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We are not broken

Summary:

Está ubicado justo en el final de la quinta temporada. Aaron y Daryl traen a una superviviente a Alexandría SZ pero tiene una peculiaridad y mucha historia que contar.

Tened en cuenta que fue escrito antes de que saliese la sexta temporada, por lo que los datos no coincidirán con esta ^-^

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Unbelievable

Summary:

Nadie se espera una comité de bienvenida así... Ni una recién llegada tan "especial"

Chapter Text

— No, eso no es posible. He visto levantarse a todos los que mueren, estás mintiendo—sencillamente es inconcebible, piensa mientras le dedica una mirada furibunda a Daryl.

— ¡A la mierda! No os he pedido ayuda, fuisteis vosotros los que me trajisteis aquí. Me da igual vuestro puñetero grupo—ese pequeño cuerpo escupía las palabras como dardos. El policía cambió el peso de una pierna a la otra.

— Perfecto. No hay problemas, te daremos provisiones para un día y…

— No, si pudo salir de ese puto hospital sin que la matasen y ya sabemos que esa escoria es de gatillo fácil—los ojos del cazador se achican y la chica que caminaba en círculos se acerca de nuevo— Tienes que saber algo más.

— Mira, me da igual tu puto problema como si crees que soy Satán hecho mujer pero…— empieza a arremangarse la manga de su camisa izquierda — No estoy ni estaré nunca con ellos.

Anteriormente ese brazo fue un tatuaje hasta la muñeca tipo Yakuza, sin embargo eso es ya un vago recuerdo. La piel está llena de cortes, pinchazos y suturas mal hechas, decenas de ellas.

— No sé por qué cojones no me torné en un caminante cuando ese hijo de puta me mordió—se gira hacia el menor de los Dixon—Que por si tienes dudas—se agacha y desata los cordones de su bota derecha—Lo hizo justo aquí—en cuanto se levanta el calcetín y el pantalón, aparece una hendidura donde debería estar la suave curva de su tobillo—No me convertí en una mierda—mira desafiante a los hombres antes de taparse de nuevo — Ojalá me hubiese muerto en ese puto momento. Así que si crees que lo peor que puede pasarme es estar sola en el bosque perseguida por caminantes—sus ojos se dirigen a Rick—porque no me dejáis entrar en vuestro club, no tenéis ni puta idea de lo que pueden hacerte esos cabrones de los creéis que soy topo. ¡Qué os jodan!—la chica da un zapatazo para colocarse bien la bota y ven su espalda alejarse.

 

—0—

 

— ¿A dónde coño vas?— nota como se tensa, sorprendida.

— No te importa—masculla, emprendiendo la marcha.

— No puedes salir de aquí ahora—Rick frena su avance, interponiéndose en su camino.

— ¿Por? — coloca los brazos en jarra.

— Porque pones en peligro la seguridad del grupo.

— No quedábamos en que no tenía espíritu de animadora—responde sarcástica.

— Me importa una mierda lo que dije, no puedes salir.

 

—0—

 

— No podemos contarles a nadie que es inmune—los hombres se entienden con una mirada y continúan la ronda, tras dejar a la chica avanzar ante ellos.

— ¡Tú!—se vuelve con cara de disgusto.

— ¿Vas a seguir apuntándome con eso?—señala con el mentón a la ballesta.

— ¿Vas a intentar pegarme otra patada de karate?

— No era karate sino krav magá, cazador.

— Bajad la voz y Daryl — le hace una señal con la mano, solicitando que se guarde la ballesta — Bien, ¿cuál es tu nombre?

— D

— ¿D?—Dixon se guarda el arma en la espalda, apoyándose en la camioneta y suelta una carcajada que parece un chasquido.

— Deborah—resopla—Deborah Miller.

— ¿De dónde eres?

— ¿Importa?

— No hace falta, ya nos lo contó a Aaron y a mí—gruñe Daryl hacia la oreja de Rick.

— Quiero escuchárselo a ella—le contradice el policía.

— Vivía en Los Ángeles, era tatuadora y me encantaban los gatos.

— ¿Encantaban?—pregunta curioso, alzando las cejas.

— Antes me gustaban—se aclara la garganta — Pero tras el apocalipsis, me comí unos cuantos—percibe con el rabillo del ojo la media sonrisa del trampero.

 

—0—

 

No recordaba cuándo se había desatado la locura pero sí el último trabajo que hizo: una chica preciosa, pelirroja, vestida al estilo pin-up y que quería completar su colección de tatuajes horror con un zombie de aspecto bobino masticando un cerebro de un color verde fosforito.

