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Las lágrimas son saladas
I
Jaime siempre pensó que Cersei era la mujer más bella de todas. No había ser siquiera en todo Poniente que pudiera igualar la graciosa belleza feroz de su hermana gemela. O quizás si había una.
Brienne de Tarth era la última mujer en los Sietes Reinos con la que Jaime o cualquier hombre querría tener como amante. La mujer era enorme, tosca y sin gracia y tenía una fea cara de caballo. Albergaba la esperanza de ser un caballero. Por supuesto, se dijo Jaime, es normal que quisiera llevar armadura en vez de vestidos de seda, ya que saltaba a la vista que esa mujer jamás podría casarse ¿Para qué preocuparse entonces por llevar seda?
Definitivamente la ultima mujer a la que cualquier caballero, pescador, o pastor imbécil podría desear en todo Poniente. Ni siquiera los desesperados hermanos de la guardia de la noche querrían tocar ni un pelo de concha de semejante pedazo de mula.
Aun así, Jaime había caído rendido ante ella. Es cierto que la mujer era una ingenua y no tenía la graciosa belleza de una dama de la corte, o la exótica de las mozas de los burdeles. Sin embargo, a pesar de todo, había sido su fe en los valores y el código de honor lo que habían cautivado el estrecho corazón del pobre Mata reyes. Eso, y los increíbles ojos azules con los que la heredera de Tarth le azuzaban a ser honorable...
Ante el espíritu noble de aquella mujer, ante tales cálidos ojos como las aguas del océano tranquilo, Jaime no pudo evitar pensar amargamente lo especial que era Brienne. Inalcanzable, un tesoro que él no podría tocar ni mancillar. No la merecía. Una perla inmaculada en medio de toda la mierda de ridículos nobles sedientos de poder.
Y había resultado que, en realidad, la mujer era una sirena. Por los siete putos dioses. Aquella mujer guerrera era una puta y maldita sirena. Jaime lo había descubierto por accidente, de casualidad, cuando entró de polizón al dormitorio de la dama mientras se estaba bañando.
Había querido ir a felicitarla y proponerle otro brindis a salud de su nuevo titulo de caballero de los Siete Reinos ¡La primera mujer como caballero! ¡Màs honorable y caballero que cualquier perro con armadura! Pero Jaime, borracho como estaba, se había topado con la dama en la bañera, y una enorme cola de pez azul índigo colgando por un costado. Aquellas escamas eran tan azules y brillantes como los ojos que habían cautivado a Jaime.
—Imposible— dijo arrastrando la lengua—las putas sirenas no existen—y luego prorrumpió en unas carcajadas enloquecidas ¡Oh por los dioses! ¡Jaime sí había caído por la voz de una seductora sirena!
Brienne, con los labios fruncidos, sin palabras, se aferró a la bañera hasta que sus nudillos se pusieron blancos contra la madera, mientras contemplaba cómo un borracho Jaime Lannister se desparramaba sobre su cama envuelto en una desquiciada risa.
Quizás Brienne también estaba demasiado borracha como para preocuparle lo suficiente, así que cuando Jaime se dejó caer al suelo y se arrastró hasta ella, le permitió que tocara con ambas manos su cola y sus aletas. Reverenciando, Jaime Lannister le confesó a su sirena cuánto lo había hechizado, cuánto la amaba.
—¿Por qué además tienes que ser una sirena? ¿Por qué cada día te vuelves cada vez más inalcanzable?— terminó llorando el hombre de la mano dorada, con la cara pegada a las escamas mojadas. Mientras, aún sin creer lo que veía, con los ojos desbordados de mar, Brienne sólo se limitó a limpiar las lágrimas de Jaime con gentileza.
Había sido un error haberse colado a las habitaciones de la rubia mujer, pero Jaime no se arrepentía por nada en el mundo, ya que ello le dio la oportunidad de encontrar a Brienne en aquella forma. Porque, con la niebla del vino, había logrado también colarse en su cama y entre sus piernas.
—Cántame, sirena, y arrástrame hacia tu húmeda morada— había cantado bromeado, totalmente borracho, Jaime mientras lamia el sexo de Brienne.
—Cántame, sirena, roba mi corazón. Arrástrame a tu hogar que soy tuyo y lo seré por siempre...— le había rezado a los rosados pechos de su sirena, mientras ella, más que reclamarle sus impertinencias, lloraba y cumplía con sus plegarias: cantó sólo para él.
II
Pero él no había respondido a las plegarias de Brienne, y tampoco había cumplido las promesas de aquella sacrílega noche.
