Work Text:
¿Y cómo respirar?
De acuerdo, Law, no entres en pánico.
Respira, solo respira.
Uno, dos, tres.
Inhala.
Ahora exhala.
Tres, dos, uno.
No funciona.
No frente a esa amplia espalda.
Tiene rasguños que Law reconoce como suyos.
Pero el dueño de esa espalda es desconocido.
Fue lo primero que vió al despertar.
La orquesta de ronquidos fue lo primero que escuchó.
¡Ah! La cabeza palpita al igual que el corazón.
¿Qué demonios estaba pasando? ¿Quién era este hombre? ¿Qué hacía Law ahí?
Resaca, es lo que parece sentir. Como si hubiera bebido alcohol barato, del que te hace vomitar con solo olerlo. ¿Qué es lo último que recuerda? Uh, negro, solo negro.
Debería escapar. Abrir una habitación e irse. Law siquiera lo procesa. Hace el intento, pero nota el peso en la muñeca: esposas de Kairoseki . Con razón tenía migraña. Estaba debilitado.
Bien, Law, conserva la calma. Una de tus manos está libre, puedes cortar la otra y volverla a unir, no pasa nada.
La espalda se mueve en sueños. Law traga profundo, siquiera es capaz de incorporarse en la cama. Permanece en posición fetal. Cierra los ojos. El dolor punzante continúa. Él se fuerza a hacer memoria. Debe disipar estas neblinas de oscuridad.
Un oficial de la marina. Los piratas Corazón y los Mugiwara recién estaban aliados. Están rodeados, pero la pelea es sencilla. En segundos el ejército ya estaba flotando descuartizado. Law creó quimeras imposibles. Algo brilla en el horizonte, como el destello de una explosión. El dolor punzante se intensifica. Escucha una risa como de otro mundo. Luces de distintos colores tras sus párpados y la sensación de sumergirse en una nube. ¿Qué era esto?
Abrió los ojos.
Los ronquidos seguían ahí.
La espalda también.
El tono de piel le recuerda a…
¡Oh!
Law se sienta en la cama.
Frunce el ceño.
Está dentro de un abrigo parecido al suyo, pero es distinto. Es otro.
Uno, dos, tres...
Respirar es una mierda.
Muy bien, de regreso al plan. Piensa con lógica, Law. Mira la habitación. Estudia tu alrededor. Las jodidas esposas lo marean más. La rectitud de las paredes es similar a… No, esto no es un barco, es una cabaña. Los rayos del sol evidencian el amanecer. Oh, una ventana abierta. Escape asegurado.
Hasta que las nota.
En la pared cuelga una colección de espadas.
¿Acaso era otro samurai?
Qué escalofríos.
Esto no es propio de él.
Law siquiera está cómodo con tener una conversación.
Y él no estaba tan desesperado, ¿verdad?
Su mente estaba en cosas más importantes que un enamoramiento pasajero.
Solo que Law sabía que estaba lejos de ser pasajero.
Un destello blanco captó su atención.
¡Su sombrero! Ah, y estaba junto a Kikaku. Ambos yacían al lado de un amplio closet. Asumió que era el closet porque había prendas de ropa cerca. Prendas que Law no ha usado nunca, pero que el negro y el amarillo le hacían pensar que el hombre que dormía a su lado tenía buen gusto, salvo por las bermudas desteñidas que estaban creándole un piso a su espada.
Bien, no es que estuviera apresado.
Tal vez fue consensuado, incluyendo el Kairoseki.
Uh, eso daba más miedo que no saber dónde estaba.
¿Tal vez en una isla? ¿Su tripulación lo estaría buscando y él estuvo tonteando la noche anterior como un adolescente?
Nada tenía sentido.
Miró de nuevo sus manos.
Sus tatuajes estaban más desteñidos.
Estas manos eran más gruesas y callosas.
Reparó en sí mismo.
Bajo el abrigo, Law yacía desnudo. Se estremeció al ver dos bolas plateadas en cada pezón. Sus muslos tenían marcas de mordidas. Si el desconocido hubiera hecho más presión, le habría arrancado un pedazo. Sin embargo, estos muslos tenían más músculos de lo que recordaba en su propio cuerpo.
¿Qué?
¡Al diablo dónde estaba!
¿Dónde estaba su cuerpo?
Mismos tatuajes, salvo…
¡Ah!
