Actions

Work Header

Isshoni

Summary:

Hirose y Nakamura se preparan para su viaje juntos, ambos crean expectativas y reflexionan sobre sus sentimientos como pareja, bajo el cielo estrellado de la playa o las frías noches antes de primavera, ellos tratan de tener su primera vez.

Notes:

No se hagan ilusiones amix, he estado como loca investigando como escribir su primera vez, pero siento que muchas experiencias en los libros son demasiado idealizadas y cuando le pregunto a personas reales como fue simplemente me dicen que fue una mierda jajajaja, siento que con los chicos va a ser casi asi por mucho que lo planeen algo debe salir mal, pero tranquilos no pienso poner nada tan que no los haga sentir placer, eso seria tirar mis otros fics a la basura xd

Chapter 1: Fisica.

Chapter Text

Las hojas sueltas de los apuntes de literatura y las fórmulas de física llevaban horas desparramadas sobre la alfombra, mezclándose con el zumbido constante del aireador de la pecera. Los dos se encontraban sentados en el suelo, uno a cada lado de la mesa baja del centro que Nakamura usaba para estudiar. Hirose tenía los dedos metidos entre su cabello castaño, con los ojos fijos en un párrafo que ya había leído cuatro veces sin lograr procesar una sola palabra. Estaba agotado. La presión de los exámenes finales se le acumulaba directamente en los hombros; la sola idea de reprobar y quedarse atrapado en el instituto durante las vacaciones en clases complementarias, perdiendo los días que ya habían reservado para el viaje a la playa, le revolvía el estómago de pura frustración.

Nakamura lo observaba de reojo desde su lado de la mesa, con el bolígrafo suspendido a medio camino sobre su cuaderno. Podía notar la tensión en la espalda de su novio, el ritmo acelerado con el que movía el pie contra el suelo y el suspiro cansado que acababa de soltar. Sabía perfectamente que a Hirose le costaba concentrarse cuando el estrés lo sobrepasaba, y ver al chico que siempre desbordaba alegría tan apagado y abrumadora le generaba una punzada de preocupación en el pecho.

Buscando romper esa barrera de frustración, Nakamura se estiró lentamente a través de la mesa que los separaba, dejando de lado sus propios apuntes. Deslizó su mano por encima de las hojas llenas de anotaciones hasta que sus dedos rozaron los de Hirose. El contacto físico hizo que el mas bajo levantara la vista de inmediato, encontrándose con la mirada tranquila de su novio. Nakamura no dudó; entrelazó sus dedos con los de él, apretándolos con una firmeza suave, buscando transmitirle un soporte silencioso.

—Vas a aprobar, Hirose —dijo Nakamura, con una voz baja y pausada que contrastaba con el caos mental de su pareja—. Has estudiado toda la semana. Solo estás cansado.

Hirose devolvió el presionado, dejando caer los hombros mientras soltaba una risa corta, un poco desinflada, pero visiblemente más relajada por el gesto.

—Es que no dejo de pensar en el viaje, Okuto. Si me va mal en física, mi mamá me va a quitar el permiso y todo lo que planeamos se va a ir al demonio —admitió Hirose, usando su otra mano para cerrar el libro de texto con un golpe seco, rindiéndose por el momento—. Ya no me entra nada en la cabeza. Necesito pensar en otra cosa.

Nakamura acercó el espacio, frotando el pulgar contra el dorso de la mano de Hirose para calmar los residuos de sus nervios.

—Entonces, paremos por hoy. —sugirió Nakamura, permitiéndose una pequeña sonrisa—. Piensa en el mar. E-en lo que vamos a hacer cuando lleguemos.

La mención del viaje cambió el ambiente del cuarto casi al instante. Hirose se inclinó un poco más sobre la mesa, aún sin soltarle la mano, y sus ojos recuperaron parte de su brillo habitual.

—Lo primero que quiero hacer es ir a esa playa alejada que encontramos en el mapa —dijo Hirose, con un tono que ya no arrastraba el peso del examen—. La que no tiene turistas. Quiero caminar contigo por la orilla y buscar cangrejos. También quiero que vayamos a cenar a esos puestos locales que abren de noche cerca del puerto o podemos ir a ese restaurante tradicional que vimos en el folleto, ¡Tenemos que tomarnos muchas fotos de recuerdo!

Nakamura escuchaba con atención, sintiendo un vuelco cálido en el estómago ante la perspectiva de tener a Hirose por completo para él, estaba muy feliz era la primera vez que iba de viaje con alguien que no fuera su familia. Estaba nervioso, eso sí, con su suerte temía que algo saliera mal, pero la seguridad de estar a solas con su novio lo hacia fantasear más de lo que acostumbra y es Hirose quien lo de vuelve a la tierra.

