Chapter Text
Hermione Granger estaba molesta.
No, Hermione Granger estaba furiosa...
No, Hermione Granger estaba... enojada no era suficiente. Estaba echando humo, enfurecida, rabiosa mientras avanzaba a grandes zancadas por los interminables pasillos del Ministerio, luchando contra el impulso de lanzar maldiciones a cada empleado que tuviera el descaro de siquiera mirarla.
O a sus tacones, que resonaban con intensidad en el suelo y generaban un sonido gratificante que destacaba su ira, aunque ralentizaban sus pasos de una forma desesperante.
Ooh, iba a embrujar a Zacharias Smith hasta que no pudiera caminar derecho durante un mes... no, durante un año. Ese llorón, arrogante, cobarde... Ginny debería haberlo maldecido permanentemente en sexto año. No merecía menos.
Hermione apretó los expedientes contra su pecho para evitar llevar su mano hacia su varita. Pensar en el insufrible Hufflepuff le hacía desear tener a disposición una manada de centauros convenientemente ubicada y un Bosque Prohibido. Enviaría a alguien a rescatarlo... eventualmente. A él, a su sonrisa petulante y a su comentario condescendiente cuando se le repetía las palabras de Alphonse Beetle. El jefe del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas le había dicho que Harmon McLaggen, director de la División Financiera, le había informado que sus recursos habían sido recortados. Y que su propia oficina, dedicada a la preservación de especies en peligro de extinción, sería la más afectada. Según él, simplemente no era lo bastante relevante como para justificar la ya ridículamente pequeña cantidad de galeones que recibían.
El Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas era el segundo departamento más grande del Ministerio. Y su oficina tenía una enorme importancia. Sin duda mucha más que un nuevo estadio de Quidditch para prepararse para la próxima Copa Mundial. Pero no; en lugar de concederle los fondos para aquel nuevo hábitat de Kelpies frente a la Isla de Man, habían destinado el dinero a una cubierta para que los espectadores no tuvieran que lidiar con el sol... ¡en un partido que se celebraba de noche!
Era un desperdicio de recursos valiosos que podrían haberse utilizado para algo que importara. Algo duradero.
Y significaba que Hermione tendría que trabajar horas extra, intentando redistribuir el presupuesto limitado que ahora tenían para lograr la mayor cantidad posible de objetivos. Tendría que establecer prioridades. Y decidir qué criaturas serían abandonadas a su suerte. El único problema era que muchísimas necesitaban el apoyo y la dedicación del Ministerio, y ella no sabía ni por dónde empezar ni cómo justificar el descuido de especies enteras. Por una maldita cubierta.
Soltando un pequeño resoplido cargado de rabia, entró directamente en uno de los ascensores, haciendo que el joven mago que lo ocupaba diera un gritito de sorpresa. Por las tazas de café que sostenía en las manos, debía de ser un becario. Sus ojos se llenaron de una mezcla de asombro, admiración, sorpresa y, finalmente, miedo... mientras aquel condenado medio de transporte mágico desaparecía en el interminable vacío que constituía el sistema de ascensores. Cuando llegaron a su piso, salió tropezándose mientras soltaba un chillón:
"¡Es un honor, señorita Granger!"
Al menos no le pidió que le firmara una tarjeta de chocolate con su imagen... ni una de las tazas de café.
Hermione se obligó a dedicarle una sonrisa poco entusiasta, por aquello de las apariciones públicas y demás, pero esta desapareció en cuanto él se dio la vuelta y su rostro volvió a adoptar una expresión ceñuda. Repasó mentalmente todo un arsenal de maldiciones desagradables que nadie podría rastrear hasta ella y que no eran letales, incluidas algunas especialmente desagradables que había encontrado en la biblioteca Black. Sin embargo, las descartó casi de inmediato porque era una adulta responsable y una empleada del Ministerio, y eso significaba no maldecir a otras personas. Incluso si Harmon McLaggen y Zacharias Smith merecían tener escrita la palabra «imbécil» en la cara con forúnculos permanentes.
