Chapter Text
Buggy siempre habia deseado muchas cosas. La mayoría de veces eran deseos vanales, como desear que llueva para refrescar la tarde o desear encontrar una buena oferta en el mercado. Deseos despreocupados con la duración de un pensamiento que se pierde a los 10 segundos. Pero en su vida, Buggy no sólo deseó fugazmente: También deseó con fuerza, deseó con añoranza y desesperación. Deseó durante décadas y codició descaradamente como el pirata que era; en cambio, las pocas veces de un sueño cumplido, tomó la fortuna con timidez. A veces con las manos temblando y buscando la trampa en la supuesta suerte. Él nunca confió.
Negó, sentándose con una copa de vino. Una reserva dulce que sacaba por primera vez para intentar disimular lo amargo del cianuro en su boca. Dejó que los deseos y el dolor que estos traían consigo fueran repasados por su nuca en un escalofrío despreciado pero necesitado. Deseó con el alma tantas cosas, de manera silenciosa. Deseos temerosos que sólo supo el mar y la lluvia, y tal vez Big Top antes de hundirse hace tanto tiempo.
Antes y ahora, deseó melancólico volver a ver algunas personas: encontrar miradas y escuchar risas. Deseó con un sollozo mudo haber abrazado más tiempo, o tan siquiera no haber soltado estando insatisfecho. Deseó con un nudo en la garganta haber dicho algo diferente, o al menos haber hablado en su momento. Y sobretodo, deseó con un sentimiento culpable haber abierto su corazón cuando pudo y se lo pidieron, para que el dolor en su pecho tuviera algún consuelo.
Los deseos y los lamentos de Buggy se acumularon como flechas clavadas en la carne de su espalda —igual a una traición a sí mismo— que con cada paso y con cada tropiezo, dolían y escarvaban llegando a los huesos con crueldad. En los días más difíciles, como este, incluso tenían sal encima.
Saboreó. Los deseos tenían un sabor ácido: Lo no hecho, lo no logrado, lo que ni siquiera se intentó. Las excusas, las desviaciones, lo pospuesto: Todo aquello que simplemente no se dio porque, vergonzosamente, no se atrevió a hacerlo. Porque huyó, convirtiendo el deseo en un triste sueño.
Buggy se limpió la nariz encontrando en el dorso de su guante, además de mocos, sangre. El sabor del vino apenas podía opacar el creciente sabor a hierro en su paladar. Estaba muriendo y sus entrañas comenzaron a retorcerse en protesta: Un ardor agudo que quería hacerlo doblarse sobre sí mismo, pero que extrañamente era soportable. Reprimió el sufrimiento con otro trago a su copa, anesteciando no sabía si el dolor o la mente. Pero como fuese, había sentido cosas peores.
Aunque Buggy siempre valoró su vida y deseó fervientemente tanto vivir, no vio sentido en luchar contra esto y continuar en una vida a la que sólo le quedaba un deseo que aún podía cumplir. Eso era el actual Emperador del mar: Una leyenda que estaba llegando a la puerta de salida. A estas alturas, donde ya quedaba casi nadie a quien aún quisiera seguir viendo o siquiera compartir una última palabra, sentía su camino dirigiéndose hacia el último peldaño.
Sin embargo, a pesar de recurrir a algo silencioso e invisible —porque prefería el drama de morir envenenado que morir de vejez en caso de seguir vivo—, la conclusión que buscaba no tenía nada que ver con dormir sin despertar de nuevo. Sí, era suicida, un tema en proceso, pero sobre todo era un apasionado. Buggy deseó un final apoteósico, con fuego cubriendo el cielo y su rostro siendo reconocido y retratado como un símbolo de grandeza e inspiración. Deseó una escena final, con él levantándose de entre los escombros y dando un golpe final, ante la mirada atónita del mundo entero. Él deseó que todos, absolutamente todos, supieran su nombre. Si no obtenía al menos eso después de tantos años, luego de tantas pérdidas, al final de tantas promesas que no se lograron cumplir, juraba que moriría de todos modos, manchando de sangre el escenario con su cadaver luciendo magnificamente memorable. No podrían borrarlo de la historia jamás.
Oh, qué bello sueño. Un deseo que Buggy estaba tomando en ese momento. Arrojó la copa contra la pared, haciendo volar los cristales violentamente. El sonido llamó a Cabaji, quien preocupado y conocedor de sus problemas mentales, entró seguido por Mohji. El rostro angustiado, limpiando sin preguntas la quijada bañada en carmín, mitad vino y mitad sangre, doblegó por un segundo la voluntad de Buggy. Lastimosamente, los tres ahí sabían que una decisión tomada tenía que volverse un hecho. Más aún con los preparativos ya listos y el público esperando.
Y vaya público: Absolutamente todos, hasta la última isla. Joder, qué apantallante. Buggy sentía el nerviosismo típico de antes de salir a una función. Un sentimiento morboso contra la realidad de lo que estaba afuera, de quiénes estaban afuera. Esta era "La función", no habría otro momento para él. Nunca más, para gritar y destruir como la más fuerte y bella de sus bombas, reclamando lo último que podía reclamar.