La chica aguantó bien el dolor tras la veteranía de los 15 tatuajes anteriores y pudo acabar en dos sesiones de dos horas. Ambas quedaron contentas y esa tarde, Debs se fue a casa ignorando de nuevo los chismes sobre una enfermedad contagiosa.

Al día siguiente, no pudo salir de casa. Los coches colapsaban cualquier calle de la ciudad y se instauró el estado de excepción.

Había escuchado los primeros rumores mientras disfrutaba de las dos semanas de vacaciones en casa de sus padres, al otro lado del charco, no obstante pensó que sólo se trataría de un par de freaks montándose su particular película.

Ver la cara de Norman a la vuelta le hizo reconsiderarlo por un momento, sin embargo su viejo amigo no pensaba irse de LA por algo que el ejército acabaría controlando tarde o temprano, según sus palabras de marine veterano.

Así que sus preocupaciones volaron en el mismo momento en el que se subió a la Harley y abandonaron el LAX.

 

—0—

 

— ¿Cuántos caminantes has matado?

— Muchos.

— ¿Cuántas personas has matado?

— No lo recuerdo.

— ¿Cuántas personas has matado?—repite el alguacil.

— Define personas—la tela que envuelve sus manos hace ruido al contraer los dedos en puños.

— Vivos—ataja Daryl.

— No los suficientes.

— ¿Por qué?

No contesta inmediatamente, flexionando y contrayendo las falanges con parsimonia.

— Porque ya no eran personas aunque lo parecieran.

Se alejan un par de pasos, manteniendo a la chica a una distancia prudente que les permitiese contrarrestar cualquier posible ataque. Ya había demostrado antes su rapidez y fuerza con el menor de los Dixon, el cual lucía un moretón en el mentón y cojeaba un poco tras su “encuentro”.

— ¿Tú qué opinas?

— Tiene huevos, ¿confías en ella?

— Si de verdad es capaz de sobrevivir a la mordida de un caminante—Daryl acerca la cara a la de Rick sin dejar de vigilar a la mujer— es valiosa.

— ¿Crees que dice la verdad?

El cazador busca los ojos oscuros de la mujer, la cual permanece con los brazos cruzados sobre el pecho mientras patea una piedra.

— Es una mentira demasiado estúpida para inventársela y parece una chica lista.

— Bueno, Eugene…

— Ya—mordisquea la piel de su dedo pulgar alrededor de la uña—Cuando Aaron y yo la encontramos se las arreglaba muy bien. Él opinaba que tenía la mirada de una superviviente de verdad y que no parecía mala persona.

— ¿Y tú?

Vuelve a fijar la vista en ella y siente lo mismo que cuando cruzó su mirada con la suya antes de acabar tendido en el suelo.

— Cuando nos acercamos por primera vez me hizo una llave y tiró a Aaron de un golpe en un abrir y cerrar de ojos. Huyó durante cuatro días hasta que se quedó atrapada en medio del paso de una manada y la rescatamos.

— No me has contestado, Daryl, ¿crees que podemos confiar en ella?

Ella soporta su análisis, facilitándole las cosas al rastreador. Conoce esa mirada, la veía en el espejo cuando se afeitaba.

— Creo que si de verdad se hubiese querido marchar, ninguno de nosotros podría haberla detenido sin disparar.

 

—0—

 

— ¿Vivías sola en Los Ángeles?

— Soy hija única. Mis padres residen, si siguen con vida, en Europa.

— ¿Cuándo los vistes por última vez?—la mujer levanta la vista de su tarea de afilar su espada.

— Volví unos días antes de que se empezasen a comunicar las recomendaciones de viajar hacia los centros.

— Entiendo—Michonne ensaya un par de cortes en el aire— ¿Y cómo has llegado a Washington? —Deborah baja la vista y desata una de las vendas que cubren sus manos. La envuelve de nuevo, con fuerza, protegiendo sus nudillos y atándola en la muñeca tras dos pasadas. Terminado el trabajo, desanuda la otra—De acuerdo, todos tenemos secretos.

 

—0—

 

— ¿Qué tal estás? Lamento que esto ya no se parezca a las fotos.

Le cae bien pero no puede permitirse bajar la guardia, no puede confiar en los vivos. Finge que no ha escuchado a Aaron y agarra con fuerza el mango del hacha. No tarda en oír las desagradables respiraciones y gruñidos de aquellos que fueron algo y ya no son.

 

—0—

 

Corre, siente los latidos de su corazón martilleándole en las sienes. Busca a su compañero o algún atisbo de él: su coleta blanca a media espalda, su chaleco de cuero, sus puños americanos,… Quiere gritar pero eso sólo alertaría a los mordedores de su posición.

