Chapter Text
Adam era selectivo con quien se acostaba.
No es como que se privara de tener sexo, todo lo contrario. Siempre y en cualquier lugar encontraba decenas de chicas que se le aventaban encima con descaro, desesperadas por ser elegidas para subir a la lujosa camioneta del músico y tener la noche inolvidable que tanto deseaban.
Los requisitos no eran sobrenaturales, ni siquiera eran exigentes. Lo único que buscaba en una chica era que fuera linda y discreta. Discreta porque, bueno es obvio, no quiere acostarse con alguien que se la pase alardeando al respecto con cualquiera; y linda porque, en caso de que no supiera callarse la puta boca, al menos todos se enterarían de que se acostó con un bombón en potencia.
Su mánager, Lute, le aconsejaba con insistencia que fuera más precavido. Una noche de pasión con la persona equivocada y los paparazzi tendrían material para comer durante meses. No hace falta aclarar que Adam nunca escuchaba; su ego era demasiado alto como para nublarle los oídos ante la aparente paranoia de su amiga.
¿Una mujer beta queriendo decirle qué hacer? Qué tontería.
Ella siempre le replicaba que si no iba a escucharla, no la hubiera contratado en primer lugar, al menos no para ejercer el cargo que Adam le impuso.
Una situación que ejemplifica la actitud confiada de Adam es, precisamente, la actual; Lute le dijo que no saliera de fiesta hoy, en especial por estar en una ciudad sobre transitada donde es obvio que causará un alboroto, pero a él le importó una mierda y salió a embriagarse.
Las luces parpadeantes le taladran las pupilas, pero aun así puede apreciar el cuerpo de la chica que tiene encima, probablemente porque ya está adaptado a este ambiente. Ella mueve las caderas y sonríe coquetamente para él, pero parece esforzarse demasiado, exactamente igual que las otras chicas con las que Adam se ha acostado.
El humo en la habitación está empezando a acumularse tanto que lo sofoca un poco, por lo que decide salir a tomar un poco de aire fresco antes de empezar a descubrir a dónde lo llevarán las curvas de la chica que se baja de su regazo para dejar que se aleje.
Adam logra abrirse paso por las escaleras hasta la puerta trasera del bar. Ha descubierto que la forma más sencilla de evitar que lo reconozcan es simplemente no alzar el rostro, o bueno, eso es lo que ocasionalmente le funciona cuando le da pereza esforzarse en ocultar su identidad.
El ambiente cambia completamente en cuanto pone un pie afuera; el aire es menos pesado, las luces se ven lejanas y le permiten relajar la vista, la oscuridad del callejón le da la falsa sensación de privacidad que buscaba. Irónicamente, tiene la necesidad de prender un cigarro, sintiéndose ocioso.
Justo cuando el humo comienza a quemarle la garganta, escucha una voz desearle buenas noches, con un tono aterciopelado que lo hace voltear.
Ve a un hombre sonreírle desde el otro lado del callejón, lo suficientemente lejos como para que no pudiera reconocer sus facciones, pero lo suficientemente cerca como para identificar características notables. Es moreno, delgado y tiene una sonrisa que brilla incluso bajo la mala iluminación. Viste elegante, como si hubiera acabado de salir de una cena elegante y se hubiera perdido en la inmensidad de Chicago.
Adam corresponde la cortesía, el humo se escapa de su boca al hablar y llena el ambiente de forma vaga. Cuando ve al chico acercarse, se prepara para que este le pida un autógrafo, pero eso no pasa.
“¿Sería tan amable de darme luz?”, pregunta Alastor mientras desliza su último Marlboro rojo fuera de la cajetilla. Adam se desconcierta por la petición, pero llega a la conclusión de que este hombre probablemente solo es decente y por eso no lo reconoció.
Nuevamente saca su encendedor, aprovechando la iluminación de la llama para observar los rasgos finos del desconocido, quien le devuelve la mirada, ocasionando que sus ojos se encuentren.
