Chapter Text
1 de Agosto
Vanessa se había despertado hacía treinta minutos y su mirada estaba perdida en la pared. Los ruidos no cesaban.
(Vanessa Hinz, 28 años, 1,76 metros. Representante de la asociación alemana de esquí. Disciplina: Biatlón. Bicampeona en la Copa del Mundo de Biatlón.)
Estiró su mano al celular, en la pequeña mesa de luz delante de ella. Mediante el botón de encendido la luz le dijo que eran las seis y cuarenta y cinco de la mañana, cerca del horario del desayuno. A su espalda los ronquidos parecían provenientes del mítico cuento de terror que se contaban con sus amigos de la infancia: el abominable hombre de las nieves. Pasó sus manos por debajo de la almohada y la cerró alrededor de su cabeza, intentando ahogar un poco el sonido. No había caso.
Con algo de ojeras plantadas debajo de sus ojos se levantó sigilosamente. La cama matrimonial era lo suficientemente grande para aguardar la distancia entre las dos mujeres. Se sentó sobre el borde y miró por encima de su hombro. Unos cabellos rubios y una espalda desnuda, apenas con un top negro, la recibían. Una ira creció en sus pies que la obligó a susurrar casi para sus adentros.
"Hurensohn."
Buscó en una bolsa cercana su remera de ciclista limpia y se la colocó con las calzas cortas a juego. Luego de las medias Vanessa se puso sus zapatillas de ciclista con las calas en la suela. Al caminar el sonido del plástico y metal contra el piso de la habitación resonó con fuerza, imposibles de hacerlos de manera silenciosa. Los ronquidos se callaron y la espalda dio algunos espasmos, como si la mujer intentara entrar en sueño nuevamente.
Vanessa se inclinó tomando su bolsa de material impermeable y metió dentro el cargador y artículos de higiene. Cuando volteó para la puerta un objeto suave, en apariencia a un almohadón, impactó lo suficientemente fuerte contra su cabeza obligándola a inclinarse.
"¡Maldita seas Vanessa! ¡Sal de aquí, ya!"
Con mal humor la morocha salió a toda velocidad cerrando la puerta tras ella con un estruendo. Siguió por el pasillo hacia el ascensor, luego a la planta baja y se dirigió al comedor principal para comenzar su desayuno. En su bandeja puso algo de café, huevos, panceta, pan y manteca. Tomó una mesa para cuatro personas y empezó a comer sola.
Luego del tercer bocado tres personas más irrumpieron el comedor. Eran tres mujeres y estaban en escala de altura. Las dos mayores tenían cabello rubio liso y la última tenía rulos oscilando entre rubio y cobrizo. Todas ellas vestidas de ciclistas. Identificaron rápidamente a la única que ingería su desayuno en el comedor y se aproximaron a ella. Unos pasos antes la mayor de las tres le comentó en un susurro a su compañera.
"Mira la cara que trae. ¡Y creí que yo la había pasado mal!" Una risa brotó por detrás de sus palabras. La otra rubia la siguió.
"Estoy pensando en un chiste rápido pero no me surge nada."
La chica de menor estatura con rulos habló.
"Denise, Maren. Paren ya."
Su tono era serio y seco.
(Denise Herrmann, 32 años, 1,75 metros. Representante de la asociación alemana de esquí. Disciplina: biatlón y esquí de fondo. Múltiple campeona mundial y de la Copa del Mundo de biatlón. Medallista olímpica en esquí de fondo en Sochi 2014.)
(Maren Hammerschmidt, 31 años, 1,69 metros. Representante de la asociación alemana de esquí. Disciplina: biatlón. Múltiple campeona mundial y de la Copa del Mundo de biatlón.)
"Es solo una broma, Laura." Le dijo Denise.
(Laura Dahlmeier, 27 años, 1,62 metros. Ex representante de la asociación alemana de esquí. Disciplina: Biatlón. Múltiple campeona mundial y de la Copa del Mundo de biatlón. Múltiple campeona olímpica en Pyeonchang 2018.)
"Guárdatelas." Denise resopló.
"¿Cómo has dormido Vanessa?" Le preguntaba Maren.
"¿Cómo crees que pude haber dormido? ¿¡Eh!? ¿Acaso no ves mi cara?" Las dos rubias ocultaron sin éxito sus sonrisas.
"¿Dónde está ella? ¿Ya venía a desayunar?"