Eres una bruja excepcional, Hermione Granger. No vas a terminar en Azkaban por esto, pensó mientras bajaba la cabeza y respiraba profundamente varias veces. Si alguien puede mantener una oficina funcionando de forma eficiente después de un recorte presupuestario tan grande, eres tú. Encontrarás una solución.
La encontraría. Y ella...
El ascensor se detuvo bruscamente y emitió un sonido de campana al abrirse. Una rápida mirada le indicó que todavía no era su piso. Su breve momento de soledad termino cuando otro mago entró en el ascensor, oculto tras un grueso expediente. Solo aquella mata de cabello oscuro y rebelde le permitió reconocerlo.
"¿Harry?", preguntó.
Un par de gafas apareció por encima de los pergaminos. Su rostro se iluminó al instante, aunque luego frunció el ceño.
"Te ves feliz" bufó Harry. "Déjame adivinar... reunión de presupuesto."
"Van a recortar los fondos. Otra vez. Por esa maldita Copa Mundial de Quidditch", gruñó Hermione mientras se sujetaba a la barandilla cuando el ascensor volvió a ponerse en marcha.
Su mejor amigo hizo una mueca.
"Ni me lo recuerdes. A nosotros también nos han recortado el presupuesto. Justo en medio de la investigación".
Eso sí que era una sorpresa. El Departamento de Seguridad Mágica rara vez sufría falta de fondos, y Hermione había supuesto que recibirían su presupuesto habitual, especialmente ahora.
Aunque la guerra había terminado años atrás, algunos seguidores de Voldemort seguían activos, nombrándose a sí mismo como "lealistas". Según Harry, un pequeño grupo había vuelto a moverse. Aquellos que nunca habían sido una prioridad para el Ministerio: patrocinadores financieros, simpatizantes que jamás llevaron la Marca, personas que conocían a otras personas que conocían a personas y podían darle una ventaja a Voldemort. Individuos difíciles de identificar y todavía más difíciles de detener. Una red en las sombras que operaba en secreto y que ahora estaba reclutando jóvenes brujas y magos para su causa.
"¿Y Kingsley aprobó eso?", preguntó, frunciendo el ceño.
"Acabo de salir de una reunión con él. Cuando le pregunté por qué había recortado el presupuesto, dijo que tenían un plan para lidiar con ellos de manera más eficiente por el momento y darnos más tiempo para continuar la investigación y destapar toda la red. Al parecer, el jefe del Departamento de Seguridad Mágica ya lo sabe, pero solo nos lo dirán cuando tengan un plan concreto. Hasta entonces, tendremos que arreglárnoslas con lo que tenemos. No tengo muchas ganas de comunicarles la noticia a los demás aurores".
Hermione hizo una mueca comprensiva. Harry había sido ascendido a jefe de la Oficina Británica de Aurores apenas dos meses atrás y tendría que informar que el presupuesto había sido reducido. No era una buena imagen en absoluto.
"Supongo que intentar apelar a Kingsley tampoco me servirá de mucho", murmuró. Si Kingsley no aprobaba un aumento para el Departamento de Seguridad Mágica, no había ninguna posibilidad de que estuviera dispuesto a ayudarla a ella.
"Lo dudo. Pero siempre puedes intentar convencerlo a él y a McLaggen en la gala del Ministerio la semana que viene", ofreció su mejor amigo.
"Cualquier cosa menos eso".
Harmon McLaggen se había empeñado en emparejarla con su hijo, Cormac. No ayudaba que Hermione hubiera llevado a Cormac a la fiesta de Slughorn en sexto año. De algún modo, aquello había convencido a su padre de que eran la pareja perfecta y de que ella solo necesitaba un pequeño empujón en la dirección correcta para enamorarse de su hijo y sumar al prestigio del apellido McLaggen. Hermione preferiría recibir un Slugus Eructo lanzado con una varita rota antes que soportar la presencia de Cormac durante siquiera un minuto.
"¿Ni siquiera si lograra que reconsiderara el presupuesto?", insistió Harry, dándole un leve codazo.
