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El señor Nero

Summary:

Doppio tuvo que alzar la vista unos centímetros si no quería mirar directo a los pectorales del hombre. Un vértigo se apoderó de repente por él; no solo por la estatura del extraño, sino por la inesperada belleza que lo miraba de vuelta con los labios entreabiertos.

Doppio no tenía idea de que bajo la luz que se tamizaba entre las hojas, parecía la imagen de una llorosa madonna con la niña en brazos. Las lágrimas frescas llenaron de brillo los enormes ojos de Doppio, y el desconocido se había quedado sin palabras, herido por una flecha que no vio venir.

O cómo un día que parecía ser un desastre, terminó de la mejor y más inesperada manera posible.

Notes:

¡Feliz cumpleaños a mi querida Melekotu! Esta chica me ha apoyado desde que empecé a escribir mis fics RisoDoppi, y no le puedo agradecer lo suficiente por ello; y que además hace arte precioso ¡Vayan a ver su perfil!

Espero que pases un lindo cumple, amiga. Es un placer poder compartir contigo el amor por estos señoritos guapos :3 Espero que te guste este fic que escribí con mucho cariño ( ´ ▽ ` ).。o♡

Pueden encontrar la versión en inglés aquí , por si quieren compartirlo con sus amistades que no hablan español.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Tres minutos. Fueron solo tres minutos que se giró para atender la llamada de su jefe; pero al colgar, no ubicó a su hija entre todos los niños del parque.

Qué extraño, la habia dejado junto a los columpios, pensó Doppio, adentrándose entre los pequeños y los juegos. Tal vez estaba dentro del tobogán y saldría resbaládose en cualquier momento. Doppio se agachó y asomó la cara dentro del túnel de plástico.

—¡Trish! —la llamó, y el rechinar de piel contra el tobogán lo tranquilizó un segundo, hasta que vio que de la boca de este no salió su hija— ¡¿Trish?!— llamó de nuevo, pero nadie respondió.

Doppio suspiró un poco inquieto y se resolvió a trepar el juego a ver si la avistaba. Sin embargo, ninguno de los niños balanceándose en los tubos de metal era ella. Okay, ahora quizás estaba preocupado. Se giró hacia los sube y bajas, inspeccionó los rostros de los niños escalando los pasamanos…Nada.

La preocupación se combinó con un enojo que le quitaba un poco la responsabilidad. “No te muevas de donde papá no pueda verte, ¿ok?” le había dicho, pero al parecer Donatella no se había preocupado por enseñarle a obedecer. Luego la rabia se volcó sobre su jefe, que bien sabía que ese era su día libre; el único de la semana en que podía ver a su hija. Aunque al final del día la culpa era enteramente suya. No debió apartar los ojos ni un segundo. Una llamada no era más importante que Trish.

Zapateando nervioso contra el suelo, sacó su teléfono. En su galería, había una foto de Trish comiendo helado que había tomado hacía apenas media hora. Con celular en mano, se acercó a los padres que vigilaban—como debían—a sus hijos.

—Disculpen, ¿han visto a esta niña? Me giré un instante y no la encuentro.

A pesar de los nervios, procuró sonreír, porque darle paso al pánico era admitir que algo estaba mal, terriblemente mal, y todavía no quería aceptarlo. Todos los adultos menearon la cabeza, no habían visto nada. Todos excepto una madre que mecía un cochecito de bebé, y le señaló el camino que bajaba la colina sobre la que estaba el parque de juegos.

—Me pareció verla ir hacia allá.

—¡Oh, gracias, muchas gracias!

Doppio no perdió el tiempo y caminó con pasos largos hacia el pie de la colina. Maldijo por un instante haber escogido el día más hermoso del año para llevar a Trish al parque. Había personas por doquier. Si un secuestrador de niños podía actuar en plena luz del día-…¡No! Doppio interrupió el pensamiento. Todo estaba bien. Encontraría a Trish y estaría tan castigada.

—¡Trish!—la llamó de nuevo pero nadie respondió.

Caminó. No. Corrió llamando a su hija y al encuentro de extraños para mostrarles fotos de ella. Decían no haberla visto, y Doppio los dejaba con las palabras en la boca, pues se giraba de inmediato para seguir buscándola, tratando de aguzar la vista, a pesar de que las en sus ojos comenzaron a impedirle mirar con claridad el camino.

Pensó en tener que hacer esa primera llamada a Donatella. “No encuentro a Trish” le diría. No, no podía simplemente decirle eso. “Escucha, tenemos que mantener la calma. Llamaré a la policía y seguro que todo estará bien. Lo siento mucho, Dona. Fui un idiota”. Ya tenía el teléfono contra la oreja y el tono sonó dos veces sin que Donatella respondiera. En ese instante, sus oídos captaron una voz que reconoció como la de su pequeña, y junto a ella, el tañir de una guitarra.

—¿Hol-?—contestó Donatella del otro lado de la línea, pero Doppio cortó para seguir el origen de la música.

Bajo un árbol al lado del sendero, Trish estaba sentada sobre el césped, a salvo. Doppio sintió cómo el alma le regresaba al cuerpo. Apurando el paso, recogió a Trish del suelo para abrazarla y besarla. El canto de la guitarra cesó abruptamente.

