Chapter Text
Esta es una historia omegaverse, es Tom x Harry x Draco e incluye todas las etiquetas obscenas y una moralidad bastante ambigua, espero que les guste.
Bienvenidos, bienvenidos a los trigésimos juegos del hambre...ok no, ese es otro fandom, pero ustedes me entienden.
Se suponía que, cuando Harry venciera al Señor Tenebroso, todo sería felicidad y regocijo, pero murió junto con Voldemort.
No hubo júbilo cuando Voldemort cayó, porque su salvador cayó con él; fue todo lo contrario: el ambiente se volvió amargo y desolador, y todos se enfocaron en las personas que habían perdido.
Draco se quedó en una esquina observando todo, y cuando llegaron los aurores lo dejaron libre; para su sorpresa, Weasley y Granger lo defendieron, diciendo que los ayudó a escapar de la mansión, y más gryffindors se les unieron cuando recordaron cómo Draco le lanzó su varita a Potter en el momento en que este saltó de los brazos de Hagrid.
Draco no pudo hacer mucho por sus padres cuando se los llevaron a Azkaban, y aun así seguía mirando el punto donde el Señor Tenebroso y Potter perecieron, manteniendo una absurda esperanza de que Potter solo estuviera jugando y apareciera con una de sus exageradas entradas, como era su estúpida costumbre.
Pero pasaron las horas y no ocurrió nada, solo estaban sus amigos llorándolo junto con todas las personas que lo conocían o creían conocerlo, y aquello resultaba extremadamente asfixiante para Draco, quien, al ser un omega dominante, tenía un olfato más sensible y percibía cómo todo el comedor estaba impregnado de un olor ácido, pesado y desagradable producto de la miseria colectiva.
No aguantó más y salió de allí, sin darse cuenta de que sus propios pasos lo llevaron al Bosque Prohibido, hasta que el aire cambió por completo y se volvió más limpio y frío.
Ahora estaba solo, así que se permitió derrumbarse por todo lo que había pasado y por todo lo que pudo haber sido.
—Maldito Potter, si hubieras tenido un poco de cerebro no estarías muerto, haciéndote el jodido mártir —murmuró Draco, pasando con brusquedad el puño por sus ojos húmedos.
Draco tomó una bocanada de aire, intentando calmarse porque ya no era un niño para llorar de esa manera, pero al inhalar llegaron a él dos olores extremadamente familiares que lo hicieron tensarse.
Percibió esos aromas con claridad y apretó su varita con fuerza contra la palma, sintiendo un tirón en el pecho al recordar que Harry la había tenido en sus manos muertas apenas unas horas antes, por lo que sacudió la cabeza para despejarse.
Siguió caminando, guiándose por aquel olor a mar y tierra mojada que no debería estar allí, pero al internarse más en el bosque no encontró nada, o eso creyó hasta que un pequeño llanto rompió el silencio.
Draco bajó la mirada hacia el suelo y allí estaban dos pequeños bebés; avanzó muy lentamente hacia ellos y luego se arrodilló, notando que ambos estaban completamente desnudos y aferrados uno al otro para poder conservar un poco de calor.
El puro instinto de Draco fue sacarse la túnica y envolverlos en sus brazos, acercándolos a su pecho con cuidado.
Draco los meció contra él, y no tardaron mucho en calmarse; se acomodó cruzando sus piernas y los recargó allí, sosteniéndolos con cuidado, notando que no parecían tener más de tres meses, y entonces ahogó un grito al ver los ojos del pequeño, eran malditamente verdes.
El jodido verde de Potter, y no solo eso, olía como él, ese aroma fresco y salvaje a brisa marítima golpeando con suavidad, mientras que el otro pequeño tenía unos hermosos ojos color rubí y un olor a tierra mojada, un aroma que Draco ya conocía, o al menos algo peligrosamente parecido.
Siempre lo había percibido en el Señor Oscuro, pero en aquel entonces ese aroma, que en otro contexto habría sido relajante, estaba empañado por algo fétido, más que tierra mojada era como agua estancada, pesada y desagradable, y sin embargo ahora... ahora solo le transmitía una calma extraña, una tranquilidad que no encajaba con lo que sabía.
¿Qué iba a hacer ahora?