La noche está tan jodidamente oscura que no existen sombras que puedan ayudarla. Sus piernas intensifican el ritmo, sorteando troncos y piedras.

Él no puede escapar a esa velocidad, ¡Dios Santo!, tiene casi sesenta años y una orgullosa barriga que siempre tapaba la hebilla de águila de su cinturón.

Se para de repente y gira sobre sus talones. No puede dejarle atrás, él le ha salvado la vida demasiadas veces.

En un momento la oscuridad le devuelve la cacofonía de al menos una decena de caminantes, los percibe en sus oídos antes de verlos, lanzando bocados al aire.

Les golpea con la lanza, asesta patadas y puñetazos sin embargo se levantan una y otra vez.

No puede ver a Norman, no le escucha, se siente… Se siente tan…

 

— ¡Hey, hey, despierta!

Sus manos se clavan en los brazos que la sujetan antes de abrir los ojos. El instinto de acercar y golpear se congela al conectar con la mirada fiera de ojos azules del rastreador.

— Fuera lo que fuera, no era real—la suelta sin quejarse por las marcas de uña que ha dejado en sus antebrazos. No tiembla aunque ve el terror empañando sus ojos y le provoca ese pellizco en el estómago, el del instinto diciéndole que no se equivocaba.

— No—emite, reincorporándose—Ya no.

No le pregunta si está bien, únicamente la observa y utiliza las palabras mínimas y necesarias. Del grupo es el más enigmático, el que sigue yendo más a su rollo y aunque el sentido común (y su padre, si sigue vivo) le pondría rápidamente la etiqueta de “no es de fiar”, a ella le es mucho más fácil estar a su lado que al de cualquiera de los otros.

Se levanta, doliéndose de la rodilla y antes de que Deborah pueda musitar una disculpa, le tira su manta y sigue con la guardia.

Se arrebuja en la manta extra y se hace la dormida aunque sabe que hoy verá el amanecer sin cerrar de nuevo los párpados.

 

—0—

 

— La chica nueva—gruñe para que continúe al tiempo que sigue revisando sus flechas—no ha contribuido con nada desde que ha llegado.

— Mató unos cuantos cabrones antes de que saliésemos de Alexandría.

— Bueno, todos lo hicimos. Eso no es contribuir.

— ¿Ahm, no?

— Es supervivencia, si no se defiende, muere.

— Le salvó el culo a Aaron—ella disimula mal una sonrisa—Para, Carol.

— Bien—tose y se recompone—Sólo me pregunto qué puede aportar al grupo además de otra boca que alimentar—con un gesto de la mano, le pide silencio—Y defenderse con un hacha—se ríe de manera cínica—Si ni sabe disparar.

— ¿Cómo lo tienes tan claro?

— No tenía un arma y la que le dimos, aún no ha salido de su funda.

Coloca cuatro saetas en el almacenamiento frontal de la ballesta y mete el resto en la bolsa. Su amiga le ofrece una mano para levantarse y la acepta.

— ¿Qué?

— ¿Qué de qué?

— Me vas a decir por qué Rick la ha aceptado en el grupo.

Evalúa a Carol. Confía en ella como en pocos pero la conoce, sabe que no hace preguntas inocentes y aunque se vale excepcionalmente bien por sí misma, también la ha visto cometer errores. Como todos. Como él mismo.

— Pregúntaselo a él.

 

—0—

 

— ¡Hey, tú! Ven.

Deborah mira a Maggie.

— Dámelo, ya me ocupo yo—le arrebata el cazo donde filtraban el agua—Ve.

— ¿Estoy obligada?—le pregunta a la chica y el silbido de Daryl, ya casi en la linde del campamento, junto con el asentimiento de la hija de Hershel la ponen en marcha.

Camina unos diez minutos, siempre tras él aunque el terreno se encuentra despejado, limpiaron ese área al asentarse allí dos días antes. Sube dos dedos a la altura del hombro y se detienen. En un abrir y cerrar de ojos acciona la ballesta y una ardilla queda clavada al tronco.

— Pobrecilla—susurra y el cazador se vuelve hacia ella con esa mirada de hastío que suele tener cuando no está en tensión, las poquísimas veces que eso sucede. De dos zancadas se planta ante su pieza y la guarda en el bolso.

— Vamos—la insta, señalando con la cabeza a la izquierda y caminan hasta que se abre un pequeño claro. Deja la ballesta apoyada en una roca y del bolso saca dos latas vacías de judías.

Deborah no habla, preguntándose qué es lo que pretende hasta que coloca ambos recipientes sobre una roca más alta a unos seis pasos de ella.

