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Language:
Español
Stats:
Published:
2022-12-24
Completed:
2023-01-04
Words:
6,422
Chapters:
3/3
Comments:
23
Kudos:
166
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3
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1,404

Bocón

Summary:

Emiliano “Dibu” Martínez es conocido por sus festejos amados en Argentina y odiados en Europa. Vos no tenes opción más que odiarlos porque hacen que tu trabajo como jefa de Relaciones Públicas del club atlético Aston Villa 10 veces más difíciles.

Notes:

saludos a la mujer del dibu ojalá me perdone por esta guarangada.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

Dejaste salir un largo suspiro mientras apoyabas el diario en tu escritorio. El bocón había estado hablando de más, otra vez. A tan solo días del comienzo de la nueva temporada de la Premier League el arquero de tu equipo, ahora campeón mundial, ha sido nombrado “La persona más odiada en el fútbol”. Buenísimo. Ahora el director técnico del Aston Villa, el equipo para el que trabajabas como jefa del departamento de relaciones públicas, quería tener una charla sobre sus celebraciones y se hablaba de que posiblemente sea declarado persona no grata en Francia. Y aunque ser ciudadano ilustre de Mar del Plata y una de las personas más amadas de la República Argentina te venía bárbaro para la publicidad, ya no estabas en tu país y tener como enemigos a la mitad de los equipos europeos hacía tu trabajo diez veces más complicado.

 

Colocaste tus manos sobre tu rostro para dejar salir un grito ahogado antes de levantarte de tu silla. El equipo ya estaba entrenando y sabías que Emiliano Martínez, “Dibu” para algunos “Pelotudo” para vos, ya se encontraba en el predio. Saliste de tu oficina y te encaminaste hacia donde se encontraban los jugadores, supusiste que estaban bajo techo ya que el clima inglés había decidido ser aquello por lo que era reconocido mundialmente: una mierda. La lluvia no daba tregua y se hacía dificultoso hasta mirar por la ventana, sin embargo, te sorprendió ver al arquero que buscabas corriendo bajo el torrencial. 

 

Ah, ahí lo tenes al castigo. 

 

Lo prometido es deuda y se ve que el director técnico había cumplido con su promesa. No pudiste evitar sonreír, ver al hombre que arruinaba tu vida con cada palabra mal medida sufriendo te producía una satisfacción inmensa. Continuaste caminando, ahora dirigiéndote afuera, rezando para que haya algún paraguas cerca de la puerta, porque el tuyo lo dejaste en tu oficina. 

 

Obviamente nada podía salir a tu favor porque no había ni señales de un paraguas ni de gente. Tanto el equipo técnico como el resto de las trabajadores del predio se encontraban seguramente refugiados del torrencial inglés. Dios maldiga el día que decidí trabajar en Birmingham . Al principio te había resultado muy divertido, ya que te hacía acordar a la serie Peaky Blinders pero al minuto que te diste cuenta que vivir en la ciudad inglesa no implicaba conocer a Cillian Murphy comenzaste a arrepentirte. Igual, no importa si no hay paraguas, si este boludo puede correr bajo la lluvia vos también podrías. Estabas bien abrigada e incluso si te llegabas a enfermar podías trabajar desde tu casa, no hacía falta estar en el mismo lugar que Martínez para arreglar sus quilombos. 

 

Las gotas te pegaron como si fueran piedras el segundo que pusiste un pie afuera. Pero la puta madre que me re pario. Para evitar morir bajo el agua empezaste a correr hacia al hombre. 

 

—¡Martínez! ¡Martínez!.

 

Que rápido corre este hijo de puta.

 

Bueno, puede que vos tampoco seas la persona más atlética del mundo, aparte él mide 1, 95 y tenía las piernas largas, vos no le llegabas ni al pecho. 

 

—¡Martínez! ¡Para un poco pelotudo!

 

Se ve que el insulto sí lo escucho porque inmediatamente se giró para verte. La sonrisa más grande y burlona que habías visto en tu vida se extendió por todo su rostro cuando te reconoció. Seguiste corriendo para llegar a donde estaba. Ni se movió el hijo de puta.  

