Chapter Text
Desde que recibió el golpe en la cabeza, Dean sentía que todo lo que estaba pasando era como un sueño. Pero no de esos sueños vívidos que parecen reales, sino de esos que sabes que son sueños mientras los estás teniendo, donde todo está borroso y las cosas no terminan de tener sentido.
No era porque lo que estaba viviendo le resultara irreal. De hecho lo sentía bastante real, el dolor, la frustración, la vergüenza, pero el problema era que su cerebro no estaba funcionando bien. Los momentos llegaban en fragmentos, como en el trayecto en el auto con John gritándole por haberse dejado golpear mientras manejaba a toda velocidad, la cara de su padre inclinada sobre su brazo mientras limpiaba la herida, la breve discusión con Sam y cuando John se fue. Pero apenas lograba aferrarse a un instante cuando al siguiente ya se había desvanecido, reemplazado por otro que tampoco podía retener.
Era como intentar agarrar agua con las manos, como despertar de un sueño y saber que has soñado algo importante, pero no poder recordar qué era.
Y esa sensación, esa irrealidad pegajosa que lo envolvía todo, lo aterraba más que cualquier monstruo u herida. Pero aún tenía otros problemas más graves que la niebla en su cabeza, problemas que le dolían en un lugar mucho más profundo que el cráneo.
Su hermano estaba preocupado por él. No, preocupado no: prácticamente estaba aterrado de verlo en ese estado. Dean lo había sentido a través de la niebla, a través del zumbido constante en sus oídos, a través de su visión borrosa como una cámara sin enfocar. Había escuchado gritarle a John con la voz quebrada por el pánico, y cuando la voz de Sam llegó a través de la niebla como un eco lejano, Dean sabía que era importante pero aún así no podía entender del todo.
— Dean... ¿De verdad estás bien? ¿Te duele mucho? ¿Necesitas algo? ¿Agua? ¿Quieres que te traiga algo de comer? —
Las palabras se amontonaban, se atropellaban, y Dean quería responder a cada una. Quería decirle que sí, que le dolía, que necesitaba agua, que necesitaba algo para que el martilleo en su cabeza parara, que necesitaba que el mundo dejara de dar vueltas. Pero su cerebro iba a cámara lenta, procesando cada sílaba como si estuviera sumergido en brea.
Hizo un esfuerzo titánico por abrir los ojos y la luz de la habitación le atravesó las pupilas como cuchillos, y por un momento solo vio destellos blancos. Parpadeó una, dos, tres veces, hasta que la silueta de Sam comenzó a tomar forma frente a él. Borrosa, como mirar a través de un vidrio empañado, pero era Sam, era su hermano y estaba allí.
Dean sintió algo punzante en el pecho al ver que Sam estaba preocupado. Y él, Dean, el que siempre lo protegía estaba ahí hecho un desastre, sin poder articular una frase coherente. Pero tenía que esforzarse, por Sammy.
— Estoy... Bien... — Las palabras salieron lentas, arrastradas, como si tuviera que empujarlas para que salieran de su boca — Solo me duele la cabeza... Y me siento... Mareado. —
La mentira le supo a mierda, pero la postura de Sam se relajó un poco y valió la pena.
Sam dijo algo sobre cuidarlo, sobre descansar y Dean asintió, o creyó asentir, ya no estaba seguro de las cosas que hacia su propio cuerpo. El cansancio repentino lo empujaba hacia abajo como una marea, pero luchó contra ella pues no quería dormirse ni quería dejar a Sam con esa preocupación en los ojos.
Pero su cuerpo no le obedecía.
— ¿No tienes... Algo que hacer? — Preguntó, con cada palabra siendo una batalla. Su lengua era un peso muerto, y su cerebro un motor que no arrancaba — No sé... ¿Tarea? —
Sam dudó y Dean lo vio en la forma en que su cabeza se desvió hacia su mochila, en la tensión en sus hombros. Quería quedarse, cuidarlo.
— Uhm... Eso puede esperar. — Le dijo, y Dean egoístamente también quería que se quedara, sentir su calor cerca y así no estar solo en esa niebla aterradora.
Pero no podía permitirse ser una carga, no podía permitir que Sam dejara de hacer su vida por él. No podía permitir que Sammy lo viera más tiempo así, roto, vulnerable, débil.
— No... Hazlo. — Insistió — Yo dormiré... Un rato. —
Sam lo miró con esa expresión que Dean conocía demasiado bien, la de «No estoy seguro de creerte pero voy a hacerte caso porque te quiero». E incluso abrió la boca para protestar, y por un momento deseó que lo hiciera, que se quedara, que lo abrazara y le dijera que todo iba a estar bien.
Pero no, no se lo merecía después de haberla cagado con el hombre lobo, además de que su deber era cuidarlo.
Sam asintió al final, se levantó, apagó las luces y la habitación quedó levemente oscurecida, siendo iluminada por una lámpara de la mesita de noche, una luz cálida que alivió un poco el dolor en sus ojos. Dean escuchó sus pasos alejarse y el crujido de la otra cama al recibir su peso.
Cerró los párpados y sintió cómo la oscuridad lo envolvía. Los destellos luminosos seguían bailando detrás de sus ojos, el zumbido en sus oídos no cesaba, el martilleo en su cráneo era implacable. Pero Sam estaba bien, a salvo, y eso era lo único que importaba.
Mientras se hundía en el sueño, un último pensamiento cruzó por su cabeza, más bien una plegaria. Le rogaba a quien sea que pudiera sanarse rápidamente, como siempre lo había hecho.
Naturalmente no encontró respuesta. Solo el vacío, el silencio y la oscuridad.
Y cuando la inconsciencia finalmente se volvió lo bastante profunda, Dean comenzó a soñar. Pero no eran esas imágenes borrosas y sin sentido que se desvanecen al abrir los ojos. Eran recuerdos. Viejos recuerdos que llevaba años sin visitar, años sin permitirse siquiera rozar con el pensamiento.
Lo recordaba como un juego, al menos así se sintió en ese entonces. Un juego especial, uno que solo él y papá podían jugar. El único juego donde Dean volvía a ser solo un niño y no el soldado de John.
Tenía cinco años y su madre llevaba muerta lo que le parecía una eternidad, aunque en realidad solo hubiera pasado un año, pero para un niño pequeño un año era toda una vida. Y en esa vida, su padre había cambiado de una forma que Dean no sabía explicar pero que sentía en cada fibra de su ser como una frialdad que congelaba todo a su paso. Ya no era el hombre que lo alzaba en brazos haciéndolo girar hasta marearse. Ya no era el que le revolvía el pelo con cariño solo porque sí. Ya no era el que le hacía cosquillas hasta que le dolía la panza de tanto reír y terminaba rogando entre risas que pare.
Ahora era un hombre obsesionado con la cosa que mató a su madre, un extraño que a veces se quedaba mirando la nada durante horas, con los ojos vidriosos y las manos temblorosas. Un padre que apenas le hablaba, y que cuando lo hacía era con frases cortas o miradas que se iban a otro lado.
Y Dean extrañaba las cosquillas, extrañaba que lo alzara, extrañaba que su papá fuera el de antes.
Por lo tanto, cuando John se metió a su cama una noche y comenzó a abrazarlo. Dean nunca pensó que lo estaban por hacer era algo malo.
Desde que tomaron este estilo de vida, John tenía su propia cama mientras que Sam y Dean compartían la otra. Al ser tan pequeños, el espacio no era un problema. Sus cuerpos apenas ocupaban la mitad del colchón, dejando sitio para las mantas arrugadas y algún juguete viejo.
La disposición era siempre la misma.
Sammy estaba contra la pared. Dean lo había colocado allí, arropado con mantas y rodeado de almohadas para que no hubiera forma de que pudiera escaparse durante la noche. El bebé dormía con sus manitas cerradas en puños diminutos, la respiración tranquila y regular, ajeno al mundo que lo rodeaba.
Dean estaba a su lado, haciéndole de barrera. No por elección, sino porque así lo habían dispuesto: él era el mayor, el que podía despertarse si algo pasaba, el que podía impedir que su hermano rodara fuera de la cama. Dormía de costado, de espaldas al pasillo que separaba las dos camas, con el rostro vuelto hacia Sam, así podía vigilarlo, sentir su calor en el pecho y su aliento suave en la mejilla.
Sus cuerpos formaban una pequeña curva en el colchón, con Dean acurrucándose a su lado para que su hermano supiera que nunca estaría solo.
Esa noche, como todas, Dean había cerrado los ojos sintiendo el calor de Sam contra su pecho, el olor a bebé impregnado en las mantas, y con la certeza de que su hermano estaba a salvo porque él estaba allí para protegerlo.
En la otra cama, John ya debería estar durmiendo. Pero esa noche, sus sábanas estaban vacías.
Dean lo sintió antes de verlo; el colchón hundiéndose detrás de él, el peso familiar del cuerpo grande deslizándose bajo las mantas, el calor de su pecho presionando contra su espalda. Abrió los ojos en la oscuridad, pero no se movió. Al frente, Sammy seguía durmiendo, apenas un bulto contra la pared, ajeno a todo.
Los brazos de John lo rodearon. Un abrazo lento, envolvente, que lo apretó contra su pecho. Dean sintió la barba de su padre en la nuca, la respiración caliente en su pelo, las manos grandes posándose sobre su cintura.
— Shhh. — Susurró John, y su voz era ronca, pero no la voz enojada que solía usar. Era otra. Una que Dean no escuchaba desde que su mamá se fue — Sigue durmiendo. —
Y Dean, con cinco años, con el corazón hambriento de afecto y la certeza de que su padre era lo único que le quedaba en el mundo, cerró los ojos y se dejó llevar.
Las manos de John no se quedaron quietas, subieron por su pecho, bajaron por su vientre, se detuvieron en lugares que lo hicieron sentir extraño, pero no dijo nada simplemente porque su papá estaba junto a él otra vez.
— Mi Dean. — Susurró John contra su nuca, y su voz era tan cercana, que Dean sintió que el corazón se le llenaba de una calidez que había perdido hacía mucho — Mi buen chico. —
Sammy seguía durmiendo contra la pared, ajeno a todo. Su respiración era tranquila, regular, la de un bebé que no sabe de monstruos, de padres que se van, de manos que se posan donde no deben.
No pensó que estuviera mal. No sabía que las manos de su padre estaban buscando algo que no eran abrazos. Solo supo que después de un año de vacío, de silencio, de miradas que se iban a otro lado, John por fin lo miraba otra vez. Por lo tanto, siempre creyó que era su padre queriendo pasar tiempo juntos, como antes, para él solo era su papá prestándole atención otra vez después de tanto tiempo. Sus manos, antes ausentes, ahora estaban sobre él, juntando ambos cuerpos en la oscuridad como una especie de abrazo raro, incómodo, pero un abrazo al fin.
Las manos de su padre eran grandes y ásperas, Dean las sentía como dos tentáculos explorando su piel. Recorriendo su pequeño cuerpo con una lentitud que le provocaba escalofríos. Era algo nuevo, algo que no sabía nombrar. Esas manos exploraban zonas que ni su madre había tocado, lugares que él ni siquiera sabía que existían, rincones de su cuerpo que hasta ese momento habían vivido en el más completo anonimato pero que aún así le provocaban una sensación extraña.
Primero fue su pecho, los dedos de John grandes y ásperos, comenzaron a trazar círculos lentos sobre sus pezones. Una y otra vez, rozando la piel sensible con una paciencia que a Dean se le hacía irreal. Era un tacto extraño, deliberado, como si estuviera explorando cada centímetro de su piel.
Dean sintió que los pezones se endurecían bajo esas caricias sin entender por qué. Era una sensación que no conocía, que no sabía nombrar pero que al principio se sintió como un cosquilleo, algo que pasaba en ese punto exacto donde los dedos de su padre hacían círculos. Pero pronto, sin que él pudiera controlarlo, ese cosquilleo comenzó a bajar por su estómago, extendiéndose por sus costados, hasta concentrarse en un lugar que nunca antes había sentido; esa zona entre sus piernas que hasta ahora solo había existido para hacer pipi.
Era como si su cuerpo entero se hubiera convertido en un cable conductor, y cada roce de su padre enviaba electricidad directamente a ese lugar. Una sensación abrumadora, demasiado intensa para un niño que ni siquiera tenía palabras para describirla.
Naturalmente, Dean quiso escapar.
No porque doliera, sino porque era demasiado. Demasiado nuevo, demasiado extraño, demasiado grande para su cuerpo pequeño, así que comenzó a moverse, a retorcerse bajo las manos de su padre, intentando quitar esas caricias de encima como quien se sacude una picazón que no puede rascarse.
— Papi... — Murmuró asustado mietras abría los ojos.
Pero John no se detuvo, su mano derecha tocó la cadera de Dean y la sujetó con firmeza, inmovilizándolo contra el colchón.
— Shhh. — Susurró John contra su oído, con su voz ronca pero calmada, como quien habla con un animal asustado — Todo está bien... Son solo cosquillas ¿Recuerdas? —
Dean quería decir que no, que prefería las cosquillas de antes, las que le hacían reír y no estas que lo hacían sentir tan raro, pero las palabras simplemente no salieron.
Las caricias en su cuerpo continuaron implacables. Y abajo, esa sensación crecía, se acumulaba, se volvía insoportable y adictiva al mismo tiempo. Dean no entendía nada, solo sabía que quería que parara pero que al mismo tiempo no pare nunca, y esa contradicción le daba más miedo que cualquier cosa.
— Tranquilo. — Susurró John otra vez contra su oído, y su voz ronca le hizo cosquillas en el tímpano.
Luego una de las manos bajó despacio, recorrieron su estómago, se detuvieron en el borde de su pijama. Dean contuvo la respiración sin saber por qué, los dedos de John juguetearon con el elástico un momento, como si estuviera decidiendo algo, y luego bajaron.
Dean sintió el contacto en su vientre bajo, justo donde empezaba la piel más sensible. Y luego más abajo donde sus manos, esas manos grandes y ásperas, encontraron lo que buscaban.
Dean se quedó inmóvil, completamente confundido ante lo que estaba pasando.
— Hijo... — Susurró de nuevo, con su voz tan cerca que parecía estar dentro de su cabeza — Mi Dean... Tú sí me entiendes ¿Verdad? —
— Sí... — Respondió en un murmuro apenas perceptible.
No entendía a qué se refería, no entendía qué estaba pasando, y no entendía por qué su papá estaba haciendo esto. Pero quería que su padre lo quisiera otra vez y si esto era lo que había que hacer, si esto era lo que devolvía a su papá de esa sombra distante, entonces lo haría con la devoción de un perro que solo quiere una caricia.
La mano de John siguió moviéndose, acaparando todo. Y Dean sintió algo que no supo nombrar, no era dolor, al menos no en ese momento. Era todo lo contrario, una sensación nueva y abrumadora, que hacía que su cuerpo pequeño se tensara sin saber bien por qué. Algo que empezaba en el lugar donde las manos de su padre lo tocaban y se extendía como ondas por todo su cuerpo, haciendo que sus piernas temblaran y que una respiración entrecortada escapara de sus labios.
— Sabía que te gustaría. — Dijo John — Te gusta. Claro que te gusta... A ella también le gustaba. — Repetía como si la acción de decirlo se hiciera realidad.
Dean no sabía si le gustaba. Solo sabía que era intenso, que era nuevo, que era atención. Y la atención, después de un año de vacío se sentía como encontrar agua en el desierto.
— Tranquilo. — Siguió John, mientras su mano no paraba — Todo está bien. Solo déjate llevar. —
Y Dean se dejó, volvió a cerrar los ojos y se dejó llevar por esas manos, por ese calor, por esa atención que había estado extrañando tanto, aunque no fuera exactamente lo que él hubiera querido. Su papá estaba allí, lo abrazaba, lo quería al menos por un rato, la sombra distante se había ido y en su lugar estaba su padre, el de antes, el que lo quería.
— Así, buen chico — Murmuró — Qué buen chico eres. —
Mientras lo tocaba, John comenzó a besarlo por toda la zona de la nuca y los hombros. Besos húmedos, lentos, que dejaban un rastro de baba en su piel. Y mientras era besado, Dean sintió que algo grande y duro presionaba contra su trasero a través de la tela. No sabía qué era, pero era grande, estaba caliente, y su papá respiraba más fuerte cuando lo rozaba contra su pequeño trasero.
— Ayúdame con esto, Dean — Dijo John luego de un buen rato, y su voz sonaba diferente, urgente, casi rota — Vamos. —
Terminó de bajarle los pantalones a Dean, dejando sus piernas pequeñas al descubierto. El aire frío de la habitación le dio en la piel y Dean se estremeció. Luego escuchó el roce de tela y supo que su papá también se había bajado los suyos.
— ¿Q-qué... Qué tengo que hacer? — Preguntó con miedo. La voz le salió pequeña, temblorosa, la voz de un niño que se enfrenta a algo que no entiende pero que intuye, de alguna manera, que es importante, y que por lo tanto no quiere hacerlo mal.
— Junta las piernas. — Ordenó John mientras acomodaba la cadera de Dean con manos firmes — Así, muy juntas. —
Dean obedeció apretando sus muslos uno contra otro como le habían pedido, y unos segundos después sintió algo caliente, húmedo y duro deslizándose entre ellos. Era el pene de su padre contra su piel, rozando, presionando y moviéndose en un vaivén que hizo que la cama comenzara a crujir suavemente.
John empezó a moverse haciendo que sus caderas chocaran contra las nalgas desnudas de Dean, con un ritmo que pronto se volvió hipnótico. Dean sentía ese miembro grande deslizándose entre sus muslos, a veces rozando sus testículos pequeños o presionando justo detrás de ellos, también sintiendo la fricción constante, caliente y húmeda con cada embestida.
Mientras tanto, la mano de John no había dejado de tocarlo, sus dedos seguían acariciando su pequeño miembro en sincronía con las embestidas, creando una sensación que su cuerpo respondía con pequeñas sacudidas y respiraciones entrecortadas.
— Justo así, Dean. — jadeaba John contra su nuca.
Dean no sabía qué estaba pasando, no entendía por qué su papá hacía eso, pero su cuerpo respondía. Con pequeños gemidos que se le escapaban sin querer, con un calor que le subía desde el estómago, con una sensación que se acumulaba en algún lugar que no conocía. Y cuando finalmente esa sensación explotó, cuando su pequeño cuerpo se sacudió en un espasmo que no entendía, Dean sintió algo que nunca había sentido.
No supo qué había pasado. Solo supo que por un momento, todo fue blanco, caliente, y bueno.
John siguió moviéndose entre sus muslos, más rápido, más fuerte, hasta que con un gruñido ronco, Dean sintió que algo caliente y pegajoso mojaba el interior de sus muslos. Un líquido tibio que no conocía, que no sabía de dónde venía, pero que su papá parecía haber estado esperando con desesperación haberlo soltado.
Sin embargo, todo el miedo e incertidumbre que Dean pudo haber tenido se desvanecieron en unos segundos. Porque cuando todo terminó, John lo abrazó contra su pecho. Un abrazo de verdad, de esos que Dean recordaba de antes, cuando su mamá vivía y todos eran felices. John le acarició el pelo con una ternura que le provocó un calor tierno en el corazón, un calor que Dean creyó que nunca volvería a sentir.
Y por un rato, pequeño pero real, fueron como una familia otra vez.
— Mary. — Murmuró John contra su pelo, y Dean no entendió por qué su papá decía el nombre de su mamá en ese momento, pero no preguntó. — Perdón... Perdón... —
Dean no sabía por qué su papá pedía perdón, no había hecho nada malo, no lo había lastimado.
— Será nuestro secreto ¿Sí? — Susurró John, y Dean sintió los dedos enredándose en su cabello con una lentitud que le daba sueño — Nuestro juego especial... —
Dean asintió con los ojos brillantes de orgullo. Su papá tenía un secreto con él, eso lo hacía especial, eso lo hacía sentirse elegido.
— No le puedes decir a nadie. — Insistió John — ¿Lo entiendes? —
— Sí, señor. — Respondió de forma casi automática.
Nunca se le ocurrió preguntar por qué un juego tenía que ser secreto.
