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Era una noche cualquiera. Sanji terminó de cocinar después de un turno agotador. El reloj marcaba casi las once y la casa estaba sumida en un silencio sepulcral. A lo lejos comenzó a escuchar unos pasos en el pasillo del edificio mientras sentía cómo la llave entraba en el cerrojo y la puerta se abría.
—Ya llegué.
La voz grave de Zoro seguía teniendo el mismo efecto sobre él que años atrás. Aquel recuerdo lo alegre mientras sonreía ampliamente.
—Ya lo veo. La cena está caliente. Lávate las manos y comamos de una vez —le dijo dulcemente.
Zoro apareció en la cocina con el pelo húmedo por la lluvia del exterior y, mientras se acercaba al rubio, susurró junto a su oído —Huele bien—Al mismo tiempo rodeó su cintura con los brazos.
Sanji se quedó quieto, disfrutando mucho del momento. Durante unos segundos simplemente permanecieron así, cómodos en la calidez de su hogar, compartiendo besos fugaces y caricias íntimas, diciéndose sin palabras cuánto se amaban.
Ese recuerdo invadió la mente de Sanji mientras las lágrimas amenazaban con caer si permiso.
Hacía más de seis meses que ya no sentía aquella calidez. Y eso lo estaba matando por dentro.
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El aroma a ajo y hierbas frescas impregnaba el aire de la cocina, un perfume que Sanji había convertido en su segunda piel. Con manos expertas, fileteaba un lomo de merluza mientras su mente, como tantas otras noches, vagaba lejos de los fogones. Vagaba hacia el apartamento. Hacia el sofá donde solían acurrucarse y donde ahora se sentaban en extremos opuestos, separados por un océano de palabras no dichas.
Después de casi dos años juntos, sentía que la pasión se había ido enfriando bajo una lenta y constante capa de hielo: la indiferencia. Sanji, el chef apasionado, el hombre que expresaba su amor a través de platos cuidados y pequeños detalles robados al tiempo, se sentía como un músico tocando para una sala vacía. Seguía cocinando las comidas favoritas de Zoro. Siga dejando notas cariñosas en la nevera. Seguía intentando iniciar conversaciones que terminaban ahogándose en respuestas monosilábicas.
"Si."
"No."
"Estoy cansado."
Zoro, el entrenador personal de mirada intensa y cuerpo esculpido por la disciplina, amaba a Sanji. Lo amaba con la certeza tranquila y profunda de quien cree que algunas cosas, como las montañas, son inamovibles. Su error fue pensar que el amor, por el mero hecho de existir, no necesitaba mantenimiento. Estaba tan seguro de la solidez de su vínculo que dejó de regarlo. Se sumergió en su rutina de gimnasio y clases de artes marciales, convencido de que Sanji, como el norte de una brújula, siempre estaría allí.
Esa misma noche, cuando Zoro llegó a casa, una lucha silenciosa y dolorosa comenzó a manifestarse. La comida, como llevaba ocurriendo ya desde hacía un tiempo, reposaba fría sobre la mesa de la cocina. Ya habían pasado de las doce y Zoro sabía que aquello iba a enfadar al cocinero. Sin pensarlo dos veces comenzó a disculparse mientras soltaba un suspiro cansado.
—Lo siento. Se alargó la última clase — Sanji observó los platos sin llegar a mirarlo a los ojos.
—Claro.
—¿Qué?
—Nada.
—Si quieres decir algo, dilo.
Zoro levantó ligeramente la voz, irritado por la situación. Comprendía por qué el rubio estaba molesto, pero tampoco era culpa suya que la clase se prolongara. Sanji soltó una pequeña carcajada. Era una de esas risas amargas y vacías que utilizaba cuando algo no estaba bien.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que ya ni siquiera me voy a enfadar. —Zoro frunció el ceño.
—No entiendo. — Sanji levantó la vista por primera vez derrotado y resentido.
—Lo se, y eso es lo que más me irrita... lo que más me duele.
Las palabras golpearon a Zoro de una forma extraña. Antes de que pudiera responder, Sanji se levantó y abandonó la cocina. Se marchó hacia la habitación que compartían. Cabizbajo. Agotado. Planteándose más preguntas que respuestas dejando atrás a un Zoro confundido, tanto por la situación como por la sinceridad que acababa de aquellas palabras.