Contempló con horror cómo tenía en el hueso de la cadera un Jolly Roger. No, no era el suyo. Lo tocó casi como si el contacto con su piel quemara. Entonces notó un brillo que pasó desapercibido. Ahí, en su mano libre, brillaba un anillo, justo en el anular.
Debe estar soñando, sí.
Pero la cicatriz en su cadera era real, se sentía bastante real bajo las yemas. Unos balbuceos reemplazaron los ronquidos. Law tragó grueso. Despertó, la espalda despertó.
El extraño se giró como en cámara lenta y si Law no fuera médico, estaría seguro de que su corazón dejó de latir. Pero no, solo creía que estaba en su garganta mientras el par de ojos oscuros le regresaban una mirada atontada y medio dormida.
Por Dios, conocía esa cara.
Las mejillas de Law se encendieron.
Primer pensamiento: “Tan guapo”.
Segundo pensamiento: “¡Mugiwara-ya!”.
Se acostó de nuevo en la cama para ver ese rostro más de cerca, tocarlo con devoción. Ha soñado con esto. Enterró ese sentimiento por el bien de la alianza, pero estaba frente al hombre que se roba su tranquilidad y al que seguiría al fin del mundo si se lo pidiera.
Un cóctel de sentimientos se mezclaron mientras él bostezaba. La cicatriz bajo su ojo y luego la X en el centro de un pecho bastante amplio, maduro. Las patas de gallo, la barba incipiente y cierto aire sabio confirmaba que este Luffy no era su Luffy. Bueno, no el Luffy con el que se alió en Punk Hazard. Pero era un Luffy que le sonrió de la misma manera, como creando un amanecer.
—¡Buenos días, Torao!
La misma energía.
La voz enronquecida, más madura.
Law tragó de nuevo, embelesado.
—Buenos… días —respondió más nervioso de lo que pensó. Esas manos grandes tomaron las suyas. Un pulgar acarició el anillo. Labios besaron su frente.
—¿Dormiste bien? Ah, tengo hambre, Torao…
Bien, sin dudas era Luffy.
—No lo sé. Me duele la cabeza —respondió. Sí, seguir la corriente era el plan adecuado. Ya habría tiempo para averiguar qué estaba pasando. No es como si Law quisiera negarse a recibir más toques amorosos. Detalló que Luffy también vestía un anillo. Los dedos entrelazados lucían bien juntos.
Casados, ¿en verdad?
Aterrador, se sentía tan real que la lógica de Law se escapaba.
Dejó la cabaña primero que él.
Él quería seguir aquí, donde dedos amables acomodaron un mechón de cabello tras su oreja. Después se detuvieron ahí, contando aretes, coqueteando con el lóbulo.
Debía ser una alucinación.
Pero ¿en qué universo Law se tatuaría la marca de otro pirata?
Luffy, el que desafió a los Dragones Celestiales por un amigo.
Tan tonto, tan genuino.
Tan Rey Pirata.
—Siempre te duele, Torao. Soy tu dolor de cabeza.
Esa risa, qué bendita risa.
Qué suaves estos toques en la mejilla.
—Seguro lo eres… pero, creo que es debido a esto —murmuró apenado con su propia voz. Estaba derretido, casi ronroneando por las caricias que acunaban su mandíbula y su cuello.
—¡Mierda! ¡Mi culpa! —Luffy se reincorporó y estiró su brazo hasta llegar a la mesa de noche. Tumbó un portaretrato con un “ups”. En el suelo, una foto de Law tirando de las mejillas de Luffy. El chasquido de la goma al encogerse seguía confirmando que en definitiva, se trataba de él. No existían dos usuarios de la misma fruta, solo existía un hombre de goma.
Luffy tomó la llave y Law creyó respirar cuando sintió la liberación. Luego, Luffy tiró las esposas bajo la cama y se disculpó más veces. Lo enroscó entre sus brazos. Una prisión distinta. Lo besó en la cabeza sin parar, como esperando que Law le dijera que se detuviera.
Law no quería.
Creyó ver brillitos y una neblina rosa alrededor de su cabeza.
Qué linda se veía así su cicatriz.
Bien, te volviste loco, Law.
Esa era la explicación.
Listo, viajar por el Grand Line finalmente te descendió a la locura.
Unas quimeras imposibles, una explosión, luces, la sensación de caer en una nube, un Luffy envejecido que le besaba en la barbilla.