Nunca se le ocurrió preguntar por qué su papá a veces nombraba a su mamá mientras lo hacía.
Nunca se le ocurrió preguntar por qué, después de esas noches, su papá a veces no lo miraba a los ojos.
Solo supo que cuando John se iba de su cama, él se quedaba con una mezcla de cosas que no entendía. Un calor en el estómago que no sabía si era bueno o malo, y una vergüenza sin nombre que le pesaba en el pecho como una piedra, sin embargo, también sentía un orgullo tonto de haber sido elegido que lo confundía todo.
Y finalmente, despertó.
Apenas abrió los ojos y sintió el rastro húmedo de las lágrimas deslizándose por sus sienes, mezclándose con un leve sudor que le cubría todo el cuerpo. La combinación del polvo pegado a su piel y la ropa que de pronto se le hacía insoportablemente pesada lo hizo querer salir de su propio cuerpo. No quería dormir de nuevo ni quería volver a ese lugar.
Dean no quiso procesar lo que acababa de soñar, porque sentía que si le daba vueltas a ese asunto, si empezaba a desmenuzar esos recuerdos, probablemente las pesadillas lo perseguirían toda la noche. Y no, simplemente no podía ¿Para qué? ¿Para confirmar que lo que su padre le hacía desde los cinco años no estaba bien? Ya lo sabía, lo supo desde hace mucho tiempo, pero eso no cambiaba nada. No cambiaba que su silencio era lo único que mantenía a Sam lejos de las garras de John y tampoco cambiaba que su cuerpo era el precio que pagaba para que su hermano nunca supiera lo que era despertar así, empapado en lágrimas y miedo.
Pero hacía mucho tiempo que no lloraba mientras dormía, y eso lo asustó más que cualquier recuerdo.
Así que, de manera torpe y rápida, pasó el dorso de su mano por sus mejillas, secando esas lágrimas rebeldes como si fueran una escena del crimen que debía ocultar. Luego intentó liberar su cuerpo de la prisión de su ropa ya que necesitaba sentir el aire en la piel, y que la tela dejara de oprimirlo.
Pero algo estaba mal.
Sus manos no funcionaban, aunque estuvieran en su pantalón, forcejeando con el cinturón no podía sentir bien lo que hacían. Como si hubiera una desconexión entre su cerebro y sus dedos, una demora que convertía cada movimiento en una batalla.
De repente, la púa metálica de la hebilla se clavó debajo de su uña. Provocando que un quejido sonoro escapara de sus labios antes de que pudiera controlarlo, un sonido agudo y lastimero que odió inmediatamente.
Pero no era el dolor lo que más le quemaba, era la frustración, una bronca sorda y caliente que le subía por el pecho, amenazando con romper algo. Quería llorar de la rabia, golpear algo, que su cuerpo le obedeciera por una maldita vez.
Pero la molestia en su piel era más fuerte que su orgullo, así que volvió a intentarlo. Una y otra vez, porque no le quedaba otra. Porque aunque estuviera roto, aunque sus manos no le respondieran, aunque las lágrimas siguieran queriendo salir, no se permitiría jamás rendirse, quebrarse, ser sincero consigo mismo y con Sam.
Aunque a veces, en la oscuridad, cuando nadie miraba, deseaba poder hacerlo.
— ¿Qué haces? — La voz de Sam llegó desde algún lugar, aguda y extraña.
Dean no respondió y siguió luchando contra la hebilla, sintiendo cómo la frustración seguía creciendo.
No entendía, era algo que había hecho miles de veces ¿Por qué ahora no podía? ¿Por qué sus manos no obedecían? ¿Por qué todo era tan jodidamente difícil?
— Dean... — Otra vez la voz de Sam, más cerca ahora y un poco más suave.
Dean soltó un suspiro que le vació los pulmones. Llevó su mano sana a la frente, presionando contra las sienes como si pudiera exprimir el dolor de su cráneo como si se tratara del veneno de un insecto.
— Sammy... — La palabra salió ronca, desesperada, cargada de una vergüenza que incluso en su estado de confusión lograba reconocer — Ayúdame. —
— ¿Q-qué? — La voz de Sam tembló.
— El cinturón... — Dean tuvo que esforzarse para sacar las palabras. Sus ojos seguían cerrados, el ceño fruncido por el dolor, la respiración agitada — Vamos... —
Hubo más silencio, pero luego, el colchón se hundió a su lado y sintió las manos de Sammy en su cinturón.
Escuchó un clic y la hebilla cedió. Dean exhaló, un alivio pequeño pero real. Iba a decir gracias, iba a decir que ya estaba bien, que podía seguir solo. Pero supo que si no podía desabrochar au cinturón, menos podría sacarse la ropa.
— Los pantalones... Ayúdame con eso. — La vergüenza lo atravesó como un cuchillo. ¿Qué clase de hombre no podía siquiera quitarse los pantalones solo?
Pero Sammy no dijo nada, no lo juzgó y solo se levantó, le quitó los zapatos con dedos que temblaban un poco, y volvió a acercarse a su lado.
Dean sintió sus manos en el botón del pantalón así como sintió la cremallera bajar. Luego sintió la tela deslizándose por sus piernas y el roce de los dedos de Sam contra su piel al hacerlo. Un roce breve, accidental quizás, pero que dejó un rastro de calor en sus muslos.
Las sábanas frescas contra su piel desnuda fueron un alivio tan inmediato, ya tenía la mitad del trabajo hecho. Exhaló levemente y cerró los ojos. Pero entonces sintió la mirada de Sam sobre él. Una mirada larga, fija, que de alguna manera atravesaba incluso sus párpados cerrados.
Dean quiso preguntar. Quiso decir "¿Todo bien?". Pero el sueño lo empujaba hacia abajo, implacable, y las palabras se perdieron antes de nacer.
Solo quedó la oscuridad, con la presencia de Sam cerca y la sensación de que algo, de alguna manera, había cambiado.
Dean supuso que Sam solo estaba examinando alguna herida en sus piernas, aunque no recordaba haberse lastimado en la parte inferior de su cuerpo. Aprovechó y quiso ver si podía quitarse la camiseta, pero no lo consiguió.
— Sammy... — Gimió, y odió lo débil que sonó su voz — Ayúdame con esto también. —
Sintió la tela de su camiseta moverse, deslizarse hacia arriba por su torso. Primero fue el estómago, con el aire fresco de la habitación acariciando su piel. Luego las costillas, cada una marcándose bajo la presión de la tela. Su cerebro, lento y confuso, registraba las sensaciones sin poder procesarlas del todo.
Pero algo en la forma en que la tela se movía, algo en la lentitud con que subía, algo en las manos que rozaban su piel al hacerlo. Era diferente, no era la forma brusca y eficiente con la que John lo desnudaba cuando tenía que curarlo. No era la forma práctica en que él mismo se desnudaba a diario.
Era más lento, más deliberado. Como si quien lo hiciera quisiera saborear cada centímetro que revelaba.
La camiseta se enganchó en sus codos. Dean gimió, frustrado, dolido. Quería que terminaran. Quería estar ya desnudo y en la cama. Pero su cuerpo no cooperaba, y Sam parecía no estar prestando la suficiente atención como para atenderlo de forma rápida.
Las manos de Sam volvieron a moverse, liberando la tela de sus codos y de un tirón final, la camiseta desapareció por completo. Dean sintió el aire fresco en su pecho, en sus hombros, en sus brazos. Se sentía bien.
Debería haberle dado vergüenza pero solo estaba el alivio de haberlo logrado, de estar un paso más cerca de descansar.
Y luego, nada. Un silencio largo, una pausa que se estiró demasiado.
Dean quería abrir los ojos, quería ver qué pasaba, quería preguntar por qué Sam no decía nada, por qué no se movía, por qué solo estaba allí, mirando. Pero sus párpados pesaban como losas, su cabeza no dejaba de palpitar y el mundo se inclinaba peligrosamente cada vez que intentaba concentrarse.
Solo sintió una mirada fija, pesada, que recorría su cuerpo desnudo como si lo estuviera memorizando. Una mirada que, de alguna manera que no podía explicar, se sentía equivocada.
Pero creyó que solo eran ideas sucias suyas, pues no había motivos para pensar esas cosas de Sam.
Antes de hundirse de nuevo en la inconsciencia, un pensamiento intrusivo cruzó su mente. Demasiado rápido para ponerlo en palabras, demasiado borroso para atraparlo, pero lo suficientemente nítido como para dejarle una sensación clara de inquietud, de incertidumbre, de que algo no encajaba del todo.
Y luego, la oscuridad lo tragó otra vez.
No se durmió de forma inmediata ya que todavía pudo escuchar a Sam yendo al baño, así como el golpe suave de la puerta al cerrarse, el clic de la luz de la mesita de noche apagándose. La habitación quedó sumida en una penumbra, y Dean flotó en ese limbo donde los sonidos llegan distorsionados y el tiempo no significa nada.
No quería seguir durmiendo pero por lo visto, una de las consecuencias de haber recibido un golpe en la cabeza era el sueño excesivo. Tampoco es que pudiera hacer mucho en ese estado y aunque no quisiera admitirlo, Sammy tendría que lidiar con cualquier problema él solo esta noche, él no servía para nada en este estado.
Al entrar en la ensoñación, todo parecían ser fragmentos sueltos de lo que había pasado hoy. El lobo enorme abalanzándose sobre él, el impacto contra el árbol, la cara de Sam cuando llegó a casa desencajada por el miedo, John yéndose tras el monstruo sin mirar atrás. Nada considerablemente raro, ni nada que no fuera ya parte del paisaje de su mente.
Pero aparentemente su cerebro dañado tenía otros planes.
Porque cuando menos lo esperaba, cuando la niebla del sueño se volvió más densa, ya estaba otra vez allí. En otro recuerdo, en otro momento que había pasado años tratando de enterrar.
Ahora tenía nueve años y los juegos secretos con su padre se habían vuelto algo tan cotidiano como secreto.
Tan bien guardaba el secreto que ni siquiera Sam, con su personalidad curiosa de cuatro años, sospechaba lo que pasaba. Y es que John había sido claro desde el principio: nadie podía saber, ni Sammy, ni Bobby, ni absolutamente nadie.
Y Dean obedeció sin preguntar, sin cuestionar, como hacía con todo. Pues no era su lugar preguntar, nunca lo había sido. Su deber era obedecer, proteger, mantener a la familia a salvo. Y si John decía que esto debía ser un secreto, entonces sería un secreto, así de simple.
Mentirle a Sam tampoco era algo nuevo, después de todo, ya le mentía sobre las cosas que cazaban, sobre los peligros que enfrentaban, sobre las razones por las que papá a veces se ausentaba días enteros. Una mentira más, un secreto más que guardar en ese pozo sin fondo que era su silencio. Sammy nunca tendría que saber. Esa era la regla.
Pero no todo era obediencia automática. Había algo más, algo que Dean apenas se atrevía a reconocer incluso en la privacidad de su propia mente.
Cuando John lo llamaba para ir al Impala o lo llevaba al baño con la excusa del agua, Dean sentía algo que no experimentaba en ningún otro momento.
Atención. Cariño. Una versión retorcida y enfermiza de amor, pero amor al fin.
Y él, con esa necesidad desesperada que le quemaba el pecho desde que su madre murió, se aferraba a esas migajas como si fueran un banquete.
Porque John, en su perversa sabiduría, había conseguido que Dean sintiera que tenía elección.
« ¿Quieres que juguemos? » Le preguntaba John, y la pregunta en sí misma era una trampa perfecta.
Ya que en teoría, Dean podía decir que no. Pero decir que no significaba decepcionar a su padre, significaba perder esos momentos de atención, significaba arriesgarse a que John, frustrado, buscara consuelo en otra parte: en la bebida, en la caza solitaria, en la violencia que a veces descargaba contra las paredes o contra Sammy.
Así que Dean decía que sí. Y cuando lo decía, John sonreía. Le revolvía el pelo con una ternura que el resto del tiempo le negaba. Le decía « Por eso te quiero » con esa voz que Dean guardaba como un tesoro en algún rincón de su memoria.
Se sentía especial. Se sentía importante. Se sentía, por un momento, como si realmente todo estuviera bien.
Porque no eran órdenes, John nunca lo tocaba sin preguntar, ofreciendo la ilusión de elegir. Y Dean, con el corazón hambriento, mordía el anzuelo una y otra vez.
Cuando se trataba de cazar, Dean no tenía elección. Cuando se trataba de cuidar a Sammy, tampoco. Las órdenes llovían sobre él sin piedad: haz esto, ve allí, protege, calla, obedece. Pero en estos momentos a solas con su padre, sentía que podía elegir. Sentía que su opinión importaba. Que era algo más que un soldado, algo más que un cuidador, algo más que un niño que hacía lo que le decían.
Era especial, elegido, el único que podía darle a su padre lo que necesitaba.
Y mientras John lo tocaba, mientras sus manos recorrían su cuerpo pequeño, Dean cerraba los ojos y comenzó a creer fielmente que este era el amor que alguien como él merecía. Que estas migajas, estas sobras de afecto que recibía en la oscuridad, eran todo lo que podía esperar.
Porque era mejor que nada, siempre era mejor que nada.
Era parte de su misión, su propósito, la razón por la que su padre lo miraba con esos ojos que, en esos momentos, le parecían de cariño sincero.
Y además, no era como si la pasara mal cuando John lo tocaba. Al contrario; su cuerpo respondía de maneras que no entendía pero que se sentían bien. Ese cosquilleo caliente que le subía por el vientre bajo cuando John lo besaba en la boca, esa sensación de ser importante cuando su padre lo miraba así, con esa intensidad, Dean se sentía visto. Existía. Importaba.
Así que si se sentía tan bien jugar a esos juegos, si eran los únicos momentos donde recibía caricias y palabras dulces ¿Cómo podría ser algo malo? No dolía todo el tiempo. No siempre. A veces sí, pero el dolor pasaba. Mientras que las caricias, las palabras, la sensación de ser especial se quedaban ¿Cómo iba a ser malo si era la única forma en que su padre lo quería?
Pero un día, John quiso ir más lejos, y la ilusión de que podía elegir se esfumó para siempre.
Ese día habían pasado toda la mañana practicando tiro con la escopeta sin recortar. Algo que, por su edad y su contextura, se le dificultaba enormemente, el retroceso del arma le golpeaba el hombro con una violencia que le dejaba moretones y el peso hacía que luego de un rato le temblaran los brazos. Aún así, ya había dominado el tiro con armas de menor calibre, pero su padre insistió en que debía dominar el uso de todas las armas. Así que ahí estaban, juntos en un baldío, mientras Sam pasaba la mañana con Bobby, ajeno a todo.
Cuando terminaron, guardaron las cosas en el baúl y se subieron al auto, con el cuero caliente del asiento, el olor a gasolina, la familiaridad de siempre. Dean solo esperaba que arrancara para volver a la civilización, recoger a Sam y seguir con el día.
Pero John no lo hizo.
En lugar de eso, puso su mano en una de las piernas de Dean. Un contacto cálido, pesado, que ya conocía bien. Una caricia lenta, circular, que subía un par de centímetros y luego volvía a bajar.
— ¿Quieres que la pasemos bien antes de ir a buscar a Sammy? —
La pregunta llegó envuelta en ese tono que Dean había aprendido a reconocer. La voz de John se volvía un poco más grave cuando hacía esas preguntas, y sus ojos lo miraban fijamente, con una intensidad que a Dean, en ese momento, le parecía amor, mientras que una leve sonrisa curvaba sus labios, pero era la mirada lo que realmente hablaba. Una mirada hambrienta que ansiaba devorarlo.
Dean no tuvo que responder con palabras, nunca tenía que hacerlo. Trepó al regazo de su padre, separó sus delgadas piernas para acomodarse a horcajadas sobre él, mientras sus pequeñas manos se aferraron a los hombros de su padre buscando equilibrio, buscando cercanía, buscando ese calor que durante el resto del día se negaba a darle.
Inmediatamente los labios de John se apoderaron de los suyos. Dean había aprendido a besar como su padre le enseñaba: con la boca abierta, con la lengua de John explorando cada rincón de la suya, y bajo una sumisión que no admitía réplica. No había espacio para la iniciativa, para la exploración mutua. La boca de Dean era un territorio que John recorría con la misma autoridad con la que recorría el resto de su cuerpo. Cada vez que Dean intentaba corresponder de una forma que no fuera la que John esperaba, sentía los dedos de su padre apretarle la mandíbula, enderezándole el ángulo, corrigiéndole el movimiento. Era un beso que se recibía, no que se compartía.
John tomó las caderas con sus manos grandes y las movió al ritmo que él quería. Las hizo restregarse contra el bulto que ya comenzaba a formarse en su pantalón, un movimiento lento, controlado, que Dean no tenía más opción que seguir. Sintiendo la presión firme de las manos de John guiándolo, usándolo, moldeando su cuerpo como arcilla para que se ajustara exactamente a lo que su padre necesitara.
Sintió cómo, bajo el peso de su propio cuerpo, la cosa dura y grande que siempre aparecía en estos juegos comenzaba a crecer. John lo empujaba contra ella una y otra vez, haciéndole sentir cada centímetro, cada latido de esa carne que tanto conocía. El miembro de su padre rozaba su trasero con cada movimiento impuesto, y Dean solo podía quedarse allí.
— Así. — Susurró John, con sus manos apretando sus caderas con más fuerza — Sigue. —
Y Dean asintió, porque no había nada más que pudiera hacer, sus caderas no eran suyas y sus movimientos tampoco. Todo su cuerpo era, como siempre, un instrumento en las manos de su padre.
John no se quedaba atrás, sus grandes manos se deslizaron por debajo de la ropa de Dean, sintiendo la suave piel erizada bajo esas caricias que ya conocía, que esperaba, y que en el fondo necesitaba. La mano izquierda de John encontró el camino hacia sus nalgas, apretando la carne suave, separando y explorando. La derecha mientras tanto, bajó hasta su entrepierna, donde su diminuto miembro comenzaba a reaccionar de formas que Dean seguía sin entender pero que sabía que hacían feliz a él y a su padre.
— Sí... Qué bien lo haces, Dean. — Susurró John contra sus labios, volviendo a besarlo.
Y Dean, sentado en el regazo de su padre, se sintió orgulloso, porque estaba cuidando a su papá, porque lo estaba haciendo feliz, porque en estos momentos, aunque no entendía bien la razón, era especial.
John desabrochó sus pantalones con una mano mientras con la otra bajaba los de Dean, dejando a ambos semidesnudos en la intimidad que les proporcionaba Impala. Atrajo el pequeño cuerpo de su hijo más cerca del suyo, como quien acomoda un objeto para usarlo mejor. Y luego comenzó a masturbar ambos miembros juntos, el suyo enorme y grueso contra el diminuto e inmaduro de Dean.
La diferencia de tamaño entre ambos penes era abismal, casi grotesca. El de John siendo oscuro y venoso, completamente erecto, palpitando contra la suave piel del niño. Mientras que el de Dean era pequeño, apenas comenzando a reaccionar a estímulos que su cuerpo no terminaba de entender, parecía un juguete al lado de una herramienta.
Dean se quedó quieto, como siempre, mientras recibía el trato especial de su padre con esa mezcla de ansiedad y necesidad que había aprendido a sentir. Esperaba a que John quisiera besarlo de nuevo, que lo abrazara, que le dijera qué hacer para satisfacerlo. Su cuerpo siempre estaría allí, disponible, cumpliendo su función.
John lo masturbaba de frente mientras su otra mano comenzaba a explorar su parte trasera. Dedos gruesos y ásperos recorriendo la piel sensible, presionando, tanteando la entrada, se quedó allí tocándolo por unos segundos, hasta que un dedo comenzó a presionar, buscando penetrar.
A Dean no le gustaba cuando su padre lo tocaba de esa forma. Le dolía, siempre dolía, pero era un dolor diferente al de los golpes o las caídas entrenando, uno que le llegaba hondo, que le hacía querer encogerse, avergonzarse, desaparecer, no estar allí. Pero tampoco podía negarse, menos cuando parecía ser algo que a su padre le gustaba mucho. Y si a John le gustaba, Dean tenía que hacerlo bien. Tenía que soportarlo porque debía ser lo que su padre necesitaba.