 

—Buenas.

 

Le pegaste en el brazo.

 

—¡Para loca que te pasa!

 

—No te hagas el que te duele que ni te toque tarado.

 

Emiliano se frotó el brazo mientras hacía un puchero, fingiendo estar dolido.

 

—Que mala que sos, ¿No sabés que me re duele cuando me lastimas? 

 

Revoleaste los ojos. Le encantaba hacerse la víctima. Que tipo pesado.

 

—Sos un pelotudo flaco ¿Vos entendés lo que hiciste? ¡Sos persona no grata en Francia!.

 

El arquero se encogió de hombros despreocupado.

 

—Que exagerada que sos, seguro no terminan haciendo nada. Ni confirmado esta.

 

Sí, era verdad que no estaba confirmado, y sí, por ahí también eras un poquitito exagerada.

 

—El hecho de que exista la mínima posibilidad de que no puedas entrar a Francia es suficiente para que te cagues en las patas, porque nos llega a tocar jugar ahí y cagamos sin vos, nos meten 7 goles.

 

—Primero que nada, imposible que tengamos que jugar en Francia sos re fantasiosa.

 

Le pegaste otra vez. Que atrevido. ¿Cómo te va a decir fantasiosa?.

 

—Segundo, auch. Y tercero…¿en serio pensas que sin mi nos meten 8 goles?

 

El hombre acortó la mínima distancia que había entre ustedes y se inclinó hacia adelante, forzandote a tener que esforzarte aún más para mirarlo a los ojos. Tenerlo tan cerca te provocaba una sensación totalmente extraña, era asquerosa e incómoda y siempre que pasaba te querías morir, pero después, a la noche, cuando pensás que tus pensamientos ya son delirios subconscientes, rezas para poder sentirla otra vez y tenerlo cerca. Tragaste saliva con fuerza. Por lo menos es tan alto que me tapa de la lluvia. Pero ya no sentías la lluvia, ni podías escucharla, parecía que el corazón se te iba a salir del pecho.

 

—Yo no dije eso. 

 

—Sí.

 

—No, no, yo dije que nos metían 7 goles, no 8. 

 

Tenías que alejarte ya. Así que te diste vuelta y comenzaste a caminar rápidamente hacia adentro.

 

—¿Ves que sos un estupido? Ni podes escuchar bien. Solo sabés decir pelotudeces.

 

A pesar de la lluvia escuchaste los pasos del hombre que te seguía, decidido a seguir molestándote.  

 

—Bueno, 7, 8,  es lo mismo. Lo importante acá es que vos pensás que yo soy indispensable.

 

No te daban las piernas para caminar más rápido y Emiliano consiguió seguirte el paso sin mucho esfuerzo. Le agradeciste a Dios que todos los pasillos estaban vacíos y que el camino hacía tu oficina era bastante corto. 

 

—No, no pienso que vos sos indispensable. Pienso que tener un buen arquero es indispensable.

 

—Ah, entonces pensás que soy un buen arquero. 

 

Por favor Diosito matame ahora. Cerraste los ojos irritada, no querías verlo porque sabías por su tono de voz que estaba sonriendo. Lo retabas mucho por no saber cerrar la boca, pero vos tampoco eras muy buena para medir lo que decías.

 

—Bueno, no, es que, objetivamente hablando, digamos que, bueno, ganaste la copa del mundo viste, que se yo, tenes el guante de oro…digo.

 

Estabas diciendo cualquier cosa, caíste en la trampa como una idiota y ahora estabas tartamudeando y tratando de evitar su mirada que buscaba enlazarse con la tuya desesperadamente. 

 

—¿Tanto te cuesta admitir que muy, muy, muy adentro tuyo pensás que soy buen jugador? Mira, a veces pienso que me queres. Siempre buscandome, aunque es para retarme no importa porque a los demás nunca los retas así.

