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No fue una sorpresa.
En realidad, no.
Que Sanji era un príncipe, dah, obvio.
Luffy lo pensó la primera vez que lo vio.
Le recordó a los cuentos de hadas que Makino le leía cuando aún era un niño.
A él solo le interesaban las batallas contra dragones. Ace fue el que señaló la belleza de las princesas y de los príncipes. Luffy emuló ese dibujo en algunas ocasiones, pero la figura nunca se vio tan refinada y brillante como Sanji.
Sanji también era un caballero. Servicial con las mujeres, de corazón leal y una idea del autosacrificio que, aunque admiraba, se le hacía molesta. Le gustaba verlo erguido y orgulloso. Humillaba al sol con su sonrisa. Tan elegante al arreglarse la corbata y las mangas de la camisa. Tan delicado al encender un cigarrillo y admirar el paisaje nocturno en las guardias. Se mantenía alerta, los protegía a todos. Dormía de último, se despertaba primero. Un sirviente para todos, una labor tan noble como preocuparse por hacer los desayunos favoritos de cada uno.
¿Cómo no iba a ser más que especial? ¿Cómo iba a ser mentira que sin él, Luffy no iba a poder? ¿Para qué ser el Rey de los Piratas si Sanji no estaba ahí para verlo? Luffy imaginó ese momento, mirando hacia un lado después de contemplar un infinito azul y encontrarse en ausencia de la viva imagen de la amabilidad y la compasión.
El sueño se convertía en pesadilla, y Luffy aprendió a dormir después de dibujar. Todavía lo hacía, incluso ahora, después que el rubio regresó a su lado, con su familia, con él.
Sanji tarareaba en la cocina.
Luffy dijo que se aburría.
Sanji respondió que si no comía nada del refrigerador, se podía quedar.
Luffy comió un par de sandwiches que Sanji le preparó en compensación.
Siempre lo compensaba.
A Luffy no quería admitirlo, pero le gustaba.
Algo se encendía en él. Un instinto de dominación.
Una alegría con pinchazos de culpa. Sanji no merecía castigarse a sí mismo. No tenía razón. Él nunca lo culpó, lo tomó de vuelta y se insertó de nuevo con la tripulación. Sanji era un príncipe, pero era primero un pirata. No existía dudas. Su lealtad siempre estuvo con ellos. Todos lo sabían ahora. Luffy nunca lo dudó, pero leía en sus ojos, en el temblor de sus manos, como cada día se arrepentía de no confiar un poco más en su capitán.
No importaba cuán cerca estaban ahora.
Ni cuántas veces Luffy le mostró lo mucho que confiaba en él.
Tal vez los besos en la nuca no eran suficientes.
Ni las caricias que dio en las piernas que tanto lo golpearon.
Cuánto se aferró a sus muslos.
Ni tampoco la devoción que mostró al lamer entre la redondez más pálida y suave que ha mordido alguna vez.
Sanji seguía viéndolo como si Luffy fuera a dejarlo.
Como si mereciera el abandono.
Aunque lo servía tan bien. Así, de rodillas, chupando y suplicando por tirones en el cabello y movimientos firmes contra su garganta. Incluso así, esos ojos estaban aterrados.
Luffy dibujó sobre el papel a un niño asustado.
Sanji todavía seguía encerrado en una torre.
Ahí, estaba ahí, deseando que una mano lo tomara y no lo soltara nunca.
Sanji cantaba una canción de cuna.
Se la cantó a Luffy antes, ambos enredados en el sofá del acuario.
Peces testigos de qué tan profunda es esta relación.
Cuánta necesidad cabe en manos incapaces de lastimar.
La suficiente que equivale a la piel que toca, al miembro que sostienen, al cabello que tiran.
Terminó de hacer el inventario.
Luffy dejó los papeles sobre el comedor.
El rojo vistió las mejillas y las orejas de Sanji.
El conjunto de dibujos infantiles en honor a él.
Tragó profundo.
Era estar desnudo en una tierra hostil.
Revelarse como era, que Luffy lo conociera tan bien.
¿Tenía permitido seguir aferrándose a este hombre?
La respuesta estuvo en un abrazo. En la forma en la que Luffy hundió su rostro en medio de sus escápulas.
—Eh, Sanji. Una leyenda dice que aquí están el resto de nuestras alas.
—¿Disculpa, Luffy?
