Chapter Text
Hajime conoció a Akane un verano, cuando todavía tenía dientes de chiquillo.
Fue el día más caluroso de ese año, lo recuerda porque su abuela se estuvo quejando todo el desayuno, parada junto al ventilador de la cocina. Hajime la escuchó a cachos porque estaba concentrado haciendo la tarea. Bueno, la suya y la de aquel grupo de tontos a los que él ayudaba a cambio por unos cuantos yenes. Su padre siempre solía decir que hasta los tontos sirven para algo en la vida y Hajime no es un tonto, sino del otro grupo: El que le encuentra oficio a los tontos.
El encuentro con Akane se dio en el parque al que Hajime solía ir todas las tardes, en busca de algún tonto a quien poder encontrarle utilidad. Tenía una paleta de limón a medio acabar, porque hacía calor, tal cual lo había dicho la abuela. Recuerda que se planteó el volver a casa temprano, al menos una hora antes de lo normal, porque sentía la piel pegajosa y los pies ardiendo con el calor que escapa del suelo. Pero se quedó porque quería al menos que el viaje hasta el parque valiera la pena: Necesitaba regresar a casa con algunos yenes extra. Estaba ahorrando para alguna tontería que en estos momentos no recuerda, pero para entonces parecía ser algo importante. Tan importante como para derretirse bajo el sol.
Hoy lo mira distinto, hoy, tontamente, como dice Sanzu, Hajime está convencido de que se quedó porque el destino lo estaba llamando a quedarse.
Akane no apareció en medio de una estela de luz, como un ángel. Tampoco la vio correr, riendo con un grupo de amigas. Hajime no la vio hasta que quedó de bruces en el suelo, con el pantalón sucio y la paleta de limón, a medio acabar, mezclada con la arenita del parque. Primero se encontró con un grupete de tontos, de esos a los que Hajime solía ayudar a cambio de algunos yenes. Tontos que le sacaban al menos año y medio por delante. Le reclamaron por haber entregado mal un par de respuestas de una tarea. Hajime les había dicho, muy sonriente, antes de terminar en el suelo, que obvio que tenía que responder un par de cosas mal. Ningún maestro iba a creerse que, de la noche a la mañana, ellos se habían vuelto tan listos. Le pareció gracioso entonces y le sigue pareciendo lo mismo, pero aquella broma le costó su primer golpe. No un golpe tonto entre amigos, sino uno de verdad.
Lo sacudió por dentro, se le borró la sonrisa de un plomazo y no pudo recuperarla. Tampoco la dignidad. Mucho menos la paleta de limón. En aquel momento pensó en todas las veces que su madre lo riñó por hablar con niños mayores, por no tener más cuidado de las malas compañías, por más inofensivas que se vieran. Pero Hajime era tonto también, sólo que no lo sabía.
De no ser por ella, porque Akane llegó precisamente en ese momento, Hajime habría terminado siendo de aquellos chicos que se sientan al final de la clase y se dejan fastidiar por todos. Pero, como pensó en aquel entonces y sigue pensando hoy en día, el destino lo llamó por una razón y era para conocerla a ella.
—¿Fastidiando a un chiquillo menor que ustedes? Patético —fueron las palabras de Akane.
Vestía un pantalón corto, tenía las rodillas raspadas, con costra oscura, como de dos días. La camiseta de flores desentonaba con las rodillas raspadas y la mirada desinteresada que traía aquel día. No cambió de expresión ni cuando los chicos comenzaron a gritarle que no se metiera en peleas de niños, que el lugar de las niñas era junto a la caja de arena. Akane no escuchó o no quiso escuchar, porque, con una canica que traía en el bolsillo derecho de su pantalón, golpeó a uno de los chicos. Al más alto, al que parecía ser el cabecilla. La canica le golpeó justo entre los ojos y cayó al suelo, gritando de dolor.
Akane sacó otra canica y golpeó al que intentó socorrer al primero, y eso obligó al tercero a quedarse en su lugar.
Armada con nada más y nada menos que unas canicas de colores, Akane logró vencer al grupo de tontos que le dieron el primer golpe real a Hajime. Salieron despavoridos en dirección contraria, jurando venganza pero llorando por el golpe. ¡Agradece que eres una niña! dijeron mientras corrían a buscar refugio.
Sólo cuando se fueron, cuando ambos estuvieron a solas, en esa esquina perdida del parque, fue que Akane se volteó a mirarle. Bateó las pestañas rubias un par de veces, parpadeando para proteger sus ojos del sol y luego extendió la mano. Hajime quiso agradecerle apenas le ayudó a pararse, pero estaba demasiado impactado con las pestañas, con lo rubio de su cabello, los ojos tan brillantes y la mano, pequeña y suave, como para ser inteligente y decir algo.
—Nunca juegues sucio con nadie a quien no puedas vencer en un combate.
Es el consejo que le dio Akane antes de desaparecer.
Desapareció por cinco años y cuando Hajime finalmente la encontró, después de buscarla en el parque, en el barrio, en cada paseo que la familia hacía al centro de la ciudad, Akane ya no tenía las rodillas raspadas ni expresión desinteresada. Ahora sonreía, tan brillante que opacaba al peor sol de verano. Hajime, cinco años después, le agradeció y le pidió acompañarla hasta su casa, cargarle la maleta del colegio, ayudarla en lo que ella quisiera.