 

Desubicado, prepotente, idiota, pelotudo, bocón. Sentías como la bronca se expandía por todo tu cuerpo y te impulsaba a caminar más rápido. Ya podías ver la puerta de tu oficina, unos pasos más y te lo podías sacar de encima.

 

—A los demás, querido, no los reto como a vos porque no son como vos.

 

—¿Ah, no? Y a ver, ¿cómo soy yo?

 

—Desubicado, prepotente, idiota, pelotudo, bocón, arrogante, mal educado, y y y… 

Habías repetido las primeras cinco palabras tantas veces que ya era como un mantra para vos, sin embargo la calentura del momento te hizo comenzar a decir más insultos, pero rápidamente te diste cuenta que las palabras que querías decir para describirlo no eran muy insultantes. Eran esas palabras que repetías a la noche cuando le pedías al universo poder volver a tenerlo cerca, las palabras que te decías eran mentiras de tu subconsciente, que te estabas confundiendo el odio por el amor. 

 

—¿Y? ¿Y qué?

 

La puerta de tu oficina estaba al alcance de tu mano. Tiraste del picaporte y entraste rápidamente a la habitación para tratar de cerrarle la puerta en la cara del hombre. Pero él fue más rápido, siempre fue más rápido para todo, hasta para darse cuenta de tus verdaderos sentimientos. Ahora, casi sin darte cuenta, te encontrabas encerrada en el mismo lugar que Emiliano Martínez y Dios sabrá el desastre que podía llegar a ocurrir. 

 

—Y y y…

 

No podías pensar, tu cerebro se negaba a formar algún pensamiento coherente mientras Emiliano se acercaba cada vez más a vos, acorralandote contra tu escritorio.

 

—¿Y y y?

 

La misma letra que no podías dejar de repetir se volvían contra vos en un tono cada vez más bajo, convirtiéndose en un punto en algo sensual, un susurro que significaba más de lo que parecía. 

 

Te dolía la cabeza, estabas mareada. Tu cuerpo ya había chocado contra el escritorio y el suyo no tardó en encontrarse en el mismo lugar, manteniéndote aprisionada entre sus fuertes brazos que se encontraban posicionados uno a cada lado de tu cuerpo, apoyados sobre el escritorio. 

 

—Y…y…

 

Ya no podías hablar, tu boca se rehusaba a moverse y lo único que podías hacer era tratar de respirar y mirarlo. Solo podías mirarlo. Lo mirabas mucho, siempre lo miraste mucho, desde el primer día que lo viste no pudiste desprender tu mirada del hombre. Su cuerpo, sus ojos, sus labios. Dios sus labios , no podías dejar de mirar sus labios. Y tal vez si hubieras podido, hubieras visto como él dejaba de respirar, la manera en la que te miraba con los ojos casi llorosos llenos de miles de sentimientos que había tenido que reprimir desde el primer encuentro. 

 

El aire estaba cargado de tensión, hace rato que habían dejado de escuchar la lluvia, la única prueba de su existencia siendo sus cabellos y ropas mojadas, ambos conteniendo la respiración. Parecía que la tierra había dejado de moverse para que cada criatura en ella pudiera detenerse y ser testigos de este momento decisivo en las vidas de estas dos personas. Había dos maneras en las que podía terminar este encuentro: la primera, y la más probable, es que se den cuenta de lo que está sucediendo y se separen, la segunda, y la más deseada, es que se liberen de todo pensamiento racional y se dejen llevar por sus sentimientos. 

 

Si alguien hubiera apostado sobre quien iba a ser el primero en cruzar la línea invisible que los separaba seguramente hubiera apostado por Emiliano Martínez, el intrépido arquero argentino. Pero esa persona hubiera perdido, ya que fuiste vos, controlada y lógica, la que se dejó llevar y cruzó esa línea.

 

Tomaste su cara entre tus manos para poder entrelazar sus labios en un beso desesperado cargado de odio y lujuria, de cada sentimiento reprimido, de cada insulto, de cada burla. Él respondió confundido al principio, pero rápidamente posó sus manos sobre tu cintura para poder tocarte como siempre lo había deseado. 

