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Capítulo 1
Ya habían pasado varios días desde que Stiles y Derek habían tenido la conversación en la que el jaguar había declarado que practicaría hasta poder controlar sus impulsos más animales. No se habían visto desde entonces y poco sabía la manada acerca de su miembro más reciente. De hecho, Stiles se había enclaustrado empeñado en mejorar su auto-control gracias a la meditación con Deaton y su contacto casi continuo con su ancla, su padre.
Hacía dos días había sido luna llena, y siguiendo los consejos de Deaton, la pasó medio sedado en el sótano de la clínica con un solo acompañante: Scott. Según el veterinario, era importante que pasara las lunas llenas con su alfa, pero debido a su condición aún sin domesticar y controlar del todo, debía ponerle un gotero que fuera inyectando sedante en su organismo poco a poco. Gracias a esto, ambos amigos pudieron pasar una noche relativamente tranquila jugando a las cartas. Aunque también hubo pequeños momentos de tensión en los que un indómito y nada sumiso Stiles provocaba con la mirada al alfa, que por muchos gruñidos cargados de superioridad no hacían más que acrecentar el deseo del jaguar, que acababa quedando KO gracias a los narcóticos que aumentaba Deaton para detener una posible tragedia.
Así que esa mañana, como había hecho todos los días anteriores, se levantó antes de que sonara el despertador y tras darse una ducha, se encaminó a la cocina para preparar su desayuno y el de su padre, que tenía turno de mañanas en la comisaría. Mientras se tostaba el pan para su padre, el microondas avisó con su pitido de que el agua ya estaba lo suficientemente caliente. Su padre hizo acto de presencia justo en el momento en el que Stiles echaba con cara de disgusto el mejunje de hierbas que el veterinario le había dado para el desayuno.
-¿Sigues tomando esa cosa maloliente? -preguntó como "Buenos días" el humano.
-Sí... -contestó el jaguar con cara de disgusto viendo cómo su padre negaba con la cabeza.
-No entiendo por qué tienes que tomarte esa infusión del demonio.
-Según Deaton me tranquiliza.
-¿Y te surte efecto? -preguntó alzando las cejas escuchando la risa sarcástica de su hijo.
-Nah... lo único que me tranquilizaría ahora mismo sería echar a correr por el bosque y trepar árboles. -contestó Stiles acercando la mermelada a su padre. -Pero por lo visto eso son vestigios de mi parte animal que tengo que controlar.
-"Controlar" no es lo mismo que suprimir. -dijo abriendo el bote de mermelada de fresa para untar una gruesa capa en sus tostadas recién hechas. -Yo lo que digo, hijo, es que haces bien en intentar controlarte, ¡por supuesto que lo creo!, pero tampoco puedes eliminar todos los impulsos... o si alguna vez sucumbes, será mucho peor. Lo que intento decir es que... no sé, tal vez sea mejor "dosificar". -dijo llamando la atención de su hijo.
-¿Dosificar?
-Sí. -asintió el sheriff tragando parte de la tostada. -No te puedes pasar el día trepando por árboles y correteando por el bosque, pero sí que podrías ir una hora cada dos días, por ejemplo.
-Entiendo.
-¿Me estás dando la razón para que deje el tema?
Stiles le miró con una media sonrisa y, a pesar de su inexistente respuesta con palabras, su padre supo que esa mirada significaba "sí". Siguieron hablando de cosas sin importancia hasta que su padre se levantó de su silla y tras coger su chaqueta, salió rumbo al trabajo. Poco después, Stiles cogió las llaves de su jeep y fue hacia la clínica veterinaria.
-Buenos días, Stiles. -saludó el veterinario. -Lo lamento pero hoy no podremos hacer sesión de meditación.
-Sí, yo también lo lamento... -contestó el jaguar con una voz que denotaba de todo menos tristeza.
-Sí... ya veo cuánto lo lamentas. -comentó el veterinario para nada dolido. Comprendía a la perfección el estado de Stiles. -¿Te ha llamado la señora Camdem?
-¿Quién?
-La dueña de Nana, la gata. ¿No se suponía que cuidarías de su gata este fin de semana?
-¡Ah! Tal vez sea el número que me llamó ayer... La llamaré ahora.
-De acuerdo, házlo. -dijo cogiendo su maletín. -Ya he avisado a Scott de que no estaré en la ciudad por un congreso importante...
-¿Congreso importante? Acerca de qué, ¿de chinches radioactivas? -se burló el jaguar y Deaton siguió hablando sin hacer caso de su interrupción pero con una leve sonrisa dibujada en la cara.