Law lo entendió: Él también era mayor. Quería un espejo, necesitaba comprender la magnitud del todo.
Repasemos, Law.
Las marcas que tenía en el cuerpo eran gracias a Luffy, con quien estaba casado.
Al parecer, le hacía el desayuno a Luffy cada mañana, porque cuando entró a la ducha, este le preguntó qué haría hoy de comer.
Law quiso ducharse solo para pensar con calma.
Seguía sin dar respuesta a lo que estaba ocurriendo. Debería distraer al hombre, dar alguna excusa, fingir que estaba molesto por el Kairoseki y echarlo de la habitación. Pero ¿a quién quería engañar? La vista del cuerpo desnudo frente a él le robaba cualquier signo de actividad cerebral.
Law aún recordaba el cuerpo delgado y sangrante. Él lo operó, atendió sus heridas, lo vio desnudo incluso. Envolvió sus delgadas extremidades con suma delicadeza. Law lo supo entonces: Monkey D. Luffy era especial. Ahora, existía una diferencia de poder y fuerza ante lo que estaba frente a él. El jabón cubría las venas que decoraban sus brazos. La cicatriz parecía un detalle imposible, porque ante ese muro de hierro, ¿quién sería capaz de atravesarlo? ¿En qué momento Luffy creció y se convirtió en esto? Y lo más importante: ¿En esta alucinación o en este mundo Law tenía permitido disfrutarlo?
—¿Ocurre algo, Torao?
—Ah… no —respondió entre balbuceos. Esa voz, joder, esa voz estaba haciendo estragos en su vientre.
—¿Seguro? —Luffy lo acorraló contra las baldosas. El baño era amplio, pero al estar frente a ese pecho se sintió claustrofóbico. Luffy era analítico. Lo estudiaba con interés a esperas de que Law dijera algo más, pero él estaba embebido en la determinación de sus ojos.
—Me miras como si fuera la primera vez que lo haces. —Lo tomó del mentón, su pulgar acarició los vellos de la perilla e hizo que Law siguiera con la cabeza baja, centrándose en el hombre cuya mandíbula era más amplia, madura y vestía una barba de pocos días.
— ¿De verdad estás bien? Mmm, no debimos usar el Kairoseki. Digo, fue sexy, pero mira tu cara, estás pálido. ¿Prefieres que yo haga el desayuno?
¿El Luffy que conoce le mordería la oreja también? Porque este con solo susurrarle cerca le hacía temblar las rodillas. ¿Y… Luffy siquiera sabía prender una estufa?
Law, estás muerto. Sí, esa es la respuesta.
Su alma lo llevó a una tierra en la que Luffy lo sostiene, le habla cerca, lo trata como algo precioso, algo por cuidar.
Suspira, qué mirada tan dulce y llena de preocupación. Pulgares en la barbilla, la duda atraviesa su rostro.
Law le saca una cabeza, sigue siendo el más alto de los dos.
Lo abraza, se aprovecha. Se apoya sobre su cabello. Ah, es más suave de lo que imaginó.
Law se deja envolver por el aroma del champú, sudor, carne asada y sol.
—Solo… estoy mareado. Demasiado tiempo expuesto a la roca marina.
—Perdóname, Torao, perdón —dijo entre pucheros, como si fuera un niño arrepentido de su travesura.
La barba de Luffy le hizo cosquillas en las clavículas. Brazos se enroscaron alrededor de la cadera y otro camino de besos trazó el corazón de su pecho. Era suave, delicado.
Siempre creyó que sería brusco y torpe, pero quizá era la edad lo que le brindó paciencia.
—Debí quitártela anoche, pero… me desplomé. Ah, de verdad eres peligroso, Torao. Si quisieras matarme, ya lo habrías hecho. Me dejas tan derrotado —Las manos se estiran, agarran sus nalgas. El apretón es posesivo, firme. Como si estuviera acostumbrado a hacerlo.
—Mugiwara-ya… —respondió avergonzado.
—¿Hmm? Hace mucho que no me llamabas así, Torao. —Luffy alzó el rostro. Dejó besos bajo la barbilla y lamió la perilla de Law.
—¿Ah, sí? —preguntó, debía conseguir una excusa. Las orbes oscuras se vistieron de sospecha, como si Luffy ya no reconociera a su esposo en él.
Tenía razón, Law no lo era.