"No lo sé Laura. ¿Y francamente? No me interesa. La asociación ha cometido suicidio. Tú has cometido suicidio. Esto es inaceptable."
"Baja el volumen de tu voz."
"No lo bajaré." Dijo mientras se ponía de pie. La mesa separaba a las dos mujeres que se apoyaban sobre la superficie, enfrentándose. "Esto no nos está ayudando, por el contrario, nos está hundiendo. Nos quedan más de cien kilómetros para llegar a Zurich y, ¿Sabes cuánto he podido dormir? Tres horas. ¡Tres malditas horas! Hace tres días estamos entrenándonos, con cientos de kilómetros en nuestra espalda para que cuando decida llegar a una habitación de hotel me pongas con una maldita psicópata que lo único que hace es roncar y tirar almohadones si decido despertarla con mis movimientos. ¿Entiendes eso?"
"¿Zimmer?" Laura sabía que hablar alemán con ellas amortiguaría algo de toda esta tensión, más allá que en su contrato a pedido de Villanelle, había especificado no hablarlo.
"Drei null fünf." Dijo cuando relajó su cuerpo de manera pesada en la silla, enfrentando nuevamente su desayuno. "Me sorprende que preguntes. No entiendo cómo no has sido capaz de escuchar sus ronquidos."
Laura no volvió a responder y volvió al sector de las habitaciones. Denise y Maren servían su desayuno del buffet.
En la habitación tres cero cinco golpeó tres veces sobre la madera. No respondieron. Golpeó repetitivamente con fuerza hasta que se escucharon unos pasos dentro. Las fuertes pisadas se acercaban a ella. La puerta se abrió y un rostro enojado mezclado con el cabello revuelto la recibió.
"¿Qué quieres?" Laura golpeó su muñeca sutilmente.
"¿Sabes que hora es?" Villanelle pensó al aire.
"Sí." Su tono era bajo y filoso. "Es hora de que me dejes dormir porque estoy cansada."
La rubia cerró la puerta y Laura llegó a interponer el pie entre ella y el marco. Sin dar mucha atención volteó y se dirigió otra vez a su cama, intentando dormir. La entrenadora la siguió detrás.
"Villanelle, vístete." Solo llevaba puesto el top y una pequeña ropa interior.
"Ya sabes cómo es esto, Laura. Ustedes vayan y luego las alcanzo. Me bastan algunos kilómetros para encontrarlas."
"No harás eso de nuevo. Saldremos juntas y llegaremos juntas. Vístete, no lo vuelvo a repetir."
Villanelle resopló molesta. Su mano se deslizó por su vientre por debajo de la ropa interior. Sus ojos se cerraron intentando llevarse al placer, frente a ella Laura empalideció.
"¿¡Qué demonios haces!?"
"Todas las mañanas me masturbo para poder arrancar con el pie derecho. Luego de que la inútil de Vanessa, sin contar mi entrenadora, me despertaron en malos términos. ¿Podré romper mi propio récord?"
Laura tomó un almohadón cercano y lo lanzó con fuerza sobre su cara.
"Desayuno. Abajo. Juntas. ¡Ya!"
El rostro de Villanelle se transformó en ira mirando a su entrenadora salir de la habitación.
"Lo que digas, jefa." Mordió con saña su labio inferior.
(Villanelle Astankova. 27 años. 1,80 metros. Representante de la asociación alemana de esquí. Disciplina: biatlón. Múltiple campeona mundial y de la Copa del Mundo de biatlón.)
El sol de Vaduz chocaba contra la piel blanquecina de Villanelle. El reloj ya marcaba cerca de las ocho de la mañana. Las cuatro atletas desamarraban las bicicletas por fuera del hotel. Era la última etapa del trayecto Salzburgo-Zúrich. Los días de verano europeo Laura, recién incorporada al equipo de preparación alemán, insistía en el entrenamiento de ciclismo por Los Alpes.
Las cinco bicicletas Scott estaban en la parte posterior de la hostería donde pasaron la noche. La marca se las había obsequiado con el afán de que las prueben y las expongan por las redes sociales. Todas tenían sus cuentas personales, menos Villanelle. Se reservaba en el sentido social y tecnológico buscando mejorar como atleta y poder ganar por primera vez el título overall de biatlón, que se le había negado por varios años.
