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Cuando aún era un niño, en los tiempos en que su madre lo acobijaba en su pecho y recitaba la dulzura maternal sin que se avergonzara, recuerda haber escuchado una historia de una niña un poco mayor que él, en una de las tantas fiestas a las que le obligaban a asistir.
Aunque los años volvieron borrosas sus memorias y las palabras de la chica se ahogaban en la neblina de su mente, recordaba con inusual claridad haber salido despavorido de allí, posiblemente a las faldas de su madre. De hecho, eso era algo que preferiría olvidar.
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Apenas salió del salón, el brazo de Sirius se le clavó en sus hombros, presionando intencionalmente todo su peso sobre él.
– Oh, Jamie, la siempre virgen y mimada Jaime – cantó sobre él, tan apegado que su aliento mentolado chocaba contra su mejilla– En verdad que la tienes tan jodida. Creo que hasta comienzo a sentir algo de pena por ti.
James se quejó, empujándolo duramente para bajárselo de encima y, si tenía suerte, tumbarlo. Él bien sabía que estaba en medio de un conflicto del que no se le ocurría en absoluto cómo arreglar.
Hace ya dos semanas que Lily le venía cortando el rostro, ignorándolo de una manera tan evidente que las otras casas habían empezado a burlarse de él. Era frustrante e irritante, incluso él mismo declaraba frente a sus amigos que el asunto le parecía una completa ridiculez.
Apenas daban sus primeros pasos en esa especie de relación no oficial, con citas furtivas y torpes besos que explotaban su pecho en mil sensaciones. A decir verdad, no supo exactamente cómo consiguió dar ese avance decisivo. Fue una sorpresa enorme para él, y aún más grande para sus amigos, cuando con una voz desinteresada le aceptó el ridículo ramo que le tendió con sonrisa coqueta. Al momento en que probó suerte y le pidió salir juntos el fin de semana a Hogsmeade, poco le faltó para saltar por los aires al recibir nuevamente una asertiva.
Es por ello que encontraba tan terriblemente frustrante el hecho de estar enemistados. Todo había iniciado con un pequeño desacuerdo que condujo a una discusión en la que se quedó con la palabra en la boca.
Oh, su Lily era muy bonita; tan hermosa como inteligente y por sobre todo orgullosa. No le dio ni la oportunidad de hablar, pues siempre terminaba volteando su rostro y arrastrando a sus amigas lejos de él.
Tenía la impresión de que aquella escena se repetiría por el resto de la eternidad, o al menos hasta que se disculpara, cosa que no pensaba hacer. Él también tenía su orgullo y no era para nada pequeño.
Suspiró sobre su propia pena, revolviendo su cabello con excesiva fuerza, incrustando sus uñas en el cuero cabelludo. Sus clases de la mañana habían concluido, en donde claro, Lily lo evitó sentándose al lado de Mary Macdonald. Esta no disimuló sus gestos provocativos, teniendo el descaro de apuntarle con una burla en la punta de la lengua que, por supuesto, le susurró a Dorcas tras suyo, y entre ambas empezaran a reírse en su cara. La pelirroja no se dignó a voltearse en ningún momento, cepillando sus mechones rojizos para usarlos como una especie de barrera en su contra.
Pensó que tal vez podría intentarlo en el comedor; acercarse y hacerle ver que estaba siendo terca, pedirle que dejaran el asunto de lado y simplemente continuaran como antes. Pero como debió de esperar, la leona no dejó posibilidad, dirigiéndose a la zona más apartada y repleta posible de su mesa, siendo seguida por sus fieles amigas, que aprovecharon el momento para volver a mofarse de él. Notó a su vez cierto resentimiento en la expresión de Meadowes cada que le veía. No se sorprendió mucho por eso, ella siempre fue bastante protectora.
– Tranquilízate amigo, en algún momento se les bajarán los humos a Evans y dejará de ser tan obstinada– le apoyó Sirius, dándole unas cuantas palmadas sobre su hombro.
Suspiró apartando los desprolijos mechones de su frente. No creía que eso fuera a pasar, y comenzaba a creer que la única forma de volver a tener paz con su chica era ser él quien elevara la bandera de rendición.