Buggy jamás se inmiscuyó en cosas como el legado o heredar voluntades. Él sólo veía cimas que soñaba con alcanzar. Logros con los que se ilusionaba poder tomar entre sus manos. Y aunque nunca se sintió capaz de alcanzarlos, incluso ahora, esta vez tenía que hacerlo. Tenía que, porque ahora el impulso no era una ilusión tímida e insegura, sino el rencor, la añoranza y una promesa solitaria que tenía que cumplir así acabara consigo mismo.
Nada sería más hermoso y llenador que eso. Invertir lo último de Buggy El Payaso en un espectáculo caótico e histórico. Ya había encargado que tomaran nota, avisó a todos los medios y encargó que cada ángulo fuera enfocado. Nadie podía perderse nada. El mundo escucharía y vería, serían testigos y no habría manera que pudieran callar a todo el planeta.
Él no pasaría por el borrado, definitivamente. Buggy se aseguró de ello.
Se levantó de su silla, tropezando brevemente por un mareo. No supo si por algún problema emocional o por la carga tóxica corriendo por sus venas. Cabaji se situó a su izquierda y Mohji a su derecha, ambos sin sujetarle por respeto pero funcionando como pared por si se desviaba. Un resoplo cariñoso se le escapo y golpeó ambos hombros con una suave palmada, tomando el frente con una seguridad que no conocía en sí mismo.
El camino a cubierta fue silencioso. Big Top Blaster fue él único que se atrevió a rechinar con angustia y resignación, llamando su atención intencionalmente. Buggy se acercó al mástil, sintiendo su voz y dándole una caricia amorosa, parecida a la que le dio a su predecesor Big Top el día en que se marchó para unirse al tesoro de Davy D. Jones. Buggy era plenamente conciente de que el barco le entendía. Y aunque no fuera así, igual se hubiese acercado para darle un último agradecimiento porque se lo merecía. Era su confidente.
Incluso si antes no sabía que era realmente escuchado, Buggy platicó mucho con sus barcos. Sus conversaciones siempre fueron sentimientos y emociones —rara vez palabras—, con la palma de su mano hacia la madera. Platicó entonces cada sueño y cada preocupación. Si Big Top escuchó todos sus sueños y deseos durante su juventud, Big Top Blaster en cambio escuchó todo lo que vino después: Sus lamentos, sus días felices, sus días malos, los peores días y las cosas que extrañaba.
Buggy lamentaba que tan carismático barco fuera el que le viera irse y no al revés. Pegó su frente al mástil un momento, escuchando ese cariño atronador. Un último susurro de comprensión antes de la guerra. Su voz era altiva, graciosa de alguna forma; la personalidad de Big Top Blaster era de un barco maduro pero con tantos deseos de seguir jugando como un niño, no queriendo dejarle ir pero aceptando con tristeza el destino.
La primera vez que escuchó su voz se asustó de la risa torpe, pero pronto se acostumbró a su carisma y su amor incondicional. Hacía tanto que había aprendido a escucharle, pero no aprendió a tiempo para escuchar a Big Top. Se preguntó cómo fue su voz y que habrá respondido entonces, cuando Buggy lloraba sus miedos en él. Big Top Blaster era un barco alegre pero protector, de ese tipo de personalidad que te cuenta chistes para distraerte,¿quizás Big Top fue algo así?
Se despegó de la madera, renuente pero con la determinación renovada, y siguió su camino hasta la popa para mirar su destino final. Ya estaban llegando: Acorazados con la insignia de la gaviota, cientos de ellos. Parecía irreal y Buggy no pudo evitar pensar que en su vida había pensado nunca que buscaran en algún momento su cabeza con tanta convicción.
Buggy sabía que sonaba deprimente, pero el lado inseguro de su cerebro no se sentía merecedor de tal esfuerzo, por mucho que se hiciera el confiado y arrogante. Por otra parte, el lado infantil, el de hace tantas décadas que aún susurraba incluso a estas alturas y que añoraba ser como sus héroes, ser como Roger, como Rayleigh, incluso ser como Shanks, estaba eufórico y aterrado a partes iguales. Se iría de este mundo igual que ellos: Bañado en gloria. No podría pedir algo mejor.
Irse rozando con la yema de sus dedos la grandeza que ellos tuvieron... Ese era el penúltimo deseo de Buggy. El último era verlos de nuevo en el más allá, rogando ser digno de estar cerca de ellos en el barco de Davy D. Jones. No le importaría volver a ser un grumete fantasma, si tan siquiera pudiera verlos —abrazarlos, llorar en sus brazos— una vez más.
Las cámaras se encendieron y Buggy se plantó en la tierra, bajando del barco en un elegante saltó secretamente ensayado para que saliera perfecto. Los años no pasaron en vano, afortunadamente. A pesar de las decadas, Buggy se sentía más fuerte que nunca —aunque hubiera veneno en su cuerpo y ya fuera viejo—. Se sentía despejado y listo, repasando una lista de sí mismo como acostumbraba antes de cualquier pelea que decidió tomar.
Su Haki de observación estaba alerta y contando cada cabeza que se acercaba por el horizonte; lo entrenó hasta casi morir, con tal de mejorarlo al punto de la perfección: No había mejor alcance y precisión que el suyo. Esa certeza la consiguió de ver cada voz que enfrentó, todas incapaces de darse cuenta de cómo las leía como cristal.
Su Haki de armamento, por su parte, fue algo más complejo y tuvo que redirigirse: Era demasiado complicado compaginarlo con su fruta del diablo, en cambio, y milagrosamente, supo imbuir armas. Con ello hizo maravillas: Aterrorizó gente con la simple esencia que emanaban, el respeto se disparó después de eso.
