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Río arriba, como un salmón

Summary:

¿Cómo era la vida de Andrés y Martín en el monasterio mientras preparaban el golpe al Banco de España? ¿Y qué pasó por la mente de cada uno cuando se separaron después de aquel beso en la capilla?
En esta historia se exploran momentos nunca vistos entre Andrés y Martín, así como la manera en que, al final, el tiempo los volvió a juntar.

Notes:

Una vez más, siento mucho escribir esta historia sólo en español, pero es lo que me pide el cuerpo. He intentado ir traduciéndola, pero es un trabajo ingente.

Espero de corazón que os guste y que, como a mí, la literatura os traiga la paz que ni Martín ni Andrés encontraron juntos en la serie.

Aquí sí la van a encontrar.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Y tiro porque me lleva la corriente

Chapter Text

Era una fría tarde de finales de otoño en Florencia. No había brillado el sol en todo el día y, fuera, el viento helado soplaba con fuerza. Afortunadamente, el monasterio estaba bien preparado contra las inclemencias del tiempo: Andrés se había asegurado de ello cuando lo habían remodelado.

En la capilla principal, la que se habían adjudicado para vivir, Martín garabateaba frenéticamente sobre un papel en mangas de camisa. Llevaba ya un par de horas solo en el monasterio, enfrascado en sus ecuaciones. No tenía ni idea de adónde había ido Andrés, sólo sabía que había salido y que volvería sobre la hora de cenar. Seguramente estaría visitando alguna galería de arte en la ciudad o sentado a los pies de la réplica del David que había en el Piazzale Michelangelo. Tanto una como la otra eran cosas que Andrés solía hacer para relajarse. 

Sin llegar a apartar del todo su atención de los cálculos que tenía delante, el subconsciente de Martín pensó vagamente en que Andrés volvería congelado y moqueando si se había pasado aquellas dos horas a la intemperie hablándole a la estatua. Negando con la cabeza, siguió escribiendo pasos y más pasos en aquellas cuentas interminables con la esperanza de hallar una solución que llevaba eludiéndolo ya casi una semana. ¿Cómo sacar todo el oro evitando la pérdida de carga por la fricción que iba a producirse en la tubería durante el desplazamiento? ¿Cuánta presión debía aplicarse para conseguir que la granalla llegase sin problemas desde el punto A hasta el punto B?

Una vez más, aporreó las teclas de la calculadora y volvió a escribir en la libreta. Estaba convencido de que tenía la respuesta a aquella pregunta justo delante de sus narices. ¿Por qué no era capaz de encontrarla, entonces? Desesperado, se levantó de la silla y paseó por la capilla, hablando solo, repasando en voz alta cada desarrollo, cada operación. Con un giro dramático, se tiró a lo ancho en la cama que tenía allí Andrés y se dejó envolver por el aroma dulce y ligeramente picante que desprendían las sábanas: el olor de Andrés, de su colonia, de su champú, de su sudor, de su cuerpo. Martín aspiró profundamente y clavó los ojos en el techo, imaginando en su mente, como si estuvieran escritos en neón en la oscuridad, los pasos de las complicadas ecuaciones que tenía escritas en el papel.

Enseguida, los números empezaron a desfilar ante sus ojos. Se sumaban, se dividían y se integraban sobre el techo como en una pizarra digital. Martín entrecerró los párpados para agudizar su ingenio y su concentración. ¿Y si…? Contuvo la respiración durante un par de segundos con la intención de que ni su propio aliento lo distrajese del rastro que acababa de empezar a abrirse paso en su mente. De pronto, como un resorte, se levantó del colchón otra vez, seguro de que había dado por fin con la clave. Corrió hasta la mesa, agarró el bolígrafo como si le fuera la vida en ello y comenzó a probar una serie de fórmulas diferentes que no había contemplado hasta ese momento.

Sin embargo, media hora más tarde tuvo que reconocerse a sí mismo que por aquel camino tampoco iba a llegar a ningún lado. Y lo malo era que se le estaban agotando las ideas. Martín soltó el bolígrafo sobre la mesa con desesperación, tirándolo contra la libreta como si fuera el culpable de que no salieran las cuentas, como si la respuesta a todos sus males estuviera dentro de aquel cuerpo alargado de plástico azul y el maldito se negara a dársela.

