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Lo que él crece para ser

Summary:

TRADUCCIÓN

Tom Ryddle es una espiral aterradora de oscuridad, crueldad y grandeza, y cambiarlo es la única esperanza de Harry para salvar a las personas que ama. Retrocediendo en el tiempo, saca a Tom del orfanato, pero su optimismo se rompe con cada año que pasan juntos.

Tom todavía anhela la oscuridad. Tom lo sofoca en su posesividad. Tom está obsesionado con él hasta el punto de destruir el mundo solo para mantenerlo.

Pero Harry lo ama. Y el futuro cambia.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Quietud Desmantelada

Chapter Text

El libro era viejo y estaba desgastado, y cada palabra que contenía ya estaba grabada en la mente de Tom, dejándole una sensación agridulce. 

La biblioteca del Orfanato de Wool era deprimente en su escasez de opciones, por lo que a sus ocho años, Tom ya había leído todo lo que albergaba al menos varias veces. El libro que estaba sosteniendo no era una excepción, pero era interesante y leerlo era preferible a no hacer nada o peor, mezclarse con otros huérfanos.


—¡Devuélveme mi muñeca! ¡Devuélvemela o se lo diré a la Señora Cole!—gritó Amy de forma estridente y los labios de Tom se torcieron en disgusto. Patéticos, todos. ¿Por qué debía perder su tiempo aquí afuera con ellos? Prefería quedarse en su habitación, lejos de todo el ruido e infantilismo.


—¡Miren!—la voz de Billy sonaba tan emocionada que Tom, inconscientemente, levantó la cabeza del libro—¡Viene otro!


Oh. Eso.


El orfanato no era el lugar más popular, aún así, idiotas que querían ser padres lo visitaban a veces, eligiendo el más gris entre los grises. Durante los primeros años, Tom los había mirado con avidez, sonriendo cuando sonreían, respondiendo educadamente a la mayoría de las preguntas absurdas, con la esperanza de que esta vez fuera elegido. Que su potencial sería finalmente visto y reconocido.


Pero algo arruinó inevitablemente la impresión que había logrado provocar. La señora Cole, la vieja arpía, siempre trataba de esconderlo de los adultos curiosos, presentándolo siempre al final o susurrando cosas sobre él hasta que temían incluso mirarlo.


La amargura y la afrenta habían dado paso rápidamente a la furia, pero finalmente, se decidió por la indiferencia.


Deja que esos padres elijan a otros niños. Déjalos continuar con sus vidas aburridas y sin sentido. Tom estaba destinado a cosas más grandes, cosas mejores, y no necesitaba la ayuda de nadie para lograrlas.
Los otros se callaron inmediatamente, mirando anticipadamente las verjas. Se abrieron lentamente y entró un joven, bajo y delgado, con un mechón de cabello oscuro y rebelde en su cabeza.


Dio varios pasos adentro y se detuvo cuando los niños acudieron en tropel hacia él, susurrando saludos silenciosos y sonriendo de la más falsa y repugnante dulce manera.


—¿Has venido por mí?—lloriqueó Sarah, e incluso desde su lugar, Tom pudo ver cómo los ojos del hombre se ampliaron antes de moverse con torpeza, obviamente incómodo con toda la atención que estaba recibiendo.


—¿Me llevarás a casa?—Robert, su más joven y última incorporación, preguntó. Con burla disimulada, Tom observó cómo los ojos del hombre se ensancharon aún más mientras miraba a los niños casi impotente antes de apartarse de ellos y salir corriendo por la verja.


Bien. Eso fue rápido.


Que debilucho.


Resoplando, Tom volvió a concentrarse en su libro y escuchó cómo otros comenzaron a murmurar decepcionados.


A veces esto también sucedía. Los pequeños idiotas lo exageraban y los visitantes se marchaban en lágrimas, demasiado afligidos con la idea de elegir uno y dejar a los demás desconsolados. Pero este hombre había establecido un récord completamente nuevo.


El libro comenzó a atraerlo de nuevo, difuminando los contornos del molesto mundo gris, pero un nuevo aumento en la emoción y el desconcierto entre los niños obligó a Tom a dejar de leer. Frunciendo el ceño, levantó la vista y vio al mismo hombre entrar nuevamente. Esta vez, sostenía en sus manos lo que parecían docenas de peluches, y Tom lo miró, preguntándose cuánto podrían costar y dónde podría conseguirlos tan rápido.


—Aquí—murmuró el hombre, y su voz era tan suave como Tom podía esperar de alguien tan vergonzosamente emocional. Pronto, los veintiún niños estaban sosteniendo su propio juguete, abrazándolos cerca de sus pechos y mirando al hombre con asombro.


Todos menos Tom. El hombre no lo había mirado ni una sola vez, como si no fuera digno de su consideración. Aparentemente no lo había notado en absoluto.


El rechazo era el compañero constante de Tom, pero todavía sentía que la amargura se arremolinaba dentro de él, susurrando cosas venenosas en sus oídos.


Despreciable. Insignificante. Indeseado.


Apretando los dientes, Tom miró su libro sin verlo, aunque de alguna manera, todavía estaba al tanto de todas las cosas que el hombre hacía. Comenzó a pasar a través de los niños hacia la puerta principal, dándole a todos una sonrisa vacilante y disculpándose como el tonto maleable que era.


—Miren—susurró Amy—¡El monstruo no recibió un juguete!


Tom se tensó involuntariamente, aún negándose a mirar hacia arriba.


—¡Incluso las personas que nunca lo han visto antes no quieren gastar dinero en él!—exclamó Billy regodeándose. 


La cabeza de Tom se alzó mientras los miraba, su furia crecía rápidamente, fuego líquido corriendo en sus venas. Algo comenzó a formarse dentro de él, algo pesado y hormigueante, pero antes de que pudiera dirigir esta energía a alguien, el hombre de repente se detuvo y se volvió para enfrentar a los demás.


—En realidad—dijo, y Tom se sorprendió de lo frío y firme que sonaba ahora—, voy a adoptarlo.


Un silencio mortal cayó sobre el patio. Los niños quedaron boquiabiertos y Tom se quedó helado, preguntándose si lo había escuchado correctamente.


El hombre comenzó a caminar de nuevo, todavía negándose a mirarlo. Cuando desapareció en el edificio, Tom finalmente se sacudió el estupor y saltó suavemente, cerrando el libro. Sin decir nada, se dirigió hacia la puerta también, obligándose a caminar con calma, a pesar de que su corazón latía con ansiedad inusual.


¿Era esto una especie de broma? El hombre ni siquiera lo había mirado, ¿cómo podía saber de quién estaban hablando los demás? ¿Y por qué querría adoptarlo en primer lugar?