Por último, el Haki del Rey. A la fecha no se lo creía, sólo podía ser que algún ente superior se apiadó de su incompetencia y le permitió despertarlo: era absolutamente débil a comparación de sus queridos héroes, pero sentía confianza en tirar al suelo al menos unas cuantas decenas de marines y le valió para que su título de Emperador se mantuviera en su sitio.
Por supuesto, estos dos últimos ya lo sabía la marina. Sintió con el Haki de observación que sus armas estaban imbuidas para hacerle frente y no había tanta gente de bajo rango. Se sintió preocupado y elogiado a partes iguales: Lo estaban tomando en serio y Buggy no tuvo de otra que hacer lo mismo.
—Buggy El Payaso. Estás bajo arresto por los crímenes de piratería, alteración del orden público, contrabando, destrucción y terrorismo contra el gobierno mundial. Ríndase de inmediato.
Buggy hizo un esfuerzo por identificar el barco de donde venía esa voz. Reconocía al chiquillo rosado: Coby, ahora adulto y siendo Vicealmirante como lo fue su precursor Garp. Buggy rebuscó a su alrededor y detectó fácilmente que no era el rango más alto allí: En principio le sorprendía que Kizaru estuviera aquí por él, pero le sorprendió más que viniera el propio Sakazuki. Sería complicado y agradeció por primera vez de algo a Garp: se murió antes de este día y Buggy no tendría que pelear con él. Por muy fuerte que se hiciera, Buggy nunca consiguió el valor para enfrentarse a él. Aunque todavía sería completamente difícil enfrentarse a los otros dos, Almirante y Almirante de flota.
Decidió no enfocarse en eso a favor de no entrar en pánico y como respuesta al arresto, Buggy hizo lo predecible: Dio la señal y los cañones comenzaron a dispararse. Por supuesto, fueron devueltos de la misma forma segundos después. Y, para mala fortuna de la marina, Buggy se había preparado muy bien: Abasteció una cantidad brutal de balas de cañon con sus mejores recetas explosivas. La primera explosión que asestó el golpe declaró la absoluta diferencia de artillería: Buggy estaba orgulloso de las habilidades que había conseguido como guerrero, pero su carta bajo la manga y su secreto mejor guardado, era su habilidad con la pólvora.
Poco sabía la gente que Buggy era un especialista en munición nato. Efectivamente, era espectacular también en navegación y administrando, pero hacer bombas era para lo que nació. Le tomó demasiado tiempo entenderlo, pero una vez que lo hizo, lo dejó florecer como debió hacer cuando era joven. Tenía plena seguridad de que la marina no vio venir esa explosión que desmontó medio acorazado, y ni siquiera era la carga mas fuerte.
Sonrió, levantando sus cuchillos y apuntando a la armada marine. Su pose quedó genial ante la transmisión en vivo.
—Me niego —dijo—. Por los nombres que han borrado y por las historias que han retorcido, ¡no hay manera en que me rinda el día de hoy!
Con solemnidad, bajó el brazo sintiendo una extraña e inesperada paz en su cuerpo. No estaba actuando, no fingía una valentía que no tenía, tampoco forzó una sonrisa de Emperador. Miró a la cámara más cercana, tranquilo y absorto en la locura que estaba cometiendo, dándose un momento para decir esas palabras desviadas del guión.
—Por mi amoroso padre, Gol D. Roger. Mi respetado maestro, Silvers Rayleigh. Mi amado hermano, Shanks El pelirrojo. A todos mis amigos. Mis cruces, mis fantasmas, mi familia que Davy D. Jones tiene en su resguardo y que el mundo me arrebató.
Sorprendentemente no sollozó, a pesar de lo mucho que le dolió: Por lo mucho que su corazón se encogió al decir sus nombres en voz alta y por la necesidad reprimida de gritar su dolor. Sufrió tanto el día en que cada uno se fue, llevándose con ellos deseos, promesas y un pedazo de él. Los odiaba por dejarlo atrás, pero por encima de eso los amaba por completo. Los amaba tanto que hubiese podido quemar todo lo que causó su partida, hubiese destruido hasta la última montaña que lo vio y lo permitió, pero... este era el mundo que ellos navegaron. No podía destruir algo que ellos amaron ver y recorrer.
—Ruego por encontrarlos de nuevo algún día. Pero hoy, ¡hoy! ¡El Gobierno conocerá su juicio final!
La declaración silenció el mundo. O al menos eso le pareció a Buggy, que no escuchó ni las olas del mar. Salacia debió sorprenderse también de verle tan determinado ahora mismo. Eso lo instó a decir lo que tenía que decir.
—¡Yo, Buggy! ¡Declaro culpable al Gobierno Mundial de los crímines de Discriminación, Corrupción, Nepotismo, Persecución política, Desaparición forzada, Tortura, Violencia, Esclavitud, Abuso, Experimentación humana y Genocidio! ¡Ante los ojos del mar y del mundo entero! ¡Que todos sepan lo que han hecho!
