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La vida que nos pertenece.

Summary:

En el Hotel Polaris, la calma siempre está asegurada.

Oculto entre los árboles, su poblado más cercano siendo un pequeño pueblo en la costa, es un sitio perfecto para desaparecer. Nadar en la piscina. Ir a la feria, o a la playa. Respirar el vigoroso aire fresco, observar a tus niños mientras juegan en el gran columpio. Un lugar perfecto para sanar.

Cuando Bora decidió tomarse unas vacaciones de forma abrupta, fue el primer sitio en el que pensó. Su familia solía ir allí cuando era niña, y quizás el tiempo a solas le serviría un poco para recuperar aquello que había perdido, aquello que tanto necesitaba.

Pero hay algo que ni ella, ni las otras chicas en el hotel se esperaban. Algo que las acecha entre las sombras. En el espejo, la persona que les devuelve la mirada, les pregunta:

¿Segura que quieres desaparecer?

Notes:

¡Holi! Tengo un tiempo planeando y escribiendo cosas de este fic, y al fin he decidido subir el primer capítulo. Aunque hay más escrito, todavía me falta bastante para terminar la historia, pero estoy haciendo mi mayor esfuerzo. Es mi primera vez haciendo algo así.

En cuanto al tag dadong: esto no es un fic romántico, pero la relación es relevante para la historia, así que decidí agregarlo de todas formas. También hacen falta otros tags que iré agregando en lo que avance la historia según considere apropiado. Además, el rating y esas cosas podría cambiar.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

—¿Estás segura de que estarás bien sola? —preguntó su primo, Junhee, luego de ayudarla a subir su maleta al autobús. 

Bora sonrió: —Por supuesto que sí.

—¿Segura? —insistió Seungyeon—. Siempre podría cerrar el estudio por un par de días…

—No, no —cortó—: Ustedes dos, basta. Estaré bien. No hay nada de qué preocuparse.

Junhee hizo un pequeño puchero, a lo que Bora contestó rodando los ojos. El chico suspiró antes de asentir. 

—Mándale saludos a Minji de mi parte —cedió—: Y dile que se deshaga de esas endemoniadas muñecas de una vez. O que al menos deje de subir fotos de ellas a instagram. Son espeluznantes. 

Minji era una amiga de la infancia que Junhee y Bora tenían años sin ver y, para ser honestos, tampoco hablaban mucho. Pero solían verse a menudo en los veranos, cuando coincidían en el hotel cerca de la costa manejado por la abuela de Minji. Ella era la única de los tres que no se había mudado a la ciudad al crecer y, en cambio, se había quedado en su pueblo, continuando con el legado familiar. 

Ese era el destino de Bora: aquel hotel pacífico y resguardado con patio amplio y piscina, a menos de treinta minutos en auto del parque de diversiones junto a la playa en los que tenía recuerdos bonitos de la niñez. Esperaba que las cosas no hubieran cambiado demasiado. 

Cuando había hablado con Minji por teléfono, no parecía haber cambiado mucho. Su voz aún era dulce y amable cuando le aseguró que el hotel seguía abierto y que claro que podía ir a quedarse un par de semanas. 

—Es más —había agregado, y podía imaginar su sonrisa al otro lado de la línea—: Yo misma iré a buscarte en la parada de autobús. 

Y cuando el vehículo dejó atrás a Bora, su pequeño cuerpo parado junto a las maletas color morado y su cabello castaño suelto hasta la cintura a pesar del calor, en efecto estaba allí. Ahora podía ver su sonrisa en persona, tan radiante como siempre lo había sido. Sus abrazos tan cálidos como el sol.


—Es temporada baja, así que tendrás tiempo y espacio para relajarte —dijo Minji, sus ojos fijos en la carretera al manejar—: Solo seremos tú, yo, y otras cuantas chicas que llegarán en los próximos días. 

—Bueno, siempre podría venir más gente de imprevisto. 

—Por la época, no lo creo —suspiró, y sonó cansada. Bora la miró de reojo.