— Creía que sabiendo disparar con eso—echa una mirada significativa al arco automático—sabrías hacerlo con cualquier otra cosa.

— No es para mí.

— Sé disparar—lo capta.

— Perfecto, quiero verlo—le abre la mano y sitúa en ella una pistola con silenciador.

— ¿No te fías de mi palabra?

— No.

— Sé tirar, Daryl—intenta devolverle el arma pero él se retira dos pasos.

— Ok, hazlo—cruza las manos ante el pecho y ladea el cuerpo para poder ver a la vez a la chica y a las dianas improvisadas.

La cambia de mano, calibrando el peso del metal. Siente las primeras gotas de sudor frío bajándole por la columna vertebral, desde las cervicales hasta la cinturilla del pantalón.

El corazón le palpita cada vez más veloz y la boca se le seca. Apunta a las latas con esfuerzo, sus brazos están entumecidos de repente.

“Piensa que lo estás tocando con los dedos, como si las manos saliesen de tus ojos y lo agarrasen”. Otro escalofrío. “Y una vez lo sientas en la yema de los dedos, aprieta el gatillo”. La presión el pecho, quiere correr, ocultarse. “No temas el momento, cielo”. Perderse para llorar en soledad.

Daryl la despoja del arma y ella aún tarda unos segundos en bajar los brazos. Sus iris azules se clavan en sus ojos como si pudiesen leer lo que pasa por su mente y quiere golpearle. Pegarle hasta que salga de su campo de visión y no vuelva a acercarse a ella nunca más.

— ¿Quién?—su voz parece un graznido y aunque sabe que está incómoda, ni parpadea. Es como uno de esos ciervos que se quedan helados cuando ven a un depredador y parecen frágiles… Y que siempre te pueden embestir si te despistas.

— ¿Qué?—apenas le sale la pregunta.

— ¿A quién tuviste que disparar la última vez que lo hiciste?

Como una oleada chocando tras sus ojos, las lágrimas los presionan.

— Yo no…—balbucea y se siente miserable porque está a punto de romperse tras todo lo que ha vivido. Si ha soportado la soledad, al Grady Memorial, a los caminantes,…, sin dolerse, no puede caer ahora.

— Sí, ¿quién era? ¿Un familiar? ¿Tu novio? ¿Un amigo?

Se sienta en el suelo, vencida. Él sigue contemplándola desde su altura, convencido ya de su primera sensación;  cuando la vio enfrentándose a ellos en el bosque. Era una persona sin alma, consumida por la pena y animada por la rabia dejándose llevar, a la deriva de un mundo que le había dejado de importar.

Sabía perfectamente cómo se sentía porque era lo que él había cultivado en su interior desde pequeño.

— Era mi ángel de la guarda… y lo maté.

— ¿Le mordieron?

— Y yo lo maté.

— ¡Hey! Chica.

— Yo le maté.

— Deborah.

— Y yo le maté.

— ¡Hey! Debs

Pero no atendía a razones, se había hecho un ovillo en el suelo. Dudó un momento, caminando de un lado a otro, esperando a que se calmase y al ver que seguía llorando y repitiendo su particular mantra, se acuclilló a su espalda y; no sin reservas, la rodeó con sus brazos.

Ni se inmutó. Se sentó en el suelo y la atrajo hacia sí, su espalda en su pecho. Le sorprendió su poca resistencia, apenas la del peso de su cuerpo al ser alzado.

Percibía su propia incomodidad, la avidez por levantarse y hacer algo, lo que fuera. Que ella le hablase o que le golpease, que mostrase la misma personalidad rotunda que había expresado en lo que llevaba en el grupo.

El sol comenzó a ocultarse y Deborah seguía inmersa en su propia pena. Ya no lloraba pero seguía sentada con las rodillas pegadas al pecho. Las manos del cazador la sujetaban por los codos y así habrían permanecido varias horas más de no sobresaltarse por un crujido. Daryl se puso en pie a una velocidad vertiginosa, ya en posición de ataque con la ballesta, y su único movimiento fue seguirle con los ojos.

— Menos mal. Estaba preocupada—al ver a Carol, Deborah apoyó las palmas en la tierra, estrujó sendos puñados de la misma y se levantó.

— Debs—pronunció el trampero antes de que se internase en la maleza.

— ¿Qué ha pasado?

— Nada—respondió, siguiéndola. Carol hizo el ademán de unirse pero el menor de los Dixon la frenó con el brazo—Vuelve al campamento.

— Va a caer la noche, Daryl, no me pienso ir sin ti.

— ¿Temes andar sola por el bosque?—la camisa beige de Deborah sale de su campo visual y se pone nervioso—Vuelve ya.