Ese era el gatillo. Había al menos un Pirata de Buggy El Payaso en cada pueblo del mundo, asegurándose de que estuvieran escuchando. Hasta los confines del planeta se escuchó su voz claro y fuerte. No habia manera en que Buggy pudiera saber cómo reaccionaron, así que sólo podia imaginar un mundo que se había quedado perplejo. Entonces cayeron por todos lados, miles de papeles como una lluvia que aún dudaba en tocar el suelo: Fotos, testimonios, una redacción honesta y cruda. Morgans debía estar emocionado hasta la muerte, o seguramente escribiendo como poseído todo lo que Buggy estaba haciendo y estaba por hacer.
—¡La sentencia es clara! —Respiró entre medio, apuntando al cielo emocionado—. En este día y en este momento... ¡Los condeno a la ejecución!
Y ejecutó, su dedo acusador cayó hacia adelante y entonces su obra maestra voló por el cielo, como una hermosa estrella fugaz tiñendo el espacio de un hermoso anaranjado. Un rayo de luz se dirigió hacia él, no supo si amarillo o granate, Kizaru o Sakazuki, pero no importó. El dolor que se extendió por sus antebrazos al defenderse se vio opacado por el hermoso sonido del disparo del cañon más grande, que lo dejó sordo.
Cayó de espaldas, pero dominado por la adrenalina y el ferviente deseo de ver su obra pintar el cielo, se levantó e invirtió toda su previsión para los siguientes veinticinco minutos.
Primero, libero el Rey de su interior que por primera vez en toda su vida vibró extasiado, tirando una cuarta parte de todos los enemigos con gran conmoción. Salacia y Davy D. Jones debían estar felices con él, permitiéndole tremenda hazaña que jamás repetirá.
Segundo, impregnó al máximo con Haki de armadura a sus cuchillos, su apuesta por completo en que no le fallaran ahora. Llevaban encima su corazón y su fe, porque eran el último regalo de su último rey. La sonrisa boba, la risa ebria y el cabello rojo. Todo lo que le quedaba de él y su nombre, que también fue borrado por ellos: Por los demonios vestidos de personas.
Tercero, concentró su Haki de observación en tres puntos: Sakazuki, Kizaru y, por si acaso, el mocoso Coby. Casi perdió el color de su visión periférica, enfocando solamente el granate, amarillo y rosa. Sentía la ira, la tristeza y la confusión, en ese orden respectivo. Casi fue doloroso ver el entendimiento en dos de ellos; por supuesto, el más necio de los tres sólo acentuó la ira a furia, el aura granate se convirtió en un borgoña pastoso.
Dos ráfagas se batieron estrepitosamente a sus lados, a duras penas evadió el segundo impacto. Buggy era más rápido que Sakazuki, pero no más rápido que Kizaru. Si no fuera por su hiper enfoque y que estuviera forzando a toda máquina su Haki de observación, ni siquiera podría esquivar por milésimas sus golpes, no es que estuviera teniendo éxito en todos los intentos.
Buggy sintió algo inaudito en sus sienes: Orgullo de sí mismo. Puede que no fuera tan fuerte como lo fue Roger, tan hábil como lo fue Shanks, o tan rápido como lo fue Rayleigh, pero estaba resistiendo con todas sus carencias juntas. Cinco minutos para él fue un hito, sin acobardarse y tanqueando mientras repartía cuchillazos con la precisión que el instinto de su cuerpo entrenado le permitía. Sonrió entre heridas, porque al menos en eso siempre ganó, ahora que se daba cuenta. Le tomó una vida y estar al borde de la muerte el darse cuenta que su puntería era la mejor entre los cuatro. La satisfacción y el consuelo se coló en los últimos cinco segundos.
Entonces, explotó. No en medio de los acorazados enemigos, no en las montañas detrás de él. Más lejos, mucho más y, aún así, el cielo brilló como había planeado: Rojo. Un hermoso rojo cálido, vibrante y letal. Un rojo que gritaba ese nombre que no alcanzó a pronunciar para él una última vez.
—Shanks.
El mar, antes azul como su cabello ahora quemado entre mechones, reflejó el rojizo y Buggy se identificó con esa sensación. El azul suyo cubierto en un último abrazo por el rojo que extrañaba tanto. Su garganta se obstruyó, con el sentimiento de añoranza atorado allí traicioneramente. Ese hermoso rojo era su legado y lo último que quería ver en este mundo; el calor de la onda expandiéndose y golpeando a los tres combatientes, fue como acunarse de nuevo a su lado y el temblor que le siguió, el suave arrullo del Oro Jackson.
Mmm. ¿Qué habrá pensado el Oro Jackson de ambos? ¿De él, siendo un niño cabeza dura que se escondía para contarle sus inseguridades en una esquina? Se estaba desviando del presente: el calor abrazador lo envolvió dolorosamente, pero aún así fue acogedor, porque era su obra la que estaba gritando todo por él.
—¡Marineford ha caído!
—¡La base G-1 ha caído!
—¡La base G-5 ha caído!
—¡Mary Geoise no responde! ¡No contestan los comunicadores! ¡Se detectó más de un impacto!
Buggy se alegró. No responden ni responderán porque funcionó. Todos los años, todos sus recursos y toda la ayuda de ese mocoso Sombrero de Paja impregnando Haki a las bombas maestras, funcionó. Vio a los almirantes palidecer, el mundo ralentizarse y Buggy, seguro que su vida estaba tan cerca de acabarse, tomó sus cuchillos y se aferró a su ventaja.
