Work Text:
No es un cuento de hadas
"How I wish, how I wish you were here
We're just two lost souls
Swimming in a fish bowl
Year after year
Running over the same old ground..."
I wish you were here- Pink Floyd
Desde que tiene memoria ha sabido que era la escoria en el zapato de los Dursleys. Harry no necesitaba mucho para llegar a esa conclusión. Viviendo como un parásito, como lo llamaba a veces el tío Vernon, comía las sobras, usaba las ropas que ya no se usaban, y se acurrucaba en los espacios que nadie más quería. Pero él no dejaba que aquello apagara sus días. No importaba qué dijesen el tío Vernon o su primo, él sabía que valía, que era capaz de grandes cosas.
Algún día podría irse a su propia casa. Harry soñaba constantemente con ello. El cómo se recibiría de la preparatoria, el cómo lograría su primer trabajo, el cómo usaría su primer salario. Por ejemplo, pensó emocionado, ¡podría comprar su propio helado! ¡Ya lo vería el tío Vernon, Dudley y su amiguito Piers! ¡Harry sería un gran asalariado!
— ¡¿Qué tanto ríes, fenómeno!? —Le gritó su tío mientras se giraba hacia él, irritado.
Pero mientras tanto, se dijo Harry, tendría que prestar atención al aquí y ahora.
—Nada, señor. Sólo, estoy feliz de estar aquí con ustedes— Suspiró, desviando la mirada de su tío hacia su paleta helada. Podría conseguir su propio helado, se consoló, mientras ignoraba las pullas de su tío, y trataba con todas sus fuerzas no hacer un puchero frente a los enormes conos de helado de chocolate, chispas y caramelo que tenían Dudley y Piers.
Era el undécimo cumpleaños de Dudley, y por supuesto, Harry debería estar agradecido de por lo menos haber recibido un helado y haber sido arrastrado contra su voluntad a Surrey. Podría haber sido peor, no es que se quejara.
El "zoológico" al que Dudley los había arrastrado para celebrar su cumpleaños estaba en Surrey. Estaría abierto por poco tiempo, ya que era uno de esos "zoológicos de maravillas" que era nómade, moviéndose de un extremo al otro del país.
—De maravillas—bufó burlón tío Vernon en cuanto Dudley y Petunia lo mencionaron durante la cena, unas noches atrás. —Querrás decir, ese circo de fenómenos.
— ¿¡Qué dices, escoria!? — Dijo girándose a hacia donde él estaba lavando la vajilla. — ¿Vamos al fin a dejarte con los de tu clase?
Esa noche Harry no pudo quitarse las risas de su tío, acurrucado bajo su vieja manta bajo la escalera. No pudo dormir, embargado de repente con la idea que quizás su tío lo había dicho en serio, y pronto lo estaría vendiendo como parte de una atracción estrafalaria. Estaba tan asustado que cuando la tía Petunia dijo que se cambiase porque iría con ellos, cumplió lo que decían tratando de hacerse lo más pequeño posible para tratar de mantener a su tío contento. Puede que no se llevasen muy bien, pero para Harry, ellos eran su única familia.
Almorzaron en la zona de comida dispuesta al aire libre en aquél "zoológico". Y luego, más tarde que pronto, Dudley arrastraba a Piers hacia una atractiva exposición de animales exóticos dejando atrás a Harry. No es que él se quejara demasiado. Eso le daría más libertad para husmear por su cuenta en los lugares que quisiera sin ser apabullado por las burlas de su primo o de su tío.
El "zoológico de las maravillas" había sido dispuesto en las afueras de la urbanización. Allí a donde viese, había enormes carpas y puestos junto con enormes letreros que anunciaban las exposiciones y actos. A Harry le recordó a las ferias caravaneras populares que vio en uno de los libros escolares que a veces podía tomar de Dudley. Por supuesto, este grupo de carpas era más grande y mucho más lujoso. Curioso, llamado por las enormes y coloridas telas de las carpas, se dejó arrastrar por el gentío, explorando allí donde no fuese necesario pagar una entrada.