—Y si las tuvieras, estoy seguro que seguirías aquí… —Luffy dejó un camino de besos por los huesos que apenas y sobresalían bajo el chaleco del mayor —. Estarías conmigo. Volarías a cualquier lugar que quisieras, pero regresarías aquí, volverías aquí…
El corazón de Sanji salió disparado. Su garganta se contrajo y un temblor recorrió todo su cuerpo. Las palabras de Luffy eran suaves e incluso con una cadencia tonta. Ni siquiera debía mirar para saber que estaba sonriendo. Una forma de decir: “Tranquilo, estoy aquí, todo está bien”.
Luffy confiaba, Luffy lo amaba.
Vio profundo en su ser.
Se adentró en el espejo al que Sanji no quiere mirar y todavía lo envolvía de esta manera.
Le entregaba su vida.
A Sanji le temblaban las rodillas.
El arrepentimiento en su pecho jamás se iría.
— Escúchame, Sanji.
¡Oh!
Esa voz. La ha escuchado antes, ha afectado a enemigos, ha sentido el poder en su pecho, pero nunca directamente en él.
Hubo una fuerza que presionó desde el interior. Como si dentro del vientre hubiera una cadena, una de la que Luffy estaba tirando ahora.
— Vas a dejarte ir hoy. Vas a dejarme tomar el control, todo el control. Quiero que obedezcas cada cosa que te diga y tomarás todo lo que te pida, ¿está bien?
Sanji cubrió su boca con el brazo. La sensación de control recorriendo desde sus pies hasta los dedos de sus manos lo embelesó. Estaba jadeando mientras asentía. Poco a poco sus piernas perdieron el control y si no es porque Luffy lo tomó por el cuello y por las costillas, él habría caído de bruces contra el suelo.
Era sumisa, bastante sumisa la forma en la que se dejó estar de rodillas con el pecho contra el suelo.
Luffy paseó sus dedos por su cabello, le dio un par de caricias antes de descender hasta tomar las manos de Sanji y llevarlas hacia atrás. Acarició las muñecas. Tan delgadas y finas. El peso de la memoria que debían soportar y permanecían impolutas.
Luffy lamió cicatrices de cortes antiguos. Sanji soltó gemidos de súplica.
Sin preguntar, Luffy usó su chaleco rojo para amarrar esas muñecas tras la espalda del mayor.
Escuchó a Sanji titubear y lo tranquilizó con una larga caricia en la espalda.
—Soy el único que te retiene ahora, Sanji… ¿Quieres que sea yo quien lo haga? ¿Lo quieres?
Sanji asintió tan rápido que creyó marearse.
Ambas manos temblaban bajo los besos de Luffy hasta que se fue relajando.
—¿Quieres pertenecer a tu capitán, Sanji? —preguntó. El aliento chocó contra el sonrojo en su oreja. La voz que respondió un “soy tuyo, capitán” fue más quebrada de lo que esperaba. Luffy casi se detiene, pero al ver los ojos llorosos de Sanji, supo que era lo último que el cocinero quería.
Sus azules suplicaban entre lágrimas esa dominación.
No se trataba de convertir a Sanji en un prisionero o que se creyera merecedor de castigos.
Si no de ser raptado del castillo.
Que un pirata lo arrastre a un barco y le muestre la libertad.
Luffy sacaría a Sanji de ahí, del calabozo de sus recuerdos.
Lo traería de vuelta a él, donde solo fuera capaz de sentirlo a él.
Conocía bien ese cuerpo pálido. Los mordiscos en sus nalgas le dieron la bienvenida cuando bajó sus pantalones. El pene erecto brotaba líquido preseminal. Estaba excitado por su voz, por la orden que experimentó con cada fibra de su ser y que ahora cumplía tan diligente. Si otro sintiera ese mismo escalofrío, ese poder tirar de su voluntad y quebrar cada barrera, se asustaría. Pero Sanji no. Sanji estaba lánguido, jadeante. El rostro sobre la madera, olfateando el aroma de su cocina mientras las manos de su capitán se hacían cargo de su cuerpo, de su ser.
Se estaba dejando llevar en más de un sentido.
Sanji cierra los ojos.
Vocifera gemidos por cada nueva mordida o lamida sobre sus muslos, entre sus nalgas. Luffy deja chupetones en su perineo. Lame su entrada. Le da movimientos profundos y continuos. Se detiene cuando Sanji está por arrastrarse al orgasmo. Los mantiene en ese juego hasta que del poderoso chef de los Mugiwara solo queda un hombre que tiembla y chilla. Suplica bajo que lo haga llegar. Su miembro duele y se agita.
El aliento de Luffy lo toma desprevenido. Moja su punta y recoge los restos de preseminal antes de retirarse por completo.