Akane no recuerda el incidente, ni siquiera recuerda el parque y Hajime no la culpa. Fue una tontería y ella no es una tonta. Es él quien es tonto, quien se aferra a ese recuerdo como si fuera su salvavidas en medio del océano. ¿Qué puede decir? Hajime es tonto, pero no como los tontos a quienes sigue utilizando para conveniencia. Él es tonto pero por amor.
La biblioteca es, probablemente, el lugar favorito de Hajime.
Es un ambiente sereno y pausado, donde rara vez es interrumpido por conocidos. Ninguno de sus amigos frecuenta semejantes lares. Rodearse de libros, incontables páginas que ocultan todo tipo de información, histórica, ficticia o académica, hace que Hajime recuerde que él no es como todos los demás. Él siempre va un paso por delante.
Aunque no son los libros ni las prístinas paredes blancas lo que más disfruta Hajime. Es la compañía, siempre es sobre la compañía. Aquí no vienen sus amigos, aquellos que prefieren perder su tiempo en las calles concurridas de Tokio, buscando a quién importunar (y de gratis, un horror). Aquí viene alguien especial, alguien a quien Hajime le quiere dedicar todas las mañanas, tardes y noches.
Inui Akane.
Por supuesto que, si hay alguien en esta ciudad, capaz de apreciar la quietud de la biblioteca, esa es Akane. Aún cuando sus días de estudiante de secundaria han quedado atrás, aún cuando ya no hace falta que pierda tanto tiempo libre entre las inmensas paredes de la biblioteca, Akane viene para sentarse y perderse entre páginas de libros. Su gusto ha ido variando con el pasar de los años, ha dejado atrás los libros de matemáticas y físicas y los ha reemplazado sobre libros de historia, específicamente aquellos que hablan sobre vestuarios de época. Suele venir acompañada de cuaderno y lápiz, para hacer anotaciones y, de vez en cuando, hacer bocetos de diseños que solamente Hajime tiene el privilegio de ver. Bueno, él y el hermano de Akane, pero Hajime no lo conoce, así que no lo toma en cuenta.
Él, a diferencia de ella, no ha cambiado demasiado. Estará más alto, más astuto, siguiendo su consejo de no meterse a estafar a nadie que no pueda vencer, pero en el fondo, con respecto a esto, a ella, Hajime sigue siendo el mismo. La observa llegar a la biblioteca, con la pequeña mochila a la espalda, el cabello a medio recoger con un broche y la misma sonrisa que le regaló la segunda vez que se vieron. Hajime se desarma todo el tiempo.
Se sientan lado a lado, con suficiente espacio como para colar otra silla entre ambos, suficiente como para que Hajime pueda respirar y concentrarse en leer. A veces le toca fingir que lee más de la cuenta o que no está repasando el mismo párrafo mil veces, porque sus ojos se escapan a la derecha, hacia donde Akane está sentada ocupada con sus cosas. Hajime es feliz con estos momentos, porque a pesar de llevarse cuatro años de diferencia, a pesar que Akane podría estar haciendo otra cosa con su tiempo libre, siempre acepta estas pequeñas citas en la biblioteca.
Aunque, lo cierto es que, a labios cerrados, Hajime quisiera aspirar a mucho más.
La cosa es que, es consciente de que es un chiquillo a su lado. Akane, a pasos de graduarse de la universidad y Hajime a las puertas de su graduación del colegio. Akane forma parte del mundo de los adultos y Hajime tiene que luchar, a trompicones, por dejar a los niños atrás. Es difícil hacerle ver a Akane que ya no es un chiquillo al que tiene que proteger de niñatos en el parque.
—No hace falta que sigas perdiendo el tiempo conmigo, Hajime-kun.
Akane sigue trazando líneas sobre el cuaderno que se ha traído esta tarde, pero le sonríe, aunque no le esté mirando.
Hajime niega con la cabeza, firmemente.
—Nunca pierdo mi tiempo contigo, Akane-san.
Aquí en la biblioteca no se siente incómodo de decirlo en voz alta. Acá no están Sanzu, con la mueca de asco oculta tras la máscara, ni tampoco le llega la risita malintencionada de Hanma. Hajime puede decir todo lo que lleva por dentro, de forma moderada y respetuosa, sin tener que pelear para hacer callar a sus amigos. La verdad es que, a veces pone en duda el uso de esa palabra, pero cuando recuerda que, a pesar de todo, ahí siempre han estado entre las sombras, escuchando cosas que Hajime les cuenta, les interese o no, supone que pueden encajar bien allí. Amigos.