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Sanji comenzó a volverse más hermético con sus sentimientos. Era un proceso lento y agonizante. Cada noche en la que Zoro se dormía dándole la espalda sin un beso de buenas noches, era una espina que se clavaba profundamente en su costado. Cada plan cancelado sin explicación y sin un atisbo de arrepentimiento, era un golpe más contra sus esperanzas de mantener la relación a flote. Seguía enamorado y eso era precisamente la parte más cruel. Su corazón aún se aceleraba cuando Zoro entraba en una habitación. Pero su alma....su alma se había cansado de esperar, o más bien, de esperarlo. La letra de una canción que escuchaba últimamente bastante y que se había convertido en el resumen perfecto de todo lo que sentía, resonaba una y otra vez en su cabeza.
“De repente no hablas más
El silencio dice mucho de ti
Dice mucho de mí
Como si viviera en suspensión
Suena esa canción
Y me acuerdo de ti
Y me acuerdo de mí…”
Vivía en suspensión, atrapado en el limbo de amar a alguien que ya no habitaba su relación.
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Una noche, un incidente en el restaurante lo sacó de su letargo. Una sartén olvidada sobre un fuego demasiado alto desató un pequeño incendio en la cocina. Entre el humo y la confusión, llegaron los bomberos. Y entre ellos estaba un moreno alto, de mirada serena, con pecas salpicando todo su rostro y con una sonrisa picara. En un abrir y cerrar de ojos, con una calma contrastaba con el caos de los momentos anteriores, tomó el control extinguiendo las llamas. Sanji observaba atónito la escena, aún tenía el cuerpo temblorosas por el susto. Al ver esto, el bombero se acercó a él lentamente, agarrando sus manos para tranquilizarlo, rozando ligeramente su piel.
—¿Estás herido? —preguntó suavemente sin quererlo asustar mientras se fijaba como el cocinero lo miraba como un cervatillo deslumbrado por los faros de un coche.
—No... creo que no... Esto no tenía que haber pasado..... Llevo años cocinando y... y...
Estaba muy nervioso y si sin saber porque comenzó a divagar. Al ver su estado, el bombero intentó centrarlo en el presente. Le preguntó su nombre, cómo se encontró y escuchó atentamente cada una de sus respuestas, manteniendo el contacto de sus manos sobre las de Sanji. Después de un rato y ya más calmado aunque aún abrumado, Sanji retiró las manos de golpe y cogió su teléfono.
—Gracias por esto, estoy mediamente bien. Perdona por ponerme así... Creo que... voy a llamar a mi novio para ver si puede llevarme a casa.....si, eso hare..... porque obviamente hoy cerraré antes —Comentó aquello con una risa nerviosa mientras marcaba el número de Zoro con todo el cuerpo vibrando presa de un pánico ya controlado..
Un tono.
Dos.
Tres.
El contendiente.
Con un suspiro amargo, dejó caer el brazo y clavó la vista en la sartén calcinada.
—Por lo que veo no has tenido suerte... Mi turno termina dentro de media hora. Si quieres, puedo llevarte a casa.
—No —respondió rápidamente, bajando la voz—. No quiero molestarte. Iré en taxi... —De repente, como si recordara algo de vital importancia, añadió:
—Soy un maleducado. Me has salvado la cocina y ni siquiera te he preguntado tu nombre.
—Ace —respondió con rapidez mientras observaba con discreción la figura del cocinero. "¿Sanji, había dicho que se llamaba?". Si era sincero consigo mismo, el rubio era totalmente su tipo: atractivo, en buena forma física y con un rostro ligeramente angelical.
—Ace... Te pega el nombre. —sonrió por primera vez desde que comenzó el desastre —Bueno, Ace, en forma de agradecimiento venir puedes a comer al restaurante cuando quieras. Siempre tendrás aquí un plato de comida caliente.
—Cuidado con lo que dices, que podría tomarme en serio esa oferta. —Ace soltó una carcajada amplia y sincera. Tras una conversación breve pero agradable con el joven castaño, todo el mundo acabó marchándose. Los bomberos. Los clientes que aún quedaban. Incluso sus propios trabajadores. En silencio, Sanji se quedó reflexionando sobre todo lo ocurrido. Intentó llamar a Zoro tres veces más, pero ninguna de las llamadas obtuvo respuesta. Cansado, pidió un Uber y regresó a casa.
Y, una vez más, encontró su hogar sin Zoro. Su hogar sin nadie.