Hermione cerró los ojos y soltó un suspiro resignado.
"Conseguiría un presupuesto más grande" admitió con aire de derrota. "Pero tendría que bailar con Cormac. Al menos una vez".
"¿Por los Kelpies?"
"Por los Kelpies", confirmó Hermione justo cuando el ascensor se detenía.
"Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas", canturreó alegremente la voz del ascensor mientras las puertas se abrían con un traqueteo metálico.
"¿Nos vemos esta noche?", preguntó Harry, recordándole la cena semanal que compartían. Como si ella pudiera olvidarlo.
"Asegúrate de apartarme dos botellas de vino", bromeó con sequedad.
Se despidió con un pequeño gesto de mano y continuó hacia su oficina.
Laura, su secretaria, ya la esperaba con evidente nerviosismo. Era una contratación reciente; se había graduado de Hogwarts apenas el año anterior y todavía miraba a Hermione con ojos llenos de admiración. Pero era confiable, meticulosa y estaba ansiosa por demostrar su valor. Algo con lo que Hermione podía trabajar.
"¿Cómo fue la reunión del presupuesto?", preguntó mientras la seguía al interior de la oficina.
Era mucho más grande de lo que debería haber sido, considerando que su oficina no ocupaba precisamente un lugar prioritario ni dentro del Ministerio ni dentro de su propio departamento. Hermione sabía que su predecesor había trabajado en algo que podría confundirse con una caja de fósforos o un armario para escobas, y que ella no había recibido aquella oficina porque Kingsley se hubiera interesado de repente por las especies en peligro.
Ella era Hermione Granger.
Y ningún ministro iba a alojar a uno de los héroes de guerra en algo que no fuera una oficina espaciosa y elegantemente diseñada.
Además del escritorio delicadamente tallado, había varias estanterías para libros y pertenencias personales, numerosos cajones donde Hermione almacenaba una cantidad interminable de expedientes y documentos, una chimenea conectada a su apartamento y una pequeña pero elegante área de estar. Tres sillones color crema rodeaban una mesa de café, permitiendo conversaciones algo menos formales. Hermione le tenía bastante cariño. Aunque habría preferido que esos fondos se destinaran a las criaturas que intentaba ayudar en lugar de a muebles.
Las ventanas daban al vestíbulo principal del Ministerio y le ofrecían una magnífica vista de la Fuente de la Hermandad Mágica. Ver al elfo, al goblin y al centauro contemplando con adoración y admiración a la bruja y al mago siempre le dejaba un sabor amargo en la boca.
Dejando la pequeña pila de pergaminos sobre el escritorio, Hermione se giro hacia Laura con una mueca.
"No bien. Nos han recortado el presupuesto. Tendremos que encontrar la manera de arreglárnoslas".
"Oh".
Laura parpadeó, pero no pareció especialmente afectada.
No tenía demasiado interés en el departamento en sí y solo había sido asignada a aquel puesto porque era el único disponible, pero eso no era inusual. La mayoría del personal del departamento de Hermione lo utilizaba simplemente como un peldaño dentro de su carrera ministerial. Algo para poner un pie dentro del Ministerio y ascender desde allí.
Pocos sentían verdadera pasión por ayudar a las Criaturas Mágicas. Y quienes la sentían normalmente no intentaban cambiar los lentos engranajes del Ministerio, optando por trabajar para organizaciones benéficas y fundaciones.
Hermione había llegado llena de entusiasmo por cambiar eso y reformar aquella parte del Ministerio, pero después de cuatro años había logrado muy poco. Algunos ascensos, un puñado de leyes modificadas, pero nada realmente importante. Rápidamente se había vuelto evidente que el Ministerio estaba mucho más interesado en exhibirla ante el público que en su deseo de ayudar o en su dedicación al trabajo.
Y así era paseada de un evento a otro, presentada ante delegaciones extranjeras, apareciendo en la portada de El Profeta mientras sonreía y estrechaba la mano de personas consideradas importantes. Era tedioso y la enfurecía, y la única razón por la que seguía participando era porque aún conservaba el objetivo de cambiar las cosas para mejor.