Martín se llevó las manos al pelo y tiró de aquellos mechones castaños que ya estaban pidiendo a gritos un buen corte. No sabía cuándo había sido la última vez que había estado en una peluquería, pero es que nada importaba. Su mundo giraba desde hacía ya dos años en torno a aquella idea de robar el Banco de España, el atraco maestro que Andrés le había propuesto como reto y que se había convertido en una especie de sueño vital para los dos. 

En parte, aquel rompecabezas era para Martín una cuestión personal, una manera de probarse a sí mismo, de demostrarse su propia valía. Pero, obviamente y por encima de todo, sabía que el hecho de que su corazón latiera sólo por y para Andrés tenía absolutamente todo que ver con su necesidad de encontrar la solución para sacar el oro. Quería impresionar a su amigo. Intuía que, de alguna manera, sus demostraciones de inteligencia hacían a Andrés sentirse orgulloso de él, y aquella sensación encendía dentro de Martín una luz tan fuerte como el foco de un faro marítimo. Además, era después de sus momentos de mayor lucidez cuando Andrés más lo tocaba: lo abrazaba, le acariciaba el pelo, incluso a veces hasta bailaba con él. Martín era consciente de que los sentimientos de Andrés eran puramente platónicos, pero no podía evitar anhelar aquel contacto físico con todo su ser, así que lo buscaba continuamente con subterfugios.

Sin embargo, aquella tarde las cosas no le estaban saliendo como quería. La clave para hacer que todo el oro en granalla llegara hasta el estanque de tormentas continuaba escapándosele por entre los dedos como si fuera humo. Abatido, Martín dejó caer la cabeza sobre la mesa y golpeó la madera varias veces con la frente, al tiempo que resoplaba con frustración. Notaba cómo se le iba encogiendo algo dentro del pecho -el corazón, por ejemplo-, y los ojos se le llenaban de lágrimas. Inconscientemente, asociaba su éxito en el plan a su relación con Andrés. Alguna parte estúpida e ilusa de su cerebro parecía creer que, si era capaz de hallar todas las respuestas a los interrogantes que planteaba el proyecto, Andrés se enamoraría de él y los dos se irían caminando juntos hacia el atardecer cogidos de la mano.

Aún estaba Martín en aquella postura, con la frente pegada a la mesa, las manos sobre la coronilla como si estuviera detenido, y parpadeando rápido para que no se le escaparan las lágrimas, cuando empezó a resonar el eco de los pasos de Andrés por los pasillos de piedra del monasterio. Martín ni se molestó en alzar la cabeza. Se conocían desde hacía demasiado tiempo como para andar fingiendo ahora que no estaba frustrado.

- ¿Martín? - llamó la grave voz de Andrés cuando lo descubrió allí doblado sobre la mesa. - ¿Qué pasa?

Martín se limitó a resoplar y no respondió. Acto seguido, hasta sus oídos llegó el ruido de una bolsa al ser depositada en el suelo y el eco de otros cinco pasos acercándose a él. Martín oyó cómo se quitaba Andrés uno de los guantes y, entonces, sintió unos dedos fríos acariciándole la piel de la nuca, lo que le provocó un placentero escalofrío. Aquel contacto fue lo único que consiguió que Martín se incorporase por fin para mirar a Andrés, que lo contemplaba con preocupación desde arriba.

- No puedo - admitió Martín desanimado. - Esto me supera.

- Eh - lo silenció Andrés con suavidad y sin apartar la mano de su nuca, donde continuó haciéndole caricias con los dedos. - ¿Sigues con el mismo problema?

Martín asintió con un suspiro y se recostó hacia atrás en la silla, así que Andrés retiró la mano y se acuclilló en el suelo frente a él, apoyándose en sus muslos con el brazo.

- Escúchame, Martín: si hay alguien en este mundo capaz de encontrar la manera de sacar el oro del Banco de España, ese eres tú.