Tal vez si le contara lo que estaba pasando, conseguiría una solución. Seguía sin saber el estado de su tripulación, todavía tenía una misión pendiente, pero al ver a Luffy tan relajado, era como si esas preocupaciones no importaran más. En este momento ya no existían.
—Mmm, sí, desde que… ya sabes. —Luffy besó sus dedos de nuevo. El futuro está plagado de esos labios sobre su piel.
—No lo recuerdo, Mugiwara-ya… —explicó. Esa mirada sincera merecía la misma honestidad.
—¿Qué no recuerdas, Law?
—¿Me llamaste “Law”?
Luffy frunció el ceño y le tomó del mentón, esta vez con firmeza. Lo obligó a mirarlo. Lo analizó como un cazador a su presa. Law tembló ante ese semblante: La misma determinación que lo flechó en Sabaody.
—Mírame, ¿qué te está pasando? ¿Te sientes mal o…?
Law tragó profundo. El agua de la ducha sobre sus cabezas. Detalló que los brazos de Luffy tenían cicatrices de las que él no sabía. Su propio cuerpo también: un círculo rodeaba su brazo como si lo hubiera perdido en algún momento. ¿Cuántas batallas pasaron para poder estar así? Law se sentía como un usurpador, como si le estuviera robando un tiempo precioso a su yo del futuro, al yo que encontró una vida idílica al lado del hombre que… que él amaba también.
Era abrumador.
Uno, dos, tres…
—No recuerdo nada. Ni de anoche ni de ayer ni de la boda ni en qué momento dejé de decirte Mugiwara-ya, Mugiwara-ya… No, no lo sé.
La mirada de Luffy se suavizó. Sus manos lo abandonaron y Law se acercó de nuevo. Una parte de él necesitaba sentir ese contacto.
Solo escuchó el ritmo de una respiración calmada y el agua correr por su cuerpo.
—¿Qué es lo último que recuerdas? —preguntó mientras un pulgar tocó una canción sobre sus nudillos.
Un temblor en el labio.
Muere un grito de frustración.
Hace menos de una hora, él le regaló la sonrisa más brillante que tuvo la dicha de mirar. Ahora le robó esa felicidad. Confirmó para sí mismo que él no merecía a Luffy, no merecía apagar ese sol al cual deseaba adorar.
Law tartamudeó antes de contarle a Luffy el cómo despertó sin saber dónde estaba, que recordaba apenas la alianza y una escaramuza con la marina.
—Entonces, ¿tienes veintiséis? —cuestionó rascándose el pómulo e inclinando la cabeza hacia un lado.
—Por lo que recuerdo, sí —respondió sonrojado. Este corazón tenía vida propia. Luffy no se durmió mientras Law contó la historia. Al contrario, lo detalló con profundo interés. Esos ojos lo atravesaban, era como si vieran dentro de su alma. Law temblaba ya para este punto. ¿Que él podía matar a Luffy? No, este hombre ya lo asesinó, le robó el corazón y lo tenía dentro de la oscuridad a la que Law evitaba mirar.
—Entonces, ¿creíste que encontraste a un hombre parecido a mí y despertaste junto a él?
¿Por qué Law contó esa parte? ¿Por qué?
Asintió con la cabeza. Cruzó los brazos frente al pecho y trató de ignorar el cómo Luffy no despegaba la vista de él. Sus dientes se revelaron en una sonrisa perversa, como si estuviera a punto de ganar una batalla.
—Eso es injusto, Law. Ahora estoy tan celoso…
—Eras tú mismo, tonto. ¿Celoso de quién? Además, eso no es lo que importa aquí…
—Yo digo que sí importa y mucho.
Su estómago seguía gruñendo con hambre, pero tenía un hambre distinta, tenía hambre de Torao. Law se vio a sí mismo en sus pupilas. Él era más viejo, más alto incluso y sus patas de gallo evidenciaban que pisaba más allá de los cuarenta. Sin embargo, frente a esta presencia era como un niño pequeño. Un niño al que Luffy tomó del brazo y lo arrastró de regreso a la habitación.
Todavía estaban empapados por la ducha, las sábanas se humedecieron bajo la espalda. Gotas cayeron sobre su rostro, gotas que provenían del cabello de Luffy.
—Tal vez viajaste en el tiempo o tal vez solo tienes amnesia por las esposas —explicó mientras lo acorralaba sobre la cama. Law sintió sus mejillas arder. Eso bastó para que su miembro lo traicionara. Se alzó alegremente ante la vista de este Luffy que le sonreía con picardía. El contraste era abismal con el chico de diecinueve años de sus recuerdos.