La cara de Alastor sigue iluminada incluso después de que el encendedor se apague, o al menos así es a los ojos de Adam, pues no tiene otra explicación para el hecho de que aún pueda detallar el rostro del moreno. No pierde de vista su expresión, su sonrisa sedosa ni sus ojos que parecen brillar con un toque de coquetería.
Adam nunca antes había encontrado guapo a un hombre, pero este es jodidamente lindo. No, lindo no; atractivo. Todo él es un foco de atracción; tiene un aura seductora que te obliga a no apartar la vista.
O alguien puso algún tipo de droga en su trago y por eso tiene la cabeza tan revuelta, sí, probablemente sea eso.
“Le conozco”, susurra, como si estuviera hablando consigo mismo, pero lo suficientemente alto como para que el destinatario pueda escucharlo. “Ese rostro no pasa desapercibido”. Se lame los labios de forma discreta, pero Adam lo nota igual y no puede evitar sonreír ante el contraste entre su comportamiento provocativo y su vocabulario educado.
Al parecer, Adam sobreestimó su decencia.
“Directo al grano, ¿eh?”
“No me sirve de nada pretender que no le conozco”.
Adam se recarga en el marco de la puerta; para Alastor, esa es una señal de que está abierto a platicar con él.
Ambos se llevan el cigarro a la boca y exhalan el humo al mismo tiempo, copiándose instintivamente como resultado de la examinación mutua.
“Es injusto que tú sí sepas con quién estás hablando y yo no".
"Llámeme Alastor. Es un placer conocerlo, un verdadero placer". Las palabras le salen sedosas de la boca, pero es especialmente esa última oración, casi susurrada, la que le da un pequeño escalofrío al músico.
"Dime, Alastor; ¿por qué tengo el presentimiento de que quieres acostarte conmigo?"
El moreno se lleva una mano al pecho, fingiendo una indignación exagerada.
"Oh, Sr. Adam, ¿es esa la impresión que le he dado?" Termina su arrebato teatral mal fingido cuando nota que la broma hizo efecto y Adam se ríe suavemente en respuesta. "Le aseguro que solo soy un aburrido padre de familia común y corriente. Lo vi solitario y tuve la necesidad de hacerle compañía", explica, dando una excusa vacía a la que Adam no le hace mucho caso, pues la reciente información lo tomó desprevenido y, por alguna razón, lo dejó intrigado.
Este tipo se ve demasiado joven para ser papá. Por lo regular, los padres jóvenes se ven por lo menos acabados, pero este hombre se ve como un ángel de Victoria Secret. Al principio, Adam había asumido que era un omega, pero al no notar ningún aroma ni un rastro de marca, ahora está casi seguro de que está tratando con un alfa.
"¿Qué hace un padre de familia en la parte trasera de un bar, entonces?" Intenta modular su expresividad vocal, pero se le escapa una entonación crítica que hace a Alastor soltar una retorcida risa majestuosa.
"Paso por este callejón todos los días a esta hora; me queda de paso para ir a casa".
"¿Y todos los días platicas con los borrachos que te encuentras aquí?"
"Solo con los que me parecen interesantes".
Adam tiene que voltear el rostro para esconder su sonrisa por que, carajo, es deliciosamente obvio que este tipo se le está aventando encima.
"Aparte", Alastor vuelve a tomar la palabra. "Usted no está borracho, en todo caso soy yo quien está empezando a estarlo; sus feromonas me revuelven la cabeza".
El músico se queda congelado por un segundo, tratando de recordar si se aplicó correctamente sus supresores de aroma, o si por lo menos los sacó de la caja. Pero lo haya hecho o no, son perceptibles ahora mismo y probablemente le estaban taladrando el olfato a Alastor.
"Ah, perdón por eso, mis feromonas suelen ser algo fuertes".
"Nunca dije que me desagradara".
