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— ¡Juan! — el grito retumbó por todo el panteón, rebotando entre las columnas y pisos de cuarzo .
Ashswag caminaba con pasos firmes, sus ojos de un morado brillante destellando con una mezcla de irritación y cansancio. La vena de su frente amenazaba con saltar en cualquier momento. Llevaba más de media hora buscando al escurridizo castaño, y su paciencia —que ya de por sí no era mucha— se había agotado por completo hacía rato.
Sabía que Juan estaba allí. Siempre se escondía en el panteón cuando quería evitarlo. Algo muy estúpido considerando que él dormía ahí.
— ¡Juan! — gritó de nuevo, deteniéndose en el centro del panteón. — Bro, I'm not joking! Come here. Now.
El eco de su propia voz fue su única respuesta durante unos segundos. Cerró los ojos, respiró hondo y se repitió su mantra.
Pasos.
Unos pasos ruidosos, sin ningún disimulo, se acercaron desde detrás de una de las enormes columnas. Ash los reconoció al instante. Conocía esa forma de caminar demasiado bien. Usando toda su fortaleza mental —que en ese momento era poca, porque su cabeza solo pensaba en una persona— se giró levemente.
Siempre se le había hecho difícil mantener la compostura con su familia.
Con él, era casi imposible.
Pero todo cambió cuando alzó la vista y vio a Juan.
Llevaba puesto el uniforme del Régimen. Ese que Ash había mandado hacer hacía semanas, pero la espera, maldita sea, había valido absolutamente la pena.
La tela roja y dorada le quedaba como fundida a su cuerpo. No sobraba ni faltaba un solo centímetro. La chaqueta entallada marcaba la anchura de sus hombros y caía con una elegancia casi irreal hasta la cintura, donde un cinturón de hebilla dorada la abrazaba con precisión, destacando una silueta que Ash conocía bien.
El pantalón, de negro profundo, hacía juego con las botas negras impecables. La tela se ajustaba a sus piernas bien formadas, apretando especialmente sobre los muslos carnosos de Juan, esa parte de su cuerpo que había tenido que aprender a ignorar por el bien de su propia cordura.
El castaño llevaba el pelo ligeramente despeinado y una sonrisa en los labios.
— Hola, líder supremo — dijo Juan, con esa voz suya que podía sonar tan inocente como juguetona. Se detuvo a unos pasos, con las manos cruzadas detrás de la espalda.
Ash juró que hasta la luz fría del panteón se volvía más cálida a su alrededor.
Ash tragó saliva. Su postura seria comenzaba a resquebrajarse.
— Don't "líder supremo" me, asshole. Where were you? — preguntó Ash, forzando su voz a sonar firme. — I've been looking for you for an hour.
Y no era mentira, lo buscó en los lugares donde creyó que estaría: en su tienda de arte, con Katie tomando el té, en la fábrica de Tubbo y el campo de flores.
Ese jueguito del gato y el ratón lo estaba volviendo loco.
Juan, en lugar de mostrar arrepentimiento, se limitó a sonreír con esa calma irritante que tanto caracterizaba su persona.
— Estaba donde las ranitas de los holandeses — respondió, haciendo un gesto con las manos simbolizando la altura de los animales. — Pensando. Ese lugar me relaja mucho.
Mientras hablaba, rodeó sus brazos alrededor del cuello de Ash con una naturalidad que hacía que pareciera que llevaran años haciéndolo.
Como si el líder del Régimen fuera suyo, y solo suyo.
Ash lo apartó.
Con un movimiento seco, pero no brusco —nunca brusco con él—, separó las manos de Juan de su cuello. Luego, sin mediar palabra, tomó asiento en su silla.
Con un ademán demandante —una mano extendida, los dedos ligeramente curvados, la mirada fija— hizo una seña para que Juan tomara asiento en su regazo.
No era una invitación.
Era una orden.
Juan solo levantó una ceja.
La molestia se reflejó en sus ojos miel. Apartó la mirada con un gesto casi infantil y, desafiante, le sacó el dedo.
Ash sintió cómo algo se le retorcía en el pecho.
Maldito terco.
Maldito hermoso terco.
Ash sabía lo que Juan quería.
Y Ash, a pesar de todo —a pesar de que odiaba mostrarse débil, a pesar de que su puesto exigía firmeza, a pesar de que Tubbo le diría que esto era una distracción—, se lo daría.
Porque ante todo, era un hombre necesitado.
De él.
Solo de él.
— Please, love. I'm sorry — dijo, apartando la mirada.
El rojo le subió por las mejillas hasta las orejas, sintiendo su corazón latir. Por un minuto creyó que tendría una taquicardia.
Juan sonrió.
Ash no necesitó verlo para saberlo. Lo sintió en el aire, en la forma en que la tensión se disipó, en ese pequeño cambio en la respiración del castaño.