Son esos mismos amigos los que han estado hablando de algo últimamente. Cada uno a su modo, con un tono muy distinto. Uno que se queja, con los ojos en blanco de frustración. Van a estar todos los borregos que siguen a Mikey, obvio. Otro que se ríe, probablemente planeando hacer alguna travesura una vez dentro de la casa. Me da igual si me invitan o no, voy a ir. Usualmente, Hajime declina ese tipo de reuniones, sobretodo cuando Akane está de visita en la ciudad. No le ve sentido a estar sentado en alguna esquina, intentando entender las mil y un conversaciones sin sentido que se dan a su alrededor, a la par que finge que se la está pasando bien. Pero esta vez, es consciente que será una de las últimas fiestas que se harán con todos presentes. La generación de Hajime pronto se graduará y cada quien tomará su rumbo, dentro o fuera de la ciudad.
Dejarán de ser niños y pasarán a ser adultos. Hajime dejará de ser un chiquillo y será un adulto. Un adulto digno de Akane.
La mira de reojo, mientras pasa la página del libro. No ha estado prestando atención desde hace unos minutos, pero finge, siempre finge. Aprieta los labios cuando Akane se acomoda los cabellos tras la oreja, tarareando suavemente alguna canción de esas que le gustan a ella y que Hajime escucha por las noches, oculto tras las sábanas.
—Akane-san —Hajime cierra el libro lentamente, como quien cierra una puerta en medio de la noche—. Mañana habrá una fiesta.
Si debe ser totalmente sincero, a veces Hajime siente que Sanzu y Hanma tienen razón. A veces. Es irritante escucharse cuando titubea, cuando tiene que frenarse para no tropezar con las palabras. El amor hace que se transforme en un tonto, en un casi adulto que nada tiene que ver con quien es cuando Akane no está presente. Con ella es amable y servicial. Con el resto es manipulador y una pizca de cruel, si la situación lo amerita. Este Hajime es únicamente para Akane.
Ella deja de dibujar de pronto, volviendo la cabeza hacia él, prestándole atención. No dice nada, ya sea porque no le escuchó bien o porque está esperando que prosiga.
—Es una fiesta de antifaces y recordé que habías confeccionado unos el año pasado, para tu proyecto final.
Hajime lo dice orgulloso, como quien quiere decir Siempre pienso en ti y estoy pendiente de todo lo que me dices, porque me importas. Pero se asegura de retomar el rumbo de la conversación. Lo hace agachando la mirada mas no la cabeza, porque Hajime quiere mantenerse firme. No puede presentarse ante Akane como un chiquillo temeroso y tímido, así no se comportan los adultos.
—¿Quisieras venir? —aprieta el puño que descansa sobre su regazo, oculto bajo la mesa—. Es para celebrar que es nuestro último año. Que ya estamos por graduarnos.
Quisiera añadir mucho más, decirle Ya dejaré de ser un niño, Akane-san, pero Hajime se queda corto. Lo deja hasta allí, porque no quiere confesarle semejantes cosas a Akane en la biblioteca. O tal vez sí, en este lugar donde han crecido juntos. Pero no ahora, no cuando Hajime está aún en la piel de un chiquillo.
La respuesta se hace esperar y Hajime no se atreve a mirarla a la cara. Se queda en las manos de Akane sobre la mesa, esas que podría reconocer en donde fuera. No por las tímidas cicatrices que han quedado tras el incendio que sobrevivió cuando era niña. Hajime las reconocería en cualquier parte porque son amables y delicadas, porque son las manos más bellas que Hajime ha visto nunca. Nota cómo Akane mueve ligeramente los dedos de la mano derecha, mientras medita la respuesta. No sabe si es bueno o malo, pero Hajime se prepara para lo peor, por si acaso.
—No estoy segura de poder ir, tengo un asunto con mamá.
Desilusionado, Hajime tan sólo asiente. Si fuera un adulto, se habría atrevido a volver a pedirle que por favor vaya. Le habría dicho, mientras le toma de la mano, que le encantaría estar con ella fuera de la biblioteca y ser mucho más que un compañero de lectura. Pero sigue siendo un chiquillo.
—Pero… —Akane revive la ilusión, a punta de una sonrisa—. Prometo intentar terminar a tiempo. ¿Te parece?
Cuando Hajime le sonríe y siente ganas de saltar sobre la silla de la emoción, se recuerda a sí mismo que sigue siendo un chiquillo.
Un tonto chiquillo enamorado.
Después de tres horas escogiendo entre diferentes vestuarios, peinados y zapatos, Hajime finalmente llega a la fiesta. No quiere verse al espejo y ver al Hajime de siempre, aquel que va al colegio y finge ante los profesores que es respetuoso. Quiere ver al Hajime que ha aprendido a jugar el juego de las trampas con tontos a los que puede manipular. Ese que creció poco a poco, caminando al lado del recuerdo de Akane. Hajime quiere que esta noche ella le vea y se dé cuenta que está mudando su piel de chiquillo, para dejar que el adulto comience a emerger a la luz.
No llega ni muy temprano, como esos pobres idiotas que creen que vale la pena ser puntual para una fiesta, ni tampoco demasiado tarde. Llega justo cuando es necesaria su presencia. Cuando se adentra en la casa, el anfitrión ya no está recibiendo a nadie. Lo visualiza al fondo del salón principal, con la cabeza de un pobre diablo atrapada en el brazo izquierdo. Pah-Chin, como le llaman sus amigos, ha perdido interés en dar la cara a los nuevos visitantes y está demasiado concentrado en tratar de poner orden a los pequeños grupos que hay desperdigados por toda la casa.