Después de una ducha rápida se metió en la cama, pensando en lo agradable que había sido Ace, aunque obviamente era su trabajo. Pese a ello no podía decir que no estuviera molesto porque después de un día terrible, Zoro volvió a haberle fallado. Cuando aquellos pensamientos terminaron, el se queo dormido, sin darse cuenta de cómo una lágrima resbalaba por su mejilla hasta perderse en la almohada. Era consciente de que estaba anhelando algo que jamás podría llegar a tener. A forma de burla su mente seguía reproduciendo las estrofas de aquella dicha canción.
“No hables en plural si ya ha pasado
Otra oportunidad de verme feliz
cada golpe que te he perdonado
Y siempre quieres más de mí…”
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Tras todo lo sucedido, cada vez veía más a Ace en el restaurante. El bombero era la antítesis del silencio. Prestaba atención a los pequeños detalles. Había accedido a probar sus nuevos platos y, tras varias semanas acercándose cada vez más, recordaba que a Sanji le gustaba el té Earl Grey con una nube de leche. También sabía que soñaba con abrir una pequeña pastelería especializada en pan artesanal y repostería francesa. Era extraño ver cómo Ace preguntaba, escuchaba y guardaba toda aquella información en su memoria como si se tratara de un pequeño tesoro.
Poco a poco, Sanji comenzó a desplegarse de nuevo. Comenzó a recordar cómo era sentirse visto. No era un amor fulminante capaz de borrar a Zoro de un plumazo; Era una reconstrucción lenta y amable. Era el calor de una mano sobre el hombro en el momento adecuado, una risa compartida, una reciprocidad que no exigía esfuerzo constante.
Con Ace, Sanji empezó a sanar de una relación en la que llevaba demasiado tiempo sintiéndose invisible. Aprendió por las malas que marcharse no era un acto de traición, sino de supervivencia. Que dejar atrás a la persona que amaba para poder ser feliz no lo convertía en un egoísta. Sentía la forma en que Ace lo miraba. Y aunque jamás habría hecho nada mientras seguía con Zoro, una certeza comenzó a instalarse en su mente: Era hora de dejarlo marchar.
Mientras tanto, Zoro seguía viviendo en su isla de certezas. Notaba que Sanji estaba más distante, pero lo atribuía al cansancio del trabajo ya lo ocurrido en el restaurante. Sabía que la había cagado al no responder aquella llamada, pero había estado dando una clase importante y, al fin y al cabo, no había pasado nada grave. Se había disculpado una y mil veces, y Sanji parecía haber aceptado sus disculpas. Así que todo estaba bien o al menos eso quería creer.
También notaba que cada vez encontraba menos notas en la nevera, pero pensaba que era una fase más. Su amor por Sanji no había disminuido simplemente se había vuelto pasivo y rutinario. La tragedia de Zoro fue la ceguera autoimpuesta.
Hasta que un día llegó a casa y encontró el apartamento inusualmente ordenado y vacío de la esencia de Sanji. No era que el rubio se hubiera marchado básicamente pero algo en él había desaparecido, por primera vez, Zoro sintió un frío nuevo y desgarrador apretándole el pecho.
Esa noche, Sanji estaba sentado en el sofá cuando Zoro apagó la televisión. El ambiente se volvió pesado, tenso. Fue Sanji quien rompió el silencio.
—Tenemos que hablar.
Zoro soltó un suspiro.
—¿Ahora?
Sanji esbozó una sonrisa vacía.
—Siempre es "ahora no".
Aquella frase consiguió que Zoro levantara la vista. Y que lo mirara de verdad.
— ¿Qué pasa? —Hubo un silencio largo incómodo. De esos que pesan demasiado.
—¿Todavía me ves?
Zoro parpadeó, desconcertado.
— ¿Qué clase de pregunta es esa Sanji?
—Una que llevo meses intentando hacerte.
—Claro que te veo.
-No.
Sanji bajó la mirada y apretó los puños.
—Me ves porque estoy aquí.
—Sanji...
—Pero ya no me miras.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos, y por primera vez, Zoro no supo qué responder. Su mente iba a cien por hora, “por supuesto que te veo” , lo veía cada mañana al despertar, cada noche al volver a casa, en cada plato que se encontraba preparado sobre la mesa… Y sin embargo, mientras observaba los ojos cansados de Sanji, comprendió que quizás llevaba demasiado tiempo sin mirarlo de verdad.