-...pero que tendré el teléfono operativo para cualquier emergencia. De todos modos, pórtate bien en mi ausencia. -terminó el veterinario pasándole una mano por la cabeza, a lo que Stiles ronroneó. -Y contrólate. -terminó con una mirada severa.
-Sí... lo siento. -dijo después de carraspear.
-Volveré el miércoles si no hay ningún percance.
-No lo habrá.
-No me espero otra cosa. -terminó con una sonrisa.
Stiles salió en dirección a su jeep y marcó el número de la señora de la gata.
***
Stiles conducía hacia la casa de la señora Camdem, donde habían quedado para recoger a la gata Nana, con la música retumbando en sus oídos. Aparcó y antes de tocar el timbre siquiera, la puerta se abrió dejando frente a él a la adorable anciana, con una sonrisa en sus labios.
-Hola, cielo. -le saludó pellizcándole las mejillas. -Nana se ha escondido en lo alto del armario. La muy gamberra sabe que me voy y me lo hace pagar así. -dijo con tono de reproche pero que denotaba cariño.
-No se preocupe... -dijo riendo tras la anciana que le dirigía hacia donde se había escondido la gata.
En cuanto asomó la cabeza por el cuarto, la gata maulló interesada y le miró con unos penetrantes ojos verdes. Stiles alzó la mano y chascó los dedos para atraerla. La anciana sonrió enternecida y comenzó a hablar.
-Lo siento, muchacho, no servirá de na... -pero se calló al instante.
La gata bajó de un salto hacia el pecho de Stiles, que la acunó con los brazos y le rascó detrás de una oreja mientras Nana ronroneaba a todo volumen. El joven miró a la señora Camdem, que tenía gesto de verdadera sorpresa.
-Vaya. Te dejo en buenas manos, Nana. -dijo con cariño acariciando ella también a la felina. -Te juro que nunca coge cariño a nadie. -comentó sorprendida la señora.
-Se me dan bien los gatos. -sonrió Stiles.
Pocos minutos después, Stiles salía de la casa con la pequeña Nana en su transportín y kilos de comida de gato. La anciana le empaquetó también una tarta de manzana y otra de cereza como agradecimiento y le aseguró que le llamaría todos los días para saber cómo se encontraba la gatita.
Cuando estaban a punto de llegar a casa, se dio cuenta de que su padre no sabía nada acerca de ser niñero de una gata y decidió ir a avisarle. Giró a la derecha, en dirección opuesta a su casa, pero rumbo a la comisaría. Aparcó en el área de visitantes y tras coger los dos paquetes de tarta y el transportín, entró saludando a la agente de policía que estaba en recepción.
-Hola, Martha.
-¡Stiles! -sonrió la agente. -Hacía mucho tiempo que no te veía por aquí.
-Sé que me echábais de menos... y he traído una sorpresa. -dijo alzando la mano en la que llevaba las tartas.
-¡Uy! Tu sí que sabes cómo hacer que te deje entrar con un gato... -dijo con una mirada severa y llena de cariño. -¿Son caseras?
-Sí, señorita. -dijo con tono infantil e inocente.
-Pues guárdame un trozo o no me dejarán nada. -dijo guiñándole un ojo y dejándole pasar.
-Tenlo por seguro.
Stiles pasó las puertas de seguridad y cruzó toda la sala llena de agentes que le saludaban y sonreían. Pero hubo uno que se levantó de la mesa y se acercó a él.
-¿Te recojo herido en la carretera y me lo pagas huyendo de mí más de un mes? -preguntó con tono bromista el agente más joven, más rubio y con los ojos más brillantes de la comisaría. Stiles sonrió de vuelta, aunque notó un ligero tembleque en las piernas. Desde el día de la mordedura, no había visto a Parrish. Lo que era extraño, ya que solía verle bastante a menudo hasta entonces.
-Soy un desconsiderado... -contestó sonriente a Parrish. -Así que traigo chantaje comestible.
-Tu sí que sabes cómo ganarte a toda una comisaría. -dijo jocoso. -¿Y esto? ¿Has atrapado tú solo a este delincuente? -dijo asomándose a la portilla del transportín. La gata arrugó el morro y lanzó un zarpazo que, de no estar encerrada, le hubiera dado en la cara al agente. -¡Menudos humos!
-Sí... por lo que me dijo su dueña, no es demasiado cariñosa. -dijo Stiles regañando con la mirada a la gata, que se hizo un ovillo y dejó de bufar.
-Aunque a ti te adora. -dijo el agente incorporándose de nuevo.
-¿Qué se le va a hacer? Todos sabéis que soy adorable.
-Sí que lo eres. -murmuró el joven agente.