— Iré contigo—Carol se adelanta al menor de los Dixon y ante su terquedad, sólo resopla y andan tras sus huellas.

 

—0—

 

— ¿Se ha esfumado?

— Eso parece.

La mujer cruza los brazos frente al pecho, rodando su rifle a la cadera. Examina a Daryl, no se traga que alguien en el estado en el que parecía estar se ocupe de borrar sus huellas. Por alguna razón, él no quiere encontrarla.

— Está bien. ¿Volvemos? Apenas hay luz.

Se miran, sabe que si la halla con Carol va a ponerla contra las cuerdas para descubrir que la ha hecho merecedora de un puesto en la “familia”. Y por cómo cree que es Deborah, eso no va a funcionar bien.

— Ve tú delante.

— De acuerdo—dibuja una sonrisa—Pero no te pienso tener la cena caliente preparada si tardas demasiado—le da la espalda y un silbido la hace girarse, justo para recibir un pequeño bulto lanzado al vuelo.

— Mi contribución.

Carol introduce la ardilla en su bolsa y cuando levanta la vista, él ya ha desaparecido.

 

—0—

 

— Habéis pasado cuatro veces por aquí, ¿no querías verme?

Estaba sentada en la rama de un árbol lo suficientemente tupida como para esconderla. En la primera ocasión no le pasó desapercibida los arañazos de las botas en la corteza del árbol y en la segunda, vislumbró parte de sus vaqueros. Hizo dos intentos más, esperando una acción por su parte que no llegó.

— Podrías haber dicho algo.

— Sí, podría—mantiene la vista al frente.

— ¿Volvemos?

Tras esperar un tiempo de cortesía sin respuesta, el cazador se pone la ballesta a la espalda y escala hasta la rama contigua.

— No voy a contarte qué ocurrió, Daryl.

— ¡A la mierda! No te lo he preguntado—con bastante cuidado, tras cerciorarse de que la rama aguanta de largo su peso, estira las piernas y apoya la espalda en el tronco.

— Entonces, ¿por qué estás aquí?—se quita una astilla de los dedos y le mira de reojo. Él se toma su tiempo y ella no se siente en posición de apurarle. De nuevo, se instaura un tipo de paz que sólo le ocurre cerca de él.

No se tiene que preocupar de lo que hace o deja de hacer, de lo que dice o deja de decir, simplemente puede estar. Se centra en sus pobres pantalones vaqueros, los cuales se han roto tantas veces a la altura de las rodillas que no existe remiendo que pueda salvarlos.

— Nunca dejamos a los nuestros atrás—mira en otra dirección, como si no hubiese articulado la frase y no fuese nada con él. Enlaza las manos a la altura de la nuca mientras mordisquea una hoja.

El sol cae tiñendo el cielo de naranjas y rojos, regalándole un matiz rosáceo a las dos o tres nubes que navegan por el horizonte. El aire huele a lluvia, seguramente al oeste, así que si se mantiene el viento como tarde al alba les lloverá. Tendrán que reforzar el campamento.

— No quiero volver.

Se mueve y se sienta de lado, frente a ella, con las piernas colgando.

— ¿Por qué?

— No soy una jugadora de equipo—copia su posición y sus zapatos chocan en el vacío.

— Yo tampoco.

— ¡Venga ya!—se echa a reír y al escucharse, se tapa la boca con una mano y se vuelve pálida y callada. Está desconcertada, aprecia, como si hubiesen pasado décadas desde la última vez que manifestase algo cercano a la alegría.

— No se me da bien estar en grupo pero ellos son casi mi familia. Estoy al lado de personas por las que merece la pena luchar—escupe la hoja—Si he sobrevivido tanto tiempo es por ellos.

— No te creo—intenta recomponerse para poder bajar del árbol—Tienes conocimientos y habilidades de sobra para subsistir.

— Quizás—le pasa la ballesta al vuelo, luego apoya los brazos en la rama y se escurre hasta que su cuerpo queda pendiente en el aire. Apenas un salto de ocho pies, calcula. Aterriza en el suelo con algo de dolor en la rodilla lastimada y le hace señas para que le tire el arco—Pero sin ellos no tendría ningún motivo para hacerlo.

 

—0—

 

— ¡Venga, déjala!—le susurra sobre su hombro.

— Dile hola a tu cena.

— No puede ser bueno comerse algo tan mono.

— ¿Mono? Pero si comías gatos.

Se mantienen la mirada a ver quién es el primero en mandar a la mierda al otro. En los pocos ratos tranquilos que tienen, Daryl pasa mucho tiempo con Deborah. A ella le gusta rastrear y buscar comida, aunque cree que es su forma de sentirse útil y que así el resto respete sus característicos silencios.