Como bienvenida al equipo alemán en su primer año, la marca suiza le personalizó la bicicleta pintando la horquilla de color negro, el cuadro principal de color rojo y las vainas superior/inferior de color amarillo. La bandera alemana implantada en el soporte de fibra de carbono HMX. Villanelle ajustaba su casco negro con sus lentes polarizados, lista para salir a la ruta.
"Iremos al mismo tempo." Le dio una mirada severa a Villanelle que ajustaba su bolsa impermeable debajo del sillín. "Especialmente a ti. Sé que están cansadas pero es el último tramo. Tenemos que estar en Zúrich antes de las tres de la tarde. Si una siente cansancio el resto tiene que animarla a seguir, eso forma los equipos. ¿De acuerdo? Vamos."
Vanessa tuvo algunos inconvenientes horas después de arrancar el tramo final. Las pocas horas de sueño recaían en sus piernas. La única autorizada a abandonar el pelotón y acelerar el ritmo era Laura que de tanto en tanto sacaba fotos o videos por el sponsor.
La entrenadora no paraba de sorprenderse. El ritmo de Villanelle era arrollador, incluso mejor que la mejor esquiadora Denise que llevaba años en esquí de fondo y sus piernas estaban afianzadas a gran rendimiento. La rubia tenía que desacelerar el ritmo por tramos para no alejarse del pelotón como le había indicado Laura.
A mitad del trayecto, ante un conjunto de curvas Villanelle accionó el freno trasero a disco de su bicicleta. Un chirrido se desprendió y a partir de allí hasta Zurich no cesó. Incluso otro ruido constante surgió de su caja pedalera cada vez que la accionaba. Cada sonido era una gota más de ira dentro del vaso de paciencia en Villanelle.
El cielo parcialmente nublado las había acompañado todo el camino con una temperatura mayor a los veinte grados. Cerca de las dos de la tarde las atletas llegaron al centro de Zúrich. Laura había hablado previamente con la asociación alemana de esquí para que movilizara los equipos de entrenamiento a un punto de encuentro en la capital, y luego llevarlas directo al aeropuerto donde la aguardaba el siguiente viaje.
"Aquí es. Si quieren podemos ir por algo de comida mientras aguardamos las camionetas. Deberían llegar en poco, ahora me contacto con ellos." Decía Laura revisando su GPS.
Cerca de ellas había una fuente marcando el centro de una pequeña plaza con distintas casas de comida alrededor. Villanelle bajó de su bicicleta y retiró de forma grotesca su bolsa debajo del sillín con artículos personales y algo de ropa. Lo tiró al piso y con la bicicleta a su lado se acercó a la fuente.
"¿Qué haces?" Preguntaba su entrenadora. Las tres atletas restantes la miraban sorprendidas detrás de ella.
Villanelle no respondió. Tomó con fuerza la bicicleta desde la horquilla y el sillín. Sin mediar palabra la alzó por encima de su cabeza y la bajó con fuerza, impactando contra el agua verdosa de la fontana y golpeando parte de la estructura.
"¡Villanelle!" Los ojos de Laura salían de sus cuencas.
La gente que pasaba caminando miraba atónita la cara bicicleta que flotaba en la fuente con los colores de la bandera alemana.
"¡Dile al maldito representante de Scott que venga aquí mismo, agarre esta bicicleta de mierda y se la meta bien el trasero!" La rubia avanzaba a paso furioso hacia ella. Se inclinó y tomó su pequeño bolso para luego voltear y dirigirse a un pequeño restaurant a unos metros. Luego de algunos pasos volvió a mirar a Laura por encima de su hombro, apretando sus labios y apuntándola con el dedo. "¡Cómo que me llamo Villanelle Astankova que se lo dirás Laura! ¡Y empieza a borrar las malditas fotografías que me has sacado con esa bicicleta de mierda!"
La rubia siguió a paso enfadado hacia una casita con comidas ya preparadas, lista para pedir un arrollado de pollo y agua. Las personas que se encontraban cerca seguían mirando cómo se alejaba de la escena.
"¿¡Tú que mierda me miras!?" Le gritó a un hombre que estaba con su esposa. Luego de otros pasos con su bolso debajo de su axila susurró para sí misma. "Suizos de mierda que viven en paz y armonía." Su palma chocó contra la puerta de madera del negocio.