"Eso me recuerda algo. Ya llegaron los expedientes de nuestros socios escoceses. Encontraron un hábitat adecuado para los Kelpies. Lo único que necesitan son los fondos y el proyecto podrá seguir adelante", dijo Laura alegremente, levantando la carta con aire reverente.
Hermione la tomó con un profundo suspiro.
Tendría que bailar con Cormac.
Al menos dos veces.
"«Grimmauld Palace 12, vestíbulo principal."
Hermione pronunció con claridad las palabras y cerró los ojos ante el torbellino de llamas verdes. Sintió cómo su cuerpo se sacudía y trató de prepararse para el aterrizaje, pero aun así tropezó al salir de la polvorienta chimenea de la casa de su mejor amigo. Con un suspiro, se sacudió los restos de hollín del dobladillo de su vestido. No importaba cuántos hechizos de limpieza aplicara Ginny; de alguna manera, la casa se negaba a desprenderse por completo de la suciedad y el polvo. La chimenea del vestíbulo, aunque nunca se utilizaba, siempre estaba un poco tiznada, y cualquier superficie acumulaba polvo con rapidez.
Unos años atrás, poco después de que Harry y Ginny se mudaran allí, Hermione y él incluso habían recurrido a una limpieza a fondo de toda la casa al estilo muggle, pero había sido inútil y solo les había valido los gruñidos desaprobatorios de Kreacher, que seguía deslizándose por los altos corredores.
"¡Asquerosa sangre sucia! ¡Traidora! ¡Mátenla! ¡Mátenla! ¡Saquen esa inmundicia de mi casa! ¡Fuera! ¡Fuera!". El retrato de Walburga Black chilló con una voz agudísima en cuanto sus oscuros ojos detectaron a Hermione. Con el rostro afilado, retorcido por la furia y la rabia, guardaba un inquietante parecido con su sobrina, Bellatrix Lestrange. Siempre le provocaba un escalofrío y Hermione esperaba no volver a tener pesadillas.
"Lo siento, lo siento". Una voz llegó desde la cocina y, unos instantes después, apareció Harry, secándose las manos con un paño de cocina.
"El hechizo silenciador volvió a desaparecer. No sé por qué se niega a funcionar", dijo, lanzando una mirada sombría a la difunta Black, mientras sacaba la varita de la funda atada a su brazo.
"No pasa nada", descartó Hermione mientras el retrato de Walburga seguía gritando con deseos asesinos de fondo.
"¡Tú no eres el dueño de la casa! ¡Escoria indigna! ¡No me silenciarán, la Mansión me protege! ¡Márchate de inmediato y permite la entrada al legítimo heredero Black! ¡Basura! ¡Sangre sucia! ¡Engendro sangre sucia!", Walburga soltó una carcajada estridente antes de que el hechizo de Harry la alcanzara y silenciara su voz rasposa. Sus labios siguieron moviéndose mientras la furia ardía en sus ojos, y Hermione reprimió otro escalofrío.
"Gracias" suspiró, algo irritada porque sus propios hechizos silenciadores nunca resultaban tan efectivos como los de Harry.
Probablemente se debía a que él había heredado la casa de Sirius y esta respondía mejor a su magia, pero aun así la molestaba.
"Debería haber recordado que no estaba silenciada", refunfuñó Harry antes de que una cálida sonrisa sustituyera su gesto de disgusto. "Me alegra verte. Me alegra que hayas podido venir".
Y entonces la abrazó.
Hermione se rio contra su hombro, inundada una vez más por el cariño que sentía por su mejor amigo.
"¿No me viste hace apenas... seis horas?"
"Verte atravesar los pasillos del Ministerio hecha una furia porque el presidente del comité de presupuestos se negó a darle más galeones a tu departamento no cuenta como vernos. Por un momento temí encontrar mi final bajo una estampida. Voldemort se habría revolcado en su tumba".
Harry se rio y la condujo hacia la cocina.
"Y espero que hayas recordado el vino", dijo Hermione con una sonrisa mientras cruzaba el umbral.