No tenía nada en contra de Kizaru. Sakazuki, por su parte, era otra historia. No lo odiaba por ser marine, ni por hacer su trabajo cuando estaban en bandos diferentes. En realidad, no guardaba rencor a él como Almirante, pues Buggy comprendía que cada quien es responsable de la labor que elige y que ser un pirata fuerte no te hace exento de la muerte. No podía culpar a Sakazuki por hacer su deber, pero sí podía odiarlo desde la mezquindad de alguien que perdió a un ser amado. Odiar al juez que dictó la sentencia y apuntó directo al corazón, sin dejarles siquiera decir adiós. Años después, Buggy todavía recordaba como si acabara de suceder el momento exacto en que este hombre le arrebató a su Rojo. En aquel entonces casi enloqueció.
Pero encima de todo eso, el motivo por el cual lo acuchilló con todo lo que le quedaba de Haki en sus dagas adornadas con rubí y zafiro, fue que ordenó que lo borraran. Que eliminaran a Shanks de la boca de las personas. Se volvió un tabú hablar del Emperador Pelirrojo que llegó al Laugh tale con el nuevo Rey de los Piratas y el Emperador Payaso. Lo demonificaron en el imaginario colectivo como hicieron a Roger y eso, Buggy no pudo soportarlo.
Aunque Sakazuki era un Almirante haciendo el trabajo que le ordenaron, Buggy no pudo evitar odiar y matar a Akainu. Habiendo hecho lo que tenia que hacer, empapándose las manos de sangre, una patada dorada lo arrojó contra la montaña. Según su observación, tenía veinte segundos para volver a reunir resistencia, aún faltaba que...
—¡Alerta! —Escuchó en un altavoz de su propio bando—. ¡El ancla salió del puerto!
Un suspiro de alivio se escapó de su labios: Sombrero de paja lo había logrado, no había más por hacer. Si él salió convida, es que el dirigente de todo había perdido: El Gobierno Mundial ya no tenía cabeza. Le quedaban cinco minutos que usó para ponerse en pie. Verificó y sí, ahí había una cámara también. La tomó y se alejó, ganando valioso tiempo que usó a la orilla de la playa.
—La ejecución terminó —declaró, enfocando el cielo aún rojizo—. No tiene sentido aferrarse a algo que ya no existe.
Dicho principalmente para los marines, en secreto también lo dijo para sí mismo. Más que un anuncio fue un recordatorio, porque aunque las voces de todos todavía fueran incrédulas, en el fondo todos ellos sabían que era verdad. Ya no tenían un Gobierno al que someterse y obedecer ciegamente. Y, sorprendentemente, la voz interior de Kizaru que se acercaba vertiginosa, se detuvo a escasos metros de él.
—Somos libres.
Su voz sonó demasiado tersa para lo tosca que siempre fue; hubo cierta ternura en el logro declarado. Sumamente agotado, con un camino destruido detrás de él, árboles y montañas hechos pedazos y con partes calcinadas, se permitió aflojar el cuerpo sorprendido de sí mismo. Este tipo de caos sólo lo vio a manos de otros y ahora qué él fue el principal autor, era extraño. Esta era la primera vez que sentía que realmente pareció un Emperador del mar: fuerte, destructivo, algo ajeno en una categoría a la que sólo soñó llegar. Un sueño que ni siquiera alcanzó a desear, vuelto realidad sin aviso.
—Los sueños de las personas no tienen límites. Convierte tus deseos en una realidad —murmuró, no seguro de que el micrófono lo hubiera captado. Pero lo que siguió fue tan absurdo que seguramente sí se escuchó.
Una ovación.
—¡Viva nuestro último emperador! ¡El rey del mundo, Buggy!
Y una mierda, ¿quién dijo eso? Debió ser una voz pequeña, algún tripulante de su barco al que apenas podía sentir con su Haki de observación tan exhausto.
La epítome de la ridiculez se volvió un cántico. Buggy se preguntó cómo su gente podía ser así. Lo peor era que los normalmente escépticos Mohji, Cabaji, Galduino e incluso Alvida, no se sentían en desacuerdo. En cambio, Kizaru y Coby sí parecían desconcertados, demasiado confundidos como para sentir otra cosa. No sabía él de la opinión del resto del planeta, pero al percibir el minimo sentimiento de aprehensión en Kizaru, tomó cartas en el asunto.
—No sé yo sobre eso. —De alguna manera, seguía erguido sobre la arena. No porque quisiera aparentar una fortaleza que hacia rato se había agotado, sino porque quiso con toda su alma mantener su dignidad hasta el final. Sonrió y rió con vehemencia, como Roger, como Shanks y como Rayleigh. Incluso pensó en el mocoso Luffy—. ¿Será ese el hombre más libre del mundo, sin remordimientos?
Gritos alegres y adoración. Buggy lo saboreó como algo agridulce: la acidez de un deseo añejado y la dulzura de un logro inesperado. Se asomó la amargura del hierro, de vuelta en su boca igual a un recuerdo triste. A pesar de que fuera un resultado tan glorioso, no era algo que quisiera ya, pues ¿dónde estaban esos ojos marrones para verlo y burlarse? Dormidos, en una isla lejana a la vista del mar.
Buggy quería ir ahí más que nada. No había algo que cambiara ese último deseo. Incluso el poder absoluto regalado.