Hajime inspecciona por encima, descartando a todos los chicos que encuentra en su campo de visión y concentrándose en los rasgos femeninos. Hay varias chicas, reconoce hasta a la hermana menor de Sano Manjirou. Pero Hajime no pierde mucho el tiempo con ellas tampoco, porque ninguna es a quien busca. Ninguna de ellas tiene el brillo que tiene Akane.
Busca el celular, asegurándose que Akane no le ha llamado ni le ha dejado un mensaje. Prometió intentar aunque no prometió poder llegar, recuerda, para intentar no llenarse de ilusiones. Pero es complicado hacerlo, cuando se ha arreglado como lo ha hecho.
Chasquea la lengua y avanza entre los pequeños grupos, buscando un espacio dónde poder estar tranquilo, a solas, mientras espera a tener noticias de Akane. Un poco patético, lo sabe, pero a estas alturas, a Hajime no le queda más que tragarse el poco orgullo que le queda y simplemente tener paciencia. Aprovecha para echarle un vistazo a la casa, los finos acabados en las paredes y el suelo. Cuadros en las paredes que podrían bien formar parte de un museo, artesanías que adornan los muebles del salón, hasta las cortinas parecen sacadas de alguna revista de colección. Hajime no puede evitar reírse entre dientes. Sólo un niño rico pensaría que es seguro hacer una fiesta en una casa como esta, donde cualquier cosa puede estropearse.
Alguien choca su hombro contra el suyo y Hajime, en lugar de enfadarse porque le estropean el vestuario, siente una pizca de alivio brotarle del pecho. Sólo hay una persona que utiliza semejante gesto tan brusco y desubicado, como para saludar: Sanzu. Tiene en su mano izquierda una lata de refresco abierta que ofrece a Hajime sin compartir una mirada con él. Su atención está puesta en el grupo donde está Pah-Chin. Osea, donde está Mikey, lo único que le importa a Sanzu de esta fiesta.
—Se han traído a ese apestoso con ellos.
—¿Apestoso? —Hajime acepta la bebida y prueba un poco, lo suficiente como para empapar los labios.
—Hanagaki.
No hay ser más celoso en la Tierra que Sanzu, eso le ha quedado claro a Hajime desde que lo conoció. Cuando se hicieron amigos, Sanzu estaba tratando de recomponer pedazos de él que habían quedado desperdigados gracias a los nuevos amigos de Mikey. El grupo se expandió pero lo más irónico, es que mientras más grande, menos espacio quedó para Sanzu. O más bien él dibujó un hueco bajo los pies para huir de ellos. No le interesa compartir el tiempo de Mikey, así que si ellos están, Sanzu encuentra dónde meterse. Eso no significa que lo acepte o le guste la idea, pero como dice Sanzu, es lo que hay.
—Ah, ya veo.
Sanzu no discrimina a la hora de sentir celos o envidia, a todos los amigos de Mikey los detesta por igual, pero Hanagaki Takemichi es especial. Es la nueva adquisición, la nueva obsesión de Mikey. Un chiquillo del mismo grado que Sanzu, que es a todas luces, su opuesto.
Con un rápido movimiento de muñeca, Sanzu le arrebata la lata y bebe, recostando la espalda contra la pared.
—Olvidé que estoy hablando contigo. No sé por qué te cae bien, es un idiota.
Hajime se alza de hombros. Él, a diferencia de Sanzu, no tiene una lista de personas a las que detesta. Osea, sí, a todos los compañeros de universidad de Akane, porque ellos pueden verla más tiempo que él. Pero eso es una cosa muy distinta. Hajime prefiere concentrarse en otras cosas, como conseguir que Akane le mire como un adulto que un chiquillo, como para preocuparse por sentir celos.
—No me ha hecho nada —responde Hajime, checando rápidamente el celular—. No te has traído un antifaz.
—¿Para qué? Me creí que a lo mejor era una broma que me querían gastar. Y tú tampoco tienes una.
—La tengo guardada, es sólo en caso que Akane-san no me reconozca.
Esa es casi toda la verdad. La otra parte es que Hajime realmente quiere que Akane le vea y se deslumbre, como ella le deslumbra todo el tiempo. Quiere que note cómo se ha arreglado específicamente para esta noche, que admita que ya no es un chiquillo. Quizás así, no… Así, seguramente, Akane va a poder verle como algo más que aquel niño que le acompaña a sus tardes de lectura en la biblioteca. Akane podrá verle como hombre, un hombre que la quiere.
—¿Realmente te crees que va a venir a perder el tiempo a esta fiesta de idiotas?
A Sanzu no le importa ser cruel y directo, se la pasa constantemente devolviendo los pies de Hajime al suelo. Algunas veces es molesto, pero hoy Hajime está tan ansioso que lo deja pasar.
—Me dijo que intentaría.
—¿Por eso vienes con esa pinta? —Sanzu toca el arete que Hajime se puso, haciéndolo bailar—. A Akane-san deben gustarle los chicos malos.