- No sé - dudó Martín negando con la cabeza. - Me estoy quedando sin ideas, ¿viste? Llevo acá sentado casi tres horas.

- Pues ya va siendo hora de que te levantes y te airees, ¿no te parece? - le dijo Andrés con una sonrisa pícara en los labios y alzando las cejas a modo de invitación. - Mira lo que he encontrado.

Sin perder la sonrisa, Andrés se puso en pie de nuevo y se acercó a la bolsa que había dejado junto a la entrada de la capilla. Con parsimonia, con aquel efectismo circense que tanto le gustaba, empezó a extraer de ella un objeto plano y cuadrado que resultó ser un vinilo.

- ¿Qué es eso? - preguntó Martín haciendo un esfuerzo por sonar menos frustrado. Sabía que a Andrés le gustaba que le siguiera el juego.

- ¿Te acuerdas de aquel single de 'The Crystals' del que te hablé el otro día mientras veíamos 'Uno de los nuestros'? ¿El de 1963?

- ¿Te referís al que salía en la película? ¿'Then he kissed me'? - Martín frunció el entrecejo. A veces, las ocurrencias de Andrés le pillaban completamente desprevenido y le producían confusión.

- Exacto - rio Andrés, observando a Martín con el orgullo con el que un profesor mira a un alumno aventajado. - Es una joya. Vamos a probarlo.

Con los ojos brillantes, Andrés pasó junto a la silla de Martín para poner el vinilo en el tocadiscos que ambos compartían. Tras unos instantes de ruido estático en los que la aguja fue rascando la superficie negra del disco mientras giraba, las primeras notas de la canción empezaron a llenar el aire de la capilla. Andrés lanzó una carcajada satisfecha al tiempo que daba un salto de alegría y, después, se acercó a Martín con los brazos extendidos y aquella sonrisa traviesa en los labios. 

- Ay, no, por favor. No tengo humor - lo rechazó Martín cerrando los ojos, pero los dos sabían perfectamente que no se le daba muy bien negarse a los deseos de Andrés. 

- La música ayuda a pensar, mi querido ingeniero. Ven aquí.

En efecto, dos segundos más tarde, Martín cedió a la insistencia de Andrés y ambos se encontraron de pie en medio de la capilla con las manos agarradas, haciendo pasos de baile ridículos que a Martín consiguieron sacarle una sonrisa. Andrés lo hizo girar varias veces sobre sí mismo, lo sacudió por los hombros, danzó a su alrededor imitando las posturas hieráticas de los dibujos egipcios… Y, por último, con un estudiado movimiento muy profesional, lo atrajo hacia sí hasta que la espalda de Martín estuvo pegada a su pecho y los dos se quedaron así un rato, meciéndose juntos al ritmo de la música. 

Martín estaba seguro de que se le había escapado todo el aire de los pulmones y que no iba a volver a recuperarlo nunca más. Ya no oía la música, de tan fuerte como le palpitaba el corazón dentro del pecho y en las sienes. Con los ojos cerrados, se abandonó al disfrute del contacto con el cuerpo de Andrés, cuyos brazos le rodeaban cálidamente la cintura. Tan juntos estaban que Martín podía sentir cada una de las risas de su amigo vibrando contra su espalda. 

Martín vivía para aquellos momentos, que lo alzaban y hundían en el fango al mismo tiempo y con la misma intensidad.

Cuando la canción acabó, con aquel característico clic que siempre hacía la aguja del tocadiscos al desplazarse hacia fuera, Andrés dio un paso atrás, dejando a Martín huérfano de su calor, y le hizo dar media vuelta hasta que estuvieron frente a frente otra vez. Entonces, cogió la cara de Martín entre sus manos y lo miró fijamente a los ojos.

- No te rindas, Martín. Eres un genio. Sé que, en algún momento, verás la solución clara. Y, entonces, lo celebraremos y empezaremos a volvernos locos con el siguiente paso. ¿No te parece maravilloso?