Una vez que la puerta se cerró, sumergiéndolo en la penumbra, Tom se permitió acelerar. Alcanzó al hombre en las escaleras.


—¿Mentiste?—preguntó en voz baja, evaluándolo con una mirada sospechosa. El hombre se detuvo, dudó, y luego se enfrentó a él, pareciendo reacio, como si no tuviera deseos de mirarlo.


—No—dijo—, no lo hice.


Tom parpadeó, sin esperar esta respuesta.
No tenía sentido. Nunca había visto a este extraño antes y estaba claro que el hombre no tenía deseos de interactuar con él. Estaba sosteniendo su mirada, sí, ahora que finalmente lo estaba mirando, pero prácticamente emanaba renuencia y algo que Tom no podía identificar.


—Entonces... me vas a adoptar—dijo.


—Si.


—¿Sabes quién soy?


Los labios del hombre se curvaron en una sonrisa seca e irónica.


—Tom Ryddle—dijo en voz baja—, ocho años.
No agregó nada más y Tom sintió que la frustración aumentaba.


—¿Quién eres tú?


Otra extraña sonrisa.


—Harry Potter. Aunque no espero que mi nombre signifique algo para ti.


Tom miró al hombre con atención, notando su cabello, sus rasgos delicados, sus ojos. Verde, extrañamente vívido. Ahora que lo piensa, a pesar del diferente color de ojos, se parecían un poco. ¿Podría ser?..


—¿Eres mi padre?—odiaba cómo había tropezado con esta palabra, odiaba cómo su corazón saltaba en latidos llenos de esperanza. El apellido de su padre tenía que ser "Ryddle", pero ¿quién sabía qué podría haber cambiado en estos años?


Harry Potter parecía aturdido, y su reacción fue respuesta suficiente. Tom se enderezó, entrecerrando los ojos en un desafío.


—No—dijo Potter tardíamente, sonando casi triste. Luego suspiró—. Entiendo que tengas preguntas. Pensé hablar primero con la Sra. Cole, pero como ya conoces mis planes... vamos a tu habitación. Podemos hablar ahí.


Tom vaciló, considerando esta solicitud. No era un idiota. Ir a su habitación con un adulto extraño no era una decisión inteligente, pero por alguna razón, no sintió ningún peligro por su parte. Sus instintos permanecieron latentes.


—Bien—dijo con rigidez—, sígueme.


Subieron las escaleras en silencio. Cuando llegaron a la habitación 27, Tom dejó que Potter entrara primero, observándolo cuidadosamente, antes de cerrar la puerta y tomar asiento en su cama.


—Te vi con tu grupo hace unos días. — Potter no lo estaba mirando de nuevo, eligiendo inspeccionar sus manos—. Inmediatamente me di cuenta de que eras diferente.


La euforia explotó en el pecho de Tom, pero se apresuró a estudiar sus rasgos. No iba a caer en la adulación. No era tan ingenuo.


—¿Diferente cómo?—Preguntó astutamente.
—¿Alguna vez has hecho cosas que nadie más podría explicar? ¿Algo inusual?


Su euforia ardió con mayor intensidad y Tom apretó los puños, tratando de mantener la calma.


—¡Si!—su voz seguía siendo demasiado ansiosa—. A veces, puedo hacer que otros hagan lo que quiero. Puedo controlar sus acciones. Puedo mover cosas sin tocarlas—sus habilidades eran incontrolablemente impredecibles, pero Tom no le iba a decir eso a Potter. Quería parecer poderoso, para...


¿Y si fuera una trampa? La Sra. Cole había organizado algunas pruebas, como la del sacerdote hace dos años, y Tom había caído perfecto...


Pero Potter asintió, como si ya estuviera esperando su respuesta.


—Pensé que sí—pronunció, y como no había reproche en su voz, Tom se relajó un poco—. Sé que otros te desprecian por esto. Las personas son crueles cuando se enfrentan a algo que no entienden.


—Eso es porque son ordinarios. Soy especial. Único en mi clase.


Potter levantó la vista bruscamente y sus ojos se volvieron fríos de nuevo.


—No eres único en tu clase—dijo bruscamente—. Hay otros como tú. Como yo. Y no hace a nadie más ordinario. Todos somos personas, somos simplemente... diferentes.


Tom lo miró con burla, pero antes de que pudiera replicar, algo más se registró en su mente.


Potter implicaba que él también era especial. Como Tom.


—¿Tú también puedes hacer cosas? ¿Qué tipo de cosas?—Demandó. Potter le dedicó una pequeña pero aparentemente genuina sonrisa. Sus ojos se deslizaron hacia el armario de Tom unos segundos, pero luego miró hacia otro lado. En el momento siguiente, sus manos comenzaron a brillar, y sacó una pequeña serpiente de juguete de la nada. Tom jadeó, mirándolo con avidez.


—¿Es así como conseguiste todos esos otros juguetes?—preguntó, su mente adelantándose, planeando, calculando...


—No. —Potter sonrió tímidamente—. No puedo producir un juguete apropiado solo con magia. Compré esos otros en una tienda real. 


Sacó un palo extraño, Potter lo agitó y el juguete desapareció.


—Magia—susurró Tom—. Si tenemos magia, esto nos hace...


—Magos. —Potter lo miraba ahora y toda la frialdad había desaparecido. Parecía comprensivo—. Me di cuenta de que eras uno cuando te vi. Sé cómo se siente estar con personas que no te quieren, que te odian por tu existencia. Así que decidí ayudar.
La alegría de Tom todavía estallaba en él, pero también había cautela.


Potter era un conjunto de contradicciones. Había actuado como un tonto de corazón blando con otros huérfanos hasta que cruzaron algún límite personal suyo. Luego se volvió frío e intimidante. Al principio se había negado a mirar a Tom, y cuando lo hizo, su mirada era cautelosa y casi hostil. Ahora se suavizó visiblemente, pero ¿por cuánto tiempo? ¿Y cómo todo eso explicaba su deseo de adoptarlo?


—¿Hay muchos otros como nosotros?


—Si. No muchos en comparación con los muggles, son personas no mágicas, pero tendemos a mantenernos unidos.


—¿Adoptas a cada niño mágico que ves, entonces?—La pregunta de Tom era fría y la cara de Potter se quedó en blanco.


—No—dijo después de una pausa—, la mayoría de los niños mágicos viven en familias. Yo...—otra pausa—soy nuevo en Londres. He viajado desde lejos. No tengo familia, he perdido a mis amigos y me siento solo. Entonces, ya estaba considerando adoptar un niño cuando te vi. Parecía el destino.