—¿A quién le gustan los chicos malos? ¿Hablan de mí?
Una sombra les cubre, literalmente. Hanma pone una mano sobre la pared y se inclina hacia el frente, lo suficiente como para quedar más o menos a la altura de ambos. Tiene una sonrisa enorme, mostrando los dientes, cual depredador en medio de la jungla. Hajime nota que trae la ropa un tanto desarreglada y que la piel expuesta de su hombro está rojiza. Habrá forcejeado con alguien y Hajime no pierde el tiempo en preguntar con quién. La lista de enemigos de Hanma es interminable, cada día añade a alguien nuevo.
Pero a diferencia de Sanzu, Hanma no hace enemigos por celos o envidia. Hanma hace enemigos por placer.
—Creí que te habían dicho que te iban a partir la cara si venías —Sanzu no parpadea cuando Hanma le quita de la mano la lata y bebe hasta casi terminarla.
—¿Y? La mitad de esos enanos no pueden llegar ni siquiera a mi estómago.
Hanma se hace espacio entre los dos y apoya la espalda contra la pared, también. Lo hace descuidadamente, inclinando uno de los cuadros tras él. A Hanma no le importa causar un caos en una casa ajena, todo lo contrario.
Los tres hacen una triada muy desagradable, Hajime lo sabe. Sanzu, con sus celos a punto de ebullición. Hanma, vestido de caos y disfrazado de carcajadas. Hajime, con pintas de chico bien en la escuela, mientras estafa tontos en los pasillos. Si Akane supiera que estos son sus amigos, que este es el pequeño círculo al que pertenece, seguramente le reñiría.
—Entonces, ¿quién te zarandeó? ¿Baji o Draken? —pregunta Sanzu a Hanma, estrujando la lata vacía en sus manos.
—¿Quién más? Mi eterno tormento.
—Da igual, son un par de estúpidos.
—Bueno, eso no está a discusión. Ni siquiera les impresionó que traje mi antifaz —Hanma hace bailar lo que parece un calcetín con un par de huecos abiertos con tijeras caseras—. Qué desconsiderados.
Aprovechando que Sanzu y Hanma están ocupados conversando sobre cuál de los amigos de Mikey es más estúpido, Hajime revisa el celular. Nada, ni una llamada perdida. Aún es algo temprano, así que no pierde tanto la esperanza, pero debe admitir que la llama comienza a flaquear.
El dedo de Hanma, al igual que Sanzu, toca el arete de Hajime y lo hace bailar, interrumpiendo su tren de pensamientos.
—¿Y esta pinta? Pensé que solamente te vestías así cuando estabas a solas con nosotros. ¿Me tengo que poner celoso?
Hajime chasquea la lengua, apartando la mano de Hanma de su arete. Lidiar con Sanzu es relativamente más sencillo que con Hanma.
Hanma es, siempre, impredecible.
—Quiere declararle su amor a Akane-san esta noche.
—¿… Qué?
—¡Me pones los cachos! —la carcajada de Hanma es la cereza en el pastel, atrayendo la mirada de un par de chicos que están cerca de ellos.
Hay momentos, como este, donde Hajime quiere estrangular a los dos. Momentos donde está desesperado por ser adulto y dejar de ser un chiquillo que no hace otra cosa más que rodearse de compañías que le hacen sentir que es dueño del mundo. Culpa de hacerse grande mentalmente con las citas en la biblioteca.
—Yo no he dicho eso.
Vuelve a guardar el celular en el bolsillo y se dice que no va a volver a mirarlo hasta mucho más adelante, a ver si con ello aplaca la lengua de sus amigos.
—¿Y qué haces aquí perdiendo el tiempo? —Hanma hace un gesto con la cabeza, señalando las escaleras que llevan al segundo piso—. Está allá arriba.
Al principio Hajime no sabe si Hanma va en serio o no. Hanma no es precisamente alguien en quién confiar con la información, porque siempre, siempre, viene con motivaciones ocultas. Pero cuando se queda esperando por una carcajada siniestra que corte el silencio entre los tres y esta no aparece, Hajime comienza a creerse que Hanma está hablando en serio.
—Mientes —dice por costumbre, revisando rápidamente el celular. No hay nada nuevo, la pantalla está libre de notificaciones, como la última vez que miró.
—¿Por qué iba a mentir?
—¿Por qué no ibas a mentir?
Hajime está a punto de ponerse de parte de Sanzu, porque ambos conocen perfectamente bien a Hanma y sus artimañas. Pero también es cierto lo que Hanma dice: Hasta ahora, que él sepa, nunca ha intentado nada en contra de él o de Sanzu. Ellos dos no están dentro de la lista de víctimas de Hanma, no tendría por qué desgastarse en fastidiarlo.
Duda, porque Hajime ya no es el niño del parque. Ahora es más listo, sabe cuándo hundir el puñal y cuándo darse la vuelta, porque no vale la pena arriesgarse. El problema es que cuando se trata de Inui Akane, la inteligencia de Hajime se pierde en algún lugar siniestro, lleno de arcoiris y cosas tontas.
Se muerde el interior de la mejilla y mira fijamente a Hanma cuando éste se alza de hombros.