De inmediato la recibió el delicioso aroma de especias y chocolate.
"¿Es pastel de chocolate lo que huelo?"
Instantáneamente olvidó que tendría que bailar con Cormac.
Ginny, que estaba frente al horno con el ceño fruncido por la concentración, soltó una carcajada.
"Harry me contó sobre los planes presupuestarios de McLaggen. Pensé que podrías necesitar algo dulce".
La pelirroja abandonó momentáneamente los electrodomésticos a su suerte para envolver también a Hermione en un abrazo.
"No tienes ni idea" murmuró esta con tono sombrío.
Ginny volvió a reír.
"Al menos es guapo. Y no te pisa los pies".
Hermione soltó un profundo suspiro.
"Preferiría que me pisara los dedos antes que escucharlo presumir de las conexiones de su familia. El nepotismo no es tan atractivo como él cree".
"Probablemente no deberías mencionar eso mientras bailas con él".
Ginny le guiñó un ojo y regresó a su puesto frente al horno, mientras Hermione colgaba su abrigo en el respaldo de la silla que, extraoficialmente, se había convertido en la suya.
Solo para ser abordada por alguien desde atrás, que le rodeó la cintura con los brazos y la atrajo hacia un fuerte abrazo.
"Menos mal que decidiste no convertirte en auror. Bajas la guardia con demasiada facilidad".
Hermione puso los ojos en blanco con fingida exasperación.
"También me alegra verte, Ron". Se volvió y le dio un beso en la mejilla.
Su sonrisa relajada no vaciló ante aquella muestra casual de afecto y sus ojos no se nublaron, para alivio de Hermione. A ambos les había costado volver a construir su estrecha pero platónica amistad después de la ruptura, pero ahora, cinco años después de la guerra y cuatro años y medio después de haber terminado, eran tan cercanos como siempre.
Hermione había superado la relación con rapidez, algo que probablemente tenía que ver con que había sido ella quien decidió ponerle fin. Ron había tardado más, aferrándose siempre a la esperanza de que quizá las cosas funcionaran después de todo, alimentado por la prensa y por Molly. Pero tras dos años sin que ella cambiara de opinión, lo aceptó y trató de seguir adelante. El hecho de que hubiera muchas brujas deseosas de coquetear con él seguramente ayudó, una vez que consiguió mirar a alguien que no fuera Hermione.
"En lugar de molestar a Hermione, podrías ayudar a poner la mesa".
Ginny llamó a su hermano, que infló las mejillas indignado.
"Soy un invitado".
Pero la menor de los Weasley no estaba dispuesta a aceptarlo. Con una sola mirada que la hizo parecerse inquietantemente a su madre, Ron agachó la cabeza y se puso a trabajar, refunfuñando sobre favoritismos y sobre cómo él era su hermano y se suponía que debía quererlo más que a Hermione.
Riendo por lo bajo, Hermione le quitó la pila de platos, dejándolo encargado de los cubiertos, y comenzó a poner la mesa. Junto con Harry, que llevaba la ensaladera y una cesta de pan, terminaron rápidamente.
Para cuando Ginny anunció que la comida estaba lista, todos estaban sentados a la mesa con una copa de vino tinto en la mano.
Las cenas en casa de los Potter siempre eran uno de los momentos destacados de la semana de Hermione. Se deleitaba en aquella atmósfera de amistad y familiaridad, empapándose de las risas y la alegría.
Tras la graduación de Ginny y el primer ascenso de Harry, este no había perdido el tiempo y le había propuesto matrimonio prácticamente en el acto.
Después de una vorágine de preparativos de boda que había dejado a Hermione exhausta y lista para renunciar a su papel de dama de honor si tenía que asistir a una prueba más de vestidos. La boda Potter se había convertido en el acontecimiento de la década y había alimentado a la prensa durante meses.
La ceremonia había estado fuertemente protegida y había sido estrictamente privada, celebrada en La Madriguera con la asistencia únicamente de sus amigos y familiares más cercanos. Había sido hermosa y, aunque él lo negara, Hermione sabía que Harry había derramado algunas lágrimas.