Normalmente, John hacía que primero lamiera sus dedos, un ritual húmedo y degradante que precedía a la penetración. Pero quizás esta vez se sentía apurado por buscar a Sammy, quizás la urgencia de terminar antes lo apremiaba y quiso que hicieran algo más rápido.
Así que Dean tuvo que adaptarse, como siempre, aprendiendo a leer los estados de ánimo de su padre, a anticipar sus necesidades, a ajustarse a lo que John quisiera en cada momento. Esta vez tocaba soportar el dolor sin el pequeño alivio de la saliva para facilitar la entrada. Le tocaba recibir los dedos secos, ásperos, que se abrían paso a la fuerza en su interior.
— Tengo algo especial para ti. — Le susurró al oído con su voz ronca, excitada, como si estuviera a punto de compartir un regalo maravilloso — Y necesito que estés relajado. —
La orden fue dicha con suavidad, casi con ternura, como si fuera posible relajarse cuando no sabría lo que venía después.
Lo recostó sobre el asiento del Impala y luego se posicionó sobre él, con su cuerpo grande y pesado cubriendo por completo al pequeño, dejándolo sin luz, sin aire, sin escapatoria.
Dean miró el techo del auto, las manchas de humedad en la tapicería, con los mismos puntos que había aprendido a contar en las muchas veces que habían hecho esto. Y esperó, como había aprendido a hacer desde que tenía uso de razón.
Los cuatro años anteriores habían sido predecibles en retrospectiva, Dean entendía que su padre fue escalando de a poco, como quien prueba el agua antes de meterse.
Primero fueron esas noches en la cama donde John lo tocaba, lo masturbaba, le susurraba cosas lindas al oído mientras Dean, con cinco años, cerraba los ojos y se dejaba llevar. Porque era atención, y porque era lo único que le quedaba del papá que había perdido.
Pero con los años, las noches donde se colaba en la cama que ambos hermanos compartían, cuando aún eran pequeños, cuando Sam apenas aprendía a caminar y dormía junto a Dean. Dejaron de ser suficientes, John necesitaba más.
Conforme Sam iba creciendo, ya no era suficiente con esperar a que el menor se durmiera profundamente para acercarse a Dean. Y John, en su perversa inteligencia, encontró la forma de adaptarse.
El auto era lo más común, John le decía « Ayúdame con el auto. » y ambos se iban hasta el estacionamiento, cochera o descampado donde lo guardaban. Allí, John lo sentaba en su regazo o lo recostaba boca arriba, todo dependiendo qué tan urgido se encontrara, le bajaba los pantalones hasta los tobillos, dejando sus piernas pequeñas al descubierto, y comenzaba a masturbarlo de forma apresurada. Dean, confundido, sentía detrás de su espalda esa cosa grande y dura que crecía contra su trasero, presionando a través de la ropa, marcando territorio incluso antes de desnudarse.
Dean juntaba las piernas, apretando los muslos uno contra otro como le habían enseñado. Luego su padre se frotaba entre ellos, con su miembro deslizándose una y otra vez contra la piel suave del interior de sus muslos, hasta que un líquido blanco, caliente y viscoso lo manchaba. Dean aprendió a no moverse mientras eso pasaba, a quedarse quieto hasta que John terminara, a esperar a que el calor se enfriara sobre su piel antes de limpiarse.
La ducha era otro territorio que John había reclamado como propio « Ven conmigo, debemos ahorrar agua.» Solía decir, y Dean se metía con él, sabiendo que no había ahorro que justificara los dedos de su padre recorriendo su cuerpo pequeño. Las manos de John se detenían demasiado en ciertos lugares, frotaban demasiado tiempo, enseñándole a su cuerpo a responder de maneras tan extrañas como placenteras. Sus pezones, su entrepierna, la hendidura de sus nalgas. Cada zona era explorada con la misma paciencia con la que John le había enseñado a leer mapas o a identificar huellas. Era su forma de demostrarle lo mucho que lo quería.
Y Dean, que veía la satisfacción en el rostro de su padre después de esos momentos, que recibía las caricias en el pelo y las palabras de « Buen chico. » Comenzó a desear tener más que eso. Deseaba entender por qué su cuerpo respondía, por qué esas manos que a veces lo lastimaban también podían hacerle sentir cosas que no sabía nombrar. Pero también deseaba ser lo que su padre necesitaba, deseaba que John lo mirara siempre con esos ojos que, en esos momentos, parecían de amor.
Pero ese día, John le demostró que siempre podía ir más lejos, que siempre podría encontrar una nueva forma de tomarlo, y que siempre lograría corromper un poco más lo que ya estaba corrompido.
Dean sintió las manos de su padre separarle más las piernas, a lo cual él obedeció con la docilidad de siempre. Y ese instante de lucidez que a veces le regalaba su mente, no pudo evitar pensar el hecho de que, antes, John le separaba así las piernas para cambiarle los pañales, pero que ahora solo lo hacía para sus juegos.
John acercó su rostro a la entrepierna de Dean. Y entonces sintió la boca.
— ¡Ah! — El jadeo escapó sin permiso, un sonido agudo, quebrado, que no sabía que podía hacer.
La boca de su padre, caliente y húmeda, envolvió su diminuto miembro. Era una sensación abrumadora, como la primera vez que jugaron. Los labios, la lengua, el calor, la saliva, todo se combinaba en una tormenta sensorial que su cuerpo de nueve años no podía procesar.
Dean sintió que su padre le arrancaría el miembro en cualquier momento, que su boca lo tragaría entero, que desaparecería dentro de John y nunca volvería a salir. El miedo le trepó por la garganta como un animal enloquecido, apretándole el pecho, robándole el aire.
Pero al mismo tiempo, algo en su cuerpo respondía. Esa cosa que John llamaba placer, comenzaba a acumularse en algún lugar que no conocía, haciéndole temblar las piernas, arrancándole pequeños gemidos que no podía controlar.
— ¡Papá! — Gimió, sin saber si debía pedir más o que parara.
Dean apretó los ojos, sintiendo las lágrimas escaparse por los bordes a causa del placer y el miedo mezclándose en una cosa que le quemaba el pecho. El techo del auto, las manchas de humedad, los puntos que había contado cientos de veces, todo se desdibujó detrás de sus párpados cerrados.
John siguió, implacable, y Dean aprendió ese día una lección más: que su padre siempre podía ir más allá.
En cuanto Dean llegó al éxtasis, su cuerpo todavía temblaba por las convulsiones del orgasmo, con su respiración se entrecortada y los ojos húmedos por las lágrimas que no habían terminado de caer. John no le dio tiempo de recuperarse cuando sus manos grandes encontraron sus caderas y lo giraron sin esfuerzo, colocándolo en cuatro sobre el asiento.
Dean jadeó por el movimiento brusco, con las manos apoyadas donde su padre le indicó y las rodillas flexionadas. Todavía sentía el cosquilleo residual del orgasmo, cuando escuchó el sonido de algo abriéndose detrás de él.
John sacó de su chaqueta una pequeña botella de lubricante con rapidez, Dean ni siquiera pudo verla y solo sintió un líquido tibio y resbaladizo derramándose sobre su ano, la sensación extraña de algo goteando donde nunca había goteado nada lo paralizó. Pronto el frío del gel contra con el calor de su piel recién extasiada le provocó escalofríos, haciéndolo temblar levemente.
Luego, John sacó un objeto que se asemejaba a un trompo de juguete, de lo que parecía estar hecho de metal, algo que Dean no alcanzó a ver bien pero supo que era diferente, algo que no nunca habían usado en los cuatro años anteriores.
Ni siquiera pudo preguntar qué estaba pasando, porque antes de que pudiera formar las palabras, sintió los dedos de su padre otra vez. Presionando contra su entrada, colándose dentro de él con una facilidad que el lubricante facilitaba.
— Relájate... — Ordenó John con un tono urgente.
Dean quiso decirle que esperara, que todavía estaba recuperándose, que su cuerpo no podía con más. Pero no lo hizo simplemente porque era el turno de su padre. John lo había hecho sentir bien, y ahora él tenía que devolverle el favor, así funcionaba el juego.
Y al final obedeció, clavó las uñas en sus palmas para no dañar el material de los asientos, y cerró los ojos hasta ver destellos detrás de los párpados, intentando enfocarse en otra cosa que no fuera esa sensación de invasión. Los dedos de John se movían dentro de él, abriéndolo, preparándolo para algo que Dean no terminaba de entender.
Pasó un tiempo y Dean perdió la noción del tiempo. Solo lo supo cuando los dedos desaparecieron, y sintió un alivio tan inmenso que por un momento pensó que todo había terminado. Pero no, el alivio duró apenas un segundo ya que algo frío y duro presionó contra su entrada.
Dean abrió los ojos de golpe, el pánico atravesándole el pecho como un cuchillo. Giró la cabeza y vio lo que John sostenía en la mano: un objeto semi redondo, de metal brillante, probablemente de acero inoxidable, que era fino en la punta y se hacía más ancho en la base. Un plug anal. Algo que Dean nunca había visto y que tardaría unos años en saber como se llamaba exactamente.
Quiso gritar, decir que no, que eso no podría entrar en su recto, que no podría soportarlo. Pero su voz se atascó en la garganta, convertida en un gemido lastimero mientras su cuerpo comenzaba a temblar con más fuerza.
— Shhh... — Susurró John, mientras la punta del plug presionaba contra su ano, entrando poco a poco — Cálmate. —
Dean podía soportar uno o dos dedos, porque eran flexibles y no tan anchos como ese objeto, además de haberse acostumbrado tras años de juego. Pero esto era diferente ya que cuanto más John presionaba, más se ensanchaba, estirando su entrada de una forma que nunca había sido estirada.
Dean sintió las lágrimas caer otra vez, calientes y silenciosas, mientras el objeto seguía entrando, centímetro a centímetro, partiéndolo en dos. El dolor era agudo, profundo, como si algo dentro de él se estuviera rompiendo.
Luego de unos segundos, John finalmente terminó de meterlo. Llegó hasta el fondo, donde la base impedía que entrara un centímetro más. Dean sintió que su cuerpo se partía en dos, que algo en su interior se rompía para siempre.
Pero lejos de sentir alivio, lejos de que el dolor cediera, solo quedó eso: una molestia inmensa e insoportable. Porque el objeto no era flexible, no se movía, no hacía nada. Solo estaba allí, estático, ocupando un espacio en su recto que no estaba diseñado para soportarlo. Un cuerpo extraño y duro, que le recordaba con cada latido de su corazón que algo había entrado donde no debía.
Dean no aguantó más y con movimientos torpe, para no hacer que ese objeto se moviera más dentro de él, se acostó boca abajo en el asiento. Las lágrimas quemaban detrás de sus ojos, pero las contuvo. Porque creía que si lloraba, si dejaba que el dolor se viera en su cara, su papá se pondría triste, y dejaría de ser ese hombre que volvía a quererlo, que lo abrazaba después de los juegos, que le revolvía el pelo y lo llamaba "Mi buen chico". Para volver a ser la sombra distante que miraba la nada durante horas. Volvería a ignorarlo, a dejarlo solo, a hacer que Dean se sintiera otra vez invisible.
— Gracias, hijo — Susurró John desde arriba, y Dean sintió sus labios en la nuca, en los hombros, en la espalda. Besos lentos y húmedos, que deberían ser de cariño pero que ahora le provocaban escalofríos — Vamos, hay que ir a buscar a Sammy. —
Dean escuchó el movimiento detrás de él, y cuando giró ligeramente la cabeza, vio a su padre metiendo su pene todavía duro, dentro de su pantalón. Como si nada, como si lo que acababa de pasar fuera tan normal como abrocharse los zapatos.
Sintió un vuelco en el estómago. Una náusea fría que le trepó por la garganta. ¿Tenía que quedarse con esa cosa dentro? ¿Por cuánto tiempo? ¿Qué pasaba si necesitaba ir al baño? Las preguntas se arremolinaban en su cabeza como avispas enloquecidas, picando aquí y allá sin encontrar respuestas.
Pero así como nunca cuestionaba las decisiones de su padre, a diferencia de Sam, tampoco cuestionó el porqué debía permanecer con ese objeto insertado en su culo. Solo se subió los pantalones con manos temblorosas, evitando pensar en lo que llevaba dentro. Y luego, con un cuidado infinito, volvió a sentarse en el asiento del Impala.
El dolor fue inmediato, un pinchazo profundo que le recorrió el cuerpo y le arrancó un gemido que apenas pudo ahogar. Pero lo que no pudo ahogar fueron las lágrimas, las cuales comenzaron a rodar por sus mejillas silenciosas, calientes e imparables. Dean las sintió caer y se odió por ellas. Se odió por ser débil, por no poder aguantar.
Miró por la ventana mientras el auto arrancaba, esperando que John no notara sus hombros temblorosos, su respiración entrecortada y esperando a que Sammy, cuando lo recogieran, no viera el rastro de lágrimas en sus mejillas.
Pero sobre todo, esperó que esa cosa dentro de él desapareciera pronto, que se deshiciera como la cera de una vela para que dejara de doler.
El recuerdo no terminó ahí, pero tampoco fue reemplazado por uno nuevo. Fue solo un pequeño salto en el tiempo, un borrón de horas que su memoria había decidido no guardar.
Ese día, John volvió a dejar a Sammy al cuidado de Bobby con la excusa de que iban a cazar. Dean lo escuchó hablar por teléfono, explicando que no podían llevarlo a una cacería e incluso él creyó que solo saldrían a cazar, ya se imaginaba con su padre en camino, aprendiendo, siendo útil, siendo lo que John necesitara.
Pero los planes de John eran otros.
Todavía no se acostumbraba a la intromisión del plug. Esa cosa de acero que su padre había metido dentro de él horas antes, seguía allí, ocupando un espacio que no le pertenecía, recordándole con cada pequeño movimiento que su cuerpo ya no era del todo suyo.
Con el pasar de las horas, el dolor punzante se había transformado en una molestia constante, una presencia extraña que Dean sentía cada vez que se movía y cada vez que se sentaba por mucho tiempo. Había aprendido a convivir con ella, a hacer movimientos calculados para que no se desplazara, para que no le recordara con un pinchazo que seguía allí. Pero deseaba que todo esto terminara, que su padre le dijera que el juego había terminado, que podía sacárselo, que todo volvería a la normalidad.
En cuanto Bobby se llevó a Sammy y la puerta se cerró, John lo miró de esa forma que Dean ya conocía, y sin mediar palabra, lo llevó a la cama. Sus manos fueron rápidas, despojándolo de la ropa con una urgencia que Dean no entendía. En cuestión de segundos ya estaba desnudo, boca abajo sobre el colchón, la mejilla aplastada contra la sábana áspera.
Dean se sentía confundido por la urgencia con la que su padre ansiaba jugar, le hizo sentirse sucio de una manera que no supo explicar. No era la primera vez que se sentía así y tampoco era la primera vez que su padre quería hacer algo rápido, pero esa urgencia, esa prisa por desnudarlo, por ponerlo en posición, le removió algo en el pecho.
Pero luego pensó que quizás todo esto era porque no había logrado satisfacerse cuando estaban en el auto. No era tonto, vio que su padre no había podido disfrutar del juego como normalmente lo hacían, y quizás por eso estaba tan ansioso ahora.
Porque lo necesitaba. Y Dean, su buen chico, estaba allí para ayudarlo.
Trató de calmarse con esa explicación, aunque su cuerpo siguiera tenso.
— Gracias por hacer esto, Dean... — La voz de John llegó como un susurro cálido contra su oído, íntimo, casi tierno — Gracias por ser tan buen hijo. —
Dean sintió que el pecho se le llenaba de algo que no sabía nombrar. Un calor extraño, diferente al de las manos de su padre. Sus palabras tenían ese algo que las hacía reconfortantes para su corazón de una manera que no podía explicar.
Cuando sintió las manos de John en sus caderas, Dean cerró los ojos y se dejó llevar. Obedeció, como siempre, posicionándose en cuatro sobre la cama, levantando las caderas lo más que podía a pesar del cansancio que le pesaba en cada músculo. El plug seguía allí, incómodo, recordándole su presencia con cada pequeño movimiento. Pero Dean pensó que si lograba satisfacer a su padre rápido, si hacía todo bien, quizás todo esto termine y podría descansar pronto.
Con ese objetivo en mente intentó relajarse, inhaló hondo y exhaló lento, preparándose mentalmente para cualquier cosa que su padre tuviera en mente.
Ya había aprendido que resistirse solo alargaba las cosas, solo hacía que doliera más. Lo mejor era aceptar, fluir, dejar que pasara.
Cuando ya estuvo lo suficientemente relajado, sintió otra vez las manos de John en su trasero, los dedos ásperos tocaron sus testículos sin desarrollar, masajeándolos con una lentitud que le provocó escalofríos. Dean apretó los labios para no quejarse, para ser bueno. Los dedos de su padre pulsaron levemente la base del plug, haciéndolo moverse apenas dentro de él, y Dean tuvo que morderse el interior de la mejilla para no gritar.
— Mantente relajado. — Ordenó John, y Dean sintió sus dedos envolviendo la base del objeto, listos para retirarlo.
Dean se aferró a las sábanas con ambas manos y apretó los ojos con tanta fuerza que vio estallidos de color detrás de sus párpados. Intentó mantener los músculos de su entrada lo más flojos y dóciles posible, mientras sentía como su padre tiraba lentamente.
El plug comenzó a moverse, un movimiento que le recordaba lo profundo que había estado. Dean contuvo la respiración, esperando, aunque en el fondo quería llorar, gritar y rogar que todo terminara. Pero no lo hizo. Porque no era su deber quejarse, su deber era satisfacer a su padre.
Con lentitud, John logró sacar el objeto y Dean sintió cómo la presión interna disminuía gradualmente, cómo ese cuerpo extraño que había ocupado su interior durante horas finalmente se deslizaba hacia afuera. Y cuando todo el objeto abandonó su entrada, Dean exhaló un suspiro tan profundo que pareció vaciarle los pulmones. El alivio fue inmediato, una sensación casi eufórica de libertad. Por un momento su culo dejó de doler. Su tortura incómoda con esa presencia constante que le había recordado cada segundo que algo andaba mal, había terminado.
Pero el alivio no le duró mucho tiempo. Otra vez.
Porque cuando apenas logró respirar tranquilo, mientras sus músculos comenzaban a relajarse después de horas de tensión, sintió otra intromisión en su entrada. Esta vez era algo más grande. Y por lo tanto, mucho más doloroso.
Dean sintió que el aire se le escapaba de los pulmones en un grito silencioso. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, un instinto primitivo de supervivencia que le hizo intentar escapar como un animal herido. Sus brazos forcejearon, sus piernas intentaron impulsarlo hacia adelante, pero no había dónde ir. Estaba atrapado entre su padre y la cama, con ese dolor terrible abriéndose paso en su interior. Las lágrimas rebeldes que había intentado contener durante tanto tiempo, cayeron por sus mejillas, calientes e incontrolables.
Rápidamente fue sometido por John.
— Vamos, Dean. Cálmate... — La voz de su padre llegó desde atrás, sorprendentemente calmada, mientras sus manos lo sujetaban con una fuerza implacable. John llevó ambas muñecas de Dean detrás de su espalda, inmovilizándolas con una sola mano, mientras que con la otra mano mantuvo firme su cadera, impidiendo cualquier intento de escape.
Fue inútil luchar contra la fuerza de un hombre adulto, y mientras el dolor crecía, las lágrimas seguían cayendo, silenciosas. Pronto su padre comenzó a moverse detrás de él, y medida que el miembro de su padre seguía entrando, Dean sintió que sería partido en dos, que lo perforaría hasta el pecho.
— ¡Papá! — El grito escapó de sus labios sin que pudiera controlarlo, un hilo de voz tan frágil que parecía a punto de romperse. Dean sintió que si decía algo más, una sola palabra más, el llanto que llevaba conteniendo desde hacía horas se desataría sin remedio. Y no podía hacerle eso a su padre, pero tampoco estaba pudiendo soportar este juego.