—Estoy siendo honesto.
Hajime se ríe a carcajadas.
—¿Tú? No hay nada en ti que sea honesto.
Dicho esto, Hajime elige hacerle caso. ¿Qué puede perder? ¿La dignidad? ¿El orgullo? Ya ha perdido parte de uno y otro, desde que aceptó estar enamorado de Akane.
Cuando Hajime arrancó el breve viaje escaleras arriba, lo hizo con convicción. Ahora que le falta sólo un escalón para alcanzar el piso superior, se da cuenta que le tiemblan las piernas.
Se regaña, apretando el puño hasta clavarse las uñas en la palma de la mano. No tendría por qué sentir nervios, ha repasado este momento mil veces en la cabeza. Sabe las palabras, el orden preciso, el tono con el que quiere hilar la conversación. Lo tiene todo entre los dientes, solamente debe dejarlo salir. La duda y el nervio no forman parte de este cuadro que tiene en la cabeza.
Aún así, cuando comienza a avanzar, lentamente, se recuerda que sigue siendo un chiquillo. Hormonado y enamorado. Tonto, muy tonto. Se detiene un par de veces para ajustarse la ropa, para meter los dedos entre los cabellos y asegurarse que el peinado siga intacto. Roza el arete con el que jugaron Hanma y Sanzu, preguntándose si Akane lo encontrará atractivo.
Primero tienes que encontrarla, idiota. Agita la cabeza para reordenar los pensamientos y centrarse en seguir los pasos pendientes. Primero lo primero, tiene que concentrarse en ubicar en dónde está Akane. Hanma no le dio mayor pista que el segundo piso, así que le tocará mirar en todas partes. Aquí no hay más que un par de chicas que están sentadas cerca del baño, hablando de chicos. Ninguna es Akane, por supuesto, ninguna es tan guapa como ella.
Tampoco les pregunta, porque no quiere perder el tiempo. Pasa en frente de un par de habitaciones cerradas y duda si tocar o no. Hajime no es de venir a estas fiestas, pero ha escuchado cosas… No tiene ganas de ver lo que no le interesa. Así que avanza por el pasillo, apartándose del cuchicheo de la fiesta y las risas de las chicas que están junto al baño. Avanza y avanza, hasta que llega al final, donde encuentra las dos últimas puertas. Ambas abiertas.
A la derecha hay otro baño vacío. La izquierda es una habitación que parece ambientada como oficina. Hay alguien sentado en el marco de la ventana y cuando Hajime enfoca la vista, no le hace falta hacer preguntas. Sabe que es ella.
Reconoce lo que trae puesto, ha visto el diseño en papel hace un par de meses atrás. No se lo imaginó de ese color rojo tan oscuro, pero al mismo tiempo piensa que tiene todo el sentido del mundo. Es elegante. Los tacones también los ha visto, una sola vez. Akane los lució una vez en la biblioteca y le contó que fueron un regalo de su madre. El cabello lo tiene amarrado de forma descuidada, no como suele llevarlo siempre: Siempre pulcro y perfecto. Pero Hajime siente que combina con lo que trae puesto, que Akane siempre encuentra la forma de hacer que todo se vea hermoso y elegante.
Está ajustándose el antifaz cuando Hajime pone un pie dentro de la habitación. Akane vuelve la cabeza hacia él y se asombra de verlo. No sabe si se trata de la penumbra en estas cuatro paredes, la tímida luz del exterior que se cuela por la ventana o si es que Hajime está borracho de amor, pero esta noche tiene tantos recuerdos de la primera vez que vio a Akane. Es como si la luz dibujara las facciones tal cual ese día en el parque, aunque mucho más madura.
Hajime vuelve a morderse el interior de la mejilla, sintiendo que hay algo en el ambiente entre los dos. No parece ser el único que se ha quedado perplejo con el encuentro, como si Akane también hubiera quedado cautivada con él. Estará soñando, por supuesto, pero esa es la impresión que le da.
—Me alegra que pudieras venir —le dice, desempolvando aquellas palabras que ha pensado decirle.
Avanza, pero lo hace despacio, sin prisas. Akane hace ademán de moverse de donde está, incluso de decir algo, pero enmudece. Hajime piensa en decirle que se arregló para ella, solamente para que ella le viera. Pero se calla, porque cuando la tiene cerca, vuelve a reafirmar lo hermosa que es. Los ojos de Akane lo miran con curiosidad, llenos de ilusión.
Apretando los labios, Hajime se arma de valor.
—Quiero decirte algo, es muy importante.
La mente le queda en blanco después de ello. Totalmente en blanco. Hajime siente cómo le queda la garganta seca y el corazón acelerado. Se pierde en la mirada de Akane, en cómo entreabre los labios, nerviosa. ¿Será posible que ella sepa lo que él siente? No le sorprendería, Akane es muy lista y Hajime tampoco ha sido tan discreto. Pero nunca es lo mismo suponer que saber.
