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—¡La scaloneta la puta que lo parió! ¡La scaloneta la puta que lo parió!
Otro amistoso más que ganaban. No daban más de la euforia y sus gritos lo demostraban.
Las fechas internacionales venían muy bien; aunque seguía siendo su trabajo, todos disfrutaban enormemente de poder juntarse con amigos y reencontrarse con las caras de siempre y otras nuevas, además de festejar con su gente los logros alcanzados.
Lisandro en particular estaba muy contento de volver a verse con Cristian y con Nahuel; era una de las tantas formas en las que él sentía que recargaba energías.
Después del partido y de festejar en la cancha con los hinchas, los tres se dirigieron al vestuario abrazados, entusiasmados por haber ganado y por la joda que se les venía en un rato. Apenas llegaron siguieron hablando, gritando para hacerse oír por sobre el barullo que hacían los demás.
Lisandro y Cristian estaban extasiados, tanto que cuando Nahuel se fue a los baños lo siguieron, pero nunca se metieron a las duchas, a diferencia de su amigo. Se quedaron cerca, charlando totalmente despreocupados.
—Che, mamertos, ¿van a ir los dos con ese olor a chivo a la cena? —Los interrumpió Nahuel una vez que terminó de bañarse y salió con un toallón envuelto en la cintura.
—Daaa, andá a cagar Nahuel, ahora te abrazo y fuiste —Le dijo Cristian con una sonrisa que demostraba que no hablaba en serio. Por el contrario, empezó a desvestirse para entrar a bañarse. Lisandro se rió e hizo lo mismo.
—Bueno dale, apúrense que vuelan las milanesas eh —Con esa última advertencia, se fue.
Todavía quedaban algunos otros jugadores dando vueltas en las duchas y en el vestuario, pero en menor cantidad, por lo que el griterío también disminuyó. Bajo las duchas, Lisandro y Cristian volvieron a colgarse hablando, y cuando cerraron el agua y entraron con toallones envueltos en la cintura al vestuario, sus compañeros habían desaparecido en dirección al comedor y el último de los utileros estaba abandonando el lugar, cerrando la puerta detrás suyo y dejándolos solos.
Intentaron cambiarse rápido para no quedarse sin cena, pero la adrenalina por haber ganado los manejaba. Cristian pudo cambiarse sin grandes problemas, llegando a ponerse el short deportivo y la camiseta de entrenamiento que tenía limpia, así que se sentó a esperar a Lisandro, que tardaba un poco más.
Siempre le pasaba después de un partido ganado. El entusiasmo lo exaltaba un poco. Tuvo que intentar tres veces hasta que logró ponerse bien el boxer blanco y ajustar sus partes, y la fricción le generó un incómodo bulto.
Trató de no darle bola para que se le bajara rápido y se inclinó sobre su bolso para buscar el resto de su ropa. Notó de reojo que Cristian lo miraba, así que giró levemente su cabeza y advirtió que no lo estaba viendo a la cara. Su mirada estaba puesta atentamente en su boxer.
Sonriendo y con ganas de joder, Lisandro se enderezó y lo miró de costado.
—¿Qué mirás, Cuti? ¿Te gusta? —Le dijo en tono socarrón.
Cristian, que hasta ese momento tenía una postura y gesto relajados, levantó la cabeza y lo miró entre sorprendido y burlón. Con lentitud y tranquilidad, se paró enfrente suyo, bien cerca.
—Pasa que con semejante paquete pensé que ahora eras cartero —Le respondió, agarrando su bulto con la mano derecha mientras lo miraba con una sonrisita ocurrente.
Con Cuti siempre hacían ese tipo de comentarios en joda. Pero nunca se habían tocado de esa manera, así que ninguno de los dos se esperaba el jadeo débil, casi lastimero, que salió de la boca de Lisandro.
Este último tampoco se esperaba lo bien que se sintió la mano de su amigo en su miembro. Avergonzado, miró a Cristian, que le devolvía la mirada igual de sorprendido pero con diversión en sus ojos.
—Apa, no te tenía así, Licha —No tardó en recuperarse de su sorpresa, riendo por lo bajo. Una sonrisa de atorrante, de esas que sabía usar bien, se formó en sus labios. Con su mano derecha todavía en su bulto por encima del boxer, levantó su mano izquierda y lo agarró con firmeza de la cintura para acercarlo a él—. La verdad, a mí no me gusta, me encanta —Siguió, sin ningún tipo de duda en su voz— ¿Y a vos? ¿Te gusta? —Susurró, bajando aún más la voz. Todavía quedaba un poco del tono burlón con el que le había tirado el chamuyo, pero ahora tenía un dejo casi seductor.
Lisandro, momentáneamente mudo e incapaz de moverse por el desconcierto de encontrarse en esa situación, le mantuvo la mirada, en la que ahora notaba algo parecido al deseo, y que enseguida se posó sobre los labios del más bajo. Estos se encontraban entreabiertos, y Lisandro respiraba profundamente a través de ellos. No había pasado nada y ya sentía que le faltaba el aire.