Denise, Maren y Vanessa seguían impactadas por la reacción. La última de ellas alzó su voz hacia Laura.
"Te he dicho que esto es suicidio por parte de nuestra asociación y aún más de ti por aceptar hacerla parte del equipo. Espero que esto reafirme mis teorías." Laura masajeaba el puente de su nariz con los ojos cerrados ante el comentario.
"Sólo... denle algo de tiempo. Mi Dios, ya tengo migraña."
"¿Dónde iremos Laura? Has mantenido en secreto los siguientes pasos y nos come la curiosidad." Denise terminaba su caramañola de agua.
"Nos prepararemos de la mejor manera para la próxima temporada. Iremos a hacer biatlón."
"Laura, ¿Villanelle te está contagiando algo de su locura o qué? Es pleno verano. ¿Iremos a algún centro artificial?"
"No Maren, iremos a nieve fresca. No les dije nada porque sabía que iban a renegar de ante mano." Laura volteó y vio los signos de interrogación en los tres pares de ojos. "Iremos a Argentina."
Bill había trabajado todo el día y se había perdido el partido del Tottenham por la UEFA Champions League.
Solo en su diminuta casa miraba la repetición del partido con una pequeña cerveza en su mano. La pizza aún no llegaba pero, dado a que ya sabía que su equipo había perdido y veía las cenizas de la derrota, su apetito se había evaporado. No le preocupaba, de no comer lo dejaría para el almuerzo de mañana en su oficina.
Dos débiles golpes llamaron en su puerta. Miró por su ventana como la lluvia del día se había transformado en una tenue llovizna. Le parecía raro que un repartidor de pizza tuviese un tono tan débil de llegada así que sus sentidos se afilaron. Se acercó y la mirilla no le indicó ninguna presencia. Pensó a sus adentros por dos segundos hasta que un sollozo del otro lado lo avivaron para que busque una respuesta.
"¿Quién es?"
"Bill. Abre por favor."
El hombre no necesitó más. Reconoció inmediatamente la voz de Eve del otro lado. Quitó el seguro y giró la perilla, abriendo la puerta. No ejerció tanta fuerza pero el cuerpo del otro lado le dio un impulso extra. El cuerpo de Eve se desplomó debajo del umbral, completamente mojado.
Vestía una fina remera de manga larga verde oliva. Debajo estaban sus típicos pantalones de vestir algo holgados que ahora se impregnaban a sus piernas por el agua. En sus pies sus botas negras. La lluvia había obligado a bajar la temperatura de una Londres ya callada por el horario nocturno.
El hombre se preocupó de que se esté confundiendo de persona pero el bolso azul y gris de tamaño medio amarrado en el hombro de la mujer eliminaban todas sus dudas.
"¿Eve?"
El cuerpo a sus pies temblaba y Bill se sentía petrificado en su lugar, mirándola desde su altura.
"Ayúdame Bill." El tono fue débil, más de lo que su amigo conocía.
"¿Qué ocurrió?" Se inclinó hacia ella moviendo su cabeza hacia él, buscando su rostro. "Eve, háblame."
La mujer abrió varias veces su boca pero no pudo emitir sonido. Él entendió que estaba en completo estado de shock.
"Está bien. No hables. Estoy aquí, todo estará bien. ¿Estás herida?"
Los ojos marrones inyectados ya sin lágrimas encontraron los verdes de Bill. Suavemente negó con su cabeza y el hombre entendió todo. Volvió a analizar el cuerpo de Eve que tenía sus piernas débiles y sus pies algo direccionados hacia el centro.
"Ven, necesitas bañarte. Te ayudará."
Bill cerró la puerta y ayudó a su amiga a reincorporarse. La llevó al baño y la desvistió.
Para Eve ya nada importaba. Ni la escena. Ni que su amigo de varios años la desnudara en su baño. Ni el frío. Sin embargo, cuando entró a la bañera y la lluvia de agua caliente impactó sobre ella rápidamente se dobló, quedando en posición fetal sobre el piso. Aunque luchó a sus adentros una nueva marea de lágrimas en combinación con un grito desgarrador resonó en el baño.
Bill retrocedió, espantado por la escena y por ver a su amiga de esa forma. Desde su primer encuentro Eve había sido una mujer determinante, fuerte e inteligente. Después de tanto tiempo veía todo lo contrario. Una Eve hecha cenizas húmedas, colapsada físicamente y ni decir mentalmente. Dio algunos pasos hasta ir a su guardarropas. En un costado guardaba algo de ropa interior de Keiko, su ex mujer, que había olvidado regalar a los lugares benéficos. Sacó una que se encontraba casi nueva y una camiseta de él.