Durante unos largos y hermosos treinta minutos, Harry fue libre de admirar exposiciones de aves exóticas, actos de ilusionismo y exposiciones de animales peligrosos. En verdad, más que haberse llamado "Zoológico de las maravillas" bien podría haber sido un circo. Pero él no podría quejarse mucho, era increíble. ¡Un cuidador le había colocado una boa sobre sus hombros! Las personas que trabajaban allí eran tan amables y elegantes en sus actuaciones que, por un breve momento, Harry deseo que aquello que había dicho su tío fuera verdad. Que en serio se uniría a este tipo de vida.
Sonrió, mientras caminaba entre la gente pensando en ello. Tal vez incluso podría aprender a trabajar con serpientes. Le había encantado estar tan cerca de aquella boa constrictora. Era tan hermosa y simpática. ¡Si tan sólo alguien apreciara el humor de las serpientes, no les temerían tanto! Al menos esta boa le dio un repertorio más creativo que la pequeña culebrilla que habitaba el jardín de tía Petunia.
Trabajar, irse de casa de los Dursleys. Conseguir un nuevo lugar donde vivir, un hogar, con helados y comida propia. Aunque Harry lo anheló tanto en ese momento, algo amargo se instaló de pronto en su estómago. ¿Junto a quién?, se dijo. ¿Sólo? ¡No! Pensó sacudiendo su nido de cabello rebelde. No estaría solo. Haría nuevos amigos, tendría una familia, con la que compartiría todo y se mantendrían juntos, a salvo. Si, así sería. Él se las arreglaría para que así fuera.
El murmuro animado de la gente a su alrededor lo trajo de regreso. Sacudiendo de lado a lado su cabeza para dejar de pensar en esas cosas, se centró en qué causaba tanta sensación. Las personas se amontonaban frente a un pequeño localcillo que rezaba "La maravilla imposible". Un hombre de aspecto tosco controlaba la entrada a la exposición. Harry notó que aquella montaña severa cobraba y controlaba tickets. Una lástima, pensó, él no tenía dinero para entrar allí. Desesperanzado, se dio la vuelta para seguir husmeando en aquellos lugares en donde si pudiese entrar. Sin embargo, el grupo que salía de aquella carpa, hablando emocionada y conmocionada, removió la curiosidad de Harry.
Las palabras "increíble", "hermoso" y "sirena" llegaron a sus oídos. ¿Sirena?, se dijo Harry. ¡Pero si las sirenas no existen! Bufó, menuda chorrada. Estaba seguro por el cartel y los colores de la carpa, muy parecidas a las del acto del ilusionista y sus elefantes albinos, que aquella carpa era para la actuación y algún espectáculo.
De todas formas, Harry nunca había tenido buena suerte, y pronto, su racha de tranquilidad y libertad se había acabado en cuanto la enorme mano de Dudley le empujó desde el costado izquierdo de su espalda, casi mandándolo de boca al piso.
— ¡Eh, fenómeno! ¿Qué has encontrado de interesante? — Dijo su enorme primo mientras se acercaba hacia el cartel propagandístico de la entrada. — ¡Woooow! ¡Mira mamá! ¿Qué será? ¡Entremos, entremos! — Insistió, mientras trataba de hacerse paso entre la fila. Por alguna razón que Harry no pudo comprender, también fue incluido en el plan.
Petunia pagó las entradas para todos, incluido él. En ningún momento lo miró, pero Harry no pudo dejar de sentir que allí estaba pasando algo, aunque no tenía idea del qué. Tía Petunia no dijo nada, y ellos juntos entraron al fin a la carpa luego de veinte minutos de fila. Tío Vernon seguramente debe haber decidido quedarse en algún puesto de comida y aprovechar el tiempo para sí mismo, cómo él siempre dice.
Harry no prestó más atención a aquel extraño sentimiento y se dejó arrastrar tras Dudley, Piers y su tía hacía el interior de lo que parecía ser una carpa ambientada en un lugar caribeño. El lugar estaba repleto de plantas artificiales que simulaban una espesa vegetación que rodeaba un grupo de enormes tanques de agua un poco oscura. O quizás, debería decir, peceras si Harry tenía en cuenta la figura que flotaba allí. Mientras todos exclamaban emocionados y alborotados tratando de acercarse al cristal, Harry se permitió un momento solo, apreciando la ambientación del lugar, antes de avanzar.