Va hacia la presa, arranca la flecha y se la pasa a su dueño. Mira al pequeño roedor con lástima mientras acaricia su suave pelaje.

— Puedes quedártela como mascota si quieres.

— Ja, ja, ja—ríe con sarcasmo y la introduce en su mochila.

Daryl coloca el dedo índice sobre los labios y se agacha, ella le imita. Sus dedos dan rápidamente con la empuñadura del machete.

El primero de los caminantes hace aparición a unos cuatro brazos de distancia y Deborah flexiona las rodillas para saltar sobre él. Dixon echa un brazo hacia ella y le ordena con los ojos que se mantenga quieta.

— Apenas serán tres más—le susurra y él la agarra por la muñeca con fuerza.

— Espera.

Cuatro más siguen la trayectoria del primero y a esos, unos diez. Escuchan más pisadas acercándose. Daryl retrocede y aprieta su cara contra el oído de la chica.

— Sube a ese árbol de allá, yo te cubro.

—No, ¿estás tonto?—un caminante levanta la cabeza en su dirección. Deborah se acerca hasta casi hablarle sobre los labios—Me quedo contigo—él niega con un gesto—Y me da igual lo que digas.

 

—0—

 

— ¿Qué os pasado chicos?

— Unos 25, en el bosque.

— ¿Estáis bien?—Michonne los examina de arriba abajo con la pequeña linterna e intenta adivinar entre la sangre y los restos de vísceras, alguna herida.

— Sí—responde la chica, abandonado su mochila en el suelo y dejándose caer a su lado. Rick se dirige a Daryl sin palabras.

— Vendrán más.

— Tenemos que movernos.

—Sí.

 

—0—

 

—El coche te servirá de poco, las carreteras están colapsadas—histérica en su huida no había percibido el sonido de la Harley de Norman—Además, llevas demasiadas cosas.

Su pequeño utilitario está hasta arriba de bolsas y maletas: su ropa, maquillaje, comida, discos, libros e incluso, una estantería embalada que no le dio tiempo de montar.

— Vamos—palmea la parte trasera de su asiento y Deborah duda ante su piso y su coche—Tienes que salir de aquí, Debbie.

— Pero—boquea sin poder abandonar sus posesiones.

— Coge una mochila, ya buscaremos lo demás en el camino.

Abre la bolsa del gimnasio donde había colocado cosmética y ropa interior y la vacía sobre el asiento delantero. A puñados, mete un par de vestidos, dos pares de zapatos, cinco sujetadores, cinco bragas, un número indeterminado de calcetines y dos jerséis.  También uno de los neceseres de maquillaje y la manta forrada donde guarda su máquina de tatuar y las agujas.

— ¿Te ayudo?—le grita desde la moto.

— No, no, ya está—de la parte trasera del coche, saca una de las bolsas de comida y mete lo que puede entre una de las alforjas de la Harley y el poco espacio que queda entre su mochila y su bandolera.

Cuando arrancó y vio su casa, la paz del vecindario le hizo soñar con que todo era una broma y que esa noche dormiría en su querida cama.

El sonido de los helicópteros acentuó esa impresión irreal.

 

—0—

 

— ¿Te duele?

— No es nada—le tira de la chaqueta y logra soltar una manga.

— Enséñamelo—ella intenta ponérsela de nuevo pero el dolor se lo impide, facilitando que Daryl de un nuevo jalón, la despoje del abrigo.

— No es nada.

Las manos del hombre apenas habían rozado la parte de atrás de su camisa cuando se retorció en un ágil movimiento para inmovilizarlas… y gritar de dolor.

— ¡Joder, Debs!—se zafa de la pinza de la mujer y le saca la camisa remetida en el pantalón—Te has caído sobre esa mierda de rocas, quédate quieta.

— No, ya me curaré cuando…

— ¿En la espalda?—chasquea la lengua—¿Tú sola?—no quiere pasarse de la raya pero ha visto las piedras cubiertas de sangre real, la roja de color vivo y no la del caminante que se le echó encima y la derribó. Siente la ansiedad, quiere asegurarse de que no es nada grave, que no perderá a alguien hoy.

Dos puntos de sangre manchan la tela a mitad de la espalda y al retirarla se queda sobrecogido.

— Pero…— sus manos descubren más piel y rasgan la blusa—Esto—traga grueso, sintiendo el temblor del cuerpo de Deborah bajo la palma de sus manos— ¿El Grady?

— En parte—Daryl roza con sus dedos la gran cicatriz diagonal, reabierta en algunas partes ahora, que baja desde el cierre de su sostén hasta perderse en la cadera—Eso fue después.