Allí de pie, perdido en las profundidades de las pupilas sonrientes de Andrés, Martín supo que sí, que aquello era maravilloso. Simplemente el hecho de poder estar en el monasterio con el amor de su vida y tener un proyecto común por el que luchar junto a él era lo más bonito que le había pasado nunca. Con los ojos brillando por las lágrimas, Martín asintió despacio y tragó saliva para deshacerse del nudo que se le había puesto en la garganta. Entonces, Andrés ensanchó aún más su sonrisa, que se había vuelto tan brillante que Martín tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no lanzarse a besarla, y le palmeó suavemente la mejilla a su amigo.

- Vamos a cenar. He traído la ensalada César que te gusta.

Y, tras alzar las cejas un par de veces, Andrés apartó las manos de las mejillas de Martín y se dio la vuelta para recoger la bolsa que seguía en el suelo y que, aparentemente, contenía la cena. 

El tiempo que pasaron comiendo sus ensaladas uno frente a otro fue bastante distendido y ameno. Andrés le habló a Martín de su tarde por Florencia, de la gente que había visto, de los discos que había encontrado, y el argentino sospechó que lo hacía con la intención de apartar su mente un rato de las ecuaciones fallidas. Pero, cuando notó que Martín necesitaba hablar del plan para desahogarse, Andrés también lo escuchó atentamente con una copa de Sassicaia en la mano, a pesar de no entender mucho los aspectos técnicos. 

Mientras le daba aquellas detalladas y apasionadas explicaciones, Martín tenía la abrumadora sensación de que Andrés lo observaba como si no hubiera nada más bello en el mundo, como si él fuera una de aquellas obras de arte que tanto lo encandilaban. Y a Martín aquella mirada le daba todo el alimento que necesitaba su ilusión para mantenerse intacta.

Una vez recogido todo, Andrés le pellizcó cariñosamente la nuca a su agotado ingeniero y fue a darse un baño relajante con unas nuevas sales que acababa de comprar.

- Vete a la cama - le gritó a Martín ya de espaldas a él, de camino hacia el cuarto de baño. - Descansa esta noche. Mañana será otro día.

Y Martín estaba dispuesto a hacerle caso, pero inconscientemente, su cuerpo gravitó una vez más hacia las ecuaciones que estaban en su escritorio, inefables como un misterio sin resolver, como un tesoro escondido que estuviera pidiendo a voces ser desenterrado. De manera que, aun exhausto como estaba, volvió a sentarse en la silla y agarró el bolígrafo, decidido a echar sólo un vistazo por encima para que su mente no olvidara durante las horas de sueño el trabajo ya hecho y así no tener que empezar todo el razonamiento desde cero al día siguiente. 

Pero el vistazo acabó convirtiéndose en otra media hora de garabateo hiperactivo. La frenética actividad de su mente le había hecho despistarse. Martín ya no sabía ni qué hora era, ni se acordaba de adónde había ido Andrés. Lo único que le hizo darse cuenta de que aún era un ser humano con necesidades fue el dolor de cervicales que llevaba ya un rato dándole guerra. Así que, sin pensarlo mucho, Martín agarró el folio que tenía entre manos, se levantó de la silla y se dejó caer en el colchón con un suspiro de alivio. “Sólo cinco minutos”, se prometió a sí mismo sin dejar de revisar aquellos números que bailaban burlones ante sus ojos cansados.

Como era de esperar, a los cinco minutos ya se había quedado dormido, con la hoja abandonada sobre el pecho y en una cama que no era la suya.

*******

Y así fue como lo encontró Andrés quince minutos después cuando volvió de darse su baño con sales del Mar Muerto. 

Notaba todo el cuerpo relajado e hidratado gracias a aquella pátina de aceite con olor a jazmín que le envolvía cada poro como una segunda piel. Se había puesto su pijama de seda y se disponía a acostarse cuando descubrió que su cama ya estaba ocupada. Martín yacía vestido en el colchón con los brazos sobre el estómago, la cabeza ladeada hacia un lado y la boca ligeramente entreabierta. No había en sus facciones ni un atisbo de tensión. Incluso la arruga que siempre le salía en el entrecejo cuando estaba despierto, fruto de la concentración y la enorme actividad a la que Martín sometía a su mente, había desaparecido.

