Chapter Text
1 — . Búsqueda.
—¿Quedamos de acuerdo? —Dijo aquel desconocido, que siguió apoyado en la puerta del baño.
—De acuerdo —susurró el ángel, cabizbajo —. No tengo nada más que perder.
Ya había perdido la noción del tiempo cuando Castiel comenzó a sentir una niebla ligera brotando de sus manos. Era tenue, rosada como un algodón de azúcar. Miró sus palmas con curiosidad. Le gustaba ese color rosa tan artificial, tan químico y humano. Durante décadas estuvo fantaseando con el sabor de esa bola de telarañas dulces, hasta que una noche Dean lo llevó a una destartalada feria de pueblo y le compró una enorme. Sonrió. Una felicidad naciente le hacía cosquillas suaves en el vientre y la planta de los pies. De pronto sintió en su lengua la hueca textura que se derretía al contacto con su saliva, el sabor del azúcar, fuerte y pegajoso, y recordó porqué lo llamaban nube. Lo era.
La niebla rosa manaba de sus manos cada vez más espesa. Él era un ángel, y como tal podía manejar la luz de su gracia para atacar al enemigo o para sanar. Su cuerpo celestial era tan luminoso que los humanos no podían mirarlo de frente sin quedar ciegos... ¿pero desde cuando los ángeles escupían humo rosado? Quizás estuviera explicado en la tabla de Los Angeles, pero quién sabe. En realidad no le preocupaba demasiado en ese momento. Le parecía bonito, muy bonito. Las volutas se expandían por el club, fosforescentes en la semioscuridad que los rodeaba. Era como si toda la gente que bebía en las mesas o bailaba cerca de la barra estuvieran cubiertos por un velo de algodón de azúcar. Tenía hambre. Ya no recordaba si había logrado terminarse aquella enorme nube que Dean le compró aquella noche, sólo el intenso sabor en su boca y el brillo de las estrellas, porque aquella noche las estrellas venían por pares y eran verdes. Muy verdes.
De pronto la niebla se tornó del color de sus ojos y el mundo entero se volvió esmeralda. No podía dejar de contemplarlo todo con la boca abierta ¿Sería verdad que los hombres podían hacer el milagro? Y es que nunca, con su eterna mirada del ángel, había logrado sentir los colores como si fueran parte de sus manos. Quizás éste fuera sólo el principio. Se sintió emocionado. Las cosquillas ascendían desde la planta de los pies hasta dejar suaves picotazos en las yemas de los dedos. Acariciaba el color, lo sentía liso, pulido como un fino cristal. El humo se transformaba lentamente, se arrastraba por el suelo y se enroscaba alrededor de cada hombre, cada botella, cada carcajada.
Un pequeño remolino de alegría se iba concentrando en su pecho, pero Castiel estaba demasiado embobado para sonreír. Los objetos a su alrededor brillaban con un aura íntima, con una belleza que era sólo suya, destacando del resto sin ningún esfuerzo. Era como si cada cosa tuviese su lugar exacto, como si el cenicero que estaba tirado en el suelo fuera tan importante en la complejidad del espacio como el anillo de diamantes que lucía la chica solitaria de la barra. Un reflejo luminoso llamó su atención, y al girarse se encontró con su propio rostro dibujado en el espejo. Miró a los ojos de su recipiente y por primera vez los reconoció como suyos. Eran sus propios ojos los que lo contemplaban y no un pelele de huesos y carne a su medida. Era extraño, pero sólo sintió calma y una emoción que creía haber olvidado. En ese instante el humo se volvió de un color azul tan profundo que la palabra "hogar" se clavó en su garganta. Tenía que ser cierto, lo sentía... estaba cada vez más cerca.
Los destellos de cristal se multiplicaban, danzaban en la niebla color de cielo como fantásticas constelaciones. Se colaban en el aire y llenaban los pulmones con su brillo afilado. Era como respirar estrellas fugaces... ¿es que nadie más se daba cuenta? Miró a la gente difuminada en el azul y le pareció que sus figuras estaban recortadas en gelatina. ¿Cómo podían parecer impasibles con lo que estaba ocurriendo delante de sus narices? Una vez Castiel había viajado en la cola de un cometa, incluso había conocido el corazón del sol, sin embargo nunca se había sentido parte de ese fuego. Ahora, de cada parte de su ser brotaban unos hilos plateados que lo conectaban con cada objeto y hacía suya cada emoción.
¿Pero dónde estaba Dean? No lo había vuelto a ver desde que habían llegado (eso si no estaba velando su sueño en la habitación de un motel y todo esto era una fantasía de su mente agotada) Lo necesitaba, necesitaba verlo. La impaciencia tiró de él hacia adelante como si le hubiesen atado una soga a la cintura. Sentía las cosquillas de sus pies cada vez más intensas, su paso más ligero. Miró a su alrededor, y en cada mirada descubrió algo diferente, como un jardín de flores de celofán creciendo en las botellas de whisky o la pajarita de papel que el barman llevaba puesta de corbata. Cada detalle lo hacía sonreír igual que un niño que juega; apenas recordaba el vacío que lo había devorado por dentro, ni el peso de la soledad. Ahora su cabeza estaba abrumada de mariposas y su estómago de burbujas. Flotaba a unos centímetros del suelo con las alas plegadas.
