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—¿Y esto es…?
—Una invitación.
Wesker intercambiaba la mirada entre el sobre que le tendía Birkin y la cara de su colega, esperando que aquello fuera una broma de las suyas. No parecía el caso ante el nerviosismo que se estaba empezando a formar en el rostro del joven doctor.
—¿Lo vas a coger o no?
—Depende de para lo que sea. Si es para un simposio sobre los efectos del Virus-T en roedores, lamento informarte de que ya me he visto unos cinco de ellos.
—No es para eso… Es para algo… Muy diferente.
Vale, ahora sí que había conseguido llamar su atención. Dejó la probeta sobre el aplique y se giró en su silla para encararlo con los brazos cruzados.
—¿Y para qué es?
Birkin se sonrojó un poco mientras se rascaba la nuca. Por este gesto, debía ser sobre algo muy alejado de sus estudios porque jamás le había visto tan indeciso o avergonzado por decir algo.
—Es una invitación de boda. La mía y la de Annette.
—Ah —fue todo lo que pudo decir Wesker, aunque más bien fue un sonido que soltó su boca tras abrirla de forma inconsciente.
Sabía perfectamente los sentimientos que se profesaban ambos científicos, pero jamás pensó que llegarían hasta este extremo. Fue el propio Wesker quien hizo que Annette conociera a Birkin tras estar este último a punto de dejarlos sin posibles candidatos experimentales ante un arrebato de locura a causa de la genialidad de Alexia Ashford. Si no hubiera urdido aquel plan de distraer a Birkin colocándolo como jefe de un grupo inexperto de científicos nuevos (entre los que figuraba su futura esposa), habría sido el siguiente sujeto experimental.
Por supuesto, jamás llegó a la conclusión de que indirectamente había puesto en marcha a la futura familia de su amigo.
—En fin, ¿vas a venir?
Wesker apartó la mirada de la cara rojiza de su compañero y miró el sobre.
—¿Por qué debería ir? Tengo entendido que, a esas celebraciones, suelen ir familiares y amigos cercanos.
—Por eso mismo: Tú eres un amigo muy cercano para mí.
Birkin no tenía familia conocida y en Umbrella solo había entablado conversación con él. Wesker también había sentido que Birkin era la primera persona con la que había conseguido hablar de forma natural, sin sentirse vigilado, desde que dejó la academia del orfanato en el que ha vivido durante toda su infancia. Así que no era de extrañar que le estuviera invitando a ir a su boda.
Alargó la mano y tomó el sobre, haciendo que Birkin soltara todo el aire que tenía en sus pulmones.
—¿Cuándo es el feliz enlace? —preguntó en tono monocorde mientras abría el sobre.
—Este sábado.
—¿Y has tardado tanto en decírmelo?
—Wesker, siendo sinceros, hablar contigo últimamente es como intentar dar de comer a un Cerberus.
Porque era Birkin, que si llega a decírselo alguno de los graciosos del área de Recursos Humanos, lo degollaba allí mismo.
—¿Vendrás? —preguntó ansioso como si fuera un niño pidiendo la propina a sus padres.
Leyó la invitación. Una boda no entraba dentro de sus planes de vida y menos ir a una de invitado. Tenía traje, por supuesto, pero ver a dos humanos unirse en matrimonio ante muchos extraños no era su plan perfecto de los sábados, en los cuales se dedicaba a pasear por los bosques de Arklay para relajarse un poco.
Meterse en una sala llena de gente gritando y sonriendo no era su sitio ideal.
—Tengo cosas que hacer.
—Mentira. He mirado tu agenda.
—Sabes que paseo los sábados.
—¿Qué eres? ¿Un viejo de 80 años?
Una mirada a través de los cristales de sus gafas de sol casi deja a Birkin contra la pared opuesta. El joven tragó saliva mientras le temblaban las piernas.
—Me conocen, William: estas cosas no me gustan —se levantó de la silla y lanzó la invitación al escritorio.
Pasó a su lado, deseando tomarse una aspirina ante la migraña que amenazaba con aparecer tras aquella noticia. No debería haber hecho aquel plan para tranquilizarlo, no debería haber contratado a Annette, no debería haber empujado a ambos a conocerse… Si se casaban, volvería a quedarse solo y su ansiedad por verse siempre vigilado día y noche regresaría de nuevo. Claro que era consciente de que, desde que conoció a Birkin, aquel sentimiento de reclusión se había atenuado mucho, pero cuando él no estuviera, volvería el miedo de esas personas que no desean verlo libre…
—Albert, no pienso dejarte solo.
Se giró y vio que Birkin no se había movido de su sitio. Su espalda seguía encorvada mirando la invitación sobre el escritorio.
—Somos compañeros y yo tampoco podría vivir sin ti. Además… Quiero que seas mi padrino.
Aquellas palabras, que buscaban poder tranquilizar al mayor, eran las más crueles que había escuchado en su vida. De esta forma, estaba atándolo sentimentalmente para que fuera a la boda.
Terminó accediendo y arrepintiéndose cuando pisó el primero la capilla aquel sábado. Empezó a llenarse de gente que lo saludaban como si fueran amigos de toda la vida, ayudó a Birkin a colocarse la pajarita y observó el “sí, quiero” de la pareja que él mismo había creado. Cuando los vio sonrientes dándose el primer beso de muchos con sus alianzas ya en sus dedos, tuvo la certeza de que él jamás llegaría a aquel nivel de felicidad quedándose en aquel lugar. Cuando nadie miraba, salió del lugar para tomar aire y una decisión: ahora que Birkin había elegido su propio camino, había llegado el momento de que él también volara de aquel nido.
Se alistaría en el ejército o en algún laboratorio fuera de las garras de Umbrella, incluso a lo mejor podría encontrar otro trabajo en Racoon City para no distanciarse de Birkin…
No, necesitaba espacio. Necesitaba dejar de estar atrapado en aquel lugar, necesitaba aquella libertad por la que tanto el ser humano peleaba cada día.
De esta forma, a lo mejor, podría experimentar lo que es la felicidad.