Durante unos breves instantes, Andrés lo observó desde lo alto y notó cómo una sonrisa asomaba involuntariamente a sus labios al contemplar a Martín en aquel estado de paz. Por regla general, era difícil verlo tan relajado, tan sereno. Con mucho cuidado para no despertarlo, Andrés se acuclilló a su lado y le quitó los zapatos. Después, dejó la hoja llena de ecuaciones ininteligibles en el suelo junto al colchón, le desabrochó el primer botón de la camisa para que no lo incomodara durante el sueño y le sacó los faldones de la misma por fuera del pantalón. Y, finalmente, tras dudar unos segundos, también llevó sus dedos hasta el bonito cinturón de piel y soltó la hebilla para que no se le clavara. 

No era la primera vez que ayudaba a Martín a vestirse o desvestirse, y viceversa, pero algo en la vulnerabilidad del momento hizo que a Andrés se le acelerase el corazón mientras aún tenía los dedos en el cinturón de su amigo. Lentamente, como movido por un impulso inconsciente, Andrés apartó las manos de allí y las colocó a ambos lados de las caderas de Martín. Poco a poco, las fue deslizando hacia arriba, hasta que la tela del pantalón se acabó y las yemas de sus dedos entraron en contacto con la piel de aquella cintura tan tersa y tan cálida. 

De pronto, sus manos sufrieron un espasmo a la vez que, a la altura del estómago, Andrés sentía un vuelco inesperado que lo devolvió a la realidad. Sacudió la cabeza para volver en sí y quitó despacio sus manos del cuerpo de Martín. Achacó la sensación a la hora tardía, al profundo afecto que le tenía a su amigo y a que llevaba ya demasiado tiempo sin sentir el calor de una mujer entre los brazos. Así que, sin detenerse a pensar más en ello -porque, obviamente, no había nada más que pensar-, Andrés tapó a Martín con las mantas, se incorporó, bordeó la cama y se tumbó en el colchón a su lado, dispuesto a dejar que el silbido del viento de fuera lo arrullara hasta hacerlo dormir.

*******

Un par de horas más tarde, Martín abrió los somnolientos ojos completamente desorientado. No recordaba haberse ido a dormir y, sin embargo, estaba tumbado en un colchón y tapado hasta la cintura con sábanas y mantas. Miró a su alrededor intentando enfocar la vista y se dio cuenta de que seguía en la capilla, por lo que aquella cama sólo podía ser la de Andrés.

Efectivamente, cuando giró la cabeza hacia su izquierda, vio allí tumbado a su amigo, también arrebujado bajo las mantas, con su precioso pijama de seda sobre la piel bronceada y desprendiendo un atractivo olor a jazmín que a Martín casi le hizo marearse de gusto. 

Aún medio adormilado, notó vagamente que ya no llevaba los zapatos puestos y que alguien que sólo podía ser Andrés le había desabrochado la camisa y el cinturón. Por un instante, Martín clavó los ojos en la figura durmiente de su amigo y se imaginó aquellos dedos de pintor llevando a cabo no sólo esas tareas, sino también muchas otras que solían colarse en su mente cuando tenía las defensas bajas: Andrés desabrochándole el pantalón con dolorosa lentitud, Andrés desnudándolo con una sonrisa lujuriosa en los labios, Andrés acariciándole la piel ardiente con sus elegantes manos... Sin embargo, cuando Martín empezó a notar cómo el calor le subía por el pecho, se abofeteó mentalmente por sucumbir a aquellos pensamientos y por haber sido tan descuidado.

Incorporándose ligeramente sobre el codo, se preguntó qué hora sería, pero no tenía ni idea de dónde se había dejado el móvil -en realidad, cuando estaba con Andrés, lo usaba más bien poco- y su reloj de pulsera tenía un par de eslabones rotos, por lo que hacía ya una semana que yacía abandonado sobre la mesita de noche de su habitación. Alargando el brazo con cuidado por encima del cuerpo de Andrés, Martín agarró la muñeca de su compañero y escudriñó la esfera de su reloj a la luz de las velas. 