Aunque, en realidad, farsa o no, Harry debe admitir que se moría de la emoción y la curiosidad. Asi que se acercó en silencio hacia el otro lado de aquél tanque, evitando el grupo que se amontonaba hacia el frente.
El tanque era enorme, quizás tuviera cinco metros. Aunque, ante la pequeña figura de Harry cualquier cosa era enorme. Estaba repleto de plantas que flotaban y colgaban por los bordes del cristal. Pero no estaba repleto de agua como una pecera, notó Harry. Era más bien agua rodeando una roca mediana en el centro. Como una isla. No parecía ser un lugar muy bonito. ¿Acaso las sirenas no son criaturas mitológicas muy hermosas? ¿Aquel tanque de aspecto un poco sucio en verdad servía como escenario de esa performance?
De todos modos, un movimiento llamó su atención. Cerca de donde se encontraba parado, algo se movió entre las plantas del fondo. Se acercó un poco más hacia el cristal para vislumbrar mejor. Habría pegado todo su rostro, como un niño frente a una dulcería, pero sus anteojos no le habrían permitido tanto.
En ello estaba, cuando de pronto una mano tocó el cristal. Harry se despegó de un salto, casi cayendo hacia atrás. Allí, del otro lado del cristal, unos ojos oscuros lo veían. No, se corrigió Harry, un algo. La supuesta sirena de aquel "Zoológico de maravillas" de Surrey, era una figura enorme, sucia, deforme y oscura.
Aquél ser tenía el rostro peludo repleto de algas en cuyo centro se ubicaban unos extraños ojos negros que brillaban inquietantes. Harry, aún impactado pero curioso, regresó a donde había estado. La criatura se interesó en sus movimientos y se reacomodo, girando la cabeza hacia un costado mientras agitaba una enorme cola de aleta bífida.
Harry hizo una pequeña mueca. No pudo no notar que un pequeño rastro rosado, de piel herida, se daba lugar en medio de las escamas oscuras, de tono amarronado algunas, otras negras opacas. ¿Por qué habrían decidido darle un aspecto tan lamentable a aquella representación? Se preguntó.
Aunque, siendo sinceros, a esta altura Harry insistía en seguir pensando que aquella era una representación y no la exposición de una verdadera sirena. O tritón, se corrigió Harry, mirando el pecho plano, musculoso y repleto de ángulos en el cual saltaba a la vista que no era de mujer.
Si fuera real, si él aceptara que las sirenas son reales, estaría siendo un horrible ser cruel parado allí, viendo y reconociendo que su miseria.
La criatura se movió bruscamente cuando alguien más se dio cuenta que la sirena estaba mostrándose en el lugar del cristal donde Harry observaba. Trató de esconderse entre las plantas y las piedras del fondo. Harry se quedó allí, incomodo, viendo llegar al grupo amontonándose frente al cristal, casi pegando la nariz, tratando de ver al ser. No pudo evitar ver aquellos ojos negros entre las plantas, peculiares y hermosos.
Hermoso. Sí, se dijo Harry. Ese ser era hermoso. A pesar de que sus escamas fueran tan oscuras y casi marrones, a pesar de su aspecto peludo y desprolijo, a él le pareció hermoso. Le recordó al ónix. Opaco pero capaz de brillar de un modo conmovedor. Las sirenas son reales, se dijo Harry. Allí había una, o más bien, un hermoso tritón.
Y está miserable, encerrado en un sucio tanque, pensó Harry, con una amargura repentina, mientras era empujado un poco por las personas tratando de ver a "la sirena". Incluidos Piers y Dudley, quien se llegó del lado de Harry, empujándolo bruscamente.
—Hazte a un lado, rata—dijo su primo. Y a Harry no le hubiese molestado, no realmente porque ya estaba acostumbrado a los desplantes de su primo. Sin embargo, una enorme ira estalló en su estómago cuando vio a su primo encontrar dónde estaba la criatura.