Dejó a su amiga allí. Incluso llegó la pizza que la recibió en tiempo récord y la guardó en su cocina sin siquiera abrirla.
Cuando luego de media hora animó a Eve a dejar la ducha y vestirse, la llevó a su habitación. La tapó con el cobertor y se quedó a su lado, observándola.
"Me quedaré aquí todo el tiempo que necesites. Lo sabes, ¿Verdad?"
Eve no respondió. Se tomó largos segundos antes de hilar palabras desde su visita.
"Necesito irme lejos de aquí."
Bill asintió mirándola a los ojos. Su mano izquierda acarició suavemente su rostro, corriendo algunos cabellos.
"Si eso es lo que quieres, te ayudaré." Envolvió su brazo izquierdo en ella con cuidado y volvió a susurrar en su oído. "Jamie y yo te ayudaremos. Despreocúpate."
Dentro de la cabeza de Bill solo se podía formar una sola oración que se repetía una y otra vez.
'Hijo de puta.'
2 de Agosto
Luego de un vuelo internacional Zúrich-Buenos Aires de casi catorce horas. Sumado a un cambio de aeropuerto y un vuelo local extra de casi cuatro horas, las cinco mujeres arribaron al aeropuerto internacional de Ushuaia, la ciudad más austral del país. El reloj marcaba las once de la mañana.
La asociación había enviado el vestuario nacional Adidas al aeropuerto de Zúrich, que con ducha de por medio en un hotel cercano, vistieron. Las diferentes marcas sponsors de las atletas habían enviado sus bolsos con los equipos dentro de la camioneta. Todo en marcha para dirigirse al sur de Latinoamérica. Las cuatro bicicletas quedaron en la guardería de la asociación, esperándolas a la vuelta del viaje.
Villanelle largó un extenso bostezo mientras esperaban el retiro de sus diferentes bolsos. Por su parte tenía que recibir el bolso azul de Salomon y la valija negra oscura con su carabina.
Laura se encontraba relajada ya que la camioneta que las llevaría al hotel Tierra del Fuego, donde se hospedarían por esas dos semanas, ya las esperaba afuera del aeropuerto. El restante de los pasajeros del avión miraban con sorpresa los cinco cuerpos vestidos iguales, gran porte y en sus espaldas el estampado "Germany" sobre la campera gris blanco.
"¿Era necesario tanto vuelo para un poco de nieve Laura?" Villanelle estiraba su cuello. En todas las horas de vuelo había podido dormir poco y nada.
"Es la mejor nieve de los Andes, así que, sí. Era necesario. Sacaremos provecho del largo viaje."
Denise, Maren y Vanessa se alejaron de ellas dos alzando sus cabezas por encima de la gente en busca de sus maletas. Villanelle pasó un brazo por los hombros de Laura y le susurró.
"Sabes el trato que tenemos hecho. ¿Verdad? En ciertas cosas te respetaré y en otras tantas tú me respetarás a mí. Por eso te digo que por el día de hoy, al menos un rato por la tarde, me dejes descansar."
"Está bien. Aprovecha hoy, mañana iremos a la pista."
"Y sabes que aún debes llamar a ese hijo de puta de Scott para decirle lo que te he dicho. ¿Verdad?" Laura revoleó sus ojos y le regaló un suspiro.
"Villanelle..." El agarre en sus hombros se intensificó y su voz salió pesada, venenosa, pero en volumen bajo cerca de su oído.
"¿Verdad?"
"¿Cómo esperas caerles bien a los sponsors si luego haces cosas como esas?" Villanelle habló entre dientes, apretando sus labios.
"¿Verdad?"
"Cada día que pasa le doy más razón a las chicas. He tomado una decisión de mierda."
"Pero sabes que soy una buena atleta con chances de ganar el overall. Y sabes lo mucho que insistí a la asociación de que te contrataran para unirme a ellos y no quedarme por allí vagando. Te respeto mucho Laura." Los ojos verdes de Laura se encontraron con los avellana que emanaban sinceridad.
"Solo... compórtate y deja de actuar como una estúpida en ciertos casos. Además, cabe recordarte que no podías quedarte en Rusia porque te han..."