—¡Dios santo, Trish! Casi me matas del susto. ¿Por qué te fuiste sin mí? ¡No vuelvas a hacer eso, señorita!

—Perdón, papi—logró decir la niña, con el rostro apretujado contra el pecho de Doppio.

En su alivio, Doppio ni siquiera se había interesado en el extraño que acompañaba a su hija, hasta que este dejó la guitarra de lado y se puso de pie. Doppio tuvo que alzar la vista unos centímetros si no quería mirar directo a los pectorales del hombre. Un vértigo se apoderó de repente de él; no solo por la estatura del extraño, sino por la inesperada belleza que lo miraba de vuelta con los labios entreabiertos.

Doppio no tenía idea de que bajo la luz que se tamizaba entre las hojas, parecía la imagen de una llorosa madonna con la niña en brazos. Las lágrimas frescas llenaron de brillo los enormes ojos de Doppio, y el desconocido se había quedado sin palabras, herido por una flecha que no vio venir.

Doppio retrocedió un par de pasos ante el silencio del hombre.

—¡Papi, es el señor Nero!—exclamó Trish con una sonrisa.

Doppio conocía ese nombre. Cada semana, Trish llegaba con una canción nueva que el señor Nero le había enseñado, y la cantaba a toda hora: durante el baño, cuando le cepillaba el cabello, antes de irse a dormir. Okay, tal vez debería ir a buscar a Trish al kinder más seguido, pensó Doppio, preocupado de repente por esa primera impresión que le había dado al atractivo maestro de su hija.

Doppio se secó una lágrima, se acomodó el cabello revuelto por el correteo de hacía unos minutos, y trató de recuperar la compostura.

—S-Soy Doppio, el papá de Trish— habló por fin, estirando una mano sudorosa para saludarle.

La mano llena de anillos, grande y tibia del extraño estrechó firmemente la de Doppio de regreso, y la sostuvo un instante.

—Risotto— aclaró— Aún no me acostumbro a Señor Nero…—la sonrisa tímida que se dibujó en su labios se trajo abajo la imagen de tipo rudo que proyectaba.

—Un placer. Perdona por aparecer como un loco, pero esta señorita se me perdió por un momento y me dio el susto de mi vida…— explicó pellizcándole una mejilla a su niña.

—Trish estaba persiguiendo una mariposa cuando me topé con ella. Me pareció extraño que estuviera sola, entonces me senté a esperar a que apareciera alguien a buscarla. Pensé que vería a su madre…

—Oh no, no. Hoy me toca a mí. Ya sabes, padres divorciados.

¿Por qué carajos había dicho eso? ¿En serio acababa de anunciar su estado civil al maestro? Doppio sintió que sería un acto de misericordia divina si la tierra se abriera de pronto para tragárselo. Consiguió sonreír a través de la vergüenza, mientras el señor Nero asentía por cortesía; aunque disimulando muy bien el alivio de saber que Doppio no estaba casado.

—El señor Nero me estaba enseñando una canción nueva—agregó la niña, rescatando sin querer a los dos adultos del silencio incómodo que reinó entre ellos de repente.

—¿Sí?— Doppio peinó un mechón de cabello fuera de lugar detrás de la oreja de Trish— Tendrás que enseñarme esa canción a mí también, princesita—y regresando sus ojos hacia el Señor Nero, continuó:—Muchas gracias por quedarte con ella.

—No fue nada. Esperemos que Trish no vuelva a desobedecer a papá, ¿verdad que no?—ella negó con la cabeza con total seriedad—Buena chica.

Ya no había nada más que hablar pero ni Doppio ni el señor Nero querían decir adiós todavía.

—Y…¿Hace mucho te dedicas a enseñar música?

—¿A preescolares? Sí. En general, no.

—¿Te gusta? Digo, tengo una niña y ya ves lo bien que la manejo. No me imagino cómo es manejar una clase entera.

—Me encanta enseñarle a niños pequeños. Y como al inicio me tienen miedo, hacen caso. Si tengo que ponerme serio, en dos segundos se calman. ¿Cierto, Trish?

La niña asintió.

—A veces Narancia no deja de hablar y el señor Nero deja de tocar la guitarra. Entonces cuando todos lo volteamos a ver, se calla.

Los dos adultos compartieron una risa suave.

—¿Y cómo se porta ella?—preguntó Doppio, mirando a Trish con una ceja en alto.

—Oh, Trish es maravillosa. Le encanta quedarse en los recreos conversando conmigo. Creo que tiene buen oído musical.

—He pensado en meterla a clases de canto. No para de tararear en todo el día. Es mi pequeño pajarito cantor—declaró Doppio con orgullo.

Doppio le hizo cosquillas a Trish, que se carcajeó tratando de sacudirse los dedos de su papá. El señor Nero miraba encantado la dulce energía paternal que ese joven derrochaba sin esfuerzo. Ahora entendía de dónde había sacado Trish lo encantador, el color de cabello y las pecas que se multiplicaban entre más tiempo se le quedase viendo al rostro.