—Y, ¿qué tal todo? —Inquirió— ¿Cómo has estado?

Minji pareció vacilar por un momento.

—He estado bien —contestó—: Las cosas han estado bien, bastante tranquilas la verdad. Ya sabes, no es que pasen demasiadas cosas en este pueblito. 

—Bueno, pero han pasado años desde la última vez que estuve aquí. De seguro algo ha cambiado. 

—Supongo que sí. Graduaciones, bodas, funerales... Algunas personas dejaron el pueblo, otras no. —Hizo una pausa, pensando—. ¡OH! Al fin remodelaron el cine.

—¿En serio? 

—Sí —rió—. Y tú, ¿qué tal la ciudad?

Dejaron atrás el pueblo y la playa y, en medio de grandes y espesos árboles, se abrieron paso en una solitaria carretera algo inclinada. Ahora fue el turno de Bora de vacilar. 

—Todo bien. Doy clases de baile en un estudio —habló—: Junhee también trabaja allí, me pidió que te diera sus saludos. 

—Tan tierno —Sus ojos centellearon, dejando atrás un rastro de cariño—. Recordaré escribirle pronto. Y, cierto, ¡He visto algunos de sus videos! Ustedes en serio, en serio son increíbles. Lucen geniales. 

—Tú también bailabas muy bien. 

—Oh, vamos, no tanto como ustedes. Además, eso fue hace años. No bailo desde que… —Se detuvo. Tragó saliva antes de continuar—. No bailo desde que empecé a cuidar del hotel. 

—Tus bases siempre fueron muy buenas: con algo de práctica, seguro también serías espectacular —Consideró por un momento—. Podrías ir al estudio de vez en cuando e intentar, si quieres. 

—¿En serio? —sonrió—. Eso suena divertido. 

Un par de rejas de entrada se abrieron frente a ellas, y el terreno del hotel apareció ante su vista. 

Primero se extendía un gran patio de césped rebajado, dividido en dos a la perfección  por un camino que guiaba a las escaleras de entrada al hotel, rodeadas de pequeñas flores que crecían entre los arbustos. A la derecha se encontraba el estacionamiento, apenas un recuadro de cemento donde solo se encontraba la van del hotel parada, frente a la cual había un pequeño espacio techado reservado para bicicletas o alguna moto. Aunque Bora no estaba segura de quién querría subir en bici a tal lugar. 

El edificio era justo como lo recordaba: una vieja y gran mansión de unos tres pisos adaptada para ser lo que era en la actualidad, sus paredes pintadas en tonalidades grises y el techo de un verde oscuro con cierto aire azulado. Si no se equivocaba, en el amplio patio trasero se encontraría con una piscina, y también con un campo de juegos para niños, cuya atracción principal era el gran columpio en el que Minji solía empujar a Junhee hasta que él se asustaba por el exceso de altura y velocidad, y ambas reían sosteniéndose el estómago. 

En sí, era un claro elevado, rodeado por densos árboles que se mecían con suavidad por la brisa. Bora inhaló profundamente, respirando el aire fresco con una sonrisa melancólica en sus labios. Con tan solo un par de minutos allí, ya se sentía reconfortada. 

Al entrar, lo primero que notó fueron las escaleras, que producían un rectángulo cuando observabas al espacio entre ellas. A la izquierda, se encontraba el mostrador escritorio que Minji utilizaba como recepción. Esta pasó detrás de él, y luego de un momento, alzó unas llaves con una plaquita dorada que marcaba el número 808. 

—Desde esta habitación logras ver un poco hacia el océano —dijo—. Pensé que te gustaría.


Contrario a las expectativas de Minji, una chica llegó de improvisto al día siguiente, y tenía una sonrisa suelta y un liso cabello rubio hasta los hombros, con un flequillo cubriendo su frente. Su nombre era Yoohyeon, y había cometido un error al realizar la reservación, por lo cual resultó que no había reservado nada en absoluto. Pero con tantas habitaciones libres, en realidad no tuvo ningún problema. 