Al igual que sus brazos, su espalda parece una vidriera: tatuajes de colores traspasados por pequeños cortes, no muy profundos, que crean un entramado, roto del todo por la enorme cicatriz.

Respira superficialmente y agarra los puños de su camisa para soportarlo. Es él, lleva meses (o en lo que diablos se mida el tiempo ahora) confiando en el trampero. La falta de reacción por su parte sólo la hace sentir más vulnerable pero si intenta taparse, volverá el enorme latigazo de dolor, así que se rinde.

Él se retira unos pasos y coloca la ballesta y el bolso en el suelo. A continuación, Deborah ve caer el chaleco, la chaqueta y la camisa de cuadros.

— Quieta—advierte ante el giro de sus pies.

Quedándose sólo en la camiseta interior, desgaja del todo la camisa de Deborah.

—Quítatela—siente el corazón acelerado y la piel de gallina, no de frío sino de miedo—Y dámela—accede y en unos segundos escucha los rasgueos y le pasa dos anchas tiras de tela—Asegúralas—ella se las devuelve y le da otras dos vueltas más, hasta anudarlas bajo sus axilas, aprovechando el sujetador como seguro. Luego le tiende su camisa, dándole la espalda— ¿Puedes vestirte?

— Sí, gracias—murmura y se queja en cuanto intenta introducir el otro brazo—No.

De no estar tan lleno de mugre, se adivinaría su rubor. No es que no haya visto o estado con una mujer antes pero… Le pasa el brazo con delicadeza por la manga, intentando no mirar más que lo cubierto por la tela. En cuanto puede, la suelta como si le quemase y recoge la chaqueta de la chica del suelo.

— ¿Puedes?—pregunta igual de azorada, señalando al abrigo. Daryl la viste, algo más relajado con la camisa abotonada, y luego se coloca su propia ropa.

Vuelven al lugar de encuentro en silencio, él siempre en la retaguardia, cuidando de que no se dañe aún más. Todavía en alerta, sabe de sobra que la diferencia entre que algo vaya bien y mal radica en un jodido segundo.

Examina su forma de caminar o si mueve de manera anormal el brazo en todo momento, alternando la mirada a su alrededor para detectar cualquier amenaza. A un par de yardas de llegar, rompe el mutismo conjunto.

— Hay que limpiar esa herida, se lo diré a Carol.

— No—se vuelve rápido y siente el tirón bajo las improvisadas vendas—Nadie va a curarme, ya me las ingeniaré con algo.

— No puedes ni vestirte, Debs.

— No pienso…

— Se te infectará como no lo…

— Bueno, que sea así—le interrumpe.

— ¡Joder, mujer!

— Es que no lo entiendes, no puedes entenderlo—aunque le saca una cabeza, se enfrenta a él. Por su experiencia, tiene que dolerle subir el mentón y estirar la columna.

Porque él si lo comprende.

No quiere que nadie le pregunte sobre ellas, mientras no las vean no existirán y así podrá olvidarse de lo que la originaron. O de quién.

— ¡Vale!—alza las palmas de las manos ante ella, en señal de acato. Ve la sorpresa en sus ojos, esperando una lucha más larga— ¿Me pedirás ayuda si la necesitas?—pregunta conciliador.

— Eso te hará sentir violento—responde sin añadir que lo será para ambos. De todas maneras, tiene la certeza de que ella sola no va a poder limpiar una herida a mitad de la espalda. Es humanamente imposible.

Él gruñe, estando de acuerdo.

 

—0—

 

— Caminas raro, ¿estás bien?

— ¿Eh? Nada, un tirón en la espalda. Un mal movimiento.

— Pues intenta descansar.

Carl se marcha, no sin antes tocarse el ala del sombrero. Esa señal de viejo caballero sureño la hace sonreír y busca a Maggie y a los demás para ayudarles a preparar la comida.

 

—0—

 

— ¿Por qué hacia la costa Este?

— Antes de que todo esto nos explotase en la cara, un amigo marine aún en activo me dijo que era verdaderamente gordo; que estaba ocurriendo a lo largo de todo el país—rebaña el fondo de la lata de conservas—Y me indicó que pillase las cosas indispensables y que fuese con él, a Quantico, con otros reservistas.

— ¿Piensas que estarán mejor allí?

— Estoy seguro, pequeña.

— ¿Se lo contaste a tus hijos?

— Ryan decidió marchar a Texas y Dean se unirá a nosotros allá cuando deje a su novia en Nebraska.

Le cede parte de su comida y aunque primero la rechaza, acaba introduciendo la cuchara.