Tom no dijo nada, mirándolo sospechosamente. No estaba seguro de por qué, pero dudaba de la historia de Potter. Tal vez por lo absurdo que sonaba. Él mismo nunca consideraría adoptar a alguien por una razón tan patética.


Por otro lado, él no era la mayoría de la gente. Y si Potter era un tonto, era ganancia de Tom.


—¿Te gustaría irte conmigo?—Potter preguntó vacilante—. Tengo una casa. No es mucho, pero es mejor que este lugar. Puedo enseñarte algunas cosas básicas sobre magia hasta que tengas once años.


Tom inmediatamente de volvió cauteloso.


—¿Qué pasará cuando tenga once años?


—Irás a Hogwarts, es una escuela para magos. Puedo contarte más al respecto una vez que hayamos tratado con todos los trámites. ¿Entonces que dices? Te gustaría-


—Por supuesto que sí—espetó Tom. ¡Qué pregunta tan idiota!


Luego se dio cuenta de que estaba siendo grosero, y al ver cómo Potter se puso rígido, no le gustó.


Eso no serviría. Tom tendría que esforzarse más. Tenía que permanecer en las buenas gracias de Potter para poder usarlo.  


—¿Quién no querría dejar este lugar?—añadió, mucho más suave, y Potter, el idiota, inmediatamente se suavizó a cambio.


—Creo que sí—murmuró—¿Por qué no recoges tus... cosas?—otra mirada hacia el armario—. Iré a hablar con la señora Cole ahora, y si todo va bien, volveré por ti en aproximadamente media hora.


Tom asintió, observando atentamente cómo Potter se dirigió a la puerta. Luego se fue, y la habitación de Tom fue devuelta a un sonoro silencio.


Él era un mago. Era especial. Si aprendiese más, podría controlar sus habilidades mucho mejor, y entonces no habría una persona capaz de enfrentarse a él.


Todavía no estaba seguro de Potter, de si era un activo o una amenaza, pero por ahora, se quedaría con él.


Era un mago.


Una sonrisa feliz y llena de júbilo se posó en los labios de Tom, y no importaba cuánto lo intentara, no podía reprimirla.

_


La señora Cole parecía un poco verde cuando fue a despedirlo. No paraba de lanzarle miradas inquietas a Potter. Al principio, Tom no entendió, pero la pista, sorprendentemente, vino de Amy.


—Él se dará cuenta de lo raro que eres y te traerá de vuelta—siseó al oído de Tom—. Solo espera. Harás algo que no le guste y volverás aquí para siempre.


Tom la miró fríamente. Se imaginó clavándole agujas en los ojos hasta que sangraron. Se imaginó arrancándole la lengua de su sucia boca y obligándola a comérsela.


Trató de conectarse con su magia, enfocándola en Amy, pero aunque sin lugar a dudas sintió un poco de poder surgiendo de su sangre, no pasó nada. Lo intentó con mayor fuerza y Amy gritó de repente, sus manos volando hacia sus ojos. No había sangre visible, pero ella seguía chillando de dolor, y Tom sonrió mientras lo observaba.


Luego su mirada cayó sobre Potter y su sonrisa murió.


Potter le devolvió la mirada, la expresión en blanco regresó a su rostro. Sus ojos verdes emanaron frialdad, y las palabras burlonas de Amy volvieron a sonar en la cabeza de Tom.


Esto era de lo que debía preocupar a la señora Cole. Ella pensaba que Potter lo traería de vuelta y crearía problemas para el orfanato, dañando su reputación. Como si hubiera algo que dañar. 


Aún así, tenían razón, independientemente de cuánto Tom no quisiera admitirlo.


Potter podría enviarlo de regreso. Tom dependía de él. Y hasta que ganara algo de influencia, tendría que obedecerlo, hacer todo lo posible para que la idea de deshacerse de él nunca se le pasara por la mente.


—Estoy listo—dijo inocentemente, apretando su pequeña bolsa. Amy dejó de llorar, así que Potter asintió y comenzó a caminar hacia la salida. Los niños restantes enviaron miradas de envidia y odio a Tom, y Potter debió de atraparlos porque de repente disminuyó la velocidad, esperó a Tom y luego lo agarró de la mano.


A Tom no le gustaba que lo tocaran tan casualmente, pero en estas circunstancias, no le importaba.

 
Sonriendo a los pequeños tontos, apretó la mano de Potter con más fuerza.


Luego caminó hacia un nuevo mundo


_


La brusquedad del movimiento le dio vueltas el estómago provocándole náuseas, sin embargo, el solo hecho de poder viajar de esta manera hacía que ni siquiera lo notara.


Habían atravesado toda la ciudad, y tal vez más, en solo unos segundos. ¿Cuántas posibilidades abría este viaje? Tom no tendría que perder el tiempo usando el transporte una vez que lo aprendiera. Le ahorraría horas. Horas que podría dedicar a algo útil, como reunir más conocimiento.


Potter tenía que enseñarle. Hasta entonces, Tom le mostraría su mejor comportamiento.
La casa de Potter era espaciosa pero estaba casi vacía, como si el hombre no hubiera estado allí antes. Tom volvió a mirarlo con cautela.


—No tuve tiempo de hacer nada con esto—respondió Potter a sus pensamientos sordos—, me mudé hace unos pocos días. Además, también será tu hogar. ¿Qué piensas sobre diseñar el interior juntos?   


Tom dejó de caminar, aturdido por la oferta, y algo dentro de su pecho revoloteó.


¿Decorar la casa? ¿Hacer lo que quería aquí, como si realmente le perteneciera?


Le gustó esta idea. Le gustó mucho.


—Bien—dijo con cuidado—¿Dónde voy a dormir?


Potter se revolvió el pelo oscuro distraídamente.


—Donde quieras—dijo—. Puedes elegir cualquier habitación que desees, excepto la mía, por supuesto. Vamos, déjame mostrarte lo que tenemos aquí.


Tom envolvió sus manos alrededor de su bolso posesivamente y siguió a Potter escaleras arriba. La casa tenía ocho habitaciones y, después de una cuidadosa consideración, eligió la que estaba más alejada de Potter.


No quería ser molestado. Y quería escuchar los pasos de Potter cuando se acercaba: sería más seguro.


—Esta—dijo, colocando su bolso en la cama. Potter asintió y pareció aliviado por alguna razón. ¿Le alegraba que Tom quisiera estar lejos de él?


—Transformemos esta cama en algo más cómodo—murmuró. Un movimiento de su varita, y la cama cambió repentinamente, creciendo en tamaño y volviéndose más alta. Apareció un dosel verde, que ofrecía un refugio adicional, y Tom jadeó en silencio, incapaz de contener su emoción.