 

El beso se volvía cada vez más profundo, no sabías hace cuánto tiempo habías dejado de respirar, tampoco creías que lo necesitabas, poder tener entre tus brazos al hombre que ocupa cada uno de tus pensamientos era suficiente para vivir. Emiliano rompió el beso para poder besar tu cuello mientras sus manos acariciaban y apretaban cada parte tu cuerpo. Rápidamente los abrigos que los habían protegido de la lluvia comenzaban a desaparecer. Querías desnudarlo por completo, pero sabías que no había tiempo: él debía regresar al entrenamiento, es más, debería estar entrenando y no toqueteandose con vos. 

 

Desesperada metiste la mano bajo su ropa interior.

 

—Ah bueno ni lenta ni perezosa.

 

No pudiste ni disfrutar tener su pene erecto entre tus manos que su voz burlona te distrajo. Con tu mano libre le pegaste en el brazo.

 

—Callate antes de que me arrepienta tarado.

 

—No te vas a arrepentir.

 

Paraaa ¿quién sos?

 

No llegaste a devolverle la burla que ya te estaba besando otra vez. Solo por esta vez se la ibas a dejar pasar. 

 

Mientras vos le bajabas el pantalón deportivo para liberar el camino él te desabrochaba el pantalón. Acercaste las caderas para tratar de sentir algo, un poco de fricción, lo que sea. Estabas tan cerca de tenerlo dentro tuyo que te dejó de importar que iba a pensar de vos al ver tu desesperación.

 

—Para, para.

 

Tu decepción era evidente cuando Emiliano se separó ligeramente de vos.

 

—No tenemos forro.

 

El pánico te invadió momentáneamente antes de recordar que tenías el DIU. 

 

—Tranqui que tengo el DIU y encima estoy empastillada. 

 

—¿Estás segura?

 

En ese instante cualquier indicio de que habías recibido una clase de educación sexual se desvaneció. Sabías que no era muy sensato tener relaciones sexuales con alguien por primera vez sin condon, pero la desesperación te nublaa completamente el juicio.

 

—Si, por favor no doy más.

 

Emiliano se rió bajito, le ibas a pegar otra vez , pero no alcanzaste a levantar la mano que él ya se había introducido dentro tuyo.

 

El mundo se detuvo. Los minutos se ralentizaron hasta convertirse en incalculables e interminables. Lo único que escuchabas eran sus gemidos, el ruido que hacía sus pieles chocando, su respiración entrecortada. Lo único que sentías era un sentimiento indescriptible de satisfacción y lujuria. Tus manos en su cabello, sus largos dedos haciendo círculos sobre tu clítoris, sus labios sobre tu cuello, tus piernas alrededor de su cintura. No sabías donde terminaba él y empezabas vos y no querías saberlo.

 

No estás segura ni cómo fue que ambos lograron alcanzar el clímax al mismo tiempo. Sentías que había pasado un milenio desde que lo fuiste a buscar al campo de entrenamiento, el placer confundía tu mente y no te dejaba pensar.

 

Finalmente Emiliano se separó por completo de tu cuerpo, no sin antes depositar un beso tan tierno sobre tus labios que casi te hace llorar.

 

—Tengo que ir a entrenar.

 

—Te van a hacer dar mil vueltas más abajo de la lluvia.

 

—No me importa.

 

Lo miraste confundida.

 

—¿No?

 

—¿Cómo me va importar algo después de esto? Estoy tan contento que podrían pedirme que corra desnudo debajo de la lluvia y yo lo voy a hacer sonriendo.

 

Te tapaste la cara con las manos para que no vea la sonrisa de tonta enamorada que apareció sobre tu rostro. Emiliano te sacó las manos con un riéndose y te besó otra vez. 

 

—Anda tarado, anda.

 

Le pegaste en el bazo, pero la risa del arquero no cesó mientras se alejaba definitivamente de tu oficina. 

 

¿Qué tenías que hacer? Ah, sí, arreglar su quilombo. Que tipo pelotudo