Por eso se atreve a afirmarlo con hechos antes que palabras, robándole un beso. Lo hace sin respirar, cerrando los ojos instantáneamente. Nunca ha besado a nadie, nunca ha sentido la necesidad de hacer esto con cualquier otra persona que no sea Akane y Hajime se siente en las nubes. Tiene un escalofrío cuando siente que se traga la sorpresa de Akane entre los labios, un aliento entrecortado que queda atrapado en medio del beso. Ella no lo esperaba pero tampoco lo rechaza.
No alarga el gesto más de lo necesario, queriendo quedarse con el recuerdo de los labios de Akane sobre los suyos y adornar el momento con el resto de las palabras que pretendía decir antes. Hajime descansa una mano sobre la mejilla de Akane, como siempre soñó con hacer: Tocarla y que no sea Te ayudo con eso, Akane-san. Que no sea una excusa sino porque añora hacerlo.
Acaricia la mejilla espolvoreada de rosado que tiene bajo los dedos, antes de confesar:
—Te quiero, Akane-san. Por favor, ya no me veas como un chiquillo.
Los ojos de Akane están tan abiertos y brillan con tanta intensidad que Hajime siente que le absorben.
Es entonces que Hajime es consciente de lo que ha dicho y hecho. Cuando la sorpresa de Akane parece tan grande que le devora, que le carcome por dentro.
Le entra el pánico, porque Hajime podrá vestirse como un adulto a medio pintar, pero es un chiquillo todavía, uno que tiene las hormonas mal puestas en el cuerpo. Es él quien ahora se traga un gritito entre los dientes, sonrojándose. Akane sigue sin reaccionar, con los ojos muy abiertos y los labios brillando, con rastros del beso.
Hajime se lleva la mano a la boca, conteniendo cualquier idiotez que quiere salir disparada y hace lo único que se le ocurre de momento: Huir.
Sale corriendo por el pasillo, esquiva a las mismas chicas que siguen cuchicheando junto al baño y baja las escaleras a toda prisa, como si le persiguiera la muerte. La verdad, es que Hajime siente que más o menos le persigue la muerte. ¡La vergüenza!
Ignora a Sanzu que le llama, a Hanma que broma a toda boca ¿A dónde vas, Romeo? Hajime sale corriendo como un niño asustadizo.
Apresura el paso cuando está en la calle y siente que vibra su celular. Sabe quién le llama pero no tiene el valor suficiente para atender la llamada. No puede hacerle frente a Akane así.
El primer beso nunca se olvida y Hajime está seguro que no se olvidará de él.
Han pasado apenas unas quince horas desde el incidente. Lo llama así porque le ha quedado un sabor extraño en el paladar. No está saltando por todas partes, como imaginó que sería, sino que está caminando por las calles como una especie de alma en pena. No está decepcionado, tampoco, pero es complicado de describir. Tiene el celular apretado entre los dedos, oculto en el bolsillo de su pantalón. No respondió a la llamada que Akane le dejó anoche, después de salir huyendo de la fiesta. En parte, porque no estaba listo para hablar, con el corazón latiendo en la garganta y por otra parte, está seguro de que la llamada no traería buenas noticias.
Hajime no es como los demás, él no es tonto. Osea, lo es un poco, lo suficiente como para estar perdidamente enamorado, pero no es tan tonto como para no hacerse una idea de lo que Akane quiso decirle. Si la reacción no fue instantánea, si no saltó de alegría con el beso y la confesión, es porque la respuesta es Yo no siento lo mismo, Hajime-kun. Y le toca perder, lamerse las heridas y, pedazo a pedazo, reconstruir la dignidad que desnudó ayer.
Se pregunta si el sabor que tiene entre los dientes es la decepción, si debería de estar encerrado en la habitación, bajo las cobijas, llorando o escuchando canciones deprimentes. Hajime no ha probado esta clase de rechazo antes, porque nunca antes ha estado realmente ilusionado con algo. Pero por alguna razón anda caminando por la calle, en lugar de estar llorando en casa, buscando el edificio donde reside la familia de Akane. Nunca ha estado en el interior, no conoce el apartamento por dentro, pero ha acompañado a Akane varias veces hasta la entrada.
Quiere verla, necesita verla sin el antifaz, sin aquella expresión de sorpresa de anoche. Quiere verla a luz del día y comprobar que aún tiene una sonrisa que regalarle, a pesar de todo.
Se muerde el interior de la mejilla cuando se encuentra a los pies del edificio. Está seguro que quiere verla, pero no está muy convencido que Akane quiera recibirle. Tal vez ella quiera espacio y por eso no le ha llamado o escrito. Hajime está siendo egoísta y lo sabe, está pensando en lo que él quiere y lo que necesita, en lugar de preguntarse qué es lo que espera Akane de él. Pero al mismo tiempo, Hajime no es bueno para dejar asuntos pendientes, necesita encontrar la forma de cerrar el capítulo o al menos de aclarar los puntos vacíos, así esté cien por ciento seguro de cuál es la respuesta definitiva de Akane.