– Ya la conoces, Canuto– masculló, tomando un trozo de carne, balanceándolo de un lado a otro sobre su plato antes de probarlo– En el mejor de los casos me dejará acercarme lo suficiente para disculparme y con suerte, lo acepte a la primera.
No hizo más que picar otra vez su almuerzo cuando Sirius, en una obvia mueca de desagrado, se burló de él.
– Parece que estás hasta las bolas de Evans, amigo. A la próxima te daré un collar de perros para que tu chica te cuide mejor.
– Jódete, Sirius– gruñó, empujándolo débilmente, sin remarcar nada más. Sirius volvió a bufar.
– De nuevo, James, ¿de quién dices que fue la culpa?– una mirada de molestia fue lo que obtuvo Remus como respuesta.
– No me mires así. No me estoy poniendo de su lado.
– ¿Entonces por qué tienes que volver a preguntar?– objetó ligeramente ofendido, recostándose sobre el hombro de su amigo pelinegro– No fue mi culpa. No fue de ninguno de los dos.
– Es que como siempre pareces estar cagándola cuando se trata de Lily, es obvio que pensemos que fue tu culpa, Prongs– señaló Peter, bebiendo un poco de jugo, volteando de vez en cuando la mirada hacia la mesa de los tejones.
Tuvo que enderezarse cuando las agitaciones en el cuerpo de Sirius por la risa le incomodaron. Remus a pesar de ser más discreto, no tuvo la mínima intención en disimular la gracia en su rostro.
– ¿Ahora tú también, Pett?– gimió, elevando los ojos– De que sirven las serpientes si los tengo a ustedes.
Entre charlas y bromas, se dejó llevar por los constantes temas de conversación, olvidando el problema que lo venía irritando. Al menos hasta que lo vio a él.
Dejó de prestar atención a lo que comentaba Remus cuando notó a Snape entrar junto a los Slytherins que veía rodear casi siempre al pelinegro.
– Ahí va de vuelta – pensó. Observando cómo su cabello iba amarrado en una cinta fina; en esta ocasión se trataba de un carmín. Contrastaba perfecto y resaltaba en lo oscuro de su cabello.
Lo había notado desde hace poco más de semana y media; Snivellus, que siempre había mantenido su cabello suelto, cubriéndole el rostro como cortinas espesas, había comenzado a amarrárselo hace unos pocos días con diferentes cintas de colores.
Solía variar un poco el estilo. El lunes, la primera vez que lo notó, se había hecho una coleta desprolija, otros días era la mitad de su cabello y en una única ocasión una trenza. Aunque nunca lo vio amarrarse el cabello el viernes o el fin de semana cuando se lo topaba por los pasillos. Seguía manteniendo ese brillo grasoso por el que tantas burlas le hacían, aunque más controlado que antes y sin dudas, el que llevara el cabello recogido le ayudaba a disimularlo aún mejor.
Se sobresaltó cuando la oscura mirada chocó con sus ojos, notando como a los segundos fruncía el ceño, enviándole lo que suponía fueron claras intenciones de odio. Instantes después, la intensa mirada viajó a su costado para ser apartada con rapidez.
– ¿Buscando algo de diversión para desestresarte, Prongs?– la profunda voz de Sirius lo sacó de sus pensamientos, sus ojos brillando en excitación por la idea de una travesura.
– No– intervino rápidamente el hombre lobo, un tono desaprobador en sus palabras– Lily ya está lo suficientemente molesta para que lo empeores metiéndote con su amigo, James.
– Merlín, Remsy– bufó, revolviendo su cabello– Ni siquiera he dicho algo y ya estás saltando a defenderlo.
– No lo defiendo– murmuró, frunciendo las cejas– Pero creí que ya habíamos dejado de meternos con él.
– Pero una que otra broma no le hace mal a nadie– insinuó Sirius, llevando el tenedor tentativamente a sus labios, fijando su mirada en dirección a la serpiente. Remus saltó en su contra.
– Ya tranquilos– apaciguó el ambiente, acomodando sus gafas– Relájate, lunático. Accedí en que dejaría de meterme con Snivellus.
– Snepe– corrigió. James simuló ignorarlo.