Qué interesante.
El hambre se reflejaba igual.
Lo veía con voracidad, con ansia por devorar.
—Sin importar qué, hay que encontrar una solución… —Law calló. Los labios de Luffy sobre los suyos, su aliento, su lengua. Tan firme, tan dominante.
Él titubeó, casi como si no supiera besar, no así. No cuando alguien más tomaba el control y lo hacía masilla entre sus manos. Pronto se dejó llevar. Las manos de Luffy dibujaron círculos en su cadera. El idiota sonrió como un ganador cuando rozó el Jolly Roger, ese Jolly que le pertenecía.
—Te diré lo que vamos a hacer. Haré que tu cuerpo nos recuerde, Law —susurró contra su oreja. Dedos le recorrieron el mentón—. Veo a mi Torao en ti, sé que estás ahí y sé cómo traerte de regreso.
—Mugiwara-ya…
—Quédate quieto para mí, ¿de acuerdo? Y dime Luffy —susurró sobre su oreja —. Te conozco, te he hecho esto por casi veinte años, Law…
—Veinte… —pronunció el número como si fuera una palabra nueva. Se relamió al entender las implicaciones. Casi 7300 días en los que Law ha experimentado los toques de Luffy, en los que le ha entregado cada fibra de su ser. Ni un mísero recuerdo, nada, solo negro.
Ambas teorías pueden ser ciertas. La memoria es una construcción de ti mismo. Si la perdió, es el Law de 26 años que aún observa al capitán de los Mugiwara como un enamoramiento platónico y pasajero. Pero el cuerpo en el que reside ha sido tocado, marcado y reclamado por este hombre. Siquiera debe preguntar. Es el Rey Pirata y Law es su esposo. Si Luffy era el Rey Pirata, el mundo estaba protegido. Todo lo importante para Law estaba cuidado entre sus dedos.
Law se perdió en ellos.
Dedos estirados le recorrieron los brazos, las piernas, los costados. Law tragó profundo. No estaba preparado para entender las implicaciones de su fruta del diablo. Ahora que lo pensaba… Law solo esperaba que Luffy no fuera tan creativo como en sus peleas.
O tal vez sí…
Allí donde Luffy lo tocaba, Law se estremecía. Su voz profunda y susurrante se quebraba en gemidos. Toques pasearon hasta ubicarse debajo de las rodillas. Luffy rió burlón y presionó, dibujando círculos a una velocidad que siquiera llegaba a procesar. Lo único que Law tenía claro es que nunca lo tocaron allí, menos así.
Un escalofrío lo recorrió por todo el cuerpo.
¿Quién sería capaz de respirar? Los estímulos eran tantos, tantos. Luffy jugó hasta que sus piernas temblaron, incapaces de mantenerse sobre el colchón. Él conocía su cuerpo, se adueñó de él.
En un punto, sus muslos colgaban sobre los hombros de Luffy. Eran tan amplios. Los talones de Law rozaron los músculos de esa magnífica espalda. Tenía arañazos, arañazos del Law que llevaba dos décadas durmiendo con Luffy, sometiéndose a este placer.
Luffy estiró el cuello. Besó su hombro y deslizó luego su lengua hasta los pezones de Law. Jugaron con la perforación. Tenía fuerza, Law del futuro se notaba entrenado, pero también era un cuerpo de deseo, un cuerpo que se ha modificado pensando en su esposo. Estaba hecho para que Luffy lo usara, lo tomara como un juguete para sus imaginaciones.
Ya era incapaz de reconocer la voz que dejaba salir. Luffy chupaba, empujaba y daba vueltas al piercing. La sensación tirante en su pezón era más placentera de lo que creyó. Law no sabía si era por la barra de metal o porque era este hombre quien lo tocaba. Quizá ambos. Ambos, y a medida que los toques se intensificaban, Law necesitaba creer que era un producto de amnesia. Si regresaba a su tiempo, jamás vería a Luffy de la misma forma. Esa cara tonta, ¿cómo es que era capaz de tocarlo de esta forma? ¿Cómo ese mismo hombre tenía esa expresión de suficiencia, de fascinación? Luffy lo estaba embelesado, era como un adicto, como un obsesionado con él, con su cuerpo.