Tomó el atrevimiento como tantas veces, abusando de las oportunidades que Salacia y Davy D. Jones le estaban permitiendo. Desvió la cámara a sí mismo. No tenía idea de cómo se veía y sólo esperaba que no demasiado destruido.
Tosió sangre y el mundo de nuevo se quedó callado. Cualquier intensión violenta que hubiera se apaciguó y todas las que estaba eufóricas de pronto se apagaron con preocupación. Fue lindo. Tanta gente que parecía genuinamente esperando por él, que golpeara el suelo y anunciará la nueva era. Y Buggy lo haría, pero no como ellos querían. Una burla se asomó por la comisura de sus labios. De alguna forma sintió que eso le dio más apariencia de Rey que otra cosa.
—Todos son demasiado libres para estar en manos de una sola persona —empezó con la ternura de alguien por encima de todo y al menos la mitad de las voces en la isla suspiraron de alivio—, pero por este minuto que me queda, llevaré la bandera del mundo.
Ahí estaba el tema que sólo sabían sus primeros oficiales y sus amigos. Sólo le quedaba eso. Este sería el reinado más corto de la historia y Buggy estaba bien con ello.
—Aunque fuimos ajenos, sé que escuchas, Dragon. Tú siempre peleaste por esto, todos los días de tu vida, así que no puedo confiar en alguien mejor. —Se giró, encontrando a Kizaru y también a Coby que desde hace rato había estado acercándose cauteloso—. Y aunque fuimos de bandos diferentes, creo que este mocoso Coby será de ayuda. Luffy al menos cree eso.
La vibración en el mocoso le dijo a Buggy que cooperaría. Un ímpetu de misión se despertó en él, temeroso a la par que completamente determinado. Un sutil asentimiento de aceptación, gracioso porque un Marine estuviera de acuerdo con un Pirata. Aunque, bueno, ¿ese título todavía se le podía aplicar? Kizaru, por su parte parecia aliviado de no haber sido elegido para el encargo. Eso hizo reír a Buggy.
—Hagan un congreso o algo —aflojó su tono entre risas—. Tomen en cuenta a la gente, ¿bien?
El ambiente mejoró y Buggy sintió satisfacción por ello. El mocoso sonrió, Kizaru como último Almirante parecía conforme —extrañamente no tan molesto con él por haber apuñalado en el pecho a Akainu, pero no lo mencionaría—, todos en la isla estaban a la expectativa con un sentimiento en común sembrándose: Esperanza.
¿No estaría Roger, Rayleigh y Shanks sonriendo? ¿Estarían viendo? Deseó que sí.
Su cuerpo entonces perdió fuerza: El minuto había terminado. Antes de la inminente caída miró al cielo, apuntando con vehemencia a un punto incierto. A pesar de que un poco espectáculo, en realidad lo unicó que quiso era ver si el rojo del cielo seguía allí. Y sí, pero ya no era el color ocasionado por su bomba, sólo era el atardecer brillando hermosamente.
Una inhalación de sorpresa se sintió por todos lados cuando su Haki de observación, el último aún capaz de funcionar, comenzó a apagarse. Su cuerpo estaba cayendo y en un último golpe de ímpetu, gritó.
—¡Más les vale que yo sea el último Rey del mundo o los arrastraré conmigo al lado de Davy D. Jones!
Entre lo borroso de su visión, pudo ver al mocoso rosado correr hacia él. Antes de acercarse a la arena, alcanzó a hacer el recuento de las bajas de la guerra de Karai Bari antes de que todo se volviera oscuro: un almirante y dos barcos vacíos. Muchos heridos, pero vivos. Aquí al menos, esperaba que hubieran evacuado bien los otros lados que explotaron.
Tal vez por esa hazaña de las víctimas mínimas, el mocoso Coby —que de mocoso tenía poco ahora que sentía sus brazos de adulto entrenado sujetarle con rapidez—, le dio importancia y se tomó la molestia de ayudarlo a caer al suelo sin más dolor. Aunque sinceramente tampoco lo hubiera sentido, con su cuerpo entumecido y con la vida a medio irse.
El sollozo de su tripulación fue lo último que alcanzó a sentir, cuando su voz del alma decidió quedarse callada incapaz de seguir escuchando. Sonrió, para morirse como su difunta familia: Contento, satisfecho, esperando lo que siguiera. Y aunque los arrepentimientos nunca se marcharon y en el último momento aún había tantos deseos sin cumplir, podía irse así: con el espírutu preparado para limpiar la cubierta del barco del buen Davy.
Solo dedicó un último instante, antes de morir oficialmente, a repasar su último gran deseo: Verlos de nuevo. A su papá, a su maestro y a su amado hermano. Sólo eso quería.
Repentinamente humilde, pidió a todos los que le pudieran escuchar una oportunidad de amarlos bien: sin inseguridades que le estorbaran, sin miedos desordenados y sin vergüenza torpe. Y si de alguna forma Salacia podía concederle un último milagro, pidió como un niño cohibido —el que nunca dejó de ser—, regresar el tiempo y poder arreglar todos sus arrepentimientos.
Por una vez no quiso ser codicioso, sintiéndose completamente inmerecedor de tal favor. Fue más parecido a una petición temerosa. Dejó el deseo esfumarse cuando la calidez de los rayos del sol lo abrazaron y fue acariciado por el viento del mar.