La cama parecía majestuosa ahora, como si hubiera salido de las páginas de los libros que había leído en el orfanato, temblando bajo la fina manta. Lujoso, caro, digno de él.


—¿Puedes hacer lo mismo con las paredes y el piso? ¿Y el techo?—preguntó exigente. Potter le dirigió una mirada entre extraña y frustrada, y Tom inmediatamente se recordó a sí mismo.


—Gracias—dijo intentó sonreír—. Se ve maravilloso.


Potter no parecía contento, de hecho, su rostro se volvió aún más apretada, como si viera a través de la manipulación de Tom y le molestara.


—No puedo hacer lo mismo con nada más—respondió finalmente—. Transformé la cama ya existente. Tendremos que comprar el resto. ¿Por qué no desempacas tu bolso para que podamos decidir qué más necesitas?


Tom se encogió de hombros pero no discutió. Pronto, todas sus pertenencias se extendieron sobre la cama, e ilógicamente, casi se sintió avergonzado por lo poco que poseía.


Potter no dijo nada por un momento, y cuando lo hizo, su voz era seria.


—Estas tres cosas. ¿Te pertenecen?


Inmediatamente, la tensión se enroscó en él, y Tom no tuvo que mirar para saber qué quería decir Potter.


Una cruz de plata, una muñeca pequeña y un corazón de felpa roto. Sus pequeñas victorias, algo de lo que estaba inmensamente orgulloso.  


Potter apenas lo vería a su manera.


—¿Bien?—La entonación de Potter se elevó y Tom respondió de mala gana: 


—No.


—Ya me lo imaginaba—Potter lo miró directamente y aunque Tom se había enfrentado a hombres mucho más intimidantes en su vida, por primera vez desde que podía recordar, se sintió inquieto.


Era como si Potter pudiera ver a través de él.


—¿Por qué robarías de los demás?—preguntó conversacionalmente, inclinando la cabeza—. Esto no es algo que realmente quiera para ti. ¿Qué te hizo querer lastimar a los más débiles que tú?


—¿Por qué supones que eran más débiles?


—Porque te vi y los vi. Eres el más fuerte entre todos, con o sin tu magia. Lo que te falta de fuerza lo compensas con astucia.


El orgullo y la felicidad bailaron dentro de él y Tom levantó la barbilla, eufórico de que eso era lo que Potter pensaba de él.


Si. Él era fuerte. Él era especial.


—Si las personas son débiles, merecen perder lo que tienen. Si no pueden luchar por ello, no lo merecen.


—Entonces se lo quitas. Como un matón.
La euforia se desvaneció, haciendo que Tom frunciera el ceño.


—Se lo merecían—repitió con dureza.


—No hay nada fuerte en atacar a los más débiles que tú—respondió Potter con la misma dureza—. Si estás orgulloso de tu fuerza y quieres desafiar a alguien, hazlo con aquellos que tus son iguales. Hazlo con aquellos que son más fuertes que tú si te sientes particularmente aventurero, pero no apuntes a los débiles. No es halagador para ti en primer lugar.


Tom entrecerró los ojos, pensando en ello.


Tal vez... tal vez Potter tenía razón, hasta cierto punto. Jugar sus juegos con otros huérfanos era tan estimulante como atormentar a un gatito. Los chicos mayores le habían causado problemas en el pasado, pero incluso entonces, Tom no los llamaría oponentes dignos. Usar su edad y fuerza física (ventajas que simplemente obtienes por crecer) no era nada que mereciera respeto.


Lo llevó a otro problema.


—Nadie es mi igual—dijo Tom, burlándose. No le importaba causar una buena impresión en Potter, al menos no por el momento. Algo sobre el hombre simplemente arrastraba toda su crueldad a la superficie.


—Tal vez no en el orfanato—admitió Potter inesperadamente—. Pero ahora que vives conmigo, tienes una gama más amplia de posibilidades. En lugar de perseguir a aquellos que no pueden defenderse, ¿por qué no te concentras en mí?


¿Qué?


Otra cosa extraña sobre Potter: de alguna manera, siempre se las arreglaba para sorprenderlo.


—¿Qué quieres decir?— preguntó Tom, frunciendo el ceño.


—Justo lo que dije. —Potter le sonrió, esta vez un poco más cálido—. Si necesitas probar tu poder, ya sea tus habilidades mágicas o astucia, soy más que capaz de ser tu oponente.


—Pero tu eres-


—¿Soy que?


Oh, cómo Tom no quería admitirlo.


—Sabes más magia que yo—dijo con los dientes apretados—. Por supuesto que ganarías. 


Por ahora.


—Razones para esforzarse más. —La sonrisa de Potter se amplió—. Además, creo que me malinterpretas. No quiero decir que tengas que librar una guerra real contra mí. Pero si necesitas un desafío, como creo que lo haces, puedes encontrarlo de manera que no implique ningún daño real. Podemos comenzar con la cocina.


La mandíbula de Tom cayó.


—¿Qué?—farfulló—¿Qué tiene que ver la cocina con esto?


—Voy a hacer la cena pronto. ¿Por qué no intentas hacer algo para arruinarlo?


El nivel del shock fue tan fuerte que Tom no se recuperó durante varios segundos.


¿Potter estaba loco? ¿Qué sentido tenía esa idea loca e infantil?


—¿Cuál sería el punto?— preguntó con incredulidad—. Tengo hambre. ¿Por qué arruinaría mi propia cena?


Potter, el bastardo, se atrevió a poner los ojos en blanco.


—No seas ridículo, por supuesto que te alimentaré de todos modos. Sin embargo, podemos hacer una apuesta. Si gano, comemos lo que cociné. Si ganas, cocinaré lo que quieras. Lo tú desees.


—¿Cualquier cosa?—Tom aclaró y Potter asintió solemnemente.


—Cualquier cosa. Incluso si tales ingredientes no se pueden encontrar en Inglaterra.


Eso fue interesante. Inmediatamente, por la mente de Tom cruzaron todo tipo de recetas posibles e imposibles, pero sabía muy poco sobre comida: el orfanato tenía un menú muy limitado y ciertamente no quería probar nada de allí.


Tendría que investigar un poco.


—Trato—dijo en voz alta, incapaz de luchar contra la emoción que se estaba extendiendo a través de él rápidamente—¿Cómo vamos a hacerlo?


—Vamos a cocinar juntos. Si te veo haciendo algo para obstaculizar el proceso, tendrás la oportunidad de intentarlo de nuevo pero en una etapa diferente de los preparativos.