— Eso no fue tan difícil, ¿verdad? — Juan caminó hacia él con pasos lentos, deliberados, haciendo crujir las hojas secas del panteón bajo sus botas.
— Don't push it — le respondió con cansancio.
Y Juan, finalmente, se sentó en su regazo.
Sin timidez. Sino como si ese lugar siempre hubiera sido suyo. Porque lo era. Porque Ash se lo había dado en el momento que se volvió parte del régimen.
— ¿Y por qué me buscabas? — preguntó Juan mientras apoyaba la mejilla contra el pecho de Ash, justo donde el latido era más fuerte.
Ash lo rodeó con un brazo, casi sin darse cuenta, como si su cuerpo obedeciera a algo más profundo que su cabeza.
— I need you to talk to the North faction. Again. — Apretó la mandíbula, intentando aferrarse a su papel de líder. No podía permitirse distracciones. No con Juan pegado a él. — Vegetta is making weird moves with the resource trade.
Juan suspiró. Un suspiro largo, cansado. Mierda, habían tenido la misma conversación diez veces.
Estaba harto de lidiar con los del norte entrometiéndose en sus asuntos. Harto de sus sonrisas falsas y sus tratos a medias. Harto de Vegetta y su orgullo.
— ¿Para eso me buscaste? — Juan levantó la cabeza, sus ojos marrones clavándose en los morados de Ash. — ¿Para hablar de Vegetta?
Ya había hablado con él. Tres veces. Con Aldo —el molesto hijo de Vegetta— otras dos. Al parecer la manzana no caía tan lejos del árbol, porque los dos eran tercos de manual.
— Si no entiende lo que queremos, deberíamos romper la ruta comercial con el Norte — afirmó, con la voz plana pero firme. — Que aprendan a vivir sin nuestros recursos.
— Believe me, I don't like the idea of you spending a lot of time in the North — dijo, y su brazo se tensó alrededor de la cintura de Juan, apretándolo un poco más. — But we have bigger problems besides Vegetta.
Entendía a su pareja. Sabía que un problema pequeño con los del Norte causaría una distracción para su verdadero objetivo: la Federación.
El enemigo real.
Juan asintió, aunque con desgana.
— Hablaré con él — dijo, elevando la mirada hasta conectar con el ojo violeta del pelinegro.
— Pero espero que sepas que me están empezando a hartar.
Extendió la mano hacia el rostro de Ash, acunándolo con una suavidad que contrastaba con la dureza de sus palabras. Sus dedos recorrieron la mandíbula marcada, el pómulo afilado, el borde del glitch que Ash tenía cerca de la ceja.
Ash se dejó llevar.
Cerró los ojos un segundo, solo uno, y se permitió sentir. La calidez de la mano de Juan. La forma en que lo tocaba como si fuera valioso. Como si no fuera el monstruo que todos veían.
— Además — continuó Juan, con un deje de fastidio genuino —, Aldo, el hijo de Vegetta, me está colmando la paciencia. Y a veces siento que me ve muy… intensamente.
El cambio fue inmediato.
Los ojos de Ash se abrieron. El morado se volvió más oscuro, más profundo. Su mandíbula se tensó otra vez.
Sujetó suavemente la mano de Juan, girándola para besar la palma. Luego la muñeca. Luego el antebrazo. Fue recorriendo el camino completo con sus labios, despacio, deliberadamente, dejando un rastro de besos que iban desde la punta de los dedos hasta la curva del codo.
Juan se estremeció. No lo dijo, pero Ash lo sintió.
— Do you want me to kill him? — preguntó Ash contra su piel, la voz baja, ronca, peligrosa.
Y no era una broma.
Juan lo sabía.
El castaño se mordió el labio. Amaba ese control que podía llegar a tener sobre Ash. Adoraba cuando dejaba caer esa máscara de "líder supremo" y se volvía… Gómez Addams. Devoto. Obsesivo. Capaz de matar por él con una sonrisa en la cara.
Negó suavemente con la cabeza. No ahora.
En lugar de responder, inclinó el rostro y besó los labios de Ash. Un beso dulce, lento, que no pedía nada más que quedarse allí un rato.
— No, Ash Manuel — dijo contra su boca, riendo. El sonido vibrando entre los dos. — Tal vez luego. Pero ahora no.
Ash sonrió. Una sonrisa pequeña, reservada solo para Juan.
Y entonces, como si recién lo viera, como si el uniforme rojo no hubiera sido lo primero que notó horas antes, murmuró:
— You look so beautiful in that uniform.
Las orejas de Juan se tiñeron de rosa.
— ¿Ahora dices eso? — intentó sonar molesto, pero su voz le tembló apenas un poco. — Pendejo, llevo contigo más de media hora.
El pelinegro solo sonrió con complicidad.
— Eres empalagoso cuando quieres, ¿sabes?
— Only for you.
— Menos mal.
Se quedaron así, abrazados en la silla del panteón, compartiendo uno que otro beso y caricia.