Principalmente porque Ron tuvo que pasarle discretamente un pañuelo cuando Ginny caminó hacia el altar.
Su relación tenía muy pocos tropiezos. Ambos se complementaban perfectamente y ambos eran ambiciosos respecto a sus carreras. La trayectoria de Ginny con las Holyhead Harpies había despegado, y Harry había demostrado su valía como auror.
Y aunque su fama se había atenuado ligeramente a medida que el público se acostumbraba al héroe del mundo mágico, para nada había sido olvidado. La prensa ya no lo acosaba, pero seguía apareciendo regularmente en Witch Weekly o en la sección de chismes del Profeta. Y cada pocos meses surgían especulaciones sobre cuándo el mago más famoso de Gran Bretaña se convertiría finalmente en padre.
No es que Ginny y Harry tuvieran prisa en ese aspecto. Ella quería jugar un poco más antes de tomarse una o dos temporadas de descanso, y Harry estaba perfectamente satisfecho siendo un esposo devoto por el momento.
Hermione ocultó una pequeña sonrisa tras el borde de su copa mientras observaba a Harry mirar a su esposa con adoración, como si todavía no pudiera comprender cómo había tenido tanta suerte.
Perdida en sus propios pensamientos y reflexionando sobre los últimos años, dejó de prestar atención a la conversación hasta que Ron se aclaró la garganta con nerviosismo.
Levantó la vista de inmediato, preocupada por haberse perdido algo importante, pero por las expresiones curiosas de Ginny y Harry, Ron aún no había compartido lo que tenía en mente.
"Tengo una noticia que darles". Tenía las mejillas teñidas de satisfacción, y Harry asintió animándolo.
"Yo... eh..."
Sus ojos se desviaron hacia Hermione antes de volver a fijarse en su plato.
"Hace poco me encontré con Hannah. Hannah Abbott".
Ah, Hannah Abbott.
Hermione la recordaba. Una bonita Hufflepuff rubia que se había convertido en sanadora después de la guerra. Había salido brevemente con Neville, pero la relación terminó cuando él decidió quedarse en Hogwarts para completar su especialización mientras ella quería permanecer en Londres.
"Cuando digo hace poco, me refiero a hace unos meses. Estuvimos hablando un poco y una cosa llevó a la otra y... me gustaría llevarla al baile del Ministerio. Para que puedan conocerla".
Su voz se volvió más baja al final, incapaz de ocultar el nerviosismo.
El silencio se instaló sobre la mesa y Hermione comprendió, algo tarde, que todos estaban esperando su reacción.
Aquello le provocó una punzada de enojo, porque había dejado de estar enamorada de Ron poco después de empezar a salir con él. Y la razón por la que no había vuelto a tener una relación desde entonces era simplemente que no quería lidiar con la molestia de intentar encontrar un mago interesado en ella y no en la heroína de guerra. No es que tuviera demasiado tiempo para el romance de todas formas. Su agenda estaba repleta.
Pero reprimió la irritación y sonrió.
"Eso es maravilloso. Me alegro mucho por ti, Ron. Por lo que recuerdo, era una persona muy dulce y amable".
Y lo era, de verdad.
Ron merecía a alguien que lo amara y adorara de una manera que Hermione nunca había sido capaz de hacerlo. Merecía a alguien que quisiera las mismas cosas que él en la vida, que compartiera sus intereses y encajara con su personalidad.
Y quizá esa persona fuera Hannah.
Una palpable ola de alivio disipó la tensión de los hombros de Harry. Hermione fingió no notarlo mientras escuchaba a Ginny bombardear a su hermano con preguntas.
No parecía que Ron tuviera intención de responderlas. Se removió nervioso en el asiento, con las mejillas más rojas de lo habitual, mientras relataba con vacilación cómo habían retomado el contacto.