Una melodía atravesó la niebla desde la antigua music-box de monedas que tenía el local. Las notas cobraron vida ante sus ojos, girando en espiral, posándose sobre la barra y acumulándose en los vasos como plumas multicolores. Sintió su corazón latir al ritmo de la música y empezó a bailar. Nadie lo veía moverse, era su interior el que danzaba, revoloteando junto a las notas musicales. Las blancas y corcheas iban formando un camino en el aire y Castiel sólo tenía que seguirlo ¿Dónde estaba el miedo, el remordimiento? Era como si se hubiesen largado a otra galaxia. No podía pensar, sólo sentía. El remolino de alegría que vibraba en su pecho se estaba convirtiendo un huracán que prometía hacerlo estallar en confetis de neón. Era feliz ¿Esto iba en serio? Lanzó una sonora carcajada y el pequeño planeta azul que apenas lo sostenía dejo de girar. Se rompieron los relojes, cada milésima de segundo parecía no tener fin.
Ahí estaba.
De nuevo ese par de estrellas verdes aparecieron frente a él. El tiempo y el espacio dejado de tener sentido. Un parpadeo y el mundo se hundió en el caos por un instante hecho de siglos. "Que no cierre los ojos, que no los cierre o todo habrá acabado" repetía sin palabras, una y otra vez. Dean.
Dean con su aura de fuego y su mirada antigua. Estaba triste, tan triste como él, pero a Castiel se le había perdido ese recuerdo entre la niebla. Ahora tenía esperanza y deseaba compartir con él esa apabullante sensación. Nunca hubiera creído que un simple humano podría conocer el hechizo que ni siquiera los ángeles habían logrado conjurar, pero si algo había aprendido es que la creación favorita de su Padre era sorprendente ¿Por qué no confiar?
El cuerpo del cazador lo atraía como un poderoso imán, sólo con tocarlo podría transmitirle la exultante felicidad que le provocaba su presencia. ¡Oh, claro! No debía... ¿qué importaba? El universo estaba a punto de alcanzar su equilibrio. Una caricia era un regalo, los humanos lo sabían. Cuando ÉL volviera lo comprendería. Probaría el azúcar derretido en la boca de Dean, el intenso sabor de la química rosada mezclado con su saliva. Por primera vez iba a hacer algo bien y todas las amarguras serían desterradas como la serpiente del edén.
Castiel levantó la mano y tocó su mejilla. Tuvo que cerrar los ojos al sentir el tormento de Dean atravesando su alma por completo. Quiso gritar "¡Confía en mí! ¡Por fin he encontrado el modo! ¡Todo va a salir bien!" pero las palabras se evaporaban antes de rozar sus labios. Intentó que sus pupilas hablaran por él, poniendo todas sus fuerzas en hacerse entender a través del espeso humo multicolor que se agolpaba tras sus párpados. Fue inútil.
Dean lo miraba con una mezcla de preocupación y enojo. Comenzó a hablar, y su voz de bronce resonó en las sienes ángel como una campana, haciéndole estremecer. Se sintió de nuevo bajo el signo de Babel ¡No podía comprender lo que decía! ¿Sería esto también parte del hechizo?
Ningún idioma de los millones que había aprendido desde el inicio de los tiempos parecía tener sentido, así que se sentó sobre su nube de arco iris y decidió esperar la gran revelación, esa que le habían prometido a llegar al club. O eso era lo que él creía…
Después de un día de mierda, Dean insistió en pasar por un garito de carretera bastante decente que habían visto al pasar. Cass asintió, demasiado abrumado por las preocupaciones para negarse. Últimamente lo perseguía una montaña de problemas sin aparente solución que estaba amenazando con derrumbarse sobre él. Se sentía solo, confuso por todas esas emociones maravillosas y terribles que sentía por Dean, y sobre todo abandonado por su Padre. Lo había buscado por todas esferas celestiales, por los círculos infernales. Había utilizado sabiduría, magia, palabras sagradas... incluso un amuleto que Dean llevaba desde pequeño colgado del cuello. Nada había resultado. Mientras el cazador pedía unas cervezas, el notó que un hombre misterioso le hacía señas desde el rincón de los baños. Estaba demasiado cansado, pero como buen ángel siempre estaba alerta a las señales por ese "¿y si fuera...?" Así que se acercó. El chico, pues era demasiado joven para llamarlo de otro modo, le lanzó una sonrisa torcida.
—¿Un mal día, compañero? —Musitó, llevándose una mano al bolsillo de la cazadora vaquera. Castiel lo miró, asintiendo con la cabeza—Pues por unos pocos pavos aquí tengo algo que te va a llevar al cielo… —Cass no podía creer lo que oía.
—¿Cómo es posible? El cielo está cerrado —recordó con cara de asombro—¿Acaso tienes un hechizo? —El chico se rió con ganas.
—¿Un hechizo? Oh, sí ¡Por supuesto! —Bromeó—y es tan buen material que algunos han visto hasta a Dios y a San Pedro esperando en la puerta — . El ángel casi entra en colapso ¿Y si ésta era la señal que estaba esperando? ¿Y si este mago tenía el conjuro necesario para encontrar a su Padre Dios?¡Ese sería el fin de todos los males! Aunque dudó por un momento, tomó de su bolsillo un montón de billetes, sin contar, y se los entregó al chico de un manotazo — Necesito ese hechizo — susurró. El chico aceptó encantado el dinero, riéndose por dentro del pobre pardillo que iba a probar su nueva fórmula de LSD. Sacó una pastilla del cinturón y se la mostró. Tenía un unicornio grabado.
—¿Quedamos de acuerdo? —Dijo el camello, aún con la droga en la mano.
—De acuerdo —susurró el ángel, cabizbajo —. No tengo nada más que perder.
Sin otra recomendación, el chico le metió directamente la pequeña píldora en la boca, y antes de marcharse le dijo al oído:
— Si encuentras a Dios, dale saludos de mi parte…
Dean no veía nubes esponjosas, ni colores tornasolados y radiantes de estrellas bailando en el aire... sólo veía a Cass, su ángel de ojos azules y gabardina, parado frente a él con la mirada perdida. ¿Qué podía hacer ahora?