Aprieta el celular entre los dedos, le sudan. Inclina la cabeza hacia arriba y cuenta las ventanas y balcones. La familia Inui vive en el cuarto piso, el apartamento está a mano izquierda. Reconoce rápidamente cuál es porque el uniforme del colegio de Hajime está colgado en el balcón. El hermano menor de Akane va allí, también. Él no lo conoce, pero sabe este detalle gracias a ella. Se pregunta si Akane estará presente o si acaso habrá salido. Hajime medita sobre llamarla o mejor marcharse. No quiere haber venido por gusto, pero por otra parte… No sabe si es correcto verla.
—¿Hajime-kun…?
El destino vuelve a hacer de las suyas y Hajime se gira rápidamente. Allí está Akane, a pasos de él, cargando unas bolsas de frutas y verduras. Tiene un vestido del mismo color que ayer, pero éste no es uno de sus diseños. Es de esos que usa cuando quiere atraer el espíritu del verano, ansiosa porque deje de hacer tanto frío por las noches. Trae el cabello suelto y todo lo adorna con una sonrisa. Esta no es la Akane de anoche y Hajime no sabe si tomarlo como algo bueno o malo. Por lo pronto se acerca, a paso lento.
—¿Necesitas ayuda, Akane-san? —Hajime hace un gesto con las manos, listo para tomar las bolsas, pero Akane niega con la cabeza.
—Eres muy atento, Hajime-kun, pero no te preocupes.
Otra vez le sonríe, como si nada. Hajime busca y busca el rastro de sus labios en los de Akane y ya no lo encuentra. Ya no brillan ni están rosados. Es tonto que hasta tantas horas después quede algo de él allí, no tiene sentido, pero igual busca, por si acaso. Hajime es quien termina apretando los labios, tratando de buscar a Akane allí. El ambiente es agobiante y pesado, a pesar que están al aire libre.
Sabe que es él quien tiene que dar explicaciones, porque Akane va camino a casa y él no vive por allí. Le toca decir que ha venido a verla por lo de ayer, para aclarar lo del beso. O al menos para terminar de ponerle la última tabla al ataúd. Pero es complicado hablar, porque aunque Hajime juegue a ser adulto, es todavía un chiquillo.
—Akane-san, lo de anoche…
—Hajime-kun, lo lamento mucho.
Lo sabía. Aún así, Hajime niega con la cabeza. Akane no tiene por qué disculparse, no es su culpa que él siga siendo un chiquillo y no pueda dejar de verlo como tal.
—Intenté desocuparme, pero al final no pude.
—Yo entiendo, Akane-san, no sient… — ¿Cómo?— . ¿Qué?
Las mejillas de Akane están coloreadas de rojo, pero no como anoche. No es un sonrojo de Ayer nos besamos, pero no siento lo mismo. Es un sonrojo como los que Hajime solía tener de pequeño, que sus padres le reñían o cuando su abuela le pillaba diciendo una mentira. Hilado con las palabras que Akane le dice, Hajime enmudece.
—Terminé muy tarde de ayudar a mamá. Te llamé pero no contestaste, supongo que estabas por allá para entonces.
Hajime entiende lo que le está diciendo, a medias, a cachos. Entiende que Akane estaba ocupada con su madre hasta tarde. Entiende, más o menos, que eso le impidió llegar a la fiesta. Y lo entiende a medias porque… Él la vio. Él le habló. Él la besó.
Retrocede un paso, sonríe de puro nerviosismo y suelta aire por la boca. No, no. Estará entendiendo todo mal, porque es un chiquillo todavía, un chiquillo tonto. No tonto como para sacar malas calificaciones, pero sí tonto como para enamorarse. Hajime no puede haber imaginado la escena de hace quince horas atrás, los labios de Akane no fueron un espejismo ni nada por el estilo. Lo sabe.
Aún el cosquilleo del beso.
—Pero, no puede ser. Yo… — Yo te besé, Akane-san —. Yo te vi, estabas usando uno de tus diseños. Tenías… —Yo te besé, Akane-san—. Tenías puesto los tacones rojos.
Le sostiene la mirada a Akane y espera que en algún momento se ría y le diga que le está gastando una broma. La mira y Hajime espera, ruega, que esto sea producto de una pésima noche y que Akane esté tan cansada que no recuerda muchos detalles, sobre todo el beso. Pero Akane todo lo que hace es reírse entre dientes, pero no como burla, no como Te gasto una broma, sino como Ah, hablas de eso.
Hajime se tensa.
—Oh, debiste haberte encontrado con mi hermano, entonces.
Yo… te besé, Akane-san.
—¿Hermano…?
Akane tiene un hermano menor, esto lo sabe, siempre lo ha sabido. Pero es ahora, en estas circunstancias, que Hajime se está dando cuenta de lo importante que es.
—Sí, yo hice ese diseño para él y le presté mis tacones. Siempre le ha gustado ponérselos, desde pequeño. Te habré contado alguna vez, ¿no? —Akane es quien se acerca—. ¿Entonces finalmente se conocieron? ¡Cuánto me alegro! ¿A que Seishu es encantador?
Seishu.
El rastro que Hajime cree sentir en los labios no pertenece a Akane. Ese cosquilleo es provocado por Seishu, el hermano de Akane.
Y como dicen, el primer beso nunca se olvida. Hajime ahora tiene muy claro, que no se olvidará de él.