No había nada espectacular en la historia. Había estado trabajando con un nuevo invento y sufrió una quemadura bastante fea. En San Mungo se encontró con Hannah y pronto comenzaron a hablar de sus días en Hogwarts. Una cosa llevó a la otra, incluyendo numerosas citas secretas en el Londres muggle para escapar de la prensa. Y ahora la relación era lo bastante seria como para querer presentarla oficialmente. Y hacerlo público.
El tema cambió cuando Ginny comprendió que, por mucho que insistiera, su hermano no pensaba revelar más que lo estrictamente necesario. Entonces comenzaron a hablar de los recortes de presupuesto, y Hermione volvió a llenar su copa cuando Ron —con toda su pasión por el Quidditch— no mostró el nivel adecuado de indignación y, en cambio, pareció bastante emocionado ante la mención de la Copa Mundial.
Comentó que había leído rumores según los cuales solo la ceremonia de apertura sería espectacular e incluiría al menos tres dragones.
El tenedor de Hermione chirrió contra el plato al imaginar la cantidad de galeones desperdiciados en aquello y lo que significaría para la próxima reunión presupuestaria. Sin mencionar que los dragones eran criaturas extremadamente inteligentes y no un espectáculo circense. Toda la mesa hizo una mueca. Ron se apresuró a retractarse, pero Hermione hizo un gesto restándole importancia. Tenían prioridades distintas y estaba bien con eso.
El tiempo pasó mientras abrían otra botella de vino, y los últimos restos de su mal humor desaparecieron cuando Ginny le sirvió una porción de pastel de chocolate.
Porque aquel pastel de chocolate podía curar todas las heridas y seguramente contenía algún ingrediente mágico secreto que Ginny se negaba a revelar. La dejó de tan buen ánimo que ni siquiera protestó cuando Ron le pidió que lo acompañara hasta la red Flu.
Tenía que marcharse temprano por algún contrato o algo parecido, pero Hermione sabía que estaba intentando encontrar un momento a solas con ella. Miró hacia Harry y Ginny, que estaban ocupados discutiendo con Kreacher porque el elfo insistía —con el dramatismo apropiado, por supuesto— en que él lavaría los platos.
"Claro". Hermione aceptó y siguió a Ron por el alto corredor hasta la chimenea.
Se detuvo después de cerrar la puerta de la cocina y observó cómo él comenzaba a pasearse de un lado a otro, retorciéndose las manos.
"¿De verdad está bien?". La miró con una expresión que solo podía describirse como ojos de cachorro. "¿Que lleve a Hannah al evento del Ministerio? Quería decírtelo antes, pero tenía miedo de cómo reaccionarías. Si no te parece... quiero decir, a ella no le importaría quedarse en casa... es solo que..."
"Ron". Hermione lo interrumpió y apoyó suavemente una mano en su hombro. "Esta es tu primera relación seria en más de cuatro años. Y hablaba en serio cuando lo dije. Hannah es una chica encantadora y me alegro muchísimo por ti. Además, tengo muchas ganas de conocerla en la gala. Te lo prometo".
Él exhaló suavemente y la sonrisa que asomó en sus labios tenía un aire tímido.
"Me gusta mucho, ¿sabes? Muchísimo", confesó, casi como si fuera un secreto. "Y por eso no pude contárselo a nadie. Tenía miedo de que no funcionara...".
"Lo entiendo, Ron", le aseguró. "Y me alegro muchísimo por ti. Mereces a alguien que te ame".
Por un instante, Ron permaneció en silencio. Entonces su pequeña sonrisa floreció hasta convertirse en una enorme mueca.
"Bien. Eso está bien".
"Yo diría que sí", rió Hermione. "Y ahora vete antes de que George te regañe por no tomarte tu trabajo tan en serio como deberías".
Lo condujo hacia la chimenea, donde él tomó un puñado de polvos Flu. Ron dudó después de colocarse sobre la rejilla.
"Tú también lo mereces, ¿sabes?", dijo en voz baja, pero con firmeza. "Mereces a alguien que te ame, quiero decir".
Y entonces desapareció entre un remolino de llamas verdes, dejando a Hermione sola, sintiéndose extrañamente vacía.