Buggy se deleitó de la sensación acogedora, parecida a una tarde sencilla en alta mar reposando en la oscuridad de sus ojos cerrados, con la resolana atravesando sus párpados. ¿Así esperaba uno que vinieran por su alma? Era cómodo, con el aroma a sal limpiando sus pulmones y sin ningún sufrimiento corporal más que un sordo dolor de cabeza que a un viejo como él poco podía provocarle.
Sintió el suave vaivén de una superficie que lo mecía: se dio cuenta que reposaba sobre una sedosa y fresca madera, totalmente diferente de la cálida arena sobre la que murió. Un susurro lo arropó y supo sin duda que estaba sobre un barco cariñoso, el cual lo tomó con dulzura y preocupación a modo de consuelo y reconocimiento. Ese amor se sintió tan sincero que Buggy no quiso moverse de ahí. El barco de Davy debía ser el más amoroso que había conocido; sí, Big Top y Big Top Blaster lo eran bastante, pero este barco en particular era el más abierto al respecto, con un toque paternal, que tuvo el gusto de escuchar.
Buggy, en medio del agotamiento de su cuerpo y una especial sensación a músculo maltrecho, hizo el esfuerzo de girar sus manos y tocar la superficie para mostrarle su agradecimiento por el recibimiento. Impregnó sutilmente las migajas de Haki que parecían haber sobrevivido y su voz interior le devolvió un saludo amigable.
Inesperadamente para Buggy, el barco pareció exhaltarse. Qué extraño, él pensó que para un barco tan legendario no podría haber alguna cosa que lo sorprendiera. Fue muy parecido a la reacción de Big Top Blaster la primera vez que se escucharon. Entonces Buggy lo saludó de nuevo —esta vez con timidez— y preguntó qué ocurría.
Sin responder, el barco alejó su voz entonces, pareciendo buscar a alguien. ¿Conocería Buggy a Davy D. Jones? ¡Dios! No estaba listo. Estaba yendo de primeras con el jefe y no sintió su espíritu preparado. Él sólo esperó ser un grumete limpiando la proa por la eternidad.
Todavía aturdido, con el cuerpo entumecido y sin las fuerzas requeridas para abrir los ojos, unos brazos lo rodearon levantándolo del piso con una facilidad y suavidad que Buggy sólo conoció de Roger. Davy debía ser enorme si podía levantar tan fácilmente a un hombre adulto. Quiso escuchar su voz interior para intentar adivinar cómo era su personalidad, pero estaba demasiado débil para eso, así que sólo pudo sentir un murmullo protector y asustado.
Davy también estaba con sentimientos que Buggy no entendía, pero supuso que así era el Capitán fantasma al recibir a más tripulantes: Un padre ansioso y preocupado. Definitivamente encajaba con el amor que manifestaba el barco. Había tanto amor en medio de una frenética premura que hizo a Buggy aflojar su cuerpo, rendido a donde sea que lo llevaran.
En contra de lo que Buggy pretendía, esa acción hizo a Davy asustarse más. Así que optó por acurrucarse, queriendo hacerse pasar por un simple niño agotado para probar si así se calmaba. Eso sí pareció funcionar un poco, aunque el agarre de Davy se hizo más fuerte a cambio.
Sin intención de protestar por el afecto, hizo un esfuerzo por escuchar si había algún latido en ese pecho cálido contra el que descansaba. Se sorprendió al escuchar un golpeteo rítmico vivo: Muy vivo; agitado, pero reconfortante. Vaya, era tan cómodo que Buggy concluyó que podía quedarse así para siempre. ¿Tal vez debió morir antes?
Ese sentir pesimista disgustó a Davy al parecer, ya que lo apretó un poco. Pareció sólo un reflejo porque apenas lo sintió, pero el retumbar de su voz interior no permitió que pensara otra cosa.
—¡Buggy!
Se escuchó un llamado. Dentro de su aturdimiento, lo sintió más lejano de lo que seguramente era. Aún así registró el tono de voz en su mente y se atoró en el pensamiento repetitivo de que ese tono agudo e infantil lo había escuchado antes. Estaba seguro y sintió la necesidad urgente de ver quién habló para ponerle un rostro al recuerdo difuso.
En un movimiento que no supo interpretar, percibió otro cuerpo acompañarle en los brazos de Davy. Y de pronto estaban avanzando en zancadas largas y apresuradas.
—¿Cómo está Buggy...? —preguntó la misma voz. Esta vez notó la angustia que lo acompañaba en un quiebre entre palabras—. Lo siento, ¡no quería esto!
Joder. Esa voz la conocía, ¿pero de donde? Era un niño definitivamente y Buggy repasó cuántos niños conocía, lo que era prácticamente ninguno. Su corazón se apretó, ¡algo había en esa voz!
—¡Lo siento, papá! ¡Yo...!
—No, Shanks. ¡No es tu culpa, mi pequeño Rojo!
El corazón de Buggy se detuvo —obviando el hecho extraordinario de que siguiera latiendo en primer lugar—. Toda su voz interior enmudeció, causando con ello que el hombre que lo llevaba en brazos se detuviera estrepitosamente para revisarlo histéricamente.
Los gimoteos infantiles se acentuaron y Buggy concentró toda su fuerza en tratar de abrir sus ojos con desesperación. Tenía que verlo ahora mismo, ¡necesitaba verlo! ¡Dios mío! Era su voz, definitivamente era la voz de Roger: ¡La voz de su papá!