— Tranquilo... — La voz de John llegó desde atrás, intentando sonar calmado, paternal, reconfortante — Ya va a pasar. —
Pero Dean, incluso en medio del dolor y la confusión, pudo percibir algo más en esa voz. Un matiz, un temblor, algo que no sabía nombrar pero que su instinto reconocía. Su padre estaba disfrutando de su estrechez, de su calor interno, de la forma en que su ano lo envolvía.
Intentaba disimularlo, ocultar el placer en su tono, pero se filtraba igual.
Al captar sus emociones, Dean intentó obedecer y relajarse, ser bueno, ser lo que su padre necesitaba para divertirse. Pero simplemente era demasiado lo que tenía que soportar. El dolor lo atravesaba como una espada, que le robaba el aire y le nublaba la vista. Sentía que su cuerpo se rompía , que algo en su interior se desgarraba para siempre.
John finalmente terminó de insertar todo su miembro. Dean lo sintió cuando las caderas de su padre tocaron sus nalgas, cuando no quedó más espacio, cuando la totalidad de ese miembro estuvo dentro de él. El dolor alcanzó su punto máximo como una explosión de todo su cuerpo. Y detrás de él, John soltó un jadeo tembloroso de puro placer, un sonido que Dean reconocería por el resto de su vida.
El sonido de su padre usándolo. El sonido de su cuerpo siendo un objeto. El sonido de su dolor convirtiéndose en el placer de otro.
John no le dio tiempo a adaptarse y comenzó a moverse dentro de Dean, iniciando con un lento vaivén, importandole nada el dolor de su hijo. Quien para este punto seguía llorando en silencio mientras mordía la almohada y clavaba las uñas en el colchón, todo con tal de aguantar el dolor de su entrada siendo destrozada.
Dean sintió el peso del cuerpo de John sobre él, el calor sofocante que lo aplastaba contra el colchón, las penetraciones que lo destruían por dentro. Cada embestida le arrancaba un gemido ahogado que se perdía en la almohada, y cada movimiento le recordaba que su cuerpo no le pertenecía.
De repente, ese peso comenzó a disolverse, las manos que lo sujetaban se desdibujaron, la voz ronca de John se hizo eco lejano, y Dean sintió que caía hacia atrás, hacia una laguna negra que lo tragaba entero.
No supo cuánto tiempo estuvo allí. Solo supo que, cuando la oscuridad comenzó a aclararse, ya no tenía nueve años.
Ahora tenía once y los juegos con papá se habían vuelto cada vez más dolorosos. John ya no se conformaba con usar sus muslos, ni con los dedos, ni con masturbarse mutuamente. Ahora quería más y siempre lo usaba con una violencia que le dejaba el cuerpo marcado durante días, moretones nuevos superpuestos sobre los viejos, costras que se rompían antes de cicatrizar, sangre que manchaba las sábanas y las cuales tuvo que aprender a limpiar antes de que Sam se diera cuenta.
Era tanto el malestar que lo mejor que le podía pasar era quedar inconsciente mientras John lo violaba.
Cuando la carga era demasiado y su cuerpo ya no podía más, su mente había aprendido a desconectarse. Y cuando volvía a la realidad, solo era despertar con el semen de su padre goteándole entre las piernas. Y en esos momentos, Dean aprendió a agradecer esos apagones como si se tratara de la solución definitiva, pues eran lo único que se parecía a un descanso.
Aún así, nunca se negó, al menos no hasta esa noche.
Esa tarde, John lo había usado antes de irse. Aprovechó que Sam estaba en sus clases de soccer para sacarse las ganas con una urgencia animal. Lo agarró del brazo con esa fuerza que ya no necesitaba demostrar nada para arrojarlo contra la cama con un empujón que le hizo crujir los huesos, y se montó sobre él sin un gesto de ternura, sin una palabra de consuelo, sin esas frases de cariño que a veces susurraba cuando estaba de buen humor. Solo eran sus manos grandes apretándole las caderas con una fuerza que dejaría moretones nuevos sobre los viejos. Sus dedos hundiéndose en la carne magullada como si quisiera alcanzar los huesos. Su miembro entrando y saliendo con una brutalidad que le hacía ver estrellas detrás de los párpados cerrados, que le arrancaba gemidos que se perdían en la almohada, que le recordaba, que su cuerpo era solo un lugar donde John descargaba lo que no podía poner en otro sitio.
Para cuando terminó, solo se levantó para acomodarse la ropa e irse. Ni siquiera lo miró.
— Iré a buscar a Sam antes de irme. — Dijo, ajustándose el cinturón — Sólo voy a investigar un posible caso. No tardo. Volveré al anochecer. —
La puerta se cerró y Dean se quedó donde lo habían dejado. Boca abajo sobre las sábanas arrugadas, con la mejilla aplastada contra la almohada, las piernas abiertas, el dolor pulsando en cada respiración. Permaneció allí un buen rato, respirando hondo, esperando que las piernas le respondieran, deseando que su cuerpo dejara de doler, al menos lo suficiente como para poder levantarse sin que el suelo se abriera bajo sus pies.
Al final solo se levantó cuando escuchó el ruido del auto de vuelta.
John regresó con Sam, que estaba un poco sucio y con una expresión amarga en el rostro. Seguramente habían discutido ya que John lo había ido a buscar antes de tiempo, una media hora antes de que terminaran las actividades, y eso habría enfadado a Sam. Pero cuando John tenía que hacer algo, se hacía, sin importar lo que se estuviera llevando por delante. Sin importar si Sam tenía que dejar a sus compañeros celebrar el final del partido, o si los otros padres lo miraban raro, tampoco le importaba si Dean apenas podía mantenerse en pie cuando abrió la puerta para recibirlos.
John ni siquiera lo miró, solo le dio las instrucciones de siempre y se fue. Como si hacía una hora no estuviera usando a su hijo mayor como una muñeca, mientras el menor jugaba al soccer con otros niños.
Dean esperó a que el motor se perdiera en la distancia. Luego respiró hondo una vez más, se obligó a enderezar la espalda aunque cada vértebra le protestara, y volteó hacia Sam con una sonrisa que no sentía.
— Ve a bañarte. — dijo, y su voz sonó casi normal — Apestas. —
La rutina continuó como siempre. Mandó a Sam a la ducha, le preparó la cena y luego le puso un maratón de Star Wars para que se pusiera de buen humor, ya que Sam todavía seguía de mal genio, y Dean necesitaba que estuviera lo suficientemente distraído como para no notar su estado malherido.
Cuando la noche se hizo demasiado tarde, fue a arropar a Sam; acomodó las mantas, ajustó la almohada y le dio un beso en la frente. Cada movimiento era una batalla contra el dolor, pero debía ignorarlo. Porque si Sam lo veía bien, entonces todo estaba bien, esa era la regla.
Técnicamente, él ya se había acostumbrado a esos juegos bruscos, o al menos eso le gustaba creerse. Su cuerpo había aprendido a cicatrizar más rápido y su mente a desconectarse antes de que el dolor se volviera insoportable. Además de decirse a sí mismo que podía con eso, que después de tantos años ya sabía cómo llevar las heridas, cómo ocultarlas, cómo seguir adelante como si nada hubiera pasado.
Pero John ya no le daba el tiempo suficiente para recuperarse por completo.
Las noches sucedían sin respiro, las excusas se multiplicaban, la violencia escalaba antes de que las marcas anteriores tuvieran tiempo de palidecer. Dean aprendió a caminar con rigidez, a sentarse con cuidado, a intentar calmarse cuando algo le dolía demasiado. Su cuerpo era un campo de batalla donde John entraba y salía a su antojo, sin importarle que el terreno aún estuviera sangrando.
Sam, con su mirada curiosa, no fue indiferente a su estado. Y Dean lo sabía, no era tonto. Había visto cientos de veces cómo los ojos de Sam se detenían al momento de levantarse de la silla demasiado despacio, con esa rigidez que un niño normal no debería notar pero que Sam, siempre atento, no podía evitar registrar.
Sin embargo, Sam nunca preguntaba. Y esa omisión, lejos de parecerle extraña, Dean la agradecía como un milagro. Como si la curiosidad insaciable de su hermano, esa que lo llevaba a discutir con su padre sobre las cosas que hacían y el porqué lo hacían, tuviera un punto ciego, como una idea a la que no llegaba a terminar.
De todas formas, eso le permitió seguir tejiendo excusas en vez de explicar lo que estuviera pasando. Dean siguió mintiendo alrededor de cada moretón, cada paso rígido, cada día que amanecía con el cuerpo roto.
"Me caí entrenando. Me golpeé con la puerta. Dormí mal. No es nada."
Y Sam solo asentía para luego seguir con su vida, mientras que Dean suspiraba aliviado. Porque eso significaba que su secreto estaba a salvo.
Pero eso no significaba que no recibiera comentarios curiosos sobre su estado. A veces, cuando el dolor era demasiado evidente, cuando la máscara se resquebrajaba solo por un segundo, Sam soltaba una observación. Como si anotara un dato, lo archivara en algún lugar de su mente, y siguiera adelante.
— Caminas raro, Dean. — Dijo su hermano esa noche, con los ojos entrecerrados bajo las mantas.
Dean se tensó. Y por un segundo el corazón le dio un vuelco, pero ya tenía la respuesta ensayada.
— Me tropecé y me doblé el tobillo mientras no estabas. — Respondió al instante.
— ¿De nuevo? — Sam arrugó la nariz, y había preocupación en su tono, esa preocupación que Dean no merecía pero que agradecía cada maldita vez — Debes tener más cuidado. —
Dean sintió un leve pinchazo en su pecho. La preocupación de Sam, su confianza, su forma de creer que todo lo que le pasaba a Dean era accidental, era un golpe, una caída, una torpeza propia de quien tuvo que crecer demasiado rápido. Y Dean, cada noche, cada mentira, cada "me tropecé" y "no es nada" y "estoy bien, perra", estaba construyendo un muro entre Sam y la verdad.
Un muro que, esa noche, mientras Sam lo miraba con esos ojos grandes y confiados, le pareció más alto que nunca.
— Sí. — Dijo, y su voz apenas fue un hilo — Ehh... Lo intentaré. —
— Promételo. — Insistió Sam.
Dean frunció el ceño en apenas un movimiento de cejas que en otro contexto habría sido una broma, un "No jodas, Sammy" o un "¿Qué te pasa? Pareces niña"
Quería decirle que estaba exagerando, que no era para tanto, que al día siguiente ya estaría bien. Pero las palabras se atascaron en su garganta porque no era un tobillo, y no estaría bien al día siguiente. Y también porque Sam le estaba pidiéndole una promesa.
Una promesa que Dean sabía que no podía cumplir.
— Te prometo que tendré más cuidado — Mintió.
Era una mentira más, una más en la larga lista de mentiras que componían su vida. Promesas vacías que se deshacían en el aire como el humo del caño de escape.
Y esta no era diferente, sabía que esa noche también la rompería. Porque John quizás volvería con una botella medio vacía y la ira a cuestas, con la necesidad de desahogar lo que no podía poner en otro sitio. Y Dean, como siempre, se dejaría hacer lo que su padre quisiera.
Sam sonrió, satisfecho, y se durmió rápidamente mientras que Dean se quedó a su lado, escuchando su respiración. Contando los minutos, los segundos, los latidos de su corazón.
"Ojalá no tenga que hacerlo de nuevo." Pensó, pero sabía que no debía darse falsas esperanzas.
Y esa noche, cuando John volvió, dejó el auto aparcado en la cochera del motel en vez del estacionamiento al aire libre. Una señal de que esta noche no iban a dormir. Dean lo supuso antes de que John abriera la puerta. Lo supo por el rugido del motor que se apagaba demasiado lejos, por el portazo demasiado seco, por el silencio que siguió. Ya tenía el corazón acelerado cuando las botas de su padre sonaron desde afuera y finalmente abrió la puerta.
John entró y lo miró, acunado contra Sam, con los brazos rodeando al pequeño y la cara vuelta hacia su hermano. Cualquier padre normal habría visto ternura en esa imagen. Un hermano mayor cuidando al pequeño, pero John no era un padre normal, y en sus ojos solo había lujuria.
— Ayúdame con algo en el auto. — Ordenó, yéndose de nuevo.
Dean obedeció de inmediato y salió de la cama con cuidado, con cada movimiento siendo una tortura. No solo por el dolor que le ardía allí abajo, y que le recorría la espalda cada vez que enderezaba las piernas. También porque no quería separarse de Sam, su hermano dormía plácidamente, con el ceño levemente fruncido y la respiración tranquila.
Pero al final lo tuvo que hacer. Cruzó la habitación sin mirar atrás, cerró la puerta sin hacer ruido y caminó hasta la cochera como un condenado a la horca, con cada paso siendo un recordatorio de lo que le esperaba.
John ya estaba dentro del Impala, el cual apestaba a sangre y a ese olor a alcohol que Dean conocía demasiado bien. El motor aún no se había enfriado del todo, y el aire dentro era pesado, sofocante.
Apenas logró cerrar la puerta y las manos de John lo agarraron con urgencia, lo empujaron contra el asiento, lo inmovilizaron, y antes de que pudiera prepararse, los labios de su padre encontraron los suyos con una violencia que le lastimó los labios y le robó el aire. Dean arrugó la nariz y cerró los ojos con fuerza. El sabor a alcohol con saliva le provocaba náuseas, y le recordaba por qué siempre odiaba besarlo cuando estaba ebrio. La boca de John sabía a derrota, a furia contenida, a la rabia de haber fallado en algo y necesitar desahogarse con alguien, con el único cuerpo que siempre estaba disponible.
Su ropa comenzó a ser una molestia para su padre, y John obviamente no se tomó el tiempo de desnudarlo con cuidado. Sus manos grandes y ásperas tiraron de la camiseta de Dean con una impaciencia que dejó la tela estirada. Los pantalones corrieron con la misma suerte: un tirón seco con el cual dejó sus piernas desnudas al descubierto.
En segundos ya estaba desnudo, tendido boca arriba sobre el asiento de cuero. La vergüenza le mordía la espalda, los muslos, las nalgas. Sus brazos, liberados por un momento, cayeron a los costados como alas rotas. Y encima de él, John seguía completamente vestido. Con su chaqueta vieja, con su camisa desgastada y con sus botas aún embarradas. Solo los pantalones bajados hasta medio muslo, el cinturón desabrochado, la cremallera abierta. Nada más.
Dean trató de relajarse. Realmente trató. Cerró los ojos e intentó irse a ese lugar al que su mente aprendió a huir cuando el cuerpo no podía seguir. Pero su corazón joven le golpeaba el pecho con tanta fuerza que creía que John podía sentirlo. El malestar en su entrada, ese ardor que aún no había cesado de la tarde. Y su mente, esa parte de él que aún no había aprendido a desconectarse del todo, le gritaba señales de peligro que ya no sabía si debía escuchar.
John se inclinó sobre él. Sus manos encontraron las caderas de Dean con esa familiaridad que venía de años de práctica, y las alzaron. Dean sintió el roce de la tela de la chaqueta de su padre contra su piel desnuda, la aspereza de los pantalones vaqueros contra el interior de sus muslos. John estaba vestido y él estaba desnudo, esa diferencia le hizo sentir más expuesto que nunca.
— Abre bien las piernas. — Ordenó John, y su voz era ronca, urgente.
Dean obedeció. Cerró los ojos con más fuerza y esperó.
Escuchó el sonido de John escupiendo en su propia mano, el roce áspero de su puño contra su miembro mientras se masturbaba frenéticamente unos segundos, asegurándose de que estuviera lo suficientemente lubricado, como si eso pudiera hacer alguna diferencia.
Luego sintió la presión, la punta de su padre presionando contra su entrada, buscando el camino que conocía desde que Dean tenía nueve años. Y entonces entró.
El dolor ya le resultó insoportable. No era el malestar que se había acostumbrado, el que aprendió a empujar a un rincón de su mente mientras su cuerpo hacía lo que tenía que hacer. Era algo peor. Era un tormento que le robaba el aire y ganas de llorar. Su recto que aún no se había recuperado de la tarde, ardió como si la estuvieran insertando un cuchillo al rojo vivo.
Su instinto actuó antes de que su mente pudiera procesarlo. Y su cuerpo, ése que había aprendido a quedarse quieto, a recibir, a callarse, de repente se retorció como un gusano que se disuelve con la sal. Se arqueó, intentó cerrar las piernas, alejarse, hacer cualquier cosa para que ese dolor cesara. Sus manos empujaron el pecho de su padre y sus piernas patearon el asiento, todo su ser era una sola súplica desesperada de que parara.
Pero John era más grande, más fuerte y lo había estado entrenando para esto desde los cinco años.
— ¡¿Qué haces?! — La voz de su padre llegó como un latigazo, un susurro cargado de ira que le heló la sangre. Su peso cayó sobre él, inmovilizándolo por completo — ¡Quédate quieto! —
El pánico le trepó por la garganta como una mano helada, apretándole el pecho, robándole el aire. John seguía dentro de él con su pene, duro e implacable, desgarrando el recto con cada pequeño movimiento. El sufrimiento fue tan intenso que creyó que iba a morir allí mismo, en el asiento trasero del Impala, con su padre encima y su hermano durmiendo en la habitación del motel.
No podía hablar ni pedir que parara, las palabras se quedaban atascadas, ahogadas por el llanto sin que pudiera controlarlo. Solo podía seguir luchando como un animal acorralado.
Sus piernas patearon el aire y sus brazos forcejearon contra las manos de su padre. Sus dedos se abrieron y cerraron como garras, buscando algo a lo que aferrarse, algo con lo que defenderse. Y en esa desesperación, logró morder el brazo derecho de John con todas sus fuerzas, haciéndolo sangrar. Logrando que John se detuviera.
Dean sintió que el peso sobre él dejaba de presionar, que las manos que lo sujetaban se aflojaban apenas. Abrió los ojos, y lo que vio en el rostro de su padre le heló la sangre más que cualquier cosa.
Ira, sí, pero también desconcierto. Una confusión genuina, como si John no pudiera entender por qué su hijo, su buen chico, el que siempre decía que sí, el que siempre se quedaba quieto, de repente se estaba rebelando. Como si años de condicionamiento fueran un contrato que Dean acababa de romper sin aviso.
Ese instante de desconcierto fue todo lo que Dean necesitó.
Con un movimiento que le arrancó un gemido de dolor, se separó de su padre. Sintió cómo el miembro de John salía de su interior con un chasquido húmedo, y cómo el vacío que dejaba seguía ardiendo. Pero no se detuvo, se arrastró hacia atrás como un animal herido que huye del cazador, escabulléndose por el asiento trasero con las manos temblorosas y las piernas que apenas le respondían.
Su espalda chocó contra la puerta trasera, rápidamente sus manos temblorosas buscaron la manija y forcejearon con ella. Al lograr abrirla el aire frío de la noche golpeó su piel desnuda. Y sin mirar atrás, sin pensar, sin nada más que el pánico animal que lo empujaba, salió del auto y se arrastró hacia la oscuridad.
Sus pies descalzos golpearon el suelo de la cochera y el cemento frío le raspó las plantas, pero no sintió nada. Solo el impulso de correr, de esconderse, de desaparecer. De llegar a la habitación donde Sam dormía y cerrar la puerta para nunca más salir.
Pero sus piernas ya no le respondían de ninguna forma. Cayó de rodillas, luego de manos, y se quedó allí, temblando, llorando, con la sangre goteándole entre las piernas y el eco de su propia rebelión resonando en su cabeza.
No sabía qué había hecho y tampoco sabía qué iba a pasar ahora. Solo sabía que por primera vez en años, su cuerpo había gritado antes de que su mente pudiera callarlo. Y que John, su padre, el hombre que lo había moldeado para ser obediente, lo había visto flaquear.
Naturalmente, su padre ya estaba frente a él, había salido del auto y ahora estaba frente a él, mientras que Dean yacía de rodillas, con las lágrimas cayendo a mares.
— Perdón papá... Perdón. — Alcanzó a decirle, bajando la cabeza — Pero no puedo... Me duele. Me duele mucho... No puedo más. — Dijo llorando, soltando todo lo que se había estado guardando.