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Tras aquella conversación, Zoro intentó recuperar el terreno perdido. Sabía que lo que Sanji le había dicho era importante, así que decidió actuar. Compró flores —algo que nunca hacía—, las mismas que Sanji colocaba siempre en el jarrón de la entrada y de las que él solía burlarse. Sugirió hacer un viaje —algo que llevaba años posponiendo—. Intentó hablar, pero las palabras sonaban falsas y torpes después de tanto tiempo guardando silencio. Hasta que, inevitablemente, llegó el final.
Eran las dos de la tarde y había quedado para comer con Sanji. Sin embargo, uno de sus alumnos tenía una competición importante dentro de poco y decidió escribirle para avisarle de que llegaría más tarde, sobre las cuatro. Sin darle demasiadas vueltas, dejó el teléfono olvidado en el bolsillo de su chaqueta y no volvió a mirarlo hasta las tres y media. Cuando lo sacó, se encontró con un montón de llamadas perdidas del rubio. Intentó devolverlas de inmediato pero el teléfono estaba apagado.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Sin perder tiempo, se apresuró a volver a casa y abrió la puerta con prisa. Al entrar, quedó congelado en el recibidor. Sobre la mesa estaban sus platos de comida favoritos, los que Sanji preparaba para las ocasiones especiales. En el florero descansaba un vistoso ramo de rosas rojas, las mismas que el cocinero compraba cuando estaba de buen humor. Confundido, Zoro miró hacia el calendario que colgaba de la pared de la terraza.
Y entonces se quedó paralizado. Era su aniversario. Y él se había olvidado por completo. Sintió que el estómago se le hundía. Nervioso, volvió a llamar a Sanji.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Ninguna respuesta obvia. Ahora sí que la había jodido ya base de bien.
—Eres un estúpido... —murmuró para sí mismo.
Comenzó a pensar desesperadamente en alguna forma de arreglar la situación, sin saber que, en realidad, ya no quedaba nada que arreglar. Horas más tarde, Sanji regresó a casa con los ojos enrojecidos que indicaba que había estado llorando. Y la mirada estaba clavada en las rosas, perdida. Aquella había sido la última gota que colmó el vaso. Ya no podía seguir intentando sostener algo que llevaba demasiado tiempo roto. Nada más cruzar la puerta, se encontró con un Zoro preocupado que avanzaba hacia él con pasos rápidos.
—Lo siento mucho, Cook... Se me olvidó por completo. Te lo compensaré, lo juro.
Intentó besarle los labios pero Sanji giró la cara, y aquello dejó a Zoro completamente desconcertado “ Sanji nunca me ha rechazado”.
—No, Zoro... Ya no.
El rubio dio un paso atrás. Miró a su alrededor con una tristeza tan profunda que resultaba doloroso de contemplar.
—No aguanto más esta situación.
Apretó los puños con rabia. Pero poco a poco los fue relajando. Como si ya no le quedaran fuerzas ni para enfadarse.
Esbozó una sonrisa amarga y levantó la vista hacia Zoro con unos ojos que parecían vacíos, sin la típica chipa que los caracterizaba.
—Quiero dejarlo. Ya no tengo fuerzas para seguir adelante.
Aquellas palabras destruyeron por completo todos los esquemas de Zoro. Se quedó petrificado incapaz de reaccionar ni de decir una sola palabra. Solo pude observar cómo Sanji se alejaba arrastrando una maleta preparada a toda prisa.
—No te preocupes por el piso. Me quedaré con mi padre mientras voy recogiendo mis cosas poco a poco.
Su voz estuvo a punto de quebrarse al pronunciar aquellas palabras. Con dificultad llegó hasta la puerta. No quería girarse, de verdad que no quería, pero aún así de manera instintiva lo hizo, agregando:
— ¿Y sabes qué es lo peor? Que todavia sigo enamorado de ti, Zoro. Pero ya no puedo seguir sintiéndome solo cuando estoy contigo.
Al mirar a Zoro comprendió algo que llevaba demasiado tiempo negándose a aceptar. Ya no se veía a sí mismo en los ojos de Zoro ni tampoco veía a Zoro en su propio futuro.