Mierda, ese atrevimiento es todo lo que Adam necesita para convencerse de que Alastor seguirá jugando con él hasta que muestre iniciativa o se aleje, y sabe que la segunda opción es la correcta. Si lo que dice este tipo es cierto, está tratando con el padre de alguien, posiblemente un esposo también. Pero la forma en que Alastor bate sus largas pestañas al parpadear, mirándolo de la misma forma que una serpiente miraría un ratón, le hace sentir una chispa de emoción.
"Déjame reformular mi pregunta entonces". Alastor lo está retando a jugar su juego, haciéndole creer que lo ve como una presa para darle a Adam una excusa para comportarse como el depredador que es. "¿Les coqueteas a todos los hombres que te encuentras aquí?"
Sin embargo, que Adam sea el depredador no hace de Alastor la presa.
"Nadie me había parecido interesante hasta ahora".
El músico tira el cigarro consumido al suelo y lo pulveriza con su bota, sin perder de vista los hipnotizantes ojos del hombre frente a él. Le propone privatizar su plática, y cuando el contrario acepta, lo guía hasta su coche, donde los vidrios polarizados le ofrecen una falsa sensación de seguridad. No es como cuando sube una chica a su camioneta, esta vez no tiene una meta clara porque, para empezar, Adam ni siquiera sabe qué es lo que quiere de Alastor exactamente. Ambos se sientan en los asientos traseros, uno al lado del otro, inusualmente cerca si se considera que se conocen desde hace veinte minutos.
Gotas de agua se estrellan en los vidrios como el comienzo de una presunta tormenta cuya existencia fue pronosticada por Lute en la mañana, pero que Adam ignoró, igual que siempre.
Vuelven a mirarse a los ojos igual que antes, pero ahora hay un deje de vacilación en el par dorado. Pasan de burlones a suaves en cuanto sobrepiensa más la situación. Alastor lo nota y lo consuela con su típica seguridad inmaculada.
"No te preocupes, estoy lo suficientemente solo como para que, lo que sea que pase ahora, no tenga repercusiones en mi vida familiar".
Adam sonríe de lado como respuesta y acaricia el cuello del moreno con el dorso de sus dedos, rompiendo el poco espacio personal que aún quedaba entre ellos.
"Yo también soy padre", confiesa. "Pero solo puedo ver a mis niños una vez al mes".
Alastor se inclina ante el contacto, cerrando los ojos para sumergirse en la caricia.
"Debe ser difícil. Si no pudiera ver a mis niñas durante tanto tiempo, me volvería loco". Hay un poco de mentira en esa afirmación, pero no va a pensar en eso, no ahora. Ahora va a disfrutar de la atención que está recibiendo, gozará de sentirse deseado por primera vez en años. "Aunque creo que verlas tan a menudo también está empezando a amenazar mi cordura".
Se ríen al unísono, es una risa ligera, cargada de culpa y comprensión que se siente extrañamente reconfortante. Adam ni siquiera notó en qué momento Alastor se recargó en su hombro, con el rostro pegado de lado a su pecho.
"Supongo que tú tienes la custodia", es una afirmación a ciegas, aunque tiene la intención de ser una pregunta.
"Mmh", tararea, pensando en las palabras adecuadas para no delatar su realidad, pero no mentir al mismo tiempo. "Algo así, no estábamos casados en realidad, así que no hay ningún acuerdo legal, pero es cierto que yo las cuido la mayor parte del tiempo". Su aliento acaricia cruelmente la piel descubierta del castaño, como si se burlara de su anhelo. "Mis hijas y el trabajo consumen todo mi tiempo, eso me hace sentir algo solo". Disfraza su confesión con coquetería, pero Adam lo capta igual, pues él mismo suele hacerlo.