Sanji es tan precioso así.
Sus padres, sus hermanos, seguro unos cuantos piratas más pensarán que es patético y degradante. A Luffy le molesta el pensamiento. Él sabe que no es así. Sanji debe creer que Luffy tiene el control, que es quien está tomando el ritmo y escogiendo qué hacer a continuación.
Pero el rubio es quien lo tiene en su poder.
Es quien tiene su sueño en sus manos.
Es quien lo convirtió en esta bestia que solo quiere morder, poseer, tomar para que Sanji nunca lo deje otra vez.
Es quien despertó este deseo que Luffy nunca experimentó.
Ganas por conquistar, por ser dueño de alguien.
Lo convirtió en un hombre que se excita por las súplicas, por la desesperación.
Odia ese aspecto de él y a la vez lo ama, porque la respuesta de Sanji es gloriosa.
Le gustan las lágrimas.
Lame sus pómulos y saborea.
Todo lo que viene de Sanji es bueno, sabe bien.
Ningún príncipe va a dejarse tomar por el cabello de la forma en la que Sanji lo hace.
Ningún caballero va a alzar la cadera para recibir a Luffy de esta forma.
Así, dejando que su miembro se vaya agrandando de a poco en su interior, hasta chillar porque es demasiada presión y no sabe si puede aguantar una pulgada más.
A Luffy le gusta la vista, el cuerpo dispuesto para él. Las piernas que son todo músculo se tensan y Sanji se aprieta hasta que a ambos les duele.
Hay caricias en la cadera.
Roces en el vientre que está ligeramente hinchado. Luffy jura que se siente a sí mismo contra los dedos.
Sanji babea el suelo. Lágrimas, saliva, sudor.
El sexo es como un mar que baña a Sanji con esos fluidos.
— Quédate quieto, córrete cuando te diga —ordena Luffy y es casi imposible obedecer. Sanji siente sus palabras recorrer por toda la columna. Es como si un rayo lo atravesara. Es más intenso que los rayos que aguantó de Enel.
Las embestidas de Luffy inician suave. Admira cómo el cuerpo de Sanji se adapta para recibirlo. Cómo suspira y se queja en cada movimiento hasta que solo quedan gemidos que se ahogan entre la saliva. Sanji incluso tose y solloza, pero no deja de asentir con la cabeza y recibir cada movimiento sin mover la cadera.
Luffy toma el control de nuevo, pero está centrado en Sanji, en hacer sentir bien a Sanji, en que olvide dónde están, quién es. Que solo su Haki, su presencia lo envuelva, lo haga consciente de estar vivo y que su vida pertenece a Luffy, está con Luffy.
Es cálido, húmedo y apretado. Hay succión y es como si Sanji quisiera devorarlo.
¡Ah! Luffy se dejaría servir en un plato. Lo dice, lo susurra.
—Me tienes, me has tomado. Tienes todo de mí, Sanji. No me dejes ir, mi Sanji.
—No, no, nunca, nunca… capitán.
—Luffy —corrige entre gruñidos. Cada una de sus palabras causa reacción en el cuerpo que sigue quieto, temblando. Los hombros tensos, las piernas abiertas.
—Luffy… nunca, nunca me iré, créeme, jamás, perdóname…
—Shhh…
Luffy le toma del mentón. Besa sus labios con la misma hambre con la que piensa. En cada embestida solo existe Sanji, Sanji, Sanji . Las marcas en sus caderas y en su cuello. El cómo le ha tirado de nuevo del pelo para un último beso antes de derramarse dentro, profundo. El chapoteo que escucha cuando se mueve en medio de su orgasmo lo lleva a otro planeta y susurra un suave “vente por mí”.
Los platos de la cocina tintinean dentro de la alacena.
Las hojas caen del comedor.
El Sunny se balancea.
La cadera de Sanji se sacude y el grito complacido muere entre los labios de Luffy.
Esa liberación es distinta.
Se siente diferente.
Luffy lo abraza y lo apoya contra su pecho.
El rubio respira profundo, tratando de recobrar el aliento.
Siquiera debe preguntar. Sus manos quedan liberadas.
Hay besos de nuevo en las muñecas.
Sanji abre los ojos, está agotado.
Cuando Luffy los mira y reconoce lo que guardan. Sonríe amplio, complacido.
Encuentra más amor que arrepentimiento. Eso le basta.
Días después, un dibujo decora la cocina.
Dos niños juegan a ser piratas frente a un mar tan amplio como un todo.