— Pues tendremos que robar algo más de gasolina.

Norman ríe sin importarle si así llama la atención de los caminantes. Un hombre que todo lo hacía así, al máximo.

Se había casado dos veces y había perdido a sus esposas. La primera en un accidente de coche, a la segunda se la llevó un cáncer de mama. Sus hijos; ambos del primer matrimonio, lo tenían como a un loco. El marine que presumía con casarse después de los 60 con una jovencita. Por eso, cuando Norman entró en la tienda donde trabajaba Deborah para sumar un tatuaje más, tardó muy poco en rondarla.

Nunca pasó nada entre ellos. Simplemente, eran muy buenos amigos. Norman la trataba más como a una hija que como a una mujer. Con ese punto de rebeldía sempiterno, incitándola a vivir, a querer, a disfrutar.

Era su padre en el exilio, su amigo impensable en las juergas y su confesor. Su enorme ángel de la guarda.

 

—0—

 

— ¡Oh, qué detalle!—roza con los dedos la etiqueta de la botella.

— Para.

— ¿Lo voy a necesitar?

— Quizás lo necesite yo como no te quedes quieta—aparta el vidrio fuera del alcance de sus brazos.

— Es que no me siento muy cómoda así.

— ¿De veras? ¿Tendría que haberte traído unas flores?—el whisky se torna rojo al sumergir el pañuelo—La herida está limpia pero no está de más asegurarse—con la otra punta del trozo de tela empapada en agua, refresca los laterales de la cicatriz. Escucha un siseo— ¿Te duele?

No obtiene respuesta.

Las pequeñas marcas se repiten sin patrón por toda la espalda. Se asemejan a los cortes que provoca una cuchilla de afeitar. Los menos son profundos y fueron suturados. Como en todas las curas, sus ojos acaban en la mariposa ahora partida en dos, donde arranca el gran corte. Un único tajo, por la espalda y buscando el daño, no la muerte.

Se queda con el pañuelo suspendido en el aire, preguntándose qué le ocurrió y por qué alguien dejó que ocurriese.

Sabe que está tras ella porque le llega el calor que irradia y escucha su respiración, se anuda la camiseta y se vuelve. Sus miradas conectan.

— No puedo explicarte sólo lo de las marcas sin abrir heridas que me duelen mucho más que esas—siempre le mira así, sin cortapisas.

— Lo entiendo.

— Ya. Está bien la empatía, no hace falta…

— Debs, lo comprendo—da por terminada la “consulta de enfermería” y se levanta para sacarse de espaldas el chaleco y la camisa.

Primero se fija en los tatuajes, algo que no le sorprende nada del hombre que pudo ser antes. Luego se da cuenta de lo que realmente le ha querido decir.

Su espalda está llena de marcas, cortes, cicatrices, huellas de distintos tiempos. Se yergue y sus manos bailan por su piel, sin rozarle. Marcas de cigarrillos apagados contra él, algo punzante y alargado en varios lugares como hechas por la hebilla de un cinturón. Un pequeño bulto anómalo en la parte media gana su atención y lo acaricia con la punta de los dedos.

— Apuesto que esto te rompió una costilla—da un respingo involuntario, incómodo, pero decide permanecer así aunque le cueste. Sabe que ella necesita esto.

— Tres.

— ¿Quién?

— Mi padre.

— ¡Oh, Dios! ¿Cuánto tiempo?—sus dedos recorren las distintas heridas, notando la diferencia entre lo dañado y lo sano.

— Hasta que me largué con mi hermano.

— Pero…—titubea sin saber verbalizar lo que siente. Daryl gira en sus dedos, quedando sus palmas apoyadas en su pecho por un breve momento. Él se distancia y recoge su ropa con la cabeza gacha.

— Nadie de aquí sabe esto, salvo tú.

— ¿Es un intercambio entonces?

— No—se abotona la camisa negra sin mangas.

— No lo entiendo.

— Salgamos de aquí, nos hemos detenido demasiado y tenemos que llenar las botellas de agua—la ayuda a tapar de nuevo las heridas y no vuelven a hablar salvo para la tarea encomendada.

 

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— ¿Qué tal estás, Deborah?

— Dime Deb o Debbie o como quieras, Rick. Deborah sólo me llamaba mi padre—le da el último restregón al pantalón antes de empezar a escurrirlo torciéndolo entre sus manos.

— Deb, puedes dejar tu ropa con la de los demás, hacemos turnos para lavarla.

— Lo sé.

— Pero no lo haces—levanta las cejas y él se acuclilla a su lado—Me gustaría hablar contigo de algo—mira hacia la ropa—Cuando termines.

 

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