—Excelente. —Tom cerró su bolsa y se volvió hacia Potter otra vez, su rostro iluminado con determinación—. Comencemos.

Veinte minutos después, Tom estaba cortando las verduras, observando cómo Potter se movía por la cocina. Pese a su decepción, tuvo que aceptar que no haría nada para dañar la comida de esta noche. Primero, tenía que conocer mejor las habilidades de cocina de Potter, para ver qué podía sabotearse más fácilmente, dónde podía pasar desapercibido. Solo entonces, él actuaría.   


—Por curiosidad, ¿por qué elegiste esas cosas en particular para robar?—preguntó Potter, mezclando los huevos en un tazón. Tom lo miró con desconfianza.


—Porque sus dueños me molestaron más—respondió—. Y porque los atesoraban por encima de todo.


—¿Fue difícil robarlos?


¿Por qué estaba preguntando todo eso?


—No.


—¿Cómo reaccionaron esos niños?


—Lloraron. —Los labios de Tom se estiraron en una sonrisa antes de que pudiera detenerse—. Fue patético.


—Patético. —Potter arrastró las palabras pensativamente—. Pero te sentiste emocionado cuando tomaste los juguetes, ¿no?


—¿Y qué?


—Digamos, ¿qué te daría una mayor sensación de emoción, robar a los demás o encantarlos para que te den las cosas que más aprecian de buena gana?


Tom se olvidó de las verduras y miró a Potter.


—¿Encantarlos? —Hizo eco—¿Quieres decir con magia?


—No. Me refiero genuinamente. ¿Podrías hacer que les gustes lo suficiente como para que quieran darte esas cosas.


Una sensación de asombro lo venció y Tom pasó los siguientes minutos en silencio, reflexionando sobre esta nueva idea.


—Podría—murmuró eventualmente—, pero llevaría tiempo.


—¿No haría la victoria más dulce?


Maldito Potter. ¿Siempre debe sorprenderlo?
Por otro lado, a Tom le gustaba que Potter lo tratara como si fuera un adulto. No como un bicho raro o fenómeno, sino alguien con quién hablaba como si fueran iguales.

 
Se sentía bien.


No dijo nada más, volviendo a sus verduras, pero las palabras de Potter seguían resonando en su cabeza, deslizándose en sus rincones más oscuros.


¿Encantar a otros niños y hacer que se sometan a él voluntariamente? Eso podría ser aún más agradable de hecho. Engañar a esos gusanos tan a fondo hasta que sean incapaces de notar sus verdaderas intenciones, anhelando su presencia.


Tom sonrió, y esta sonrisa permaneció en sus labios durante toda la noche.  

_


Al día siguiente, Potter lo llevó de compras.

La primera tienda que visitaron tenía diferentes tipos de ropa y Tom se paró frente a la vitrina con torpeza, inseguro se qué hacer.


No tenía idea de si Potter era rico. ¿Debería pedir algo modesto? Podría haberse permitido perder su máscara varias veces ayer, pero hoy estaba siendo lo más amable y educado posible.


¿Sería codicioso pedir algunos atuendos? ¿Cuánto podía exigir sin que Potter lo considere inaceptable?


Por el rabillo del ojo, Tom notó cómo Potter tomó su hombro para después apartar la mano. Como si la idea de tocarlo fuera desagradable.


Una oscura amargura se alzó en un interior, envolviéndolo con sus venenosos brazos, y Tom intentó empujarla hacia lejos.


¿Qué estaba tan mal con él que el otro mago, el que lo adoptó, se negó a tocarlo a menos que fuera absolutamente necesario? Potter no era como la gente del orfanato. Muggles . Se suponía que era diferente y, sin embargo, todavía parecía despreciar a Tom por algo.


—Puedes elegir lo que quieras—dijo Potter torpemente—. Tengo suficiente dinero para pagarlo.


—No lo diría, viendo lo que llevas puesto—comentó Tom fríamente, y la cara de Potter hizo algo extraño, como si no estuviera seguro de si divertirse u ofenderse.


—Realmente no me importa lo que llevo puesto—admitió—. Pero tengo el presentimiento de que a ti sí. Así que, como dije, elige lo que quieras.


Potter era un conjunto interminable de contradicciones. ¿Se negaba incluso a acariciarle el hombro pero estaba dispuesto a gastar una fortuna en él?


Bueno, si no supiera el valor de su propio dinero, Tom no iba a discutir con él.


Pronto, parecía tan perfecto como esos bastardos ricos que a veces llegaban a su orfanato, llenos de dinero y prestigiosa reputación. Una alegría salvaje y una oleada de poder hicieron que la cabeza de Tom girara, y le sonrió a Potter antes de que pudiera reprenderse, sintiéndose perfectamente feliz.


Potter le devolvió la sonrisa, aunque era algo tenue.


—¿Por dónde seguimos?—preguntó—¿Un helado, tal vez?


El traidor estómago de Tom gruñó y los labios de Potter se volvieron a torcer.


—Lo tomaré como un si—dijo secamente—. Ven. Conozco un buen lugar cerca.
 
—¿Los magos tienen sus propios lugares?—Tom preguntó cuándo estaban sentados en una cafetería. Potter asintió con la cabeza.


—Si. Te llevaré al Callejón Diagon pronto, para que puedas ver el mundo al que perteneces. No podremos conseguirte una varita hasta que tengas once años, pero aún habrá cosas que te gusten, como libros.


—Libros—repitió Tom con reverencia. Libros mágicos. Una herramienta para descubrir misterios y adquirir conocimiento.


—Te enseñaré todo lo que sé sobre magia. Sobre lo que deberías y no deberías saber. Pero también hay ciencias muggles que creo que deberías aprender, así que tenemos que decidir si prefieres ir a la escuela o quedarte en casa conmigo como tu maestro.


—¿Conoces las ciencias muggles?


Una sombra corrió por la cara de Potter.


—Sí—pronunció—. Pasé los primeros once años de mi vida en un mundo muggle, sin tener idea de que existía la magia.


Tom hizo una pausa ante estas palabras, escuchando más de lo que Potter decía. Había una tristeza innegable en su voz y algo al respecto creó una sensación de relación tan fuerte que Tom casi se sintió débil bajo su fuerza.


Potter, captando su intensa mirada, hizo una mueca.


—No eras el único llamado monstruo por algo sobre lo que no tenías control— confirmó sombríamente—. Y esa es otra razón por la que decidí adoptarte.


Eso le golpeó demasiado cerca para su comodidad, así que Tom lo miró con burla.


—¿Tener una familia?—puso todo el disgusto que sentía hacia la idea en esta palabra, toda la inevitable decepción que le había provocado, esperando que fuera suficiente para avergonzar a Potter. Para su sorpresa, Potter solo asintió.