Pupilas pasearon por las curvas de sus tatuajes.
Luffy dejó sus pezones enrojecidos y con marcas de dientes a su alrededor.
Law transpiraba, el preseminal vestía su miembro y sus mejillas estaban tan rojas como sus orejas. Sus ojos ámbar empañados en lágrimas.
Apenas y distinguía la expresión satisfecha del menor. Lo tomó por la cintura en una prisión circular hecha con su brazo. Lo obligó a sentarse sobre sus piernas. Besos cayeron sobre sus mejillas. Suaves, delicados. Un contraste que lo mareaba.
¿Cómo es que era capaz de cambiar el ritmo así?
No era justo.
Jamás recobrará la cordura.
—Eres tan hermoso, Torao. Hacía mucho que no me mirabas así…
—¿Así cómo? —cuestionó temblando. La lengua de Luffy penetraba en su oreja. Escuchó el chapoteo y la humedad. Un tirón en el vientre le señaló cuán excitado estaba y cuánto ansiaba más.
—Como si no supieras qué te haré. —Luffy se burló y volvió a acunar el rostro de Law entre sus manos. Trazó una caricia sobre los pómulos y besó su frente. Fue lento, cuidadoso. El contraste entre esa mirada de conquistador y la ternura de esos toques casi lo hacen llorar. Era demasiado, mejor de lo que Law llegó a fantasear.
En sus fantasías él tomaba el control. Él guiaba al menor y le enseñaba qué hacer con su cuerpo. Ahora Law estaba quieto, dejándose llevar por un hombre que parecía conocer los secretos de su intimidad mejor que él.
—Pero tu piel me recuerda —murmuró Luffy. Le dio tregua a la pobre oreja. Law no creía posible que en ese lugar existieran los calambres, pero quedó adormecida por tanto estímulo. Luffy enfatizó sus palabras al deslizar sus dedos entre sus glúteos. Los ojos ámbar se abrieron. Se adentraron con tanta facilidad que fue vergonzoso. Estaba excitado, muchísimo, tanto que ignoraba el rastro de la noche anterior. Cómo su yo futuro tomó a Luffy hasta que su huella no se cerraba. Modificó su cuerpo. Law miró hacia la erección de Luffy. Era… fascinante.
Lo vio en la ducha, pero así, erecto, se le hizo agua la boca. No era alguien que se ponía de rodillas, siquiera el contacto le gustaba lo suficiente como para desnudarse, pero Luffy tenía algo que lo atontaba. Era como si su cabeza se llenara de líquido y él solo fuera capaz de pensar en Luffy, en el pene de Luffy. ¿Ya dijo que era hermoso? Circuncidado, de cabeza más gruesa, como un hongo que Law quería mordisquear. Lo haría alucinar, estaba seguro. Joder, ¿qué era esto? ¿Cómo es que estaba babeando por un simple órgano? Pero no era cualquier órgano, era de Luffy y esa maravilla conquistó su cuerpo.
Tan capaz de recibirlo, de tenerlo.
Puesto a confesar, de haber viajado en el tiempo, deseaba llevarse ese pene consigo. Un secreto sucio que ocultar mientras espera que Mugiwara-ya corresponda sus sentimientos.
¿Quién dio el primer paso?
Law estaba por preguntar, aunque no era el momento, no cuando arañaba los gruesos brazos que lo sostenían.
—¡Torao! ¡Deberías ver tu cara! —dijo alegre y casual, como si sus dedos no estuvieran retorciéndose contra su próstata con maestría, para luego ignorarla con toda la intención de hacerlo rogar. En un punto, Law se descubrió gimiendo, con los brazos envueltos en el cuello de Luffy y las caderas meneándose contra los dedos que se alargaban más de lo imaginable. Rascó rincones que Law sabe que lo estaban dominando y volviéndolo más suyo de lo que un anillo, tatuaje o collar haría. ¿Quién sería capaz de tocarlo así? Luffy lo estaba arruinando, este Luffy estaba convirtiendo su cuerpo en algo desconocido.
—Ah, Torao, es tan lindo… todo de ti. Nunca me canso de escucharte, de verte, de sentirte —Luffy presionó de nuevo contra su próstata y eso fue todo. Lo llevó a un clímax duro, algo que casi lo hace derrumbarse del cansancio. Se contrajo y succionó los dedos queriendo más de ellos. ¿Era posible obtener más? —. Mira eso… tan glorioso, Law.