No podía dejarlos ahí, pero si se los llevaba, ¿qué demonios iba a pasar?, lo más lógico sería decir lo que encontró, entregarlos y dejar que otros decidieran, pero en cuanto ese pensamiento cruzó por su mente, otro llegó con la misma rapidez, porque en el momento en que alguien notara quién era ese otro bebé, o siquiera tuviera la más mínima sospecha, lo matarían sin dudar.
Lo correcto sería entregarlo de una vez y dejar que acabaran con su vil vida, eso era lo lógico, lo seguro... pero al mirar a ese pequeño, todo en su cuerpo gritaba lo contrario, una necesidad intensa y dolorosa de protegerlo, de protegerlos a ambos.
No.
No iba a dejar que nadie los lastimara.
—A la mierda... —murmuró, y envolvió con cuidado a los bebés antes de desaparecerse con ellos.
Draco se apareció en Grimmauld Place, porque después de que los mortífagos encontraron al trío dorado allí, su madre y su tía lo lleveraon para conocer sus raices, así que, dentro de lo que cabía, era una mejor opción que la mansión.
Lo primero que hizo al llegar fue ir directamente hacia la recámara más decente, envolver a los bebés con varias cobijas y encender la chimenea, permitiendo que el calor comenzara a llenar el espacio poco a poco.
Joder, joder... ¿qué estaba haciendo?, ni siquiera podía cuidar de sí mismo y ahora tenía a dos bebés en brazos, dos vidas completamente dependientes de él, pero gracias a Merlín, los bebés permanecían tranquilos, apenas moviendo sus pequeños ojos alrrededor.
¿No se suponía que los bebés lloraban desconsoladamente por cualquier cosa?, porque ahí estaban esas dos pequeñas criaturas, completamente silenciosas, demasiado serenas para todo lo que acababa de ocurrir.
Draco pudo serenarse lo suficiente para pensar, y al levantar la vista encontró a un elfo realmente viejo que cayó a sus pies, diciéndole que lo serviría por haber ayudado a su amo Harry y por tener sangre Black; Draco no le iba a ver el diente a un caballo regalado, así que aceptó sin cuestionar demasiado y lo mandó por biberones, leche y ropa para bebé.
Mientras Kreacher fue por todo lo necesario, Draco invocó la bañera y la llenó con agua, ajustándola a una temperatura que él creyó prudente para los bebés, aunque no tenía la menor idea de cómo carajos se bañaba a uno, mucho menos a dos, pero tenía que hacerlo porque ambos estaban cubiertos de tierra.
Tomó primero a Harry y lo bañó con sumo cuidado, sosteniéndolo con torpeza que poco a poco se fue volviendo más segura al notar que el pequeño permanecía calmado, observándolo con esos ojos verdes, después siguió con el otro, con Voldy, porque ni de broma iba a llamarlo Señor Oscuro o Voldemort, era un jodido bebé, y lo trató con la misma delicadeza.
A Draco le tomó mucho tiempo averiguar cómo se ponían los pañales, peleándose con las tiras y la tela más de lo que le gustaría admitir, pero cuando finalmente lo logró se sintió ridículamente orgulloso de sí mismo.
Después de colocarles dos mamelucos sumamente suaves, Krecher le pasó dos biberones ya listos, y entonces surgió otro problema, porque no tenía idea de cómo iba a alimentarlos al mismo tiempo.
Kreacher, tartamudeando ligeramente, le señaló que podía sentarse en el sillón, recargando ambos codos en los reposabrazos y colocando sus brazos alrededor de los bebés para sostenerlos mientras les daba el biberón, y Draco obedeció porque, sinceramente, no se le ocurría nada mejor.
Y bendito elfo, porque funcionó.
Los bebés no lloraron hasta ese momento, pero en cuanto el biberón tocó sus labios comenzaron a beber con urgencia, aferrándose como si llevaran horas esperando, y Draco se mordió el labio al darse cuenta de que debían tener muchísima hambre y que ni siquiera se le había ocurrido alimentarlos hasta ese instante.
—Podrías traerme un libro sobre la crianza de bebés —dijo suavemente, y tras una breve pausa añadió—, por favor.
El recuerdo de Dobby cruzó por su mente sin aviso.
No volvería a tratar mal a ningún elfo doméstico.
krecher se sonrojó ligeramente y asintió con entusiasmo antes de desaparecer.