Dean siguió rogando, sintiendo la mirada penetrante de su padre en la nuca, analizando todo desde arriba.
No recordaba cuánto tiempo le estuvo rogando y pidiendo perdón. Solo dejó de hablar cuando sintió la mano de John sobre su cabeza, acariciándole el cabello.
— ¿No puedes más? — La voz de su padre llegó desde arriba, y había algo en su tono que helaba la sangre. No era ira, sino una calma cínica, casi divertida — Bien. —
John se arrodilló frente a él y Dean sintió cómo el mundo se reducía a esa figura que ahora lo miraba desde abajo en la oscuridad, a esos ojos que lo evaluaban con la misma frialdad con la que evaluaba a una criatura antes de rematarlo. Una mano alcanzó su barbilla, obligándolo a mantener la vista en alto.
— No te preocupes. — dijo John, y sus dedos apretaron apenas, mientras que sus miradas chocaron.
La de John era fría, analítica. En cambio la suya estaba empañada por las lágrimas, rota.
— Pero si tú ya no puedes. — Continuó su padre, y cada palabra era un clavo que se hundía en su pecho — entonces Sammy quizás pueda hacerlo. —
El efecto fue inmediato. De pronto cualquier dolor que había sentido arder en su interior durante toda la noche, pasó a segundo plano, reemplazado por un malestar visceral en su pecho ante la simple idea de imaginar a Sam en su lugar. Su hermano pequeño con la cara aplastada contra el asiento, con las piernas abiertas, aprendiendo a callarse, sintiéndose como él se sentía.
— ¡No! — La voz le salió aguda, quebrada, mientras sus manos buscaban las botas de su padre, aferrándose al calzado gastado como si fuera lo único que lo mantenía a flote — ¡N-no! Yo p-puedo hacerlo... —
— Más te vale. — Dijo, exhaló un leve suspiro, satisfecho. La respiración de un hombre que siempre consigue lo que quiere.
Sus dedos se enredaron en el cabello de Dean, un gesto que parecía tierno, para luego agarrarlo con fuerza, tirando de él hacia arriba. Dean sintió cómo lo alzaban del suelo como si no pesara nada. Su antebrazo izquierdo fue tomado con una fuerza que ya conocía demasiado bien, para luego ponerse de pie en un movimiento brusco. Las piernas le flaquearon de inmediato, pero John no lo soltó, su agarre en el brazo era el único sostén que evitaba que volviera a desplomarse.
— Volvamos al auto. — Ordenó John, comenzando a caminar. Y Dean lo siguió como podía, arrastrando los pies descalzos, con cada paso siendo una batalla contra el mareo y el sufrimiento que ardía allá abajo.
La escena volvió a ser la misma. El cuero ya caliente del asiento contra su espalda, con el peso de su padre encima. Las piernas abiertas, los brazos a los costados. Rígido. Inamovible. Y cuando John volvió a penetrarlo, metiendo cada centímetro de su enorme pene. Sintiendo cómo su cuerpo, que ya había dado todo lo que podía dar, se abría otra vez. Sentía cada embestida, cada beso que le robaba el aliento, cada caricia demasiado fuerte que su padre le propinaba como una tortura. Su patético intento de huida solo había servido para alimentar la ira de John, y ahora lo pagaba con cada movimiento, con cada arranque de violencia contenido que se descargaba en su cuerpo.
Cuando John se cansó de esa posición, lo alzó como si fuera un muñeco. Dean sintió que el mundo daba vueltas mientras su padre lo llevaba al asiento trasero, donde había más espacio. Allí John se sentó en el medio, y antes de que Dean pudiera procesar lo que pasaba, ya lo tenía sobre su regazo, de espaldas a él.
La posición era perfecta. A John le encantaba ver su espalda huesuda, las piernas delgadas extendidas hacia arriba, bien abiertas, sostenidas por los muslos con manos que dejaban moretones. Como una muñeca sexual.
Dean sintió cómo el miembro de su padre volvía a entrar rápidamente, esta vez desde otro ángulo, y el jadeo de satisfacción de John resonó contra su nuca. Las paredes internas, ya resentidas, se abrieron otra vez, y John se tomó su tiempo al momento de empezar a penetrarlo, saboreando cada centímetro, sintiendo cómo lo envolvían.
— Bien. — Susurró John, y sus manos apretaron más las caderas de Dean.
Las penetraciones siguieron rápidas e implacables. Con cada embestida siendo un martillazo que le recorría desde la columna hasta la cabeza, que le arrancaba un gemido ahogado que se perdía en el rechinar leve del auto. John no tenía problemas en levantarlo y dejarlo caer sobre su miembro una y otra vez, usándolo como un objeto que podía manipular a voluntad. El aliento caliente chocaba contra su nuca, la tela rígida de la camisa rozaba su espalda desnuda, y abajo, en el punto donde su cuerpo se unía al de su padre, el dolor ahora se había vuelto el compás que marcaba el ritmo de su propia destrucción.
Dean cerró los ojos. Aún sabiendo que esta vez no habría desconexión. Que no habría ese lugar lejano donde su mente podía esconderse mientras su cuerpo hacía lo que tenía que hacer. Pero de todas formas lo hizo.
Con John moviéndolo, a veces sus ojos se abrían sin querer. Y veía una pared. No el interior del auto. Veía la pared de la habitación en donde se estaban hospedando actualmente. Su cabeza estaba palpitando, no entendía porqué estaba viendo esto si habían ido al auto, estaba seguro de eso. Pero ahora veía la pared del motel, el cuarto iluminado por un leve destello de luz neón que se filtraba por la ventana.
Quizás era otro recuerdo, uno más reciente. Su cerebro lo estaba arrastrando a otro momento, a otro lugar.
"Un recuerdo. Solo un recuerdo." Se decía, intentando tranquilizarse, a pesar de que él sabía que así no había terminado esa noche.
Cerró y abrió los ojos de nuevo, pero entonces ya no estaba sobre el regazo de su padre. De alguna forma, ahora yacía en la cama del motel, recostado en posición fetal con la vista fija en la pared. Con las sábanas ásperas le rozando su piel desnuda, su cuerpo doliendo, su cabeza palpitando.
Y detrás de él, alguien respiraba, alguien se movía, alguien seguía dentro de él.
Dean no entendía nada, había cerrado los ojos en el auto y cuando los abrió ya estaba en la cama. No recordaba el camino de un lugar al otro, a John levantándose, vistiéndolo, llevándolo de vuelta a la habitación. Pero ahora ya estaba aquí en la cama, con John usándolo otra vez.
Trató de calmarse, pues no era la primera vez que John lo tomaba en la madrugada allí mismo, con Sam durmiendo en la otra cama a solo unos metros. Ya conocía el protocolo y sabía lo que tenía que hacer, debía ser extremadamente silencioso, ahogar los gemidos en la almohada y quedarse lo más quieto posible.
Pero algo no estaba bien.
Incluso con su estado somnoliento, atontado por el golpe, confundido por la niebla que le nublaba la cabeza, Dean pudo notarlo. John estaba siendo muy imprudente, el choque de sus carnes eran demasiado ruidoso, y los movimientos eran muy fuertes, haciendo que la cama rechinara con cada embestida. Los jadeos silenciosos de su padre se filtraban en el silencio de la habitación, ásperos, entrecortados, casi como si no le importara que alguien pudiera escuchar.
Y Sam estaba al lado, durmiendo en la otra cama y con el ruido que estaban haciendo podía despertarse en cualquier momento.
El pánico se apoderó de todo su ser. Tenía que hacer algo, advertirle, hacerle saber de alguna forma que no podía actuar así, que era demasiado peligroso, que si Sam despertaba y los veía entonces todo se derrumbaría. Su familia tal cual como la conocía quedaría rota para siempre.
— N-no... Q-qué... ¿Qué haces? — Alcanzó a decir a duras penas. Su voz salió rota, apenas un hilo, tan débil que por un momento pensó que su padre no lo había escuchado.
Pero quizás con eso sería suficiente, solo una advertencia leve, un recordatorio de que Sam estaba allí y que por ende debían ser más cuidadosos.
— Shhhh. — El siseo le llegó desde atrás, desesperado. Casi como si su padre realmente creyera que estaba siendo silencioso, que el único problema era la voz de Dean, no el crujido de la cama o el ritmo de sus caderas.
Y entonces, antes de que pudiera protestar de nuevo, sintió cómo un brazo se cerraba alrededor de su cintura con una fuerza implacable. Apretándolo e inmovilizándolo contra un pecho. John parece que le leyó la mente, pues antes de que pudiera decir algo su mano derecha le tapó la boca.
John no le estaba haciendo caso, solo seguía siendo ruidoso, sus embestidas seguían haciendo crujir la cama, ambas respiraciones podían ser escuchadas en el silencio de la habitación. Sam podría despertar en cualquier momento a causa de ese alboroto.
El pánico, la conmoción, el aturdimiento, todo se mezclaba en su cabeza como un torbellino de pensamientos rotos. Ya no podía pensar con claridad al momento de distinguir el auto de la cama, el pasado del presente, o el sueño de la vigilia. Solo sabía que Sam estaba allí, a unos metros, durmiendo. Así que comenzó a forcejear.
No era un intento de escapar o de liberarse, solo era una acción desesperada de llamar la atención de su padre, de hacerle entender que no podía seguir así, que debía ser más cuidadoso, parar antes de que fuera demasiado tarde. Se movió bajo el agarre de John, retorciéndose, empujando, un intento completamente inútil de tomar el control de algo, de cualquier cosa.
Pero sus brazos apenas tenían fuerza, sus piernas no le respondían. Y su mente dañada por el golpe, atontada por la conmoción, confundida por la mezcla de sueño y vigilia, no estaba en condiciones de dar órdenes básicas. Estaba atrapado completamente a merced de su padre quien seguía moviéndose dentro de él, implacable.
Las penetraciones golpeaban su próstata sin piedad. Provocando que, de forma casi inconsciente, gimiera contra la palma que le tapaba la boca. Los gemidos se le escapaban sin que pudiera controlarlos, ahogados, lastimeros, mezclándose con el ritmo de las embestidas.
Dean ni siquiera era capaz de darse cuenta de algo tan básico como la diferencia de tamaño. Los dedos que le tapaban la boca eran delgados, jóvenes, sin los callos de alguien que ha tenido una vida como John. La mano que lo sujetaba era más pequeña, la palma más suave, sin cicatrices, sin la aspereza de quien ha matado durante décadas. Pero él no podía notarlo, no cuando el pánico nublándole el sentido común y el dolor perforándole el cráneo.
— Shhhh. — La voz volvió a llegar desde atrás, en un intento retorcido de calmarlo. Como si Dean fuera el problema, como si su inquietud fuera la única amenaza y no el sonido de la carne siendo golpeada o el crujir de la cama.
Pero Dean no podía calmarse. Estaba demasiado inquieto, demasiado asustado, demasiado roto ¿Cómo podría calmarse después de todo el ruido que estaban haciendo? ¿Cómo podría quedarse quieto cuando sabía que en cualquier momento su hermano podía despertar y verlo así, desnudo, vulnerable, siendo usado por su propio padre? Eso sí es que no los estaban viendo ya.
Simplemente le era imposible.
— P-apá... N-no... — Dijo, ya en un intento desesperado, completamente patético. Con su voz apenas siendo un murmullo — Me duele. — Agregó, con la tonta esperanza de que su padre tuviera clemencia. Con la ridícula ilusión de que esta vez, a diferencia de todas las anteriores, John lo escucharía.
A pesar de que no era la primera vez que le rogaba y a pesar de que John rara vez le había hecho caso. Dean esperaba que esta vez fuera diferente. Después de todo su padre ya se había preocupado cuando recibió el golpe que le provocó la conmoción, lo había vendado, lo había traído de vuelta a su hogar momentáneo, incluso le había dado la orden a Sam de cuidarlo, algo impensable pues ese era su deber; cuidar de Sammy, no al revés.
Pareció haber mostrado algo que se parecía a la preocupación ¿Por qué no podría preocuparse de nuevo? ¿Por qué no podía ver el alboroto que estaban haciendo?
Naturalmente, John no se detuvo.
Al contrario, sus caderas se movieron más rápido y sus embestidas se volvieron más profundas, más ruidosas, más brutales. Como si las plegarias de Dean fueran una provocación, un desafío a su autoridad, una prueba de que su hijo estaba olvidando su lugar y que John necesitaba recordárselo.
— Papá... Por favor... — Rogó otra vez. Su voz era quebrada, débil, apenas un susurro entre jadeos. Un lamento apenas audible que se perdía en la oscuridad de la habitación.
Naturalmente, John no le hizo caso y lo siguió penetrándolo sin piedad, dejando que Dean cayera en un pozo de desesperación que parecía no tener fondo. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, calientes e incontrolables, mezclándose con la fina capa de sudor que le cubría todo el cuerpo, el cual temblaba, sacudido por los espasmos del dolor, el placer y la humillación.
Y mientras caía, mientras se hundía en ese abismo oscuro, Dean no podía evitar pensar, dentro de sus limitaciones, con la niebla que le nublaba la cabeza, en las consecuencias. En lo que pasaría si Sam despertaba. En lo que pasaría si se enteraba. En lo que pasaría cuando todo esto terminara y tuviera que volver a mirar a su hermano a los ojos.
Todo por su culpa.
La idea rápidamente se instaló en su mente como un parásito, retorciéndose, alimentándose de su dolor. Porque nada de esto habría pasado si hubiera sido más precavido, si no se hubiera dejado golpear, si no hubiera permitido que ése hombre lobo lo lanzara contra el árbol. Si no hubiera sido tan débil, tan lento, tan inútil.
John lo estaba castigando por haberlo puesto en peligro, por haber dejado que el monstruo escapara, por haberlo obligado a dejar la cacería para venir a curarlo. Esta noche no era por deseo, era una lección. Una forma de recordarle que no podía fallar más, que no podía volver a ser débil. Que su dolor no importaba, que lo único que importaba era cumplir con lo que John esperaba de él.
— No soy papá. — Escuchó un susurro ronco detrás de él.
La frase flotó en el aire, atravesando la niebla de su conciencia por unos segundos; Debía ser una revelación importante, significar algo, hacerlo despertar, darse cuenta, entender. Pero Dean ya no daba más, su cuerpo estaba roto y su cabeza le palpitaba demasiado como para pensar.
Si era un extraño violándolo o si era su padre jugando a un tipo de roleplay extraño, le daba igual. Porque merecía ser castigado, había fallado, era débil y por lo tanto todo lo que le estaba pasando era su culpa.
Cerró los ojos, se aferró a esa idea, y dejó de luchar.
Si quien lo estaba usando seguía hablando, Dean no pudo escucharlo. Las palabras llegaban a él distorsionadas, como si vinieran desde el fondo de un pozo, mezclándose con el eco de los recuerdos que todavía le martilleaban la cabeza. Su cerebro cansado había decidido que cualquier mano que lo tocara en la oscuridad sería la misma mano de siempre. Y cualquier cuerpo que se moviera dentro de él era el mismo cuerpo de siempre porque así todo era más fácil.
Las embestidas se volvieron más intensas, confirmando sus pensamientos de castigo y culpa.
— Dean... —
Su nombre apareció entre jadeos, un susurro entre los jadeos descontrolados. Y por un instante, solo un instante, algo en su interior se removió. Era una voz más joven, temblorosa y familiar. Carecía de cualquier tono autoritario y delataba el goce que estaba sintiendo, la de alguien que no suele gozar de este placer, o que quizás nunca lo pudo disfrutar.
Sin embargo, antes de que pudiera formar ese pensamiento, la idea se desvaneció como humo.
Sintió los espasmos, y luego el semen caliente llenándolo por dentro, chorro tras chorro, una descarga obscena que llenaba su recto. Con cada latido siendo una declaración de propiedad y cada gota, una marca imborrable. Detrás de él, los jadeos de placer se mezclaban con su propia respiración entrecortada, con los sollozos que no podía contener y el crujido de la cama que seguía moviéndose.
Porque incluso después de haberse corrido, incluso cuando la sensibilidad comenzaba a ser demasiado, quien estaba detrás de él seguía embistiendo. Seguía golpeando ese punto que hacía gemir a Dean sin que pudiera controlarlo, como si quisiera que él también pudiera correrse. Por lo tanto seguía tomando, y tomando, y tomando.
Lastimosamente, no logró correrse.
Su cuerpo, ese mismo que había aprendido a responder a las manos de John desde los cinco años, que fue entrenado para sentir placer cuando no debería, que había traicionado su mente una y otra vez con erecciones y orgasmos, esta vez no lo hizo. No importaba cuánto golpearan ese lugar dentro de él, no importaba el ritmo desenfrenado de las embestidas, no importaba la mano que seguía moviéndose sobre su miembro. Su cuerpo estaba demasiado roto, demasiado cansado, demasiado estresado para responder con un final feliz.
Siguió con los ojos cerrados y se aferró a la oscuridad. Al menos ya todo estaba por terminar. El cuerpo detrás de él comenzaba a ralentizar sus movimientos, los jadeos se hacían menos frecuentes, el peso sobre su espalda se volvía más pesado, más letárgico. Pronto lo dejaría solo y podría descansar. Aunque solo fuera por unos segundos y aunque técnicamente llevaba casi todo el tiempo durmiendo, su cuerpo seguía agotado. Al menos podría cerrar los ojos sin sentir las manos de alguien sobre él.
La respiración en su nuca se fue volviéndose más lenta, y el miembro que aún permanecía dentro de él comenzó a ablandarse, resbalando hacia afuera con un último movimiento perezoso. Dean sintió el vacío, el calor que se iba, unas cuantas gotas de semen que comenzaba a escurrirse entre sus piernas. Pero no se movió ni abrió los ojos, solo esperó. Y luego, un silencio denso, pesado, que lo envolvió como una manta húmeda.
Dean se quedó inmóvil, escuchando su propia respiración, sintiendo los latidos de su corazón que poco a poco volvían a su ritmo normal. El dolor seguía allí, pulsando en su bajo vientre, ardiente en su entrada desgarrada. Pero al menos había terminado y ahora podía descansar.
El sueño comenzó a empujarlo hacia abajo, suave, tentador, prometiéndole un respiro. No quería luchar contra él, ni pensar en lo que había pasado. Solo quería desaparecer, flotar en la nada, no ser él por un rato.
Y cuando la oscuridad se volvió lo bastante profunda, cuando la inconsciencia finalmente lo reclamó, Dean volvió a caer. Perp no en el vacío o en la paz, sino en otro recuerdo. En otro momento que había pasado años tratando de enterrar.
Ahora tenía dieciséis años y estaba en un bosque con su padre, terminando de rastrear lo que podía ser un posible wendigo. El sol se filtraba entre los pinos, con el olor a tierra húmeda y hojas secas llenando el aire. Habían caminado durante horas, siguiendo rastros que al final no llevaron a ninguna parte. Y cuando ya no encontraron más pistas que seguir, John decidió que era hora de volver a casa.
Naturalmente, Dean sabía que no habían venido hasta aquí solo por un posible caso. Sabía que John siempre encontraba la forma de aprovechar la soledad del entorno, la distancia de la civilización, la ausencia de Sam.
Llegaron al Impala que estaba aparcado al borde del camino, con el metal oscuro brillando bajo la luz tamizada de los árboles. Dean se dirigió a la puerta del acompañante, pero antes de que pudiera abrirla, la mano derecha de John se posó sobre su nuca, deteniéndolo. Dean se volteó, y su padre de inmediato le plantó un beso en los labios, afianzando el agarre de su cuello.
Era un beso firme y húmedo. Una señal más que obvia de que no se iban a ir todavía.
Desde esa vez que había intentado huir de su padre con once años, y posterior a la amenaza de que si no tenía relaciones con él entonces Sam ocuparía su lugar, muchas cosas habían cambiado. No en el sentido de que John hubiera dejado de abusar de él, Dean sabía que su cuerpo seguiría siendo el territorio de su padre hasta que uno de los dos muriera, pero la forma en que John lo usaba había cambiado.