-¿Cómo? -preguntó Stiles más por incredulidad que por no haber oído. Con su súper oído felino, estaba claro lo que había escuchado pero... ¿Hola? ¿Parrish? ¿Cómo?
-Que se te da bien. -rectificó algo abotornado Parrish. -Los animales, digo. Ya sabes... que se te dan bien los gatos.
-¡Ah! ... Sí... soy más de gatos que de perros.
-Te comprendo. A mí también me gustan más los gatos. -coincidió Parrish aún con el pulso demasiado alterado.
-¡Stilinski! -llamó una voz conocida.
-¿Peter? -preguntó extrañado mirando al mayor de los Hale. -¿Qué has hecho ya para estar en la comisaría?
-Solo he venido a recoger mi nuevo documento de identidad. -dijo sonriendo cínicamente y mirando al agente Parrish. -¿Está ya listo?
-Sí, sí. Pase por aquí. -dijo indicando el camino hacia su mesa. -Bueno, Stiles, nos vemos pronto, espero.
-¡Claro! -contestó mirando sin entender la efusividad con la que brillaban los ojos de Peter.
-Nos veremos, Stiles. Saludos de Derek. -terminó con una sonrisa el lobo.
Eso aún lo confundió más. Y no fue el único, ya que Parrish también alzó una ceja sin entender, pero siguió su rumbo hacia su escritorio para entregarle a Hale su documento de blablabla. Se dirigió hacia el cubículo de trabajo de su padre, el sheriff, y fue entonces cuando cayó en lo que planeaba Peter.
¡Maldito bastardo! ¿Acaso le iba a contar a la manada que aunque no tenía tiempo para ir a entrenar con todos, sí lo tenía para pasar el rato con el agente Parrish? ¿Que les había dejado de lado poniéndo la excusa de "tener que trabajar en su control"?
Abrió la puerta del despacho de su padre con demasiada fuerza, por lo que escuchó cómo el corazón de su padre se saltaba un latido y le miraba ojiplático.
-¡Stiles! ¿Qué demonios...? ¿Estás bien? -preguntó levantándose al ver la cara pálida y con gesto de terror de su hijo.
-Peter esta aquí.
-¿Ah, sí? -preguntó mirando por encima de la cabeza castaña. -Eh, eh... Stiles... ¿qué pasa? Tranquilízate... tienes los ojos amarillos.
Stiles dejó que su padre le quitara las bolsas y el transportín (el cual miró con intriga) y le acercara a una silla. Sacudió la cabeza y respiró hondo como Deaton le había indicado.
-¿Mejor? -preguntó su padre. Stiles asintió, por lo que siguió. -¿Me vas a explicar qué pasa con Peter? ¿Y por qué tienes un gato en el transportín?
-¿De las tartas no te quejas? -dijo sonriendo de medio lado su hijo.
-De eso sabes que nunca me quejaré. -dijo más aliviado su padre al ver que sus ojos y su humor habían vuelto a la normalidad. -¿Entonces?
-Llevo días sin ir con la manada. Y Peter me ha visto aquí. Y se lo contará, y entonces ellos se enfadarán porque pensarán que estoy poniendo la excusa de ir a meditar, pero no estoy meditando porque Deaton no está, y ellos se enfadarán. Y he aceptado cuidar a un gato, sin pedirte permiso porque no me di cuenta y...
-¡Para el carro, Stiles! -exclamó el sheriff, haciendo que su hijo prestara atención por primera vez a su padre. -A ver... por lo de la manada no te preocupes; ayer me dijiste que Scott sabía que Deaton no iba a estar aquí hasta el lunes, ¿no? Vale... y sabe que vienes aquí a verme a mí, así que no tendrá ningún problema. Saben que lo de meditar no es ninguna excusa, así que tranquilo. Y respecto a lo del gato... ¿cuánto tiempo sería?
-Ehm... este fin de semana.
-Vale. No hay problema, pero la próxima vez, acuérdate de consultarme. Sabes que no quiero animales en casa.
Stiles esbozó una sonrisa irónica debido a la última frase de su padre. Sonrisa que terminó por convertirse en carcajada cuando vio la cara que puso su padre al darse cuenta de que lo de "nada de animales en casa" había quedado muy atrás en el tiempo.
Después de que su padre le ayudara a controlarse, pasó un rato con él comentando el caso en el que estaba trabajando. Y ya en la hora del descanso, fue a por un cuchillo a la zona del comedor para cortar las enormes tartas que la señora Camdem le había dado. Él no probó bocado ya que seguía en su dieta baja en azúcares, así que le guardó un trozo a Martha, la agente de policía que estaba en recepción, y salió hacia su jeep después de despedirse de todos.