—C-Cristian, dale… —Intentó que sus palabras sonaran seguras, pero las escuchó salir teñidas de incertidumbre.
Y ni siquiera pudo terminar la oración, que de todos modos no sabía cómo iba a concluir, porque Cristian arrastró su mano derecha hacia arriba, generando más presión en su miembro con su palma y haciendo que a Lisandro se le escapara otro gemido, más agudo y roto, que no pudo reprimir por lo bien que se sintió. Cerró los ojos y agachó la cabeza, agarrándose de la camiseta de Cristian a la altura de su cintura.
—¿Dale qué, mi amor? ¿Querés más? —Su voz ya destilaba erotismo, y lo escuchó muy cerca de su oído, con los labios casi rozando su oreja. Era demasiado para Lisandro. Se había imaginado en esa situación más veces de las que le gustaba admitir, pero su culpa no le permitía rendirse ante Cristian y gozar de ello.
—D-dejate de joder, boludo —Tartamudeó, en un último intento por negarse aquello que deseaba.
La presión sobre su pija desapareció. Lisandro sintió como Cristian se alejó apenas unos centímetros y casi quiso llorar, arrepentido. Pero el remordimiento no llegó a instalarse en su pecho.
Fue empujado unos pasos hacia atrás por Cristian y chocaron contra la pared. Su mano izquierda agarró su mandíbula e irguió su cabeza, que rebotó apenas contra el material duro. Confundido, Lisandro abrió los ojos y cruzó miradas con el más alto. Estaba serio, concentrado. Pero podía ver en sus ojos la lujuria que él mismo sentía.
—¿Qué hacés…? —Susurró.
Cristian no le respondió. En cambio, levantó aquella mano que había empezado todo, y sin dejar de mirarlo escupió de una sola pero abundante vez sobre su palma. Luego, la bajó hacia el boxer de Lisandro, lo agarró por el elástico y con la mano chorreando saliva se lo bajó hasta que quedó enganchado debajo de sus testículos. Su pija, completamente dura hacía ya unos minutos, quedó al descubierto. Lisandro no tardó en entender lo que quería hacer.
Todavía mirándolo, Cristian alzó una ceja, haciendo una pregunta implícita. Y Lisandro se decidió. Asintió de manera casi imperceptible, y eso fue todo lo que el otro necesitó.
Cristian agarró su pija desde la base y deslizó su mano hacia el glande, en un movimiento apretado y tortuoso que a Lisandro le sacó un jadeo y le hizo cerrar los ojos.
Una parte de él todavía quería decirle que pare, que todavía estaban a tiempo de hacer como si nada hubiera pasado —aunque él quisiera que pasara de todo—, que no quería arruinar su amistad —sí quería, arruinaría todo con tal de poder tenerlo así toda su vida—, pero la mano de Cristian se sentía tan bien, y no podía evitar pensar qué tan bien se sentirían otras cosas.
Así comenzó un vaivén delicioso, con la presión justa y con Cristian alternando movimientos lentos y rápidos. Lisandro gemía bajito, rendido al placer. Le era imposible contener sus ruidos; Cristian lo pajeaba de una manera demasiado buena. Cada tanto reemplazaba los movimientos de su mano sobre toda su pija con movimientos circulares de su pulgar sobre el glande, y a veces se enfocaba en su frenillo, lo que le arrancaba gemidos agudos y humedecía sus ojos ante el desborde de placer que sentía. Por momentos perdía el control de sus caderas, que se movían hacia adelante de manera poco coordinada persiguiendo el orgasmo en la mano de Cristian.
Estaba gozando tanto la paja que cuando escuchó un sonido a lo lejos se asustó. Abrió los ojos, pero le costó ver a través de las lágrimas que estaba conteniendo. Parpadeó un par de veces, y cuando pudo enfocar su vista se encontró con que Cristian lo estaba mirando. Una sonrisa matadora adornaba su cara, y parecía que estaba intentando comérselo con los ojos. Lisandro frunció el ceño; no entendía nada, estaba embriagado de placer, su mente en otra parte, en el cielo, en el infierno, vaya él a saber dónde.
Escuchó el sonido de nuevo, y notó que salía de los labios de Cristian. Era su risa, bajita y grave.
—Como te gusta esto eh —Le dijo Cristian mientras lo seguía pajeando, ahora aumentando la velocidad de sus movimientos y haciéndolo temblar—, si hubiera sabido antes que eras semejante putita sabés como te habría agarrado hace rato —Con la otra mano le acariciaba la mandíbula, en un gesto dulce que contrastaba con sus palabras—. Ojalá te pudieras ver, mi amor, como te retorcés por mi mano en tu pija.