Ya no era tan violento. Aunque había noches en que la furia de John se desataba y Dean terminaba con moretones en el cuerpo, sangre en los muslos y lágrimas en los ojos. El dolor era infinitamente inferior al que había soportado cuando tenía once, diez, o nueve.
Ahora John le exigía que ejerciera un papel más activo al momento de tener relaciones; le permitía moverse, tocarlo, a veces hasta besarlo. Era todo lo contrario a lo que le había enseñado a hacer.
Dean solo podía hacer hipótesis mentales sobre por qué su padre ya no era tan duro al momento de tener sexo. No le preguntaba, por supuesto. Pero eso no evitaba que se pusiera a pensar.
Una parte de él, la más realista, la que había aprendido a leer a John como quien lee un libro abierto, creía que solo se debía a que su padre se estaba volviendo viejo. La andropausia le respiraba en la nuca, y John, como cualquier hombre atrapado en esa crisis silenciosa, necesitaba confirmarse a sí mismo que su descenso de testosterona no era un impedimento para hacer las cosas que quiere. Que aún podía ser el patriarca dominante. Que aún podía tenerlo, aunque ya no por la fuerza.
La otra parte de él, la más irracional, la que aún guardaba en algún rincón oscuro la esperanza de que su padre pudiera quererlo sinceramente, creía otra cosa.
Creía que después de verlo arrodillado en la cochera, rogando y llorando, John había sentido algo. No remordimiento, quizás, pero sí algo que se le parecía como una duda, un instante en que sus ojos se habían suavizado antes de volverse a endurecer.
Y Dean, en su necesidad desesperada de encontrar alguna explicación que no fuera "solo soy el objeto que mi padre usa cuando quiere." Prefería creer que John se había sentido culpable. Que verlo tan roto y vulnerable había despertado algo en él, algo parecido al cariño o al amor, que justificara por qué seguía ahí, por qué seguía abriendo las piernas y seguía diciendo que sí.
Era una mentira, lo sabía. Pero era la única que le permitía mirarse al espejo por la mañana y no darse asco, la única que le daba fuerzas para seguir adelante noche tras noche, abuso tras abuso, mientras Sam siguiera bajo el mismo techo que ellos.
Cuando John se acercó a su rostro y comenzó a besarlo otra vez. Dean cerró los ojos y movió los labios al ritmo que John le marcaba, imitando lo que su padre hacía, devolviendo cada caricia como un amante experimentado.
Pasó sus brazos alrededor del cuello de su padre en un gesto de intimidad y conexión. Sus piernas se enrollaron en la cadera de John, apretando levemente, para que pudiera sentirlo cerca.
John repartió más besos por su mandíbula, su cuello, sus clavículas, su pecho. Una mano se quedó apoyada en medio de sus pectorales, levantando la camisa, sintiendo los latidos de su corazón, mientras la otra descendía rápidamente hacia ambas entrepiernas. Su padre también se bajó los pantalones, liberando su miembro ya erecto, y lo juntó contra el de Dean, que solo estaba un tanto erecto.
La mano en su pecho subió hasta su boca, y Dean supo lo que tenía que hacer. Abrió los labios y comenzó a chupar los dedos de su padre rápidamente, humedeciéndolos con su saliva. Intentaba lubricarlos lo mejor posible, como John le había enseñado, como había hecho cientos de veces antes. Era un ritual húmedo y degradante que precedía a la penetración, y Dean lo ejecutaba con la eficiencia de quien lleva años haciéndolo.
Aflojó el agarre de sus brazos para comenzar a acariciar la cabeza y espalda de John. Su mano derecha recorrió el cráneo de su padre, mientras que su otra mano descendía por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Eran caricias que Dean tuvo que aprender a hacer para que John creyera que él también quería esto. Para que John no se enfadara. Para que John no buscara a Sam.
Al principio Dean prefería quedarse quieto, dejar que su padre hiciera lo que quisiera, pero John ahora aparte de una muñeca sexual quería un amante, así que no le quedó de otra que adaptarse. Y después de tantos años, Dean ya no sabía distinguir entre el deber y la realidad. Ya no sabía si las caricias que devolvía eran forzadas o si su cuerpo, después de tanto tiempo, había aprendido a quererlas. Solo sabía que John seguía moviéndose sobre él, que él seguía respondiendo, y que ya no había vuelta atrás.
John retiró la mano que estaba en su boca y la llevó directamente a la entrada de su hijo. Sin mucho cuidado metió el dedo índice, empujando hacia adentro con una brusquedad que hizo que Dean contuviera la respiración. Intentaba expandirlo lo más rápido posible, como si el tiempo se le acabara, como si preparar a Dean fuera solo un trámite antes de lo que realmente le interesaba.
Dean cerró los ojos e intentó relajarse. Trató de enfocarse en otra cosa, en cualquier cosa que no fuera ese dedo metiéndose en su culo. Intentó pensar en el placer, en esa sensación que a veces llegaba cuando John lo tocaba de cierta manera, en esa confusión que le hacía creer que quizás, solo quizás, no estaba tan mal. Pero el placer no llegaba. Solo estaba el dolor, la humillación, y la mano de su padre moviéndose dentro de él.
Mientras John lo penetraba con sus dedos, siguió tocándolo. Su otra mano recorría su pecho, su pene, sus muslos, acariciando con una lentitud que contrastaba con la urgencia de sus dedos. Había dejado de lado su propio placer, al menos por un momento. Hoy parecía dispuesto a satisfacer un poco más a su hijo, a darle algo antes de tomar todo lo que quería. Era algo rarísimo para Dean, y cada vez que John hacía algo así, lo confundía más.
No sabía si era un gesto de cariño, una estrategia para mantenerlo sumiso, o solo un capricho de su padre. Pero dolía más que cualquier otra cosa. Porque cuando John era "bueno", cuando lo trataba como si fuera algo más que un objeto, Dean no sabía cómo sentirse. No sabía si debía agradecerle, si debía odiarlo, si debía seguir fingiendo que todo estaba bien.
El ser abusado desde los cinco años ya lo tenía completamente confundido sobre su sexualidad. Provocando que no supiera realmente si le gustaban los hombres o las mujeres. No sabía si lo que sentía cuando John lo tocaba era placer o solo una respuesta automática de un cuerpo entrenado para eso. No sabía si las pocas veces que había estado con mujeres era porque realmente las deseaba o porque necesitaba demostrarse a sí mismo que podía ser "normal". Solo sabía que desde que inició su vida sexual con otras personas que no fueran su padre, siempre intentó entender lo que hacía. Intentó entender el primer abuso, incluso sabiendo que eso lo podría poner en riesgo de ser violado de nuevo. Intentó encontrarle un sentido a todo esto. Intentó encontrar un lugar en el mundo donde no fuera solo el hijo que su padre usaba.
Estaba perdido. Completamente perdido en un mar de incertidumbre sobre lo que era, sobre lo que le gustaba, sobre lo que quería. Y en medio de esa confusión, la presencia asfixiante de John era lo único constante. Sus besos, sus caricias, su forma de tocarlo, todo eso hacía que ya no le importara lo que le hiciera. Ya no le importaba el dolor, la humillación, la vergüenza. Solo le importaba ser elegido. Solo le importaba que John lo mirara, que John lo tocara, que John lo quisiera. Porque si John no lo elegía, se cansaba de él, entonces ¿Qué le quedaba? ¿Qué sentido tenía todo el dolor que había soportado? ¿Qué sentido tenía su sacrificio si al final terminaba siendo reemplazado?
Y él, Dean, haría todo por ser elegido. Ya no solo porque de él dependía la seguridad de Sam, sino porque sin su padre, no tenía nada ni nadie que llenara este vacío que sentía en su pecho.
Era lo único que le daba un propósito, porque si dejaba de ser el elegido, si dejaba de ser el que su padre usaba, entonces no sería nada. Solo un cuerpo vacío, un niño que creció demasiado rápido y un hombre que nunca aprendió a ser otra cosa.
— Mételo ya, papá. — Dijo Dean, volviendo a verlo. Su voz sonó segura, firme.
John soltó una leve risa y asintió con la cabeza. Esa risa, esa mirada de aprobación, ese pequeño gesto que decía "Buen chico" sin necesidad de palabras. Dean sintió algo caliente en el pecho, la satisfacción de haber cumplido con lo que John esperaba de él. La validación de haber sido un buen hijo, un buen amante, un buen objeto. Y esa sensación, esa migaja de aprobación, fue suficiente para que su cuerpo respondiera. Su miembro, que había estado semi erecto, ahora se endureció por completo.
Al instante sintió la punta del pene de su padre rozar contra su entrada. John se tomó un momento para masturbarse, pasándose la mano por su miembro varias veces hasta que el presemen comenzó a brotar, funcionando como lubricante. Y luego, finalmente, comenzó a entrar.
Dean cerró los ojos de nuevo, respiró hondo y relajó todos los músculos, como había aprendido a hacer desde los nueve años. Y su cuerpo lentamenre comenzó a ceder, a abrirse, a aceptar. Era como una respuesta condicionada después de tantos años de práctica.
Ambos jadearon en cuanto John logró meter su pene por completo. Dean por el esfuerzo y la incomodidad que sentía al tener el pene de su padre dentro sin lubricar apropiadamente, con esa sensación de ser llenado por la fuerza, de que algo extraño ocupaba un espacio que no le pertenecía. Y John por la estrechez que su hijo siempre tenía, ese calor apretado que lo envolvía y que, para él, era la prueba de que Dean siempre sería suyo.
Dean clavó las uñas contra el metal frío del capó, sintiendo cómo el dolor se mezclaba con la presión interna. Apretó sus piernas sobre la cadera de su padre, enganchándolo, inmovilizándolo. Era una forma sutil de decirle que no se moviera. Una súplica silenciosa
"Todavía no. No estoy listo. Dame un segundo."
Naturalmente, John no le hizo caso.
Se levantó, enderezando la espalda, y llevó ambas manos a las piernas que estaban enrolladas a su cadera y Dean no tuvo más opción que aflojar el agarre. John las juntó, las alzó, y las apoyó sobre sus hombros, dejando el trasero de Dean completamente expuesto, permitiéndole una mayor penetración.
Estando allí, de pie frente al capó, con el sol filtrándose entre los pinos y las piernas de su hijo enganchadas a sus hombros, John comenzó a moverse con lentitud. Disfrutando de lo apretado que estaba la cavidad, del calor que lo envolvía, de la forma en que su hijo se quedaba quieto, recibiendo, obedeciendo.
Dean suspiró al sentir las primeras embestidas, lentas al principio, profundas, estables. Como si John quisiera que lo disfrutara.
El viento movía los pinos, y el olor a tierra húmeda llenaba el aire. Pero Dean no sentía nada de eso, solo sentía a John dentro de él, las manos de su padre sujetándole las piernas y el metal todavía frío bajo su espalda.
Pronto su padre volvió a abalanzarse hacia él, aún con sus piernas sobre los hombros, penetrando de una forma más profunda si es que eso era posible. El pene de John finalmente encontró su próstata, rozándola, presionándola, y desde esa posición, siguió embistiendo con lentitud, permitiéndole a Dean asimilar el dolor poco a poco. No había una urgencia inmediata; solo el vaivén constante, el roce húmedo, el sonido obsceno de la carne siendo golpeada y la certeza de que John se estaba tomando su tiempo para disfrutar de cada centímetro.
Con su padre encima de él, con sus piernas elevadas y las embestidas dando en su punto dulce, era inevitable que los jadeos y gemidos escaparan de su boca. Dean los odiaba, esos sonidos que se le escapaban sin permiso, que llenaban el aire del bosque y que John celebraba con una sonrisa. Pero no podía controlarlos, cada parte de su cuerpo respondía a los estímulos, aunque quisiera permanecer mudo.
John siguió penetrando mientras metía su mano derecha en la entrepierna de Dean, acariciando de forma esporádica su miembro erecto. No era un movimiento constante ni rítmico, sino intermitente, casi caprichoso. Unas cuantas caricias y luego nada. Un apretón y luego nada. Como si John supiera exactamente cómo mantenerlo al borde, cómo sacar más de esos sonidos de la boca de su hijo, cómo alargar el momento antes de que Dean pudiera encontrar el alivio del orgasmo.
Dean sintió que la humedad en sus ojos aumentaba. No sabía si eran lágrimas de dolor, de frustración, o de esa confusión que lo carcomía desde los cinco años. Solo sabía que John seguía moviéndose dentro de él, que su mano seguía tocándolo, y que él seguía gimiendo.
John mantuvo un ritmo acelerado durante un largo rato. El sol se desplazaba lentamente en el cielo, filtrándose entre los pinos con una luz diferente, más oblicua, más dorada. Dean notó el cambio de posición, el alargamiento de las sombras, la forma en que la temperatura había descendido apenas unos grados. Habían pasado unas horas y él todavía estaba así, con John encima, con las piernas en los hombros de su padre, con el vaivén constante que se había vuelto el único ritmo de su existencia.
Su padre seguía embistiendo, a veces rápido para enloquecer a Dean, y a veces lento para recuperar el aliento.
Pero entonces, cuando el sol ya teñía el cielo de tonos anaranjados, John cambió. Dean lo sintió en la forma en que su respiración se volvió más agitada y en cómo sus manos se aferraron con más fuerza a sus piernas, en cómo las embestidas se volvieron más cortas, más urgentes. Estaba cerca, a punto de terminar.
Y entonces, John hizo algo que Dean no esperaba.
Su mano derecha, que había estado descansando sobre su cadera, se deslizó hasta la entrepierna de Dean y comenzó a masturbarlo frenéticamente. No las caricias esporádicas de antes, o el roce distraído mientras John se concentraba en su propio placer. Esto era diferente. Era rápido, insistente, como si John quisiera que ambos terminaran juntos.
Al mismo tiempo, John se inclinó aún más sobre él y acercó su boca a su pecho. La lengua húmeda, caliente, moviéndose en círculos alrededor de la aereola de su pezón, chupando con una intensidad que a Dean le provocó un escalofrío. No solía darle ese tipo de trato. John lo tomaba, lo usaba, y a veces, muy a veces, le daba alguna caricia distraída. Pero esto era diferente y por lo tanto, se sentía demasiado bien.
Dean se sintió aún mas perdido. Su cabeza, ya confundida por años de abuso, por la mezcla de dolor y placer, por la necesidad de ser elegido, no podía procesar lo que estaba pasando. Por qué John lo estaba tocando así. Por qué John estaba siendo bueno con él. Por qué su padre, justo cuando estaba a punto de correrse, se preocupaba por hacerlo terminar a él también.
Pero su cuerpo no esperó a que su mente entendiera. Las caricias frenéticas en su miembro, la lengua en sus pezónes, las embestidas que seguían golpeando una y otra vez. Todo se combinó en una explosión que le nubló la vista. Dean sintió que el orgasmo lo atravesaba como una ola, sacudiéndolo de pies a cabeza, arrancándole un gemido que se perdió en el aire del bosque. Su semen brotó de un disparo, manchando su propio estómago y la mano de su padre.
John llegó segundos después, con un gruñido ronco que escapó de sus labios mientras se hundía una última vez en Dean, vaciándose dentro de él con espasmos que parecían no terminar nunca. Dean sintió el calor del semen de su padre llenándolo otra vez, marcándolo desde adentro, recordándole que su cuerpo no le pertenecía.
Se quedaron así un momento, John respirando agitadamente sobre él, Dean mirando el cielo que seguía ahí, azul y despejado, como si nada hubiera pasado.
Luego, John se separó. Se subió los pantalones, se ajustó el cinturón, y se alejó hacia el costado del auto.
Dean se quedó allí, desnudo sobre el capó, con las piernas aún abiertas y el semen escurriéndose entre ellas. El metal ya no estaba frío pues su cuerpo lo había calentado. Se incorporó con movimientos torpes. Recogió sus pantalones del suelo y se los puso sin limpiarse, sintiendo cómo el semen de su padre se pegaba a la tela. Se subió al auto, se sentó en el asiento del acompañante, y miró por la ventana mientras el bosque comenzaba a deslizarse detrás de ellos.
Cuando todo terminó, Dean no recordaba haber estado soñando con otra cosa. Solo una oscuridad tan densa y profunda que ni siquiera podía ver sus propias manos frente a él. No sabía cuánto tiempo iba a estar en ese vacío, ni si esa marea negra era peor o mejor que revivir recuerdos traumáticos. Todo lo que quería era despertar, pero su cuerpo no estaba de acuerdo. Sus párpados pesaban como plomo, sus músculos se negaban a moverse, y la oscuridad seguía empujándolo hacia abajo, una y otra vez.
No fue hasta que sintió una presión potente en la vejiga que pudo abrir los ojos. La pared desconchada del motel apareció frente a él, y por un momento, solo un momento, el alivio lo inundó. No estaba en la oscuridad. No estaba en un recuerdo. Estaba aquí, en el presente, en la cama. Despierto.
Soltó un suspiro aliviado. Ahora solo necesitaba levantarse, ir al baño, hacer lo que tenía que hacer y volver a dormir. Pero entonces sintió el peso detrás de él. Un cuerpo pegado a su espalda, un brazo pesado rodeando su cintura, una respiración caliente contra su nuca.
Su padre. John. Estaban durmiendo juntos, abrazados en cucharita, como si fueran una pareja, como si lo que acababan de hacer horas antes fuera solo una forma de dormir, no una violación.
Dean cerró los ojos un momento. Sentía el calor del pecho de su padre contra su espalda, las piernas de John enredadas con las suyas, la mano grande y pesada descansando sobre su estómago desnudo. Era una pose íntima, casi tierna, la clase de abrazo que se dan los amantes después de hacer el amor. Pero Dean sabía que no era amor. Nunca lo había sido.
La mano de John apretó suavemente su cintura mientras dormía, un gesto inconsciente, y Dean sintió que el estómago se le revolvía. Quería apartarse. Quería levantarse. Quería salir de esa cama y no volver. Pero su cuerpo no le respondía. Estaba atrapado, como siempre, entre el peso de su padre y la pared, entre el deber y el miedo, entre lo que quería y lo que podía hacer.
Cerró los ojos otra vez. Sintió la vejiga presionando, insistiendo, recordándole que tenía que moverse. Pero no podía. No todavía. No sin despertar a John. Y si John despertaba, si John abría los ojos y lo veía intentando escapar, entonces todo sería peor.
Pero la alternativa de mearse en la cama era peor. La imagen de la orina empapando las sábanas, el olor penetrante que se quedaría pegajoso en la ropa, la humillación de tener que explicarle a John por qué había sido tan débil, tan inútil, tan incapaz de siquiera levantarse para ir al baño. Todo eso sería peor que cualquier dolor. Peor que cualquier miedo. Así que tuvo que tomar una decisión, incluso en su estado convaleciente, incluso con la cabeza hecha un lío y el cuerpo que apenas le respondía.
Dean no pudo soportarlo más cuando sintió que la vejiga comenzaba a quemarle. Lo que antes era una presión incómoda se había convertido en una urgencia desesperada, un ardor que le subía desde el bajo vientre y le perforaba la niebla espesa de su cabeza. Ya no podía pensar. Ya no podía esperar. Ya no podía quedarse quieto un segundo más.
Ya no importaba si John seguía allí, pegado a su espalda, su brazo pesado rodeando su cintura, su respiración caliente contra su nuca, como siempre después de una noche de sexo. Como si fuera su lugar. Como si Dean fuera un objeto que se usaba y se guardaba hasta la próxima vez. La necesidad era más fuerte que el miedo. Más fuerte que la vergüenza. Más fuerte que todo lo que había aprendido a soportar desde los cinco años.
Tenía que levantarse. Tenía que ir al baño. Tenía que hacerlo ahora.
Y con un esfuerzo sobrehumano, tuvo que apartar la mano que rodeaba su cintura.
El movimiento fue torpe y descoordinado, como si su cuerpo no le perteneciera del todo. Luego logró incorporarse, apoyándose en un codo, y el mundo se inclinó peligrosamente a su alrededor.
Pero no fue el mareo lo que lo golpeó primero, fue el dolor.