"No es necesario traer eso a colación. Gracias."
Villanelle desenroscó el brazo de los hombros de Laura y volvió a enfocarse en la cinta en busca de sus bolsos. Cuando llegó al hotel pidió algo de comida y se dedicó a dormir varias horas. El resto del equipo salió a recorrer la nevada ciudad. Lo más cercano y rápido que tenían para conocer era el Museo Marítimo y del Presidio, una vieja cárcel de mediados de siglo donde los criminales más peligrosos iban allí, siendo obligados a trabajar en las montañas.
No fue hasta el día siguiente que se despertaron temprano y se dirigieron al club andino a las afueras de la ciudad. Allí se encontraba la pista de esquí de fondo y biatlón Francisco Jerman, una de las más completas del país.
Las cuatro mujeres se ponían en línea sobre la pista. Vestían las calzas de lycra con el diseño de la nación Alemana. Arriba la remera manga larga haciendo juego y un chaleco negro por encima, cubriendo el torso. Todas optaban por una vincha ancha para cubrir los cabellos sueltos de su frente. Por último sus lentes de velocidad envolventes.
"Entren en calor. En breve llegarán algunas integrantes de la nación local para entrenar en conjunto."
Sin sus rifles a disposición dieron una vuelta larga al circuito.
Laura las puso a prueba, no sólo con el flojo desempeño de la otra selección, sino también entre sí. Primero hicieron vueltas sin rifles, luego cargaron sus carabinas y salieron todas al mismo tiempo sólo entre ellas cuatro. Luego de la primera vuelta Villanelle y Denise llegaban casi en conjunto al rango de tiro. Removieron las carabinas de sus espaldas y las cargaron para tirar boca abajo. Villanelle acertó todos con rapidez y Denise no.
En la segunda vuelta Villanelle entró algunos segundos por delante que su compañera. Prepararon sus rifles una vez más y tiraron de pie. La rubia más alta titubeó ante el último tiro pero acertó los cinco. Denise erró dos. Laura sonreía. Esto era una excelente oportunidad para que Alemania se quedara con algunas copas mundiales en la próxima temporada.
Los quince días se desarrollaron de esa manera. Entrenamiento doble. Por la mañana en la pista, por la tarde tenían la opción de salir a correr o hacer algo de gimnasio. Villanelle aprovechaba sus tiempos libres para desarrollar su hobby: dormir. Sin embargo no quiso pasar por alto su estadía en un lugar lejano y que no sabía si volvería a visitar. Tomó la excursión del tren del fin del mundo y recorrió un poco el parque nacional nevado de pies a cabeza. Como segunda actividad, en compañía de Laura, se tomaron medio día de esquí alpino en el Cerro Castor para liberar la cabeza de tanto entrenamiento.
El anteúltimo día, descansando en su cama y revisando su celular, Villanelle estudiaba una vez más el próximo calendario de competición. Como todos los años empezaría a finales de Noviembre. Primer lugar: Östersund, Suecia. Sus ojos recorrieron las siguientes ciudades en orden cronológico.
Kontiolahti, Finlandia.
Hochfilzen, Austria.
Oberhof, Alemania.
Ruhpolding, Alemania.
Antholz, Italia.
Utah, USA.
Canmore, Canada.
Nove Mesto, República Checa.
Holmenkollen, Noruega.
El rostro de la rubia se arrugó al leer el nombre de Kontiolahti, la peor pistas de todas y más desgastante. Dramatizó un llanto falso pero sabía que era mejor sufrirla a principio de temporada y no al final.
Suspiró y revisó los nombres una y otra vez, como si pudiera cambiarlos. Dejó el celular en su mesa de luz y sus ojos automáticamente se cerraron. Mañana volvería a Europa para finalizar su último tramo de entrenamiento por algo menos de tres meses antes de arrancar la temporada.
En el aeropuerto, esperando para embarcar de regreso a Buenos Aires, Villanelle miraba de manera filosa a Laura. La mujer marcó su celular y le mostró la pantalla con el contacto al que llamaba. La rubia asintió de manera seria.