—Yo qui-ero ver el amanecer desde la ventana del hostal —añadió Nakamura en un murmullo, un deseo que había estado guardándose para sí mismo—. Dicen que el cielo se pone completamente rojo sobre el agua.

—Pues nos despertaremos temprano para verlo juntos —prometió Hirose, mirándolo con una intensidad limpia y directa—. O nos quedaremos despiertos toda la noche, lo que pase primero.

El recordatorio de lo que les esperaba afuera de esas paredes fue el anestésico perfecto. Decidido a cortar por completo con la tensión, Nakamura soltó despacio la mano de su novio y se movió sobre sus rodillas por el borde de la mesa, arrastrándose en el suelo hasta quedar justo detrás de la espalda de Hirose.

—Hirose —murmuró, con la voz un poco más profunda por las horas de silencio.

Antes de que el otro pudiera girarse, Nakamura le puso las manos sobre los hombros, ejerciendo una presión firme pero cuidadosa. Hirose dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el pecho de Nakamura con un suspiro de alivio. Los dedos de Nakamura comenzaron a amasar los músculos tensos del cuello, bajando hacia los omóplatos con un ritmo pausado, memorizando los nudos de cansancio para disolverlos uno a uno.

Aprovechando la cercanía, Hirose cerró los ojos por completo y se relajó contra él, estirando un brazo hacia atrás para buscar a tientas la taza de té que Nakamura le había preparado hacía un rato. Dio un sorbo corto antes de dejarla de nuevo en el suelo, suspirando de forma perezosa mientras el aroma dulce del té llenaba el pequeño espacio entre los dos. Nakamura, viendo un mechón rebelde del cabello de Hirose que se había quedado atrapado con el cuello de la camiseta, estiró los dedos con cuidado para acomodarse detrás de la oreja, rozando la piel tibia con la yema de sus dedos. El gesto fue tan natural, tan acostumbrado a la rutina del otro, que Hirose simplemente suena de lado, entrelazando por un segundo sus piernas con las de Nakamura por debajo de la mesa, en un enganche torpe pero lleno de una comodidad compartida. Estar ahí metidos, compartiendo el silencio del cuarto, el sabor del té frío y el calor de sus cuerpos, hacía que todo el estrés de la escuela pareciera algo lejano.

—Me iba a volver loco de verdad —admitió Hirose, entornando los ojos mientras disfrutaba del contacto. Se giró a medias sobre las rodillas para quedar de frente a Nakamura, eliminando cualquier espacio entre los dos—. Necesito un descanso de verdad, Okuto.

Nakamura se acomodó el cabello con una mano, intentando en vano aplacar el desorden que Hirose acababa de dejarle, aunque la pequeña sonrisa en su rostro delataba que no le molestaba en absoluto. Terminó de guardar los bolígrafos en el estuche y colocó la pila de apuntes a un lado de la mesa, dejando el espacio finalmente despejado. El cuarto volvía a estar en orden, pero el ambiente seguía impregnado de esa calidez cómoda que habían construido durante la noche.

Hirose se estiró una vez más, soltando un bostezo perezoso mientras paseaba la mirada por la habitación hasta detenerse en la ventana, donde el cielo nocturno ya se veía completamente cerrado.

—Ya es tarde —dijo Nakamura, levantando la vista hacia el reloj de pared y luego hacia Hirose—. Tu mamá se va a preocupar si no llegas pronto a cenar. Además, tienes que dormir bien para mañana.

Hirose soltó otro suspiro perezoso, dejando caer los hombros, pero no se movió de su lugar. Se quedó junto a la mesa baja, observando cómo Nakamura dejaba el cuarto en orden. Había algo en la atmósfera de esa habitación, con el murmullo del aireador y el olor sutil a té, que siempre le hacía difícil la idea de marcharse.

—Sí, lo sé —admitió Hirose, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón—. Pero me da una pereza enorme salir al frío ahora mismo. Estaba muy cómodo aquí en el suelo.

Nakamura se puso de pie, teniendo que calcular la distancia con cuidado para no llevarse los apuntes ordenados por delante. Se sacudió las rodillas del pantalón y caminó hacia el pequeño perchero que estaba junto a la puerta, tomando la chaqueta de Hirose para ofrecérsela.

—Si te da pereza caminar, te llevo en la bicicleta —ofreció Nakamura, con una seriedad que no ocultaba lo mucho que le gustaba pasar esos minutos extra a solas con él—. Llegarás más rápido y no pasarás tanto frío.