¿Acaso Davy D. Jones le concendió que su papá fuera quien lo recogiera? Sintió tantas ganas de llorar, inundando su voz interior con un abrumador agradecimiento y una angustia igual de grande. Sentía que se le rompia el corazón en una contradictoria alegría y tristeza, enredadas en un dolor insoportable en su alma.
¡Y Shanks! Ese niño era su amado hermano. Apenas recordaba el timbre de su voz infantil, pero ahora no tenía duda de que era él. No comprendía porqué sería un niño en el barco de Davy D. Jones, pero jamás cuestionaría tan gran regalo que le estaban dando. Si Davy quería que quitara percebes hasta que la última alma de la civilización llegara a su barco, Buggy lo haría con la sonrisa más grande del mundo si le dejaba ver a Shanks de nuevo.
Una sacudida a su cuerpo hizo que Buggy lograra por fin abrir sus ojos: Nublado y apenas enfocando, encontró de frente la expresión temerosa de Roger y, cielos, algo en Buggy no pudo contenerse más. Las lágrimas bajaron por su rostro al verlo tal como lo recordaba: Su piel bronceada, su bigote tonto, la marca permanente en su ceño y su cabello desordenado y grasiento. El rostro de Roger se retorció al verlo llorar y Buggy sintió tanto dolor, angustia y alegría por ver su cara de nuevo.
Entonces desvió la mirada, encontrando el rostro lloroso de Shanks que lo veía asustado. Sus cachetes redondos, sus ojos grandes, el rojo brillante de su fino pelo bajo el sombrero de paja. Su piel apenas tenía un leve tueste del sol, como cuando eran sólo unos bebés sin trabajo real en el Oro Jackson. Era adorable y Buggy sintió hincharse su pecho de tristeza, viéndolo completo y sin cicatrices. Las lágrimas de Buggy, de por sí caudalosas e imparables, se multiplicaron en un torrente incontrolable.
Shanks bebé lo miró de vuelta con su bellos ojos marrón, aterrado por la reacción lastimosa de Buggy. Estiró lentamente sus pequeñas manos para alcanzarlo entre gimoteos y Buggy sintió tan apretada su alma que hipó sin poder respirar entre el llanto silencioso. Soltó un alarido vergonzoso y sus músculos por fin le dieron respuesta.
Cuánto deseó abrazarlo de nuevo. Shanks lo envolvió tímidamente y Buggy a cambio se aferró a él como si tardarse en hacerlo pudiera causarle una segunda muerte. Como si de pronto pudiera aparecer alguien y arrebatárselo de nuevo. El solo pensamiento lo hirío demasiado.
Sujetó a Shanks con firmeza igual que quien se aferra a una tabla en un naufragio, Buggy disfrutó de lo perfectamente que encajaban el uno con el otro, como siempre fue incluso cuando su Rojo perdió el brazo. Se dio cuenta que él mismo debía tener también la apariencia de un niño por la manera en que estaban a la misma altura, oreja con oreja y pecho con pecho.
—Buggy... —Lloró amargamente Shanks—. ¡Estás sangrando!
Los pensamientos de Buggy colisionaron con la declaración. Shanks lo apartó y Buggy se dio cuenta que el tierno rostro preocupado de su hermano de pronto estaba manchado de sangre. El lejano dolor de cabeza que tenía repentinamente se acentuó en un solo punto: el lateral derecho. Parpadeó, intentando procesarlo.
No tenía sentido sangrar en el barco de Davy D. Jones... ¿Verdad? No se supone que un fantasma se desangre. Aunque ¿sería ese el motivo del dolor de cabeza que tenía? ¿No era extraño que siquiera le doliera algo para empezar? Incluso si hubiese llegado al infierno o algo parecido para que hubiera una razón para sentir dolor, lo estarían torturando con sus peores pesadillas y no regalándole la visión de su mayor deseo.
¿O podía ser...? El viento del mar le revolvió el pelo, haciéndolo mirar a su alrededor: Reconoció la cubierta del Oro Jackson, el color de su madera y la estructura de la popa perfectamente guardada en su memoria, donde en el pasado jugaba con Shanks. Ningún barco fantasma. Entonces esa primera voz... ¿Era Oro Jackson? ¡Por dios!
¡¿Podía ser posible?! ¡¿Regresó?! ¿Salacia se apiadó de él y le concedió el milagro? ¿O fue Davy D. Jones? ¿Ambos? ¡Ah!
—¡Roger!
¡Ese fue Rayleigh! Tan joven, duro y preocupado. Traía a Crocus con él y a Gaban atrás. Buggy se estaba mareando: ¡No sabía si morir de terror o de alegría! ¡Realmente regresó!
Buggy lloró aún más fuerte que antes. Él chilló dejándose sin garganta y disfrutando del dolor de estar convida. Tan feliz y tan asustado, se colgó al cuello de Roger.
—¡Papá...! —Se frotó contra su capitán, arrastrando a Shanks consigo e intentando fusionarlos a los tres. Decir esa palabra a su propietario se sintió tan irreal y correcto, que no pudo más que agradecer desde el fondo de su ser a Salacia y a Davy.
—¡Mi pequeño Azul! ¡Estarás bien, no te lastimes más...! ¡Crocus!
Buggy los extrañó tanto a todos. El último deseo se hizo realidad y no podía dejar de llorar, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo.