"Hola Daniel. Sí, Laura aquí. Sí, estamos volviendo a Alemania." La entrenadora hizo silencio y Villanelle sospechó que le estaba preguntando por qué habían encontrado una de sus bicicletas flotando en una fuente de Zúrich. En base a eso la atleta crispó aún más su rostro, apurando el objetivo de la entrenadora. "Lo sé Daniel, hemos tenido un improvisto con esa bicicleta." Volvió a suspirar. Intentando extender la agonía del comentario. La bota de nieve de Villanelle ya repiqueteaba contra el piso del salón. Sus brazos se cruzaron en su pecho. "Sí, de hecho ella tiene un mensaje para ti que me ha dicho que te lo diga." Dos segundos más de silencio. "Ha dicho que vayas a buscar la bicicleta y te la metas por el trasero."
Villanelle actuó rápido y de un latigazo removió el celular de sus manos, cerrando la llamada.
"Tú y yo tendremos una excelente relación. Lo presiento." Dijo antes de lanzarle el celular sobre su regazo nuevamente.
Volteó y fue en busca de un chocolate antes de subir a su primer vuelo. Tenía hambre.
Las dudas de Eve florecieron tarde en su cuerpo. Su mente se llenó de pensamientos cuando el vuelo de British Airways ya estaba en el aire entrando en frontera Alemana.
Ella tenía su propio ejercicio mental. Cada vez que su corazón se aceleraba por las decisiones atolondradas que había tomado recordaba las palabras de Bill en su cabeza.
"Te quiero y esto es lo mejor para tí mientras Jamie soluciona el problema."
Jamie, el abogado de confianza de Bill. Aquel que lo había ayudado con el divorcio entre él y Keiko, haciéndolo perder mucho menos en cuestión económica y material de lo que debería. Y ahora ella era la que estaba solicitando sus servicios con un objetivo: su divorcio definitivo.
Después de años de apalear su relación, y con diferencias irreconciliables, ya no había marcha atrás. El divorcio estaba encausado.
Eve se sintió desprotegida desde muchos ámbitos. Por primera vez se encontraba sola, yendo a un país que no conocía y mucho menos hablando alemán. Por ahora el clima era afable con el calor pero esto era para largo rato y tenía que soportar el invierno con sus intensas nevadas. Las instrucciones de Bill y Jamie fueron claras: quédate en el 'Fairhotel' hasta que el divorcio se consuma.
Para una contadora de Londres era fácil. Podría trabajar a distancia manteniendo comunicación con sus clientes. Su abogado se ocupaba de bloquear cualquier intento de comunicación de su ex-esposo, con número y celular nuevo. En cuanto los contactos laborales los correos de los clientes iban automáticamente redirigidos a una nueva casilla. Todo hecho con sumo cuidado y control para que Eve transitara las cuestiones legales en paz y sin contacto alguno.
El hotel, conocido por Jamie, era casi inhóspito y lejano. Casi insertado en el medio de Los Alpes, dándole un buen paisaje y paz a la aturdida vida de Eve. El dinero tampoco era problema, Eve controlaba y manejaba el sector contable de grandes clientes, dándole libertad de manejar sus tiempos y cobrar bien.
Pero aún así, con su carrera armada, su vida encarrilada exceptuando este problema amoroso y legal, ella sentía que había perdido todas aquellas facultades que había forjado a lo largo de los años. Los temores se incrementaron cuando sus pies tocaron el suelo de Salzburgo.
Como un acto de buena voluntad, blanqueó su mente y fue directo en busca de un taxi. Le dio las coordenadas al conductor y esperó. No quiso abrir sus ojos, simplemente dejó que el viento que se colaba por la ventanilla baja la tranquilizara. Aun quedaba casi tres horas de trayecto.
Llegó temprano a la estación de ferrocarril. Sentada en unos de los bancos de frente a las vías del tren se susurraba a sus adentros los nombres dados por Jamie.
Fairhotel. Bear. Kenny. Elena. Fairhotel. Bear. Kenny. Elena. Así sucesivamente.
Revisó una vez más el cartel de destino del tren frente a ella que aún no abría sus puertas. A su lado solo había una pequeña maleta con algo de ropa. Entre sus piernas una mochila de tamaño medio con su computadora y algunos artefactos personales.
Por las dudas volvió a releer su boleto para asegurarse de que no se había equivocado.
Fecha: 3 de Agosto.
Nombre: Polastri, Eve.
Clase: Turista.
Destino: Hochfilzen.
Eve releyó una vez más el nombre de su nuevo hogar por tiempo indeterminado.