– Y no estoy de humor para que Lily me lance a ser el nuevo juguete del calamar gigante sólo por una broma. Tú mismo lo dijiste, ya está lo suficientemente molesta conmigo. Snivellus no lo vale.
Pasó de largo el gesto de Remus al volver a oír el apodo. Pero Sirius resopló, picando a su amigo con quejas por estar de "protector" con el enemigo. Una mini discusión se armó, donde Lupin salió victorioso y Black con una mueca malcriada.
Su vista volvió a vagar por la mesa enfrente y notó como un par de ojos oscuros los miraban con atención. Fingió no darse cuenta, haciendo burlas a Sirius sobre su pobre aspecto.
Se preguntó qué tipo de peinado llevaría mañana Snape. Quizás una trenza, pero quién sabe, podría sorprenderlo con un nuevo estilo.
Era extraña la atención que le estaba brindando a la serpiente, más por la dirección que parecían tomar sus pensamientos que cualquier otra cosa. No estaba acostumbrado a divagar de manera tan pasiva sobre el chico, no era común que pensara en algo más aparte de lo quejoso e insoportable que llegaba a ser. Pero era simplemente divertido el hecho de que alguien tan sombrío y macabro como lo era Snivellus usara listones coloridos; un hecho tan contradictorio que fue inevitable encontrarlo atrayente.
En un inicio, cuando sus ojos cayeron en el brillante listón verde esmeralda que amarraba las hebras negras de su jurado enemigo, se encontraba con Sirius en medio de un paseo por los jardines. Lo encontró tan bizarro, como si ese día la luna intercambiara lugar con el sol y las montañas decidieran volar junto a los pájaros. Había señalado el tema a su amigo, incluso no tuvo reparos en apuntar en dirección al chico, a la espera de que la seductora voz lanzara una broma ingeniosa, algo que nunca llegó.
Black lo había visto, incluso lo observó por unos buenos segundos antes de regresarle la mirada con una ceja elevada y la duda enmarcada en las facciones aristócratas.
– Honestamente, James, no tengo idea de que le ves de interesante. Se peinó, ¿a quién demonios le importa?
Y ese comentario lo hizo sentir tan confundido que pudo sentir sus mejillas calentarse, lo que profundizó aún más el gesto de Sirius. Le hizo cuestionarse si en verdad era algo extraño que tuviera un lazo, o si era él el extraño.
Como sea que fuese, no volvió a comentar nada sobre sus descubrimientos. O como le avergonzaba el hecho de que estaba notando los patrones de peinados de alguien como Severus Snape.
– ¿Estás bien, James?– preguntó entre susurros Peter, robándole su atención– Te ves muy distraído últimamente.
Los ojos azules se mantuvieron fijos en los propios. Expresivos y examinadores a la vez, buscando entre ellos algún signo de inquietud.
Era algo vergonzoso para sí mismo admitir lo incómodo que lograban ponerle las miradas inquisitivas de su amigo; sintiendo la expectativa silenciosa entre esos brillantes iris, como si fuera un deber el decirle la verdad, incluirlo dentro de un grupo en el que claramente ya era parte.
– Sí, Pett. Lo de Lily ya se resolverá– codeó el brazo de su amigo, guiñándole con su coquetería usual– Después de todo, soy todo un galán.
Sirius y Remus a su lado fingieron vomitar. Peter, en cambio, arrugó el entrecejo, como si pudiera ver dentro de él, sabiendo que ese no era el tema que en verdad abarcaba su mente. Aun así, asintió, regalándole una sonrisa tímida entre las regordetas mejillas, gesto que devolvió agradeciéndole su preocupación con un tono empalagoso, revolviendo su cabello hasta que lo empujó con las orejas completamente rojas.
En un descuido, vagando su vista por alrededor, volvió a recaer en Snape. Lucía muy entretenido hablando con el idiota de Rosier, ignorando a todos a su alrededor, incluso paso su mano por su cabello, colocándolo atrás de su oreja como hacían las tontas niñas cuando le coqueteaban al descarado de su amigo.
Al menos eso era en lo que pensaba hasta que distinguió algo más llamativo; dos perforaciones en la parte superior de su oreja, decorado por argollas negras, iguales a opacas obsidianas. Eso era nuevo.