Hirose levantó la vista, sorprendido primero, pero enseguida se le iluminó la cara con esa sonrisa brillante que siempre desarmaba a Nakamura. Agarró la chaqueta y se la puso de un tirón, acomodándose el cuello mientras daba un par de pasos hacia él.

—¡Me parece perfecto! —aceptó Hirose, contagiado de un entusiasmo repentino que borraba todo el cansancio del estudio—. Hace mucho que no me llevas en la parte de atrás. Además, así puedo abrazarte para no congelarme.

Nakamura sintió un ligero vuelco en el estómago ante la mención del abrazo, pero se limitó a asentir, dándose la vuelta rápidamente para tomar las llaves de casa y su propia sudadera. Salieron del cuarto en silencio, bajanron las escaleras, y salieron al patio trasero donde Nakamura guardaba la bicicleta.

El aire de la noche era cortante y limpio, un contrastando con el calor de la habitación. Nakamura sacó la bicicleta, sosteniendo el manubrio con firmeza mientras se subía y apoyaba un pie en el pedal, esperando a que el otro se acomodara.

Hirose se acercó sin dudarlo, se montó de lado en el soporte trasero, apoyando las manos directamente en los hombros de Nakamura para equilibrarse antes de pasar los brazos alrededor de su cintura, pegándose a su espalda.

—Listo, Okuto. Arranca cuando quieras —murmuró Hirose, hundiendo un poco la cara entre los omóplatos de su novio para protegerse de la ráfaga de viento.

Nakamura apretó el agarre en el manubrio, sintiendo el peso de Hirose detrás de él. Impulsó el pedal con fuerza y la bicicleta avanzó, saliendo a las calles silenciosas del barrio, donde las farolas dibujaban sombras largas sobre el pavimento vacío.

Nakamura pedaleaba con un ritmo constante, manteniendo la espalda firme para amortiguar el movimiento de la bicicleta contra las irregularidades del asfalto. El viento de la noche les daba de frente, pero Hirose apenas lo sentía; el cuerpo de su novio actuaba como un escudo perfecto, desprendiendo un calor silencioso que lo envolvía por completo.

Hirose apretó un poco más el agarre alrededor de la cintura de Nakamura, apoyando la mejilla contra su espalda. Mientras veía pasar las luces de las farolas y las siluetas de las casas conocidas, una sensación de profunda tranquilidad se instaló en su pecho. Disfrutaba muchísimo de estos momentos. Estar con Okuto era fácil, cómodo, como respirar. A veces, cuando se detenía a pensarlo, le resultaba increíble cómo se habían dado las cosas; antes de conocerlo y de empezar todo esto, Hirose jamás se habría imaginado que sería capaz de llegar a amar a alguien con tanta intensidad y naturalidad.

Sin embargo, ahí estaba, aferrado a él en mitad de la noche, deseando que el camino a su casa fuera un poco más largo.

Con el vaivén del trayecto, Hirose se percató de la firmeza del torso de su novio. No pudo evitar recordar los meses anteriores y notar lo mucho que Nakamura estaba cambiando. Se estaba volviendo un chico muy guapo, y ya no solo era una cuestión de su rostro o de esa mirada tranquila que tanto le gustaba. Estaba más alto, la diferencia de estatura entre los dos se había acentuado un poco más, y sus hombros se sentían notablemente más anchos y estructurados bajo la sudadera.

Hirose sonrió para sí mismo contra la tela, recordando la sospecha que tenía desde hacía semanas. Sabía perfectamente que Niou-sensei le enviaba rutinas de ejercicio a Nakamura, y estaba seguro de que su novio las seguía estrictamente en secreto, probablemente por la vergüenza que le daría admitir que intentaba ponerse en forma. Al principio, en el día a día con el uniforme escolar puesto, Hirose no lo había notado tanto, pero durante sus recientes momentos de intimidad en el cuarto, al rozarse, al abrazarse sin tantas capas de ropa y al sentir sus manos en los masajes de preparación, el cambio físico se había vuelto evidente.

Nakamura estaba ganando masa muscular, volviéndose más robusto de una manera atractiva y segura que a Hirose le fascinaba, el también había crecido un poco en este último año, por supuesto, pero no al ritmo de su novio. Nakamura se estaba desarrollando de una forma imponente, dejando atrás la silueta más torpe del principio.

La bicicleta pasó sobre un pequeño bache en el pavimento, provocando un leve salto y sacándolo de sus pensamientos. Por puro reflejo, Hirose apretó más los brazos alrededor de la cintura de Nakamura, pegando su pecho por completo contra su espalda.