El techo de la habitación se estaba moviendo.
Law se sintió en un barco, en algo que se balanceaba mientras recuperaba el aliento.
Por un momento temió regresar a su tiempo.
La culpa lo invadió al alegrarse por seguir junto a este Luffy, el mismo que lo depositó con suavidad sobre la cama y adentró su pene, ese maravilloso pene en su interior.
Estaba tan sensible, todavía temblaba por los espasmos. Apenas y reconoció la presión entre sus nalgas y luego la invasión. Tan cálido, tan amplio. Palpitaba, estaba vivo y punzaba por Law, para Law.
Él babeaba por la estimulación. Todavía intenta recordar cómo respirar. Su miembro continuaba flácido, su abdomen estaba teñido de blanco.
Las manos de Luffy eran tan cálidas, tan amplias. Sujetaron su cadera con firmeza, guiándolo hasta que era imposible unirse más. Las piernas de Law colgaban en los anchos hombros. Luffy era más bajo, sí, pero tan fuerte. La espalda de él era como un toro y tenía la fuerza y la firmeza de uno.
Gotas de sudor cayeron contra su cuello.
Estaban impregnadas de champú, carne asada, goma…
El sol.
Mareado, tan mareado.
La garganta le escocía, apenas y soltaba gemidos.
Pero lo disfrutaba, era increíble.
Era el placer por el placer.
Más besos en la barbilla, caricias en los muslos, embestidas que le recordaban que era de Luffy, que estaba entregándole todo a Luffy.
Tan grande, tan amplio y desconocido.
Un deja vu. ¿Era posible?
Quizá este cuerpo tiene memoria propia.
—Law, me aprietas tan bien, ¿sabes? —Luffy susurró bailando son sus labios, paseando las manos por su cadera para tomar el impulso y mover el cuerpo de Law como un muñeco inerte.
—Ah, ¿sí? —titubeó apenas. Los jadeos le callaban, era como si solo fuera capaz de entender que Luffy lo estaba tomando, lo estaba devorando.
Luffy rió, pareció recordar algo y susurró de nuevo.
—No lo recuerdas, pero… conoces bien cómo se siente, lo apretado que eres, lo húmedo… cómo succionas cuando te toco aquí o por aquí. —Hizo énfasis al toquetear sus costados y sus pezones. El tono era burlón, travieso. Como si estuviera revelando una verdad que él solo conocía. Law lo miró interrogativo, extrañado por las declaraciones. La boca ligeramente abierta mientras jadeaba por los golpes certeros. Poco a poco su miembro fue recuperándose, toda la sangre de sus venas se concentraron ahí.
—Sí, Law… te he visto acabar dentro de ti. —Luffy le guiñó el ojo y Law se quiso morir.
No puede ser.
No puede ser.
Apoyó ambas manos sobre la amplia cicatriz, intentando empujarlo, hacerlo desaparecer. Quería esconderse, pero las embestidas lo apresaban, las manos lo sostenían. Si Luffy quisiera esclavizarlo, solo tendría que prometerle que le haría esto cada vez que Law quisiera y él estaría dispuesto a obedecer.
Soltó un sollozo avergonzado. Era demasiado, pero a la vez lógico. Con razón despertó esposado en Kairoseki. Veinte años, veinte años en los que llevaban sus poderes a otros límites.
Luffy apretó su muslo y luego bajó casualmente hacia el desatendido pene de Law. Movió las cejas de arriba abajo y rió. ¿Qué clase de expresión estaba haciendo Law?
—Basta… calla —suplicó. Mejillas calientes, sonrosadas. Cerró los ojos, no aguantaba más. Tan vulnerable, tan abierto como un libro. Luffy conocía cosas de Law que ni él mismo imaginó hacer y ahora se las echaba en cara.
Sabía tocarle, ya no existía esa duda. El pulgar jugueteó con su uretra, esparciendo preseminal por todo el glande. Apretó suave para mover el prepucio ante los masajes y los movimientos al ritmo de las embestidas. Cuando Luffy golpeaba profundo, su mano subía. Cuando estaba por salir, bajaba. Era enloquecedor. No estaba preparado para tanta experiencia, para tantos toques.
Estaba por llegar, se vendría de nuevo.
Mordió sus labios, ya no quería escuchar sus propios gemidos.
Sollozaba, era patético, era tan placentero y abrumador.