—También doy clases privadas. Si te interesa…Digo, para Trish—la voz segura y grave del maestro se quebró un instante, haciendo a Doppio sonreír.

—¿Sabes? No es mala idea.

Risotto se agachó para recoger el estuche de su guitarra, de donde sacó una partitura arrugada y un lapicero que destapó con los dientes. Escribió rápido su número y se lo entregó a Doppio con la mano temblando un poco por los nervios. Quien conocía a Risotto Nero, sabía que no era su estilo actuar impulsivamente.

—O-oh…—Doppio se quedó mirando el papel con los ojos muy abiertos, incrédulo.

—Escríbeme si te decides por las clases—se apresuró a decir el maestro—Solo dime que eres el padre de Trish y te recordaré.

Doppio no sabía si la adrenalina que aún recorría su cuerpo le había alterado demasiado los sentidos, pero estaba seguro de que no se estaba imaginando los ojos de mirar intenso del señor Nero sobre él, observando atentamente su reacción. De pronto, Doppio olvidó cómo había llegado a eso. Hacía unos minutos había estado al borde de un colapso nervioso, y ahora tenía el número de un sujeto que no solo había cuidado de su niña, sino que además podría cargarlo a él sin problemas con esos brazos fornidos llenos de tatuajes.

—Papi, tengo hambre—dijo Trish de pronto, y Doppio recordó que no podía simplemente entregarse a sus fantasías en medio de un parque.

—Oh, sí. Ya es hora de comer…¿Aún quieres la Cajita feliz?

—¡Sí, sí!

El señor Nero se colgó la guitarra al hombro e hizo ademán de marcharse.

—Nos vemos— dijo con la seguridad de que esa no iba a ser la última vez que se encontrarían.

—Hasta luego— repitió Doppio— Y gracias de nuevo.

—¡Adiós!—se despidió Trish agitando su manita.

—Pórtate bien. Escucha a papá— dijo el maestro antes de girarse y caminar en dirección opuesta a la de ellos.

De camino al auto, Doppio se volteó para darle un último vistazo al señor Nero, quien parecía haber tenido la misma idea. El maestro apartó la mirada de inmediato, pretendiendo mirar algo en el cielo; mientras que Doppio tuvo una excusa para ver hacia otro lado al sentir el zumbido de su teléfono en el bolsillo. La pantalla decía en grande: Llamada de DONATELLA.

—¿Hola?—contestó Doppio en su voz más casual, para tratar de ocultar todo el rango de emociones por el que estaba pasando.

—Me llamaste. ¿Está todo bien?

—¿Te llamé? Seguro se desbloqueó el teléfono en mi bolsillo. Qué extraño.

—Mami, papá estaba llorando—dijo Trish en voz alta— ¡También vimos al señor Nero en el parque!

—Es el polen—repuso Doppio de prisa. —Y el clima está muy seco— agregó un moqueo que aplacó las dudas de su ex esposa.

Donatella guardó silencio, y luego, por el sonido de su voz, se podía percibir una sonrisa pícara en sus labios.

—El señor Nero, ¿eh?— y bajando la voz, continuó— ¿Viste qué bueno está?

—¡Dona!

Doppio pudo imaginarse a Donatella con la ceja alzada, esperando a que fuera completamente honesto con ella. El padre suspiró:

—Sí, es guapo— dijo en un murmullo para que Trish no lo anduviera repitiendo.

—¡¿Verdad?!

—Y me dio su número— agregó Doppio, un poco para alardear, pero también con emoción de poder contarle a alguien más.

—¡Eres un maldito infeliz!— exclamó Donatella sin poder creerlo, y soltó una carcajada.

—¡Sssssh! Trish te va a oír.

—Perdón, perdón, pero es que necesito saber qué pasó.

—Te lo cuento más tarde.

—Más te vale.

—¡Tengo hambreeee!— lloriqueó Trish.

—Ya vamos, mi vida— la tranquilizó Doppio, y tras despedirse de Donatella, por fin puso a Trish en el suelo, vigilándola para no perderla de nuevo— ¿Hacemos una carrera al auto? A la cuenta de tres…dos-

—¡Uno!— gritó la pequeña antes de tiempo y soltó a correr.

—¡Oye, eres una tramposa!— corrió tras ella, y no tardó en atraparla para hacerle pedorretas en la barriga hasta que llegaron al auto.

Tras sentar a Trish en el booster y colocarle el cinturón, Doppio sacó las llaves para encender el motor. A sus pies cayó el trozo de partitura con los números garabateados nerviosamente; el joven se apresuró a recogerlo para guardarlo en el bolsillo de su camisa, sobre su corazón.

Notes:

Amo demasiado a Doppio siendo un papá que, aunque mete la pata, se esfuerza por ser el mejor ( ◡‿◡ *) Y pues, obvio que Risotto no puede resistirse al ver a un papá tan lindo ;3c

De nuevo, ¡Feliz cumple, Melek! Te quiero mucho y eres un sol de persona.

Y gracias por leerme ;3

Pueden encontrarme en Twitter como @irahetatatatata .

¡Nos leemos pronto! 📞✂️

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