Las tres y cuarto.

Con un gruñido, Martín dejó caer de nuevo la cabeza sobre la almohada y se preguntó qué hacer: si darse media vuelta en aquel colchón que tantos deseos pecaminosos le despertaba e intentar robarle otro par de horas al sueño o si irse a su propia cama, con el frío que debía de hacer por los pasillos del monasterio. Suspirando pesadamente, decidió que lo más apropiado era marcharse, y ya estaba a punto de incorporarse, cuando sintió que unos dedos se cerraban alrededor de los suyos y le acariciaban el dorso de la mano tentativamente, como si su dueño estuviera comprobando que Martín aún estaba allí.

Martín giró la cabeza hacia la izquierda con las cejas alzadas por la sorpresa para mirar a Andrés, que seguía dormido como un bendito, respirando pausadamente y con los ojos cerrados. Y, en aquel momento, Martín supo dónde iba a pasar el resto de la noche. Tragando saliva, giró la muñeca muy despacio hasta que la palma de su mano estuvo pegada a la de Andrés y, entonces, entrelazó sus dedos con los de su compañero de aventuras para sentir por unas horas todo el calor que necesitaba, que anhelaba, y que la vida seguía negándole cada día.

*******

Cuando Martín volvió a despertarse, la débil luz de mediados de noviembre entraba por la ventana tímidamente y bañaba con sus tonos grisáceos el interior de la capilla. A su lado, en la cama, no había ni rastro de Andrés, pero desde la celdilla que habían destinado a cocina le llegaban ruidos, así que Martín intuyó que estaría preparando el desayuno.

Tras frotarse los ojos para deshacerse de los últimos restos de sueño, Martín se incorporó para levantarse del colchón, pero entonces, la cabeza empezó a darle vueltas y lo acometió una ola de náuseas que lo tumbó de nuevo en la cama, dejándolo con una sensación de vacío en la mente y el estómago de lo más desagradable. Un vértigo. Normalmente, le pasaba cuando llevaba muchos días encorvado sobre sus papeles, porque se le cargaban los músculos del cuello y eso le provocaba desajustes en el equilibrio. 

Para ser sincero, Martín no recordaba cuándo había sido la última vez que se había permitido desestresarse un poco, ir a dar una vuelta, salir a tomar algo. Aquellos últimos siete días se los había pasado escondido entre las paredes de piedra del monasterio con la nariz metida en libros de hidráulica. Pero no le importaba, porque aquella era una de las épocas felices en las que Andrés era sólo para él. Que Martín supiera, no había aparecido en las últimas semanas ninguna mujer con la que hubiera empezado una relación estable, por lo que su amigo pasaba la mayor parte de su tiempo con él en el monasterio, planeando el atraco al Banco, viendo películas, escuchando música, pintando. Y precisamente por todo aquello, a Martín ya le merecía la pena vivir.

No obstante, cuando volvió a incorporarse, esta vez un poco más despacio, y se fue dando tumbos hasta la cocina como si estuviera borracho, casi se arrepintió de su dedicación total al plan. Cuando entró por la puerta, con una mano en la pared para contrarrestar el vacío nebuloso que tenía en la cabeza y la otra en los ojos para evitar la luz, el ruido que estaba haciendo Andrés cesó de pronto.

- Martín, ¿te encuentras bien? Estás pálido como un muerto.

- Sí, sí. Sólo fue un vértigo. Ya me voy a tomar la pastilla - lo tranquilizó Martín rebuscando en el cajón de las medicinas.

- ¿Las cervicales otra vez? - preguntó Andrés mientras llenaba un vaso con agua.

Martín se limitó a emitir un gruñido afirmativo, se echó la pastilla a la boca y aceptó el vaso que le tendía Andrés para poder tragarla mejor.

- Siéntate, he preparado unas tostadas de pan con tomate y aceite. Te sentarán bien.

