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Cada vez que veía el cartel de la ciudad balnearia recibiéndolo, la adrenalina se apoderaba de Lionel. Amaba Mar del Plata, era la ciudad en la que había pasado todas las vacaciones de su infancia. Conocía cada rincón y cada calle. Si bien admitía que a esta altura de su vida le interesaba más conocer otros lugares, había votado por este balneario a la hora de elegir el destino para las vacaciones con sus amigos.
Se habían dividido para viajar, Lionel, Pablo y Julián en el auto de Walter, mientras que Emiliano y Enzo viajaron en tren. Junto a Walter estaba Román sirviéndole mates en el asiento del acompañante. El pujatense, sentado atrás junto a Pablo, había tenido que cuidar sus gestos al máximo. Se suponía que ninguno salvo Emiliano sabía nada de la situación entre ellos ni tampoco debían saberlo por el momento. Respetaba la decisión de Pablo de que así sea, especialmente cuando recordaba la cara de pánico que puso cuando Emiliano los había encontrado besándose en Año Nuevo. Quería cuidar lo que tenían, pero en momentos así, donde lo tenía sentado a su lado por más de tres horas, le era imposible no querer aunque sea agarrarle la mano.
A mitad de camino el pujatense se durmió y tras una parada técnica para ir al baño, fue despertado por Pablo, quien lo sacudió suavemente. Abrió los ojos algo desorientado y miró a su alrededor, solo estaban ellos en el auto.
— ¿Querés ir al baño con ellos? —Le preguntó el cordobés.
— No, estoy bien. — Se acomodó mejor en el asiento haciendo sonar su cuello. Sus amigos estaban a unos metros en el playón de la estación de servicio hablando entre ellos. Lionel miró a Pablo y en voz baja le confesó : —Te quiero dar un beso.
— Acá no Leo, ¿estás loco? — Se rió por lo bajo vigilando a sus amigos pero sin sacarle la mirada de encima a Scaloni.
— Dale por favor — Lionel hizo puchero y se acercó de a poco al rostro del otro que se alejó unos centímetros. — No nos ven.
Sí que nos ven.
Con un suspiro resignado, volvió a su posición original. No estaba realmente enojado, pero mentiría si no dijera que le encantaba ese juego.
— Ya vas a venir… —Sonrió canchero mientras miraba por la ventanilla.
De repente sintió la boca de Pablo posarse detrás de su oreja, justo en el límite con su cuello. Veloz como un rayo, el cordobés se apartó al notar que sus amigos pegaban la vuelta hacia el auto. Aunque habían sido solo unos segundos, le pareció haber sentido la punta de su lengua sobre su piel. Se aclaró la garganta mientras Julian abría la puerta trasera del auto.
Al llegar a la casa que habían alquilado, los estaban esperando Emiliano y Enzo. Tras la recorrida inicial y la lotería por las habitaciones, algo le dijo a Lionel que su amigo Martínez había tenido algo que ver en el falso azar cuando descubrió que la habitación que se encontraba en el patio trasero de la casa era la que les había tocado a él y a Pablo. La única que tenía cama de dos plazas y la más alejada del resto. Se recordó a sí mismo que tendría que agradecerle el gesto más tarde.
El primer día hicieron compras en el supermercado para abastecerse y tomaron unos mates en la playa al atardecer. Prefirieron cenar en casa y no salir esa noche ya que Walter estaba cansado de manejar. Según Román, ya habría tiempo para salir el resto de las noches que quedaban.
Walter bostezaba acostado en el sillón mientras Emiliano y Enzo miraban concentrados una película en un canal de cable. Pablo salió de la cocina con las manos mojadas por haber lavado los platos.
— Isaura, la esclava ya se retira, se va a dormir. — Anunció burlón.
— Que sueñes con los angelitos. — Contestó Walter con un pie en el país de los sueños.
Pablo le echó una corta mirada a Lionel antes de dirigirse al patio de la casa, donde estaba la habitación compartida. Pasado lo que consideró un tiempo prudente, al menos diez minutos, Scaloni se levantó y anunció que él también se retiraba. Pero nadie le contestó, Emiliano y Enzo estaban absortos en la película y Walter ya estaba roncando en el sillón.
Tratando de no parecer apurado por si alguno lo veía, Lionel atravesó el patio hasta su habitación. Al abrir la puerta, se encontró con la oscuridad.
— Poné algo para trabar la puerta, por si entran. — Le pidió el cordobés desde debajo de las sábanas.
— ¿Quién va a entrar? — preguntó haciéndose el distraído mientras que en el fondo sabía que su amigo estaba en lo cierto.
— Qué sé yo, por las dudas que entren sin golpear. Ya sabés que son medio bestias.
Lionel puso su bolso delante de la puerta, para que si alguien la abriera, se topara con el peso y no pudiera entrar tan rápido a la habitación. Entendía el miedo de Pablo, no quería que lo descubrieran in fraganti. No es que pretendiera hacer algo exótico esa misma noche, pero comprendía el temor y la incomodidad de tener que dar explicaciones cuando ni siquiera se las había dado a él mismo aún. Se acostó junto a Pablo y le sonrió en la oscuridad como si lo pudiera ver, queriendo brindarle tranquilidad. A pesar de que estaban juntos todas las noches, había algo especial y excitante en acostarse en la misma cama mientras sus amigos dormían en los otros cuartos. Tenía en la boca un sabor a clandestinidad que Lionel encontraba divertido.
Esa noche, se perdieron en las caricias suaves e inocentes hasta quedarse dormidos.
Día 1
Playa, sándwiches de milanesa con mayonesa y una pelota de fútbol. Mientras Román y Walter disfrutaban tomando sol sin protector solar, ya que ponérselo era “cosa de minas”, Emiliano, Enzo y Lionel se sumergían en las olas. Pablo cebaba mates mientras observaba a la gente alrededor, familias con niños, parejas de gente mayor y grupos de amigos de todas las edades. Las sonrisas entre él y Lionel iban y venían, pero procuraban no hacer ningún gesto que alertara al resto de que algo había cambiado entre los dos.
A la noche, la primera salida al boliche. Román había insistido en ir al más caro de todos la primera noche para aprovechar que todavía no se habían gastado toda la plata, y aunque no estaban todos muy de acuerdo, con tal de no escucharlo protestar, le hicieron caso. Román podía ser bastante insistente y caprichoso cuando quería y estaba más que contento de haberse salido con la suya.
El boliche estaba apenas iluminado. El calor del verano y la gente apretujada ponían de mal humor a Pablo, quien al salir del baño se vio obligado a observar cómo una chica se acercaba a Lionel para sacarlo a bailar ante las risas y las cargadas del resto del grupo. Pablo se acercó a la barra y ordenó un destornillador a los gritos. Tenía que fingir total tranquilidad frente al resto, así que se dedicó a tomar y bailar al costado de la pista mientras el rencor lo consumía.
Día 2
Emiliano tenía un plan. Había organizado un partido de vóley junto a unas chicas de la playa, con el solo propósito de llamar su atención. Sobre todo para hacerse el lindo con una chica con marcado acento portugués. Al verla, el espíritu seductor se apoderó de Emiliano y decidió hacer todo lo que estuviera a su alcance para invitarla a salir, así que obligó a sus amigos a través de sobornos para que lo acompañaran a buscar a las chicas y convencerlas de armar un partido entre ambos grupos.
El vóley no era la habilidad más practicada por Pablo, que hacía lo que podía con su estatura y con la arena caliente que le quemaba los pies. Terminó hecho milanesa y acalorado tras el partido, así que darse un chapuzón para refrescarse fue la solución. Aprovechando una breve pausa y pidiendo el recambio de jugadores, Lionel lo siguió. Se adentraron en el mar, ese día la playa estaba tranquila, no había gente a su alrededor que pudiera escucharlos.
— Qué bueno que sos en este deporte, te tienen que llamar para los Juegos Olímpicos. — Se burló Lionel.
Pablo lo salpicó con fuerza.
— Callate que vos tampoco sos Facu Conte.
— Uff, qué lindo que es Facu Conte, gracias por recordármelo. — Se rió Lionel, observando cómo la cara de Pablo se transformaba y lo miraba con una mueca. — ¿Qué? ¿Te pusiste celoso?
— Deja de joder.
— Igual tranquilo que el más lindo para mí sos vos. — El pujatense le guiñó el ojo y amagó acercarse, pero recordó que debían mantener una distancia prudencial por si alguien los veía.
— Qué chamuyero que sos. — Susurró Pablo mirándolo a los ojos. Sintió que en ese momento, casi solos en el mar planchado sin olas, el mundo podría desaparecer y a él no le importaría. Todo lo que sus ojos veían era suficiente. El chico que le gustaba a su lado, mojado y con ojos sólo para él.
Pero alguien sí los observaba desde la improvisada cancha de voley.
Día 3
La mirada de Lionel divagaba por todos los cuerpos, pero sólo se fijaba con atención en uno. Sentía que la atracción física lo estaba aniquilando y no quería que su deseo fuera el delator frente a sus amigos. Pero no podía evitar mirar el pecho del cordobés mojado por el agua del mar cuando se acercaba a pedirle una toalla ni en sus glúteos que se marcaban aún más con el short de baño negro que se había comprado la noche anterior en la peatonal porque estaba de oferta.
Fingía seguir la conversación que mantenían sus amigos, pero en realidad estaba recordando con lujo de detalles lo que había pasado a la madrugada en la oscuridad de su habitación. Se había dado un baño para relajarse y sacarse los restos de agua salada de la piel. Como había estado mucho tiempo en la ducha, la casa estaba silenciosa cuando salió. Supuso que todos se habían ido a acostar, con excepción de Emiliano, que miraba absorto una película nuevamente en un canal de cable y no le prestó mucha atención. Lionel atravesó el patio hasta la habitación asignada, tiritando y maldiciendo no haber tenido en cuenta el trayecto al aire libre cuando decidió no agarrar la ropa. La mirada que le dedicó Pablo cuando lo vio entrar con solo su toalla alrededor de la cadera lo descolocó. Sintió su propio cuerpo ponerse en alerta, desvió la mirada. Buscó en el bolso su ropa interior y la remera que usaba de pijama.
De espaldas a Pablo, quien se quería hacer el distraído con el libro que había estado leyendo hasta hacía dos segundos, se quitó la toalla y se colocó primero la remera. Sabía muy bien lo que estaba haciendo, mostrando sus atributos como si nada. Pero tampoco era tan desvergonzado, así que rápidamente se puso la ropa interior y se dirigió a la cama, ante la atenta mirada de Aimar, que parecía haberse olvidado de la novela.
Sabía que debía ir lento, lo ideal era no apurar las cosas en ese aspecto porque tampoco quería quemar todas las etapas de la incipiente ¿relación? Ese era otro punto de preocupación para Lionel. ¿Eran amigos, eran amantes, eran amigos con derecho? ¿Estaba bien si le pedía ser novios, luego de esperar un tiempo prudente? ¿Y qué era un tiempo prudente? ¿Alguna vez Pablo lo querría como novio o lo ocultaría por siempre? Todas las preguntas rondaban por la mente de Scaloni mientras sentía los suaves ronquidos de su amado junto a él.
Día 4
El historial del buscador de Google de Pablo era un delirio. En los pocos momentos en que nadie le prestaba atención, había buscado todo lo que se le ocurría sobre el sexo entre hombres. No era estúpido tampoco, sabía cómo era, qué se hacía. Parte de la práctica ya la habían hecho, además de que había sido amigo de Lionel por años antes de que todos esos sentimientos florecieran y podía intuir cómo manejaba él esas situaciones. Pero nunca había realmente indagado en cómo era la cosa; se dio cuenta de que era muy ignorante en el tema. Se sentía un tarado buscando información que le tendrían que haber dado en la escuela, incluso insultó mentalmente a su profesora de Salud y Adolescencia de cuarto año por no haber querido mostrar cómo se ponía un preservativo en una banana cuando se lo habían preguntado. Su cabeza iba y venía entre líneas de pensamiento que no terminaba de cerrar.
Sabía que faltaba poco para que uno de los dos se animara a dar el próximo paso, pero la idea lo aterraba. ¿Quién tomaría la posta? ¿Quién iría abajo y quién arriba? ¿Quién a quién? ¿Debía prepararse antes o eso lo dejaba muy al descubierto de cuántas ganas le tenía a Lionel? ¿Y cómo se preparaba antes? O quizás Lionel quería que la cosa fuese al revés y en ese caso le daba miedo lastimarlo, hacerlo mal, que no le gustara su forma de hacer las cosas y que todo se acabara, que se diera cuenta de que era un fraude y no quisiera tocarlo nunca más.
La cabeza de Pablo estaba a mil y el buscador también. Le daba vergüenza tener que ir a comprar a la farmacia y tampoco podía pedirle a nadie que lo hiciera por él. Respiró profundo y bloqueó el teléfono. Ya vería cómo se resolvía la cosa.
A la madrugada, la habitación del fondo se inundó de suspiros de placer.
Día 5
El boliche al que tanto quería ir Román esa noche estaba sobre la playa. Habían quedado en encontrarse allí con las chicas de la playa o mejor dicho, Emiliano había acordado bailar esa noche con la chica de acento portugués, así que se puso su mejor camisa y tanto perfume que Enzo no paraba de estornudar.
Pablo ya no sabía cómo pilotear la situación boliche - pista de baile - chicas que se le acercan a Lionel - sus amigos aplaudiendo cada movimiento y acercándole más tragos. Todo eso en su mente lo iba a hacer colapsar. Era la tercera o cuarta noche que salían, pero ya no tenía más ganas de venir. En otra temporada de su vida hubiera estado chocho de compartir estas vacaciones con sus amigos, pero ahora estaba en medio de una crisis existencial, y encima en medio de un boliche en la costa argentina. Pésimo momento para no saber para qué arco pateas.
Así que hizo lo que pudo, lo que le salió. Lleno de rencor y de alcohol, se aproximó a una chica de la barra y la sacó a bailar. Tenía un perfume dulce que se sentía incluso en medio de la multitud y por sobre el calor de la noche. Cada vez que miraba para donde estaban sus amigos, se encontraba con los ojos oscuros de Lionel que seguían cada movimiento, cada mano posada en el cuerpo ajeno. Se sentía controlado y era difícil explicar lo que eso le provocaba.
Hasta que la chica lo quiso encarar.
Acercó su boca hasta quedar a solo unos centímetros de distancia. La chica era linda, no iba a mentir. No se había olvidado del género femenino en cuestión de unos meses, en alguna otra ocasión le hubiera seguido el juego. Pero algo dentro suyo no quería, la voz interior le decía que estaba mal lo que estaba haciendo y se separó cuando terminó la canción.
— Voy al baño. — Le mintió y se giró para donde estaban sus amigos.
Pero Lionel ya no estaba.
Preguntó dónde se había ido con desesperación, olvidándose de que tenía que fingir, y cuando Emiliano le respondió que se había ido porque se sentía mal, salió corriendo hacia la puerta del boliche, con la mirada de decepción de su amigo clavada en la espalda.
El frío de la noche de verano lo golpeó con fuerza. Solo tenía su campera de cuero encima y tiritaba. Creyó ver la silueta de Lionel subiendo hacia la rambla y lo siguió al trote.
— ¡Lionel! ¡Lionel! —Lo llamó a los gritos mientras el semáforo lo detenía en la vereda. La rambla estaba casi desierta, algunos fisuras dormían bajo los techos del Hotel Provincial y otros grupitos de jóvenes daban vueltas por ahí.
El morocho se dio la vuelta y lo miró serio. Tenía la expresión cansada, pero no cansada de estar todo el día en la playa, sino el cansancio que te da estar atrapado en una situación mental de la que no podés salir. Hastío y angustia, eso expresaban sus ojos. Pablo no supo qué decirle ahora que lo tenía enfrente.
— Perdón, no quise… Estoy confundido.
— No se nota.
— No sé qué hacer, no sé cómo manejar la situación. Están todos alrededor y estás vos y yo…
— No entiendo, Pablo, ¿Soy un experimento para vos? ¿Es eso? ¿Se trata de probar, hacerme escenitas por Leandro y después ver qué pinta con la primera que se te cruza?
La mirada de Pablo se endureció al escuchar el nombre del otro chico. Quería decirle que no era así, pero lo traicionó el inconsciente.
— ¡Ya tenés que traer al boludo ese de nuevo!
— ¡Por lo menos él no me hacía dos pajas por día y me decía que era el amigo!
Fue como una bofetada. No supo qué responder y su cuerpo eligió por él. Pablo no dudó en empezar a caminar de vuelta hacia el boliche con prisa, como hacía cuando estaba enojado. Estaba furioso, confundido, desesperado. Pero sintió que su amigo lo alcanzaba y lo daba vuelta con brusquedad. Lionel tenía lágrimas en los ojos y la expresión más dolida que antes.
— Haceme todas las pajas que quieras Pablo pero no me digas que soy sólo tu amigo - Dijo al borde del llanto, desesperado. — Porque para mí sos más que eso.
— Voy a volver al boliche, capaz Román me está buscando. — Pablo tragó saliva, ¿por qué era tan cobarde?
- No me esquives el tema. Te estoy hablando de otra cosa. ¿Qué soy yo para vos?
Sintió como si el momento fuera eterno. Miró a su amigo fijamente, a su amigo de toda la vida, el que más lo conocía. Abrió la boca y no le salió nada. Suspiró profundamente y se sintió pequeño.
— Siento muchas cosas que nunca había sentido por un chico, Lionel. No puedo ni siquiera entender qué cosas son, no las puedo ni poner en palabras. Estoy muy confundido y vos sos mi mejor amigo, no sos una persona cualquiera. No te quiero lastimar con mi indecisión, pero me está matando tener que escondernos y al mismo tiempo me da vergüenza, no quiero tener que dar explicaciones ni que la gente me mire. No sé. Tengo miedo.
De repente sintió los ojos llorosos, se sentía liberado al poder decir al menos un poco de lo que sentía, de todo lo que había estado dando vueltas por su mente en los últimos tiempos.
— No te quiero apurar, sé que es una situación rara. Pero no me gusta verte con otras personas, me hace sentir mal, Pablo.
—Ya lo sé, ya lo sé. Lo de recién fue porque soy un pelotudo.
—No quiero fingir más, pero tampoco estoy listo para decirles a todos la verdad.
Pablo se armó de valor y tomó su mano. Por primera vez, sin mirar a su alrededor, sin mirar si alguien lo descubre o si los demás se burlan de él. Simplemente se animó.
—Quiero estar con vos.
Lionel tardó unos segundos en reaccionar. Como si hubiera esperado escuchar esas palabras durante meses y ahora no terminara de creer que eran reales.
— ¿De verdad? — preguntó en voz baja.
Pablo asintió.
— No sé cómo hacer todo lo demás. No sé cómo decirlo, ni cuándo, ni qué va a pasar después. Pero sí sé eso.
Apretó su mano con fuerza y repitió:
— Quiero estar con vos.
Lionel sintió que la angustia de los últimos días aflojaba un poco. No desaparecía, pero ya no pesaba igual.
— Entonces empecemos por ahí — respondió.
El ruido lejano del mar llenó el silencio entre ambos. La música lejana del boliche llegaba amortiguada desde la playa, y por primera vez en toda la noche ninguno sintió ganas de volver. Pablo apoyó la frente contra la de él.
— ¿Estás enojado?
— Un poco.
— Lo merezco.
— Bastante.
Lionel lo besó despacio y fugaz, pero sin apuro. Sin esconderse detrás de una puerta cerrada o en la oscuridad de una habitación. Apenas unos segundos, suficientes para que Pablo entendiera que no estaba perdiendo a su mejor amigo, sino que lo estaba encontrando de otra forma.
Cuando se separaron, Lionel entrelazó sus dedos.
— ¿Volvemos?
Pablo miró hacia el boliche y después hacia la mano que seguía sosteniendo.
— En un rato.
Y por primera vez desde que habían llegado a Mar del Plata, ninguno de los dos tuvo miedo del silencio.
Esa noche volvieron a la casa mucho más tarde que el resto.
La luz del living estaba apagada y sólo quedaba encendido el televisor, donde algún programa de adivinar la palabra sonaba a volumen mínimo. Walter estaba dormido en el sillón en una posición imposible. Pablo y Lionel intercambiaron una sonrisa silenciosa antes de atravesar el patio.
Ninguno habló hasta cerrar la puerta de la habitación. Recién entonces los dos soltaron el aire al mismo tiempo.
— Qué noche de mierda — murmuró Pablo, dejándose caer sentado al borde de la cama.
Lionel apoyó la espalda contra la puerta y confirmó:
— Sí.
— Perdón.
— Ya me pediste perdón.
— Bueno, otra vez.
Lionel negó con la cabeza, incapaz de contener una sonrisa.
Durante unos segundos se quedaron observándose. La discusión de la rambla todavía flotaba entre ellos, pero ya no pesaba igual. Habían dicho demasiadas cosas importantes como para volver atrás. Pablo abrió los brazos, Lionel caminó hasta la cama y se sentó a su lado. Pablo tomó una de sus manos y empezó a jugar distraídamente con sus dedos.
— Me da miedo — admitió, pero no aclaró a qué.
— Ya lo sé.
— No quiero que cambie nada con los chicos.
— Tampoco va a cambiar todo de golpe.
— ¿Y si sí?
— Entonces lo enfrentaremos cuando pase.
Por primera vez en mucho tiempo, Pablo no sentía que tuviera que tomar una decisión urgente. No tenía que definir quién era, ni explicarle nada a nadie, ni resolver todos los problemas del mundo esa misma noche. Sólo tenía que quedarse ahí, con él. Se acostaron uno al lado del otro, sin esconderse de la oscuridad y sin necesidad de fingir. Por primera vez desde que habían llegado a Mar del Plata, la cama dejó de sentirse como un refugio clandestino. Empezaba a sentirse como un lugar al que pertenecían los dos.
Lionel cerró los ojos cuando sintió un beso breve sobre la frente. Pablo sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas cuando Lionel se acomodó más cerca, prácticamente recostado sobre él.
Afuera se escuchó una puerta cerrarse de golpe. Los dos se quedaron congelados.
— ¿Escuchaste eso? — susurró Pablo.
— Sí.
Esperaron unos segundos.
Nada. La casa volvió a quedar en silencio.
Entonces Lionel empezó a reírse suavemente.
— Estamos traumados.
Tras unos minutos de silencio, Scaloni murmuró:
— ¿Seguís confundido?
La pregunta quedó suspendida entre ellos, como si se hubiera materializado en la habitación con un gran signo de pregunta flotando sobre la cama. Pablo pensó tácticamente la respuesta durante unos segundos.
— Con muchas cosas sí.
— ¿Y conmigo?
Los ojos oscuros de Lionel parecían buscar una respuesta definitiva. Pero Pablo no dudó.
— Con vos no.
Lionel cerró los ojos mientras Pablo le acariciaba distraídamente el brazo. Por primera vez desde que habían llegado a Mar del Plata no sintió ansiedad por el día siguiente, ni por las explicaciones, ni por lo que pudieran pensar los demás. Sólo sintió a Lionel acomodándose a su lado, buscándolo instintivamente. Y pensó que, si aquello era estar confundido, entonces no quería imaginar cómo se sentiría estar seguro.