No hay una respuesta verbal, Adam no se compromete explícitamente a ahogar esa soledad, pero lo da a entender cuando le acaricia la nuca a Alastor y lo atrae hasta que sus frentes se rozan. Se dan unos segundos para disfrutar del escenario; la lluvia ahora cae a mares y opaca el ruido nocturno de la ciudad, la luz led de la camioneta alumbra lo suficiente, los asientos de piel les dan la mejor comodidad que pueden ofrecer, pero lo más importante, el contacto llega justo cuando lo añoran.
Alastor entrelaza sus dedos en el pelo de Adam cuando este finalmente se lanza a besarlo, buscando más contacto, o tal vez solo intentando mantener el que ya tiene. Esto es más de lo que su marido le ha dado en un largo tiempo, pero no se siente como tomar una bocanada de aire fresco, se siente como darle una calada a un Marlboro y el humo te quema la garganta hasta consertirte con nicotina, y en cierto modo lo era. Las feromonas del enigma llenaron el pequeño espacio, delatando su casta y extasiando aún más al moreno, quien para este punto ya estaba felizmente dopado con la fuerte esencia.
Olía como a tequila y chocolate, una combinación de aromas tan exquisita que animó a Alastor a dejar salir su propio aroma dulce, pese a avergonzarse de su combinación natural de café y canela. Sobra decir que a Adam solo le bastó estar unos segundos expuesto a las feromonas del alfa para terminar de alborotarse.
El beso se rompe solo para que el mayor pueda consentir al moreno, besándolo desde la comisura de sus labios hasta la clavícula. Desabotona los primeros tres botones y besa nuevamente en el área recientemente descubierta. Alastor suspira con satisfacción cuando el enigma mete sus manos por debajo de la prenda y se aferra a su piel con una exigencia que lo hace sentir vivo.
Adam lo acaricia, lo aprieta y se aferra a él, justo en ese orden. La presión de su entrepierna contra el muslo de Alastor lo anima a apresurarse, en especial porque el roce de la tela le está haciendo perder la cabeza. Se separa del moreno, apreciando la sonrisa boba que tiene y deseando desordenarla. La hebilla brilla bajo la luz artificial mientras se desabrocha el cinturón; pareciera que está en automático por la forma en que nunca le quita los ojos de encima a su acompañante.
"¿Aquí?" Susurra bajo y ronco, demasiado sumergido en su necesidad como para descuidarse y dejar ver lo mucho que quiere esto. Incluso si estas no le parecen las condiciones ideales para follar.
"No me hagas esperar más, Adam", afirma con la voz entrecortada, atragantándose con su deseo. Trata de parecer retador, pero se escucha suplicante.
Adam reconoce lo exquisito que suena su nombre cuando Alastor lo pronuncia en estas condiciones, y eso sobra para convencerlo de que, en efecto, ahí será.
La hebilla tintinea y el cierre sisea, haciendo temblar el corazón emocionado del moreno.
Se abrazan, vuelven a besarse y se pierden en el otro.
No es ni de cerca igual a lo que ambos tenían en mente; es mucho más íntimo y desenfrenado. Ambos consuelan su propia urgencia y la del otro al mismo tiempo. Es un acto de apreciación entre dos desconocidos donde cada gemido y cada caricia son un acto de adoración.
Es tan repentino, tan retorcido y tan bueno que parece incorrecto. Es incorrecto, pero Alastor no puede pensar en la culpa cuando Adam toca su punto más profundo; todo lo que pasa por su mente es, precisamente, Adam. Él lo abraza, le besa el cuello y lo alaba; le repite lo guapo que es, lo caliente que se ve recibiéndolo y lo mucho que lo desea. Adam lo hace sentir necesitado, encontró su punto débil y lo explotó sin pensarlo; sació su sed de forma descarada, cosa que, para el pesar de Alastor, funcionó.
Alastor solo puede aferrarse a la espalda del músico e implorar que esto no acabe. No quiere soltarlo; no quiere que pare.
Alastor no quiere regresar a casa y ver a Vincent, no quiere recordar lo miserable que se siente a su lado.