Un dolor agudo y punzante le recorrió el cuerpo desde el trasero hasta la nuca como una descarga eléctrica, un latido caliente y profundo que le recordó, antes que cualquier pensamiento pudiera formarse, lo que había pasado. Pero no era un dolor desconocido, solo era el mismo que llevaba acompañándolo desde que era un niño y aprendió que los juegos de papá podrían doler al día siguiente.
Dean contuvo un gemido lastimero, apretando la mandíbula con tanta fuerza que sintió crujir sus dientes. El dolor de cabeza ya era un compañero constante desde el golpe, un martilleo implacable en su cráneo, pero esto era la firma de John, la prueba física de que otra vez lo había usado.
Y lo había hecho con Sam en la otra cama.
Ese pensamiento le heló la sangre más que cualquier dolor. Sam había estado allí toda la noche. Escuchando. O peor aún, viendo. Y esa posibilidad, esa imagen de los ojos de Sam abiertos en la oscuridad mientras John hacía lo que siempre hacía, le provocó una náusea tan violenta que tuvo que taparse la boca para no vomitar.
Sea como sea, Dean ya estaba intentando pensar en cómo abordar la situación, cómo manejar lo que vendría, cómo limpiar los pedazos después de la explosión que seguro se avecinaba. Porque la sensación en su piel, esa humedad pegajosa que aún no se atrevía a revisar y el dolor punzante en su retaguardia, ese ardor profundo que conocía demasiado bien, eran pruebas suficientes de que John no había sido silencioso ni cuidadoso. Nunca lo era cuando el alcohol le quemaba la cabeza o la frustración le nublaba el juicio.
Y ahora Dean tenía que lidiar con las consecuencias, pensar en la cara de Sam al despertar, en las preguntas que tal vez haría, en el ira que seguro estaba germinando en su pecho contra John.
Porque Sam iba a querer matarlo. Dean conocía esa rabia contenida que a veces asomaba en sus ojos cuando John se pasaba de la raya. Si Sam había visto algo, si había entendido lo que realmente pasó anoche, no iba a quedarse callado e iba a querer justicia.
Sin embargo, todo eso pasó a segundo plano cuando giró la cabeza y vio quién estaba a su lado.
— ¿S-sammy? — La palabra escapó de sus labios como un hilo de voz, rota, apenas un susurro. El aire se atascó en sus pulmones y el pecho se le comprimió en una presión tan violenta, que por un momento pensó que iba a dejar de respirar.
Sam estaba allí, no John. Era Sam, su hermano pequeño, el que siempre había protegido, el que nunca había tenido que saber nada de esto. Ahora durmiendo a su lado como si fuera lo más natural del mundo.
El pánico comenzó a treparle por la garganta como una enredadera de hielo mientras su mirada pasaba a la cama de al lado, encontrándola vacía. Y su mente lenta, torpe, intentó encontrar explicaciones.
Nada de esto tenía sentido ¿John tuvo sexo con él y luego se fue? ¿Por qué? ¿Y por qué Sam estaba en su cama ahora? ¿Eso significaba que lo vio todo? ¿Oero por qué estaba durmiendo con él?
Dean no estaba pudiendo entender nada.
Si Sam estaba con él y John se había ido, ¿Eso significaba que habían discutido? ¿Que habían peleado? Si fuera así, tendría que haberse despertado en algún momento. Ellos ya eran bastante ruidosos cuando discutían por cosas pequeñas. Y por algo como esto, por lo que Sam podría haber visto, Dean esperaba que se hubieran intentado matar.
Pero no. Solo había dormido todo el tiempo. Sin interrupciones. Sin despertarse. Sin escuchar nada.
Tiene que haber algo que se le estaba escapando, alguna explicación que su cerebro golpeado no podía encontrar. Quizás John lo había usado mientras Sam dormía profundamente en la otra cama, luego se había ido por alguna razón. Y en ese lapso, entre que John se fue y el amanecer, Sam se despertó. Y quizás, ante la preocupación por su conmoción, ante el miedo de haberlo visto tan vulnerable, decidió dejar de lado su orgullo adolescente y meterse en su cama, como cuando eran niños.
Dean sabía que era ridículo lo que estaba imaginando. Sabía que las piezas no encajaban del todo, que había huecos que llenaba con suposiciones. Pero tenía que ser eso. Tenía que ser.
Porque la alternativa era demasiado horrible para considerarla.
Porque Sam no era como John, no lo quería de esa forma. Sam era su hermano menor, el que siempre había estado ignorante de todo esto. Sam nunca lo había mirado como John lo miraba.
Pero la necesidad de orinar era más urgente que cualquier crisis existencial, y con movimientos torpes, intentó llegar al borde de la cama. Se arrastró unos pasos sobre el colchón, haciendo todo lo posible por no hacer movimientos bruscos que lograran despertar a Sam. Su hermano seguro había pasado horas preocupado, esperando a que John volviera y lo último que necesitaba era despertar a causa de su torpeza.
Pero su cuerpo no cooperaba, ya que apenas logró sentarse en el borde, apoyando los pies en el suelo, el mundo dio un vuelco. Los mareos regresaron con furia, las náuseas le subieron por la garganta y la confusión nubló todo intento de pensar con claridad. Cuando intentó ponerse de pie, sus piernas no pudieron aguantar su propio peso.
Cayó de rodillas contra el suelo, un golpe sordo que resonó en el silencio de la habitación. Dean no supo a donde llevar su mano pues la cabeza le palpitaba tanto como su trasero, pero ningún dolor fue suficiente comparado con la vergüenza que lo inundó al escuchar el movimiento en la cama.
Sam se había despertado.
Dean quería llorar, quería hundirse en el suelo y desaparecer, no quería estar ahí, no así, no ser esta versión rota de sí mismo que ni siquiera podía ir al baño solo.
— ¿Dean? — La voz de Sam llegó entre confundida y somnolienta, seguida del crujir de las sábanas mientras se incorporaba — ¿Qué estás haciendo? —
Había un dejo de molestia en su tono, esa exasperación fraternal de siempre, la misma que usaba cuando Dean hacía algo imprudente pero que ahora no podía responder. No podía articular una palabra y solo intentó levantarse de nuevo, aferrándose al borde de la cama como si de ello dependiera su vida.
— Tienes que descansar. — Dijo Sam, más firme ahora, mientras se acercaba con cuidado — Vamos. —
Dean lo ignoró y dio un par de pasos tambaleantes antes de que sus piernas volvieran a fallarle, cayendo de rodillas otra vez, pero antes de que pudiera estrellarse del todo, sintió los brazos de Sam rodeándolo, sosteniéndolo, impidiendo que se desplomara por completo.
El contacto fue eléctrico, las manos de Sam en su costado, cerca de la cadera, justo donde John lo había sometido. Se sentía incorrecto
— ¿Quieres ir al baño? — Preguntó Sam, y su voz ahora sonaba diferente. Entre preocupada y suave — Déjame, te ayudo. —
Sam pasó su brazo derecho por el costado de Dean, rodeando su cadera con una familiaridad que debería ser natural pero que, por alguna razón que Dean no podía identificar, le erizó la piel. Con la otra mano, tomó el brazo sano de Dean y lo colocó detrás de su propio cuello, creando un soporte para que pudiera sostenerse.
— Así. — Murmuró Sam — Apóyate en mí... Vamos despacio. —
Dean asintió sin palabras, y se dejó llevar. Los pasos hacia el baño fueron lentos, torpes, como un camino de espinas donde cada movimiento era un esfuerzo sobrehumano para él, incluso con ayuda. Pero Sam estaba allí, sujetándolo, guiándolo, siendo un buen hermano.
Y Dean, en su confusión, en su dolor, en su negación desesperada, se aferró a esa idea con todas sus fuerzas. Sam era su hermano. Sam lo estaba ayudando. Sam no era como John y jamás lo sería.
Mientras caminaban los pocos pasos que separaban la cama del baño, Dean sintió algo que le heló la sangre y le quemó las mejillas al mismo tiempo.
El semen de su padre, ese líquido espeso y pegajoso que conocía demasiado bien, comenzó a chorrear fuera de su agujero. La sensación era inconfundible; un hilillo tibio deslizándose hasta manchar sus boxers, mezclándose con el dolor punzante que le recordaba, con cada paso, lo que había pasado mientras dormía.
Necesitaba un baño. Necesitaba agua. Necesitaba limpiarse.
Al entrar al baño, Sam lo guió hasta el inodoro y con su mano libre levantó la tapa del retrete, el plástico frío quedando al descubierto, y luego, con cuidado, ayudó a Dean a sentarse.
El impacto fue inmediato, ya que en el momento en que el peso de Dean recayó sobre sus nalgas, el dolor lo atravesó como un cuchillo caliente. Su cuerpo se tensó, un espasmo involuntario que le recorrió la espalda, y de sus labios escapó un gemido lastimero, agudo, quebrado. Un sonido que odió inmediatamente, que le quemó la garganta al salir, que le recordó lo vulnerable que era, lo roto que estaba, lo poco que le quedaba de ese orgullo que siempre había sido su armadura.
Bajó la cabeza y se mordió el labio inferior con fuerza, intentando ahogar cualquier otro sonido que pudiera escaparse, pero el daño ya estaba hecho. Había sonado débil y la vergüenza le quemaba las mejillas como un hierro al rojo, tiñéndole el rostro de un rojo que esperaba que Sam no pudiera ver en la tenue luz.
— Creo que será mejor si orinas sentado. — Sugirió Sam mientras lo soltaba, dando un paso atrás.
Dean, en otro momento y en otro estado solo se habría negado y hasta burlado sobre lo ridículo de la sugerencia. Pero ahora, con su cuerpo convertido en un campo de batalla donde cada músculo le dolía y cada movimiento le costaba un esfuerzo sobrehumano, con la necesidad urgente de orinar presionándole la vejiga y el semen escapándosele entre las piernas, supo que no tenía alternativa. En el estado en el que se encontraba, no podría mantenerse de pie el tiempo suficiente para hacer lo que necesitaba.
— Bien... Mierda... — Maldijo con un suspiro que le salió del alma, derrotado, vacío — ¿T-te importaría... N-no ver? —
La pregunta le salió entrecortada, apenas un susurro, mientras sus manos temblorosas comenzaban a bajarse los boxers. Ya no podía esperar más, la presión era insoportable y necesitaba soltarlo ya.
Sam asintió y se giró, dándole la espalda. Dean escuchó sus pasos alejándose un poco, haciendo espacio, respetando lo poco que quedaba de su intimidad.
Y entonces, finalmente lo dejó ir. El chorro de orina golpeó el agua del inodoro con un sonido que en el silencio de la habitación le pareció ensordecedor, mientras pequeños hilos de semen seguía escapándose, mezclándose, recordándole todo lo que quería olvidar.
Al terminar, Dean mantuvo la cabeza baja, la mirada fija en algún punto indefinido del suelo. No quería levantar la vista ni quería enfrentarse a nada, solo deseaba que todo terminara, que el dolor cesara, que el mundo dejara de dar vueltas a su alrededor.
Pero la sustancia pegajosa seguía allí, manchando sus nalgas, filtrándose entre sus muslos, recordándole con cada pequeño movimiento lo que había pasado, y se estaba volviendo insoportable, no solo la incomodidad física, sino lo que representaba.
No quería seguir durmiendo. No con esa sensación pegada a la piel. No con Sam pegado a él en la cama, aunque su hermano no tuviera la culpa de nada. Necesitaba agua. Necesitaba lavarse. Necesitaba, por un momento, sentir que podía limpiar todo lo que siente, aunque fuera de forma física.
Dean levantó la vista, buscando a Sam para pedirle ayuda. Y lo vio.
Fue solo una fracción de segundo, un instante pero lo suficiente para ver que los ojos de Sam estaban fijos en él.
En su cuerpo. En sus piernas. En el espacio entre sus muslos donde la ropa interior no le cubría.
No era la mirada de alguien que vigilaba por si se caía, parecía otra cosa, algo que Dean no podía procesar con su cabeza hecha un lío, pero que con su instinto reconoció inmediatamente.
Sam desvió la mirada al frente tan rápido que el movimiento fue demasiado obvio.
— ¿Q-qué miras? — La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera pensarla, confundido, molesto, con un dejo de ofensa que no podía ocultar.
— Nada, nada — Respondió Sam al instante, y su voz temblaba, nerviosa, demasiado rápida — Solo quería asegurarme de que... No sé. De que no te cayeras del inodoro o algo así. Perdón... —
Dean parpadeó y su cerebro, lento, torpe, procesó las palabras. Sam estaba preocupado, solo quería asegurarse de que no se cayera. Tenía sentido. Con el estado en el que estaba, con los mareos, con la torpeza, era lógico que Sam vigilara.
Y Dean le creyó, solo porque la alternativa era impensable.
— Bien... — Dijo al final, restándole importancia aunque por dentro todavía le ardiera la incomodidad de haber sido observado sin permiso. Aunque las razones de Sam fueran solo preocupación, seguía sintiéndose humillado y vulnerable.
Se subió la ropa interior con movimientos torpes, sintiendo la tela rozar la piel sensible, y soltó lo que necesitaba decir antes de que el valor lo abandonara.
— Me quiero bañar. — Dijo no como una sugerencia, sino como una necesidad.
— Sí. — Respondió Sam, y la palabra flotó en el aire un instante antes de que se girara y caminara hacia la ducha. Su mano apartó la cortina de plástico con un movimiento seco, el sonido de los ganchos raspando la barra oxidada resonando en el pequeño espacio.
Dean lo observó desde el inodoro, la cabeza todavía nublada por la conmoción, el dolor latiendo implacable en su cráneo y esa incomodidad pegajosa entre las piernas recordándole, con cada segundo, por qué necesitaba limpiarse.
Y mientras veía a Sam inclinarse sobre la bañera, Dean no pudo evitar preguntarse, por un instante demasiado breve para atraparlo, por qué su hermano lo había mirado así hacía un momento. Esa mirada que había sentido cuando le pidió ayuda para desvestirse.
Pero el dolor volvió a golpearle las sienes y el pensamiento se disolvió como humo.
Sam puso el tapón de la bañera en el desagüe, ajustándolo con un movimiento práctico. El agua comenzó a brotar de los grifos, caliente y fría a la vez, formando un remolino turbio en el fondo del esmalte amarillento. La cortina estaba descorrida, dejando ver cómo el nivel subía lentamente, arrastrando pequeñas burbujas de jabón residual de duchas anteriores.
Cuando el agua llegó a la mitad, Sam cerró los grifos y sumergió la mano, probando la temperatura con la punta de los dedos. Asintió para sí, satisfecho, y luego se giró hacia Dean.
Caminó hasta él, que seguía sentado en la tapa del inodoro, encogido, intentando ocupar el menor espacio posible. Sam le extendió una mano, inclinándose ligeramente.
— Ven, levántate. —
Dean miró esa mano un momento. La mano de su hermano pequeño, la que él había sostenido tantas veces para cruzar calles, para levantarse después de una caída, para guiarlo en la oscuridad. Ahora era él quien necesitaba que lo sostuvieran.
Extendió la suya, y sintió la facilidad con la que Sam lo levantó. Una fuerza tranquila, segura, que lo puso de pie sin esfuerzo. Dean se apoyó en él, el brazo de Sam rodeándole la cintura, guiándolo con la misma posición de antes.
Sam lo ayudó a sentarse en el borde de la bañera, sintiendo el esmalte frío contra la piel de sus muslos calientes. Y entonces, antes de que Dean pudiera procesarlo, las manos de Sam viajaron hacia sus boxers con una rapidez que lo sobresaltó.
— ¡¿Q-que haces?! — La pregunta le salió temblorosa, aguda, un tono que no reconocía en su propia voz.
Sam lo miró con una expresión que Dean no supo interpretar. Sus ojos brillaban de una forma extraña con la luz del baño.
— ¿Qué más voy a hacer, Dean? — Respondió, y su tono era ligero, casi juguetón, como si todo esto fuera un juego — No te vas a bañar con los calzones puestos. —
Dean sintió que la sangre le hervía. No era solo la situación, era ese tono, esa forma de hablarle como si esto fuera una broma, como disfrutara de su estado vulnerable.
— No, n-no... — Las palabras se atropellaron en su boca, mientras sus manos bajaban a detener las de Sam, que ya estaban estirando el elástico, a punto de deslizar la tela por sus caderas — Lo haré yo. —
El silencio se tensó. Las manos de Sam se detuvieron, pero no se apartaron del todo. Por el momento sus dedos siguieron allí, rozando la cintura de Dean, sintiendo el calor de su piel a través de la tela.
Sam lo miró a los ojos, y Dean vio algo en esa mirada que no pudo nombrar. Algo que lo hizo sentir, por un instante, como si fuera un animal observado por un depredador.
— Vamos, Dean. ¿Qué tiene de malo? — La pregunta de Sam llegó con ese mismo tono, esa ligereza juguetona que no encajaba con nada, que hacía que todo sonara a broma mientras el mundo de Dean se desmoronaba.
Sam se acercó un poco más. Su rostro estaba demasiado cerca, su aliento cálido rozando la cara de Dean, que seguía sentado en el borde de la bañera, encogido.
— Sammy... — La voz de Dean salió rota, quebrada, un hilo lastimero que apenas se sostenía. — Por favor... Q-quiero... Hacerlo... solo. —
Las palabras le costaban, con cada sílaba siendo una batalla contra el nudo en su garganta, contra el pánico que le trepaba por el pecho, contra el dolor de cabeza que no dejaba de martillear. Pero lo que realmente lo aterraba, lo que le helaba la sangre, era la idea de que Sam viera los restos de John en su ropa interior. Esa prueba de lo que había pasado, ese secreto que había guardado durante años.
Sam inclinó la cabeza, como un perro oliendo el miedo y sus ojos brillaron con una luz que Dean no reconocía.
— ¿Qué tienes? — Preguntó, y su voz había cambiado. Era más lenta, más deliberada, más perversa — ¿Pasó algo? — Hizo una pausa, saboreando las palabras — ¿Alguien te hizo algo? —
Dean sintió que la piel se le erizaba. Cada vello de su cuerpo se puso de punta como si hubiera recibido una descarga. Esa pregunta, ese tono, esa forma de decirlo no era una preocupación ingenua de un hermano menor. Era otra cosa, algo que no quería nombrar pero que lo aterraba hasta los huesos.
— Mierda, no... — Negó con la cabeza en un movimiento torpe y desesperado. — S-solo... necesito estar... Solo. —
Su voz temblaba como una hoja al viento, la respiración se le aceleró como el preludio de un ataque de pánico que sentía acumulándose en su pecho como una ola a punto de romper.
"Sam no puede saberlo. Sam no puede saberlo. Sam no puede saberlo." Se repetía mentalmente como un mantra.
Pero algo estaba mal en el tono de Sam, en esa sonrisa leve que flotaba en sus labios, en la forma en que sus ojos lo miraban como si fuera un animalito asustado. Era como si todo esto fuera un juego para él, un juego cuyo objetivo Dean no entendía pero del que sabía, con una certeza visceral, que él era la presa.
Las manos de Sam seguían sobre sus caderas, sobre su ropa interior, con los dedos presionando la tela, sintiendo el calor de su piel a través del algodón. Dean era consciente de cada punto de contacto, de cada milímetro donde los dedos de su hermano se hundían en su carne.
Y su mirada era una mirada intensa, pesada, que recorría su cuerpo desnudo de la cintura para arriba, que bajaba por su pecho, por su estómago, y se detenía en el borde de los boxers donde las manos de Sam descansaban.
Era una mirada que Dean conocía, pues ya la había visto demasiadas veces en la oscuridad, en los ojos de John cuando se acercaba a su cama. La había sentido en su piel, en su carne, en lo más profundo de su ser durante años.
Pero verla en los ojos de Sam, eso lo rompió por dentro.
— ¿A qué le tienes miedo, Dean? — La pregunta de Sam fue casi un susurro, íntimo, caliente.
Dean abrió la boca para responder, para decir cualquier cosa, para rogar, para escapar. Pero no tuvo tiempo.
En un movimiento rápido, Sam bajó su ropa interior de un tirón.
La tela se deslizó por sus caderas, arrastrándose hasta sus muslos, dejando su pene al descubierto. El aire frío del baño golpeó su piel sensible y Dean sintió que el mundo se detenía.