Nakamura soltó un pequeño silbido de sorpresa por el aire, apretando los frenos sutilmente para estabilizar el manubrio.

—¿Estás bien, Hirose? —preguntó Nakamura en voz alta, girando un poco la cabeza hacia atrás, con las orejas ligeramente enrojecidas por el frío de la noche o por la repentina presión del abrazo.

Hirose asintió contra la tela de la sudadera, disfrutando de esa mezcla tan perfecta que tenía su novio: un cuerpo cada vez más imponente y protector, pero con el mismo corazón atento y considerado de siempre.

La bicicleta giró con mas suavidad en la esquina que daba a la calle de su casa. La luz de la entrada de los Hirose ya se alcanzaba a ver a lo lejos, señalando el final del trayecto.

—Ya casi llegamos —anunció Nakamura en voz alta, rompiendo el murmullo del viento para que su voz se escuchara clara, sin aflojar el paso.

Hirose asintió levemente contra su espalda, sin soltarlo todavía, saboreando los últimos segundos antes de tener que despedirse por esa noche.

Nakamura redujo la velocidad gradualmente hasta detener la bicicleta justo frente a la puerta de la casa de Hirose. Apoyó ambos pies en el suelo para estabilizar el peso, permitiendo que su novio bajara del soporte trasero con su agilidad de siempre.

Al perder el contacto directo de los brazos de Hirose, el frío de la noche golpeó de lleno la espalda de Nakamura, pero la sensación se disipó en cuanto Hirose se paró a su lado, con las mejillas un poco rojas por el viento y esa mirada brillante fija en él.

—Gracias por traerme, Okuto.—dijo Hirose con una sonrisa floja, metiendo de nuevo las manos en los bolsillos de la chaqueta.

Nakamura no respondió de inmediato. Se quedó mirándolo un segundo, soltando un suspiro que se transformó en una pequeña nube blanca en el aire. En lugar de bajarse de la bicicleta, metió la mano en el bolsillo delantero de su sudadera y sacó un pequeño objeto que había estado guardando durante toda la tarde.

Tomó la mano de Hirose, obligándolo a sacarla del bolsillo, y depositó el objeto en su palma, cerrándole los dedos encima con un apretón suave pero firme.

Cuando Hirose abrió la mano, se encontró con un amuleto de tela azul y blanca, un omamori tradicional para la buena suerte en los estudios, de los que venden en el templo local. Tenía el cordón perfectamente anudado y se notaba un poco desgastado en los bordes, como si Nakamura lo hubiera estado sosteniendo con fuerza en su propio bolsillo durante horas para calmar sus propios nervios.

Hirose levantó la vista, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—Okuto... ¿esto es...?

—Fui al templo ayer por la tarde —interrumpió Nakamura en un murmullo, desviando la mirada hacia el manubrio de la bicicleta, sintiendo cómo las puntas de sus orejas se encendían por la timidez, aunque su tono permaneció firme—. Sé que has estado muy presionado con física. Solo... quería que lo tuvieras contigo mañana durante el examen. Para que no te pongas nervioso.

Hirose se le quedó mirando, con el corazón dándole un vuelco tremendo en el pecho. Sabía que a pesar de todo a Nakamura le costaba horrores expresar lo que sentía con discursos románticos, pero detalles como este valían más que cualquier declaración exagerada. Era su forma de decirle que estaba ahí para él, sosteniéndolo.

Aprovechando la soledad de la calle y las sombras que proyectaba la farola de la entrada, Hirose dio un paso hacia adelante, eliminando la distancia. Tomó a Nakamura por el cuello de la sudadera y lo inclinó un poco hacia abajo para juntar sus labios.

Fue un beso dulce, lento y profundo, una despedida que arrastraba toda la calidez que habían compartido en el suelo de la habitación y el calor del trayecto en la bicicleta. Nakamura respondió de inmediato, sugestionado por la cercanía, rodeando la cintura de Hirose con una mano libre para asegurar el contacto durante esos breves segundos, transmitiéndole toda la seguridad y el afecto que no sabía poner en palabras.

Cuando se separaron, sus respiraciones se mezclaron en el aire frío. Nakamura le dio un último asentimiento, una promesa silenciosa de que todo saldría bien, antes de dar la vuelta a la bicicleta.

—Duerme bien. Te veo mañana en la entrada —dijo Nakamura en voz baja.

—Tú también. Ve con cuidado —respondió Hirose, sosteniendo el amuleto contra su pecho.