—Sí—dijo simplemente—. La única familia que tuve se vino abajo. Todo lo que podría hacer por ellos es comenzar de nuevo.
Ahora, eso era más interesante.


—Se vino abajo, ¿cómo?—Tom preguntó y Potter dudó.


—Esa es una historia para otro momento—dijo finalmente—. En resumen, uno de mis mejores amigos murió. Mi otra mejor amiga, su esposa, nunca volvió a ser la misma. Verla desvanecerse día a día era insoportable.


—Así que la abandonaste—Un vago sentimiento de alarma tomó lugar en la mente de Tom e intentó hacer que su rostro se sintiera comprensivo.


Si Potter fue capaz abandonar a su mejor amiga, también podría abandonarlo si las cosas salían mal.


Tom no debía olvidar ser cuidadoso. Debería esforzarse más, limitar sus resbalones al mínimo.


—Como dije, no es una historia que esté dispuesto a discutir hoy—Potter se centró en su helado.


A Tom le hubiera gustado presionar más, pero algo le decía que no era una buena idea hacerlo ahora.


—¿Cuantos años tienes?—preguntó en su lugar, y Potter se relajó.


—Veinticinco—dijo, haciendo que Tom resoplara incrédulo.


—Te ves más joven—Potter parecía tener diecinueve años. Era humillante que Tom pudiera haber considerado la posibilidad de que él fuera su padre.


—Algunas personas no tienen el lujo de envejecer—dijo crípticamente, y antes de que Tom pudiera entender a qué se refería, agregó—. Entonces, ¿qué piensas de tu educación? ¿Prefieres ir a la escuela o..?


—Tú—espetó Tom. Cuando Potter lo miró fijamente, se apresuró a aclarar—. Me gustaría que me enseñaras tú.


Su respuesta pareció complacer a Potter: toda su cara se iluminó para volver a oscurecerse nuevamente.


—Bien—dijo—, comenzaremos mañana.
 
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Las siguientes semanas fueron las más emocionantes y mentalmente estimulantes de la vida de Tom. Potter insistió en enseñarle materias muggles en la primera mitad del día. Después de almorzar, Potter le hablaba sobre magia, horas tras horas llenas de explicaciones, hechos y sugerencias. Nunca era realmente específico: no importaba cuánto Tom preguntara, Potter se negaba a enseñarle hechizos reales, alegando a que aún no estaba listo, pero Tom confiaba en que con el tiempo, lograría hacerle cambiar de opinión.


Los fundamentos teóricos de la magia eran fascinantes. La historia de la jerarquía de los magos aún más.  


—En el mundo mágico, muchos magos creen erróneamente que la sangre es un factor que determina la valía de uno. —Estaba diciendo Potter, con los ojos oscuros—. La sociedad está dividida en nacidos de muggles, mestizos y puros. Estos últimos se consideran realeza y tratan a los demás como inferiores, pero en la mayoría de los casos, no difieren de los demás. No favorablemente, al menos.


—Supongo que no eres de sangre pura, entonces—comentó Tom mordazmente y Potter entrecerró los ojos hacia él.


—No—dijo con frialdad—. Soy mestizo. Y pasé suficiente tiempo en el mundo mágico para saber que la sangre no significa nada.


Este era claramente un tema doloroso. Y solo solidificó la opinión de Tom de que Potter era parcial y, por lo tanto, poco confiable a este respecto.


—La sangre no puede no tener relación—dijo—. Tú y yo estábamos discutiendo sobre genética hace dos días. Los rasgos pueden ser heredados.


—Rasgos, sí. Superioridad, no.


—Los hijos de padres enfermos a menudo son enfermos también. Es lógico que los niños de sangre pura tengan más magia.


—¡No!—Potter cerró el libro, frustrado—. Los sangre pura no tienen más magia en primer lugar. Mírate a ti mismo. Tienes más magia y talento que la mayoría de los niños de tu edad. Incluso diría que eres el niño más mágico que he visto. ¿Te considerarías inferior solo porque no eres de sangre pura?


Mágicamente poderoso. Potter pensaba que era mágicamente poderoso. Creía que era especial, a pesar de todas sus conversaciones sobre igualdad.


—Tal vez soy de sangre pura—dijo Tom con avidez. ¡Podría explicar todo! Esa podría ser la razón por la que era tan diferente de los demás, no solo porque tenía magia sino porque era de la realeza incluso para los estándares mágicos. Si es así…
—No lo eres.


Las palabras de Potter se estrellaron en sus pensamientos y Tom se tensó, mirándolo.


—¿Cómo lo sabes?   


Potter lo miraba extrañamente, medio comprensivo, medio molesto.


—Tu apellido es Ryddle—dijo—. La Sra. Cole dijo que pertenecía a tu padre. No hay ningún Ryddle entre los de sangre pura. Puedes ser un nacido de muggles. Entonces, de nuevo, ¿crees que te haría inferior?


—¡No!—Tom lo negó al instante, pero la decepción y la ira ya libraron una guerra en su estómago, casi haciéndolo temblar con adrenalina y magia, tanta magia.


No podía ser nacido de muggles. Se negó a creer eso.


—Tom. La sangre no define a nadie.


—Hablado como un verdadero mestizo—escupió, y Potter se atrevió a resoplar.


—Hace cinco minutos, no sabías nada sobre el estado de la sangre en el mundo mágico. ¿Por qué estás tan decidido a creer en los estereotipos cuando ni siquiera investigaste este tema?

 
—Porque tienes prejuicios. ¿Por qué debería confiar en tus palabras?


—Viví una vida. De donde soy...—la voz de Potter se quebró de repente y se aclaró la garganta, recuperando palpablemente el control sobre sí mismo—. Había dos hombres muy poderosos. Y por poderoso quiero decir, poderoso. Todo el mundo mágico los veneraba, aunque de diferentes maneras. No había nadie que tuviera más magia o más conocimiento que ellos, y ambos eran mestizos.


Estas palabras calmaron el torrente oscuro que rabiaba en él, y lentamente, Tom comenzó a regresar al estado de calma.


Potter podría ser un tonto pero era honesto. Esta era la percepción que Tom tenía de él. No mentiría sobre esos poderosos mestizos solo para verse bien.  


Como si sintiera su actitud cambiante, Potter se inclinó hacia delante y su rostro adquirió una expresión tan animada y vívida que Tom lo miró fascinado.


