezclaban con el sonido de las olas al fondo.

Buscó a Mingyu con la mirada y lo encontró bailando cerca de la piscina con Seokmin, Hoshi y un par de chicas.

Mingyu ya estaba bastante borracho: movía las caderas con soltura y tenía una cerveza en la mano.

Seungcheol caminó hacia él con decisión.

– ¡Mingyu! – llamó por encima de la música.

Mingyu se giró y, al verlo, su sonrisa se amplió. Sin pensarlo, pasó un brazo por los hombros de Seungcheol y lo atrajo al grupo.

– ¡Ey, miren quién bajó de su cueva! – exclamó contento– Chicos, les presento a Seungcheol, mi roommate.

Hoshi lo miró con curiosidad – ¿Tú eres el nuevo salvavidas del resort?

Seungcheol parpadeó – ¿Cómo sabes?

– Soy muy amigo de Woodz – respondió Hoshi sonriendo– Me dijo que llegaba un tipo nuevo esta semana.

Seungcheol asintió, todavía incómodo con el brazo de Mingyu sobre sus hombros, e intentó hablar – Oye, Mingyu… La música está muy alta. Necesito dormir, entro temprano mañana.

Antes de que pudiera continuar, Seokmin se acercó con un vaso de cerveza fría y se lo ofreció.

– No te incomoda el ruido, ¿No? – preguntó con una sonrisa amable– Vamos, Seungcheol. Aprovecha el verano, hombre. No todo puede ser solo trabajo.

Seungcheol miró el vaso, luego miró alrededor. La piscina brillaba bajo las luces, la gente bailaba y reía sin preocupaciones. El ambiente era contagioso. El calor de la noche, la música, el olor a verano…

Suspiró.

– Solo un rato – dijo finalmente, aceptando el vaso– Un par de horas y me subo.

Todos festejaron con gritos y aplausos.

Mingyu le apretó el hombro con cariño ebrio – ¡Ese es mi roommate!

Alguien sugirió tomarse una selfie de grupo y pronto todos se juntaron, sonriendo y haciendo poses frente a la piscina iluminada.

Seungcheol, aunque todavía molesto, terminó sonriendo un poco mientras lo arrastraban a los juegos y a la diversión.

La noche era joven, el verano apenas empezaba, y por primera vez sintió que quizás, solo quizás, no sería tan malo dejarse llevar un rato.

Aunque mañana se arrepentiría.