Hirose se quedó de pie junto a la puerta, viendo cómo la silueta de Nakamura se alejaba bajo la luz de las farolas, pedaleando a un ritmo constante hasta desaparecer en la esquina del barrio. Solo entonces, cuando el silencio de la calle volvió a ser absoluto, Hirose soltó un suspiro largo y perezoso, mirando el amuleto azul en su mano con una sonrisa boba que no podía borrar de su rostro. Estaba perdidamente enamorado, y la certeza de que ese chico tan grande, torpe y protector era su novio lo hacía sentir el dueño del mundo entero antes de entrar a su casa.

Hirose abrió la puerta con extremo cuidado, asegurándose de que el pestillo apenas hiciera ruido al encajar en su sitio. La casa estaba sumida en una penumbra absoluta, rota únicamente por el reflejo azulado de la luna que entraba por el ventanal de la cocina. Tal como imaginaba, todos dormían ya. Subió los escalones uno a uno, pisando cerca de la pared para evitar los crujidos familiares de la madera, hasta deslizarse al interior de su propia habitación.

Dejó la mochila sobre la silla del escritorio y, con movimientos mecánicos pero suaves, comenzó a alistar las cosas para el día siguiente. Sacó la guía de física terminada, revisó que llevara los bolígrafos necesarios y, finalmente, colocó el amuleto azul sobre sus apuntes para que fuera lo primero que viera al despertar. El tacto de la tela volvió a traerle el recuerdo de las manos de Nakamura en sus mejillas, desatando una oleada de calor que le recorrió el cuerpo a pesar del frío del cuarto.

Se cambió de ropa a oscuras y se metió entre las sábanas, pero el sueño estaba lejos de llegar. Con los ojos fijos en el techo, la quietud de la noche se convirtió en el escenario perfecto para que su mente volara libremente hacia el viaje, instalándose directo en esa habitación de hostal que tanto habían planeado.

La imaginación, espoleada por la intimidad del silencio, se volvió más densa, más vívida. Se visualizó a sí mismo tendido en esa cama desconocida, con el sonido del mar de fondo, entregándose por completo a la cercanía de su novio. En su mente, la escena se tiñó de un erotismo dulce pero abrumador; podía sentir la presión de Nakamura sobre él, la firmeza de sus manos recorriéndole la piel con esa devoción paciente que ya conocía, buscando cada rincón de su cuerpo para adorarlo sin prisa. Imaginó el peso de su cuerpo, la textura de las caricias subiendo por sus muslos y el contraste de sus respiraciones agitadas en la penumbra. El recuerdo del tono de voz que Nakamura usaba cuando estaban a solas se transformó en su mente en jadeos bajos, pesados, rompiendo el aire justo al lado de su oído, seguidos de esas palabras de amor que a Nakamura tanto le costaba pronunciar en el día a día, pero que en la intimidad de esa fantasía brotaban crudas, directas y sinceras, repitiendo su nombre una y otra vez como si fuera lo único que importara en el mundo.

Hirose se movió entre las cobijas, soltando un suspiro tembloroso mientras sentía un vuelco real en el estómago, una anticipación física que le encendió la piel.

Al disiparse la intensidad del pensamiento, se quedó abrazado a la almohada, dejando que el ritmo de su corazón se estabilizara mientras una profunda reflexión lo asaltaba. Miró hacia la ventana, procesando la magnitud de lo que sentía. Nadie, absolutamente nadie, había ocupado jamás su corazón de esa manera. Pensó en Oomori, que era su amigo de toda la vida, la persona que mejor lo conocía desde la infancia y con quien compartía todo; pero ni siquiera él, con todos los años que llevaban juntos, era capaz de leerlo y de entender sus silencios tan bien como lo hacía Nakamura en apenas unos meses. Okuto descifraba sus necesidades sin que hiciera falta explicarlas, sabía cuándo sostenerlo y cuándo darle su espacio, conectando con él a un nivel que rozaba lo sagrado.

Hirose cerró los ojos, sonriendo con una mezcla de rendición y alivio en la oscuridad. Se dio cuenta de que no había vuelta atrás: estaba sumamente rendido, completamente desarmado ante ese amor. Era su primer amor, el verdadero, y tenía la absoluta certeza de que jamás en la vida volvería a amar a alguien con esa intensidad tan abrumadora y limpia. Con ese último pensamiento cálido cobijándolo, se acomodó mejor entre las sábanas, listo para descansar, sabiendo que el examen de mañana era el último obstáculo antes de tener todo listo para cuando estuvieran ellos solos.

Series this work belongs to: