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PRIMERA PARTE
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Capítulo Uno
Es un día soleado, brilloso pasando las doce de la tarde, con el cielo despejado y la tranquilidad reinado, Bucky se permite cerrar los ojos al sentir la fresca ventisca que les ofrecen los árboles frondosos del jardín.
—¿No tienes algo mejor que hacer, que estar con un anciano todo el día? —es Steve a su lado, el viejo Steve con la cara arrugada y la voz cada vez más apaga, sentado en una de las bancas poco cómodas.
Él levanta los hombros de forma despreocupada.
—No realmente.
—Buck...
—¿Qué? ¿no disfrutas mi compañía? —pregunta sin pensar para arrepentirse al segundo después.
—Todo va a salir bien.
Le había dicho Steve, su Steve.
El debilucho de Brooklyn. Un buen hombre. Capitán América. El primer Vengador. Idiota y terco, si, también eso.
Steve merece ser feliz.
Va a respetar la línea que el rubio escogió, vivió para eso, vive por eso, cuidarlo, su felicidad, es lo que le importa, e ignora el sabor amargo de la boca porque ya no puede seguirlo. Ya no. Y duele.
—Sabes que si, solo que... deberías estar afuera, viviendo —el mayor habla y Bucky se inclina a su altura cuando le alza la mano. Ve esa anillo en el dedo anular.
—No a todos se nos da las cosas hogareñas —le dice divertido logrando sacar una carcajada seca al hombre de avanzada edad.
—No te creo.
Se queda en silencio mirando aquella sortija con curiosidad sin atreverse a preguntar, no quiere escucharlo.
—Todo va a salir el bien.
Alza la vista atonado ante esas mismas palabras pronunciadas por el rubio que partió al pasado. El hombre canoso le acaricia con las yemas arrugas los nudillos metálicos, suave y despacio. Le sonríe y él corresponde, y Steve aparta la mano y baja la mirada, se pierde haciendo girar su sortija sobre su mismo dedo.
—¿Steve? —pregunta preocupado ante ojos perdidos y contenidos—, ¿todo bien?
—Si... es sólo que... mmm ¿podríamos ir adentro? Se me antoja la tarta de anoche —habla muy bajito tomando su bastón como apoyo para ponerse de pie. Cada vez más débil y frágil.
Bucky le ayuda tomándolo por la cintura—; deberías cuidar tus niveles de azúcar —dice con voz suave dejando que Steve se apoye en él en lugar del bastón.
El mayor ríe colocando su mano maltratada por el tiempo, pero aún cálida y fuerte, sobre su antebrazo de metal.
Fortaleza y calidez.
Steve siempre va a representarle eso.
*
Días van, días vienen convirtiéndose en unas cuantas semanas, y el cuerpo de Steve cobra la factura de su larga vida. Bucky no se arrepiente de haber permanecido a su lado todos estos días, incluso cuando el mayor cierra los ojos para siempre, en paz, sin sufrimiento.
—Todo va a salir bien —son las últimas palabras que le dirige con voz cansada y cortada.
Bucky empieza a odiarlas cuando las lágrimas le nublan la vista imposibilitándole distinguir el destello de luz solar colándose a través de las cortinas, haciendo reflejo en los cabellos canosos del hombre que ahora sin alma, yace sobre la cama.
Nada está saliendo bien.
*
—Hey.
Voltea apartando la mirada del ventanal al escuchar a Sam saludarle. Imponente con el nuevo uniforme de Capitán América.
—Hey —le devuelve por automático el saludo y regresa su atención al jardín de enfrente.
—Yo también lo extraño —murmura Wilson colocándose a su lado—, la verdad me agradaba más que el joven —ríe y él solo eleva diagonalmente uno de los bordes de la boca—, ya sabes, era menos mandón y tenía buenas historias.
Bucky ríe por dentro porque está de acuerdo en eso.
—No se supone que tenías trabajo, Capitán —cambia el tema, habla con tono mordaz acentuándolo en la última palabra porque le es divertido molestar a Sam.
El otro rueda los ojos y Bucky ahora si suelta una risa con los labios cerrados.
—Necesito tu ayuda —Sam le dice yendo al tema.
—mmm —suspira cansado, no tiene ganas de regresar al campo.
—Tenemos problemas con la dichosa máquina del tiempo.
—¿Y? ¿Quieres que la haga explotar? ¿o qué?
Sam rueda los ojos por segunda vez en menos de cinco minutos y Bucky se felicita internamente por romper su propio récord.
—No se trata de eso, Bruce reportó actividad en ella, como si la manejaran externamente.
Ahora lo mira atento, brazos cruzados sobre su pecho. Sam, al ver que tiene por completo su interés, continúa:
—Han aparecido objetos extraños. La mayoría son desechos de fierro oxidado, pero las lanzas de acero y los casos al puro estilo romano es... inquietante. Bruce asegura que los chasquidos y los viajes en el tiempo causaron repercusiones en las paredes de nuestra realidad. Sospecha que ésto se trata de un agujero de gusano que se conectó a nuestra máquina por medio de otra de otro mundo...
—Otro universo...
—Así es, otra realidad alternativa paralela, aparte de la que venía nuestro viejo Steve.
—Vaya —no le gusta como suenan las cosas.
—No podemos dejar que siga, sabrá dios que pueda ocurrir, —Wilson esta en lo cierto—. La misión es ésta, viajaremos por ese agujero, deshabilitamos esa máquina y regresamos a casa, fin del trabajo.
Tan sencillo, así de simple.
—Te hará bien un poco de movimiento, sólo tienes que cubrirme la espalda, ya sabes.
Lo medita un poco mientras ve a dos avecillas revolotear sobre una flor.
—Si no quieres le puedo tomar la palabra a Rhodey.
—Nah, esta bien. Él no sabe cómo lidiar con tu genio —bromea dando palmaditas demasiado fuertes a la espalda de su compañero.
Acepta porque no tiene algo mejor que hacer, porque el agujero que ha dejado Steve es demasiado grande, demasiado oscuro. Además, él también tiene, debe, de tratar de seguir, o al menos, mantener la cabeza entretenida en otras cosas.
*
—Seguro que no quiere que le informemos a los demás—, Bruce cuestiona a Sam desde su lugar, detrás de los controles de la máquina.
—No, la mayoría está con sus asuntos, no hace falta alterarlos —éste contesta mientras suben a la plataforma usando sus trajes correspondientes.
—Pero..
—Apenas enterramos a Steve, aún tenemos que asimilarlo. Todos —corta Wanda tocándole el brazo al hombre verde, éste, sin más opción, asiente la cabeza con lentitud.
—Con cuidado —es Rhodey de brazos cruzados a un costado. Siendo sólo ellos los que se encuentran en la base.
—Si no regresan en cinco segundos iremos a buscarlos —replica Bruce. Sam asiente levantando el pulgar, y Banner empieza la cuenta regresiva.
Bucky los pierde de vista cuando oye el número dos. Toda pasa muy rápido y lo siguiente que ve es un túnel lleno de luz blanca con salpicones de diferentes colores. Observa a Sam a su derecha afirmando con la cabeza, están en el agujero de gusano correcto, Bruce hizo un excelente trabajo en las coordenadas.
Un destello más y cuando enfoca de nuevo la vista, tiene que abrir muchos los ojos al ver el panorama frente a él.
—¿Qué rayos es este lugar? es horrible —el actual Capitán habla asombrado.
El lugar es árido y caluroso, hay edificios caídos alrededor dejando a deducir de inmediato que se trata de una ciudad abandonada, enterrada por la arena del cruel desierto y las montañas rocosas respaldando la desgracia.
Inspeccionan rápido el lugar, y distinguen chozas supliendo las casas de concreto, también hay diferentes tipos de razas, no sólo hay humanos vistiendo atuendos ligeros y curiosos.
—Debe estar cerca —estipula Sam tomando la delantera, dejando a un lado su escepticismo y enfocándonse en el deber.
Avanzan con precaución pasando desapercibidos, como si los habitantes estuviesen acostumbrados a la variedad especies, eso les da ventaja fluyendo rápido por el pequeño mercado.
Es un pueblo pequeño y tranquilo dejando a relucir la lucha de sobrevivir entre ruinas por la clara escasez y el gran padecimiento que presentan. Bucky no ve agua, ni grandes cantidades de comida, algunos van descalzos, otros, con sus ropas desgastadas, remueven la arena de sus pequeños puestos al aire libre. Niños con suciedad sobre sus rostros jóvenes, juegan a unos cuantos metros, uno de piel azul y cabello suelto hasta las cintura, corretea a otros dos de piel humana, con risas que sólo la infancia puede dar.
Aquel poblado tiene muy poco pero se podía respirar un ambiente de paz.
—Es usted —un hombre mayor le dice a Sam interponiéndose en el camino, de un solo ojo y vistiendo una piel delgada y peluda sobre los hombros— ¡oh, por los dioses! ha vuelto.
—Me confunde señor —Sam le dice con cautela intentando rodearlo.
—Creí que había muerto, ¡traigan al capitán! ¡el primer súper soldado ha vuelto! —el anciano empieza a gritar hacia los demás con emoción en cada palabra.
Eso no está bien.
—Hay que movernos —dice ya percatando cómo la gente empieza a murmurar alrededor de ellos.
Apresuran el paso hasta llegar al punto marcado por el localizador sobre sus muñecas. Paran frente a un edificio abandonado, quitan los escombros para poder ingresar, no pasa mucho, sólo unos pasos dentro de aquella sala en escombros para que den con su objetivo.
—¡Bingo! —Sam exclama al dar con la máquina muy fácilmente—, alguien debió activarla por accidente, mira, esta rodeada de puro fierro inservible.
—Pues apresúrate, tenemos compañía —le dice ya empuñando su arma preparada al ver a la gente asomarse con curiosidad.
—Si tenían ésta tecnología ¿cómo es que terminaron así? —Sam habla conectando los cartuchos por el contorno de la circunferencia de la máquina. Teclea en la pantalla que se proyecta de su antebrazo par poder descargarla la energía y así deshabilitarla. El Capitán no tarda más que un par de minutos en hacer todo el procedimiento.
—Sam...
Bucky siente que el piso se le abre debajo de sus pies.
—Sólo quito los cartuchos.
—Sam... —vuelve a murmurar en un hilo de voz y empieza a bajar el arma cuando lo ve abrirse paso entre la gente.
—¡¿Qué diablos?! ¿Steve? —su compañero exclama volteando al fin.
Ese Steve los ve con pasmo y conmoción, se acerca lentamente clavando sus ojos en Bucky y él, con el pulso en el oído y las manos sudorosas, le sigue con la mirada no creyendo que sea aquel rubio que le sigue invadiendo los pensamientos.
Quita el arma por completo cuando lo tiene a menos de dos metros, lo recorre con sus ojos sintiendo el pecho oprimirse.
No es su Steve.
Aquel hombre, con el cabello largo atado a una coleta baja desordenada, usa sandalias y una armadura de un color similar a un azul acero, alrededor de su cintura, hay una cinta del mismo material donde cuelgan bandas de cuero rojizo de forma horizontal y una cota de malla dando un aspecto a las vestimentas de los antiguos gladiadores romanos. También tiene cicatrices sobre el rostro, más específicamente, sobre el puente de la nariz y en ambas mejillas. Debieron ser heridas muy profundas, y a él ya le pican las manos por delinearlas.
—¿Bucky?
Es la misma voz.
Lo ve acercarse más y él no se atreve a mover ningún músculo por el entumecimiento que siente en todo el cuerpo al escucharlo hablar.
—Escucha, amigo, nosotr-
Sam, a sus espaldas, no logra concluir por la acción tan precipitada que hace ese Steve hacia él.
—Bucky —le oye decir a su oído casi en un sollozo, abrazándolo con tal fuerza que jura sus huesos tronar. Huele a tierra y sudor combinado con olor a cuero, y la respiración agita resopla contra su cuello que le estremece por caliente que es. Y todo empeora cuando el rubio se separa, le toma el rostro y le planta un beso, grotesco, rápido, y poco tierno.