Sin rechistar, Martín ocupó una de las sillas que había frente a la mesa y se apretó levemente los globos oculares con el mollete de las manos. Aquello siempre le aliviaba un poco los síntomas de mareo y la pesadez en los ojos. Cuando oyó que Andrés le ponía un plato delante, Martín lanzó un suspiro y se destapó los ojos, dispuesto a hacer un esfuerzo por comerse el desayuno. Había que reconocer que aquellas tostadas tenían buena pinta, pero su estómago no tenía muchas ganas de fiesta.

De pronto, Martín sintió la mano de Andrés apretarle el hombro y se quedó congelado con el trozo de pan a dos centímetros de la boca ya abierta. Tras un segundo en shock , acabó dando un pequeño mordisco a la tostada y dejó el resto en el plato con lentitud, mientras los dedos de Andrés iban palpando cuidadosamente la parte alta de su espalda por encima de la ropa, como si estuvieran buscando nudos.

- Quítate la camisa - dijo entonces la voz de Andrés detrás de él.

El corazón de Martín se paró durante tres segundos exactos al oír aquella demanda o petición o súplica u orden, no sabía muy bien qué era.

- ¿Qué? - acertó a preguntar con un hilo de voz.

- Hazme caso. Así no te puedo quitar las contracturas.

Intentando que no se le notara lo nervioso que estaba, Martín aprovechó que Andrés no podía verle la cara para apretar los ojos con fuerza y tragar saliva. Despacio, porque le habían empezado a temblar bastante las manos, se desabrochó todos los botones y bajó los hombros para que la prenda se deslizara un poco hacia atrás, lo suficiente como para dejar al descubierto sólo la parte baja de su cuello y el inicio de los omóplatos, pero Andrés, no satisfecho con eso, agarró la camisa sin miramientos hasta que tuvo toda la espalda de Martín desnuda ante sus ojos. Con la punta de los dedos, Andrés empujó la cabeza de su amigo ligeramente hacia delante para tener acceso total a su nuca y, después, comenzó a masajear cada centímetro de aquella piel que se encendía de placer con cada roce.

- Estás muy tenso, Martín. No me extraña que te duela la espalda y te den mareos - comentó Andrés mientras le hacía círculos con los pulgares en la base del cuello. 

Martín, que había dejado de respirar hacía dos minutos, no se atrevía ni a quejarse cuando Andrés le hacía daño en alguna contractura, y lo único que deseaba era dejar salir por fin el aire que estaba conteniendo en forma de gemidos de placer. El contacto de los dedos de Andrés con su espalda estaba mandando señales directamente a su entrepierna sin que Martín pudiera hacer nada por evitarlo y sentía un vacío dentro de la cabeza que, de pronto, no tenía nada que ver con los vértigos. ¿Cómo iba a relajarse así?

- ¿Te hago daño? - preguntó Andrés una vez que Martín sufrió un espasmo tras un apretón especialmente certero.

- Un… un poco - respondió Martín intentando que no le temblara la voz. - Pero ya noto que está mejor, ¿eh? Si no tenés éxito con el Banco de España, te podés dedicar a fisioterapeuta.

Con una carcajada nerviosa, intentó distender el ambiente, pero en aquel momento, Andrés le recorría suavemente con las manos los laterales del cuello hasta la base del cráneo, donde, de repente, le clavó los pulgares. Y, entonces, Martín no pudo contenerse más y soltó un gemido en el que se mezclaron la sorpresa, el dolor y el placer. 

Por unos instantes, los dedos de Andrés se congelaron sobre su piel y Martín temió haberse pasado, haber cruzado aquella delgada línea por la que normalmente se movía con la destreza y pericia de un funambulista. Si bien era cierto que a ambos les iba el juego y en todas sus interacciones siempre había de alguna manera algo de flirteo, Martín procuraba andar con cuidado de no hacer sentir incómodo a Andrés con sus palabras o gestos, porque intuía que, en el momento que su socio descubriera la verdadera naturaleza de lo que sentía por él, todo habría terminado. 