—Estaba en medio de la guerra de estos estereotipos—dijo Potter con urgencia—. Conocía a mucha gente. Mi mejor amiga, Hermione, es una nacida de muggles, y siempre ha sido la bruja más brillante que he conocido. Su conocimiento era tan vasto que muchos sangre pura no podían soportarla debido a esto, sabiendo que nunca podrían rivalizar con ella, pero aún la respetaban a pesar de sus creencias. Hermione hizo más por el mundo mágico que cualquiera de ellos y lo sabían. Mi otro amigo, Ron...— Potter respiró hondo, tratando visiblemente de calmarse—era de sangre pura. Era un hombre maravilloso, pero no era realmente inteligente ni fuerte por arte de magia. El era promedio. Como yo, un mestizo. Hermione era mejor que nosotros dos.


Tom trató de entender todo lo que Potter acababa de decir y todo lo que no había dicho. Después de varios intentos infructuosos, tuvo que admitir que estaba confundido.


Potter estaba usando tiempos diferentes cuando hablaba de sus amigos. Ron fue claramente el que murió y Hermione fue su esposa, pero incluso con ella, Potter alternaba entre pasado y presente.


Otro misterio. Eventualmente lo descubrirá, una vez que se asegure de que Potter no lo fuera a enviar lejos. Porque a pesar de sus lecciones, a pesar de todo el tiempo que pasaron juntos, Potter todavía parecía en conflicto con él. Se negaba a tocarlo casualmente en la mayoría de los casos y hubo momentos en que Tom pensó que se estaba obligando a estar en su compañía.

Potter no lo quería aquí, no del todo. Era imposible decir por qué incluso se molestó con él en primer lugar si así era como se sentía, pero esto, Tom no necesitaba saberlo.
Se quedaría con Potter, sin importar lo que fuera necesario.


—¿Pueden los magos hablar con los animales?—preguntó en voz alta, cambiando el tema. Ya había una gran cantidad de información sobre el estado de la sangre que tenía que considerar: era suficiente por hoy.


Potter se sobresaltó. Su rostro estaba sonrojado y Tom sostuvo la imagen, guardando la vista en su memoria.


Potter era fascinantemente emocional. Interesante, ¿qué podría hacer Tom para liquidarlo de manera más eficiente?


—No—respondió Potter tardíamente—, la mayoría de ellos no pueden.


—¿La mayoría de ellos?—Los ojos de Tom se iluminaron.


Había mantenido en secreto su habilidad para hablar con las serpientes de Potter, no porque lo protegiera sino porque dudaba que significara algo. Si existía la magia, entonces hablar con las serpientes tenía que caer dentro de las cosas mágicas habituales, ¿no?


Pero si Potter decía que la mayoría de los magos no podían hablar con los animales...


—Algunos pueden hablar con las serpientes—Potter pronunció cuidadosamente y Tom apenas evitó saltar sobre él y sacudirlo hasta que le dijera todo lo que sabía.


—¿Cuáles? ¡Dime!—ordenó, poniendo su magia en las últimas dos palabras.


El rubor de Potter se desvaneció. Su rostro se enfrió, el brillo en sus ojos se atenuó y Tom inmediatamente se mostró cauteloso.


Durante estas últimas semanas, había sacado muchas conclusiones sobre la personalidad de Potter.


Potter tenía un corazón suave y emocional, sí, pero cada vez que se cruzaba uno de sus límites, se volvía frío. La primera percepción de Tom no estaba mal. Potter podía tolerar mucho, incluso cosas que no le gustaban; la presencia de Tom era un buen ejemplo de eso. Pero tan pronto como se cruzó su límite, no había vuelta atrás. Se distanciaba, se cerraba, y Tom tenía que lidiar con respuestas de una palabra por un tiempo antes de que las cosas volvieran a la normalidad.


Trató de no pensar qué pasaría si un día cruzara un límite particularmente importante.


—Eso es suficiente por hoy. —Le dijo Potter fríamente—. Continuaremos en otro momento.


Tom lo vio irse, frustrado, ya pensando cuánto tiempo tendría que pasar para llevar a Potter a un estado normal.


Potter nunca reaccionaba a sus compulsiones, probablemente porque él mismo era un mago.


Pero un día... algún día, cambiaría.


Un día, Tom ganaría poder sobre él, y lo usaría en la primera oportunidad.
 
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Decorar su casa fue más divertido de lo que Tom había esperado. Pasaron horas comprando y discutiendo sobre el diseño de cada habitación, y finalmente, Potter se suavizó con él nuevamente. Sin embargo, todavía trataba de traer las cosas más feas a la casa.


—¡Esta cosa no!—Tom gritó horrorizado, viendo a Potter arrastrar una pesada estatua de un león en dirección a un vendedor—¡Ponlo donde estaba!


—Hará que la casa se vea viva.


—¡Es horrible!


—¡Es hogareño!


—¡Eres un idiota!—Tom gruñó, las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas. Entonces hizo una pausa, con la pánico dando vueltas dentro de él, preguntándose si Potter se sentiría insultado.


Para su alivio, Potter se rio, abrazando la estatua más cerca.


—No seas tan aburrido. —Le reprendió—. Puedes decorar tu espacio como mejor te parezca. Esto es para mi habitación.


—Tienes un gusto terrible.


—No lo compro porque se ve bien. Me recuerda a cosas de casa, así que vale la pena—enviándole otra sonrisa, Potter se acercó al vendedor y Tom le frunció el ceño, a pesar de que sus labios se torcían en una sonrisa de respuesta por su propia cuenta.


Potter realmente tenía una inclinación por coleccionar las cosas más horribles. Ya había un feo jarrón sobre su mesita de noche y se negó a dejar que Tom lo tocara porque supuestamente se lo habían regalado sus amigos.


Sentimental. Otra cosa que podría usarse contra él.  


Potter finalmente compró el monstruoso león y Tom, para demostrar la diferencia entre el buen y el mal gusto, eligió la figura de serpiente elegante y esbelta. Potter evaluó su elección con una expresión inescrutable antes de asentir levemente y pagar por ello.


Con todo, Tom estaba satisfecho. Después de tres semanas, su casa parecía habitada, e incluso las terribles selecciones de Potter no arruinaron la impresión general. El rojo, el amarillo, el blanco y el verde eran los colores predominantes, y aunque Tom no estaba entusiasmado con las dos primeras combinaciones, tenía que reconocer que hacían que la casa fuera más clara.   


Él tenía un hogar.


Todavía parecía demasiado bueno para ser verdad.
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Potter comenzó a bailar alrededor de la cocina. Cada vez que cocinaba, tanto si se dedicaban a su juego como si no, bailaba de un rincón a otro, y Tom no podía apartar la vista de él, aunque luchaba por decir si se sentía horrorizado, divertido o cautivado.