Draco recostó a los bebés después de hacerlos eructar, y ambos cayeron dormidos con facilidad contrastando demasiado con todo lo que acababa de ocurrir, mientras él permanecía despierto, atrapado en los peores escenarios posibles que no dejaban de formarse en su cabeza.
Tomó el libro en cuanto llegó y comenzó a leerlo, más por necesidad de distraerse que por verdadera confianza en lo que hacía, mientras el elfo lo ayudaba a limpiar la recámara y, poco a poco, la casa parecía empezar a aceptarlo, reconociendo su presencia, hasta que en unos días el lugar dejó de oler a humedad y abandono para volverse apenas habitable.
Draco no se sentía cómodo dejando a los bebés solos, aunque estos fueran extremadamente tranquilos, así que a cualquier parte de la casa que iba los llevaba consigo, manteniéndolos siempre cerca.
Kreacher le consiguió una cuna que según él, pertenecio a su "amito Regulus", un ser celestial según sus propias palabras, y Draco no cuestionó demasiado mientras acomodaba a los bebés allí con un cuidado que ya comenzaba a salirle de manera natural.
Pasaron casi dos semanas en las que Draco quedó completamente absorto en aprender a cuidar a los bebés, y en ese momento agradecía profundamente su instinto omega, porque sin eso probablemente ya habría cometido algún error grave.
—Amo, la señorita Granger lo busca... ella es muy amable con Kreacher, aunque tenga la sangre sucia —dijo el elfo en voz baja, mirando de reojo hacia los bebés que dormían con calma.
Draco se llevó las manos al rostro.
Mierda.
¿Qué iba a hacer ahora?
Ni siquiera tuvo tiempo de pensar en esconder a los bebés cuando Granger entró directamente a la sala.
—Malfoy, perdón por venir así, pero el juicio de tu madre es mañana y no has respondido a tus lechuzas.
Granger lucía demacrada, con los ojos hundidos y el cuerpo tenso, y su aroma seguía siendo ácido, aunque Draco odiara admitirlo, siempre le había parecido delicioso el olor de Granger, algo dulce, parecido a banana, ligeramente reconfortante... pero ahora estaba completamente eclipsado, como si se hubiera echado a perder.
Podía entenderla. Potter era su familia y no solo él, muchos de sus compañeros y amigos habían muerto.
Draco sintió un golpe de culpa al darse cuenta de que ni siquiera había pensado en sus padres como debería, pero la realidad era que los bebés habían consumido toda su energía, toda su atención, todo su mundo en esos días.
—¿Cómo me encontraste? —preguntó, colocándose sutilmente frente a la cuna.
—Yo... lo siento mucho, le colocamos un hechizo localizador a la última lechuza que te enviamos —Granger tuvo la decencia de sonrojarse—, no sabía qué más hacer, no contestabas, y... creo que tu madre te importa.
Se acercó un poco más, y Draco tomó su varita con discreción.
—¿Pasa algo? —dijo ella, deteniéndose.
—No... no es nada —tragó saliva con dificultad—, pero yo... ¿cómo podría ayudar a mi madre?
—Puedes testificar que ustedes estuvieron bajo amenaza, además nos enteramos de que tu madre le mintió a Voldemort, así que ella podría quedar libre o al menos recibir una condena muy corta —ella se calló por un momento, dudando antes de continuar—. Tu padre fue sentenciado al beso... lo siento mucho.
—No tenía salvación —dijo Draco con tristeza, porque al final su padre fue tras él intentando protegerlo, pero había dañado a tantas personas que no tenia forma de justificarlo, y aun así el dolor de su muerte le atravesaba el pecho de una forma incómoda, pesada, porque ni siquiera pudo despedirse.
Voldy empezó a llorar y lo siguió Harry, como siempre ocurría cuando Draco se ponía mal, y él lo atribuía a que ambos eran alfas y que el aroma de Draco cambiaba cuando su estado de ánimo se alteraba, volviéndose más inestable, más difícil de ignorar para ellos.
Ni siquiera lo pensó.
Se movió por puro impulso y los tomó a ambos en sus brazos, olvidando por completo la presencia de Granger, sosteniéndolos contra su pecho mientras los mecía hasta que poco a poco los llantos se fueron apagando.
Fue solo cuando se calmaron que Draco se dio cuenta de lo que acababa de hacer.
Joder...