Quiso llorar. Quiso gritar. Quiso preguntarle a Sam por qué estaba haciendo esto, por qué lo miraba así, por qué sus manos no se apartaban y por qué su sonrisa se hacía más grande. Pero no salió nada, solo un silencio aterrador mientras su cuerpo no dejaba de temblar, con las lágrimas que comenzaban a acumularse en el borde de sus ojos sin atreverse a caer.
Sam lo sostuvo con una mano, firme, segura, y lo obligó a levantarse. Dean obedeció, porque no podía hacer otra cosa, porque sus piernas no le respondían y su voluntad se había deshecho como azúcar en agua. Sam retiró la parte trasera de la tela, la que aún cubría su piel, deslizando la prenda hasta sus pies. Luego volvió a sentarlo en el borde de la bañera con la misma facilidad con la que se maneja a un muñeco.
— Ya está. — Dijo Sam, mientras recogía la ropa interior de los pies de Dean y la tiraba lejos, a algún rincón del baño — Nunca pensé que te avergonzaras de algo como esto... —
La frase quedó flotando en el aire, ambigua, cargada de intenciones que Dean no quería descifrar. Sam se enderezó, tomó las manos de Dean y lo obligó a levantarse otra vez, guiándolo hacia la bañera.
Dean entró en el agua sin resistencia donde el calor de esta lo envolvió como un vago consuelo, pero no lo calmó, nada podía calmarlo. Porque su hermano lo estaba mirando con los ojos de su padre, y Dean no entendía nada, solo sabía que el miedo le llenaba los pulmones y que las lágrimas, finalmente, comenzaron a caer.
Algo se le estaba escapando ¿Quizás todo esto seguía siendo un sueño? Uno demasiado real. Intentaba engañarse así mismo de maneras que si hubiera estado en otro estado, le habrían parecido ridículas.
Pero tenía que ser eso, porque su hermano no era así y jamás lo habría tratado de esta forma.
"Quizás esta poseído, quizás pudo haber caído bajo el hechizo de una bruja, quizás, quizás, quizás..."
— Sammy... Por favor... Ya basta. — La voz le salió quebrada, mientras sus manos temblorosas se aferraban a los bordes de la bañera como único anclaje en medio del mar de caos que lo rodeaba.
Rogó una vez más, esperando, suplicando, que su hermano se levantara, se girara y lo dejara solo. Pero Sam no le hizo caso, por el contrario, se arrodilló junto a la bañera con una calma que helaba la sangre. Se acomodó sobre las baldosas frías, buscando estar más cómodo, como quien se prepara para una tarea larga y placentera. Con movimientos pausados, se arremangó las mangas de ambos brazos hasta los codos, dejando sus antebrazos al descubierto. Luego tomó la botella de shampoo barato que yacía en el borde, aplicó una generosa cantidad en su palma y sin pedir permiso, la llevó a la cabeza de Dean.
Dean sintió el contacto de esos dedos en su cuero cabelludo y otro escalofrío le recorrió la espalda. Las manos de Sam, las mismas que habían sostenido las suyas cuando era niño, ahora lo tocaban de una forma que no supo interpretar. Su mente, aturdida ya no solo por el golpe, sino también por el miedo, intentaba procesar demasiadas cosas a la vez.
— Sé que te sientes mal por todo esto, Dean. — dijo Sam mientras comenzaba a frotar, sus dedos hundiéndose en el cabello mojado, masajeando con una lentitud que bordeaba lo sensual. Las burbujas blancas comenzaban a formarse, a resbalar por su frente y nuca — Pero debes calmarte... Si no, será peor para ti. —
La advertencia flotó en el aire, ambigua, cargada de intenciones que Dean no pudo descifrar. Pero algo en su interior, se encendió como una alarma.
"Un demonio. Tiene que ser un demonio."
Con la mente nublada pero el instinto alerta, Dean trató de mantener la calma mientras sus pensamientos galopaban en busca del agua bendita. Si el demonio quería jugar con él, no tendría otra opción que seguirle el juego mientras esperaba el momento perfecto para atacar, solo esperaba que su padre llegara antes para poder ayudarlo, porque la hazaña de exorcisar a Sam en este estado sería casi imposible para él.
Sam terminó de lavar su cabeza con movimientos meticulosos, casi tiernos. Luego juntó agua con ambas manos y la dejó caer sobre el cabello de Dean, una y otra vez, enjuagando hasta que no quedó rastro del shampoo. Sus dedos se deslizaban por su nuca, por sus orejas, por la línea de su mandíbula, como si cada contacto fuera un pequeño tesoro que quería preservar.
Luego tomó una esponja, de esas de plástico barato que venían de cortesía en el motel. Aplicó un poco del jabón líquido genérico, el mismo que olía a todos los moteles, a todas las duchas, a toda su vida nómada. La mojó, la estrujó hasta que la espuma comenzó a formarse y comenzó a frotarla en los hombros.
— Ahora el cuerpo. — Murmuró Sam, y antes de que Dean pudiera procesar siquiera las palabras, la esponja ya estaba recorriendo sus hombros.
El cuerpo de Dean se tensó como un cable a punto de romperse. Cada fibra, cada músculo, cada terminación nerviosa le gritaba que algo estaba mal, muy mal. Pero su cerebro, ese motor averiado que apenas podía mantenerlo consciente, no lograba procesar la información con la rapidez necesaria. Las órdenes de huir, de gritar, de defenderse, llegaban tarde, siempre tarde, como mensajes enviados a una dirección equivocada.
Intentó no perder la calma. Intentó seguirle el juego al demonio. Porque tenía que ser un demonio. Tenía que serlo. Dean había visto suficientes posesiones, suficientes criaturas retorcidas usando rostros humanos, como para saber que a veces lo único que podías hacer era esperar el momento adecuado.
El demonio parecía más que feliz de solo bañarlo, por ahora. Seguramente tenía alguna fijación rara con cuidar bien a sus víctimas antes de matarlas. No sería la primera vez que Dean veía algo así, demonios jugando con su comida, saboreando el momento y alargando el terror.
Sam siguió pasando la esponja por su espalda, bajando lentamente por su columna, trazando un camino que a Dean le erizó cada vello del cuerpo. Luego subió por los antebrazos, por el cuello, con una paciencia que resultaba más aterradora que cualquier violencia explícito, hasta que llegar al pecho.
Allí se detuvo solo unos segundos. Una pausa breve casi imperceptible. Pero Dean incluso en su estado de niebla, con el martilleo constante en su cráneo y la confusión nublando cada pensamiento, lo notó. Lo sintió en el cambio de temperatura, en la forma en que la respiración de Sam se detuvo, en esa pequeña eternidad donde nada se movió.
Miró de reojo, apenas un giro de cabeza, y sus miradas chocaron.
La de Sam era una mezcla imposible de descifrar. Como ternura y perversión mezcladas en partes iguales, brillando en sus ojos con una intensidad que a Dean le heló la sangre. Sintió un escalofrío tan profundo que le recorrió el cuerpo entero, y por un instante, el impulso de salir corriendo se apoderó de él.
Pero era ridículo ¿Cómo podría hacerle frente a esta situación? ¿Cómo podría huir de Sam? Su cerebro, ya de por sí dañado, se negaba a aceptar la realidad que tenía frente a sus ojos.
Sam bajó la vista y pasó la esponja sobre el pecho de Dean, tallando con delicadeza cada pectoral en movimientos circulares, lentos, deliberados. Dean dio un respingo cuando la esponja rozó sus pezones una y otra, y otra vez. Sam no dejaba de pasar por ahí, insistiendo en esa zona con una fijación que a Dean le provocó náuseas.
— Parece que eres muy sensible ahí. — Dijo Sam, repasando la zona con esa misma sonrisa de disfrute y esa mirada perversa.
Dean cerró los ojos con fuerza tratando de mantener la calma. Intentó pensar qué se suponía que debía hacer. Pero luego, cuando sintió la mano de Sam descendiendo por sus abdominales rápida e implacable bajando hasta llegar a su vientre bajo, hasta rozar la piel justo donde comenzaba su entrepierna.
Dean ni siquiera fue capaz de detenerla a tiempo.
Su cuerpo reaccionó con un espasmo, en un intento tardío de protegerse, de cerrarse, de huir. Pero Sam ya había llegado, ya había tocado, ya había cruzado esa línea que Dean ni siquiera fue capaz de imaginar.
— Mi culpa. — Se disculpó Sam, con una sonrisa que no pedía perdón — Se me resbaló. —
Y volvió a los abdominales, como si nada. Pasando la esponja por los laterales, por las axilas, por lugares que deberían ser neutros pero que ahora, después de ese roce ya no lo eran.
Dean se quedó allí paralizado, con el corazón golpeándole las costillas y las lágrimas calientes rodando por sus mejillas. Su cabeza dolía, su cuerpo dolía, su alma dolía. Y en este estado, solo podía desear que todo esto fuera una pesadilla.
Al terminar de tallar cada centímetro de su piel, Sam dejó la esponja a un lado y abrió el desagüe. El agua comenzó a vaciarse lentamente mientras abría la ducha, dejando que el agua limpia corra por todo el cuerpo de Dean, arrastrando la espuma, dejando su piel al descubierto otra vez. Dean se dejó hacer, inmóvil, con la mirada perdida en algún punto de la pared, contando los segundos para que todo terminara.
Sam cerró el grifo de la ducha, y el silencio cayó sobre ellos como una losa.
— Vamos. — Dijo Sam, tendiéndole la mano — Hay que secarte. —
Dean la tomó sin fuerzas para negarse, y Sam lo levantó con esa facilidad que tanto le perturbaba. El agua resbalaba por su cuerpo, goteando al suelo, y Dean sintió el frío del aire en la piel. Dio un paso para salir de la bañera, tambaleándose, y fue entonces cuando Sam lo hizo sentarse de nuevo en el borde de la bañera, con su rostro quedando a la altura de la entrepierna de Sam.
Y vio un bulto grande, evidente e imposible de ignorar. La tela de los pantalones de Sam se tensaba contra una erección que no dejaba lugar a dudas. Dean sintió que el mundo se detenía, que el aire se le escapada de sus pulmones y que su cerebro, ya de por sí dañado, se dañaba más por lo que estaba viendo.
Apartó la vista inmediatamente, bajando la cabeza como un perro castigado. Las ideas se atropellaban en su mente, chocando entre sí, negándose a formar una decisión coherente.
"Es un demonio. Solo es un demonio. Los demonios son así, perversos, enfermos, ruines."
Dean se aferró a esa explicación con una desesperación que le quemaba el pecho. Había visto demonios hacer cosas horribles, disfrutar del dolor ajeno, retorcerse con el sufrimiento de sus víctimas. Esto era igual, tenía que ser igual, el demonio estaba usando el cuerpo de Sam, excitándose con lo que le hacía, con su vulnerabilidad, con su miedo.
No podía ser otra cosa.
Dean apretó los ojos con fuerza, sintiendo las lágrimas calientes escaparse otra vez.
"Ése no es Sam. No es Sam. No es Sam."
La frase golpeaba en su cabeza con cada latido, con cada martillazo en sus sienes. Porque tenía que ser cierto. Tenía que ser un demonio. Los demonios son así: perversos, enfermos, encontrando placer en las cosas más horribles.
Al menos una cosa era segura para él, una certeza a la que se aferraba como un náufrago a una tabla en medio del océano: Esta cosa no era Sam.
Su hermano se alejó en busca de una toalla, con sus pasos resonando en el silencio asfixiante del baño. Dean se quedó allí sentado en el borde de la bañera, el agua goteando de su cuerpo, la piel erizada por el frío y el miedo, solo podía esperar.
Sam volvió con una toalla raída y la colocó sobre los hombros de Dean con una ternura que helaba la sangre, y comenzó a secarlo. Primero la cabeza, frotando el cabello con movimientos que querían ser fraternales pero que escondían otra cosa. Luego la parte superior del cuerpo, los hombros, el pecho, la espalda.
Dean sintió que el estómago se le revolvía cuando Sam se arrodilló frente a él. Quedó a la altura de su entrepierna, con la toalla en sus manos y la mirada fija en el lugar que Dean más quería ocultar.
— No... — La negación escapó débil, quebrada, apenas un hilo de voz. Dean negó con la cabeza mientras cerraba las piernas con fuerza.
— Vamos, Dean. — Dijo Sam con un tono que quería sonar cansado, paciente, como si fuera él quien estuviera haciendo un esfuerzo — ¿No quieres descansar? Es más rápido así. —
Pero su cara no mostraba fatiga, sino otra cosa. Esa sonrisa leve, esos ojos brillantes, esa forma de mirarlo como si fuera un banquete.
Sam abrió sus piernas con calma, como quien tiene todo el tiempo del mundo. Pasó la toalla por sus genitales húmedos, secando con movimientos que deberían ser prácticos pero que se demoraban, que repasaban, que sentían. Dean cerró los ojos, no podía mirar, así como tampoco podía dejar de temblar.
Luego bajó a los muslos, a las piernas, a los pies. Sam lo secó todo con una paciencia que a Dean le resultaba más aterradora que cualquier violencia. Porque no era rápido ni funcional, era un recorrido, como si estuviera aprendiendo su cuerpo de memoria.
Dean se sintió como una muñeca, un objeto inanimado al que pueden mover y tocar sin que importe lo que sienta.
— Bueno, ya estás. — Dijo Sam, dejando la toalla a un lado con un movimiento despreocupado — Ahora vamos a cambiarte ¿Sí? —
No esperó respuestas, solo salieron del baño con Dean caminando como un autómata sostenido por Sam, sintiendo cada paso como una pequeña muerte. La habitación estaba oscura, pero la luz del baño proyectaba un rectángulo tenue que permitía ver algo más. Dean se sentó en la cama, desnudo, sintiéndose como un pedazo de carne en un mostrador.
Sam se alejó hacia el armario en busca de ropa y Dean miró a su alrededor con desesperación, buscando algo, cualquier cosa. Su vista se detuvo en la mesita de noche, en el pequeño cajón de madera barata. Algo en su interior, ese instinto de cazador que ni la conmoción había podido apagar del todo, le dijo que allí podía haber algo.
Se abalanzó sobre la mesa con la torpeza de quien no controla su cuerpo. Sus dedos encontraron el cajón, lo abrieron, y allí, como un milagro, una pequeña botella de agua bendita, rápidamente lo tomó con manos temblorosas y destapándola al instante.
— ¿Qué estás haciendo? — La voz de Sam llegó desde atrás, teñida de un tono jocoso que a Dean se le clavó en la nuca como un cuchillo.
Al instante se giró y sin pensar, sin plan, sin nada más que una desesperación infinita, roció el contenido de la botella sobre Sam.
El agua cayó sobre el rostro y ropa de Sam, quien parpadeó levemente, sorprendido, luego miró a Dean con una expresión que no supo descifrar. Una mezcla de diversión y algo más oscuro.
Dean esperó los gritos, esperó el humo, esperó a que el demonio dentro de su hermano se retorciera de dolor.
Pero no pasó nada.
Sam se limpió una gota que resbalaba por su mejilla con el dorso de la mano, sin prisa ni dolor, miró la mancha húmeda en su piel y luego volvió a mirar a Dean.
Y sonrió.
Dean sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies, el corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que creyó que iba a romperse. Las ideas chocaban en su cabeza sin formar nada coherente.
— ¡¿P-por qué?! — La voz le salió estrangulada, aguda, rota — No e-entiendo... Qué... Qué... —
Balbuceaba como un niño, con las palabras atropellándose, incapaz de formar una frase con sentido. Su mirada saltaba de la botella a Sam, y de Sam a la botella, buscando una explicación, una grieta, algo que le permitiera entender que había hecho mal.
Sam lo observaba con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito. Inclinó la cabeza, como un lobo observando a su presa, y dijo con una sonrisa enorme en su rostro;
— ¿En serio creías que estaba poseído? —
Las palabras cayeron como una sentencia. Dean sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, que el aire se volvía sólido, que todo lo que había sido cierto hasta ese momento se desmoronaba en pedazos.
No era un demonio, nunca lo fue. Era Sam. Su Sammy.
El niño al que había protegido con su propio cuerpo durante años. El hermano pequeño que siempre le había mostrado amor sincero. El único ser por el que había valido la pena soportarlo todo.
Y ahora lo estaba mirando con los ojos de John.
Dean sintió que algo se rompía dentro de él de forma irreversible. Y no supo si las lágrimas que rodaban por sus mejillas eran de miedo, de dolor o de la certeza horrible de que, por primera vez en su vida, estaba completamente solo.
Sam se agachó frente a él, y con esas manos que Dean había sostenido las suyas para cruzar calles, que lo habían ayudado a levantarse después de caídas, ahora lo sujetaban por las muñecas con una fuerza que no debería tener.
La botella de agua bendita rodó por el suelo, alejándose, inútil.
Dean seguía siendo presa del pánico. Su respiración ahora era un torbellino incontrolable, pequeños jadeos que se escapaban sin permiso, mientras sus ojos, vidriosos y desenfocados, solo podían fijarse en una cosa: el bulto en el pantalón de Sam, una protuberancia obscena que no podía ignorar, que le gritaba lo que su cerebro se negaba a aceptar. Más peligroso que cualquier que cualquier arma o que cualquier monstruo que hubiera cazado.
— Sammy... — Su voz salió aturdida, perdida, como la de un niño que se ha despertado en medio de una pesadilla y no entiende que está pasando.
— Sé que tienes miedo, Dean. — Sam se acercó más. Su aliento, caliente y familiar, chocaba contra el rostro de Dean — Lamento tanto que las cosas hayan resultado así... — Hizo una pausa, sus ojos recorriendo cada rincón de la cara de Dean con una intensidad devoradora — Pero no pude evitarlo. —
— ¿Q-qué quieres d-decir? — Preguntó con la voz rota, intentando comprender las palabras de Sam.
Sam soltó una de sus muñecas y acarició su mejilla con una ternura que resultaba más aterradora que cualquier demostración de violencia.
— ¿Sabes cuánto tiempo te he deseado? Años, Dean... Años mirándote, escuchándote gemir con él, imaginando que era yo. Años enterrando mi cara en tu ropa en el baño, oliéndote, masturbándome con tu ropa interior mientras tú dormías al otro lado de la puerta sin saber nada. —
Dean parpadeó, las palabras entrando en su cerebro como fragmentos de vidrio. Con cada frase siendo un corte nuevo, una revelación que no podía procesar.
— Cuando te quedaste dormido después de que papá se fuera... Yo... Simplemente no podía dejar pasar la oportunidad. Estabas ahí, vulnerable... Y cuando te toqué, cuando entré en ti... — Sam cerró los ojos un momento, una sonrisa de éxtasis cruzando su rostro — Fue lo mejor que he sentido nunca. Me pertenecías. Por fin me pertenecías. —
Dean sintió que algo se rompía dentro de él. No era el martilleo en su cabeza o el dolor en su cuerpo. Era otra cosa, más profunda y definitiva. Las palabras de Sam seguían llegando, pero empezaron a sonar lejanas, como si hablara desde el otro lado de un túnel.
— Y ahora que te probé no puedo volver atrás. No quiero Dean. De ahora en adelante, quiero que seas mío también. —
Dean lo miró y vio los labios de su hermano moverse, vio la pasión en sus ojos, vio la obsesión retorcida que los iluminaba. Pero ya estaba demasiado cansado como para escucharlo. Y su mente simplemente ya no aguantó más, se fue hacia arriba, hacia algún lugar donde las palabras no alcanzaban, donde las manos no podían tocar, donde el dolor no existía. Desde allá arriba, podía ver a Sam, arrodillado frente a él, hablando, gesticulando, poseído por una pasión que ya no llegaba a Dean.
Por otra parte, Sam apoyó la frente contra la suya, un gesto íntimo que Dean observó como si fuera una película de terror.
— ¿Entiendes? — Susurró Sam — Ahora eres mío. Como siempre debiste serlo. —
Dean no respondió, sus labios permanecieron sellados mientras que sus ojos aún seguían abiertos, abiertos pero vacíos, mirando a través de Sam, a través de la pared, a través de todo.