Ante la noticia de que Daenerys, la Madre de Dragones, había marchado para asesinar a Cersei, Jaime no dudo en ir a salvarla. No solo la abandonaba, sino que Brienne estaba segura, jamás volvería a ver aquel hombre que había tomado todo de ella, apropiándose de su ser como nadie lo había hecho antes.
Llorando a lagrimas vivas, con la camisa a medio atar, las piernas aun húmedas y el sexo adolorido, escuchó de los labios de su caballero, su decisión.
—Eres mejor que ella...—intentó convencerlo Brienne frente al caballo que este preparaba para marchar —Eres un buen hombre...—siguió intentando. Pero el Lannister estaba decidido y ya nada podía hacer ella.
—Por favor, quédate conmigo—terminó por rogarle Brienne. Pero él ya cabalgaba lejos de ella hacía King's Landing, hacia el peligro, por otra mujer.
—Oh...por favor—dijo, sorbiendo sus lagrimas saladas. Mientras tanto, aun podía ver la tierra que se levantaba al paso del caballo del amante prófugo. Desvergonzado, pensó Brienne, desesperada tratando de dejar de llorar.
—Que oigan los dioses mi plegaria— susurró—No pereceré antes de exigirle a los dioses fidelidad en mi ultima hora.(*) Protéjanlo, tráiganlo de regreso, vivo. Para que al menos sepa que hasta en mi tumba fui la más ingenua y fiel de todas. Hasta en mi tumba, mi corazón y mis canciones fueron solo para él.
Porque algo que Jaime no sabia es que cuando una sirena entrega todo su corazón y te marchas, usurpándolo, solo un único fin queda: disolverse en la misma agua salada que las vio nacer, hasta ser simple espuma arrastrada por la marea.
Pero Brienne, caballero de los Siete Reinos, estaba lejos de Tarth, y no se convirtió en espuma. En una tierra que no era la suya, mientras miraba el camino del amante, saboreó su propio sabor a sal en las lágrimas traicionadas. Sus bellos ojos azules se deshicieron, lágrima a lágrima, hasta que, cuando la encontraron los caballerizos, en el suelo solo quedó su vieja camisa, su espada y un pequeño mar de lágrimas saladas secándose al naciente sol de un nuevo y fatídico día.
III
Cuando Jaime sostuvo en sus brazos a su hermana Cersei, bajo la lluvia de escombros que caían sobre los túneles por los cuales pensó escapar, no pudo evitar recordar los bellos ojos mar que había dejado atrás.
Es así, se dijo, quizás era lo mejor. Él ya no podría jamás corromper y arruinar la vida de aquella hermosa dama. Como sirena, como guerrera, como la poderosa mujer que era, brillaría sin que Jaime la mancillara con sus pecados, tal y como había sucedido con su hermana, sus hijos, su pequeña, y su pobre hermano. Los hombres malditos no merecen ni el cielo ni el mar.
Al menos, se consoló a sí mismo, uno de los dos viviría. Sonrió, mirando los escombros caer a su alrededor. No había podido salvar a su hermana, la madre de sus hijos, pero había podido dejar a salvo a la verdadera dueña de su corazón.
—En Saturno...—susurró Jaime—más allá de los límites del mar, vivirán los hijos que no tuvimos.(*) Oh, pensó mientras lloraba el fin de toda esperanza, las lágrimas y la sangre saben igual. Saladas. ¿Así es como saben tus ojos, Brienne de Tarh? ¿Cómo el mar del cual tanto color portan?
IV
Cuando el sol se puso y la batalla al fin se calló, el silencio de los fantasmas, entre las llamas danzantes, replicó en el eco del dolor de un pequeño hermano que no pudo salvar a su única familia.
Entre los escombros de un túnel, Tyrion se sentó a limpiar con las manos arañando su cara, las lágrimas que empañaban sus ojos.
—Se supone que debías vivir, imbécil— le dijo a una de las cabelleras rubias que yacían en el suelo.
—Nunca me escucharon, ninguno de los dos. Nunca. Par de necios, tontos, tontos, tontos, tan tontos...
V
Y el Séptimo abrazó las plegarias de los que se fueron y no recuerdan sus nombres. Entre la sal y el viento, reunió a aquellos que tanto rogaron los brazos del otro. Así, juntos en el mar, danzaron bajo la sal de recuerdos olvidados, la dama y el león; el caballero y su sirena.
Cántame, sirena, roba mi corazón...