“Qué esperas tú de mí
Me vuelves a buscar
Porque ahora estás aquí
Si ya no hay más que hablar
Y nos hacemos viejos
Y no te veo en el espejo
Te pido por favor que no me llames más
Que solo tu perdón me va a hacer olvidar
Que nos hacemos viejos
Sigo esperando en el espejo
Y ahora qué esperas que diga yo
Si no hay nada que decir
Dime qué esperas que diga yo
Si te toca hablar a ti”
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Ace estuvo allí durante todo el proceso, sosteniéndolo, escuchándolo y comprendiendo la situación en la que se encontraba. Con el paso del tiempo, su relación se fue consolidando. Cada vez había más contacto físico entre ambos, más roces inocentes aparentemente descuidados, más presencia por parte del castaño en la vida del cocinero.
Hasta que llegó el día. No fue una declaración grandiosa, ni un gesto espectacular. Fue algo íntimo casi accidental. Aquella noche caminaban por la ciudad después de haber cenado juntos. Sin previo aviso, comenzó a llover, empapándolos a ambos. Rápidamente se refugiaron bajo el toldo de una tienda cerrada. Sanji hablaba sobre cómo le gustaba el olor a tierra mojada y cómo, paradójicamente, odiaba mojarse. Ace lo escuchaba con atención o al menos lo intentaba.
Por un instante dejó de prestar atención a las palabras y se quedó observándolo. Observó cómo la luz de una farola iluminaba parcialmente su rostro mojado por la lluvia. Se fijó en la forma en que sonreía, de la manera en que movía las manos al hablar y en cómo seguía intentando esconder la tristeza que aún habitaba en sus ojos. Y entonces, sin pensar realmente en lo que estaba diciendo, dejó escapar un susurro apenas audible.
—Ojalá te hubieran querido mejor.
Sanji quedó completamente inmóvil. Por un instante, Ace pareció arrepentirse de haber pronunciado aquellas palabras.
—Lo siento.
-No.
La voz del rubio flaqueó ligeramente mientras tragaba saliva.
—No te disculpes.
El silencio que siguió fue breve pero estuvo cargado de emociones que ninguno de los dos sabía muy bien cómo gestionar. Ace respiró hondo admitiendo
—Creo que me estoy enamorando de ti.
Los ojos de Sanji se abrieron con sorpresa. No había dramatismo en aquellas palabras, ni tampoco presión o exigencias. Solo una verdad dicha en voz alta… y pese a todo dudó.
Porque una parte de él seguía mirando hacia atrás porque una parte de él seguía amando a Zoro. Ace pareció comprenderlo incluso antes de que pudiera responder.
—No tienes que decir nada ahora.
Sanji levantó la vista.
-.......
—Lo digo en serio.
El bombero suena con suavidad.
—Sé que no estás preparado para empezar algo con nadie. Y tampoco quiero que te sientas obligado a responderme.
Bajó la mirada durante un instante antes de continuar.
—Solo quería que lo supieras.
La sinceridad de aquellas palabras hizo que algo se encogiera en el pecho de Sanji.
—Y quiero que sepas otra cosa.
—¿Qué?
—Que te esperaré.
Sanji sintió que el corazón le daba un vuelco.
-As...
—El tiempo que haga falta.
Con un gesto suave, Ace se inclinó y depositó un beso en su mejilla mientras sonreía y como si confesarle que estaba enamorado fuera de algo completamente normal.
—Vamos. Parece que ya se ha escapado y no creo que quieras quedarte aquí cogiendo frío.
—No creo que sea para tanto. —musito todavía sin salir de su asombro
—Eso lo dice ahora. Luego te pondrás enfermo y me tocará cuidarte.
—¿Ah, sí?
—Bueno... —Ace sonriendo con picardía—. Solo si me lo pides por favor.
La imagen resultó tan absurda que Sanji terminó riéndose de la verdad. Ese maravilloso sonido hizo que el pecho de Ace se sintiera un poco más ligero. Mientras caminaban juntos bajo las luces de la ciudad, Sanji sintió que algo dentro de él comenzaba a recomponerse. Todavía amaba a Zoro y probablemente lo haría toda su vida, pero por primera vez en meses, el dolor ya no era lo único que sentía. Y eso, por pequeño que fuera, parecía el comienzo de algo nuevo.