— ¡Hey, cosa horrorosa! ¡Déjate ver, vamos! ¡Pagamos para verte! ¡Vamos! — Gritaba Dudley, golpeando con su palma abierta el cristal. Déjalo, pensó Harry mientras recordaba la triste expresión de aquellos ojos ¡Déjalo en paz!, Deseó con todas sus fuerzas.
Entonces, por un momento, no pudo ver nada. Se sentía como si de repente, la fuerza le abandonase. Le temblaron las rodillas y casi cae al piso. La cabeza le daba vueltas mientras que le latía la frente, como cuando corría largo tiempo siendo perseguido por los abusones amigos de Dudley, sobre esforzando sus pulmones.
No fue hasta unos segundos después que sintió los gritos que daba su tía petunia y el resto de las personas, cuando pudo verlo. El cristal había desaparecido y Dudley había caído de espaldas hacia atrás, arrastrando a un Piers aterrorizado mientras eran empapados por las sucias aguas del tanque. Las cejas de Harry se alzaron en incredulidad cuando vio el espectáculo.
Mientras las personas corrían espantadas, y tía Petunia trataba de levantar a Dudley del piso, Harry vio estupefacto cómo la sirena se levantaba, con dificultad, del piso mojado. Las oscuras escamas desapareciendo, dejando atrás la cola para terminar de convertirse en lo quizás eran piernas. Pero él no pudo precisarlo bien, ya que de pronto, enervada, la criatura era una enorme masa de pelo oscuro y mojado, imponente. Una sombra sucia y aterradora que dejó a Harry inmovilizado al posar unos enormes ojos negros en él. Como el ónix, pensó, justo antes de caer al piso.
Aquella sombra oscura dejó de prestarle atención en cuanto un grupo de trabajadores del lugar entró con paso apresurado. Junto a ellos, el tío Vernon, haciéndose espacio a los gritos.
No supo cómo, pero de pronto, el ser desapareció de sus vistas lo que provocó histeria entre los trabajadores que a los gritos de "encuéntrelo, encuéntrelo" salieron corriendo hacia todas partes.
Harry no se movió de su lugar, viendo cómo, luego de que viese a Petunia y a Dudley, el tío Vernon comenzase a acercarse a los gritos.
— ¡Tú! ¡Tú, niño malcriado y monstruoso! ¡Tú hiciste esto! —le escupió cerca de su rostro, levantándolo del piso en vilo mientras lo apuntaba con uno de sus enormes y gordos dedos.
— ¿¡Tu provocaste esto, no es así!? ¡Admítelo! — Exclamó Vernon, sacudiendo al niño.
Harry, aun cansado pero con una nueva fuerza nacida del estrés del momento, se desembarazo con fuerza de las manos de Vernon, usando quizás sin saberlo, alguna extraña potencia, puesto que Vernon Dursley por un momento pareció estupefacto y aterrado al mismo tiempo, antes de recomponerse y volver a gritarle al niño que lo veía aireado y furioso bajo aquellas horribles gafas redondas.
— ¡Eres un fenómeno! ¡Seguro decidiste aliarte con aquel otro monstruo para hacerle daño a mi hijo! Mocoso! —
— Yo no soy un monstruo, y yo no lo hice—trató de responder Harry sin dejarse llevar por la enorme rabia. Injusto, era tan injusto. ¡Él no era un monstruo, era un niño! Y aquel ser no era malo tampoco. Qué injusto, qué injusto. ¿Cómo podía alguien privar de la libertad y humillar tanto a otro ser? ¡Tan Injusto!
Pero Harry no pudo seguir peleando ni tratando de enfrentar a su tío. Las rodillas se le doblaron, y cayó otra vez al suelo bajo los gritos humillantes de su tío. Se sintió tan patético, tan pequeño, tan frustrado que un par de lágrimas amenazaron con escapar de sus ojos irritados.