Entonces Luffy se detuvo.
Ambas manos estaban devuelta en sus caderas.
Law quería protestar, pero era incapaz de mirarlo, no quería saber qué expresión satisfecha estaba haciendo el idiota.
La caricia de una barba paseó por sus clavículas y una lengua volvió a lamer y a tirar de sus pezones. Dientes suaves, dientes que dejaron marca sobre tatuajes.
Law tenía la voz rota, temblaba.
Shishishi…
Esa estúpida risa.
Luego un tarareo travieso.
Oh, no, ¿qué vendría ahora?
Law tuvo que abrir los ojos.
Pero nada lo preparó para lo que estaba viendo: para el par de ojos amarillos que aparecieron frente a él. El cabello negro convertido en blanco, un blanco prístino como el de las nubes. Tocar a Luffy era como tocar algo mágico, como un hormigueo que lo recorría por completo. Poco a poco, ese rostro se fue haciendo más amplio, como si la escala de Luffy aumentara, y vaya que lo estaba haciendo.
—¡Espera! ¡Lu-Luffy! —Law tembló atónito y asustado. En su interior, el miembro de Luffy crecía a la par que él. Se estancó hasta sujetar con manos enormes la cintura de Law.
—Confía en mí… —murmuró, su voz rebotaba como si en vez de provenir de su boca, naciera dentro de Law.
Era una fe ciega.
Luffy era inmenso ahora, como una deidad que lo estaba sosteniendo como a un animal herido.
Law se sentía como un pájaro herido. Sus piernas encajaban en la cadera de Luffy.
El abdomen de Law se extendía para albergar al miembro que lo abría lo suficiente como para creer que jamás volvería a cerrar sus piernas.
No había dolor, solo la sensación de estar completo.
Como nacer de nuevo y estar conectado al mundo, a un mundo donde solo existía para ser tomado por Luffy.
Ese cabello blanco se movía como una fogata, la misma que estaba encendida en Law.
Se sentía bien, como si todo su cuerpo ahora fuera para albergar a Luffy, todo de Luffy. Los movimientos eran lentos hasta que Luffy notó que Law superó el shock inicial y estaba volviendo a babear. Sus manos se aferraron a los dedos que envolvían su torso. Estaba cegado ante la sonrisa imposible que Luffy le daba.
Necesitaba más, jadeaba por mucho más.
¿Era posible?
¿Creía flotar o realmente estaba suspendido, desafiando la gravedad?
Estás alucinando.
Law murió, sí, esa era la respuesta en definitiva.
Murió y su alma estaba en un infierno donde siquiera tenía control de su propio cuerpo.
Era el juguete de Luffy, para el goce de Luffy. Estaba encantado de serlo.
¿Era la tercera vez que se corría?
Law siquiera podía volver a endurecerse, pero así, en cuatro patas mientras saboreaba el índice de Luffy, sintió un orgasmo tomarlo. Ese índice era tan grande como el pene de Law, le daba a su boca un estímulo, una forma nueva de posesión. Sollozó de dolor, porque la explosión en su vientre llegó fuerte mientras una nueva carga de la esencia de Luffy lo llenaba. Debía detenerse, pero solo quería seguir, seguir, seguir…
Law despertó.
No, nada de su barco ni de su tripulación.
La cabaña seguía allí.
Los recuerdos de todo lo que parecía un sueño lo golpearon de repente. Miró nervioso a Luffy, quien estaba sentado en la cama, comiendo un trozo de carne con una mano mientras la otra acariciaba el cabello de Law. Volvió a la normalidad, al Luffy de sonrisa tonta, a pesar de la barba y los rasgos maduros.
Law notó que su cuerpo olía a jabón. Estaba limpio, vaciado.
Luffy usaba la bermuda desteñida.
Law reposaba en su regazo, dejándose mimar por caricias delicadas.
Tenía la espalda entumecida y él era demasiado consciente de su agujero, el cómo punza el recuerdo de todo lo que vivió.
Se sentía como una botella a la deriva.
Uno, dos, tres…
Respiró profundo, calmó los latidos de su corazón.
Quizá fuera amnesia.
Debe reconstruir de a poco su memoria.
Más tarde obligaría a Luffy a contarle los últimos veinte años de su vida.
Por ahora, quería seguir sintiendo esas suaves caricias antes de levantarse como cada mañana a hacer el desayuno.
Espera, ¿qué?