Lisandro cerró los ojos y los apretó para intentar retener sus lágrimas; gimió más alto y movió sus caderas hacia adelante erráticamente, temblando desesperado ante las palabras de Cristian y dándole la razón. Apretó su agarre en la cintura de Cristian y le clavó las uñas. No recordaba una sola vez en la que se hubiera sentido así. Todo lo que había experimentado hasta ese momento era insignificante comparado con su toque.
—Sí, así —Siguió Cristian, bajando considerablemente la intensidad de sus movimientos y retrasando su orgasmo—. ¿Sabés lo bien que la vamos a pasar ahora que sé lo fácil que sos? —Lisandro solo pudo responder con un gemido quejoso, suplicante—. Ya no vamos a poder salir a la cancha, ahora que sé que te puedo tener todo el día así. —Sí, por favor, más, rogaba Lisandro en su mente con lo poco que le quedaba de cordura—. Allá afuera saldrás a matar, pero acá mirá cómo te ponés, mi putita linda. Te toco un poco y ya no te importa nada. Es más, hasta podría entrar uno de los pibes ahora y vos seguirías así, llorando, desesperado por que te toque.
Ante esto último, Lisandro volvió a abrir los ojos, un poco alarmado pero sin poder abandonar ese estado nebuloso de goce en el que se encontraba. Ya no le importaba no poder ver a través de sus lágrimas, que finalmente cayeron, mojando sus cachetes. Negó con la cabeza, angustiado ante la posibilidad de que alguien entrara y su vergüenza terminara con todo.
—N-no, por favor, no —Un quejido patético, entrecortado por gemidos, salió de su boca.
—¿No? —Cristian acompañó su gesto con su propio movimiento de cabeza, negando a la par de Lisandro. Su tono indicaba que estaba complacido con la idea de tenerlo solo para él—. Bueno, mejor que no te vean —Su mano se enfocó completamente en su glande y su frenillo, manteniendo una velocidad pareja pero incrementando el placer al concentrarse en ese lugar—. Así sos para siempre mi puta, sumisa y dócil, y de nadie más —Acercó sus labios a su oído, susurrándole—. Solo mía ¿me escuchaste?
Lisandro no pudo hacer más que responder con gemidos profundos e ininterrumpidos, rendido ante la idea. Sintió a Cristian dejar un leve beso en su lóbulo, para luego empezar a repartir más besos ligeros sobre su mandíbula mientras se acercaba a sus labios.
Cerró los ojos, queriendo experimentar con más intensidad la deliciosa tensión que venía creciendo dentro suyo. No podía más, sentía que iba a explotar. El morocho lo seguía pajeando como los dioses, y no faltaba mucho para que acabara.
Cristian apoyó su frente en la de Lisandro. Llegó a sus labios, pero no los besó. Con el pulgar acarició su labio inferior y presionó un poco, haciendo que Lisandro abriera más su boca y que sus gemidos irregulares se volvieran todavía más desesperados. En cada respiración los labios de ambos se rozaban, apenas separados por el pulgar de Cristian, por lo que nunca llegaban a iniciar un beso. Lisandro estaba tan cerca de la gloria, pero necesitaba algo más. Ese algo por fin llegó cuando Cristian habló.
—Dale, mi amor, acabá —Y Lisandro obedeció.
Chorros de semen empezaron a brotar de manera continua de su pija, cubriendo la mano de Cristian, que nunca dejó de tocarlo. Cristian dejó caer su pulgar del labio de Lisandro y este empezó a gemir más fuerte, sin poder contener sus sollozos de placer. Sintió que su orgasmo se replicaba interminablemente, cada vez con menor fuerza pero igual de satisfactorio.
Pasó lo que él sintió como una eternidad hasta que de su orificio empezaron a salir solo gotitas de semen. Pensó que Cristian la iba a cortar ahí, pero en cambio la presión de su mano alrededor de su pija aumentó levemente y retomó un vaivén tranquilo, suficiente como para que el roce se volviera sufrido por la sobreestimulación. Lisandro ya no sabía si estaba gimiendo o lloriqueando, pero no importó, porque Cristian finalmente lo besó. Fue sutil, apenas labio contra labio, pero aplacó sus gimoteos de manera considerable.
Unos segundos más pasaron hasta que de su pija no salió nada más. Recién en ese momento, Cristian soltó su miembro. Con la otra mano en su cintura, lo acercó todavía más, hasta que terminaron abrazados. Con los ojos cerrados por el cansancio y sus brazos rodeando la espalda del otro, Lisandro apoyó la cabeza en el hombro de Cristian, aprovechando la diferencia de altura que le permitía hacerlo con comodidad. Mientras tanto el más alto acariciaba su espalda.
—Vos no acabaste —Murmuró Lisandro, que apenas unos minutos después, un poco más recuperado, empezó a estar un poco más consciente de su entorno.
—No importa, mi amor —Le susurró Cristian en respuesta—. Estoy seguro que después de comer, alguna solución encontramos —Dijo, risueño, y Lisandro no pudo evitar contagiarse de la felicidad que emanaba.
Tenía razón, alguna solución iban a encontrar.