¿Y si tío Vernon tenía razón? En alguna parte dentro de sí, él sentía que así era. Él había desaparecido el cristal. ¿Pero cómo sería eso posible? ¡Él era solo un simple niño!, un huérfano cualquiera, hijo de unos padres tan comunes y fútiles que lo dejaron atrás.
Desbordado, no pudo más, y dejó que algunas gordas lágrimas rodar por sus mejillas. —No lo soy, no fui yo— siguió repitiendo, casi inteligible, hasta que ya no pudo ver por las lágrimas.
Petunia, sin que Harry lo advirtiera, paró a su esposo y organizó el regreso a casa. Así, los Dursleys dejaron Surrey, y marcharon a Privet Drive llevando a su aterrorizado hijo, su amigo, y a un pequeño Potter extrañamente inconsciente. Ella sabía que él lo había hecho, después de todo era tal hijo de sus padres. Sin embargo, no quería que Vernon empujase más al crio porque temía que, de algún modo, este hiciese una de esas brujerías y terminara dañando a su Dudley. No, mejor dejarlo pasar por el momento. Luego se ocuparía de mantenerlo disciplinado. Quizás algún tiempo en el jardín sería suficiente.
De regreso a Privet Drive, todos se desentendieron de aquel incidente. Incluso, se negaron a seguir las noticias sobre la criatura desaparecida de Surrey. Cada vez que alguien hacía referencia a ello en la televisión ya sea hablando del fraude o fabulando sobre la veracidad de la criatura, Petunia se acercaba y cambiaba inmediatamente de canal.
Harry se ensimismó, preocupado por el carácter de aquel incidente. Preguntándose cuánto más el tío Vernon soportaría su presencia antes de enviarlo a un internado o venderlo a aquel "Zoológico de maravillas" para ocupar el lugar de la sirena prófuga.
Es cierto que no tuvo mucho tiempo para pensar entre plantar, trasplantar, podar y cuidar el jardín de su tía. Sin embargo, más de una vez Harry soñó despierto con que tristes ojos negros lo miraban, y, diciéndole "gracias" con una extraña voz, le devolvía el favor llevándoselo lejos de allí.
Pero, aunque Harry fuese en verdad un fenómeno igual de extraño que aquel ser, tal y como lo decía su tío, este no era un cuento de hadas. Harry no se iría de aquella casa hasta luego de haber cumplido diecisiete años, y destruido, se lanzaría hacia una guerra que sin saberlo antes, había sido nombrado como "el elegido". Aunque al final resultase que él, no lo era.
A pesar de todo, en retrospectiva del mismo Harry, aquellos pueriles sueños de algún modo se hicieron realidad. Lo que sucede es que él no era una princesa, y aquel que lo salvó tantas veces, solo era un viejo y apagado ser de oscura alma, como el ónix que siempre le maravilló. Después de todo, Severus Snape había sido una sombra todos esos años, siempre al acecho para poder cuidar de él, y al mismo tiempo, arrastrarlo hacia él.
Pero todas esas cosas, el pequeño Harry que charlaba con la culebrilla en el jardín de su tía, que aún no había tenido una torta de cumpleaños, no lo sabía y jamás lo hubiera podido imaginar.
Si lo hubiera hecho, se habría aferrado con uña y dientes. Y, sin vergüenza, habría exigido que pagase su favor, que lo llevase, pronto. Que no le importase, oscuro tritón, que Harry no tuviese cola ni branquias. ¿Si él había sido liberado, por qué no llevar a Harry con él?
A cualquier lugar, no importa dónde. Harry había querido ir con él, aunque sea hacia las profundidades de las que había salido; aunque tuviera que ahogarse en la oscuridad de su alma.
Pero esto no era un cuento de hadas, y los "hubieran sido" no les sirven a nadie, se dijo Harry mientras escuchaba el discurso de McGonagall en el aniversario de la Batalla de Hogwarts, muchos años después, pensando amargado en aquellos tiempos en lo que todo era tan sencillo como el simple hecho de asombrarse al descubrir que era un mago, o que las sirenas son reales, o que había sido flechado por un oscuro y severo hombre, ahora muerto.