Andrés reanudó enseguida el masaje sin dar muestras de que el gemido de Martín lo hubiera importunado. No obstante, muy poco tiempo después, dio un último apretón a los hombros de Martín y por fin retiró las manos de su espalda.

- Eso debería bastar - dijo, apareciendo de nuevo en el campo de visión de Martín y yendo hacia el fregadero para lavarse las manos. - Ah, por cierto, voy a salir. Lo más probable es que no vuelva hasta pasado mañana por la noche.

Arrugando el entrecejo, Martín lo miró sorprendido, aún un poco azorado por el masaje y con cierto vacío en la cabeza por los vértigos.

- ¿Algún trabajo? - preguntó, intentando no parecer decepcionado. Odiaba que Andrés se fuera del monasterio y lo dejase solo.

- Sí. Una chuchería, pero llevo tiempo queriendo echarle el guante - contestó misteriosamente Andrés secándose las manos con un paño. - ¿Te acuerdas de Tatiana, la mujer con la que colaboré en el robo de los diamantes de Ginebra?

- ¿La pelirroja?

- La misma. La he invitado esta mañana a que me ayude con una cosita en Génova: un león chino de porcelana de principios del siglo XIX que hay en el Museo de Arte Oriental Edoardo Chiossone - explicó Andrés con una sonrisa golosa, lobuna. - Justo esta semana está en conservación y necesito los dedos expertos de la dama para hacerme con él.

- Ya - fue todo lo que acertó a decir Martín, quien, si antes no tenía mucha hambre a causa del mareo, ahora ya la había perdido por completo.

Así que sí había una mujer. Un interés amoroso, una futura conquista. Mucho tiempo había tardado Andrés esta vez en encapricharse de unas faldas. Si Martín conocía bien a su querido amigo -y así era-, Andrés volvería de Génova odiando a la tal Tatiana o con el corazón encendido de amor. Y allí se acabaría de nuevo la paz de Martín.

Resignado, el argentino desempolvó por enésima vez la máscara teatral de la sonrisa, que había tenido guardada casi un año, y se la colocó sobre su decepcionado rostro. Entonces, volvió a hablar, con una voz serena y antinatural que, a aquellas alturas de su vida con Andrés, tenía bastante ensayada.

- ¿Y ya lo tenés todo craneado? ¿Plan, desplazamiento, compradores…?

- Sí, mi querido Martín. Este golpe va a ser como unas pequeñas vacaciones - rio Andrés con cierta lujuria, lo que le provocó a Martín una sensación de celos en la boca del estómago.

Acto seguido, Andrés le guiñó un ojo y desapareció por la puerta de la cocina-celdilla camino a la perdición de Martín, que se quedó mudo y desamparado en aquella silla como un convidado de piedra.

*******

Por supuesto, Andrés no reconoció los síntomas. Ni siquiera se paró a pensar que aquella premura a la hora de llamar a Tatiana había sido provocada por la confusión inconsciente que le estaban causando sus últimos contactos con Martín. 

De pronto, había notado cierto desequilibrio en su alma, en el ambiente, y, por supuesto, había deducido que tenía que ser porque llevaba demasiado tiempo sin acostarse con una mujer. Necesitaba sentir unos muslos femeninos alrededor de su cintura, unas uñas puntiagudas y bien cuidadas clavándosele en la piel de la espalda, una voz aguda que gritara su nombre cuando llegara al orgasmo tras una buena sesión de sexo desenfrenado.

Porque ese Amor era su meta soñada, la imagen ideal y triunfante que se había creado de sí mismo; la máscara tras la que ocultaba, sin ser siquiera consciente de ello, todos sus defectos, carencias y taras, pero también una vulnerabilidad y una pureza en las que nunca se había reconocido.

Así que Andrés hizo la maleta rápidamente mientras silbaba la ‘Cabalgata de las valquirias’ de Wagner, se enfundó en un carísimo traje de chaqueta beige y pantalones azul marino, escondió sus traicioneros ojos tras unas gafas de sol y abandonó el monasterio sin mirar atrás, sabiendo que lo dejaba en buenas manos y con la promesa de volver de su viaje como un hombre nuevo.