Descansó por un rato antes de empezar a desempacar. Cuando terminó, se sentó en el pequeño escritorio de la habitación donde había colocado su libreta color marrón. Sonríe al ver la primera página, que tenía pegadas un par de fotografías viejas de una niña pequeña con un perro pequeño. Las acarició por un segundo y suspiró, entonces abrió la hoja donde se había quedado la última vez, y comenzó a escribir. 

                     Querido Pie, 

Ya estoy en el bonito hotel que te había comentado, y el estampado de las paredes es aún más precioso en persona. En el camino, pasé frente al parque de diversiones y la playa, y no puedo esperar para ir. También conocí a la dueña, ¡es tan linda y amable! Y mucho más joven de lo que esperaba. Debe ser apenas unos años mayor que yo. 

Si soy honesta, sigo algo nerviosa de tener unas vacaciones sola, pero espero que el ambiente tranquilo me ayude a relajarme y a pensar con claridad. La terapeuta dijo que sería bueno alejarme de todo el estrés por un rato. Además, poco a poco hemos estado reduciendo la dosis del medicamento. Creo que en serio estoy mejorando, Pie. Tengo esperanzas. 

Atentamente, Yooh.


—Aquí está la llave de su habitación, señorita Siyeon —anunció Minji—: Espero que usted y su hermana disfruten su estadía. 

Siyeon solo asintió lentamente mientras tomó las llaves. Fue la menor, Gahyeon, quien habló. 

—Muchas gracias —sonrió enseñando todos los dientes, sus mejillas conservando aún un pequeño rastro de grasa infantil. 

Minji las observó alejarse por el pasillo, el espeso cabello negro de Siyeon contrastando con el rosado claro teñido de Gahyeon. Pensó en que no se parecían mucho. Pero algunos hermanos eran así.


Dongie —Una voz grave susurró junto a su oído—. Despierta, tenemos que desempacar. 

Handong solo hizo un pequeño ruido en forma de queja y cuando sintió a su novia intentar moverse, la abrazó con más fuerza. 

—No te vayas —dijo en voz diminuta—: Solo cinco minutos más. 

A los amigos de su ciudad natal les gustaba llamarla reina del hielo, rechazando citas y rompiendo corazones una y otra vez. No es que quisiera hacerlo, no entendía porqué no quería nada con el montón de chicos que sus amigas insistían que serían un buen partido. ¿Por qué debería tener interés en ellos? ¿Por qué no tenía interés en ellos? Para Handong, siempre había algo que simplemente no estaba bien.

Sin embargo, cuando viajó a Corea para estudiar en la universidad y conoció a Yubin en medio de los pasillos de la biblioteca, su corazón se derritió. Y las cosas empezaron a tener sentido.

Estar en los brazos de Yubin siempre se sentía como si el sol irradiara dentro de su propio pecho.

Ahora que se había graduado, las dos habían decidido pasar un par de semanas de vacaciones juntas, alejadas del resto del mundo. Un hotel apartado en un pequeño pueblo costero parecía como la calma y privacidad perfecta que necesitaban. Luego de esto, Handong tendría que prepararse para visitar a su familia y pasar con ellos el año nuevo lunar después de varios años sin poder volver. Tenía tanto que decirles… aunque no sabía si estaba lista. 

Pero por ahora, se enfocaría en tener un tiempo agradable con su amada novia. Ya tendría tiempo para lo demás.


Minji se estiró un poco al levantarse de la silla en la que había pasado horas haciendo las cuentas. Observó la colección de muñecas de porcelana que había heredado de su abuela, junto con el hotel, y ellas parecían devolverle la mirada atentamente. Empezó a sacudirles el polvo, asegurándose de que sus ropas y cabellos estuvieran arreglados. Sonrió.

Dentro de las docenas de ojos de vidrio ante ella, el reflejo de su imagen le sonrió de vuelta.