“Es que en verdad ya me da igual
Si es que te voy a superar
Aunque tú no lo harás jamás
Quítame de la ecuación
Si me late el corazón
Y no llame y olvídeme
Si te vas de aquí
No hables en plural si ya ha pasado
Otra oportunidad de verme feliz”
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La revelación final para Zoro llegó por casualidad. Había decidido ir al restaurante para hablar con Sanji, para intentar arreglar lo sucedido. Hacía ya un tres y medio que el rubio se había marchado y, pese a las numerosas llamadas perdidas y mensajes de WhatsApp sin respuesta, Zoro todavía se aferraba a la esperanza de que quedara algo por salvar. Sin embargo, nada más acercarse al local, escuchó unas risas procedentes del interior y se detuvo en seco. A través de la ventana vio a Sanji, sin embargo algo era diferente, no era el mismo Sanji que había abandonado el apartamento semanas atrás. Parecía más ligero, más tranquilo y mucho más joven.
Lo vio reír, pero esta vez de verdad. Con aquella risa abierta y despreocupada que lo había enamorado años atrás y que hacía tanto tiempo que no escuchaba casi olvidado cómo sonaba.
Entonces lo vio a él. El bombero del que Sanji le había hablado alguna vez tras el incidente del restaurante. La mano del castaño encontró a la del rubio con una naturalidad, y Zoro en ese momento se olvido de como se respiraba comprendiendo la magnitud de su pérdida. No había perdido a Sanji el día que este hizo las maletas, lo había perdido mucho antes, en cada silencio, en cada conversación que pospuso, en cada promesa olvidada y en cada gesto de cariño que dio por sentado.
Había llegado demasiado tarde y el vacío que él mismo había creado, sin siquiera darse cuenta, ya no estaba y no no podía culpar a nadie más que a sí mismo por su propia estupidez. El amor, en este caso, no había sido suficiente. Había necesitado atención, presencia y palabras. Y Zoro, atrapado en su torpeza emocional y en la falsa seguridad de creer que Sanji siempre estaría allí, había olvidado ofrecerlas.
Sumido en esos pensamientos, apenas era consciente de que estaba escuchando la conversación que mantenían en el interior. Un nudo se forma en su garganta. Tan intenso que por un momento creyó que iba a vomitar.
—No tengo cinco años como para que tengas que colocarme la bufanda —protestó Sanji, cruzándose de brazos con una rabieta que recordaba sospechosamente a la de un niño pequeño.
Ace soltó una carcajada.
—Con lo dramático que eres, a veces lo parece.
Y entonces le dio un pequeño beso en la punta de la nariz. Fue un gesto insignificante, pequeño pero cargado de una gran intimidad y dulzura que hizo que el rubio se sonrojara de inmediato. Cerró los ojos por puro reflejo, quería irse, pero su cuerpo parecía no reaccionar. Estaba observado como un espectador lo que alguna vez, en algún momento tuvo con Sanji. Recordando como hubo un tiempo en que aquella complicidad le había pertenecido siendo la misma expresión que Sanji tenía cuando lo miraba a él.
La misma sonrisa suave.
La misma confianza.
La misma felicidad.
De repente sintió que algo se derrumbaba dentro de su pecho. Era doloroso comprender que jamás volvería a recuperarlo. Dio un paso atrás, luego otro y otro más. No sabía si Sanji lo había visto a través del cristal, pero tampoco le importaba. No podía quedarme allí ni un segundo más.
Se marchó antes de que las lágrimas terminaran de traicionarlo.
Mientras caminaba sin rumbo por las calles de la ciudad, comprendió algo de una forma tan dolorosa que casi resultó insoportable. En aquella historia no hubo villanos. Solo dos hombres que habían aprendido, demasiado tarde, que el amor era un verbo. Que amar no consistía únicamente en sentir, sino que implicaba estar presente escuchando y elegir a esa persona cada día. Habían aprendido que algunas oportunidades, una vez perdidas, no regresaban.
Zoro se quedó con el eco de un "te amo" que nunca había pronunciado en voz alta cuando realmente importaba y Sanji aprendió, primero con dolor y después con esperanza, que a veces hay que soltar la mano que te estabas agarrando con tanto esmero para poder encontrar otra que decida sostenerte de manera sincera.
“Y ahora qué esperas que diga yo había
Si no hay nada que decir
Dime qué esperas que diga yo
Si te toca hablar a ti
Si te toca hablar a ti
Seguiré con los recuerdos
Si me toca hablar a mí
Pediré que caiga el cielo
Qué esperas tú de mí
Me vuelves a buscar
Porque ahora estás aquí
Si ya no hay más que hablar
Y nos hacemos viejos
Y no te veo en el espejo”