El hombre era completamente ridículo. No sentía ninguna incomodidad en absoluto: solo bailaba y algunas veces murmuraba algunas canciones entre dientes.

Técnicamente, se suponía que lo distraería, lo que facilitaría la tarea de Tom de arruinar la comida, pero Potter tenía una sorprendente habilidad para darse cuenta de todo.


Hasta ahora, Tom había agregado una libra entera de sal en los platos, arrojado en verduras con la piel puesta, y aumentó la temperatura del horno. Para su frustración, Potter lo atrapó todo el tiempo, no solo atrapó, sino que también liquidó hábilmente los resultados de sus esfuerzos.


Tom, naturalmente, ganaría tarde o temprano, una vez que aprendiera aún más sobre la cocina, pero Potter era un desafío, no podía negarlo. Luchar contra él era mucho más entretenido que liquidar a otros huérfanos.


Su tiempo juntos fue agradable. Sin embargo, Tom lo disfrutaría aún más si Potter fuera consistente. No importa cuántas cosas hicieran juntos, la actitud de Potter hacia él seguía siendo tan conflictiva como al principio, y lentamente, comenzó a enojarlo.


Todavía no era deseado. Tal vez no tan a menudo como al principio, pero aún así. Y Tom lo odiaba.


Potter ya no estaba y Tom se encontró de pie en el umbral de su habitación, estudiando astutamente su contenido.


Nunca había estado realmente dentro. Había visto la terrible estatua, el feo jarrón y las cortinas chillonas con las que Potter se rodeaba, pero no tenía idea de qué más había allí.


Con cuidado, entró e inhaló profundamente. La habitación olía a Potter. Aserrín, algunas especias delicadas de pasar horas cocinando, y algo más, ligero y dulce.


La casa estaba en silencio, así que Tom fue al armario, abriéndolo y mirando dentro.


El olor de Potter era aún más fuerte aquí. Como era de esperar, poseía muy pocas prendas de vestir: la colección de Tom superó a la suya muchas veces. Todos eran simples y sombríos, pero Tom aún los inspeccionaba a fondo, tratando de sentir... algo. No estaba seguro de qué.


Para su decepción, no había nada digno de su consideración allí. Además de la ropa, Potter tenía pocas cosas personales: varios libros, un jarrón y tres fotos en movimiento. Tom los recogió, estudiando a las personas representadas allí.


Era cautivador sostener un objeto tan obviamente mágico en sus manos. Para ver cómo la gente allí se movía, se reía y lo miraba con cautela, como si supiera cosas que él no sabía.


La pareja en la primera foto debían ser los padres de Potter, teniendo en cuenta su parecido físico. ¿Estaban muertos? Si eran magos, ¿por qué Potter dijo que creció sin saber acerca de la magia?


La segunda foto retrataba a un grupo de personas y la tercera era en color, con un hombre pelirrojo y una mujer joven.


Los amigos de Potter, muy probablemente. ¿Era el pelirrojo de sangre pura, entonces? Mirándolo, Tom tuvo que reconocer que Potter tenía razón. No había absolutamente nada especial en él; de hecho, parecía francamente imbécil.


Con una mirada de burla, Tom guardó las fotos y se centró en el jarrón. De cerca, parecía aún más horrible de lo que había pensado al principio. Parecía como si se hubiera hecho a sí mismo, con líneas terribles y retorcidas que decoraban sus lados rojos y dorados. Había una inscripción pero la escritura era tan mala que era imposible descifrar lo que decía.


Potter no daba su apego libremente. ¿Qué podrían haber hecho sus supuestos amigos para merecerlo?


El agarre de Tom se apretó alrededor del florero. Luego extendió la mano para volver a colocarlo, pero un repentino aflojamiento de la presión hizo que el jarrón se resbalara de sus manos. Sorprendido, Tom vio cómo cayó al suelo y se hizo añicos, perdiendo toda indicación de su forma anterior.


Por un tiempo, se quedó helado, incapaz de creer que pudiera ser tan torpe. Poco a poco, el hielo del shock comenzó a derretirse en pánico, y sin pensarlo, Tom cayó de rodillas, sus manos revolotearon inútilmente sobre las piezas rotas.


Perdió el control de si mismo. En su mente, el único pensamiento repitente y cegador era: «Este es el final. Potter no lo perdonará por romper una de las pocas cosas que le quedaba de sus amigos»

Tom trató de imaginar que le dijera que empacara y lo enviara al orfanato otra vez, devuelta con todos aquellos que estaban seguros de que fracasaría. Estar aislado del conocimiento mágico de nuevo, perder su casa, sus cosas, su Potter.
  
El terror lo inundó, lo sentía deslizándose por su columna vertebral, y Tom intentó concentrarse, recomponer las piezas con su magia. Potter había dicho que era fuerte, por lo que tenía que poder arreglarlo, debía arreglarlo, ahora mismo, antes de que Potter lo viera...

Tom no podía decir cuánto tiempo había pasado. Intentó concentrar su energía en reparar el jarrón, pero nada funcionaba. Estaba fallando. Fallando. Le temblaban las manos, le sangraba la piel en algunos lugares y, por primera vez en su vida, sintió su edad.


No había nada que el pudiera hacer. Nada.


Desesperadamente, levantó la vista en algún momento y vio a Potter mirándolo con expresión de incredulidad y asombro en su rostro. Una ola de resignación y frialdad lo invadió y Tom se enderezó lentamente, preparando una respuesta mordaz a cualquier despido que escuchara.


Potter continuó mirándolo y Tom vio claramente el momento en que algo en él se rompió. En varios pasos, Potter cruzó la distancia entre ellos y lo abrazó, envolviendo sus brazos alrededor de él con fuerza.


Tom no pudo moverse. Su cerebro hizo un corto circuito, y cada réplica, cada insulto que su mente había preparado se disolvió, dejando atrás capas de confusión.


Potter lo estaba abrazando. Sosteniéndolo de buena gana.


¿Por qué lo sostenía? No tenía sentido. Tom había roto su jarrón. Potter casi nunca iniciaba toques, entonces ¿por qué decidiría hacer eso ahora?


—Está bien—murmuró, y Tom se estremeció por el calor de su aliento que se sentía tan vivo contra su cabello—. Es solo un jarrón. Puedo arreglarlo yo mismo, pero incluso si no pudiera, no significaría nada. Eres... eres más importante.


Tom escuchó, guardando cada palabra, sintiendo cómo echaban raíces en algún lugar profundo dentro de él.


—No te dejaré, no te voy a abandonar—agregó Potter—. No importa qué.


Tom escuchó.


Él recordó.