Actions

Work Header

Treinta y seis preguntas para (re)conocer al amor de tu vida

Summary:

Una idea surgió en su cerebro levemente afectado por el alcohol, y si hubiera podido utilizar el filtro mental que tanto le servía cuando estaba sobrio, se la habría guardado para sí—. ¿No creés que te podés enamorar de mí con solo treinta y seis preguntas?

—¿De vos? —Entretenido, Cristian lo miró de reojo—. Tal vez quiera seguir viéndote después de terminar con el cuestionario, pero ¿enamorarme? Es una palabra muy fuerte.

Lisandro no está buscando el amor, pero sí que le gustan los desafíos. Y cuando se entera de la existencia de aquella investigación que asegura encontrar el amor con un simple cuestionario, quiere que Cristian, el hombre que acaba de conocer en el casamiento de su primo Giovani y ya le gustaría llevarse a la cama, sea su compañero de estudio.

¿Es posible que suceda? ¿Enamorarse de un desconocido con solo responder treinta y seis preguntas?

Una noche que empieza con esa simple provocación, termina convirtiéndose en una experiencia que altera por completo la vida de ambos.

Notes:

Hola!!!

Vuelvo con una historia que me tiene bastante emocionada. Hace tiempo ya que venía pensando en esta idea, y por una u otra cuestión no la empezaba, hasta que dije si no la empiezo ahora aunque sea a las piñas conmigo misma, no la empiezo más. Así que acá está!

Las 36 preguntas están basadas en un cuestionario que hizo un psicólogo a modo de estudio, se las dejo acá

También aprovecho para agradecerle a sofi (@julek) pues hablamos tantas cosas sobre ellos que es muy probable que unas cuantas aparezcan de alguna u otra forma en este fic; así que gracias por todo todo todo 🩷

Ya estoy escribiendo los siguientes capítulos, mientras tanto les dejo el primero, que me gustó mucho escribir.

Otra cosa, más adelante probablemente se traten algunos temas de agresión verbal y una relación abusiva en general. Todavía no se qué tan explícito vaya a ser eso, solo sé que no mucho, pero igual quería avisar desde ya por si es algo que les resulte incómodo de leer.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

A Lisandro le encantaban los casamientos. La felicidad se sentía en el aire, la gente estaba predispuesta a pasarla bien –aunque luego fueran a criticar hasta los centros de mesa una vez que hubiera terminado todo–, y las anécdotas graciosas, vergonzosas y nostálgicas recorrían las mesas mientras otras nuevas se gestaban en ese mismo momento.

Al día siguiente la resaca lo haría caer en la realidad de su rutina, pero mientras durase el presente solo quería concentrarse en absorber lo bueno a su alrededor: hace solo unos minutos habían servido la entrada, dos empanaditas con una copa de vino; y Giovani había sentado a un hermoso desconocido frente a él en su mesa, que correspondía a los amigos del novio.

—Bueno, bueno... —Gio se hizo escuchar con fuerza por sobre el barullo—. Les pido un poco de silencio, por favor, que quiero dedicarles unas palabras... ¡Ey, shh! ¡Que les quiero decir cosas lindas!

Una risa general recorrió el salón, y eventualmente la charla disminuyó lo suficiente como para que pudiera hablar y que todos lo escucharan.

—Primero que nada, con Magui queremos agradecer de corazón a todos por venir. Sé que implica un gran esfuerzo, ya sea que vivan acá o que hayan venido desde lejos para acompañarnos. Estamos muy felices de ver a toda la gente que queremos en un mismo lugar. La verdad es que no veía la hora de que llegara este día. Creo que lo estuve esperando desde el momento en el que hablamos por primera vez, cuando la hice reír y me di cuenta que eso era todo lo que quería escuchar por el resto de mi vida: su felicidad —Murmullos de ternura se escucharon en distintas partes del salón, incluyendo la mesa de Lisandro—. Por supuesto, pasamos cosas buenas, malas, hermosas y también tristes. Lo pasamos todo, realmente —Se giró a mirar a su ahora esposa, que le devolvía la sonrisa con los ojos llorosos—. Pero te juro que volvería a vivir todo de nuevo si me aseguran que puedo hacerlo a tu lado. Te amo, mi vida.

Aquellas últimas palabras salieron quebradizas, la voz de Gio tomada por la emoción. Aprovechó el aplauso de los invitados para recomponerse un poco y poder continuar.

—Al final del día, somos vos y yo, una nueva familia. Pero nada habría sido posible sin la gente que nos rodea y que celebra con nosotros nuestro amor. Sin la gente que nos animó a juntarnos —Allí se vio en la necesidad de volver a dirigirse a los invitados—. Como Julieta, una amiga de Magui que le dijo: "Dale una oportunidad, cualquier cosa si es un pelotudo lo podés bloquear" -gracias por la confianza, Juli-; o como mi amigo Rodri, el eterno enamoradizo, que hasta me recomendó un cuestionario para enamorar a cualquier persona, y me aseguró: "Si no te ama con esto, no te ama con nada, te morís soltero". Un copado, mi amigo —Carcajadas de varios de los presentes acompañaron la risa de los novios, y el mencionado, que se encontraba en la mesa de Lisandro, también se hizo escuchar.

—¡Encima que te quise ayudar!

—Sí, sí, por suerte no hizo falta —Gio esperó a que bajara un poco el murmullo y pronunció unas palabras finales—. Cuestionario o no, lo nuestro estaba destinado a ser —Un coro de aww lo respaldó—. No los molesto más, que se enfría la comida. ¡Disfruten, y de nuevo, gracias por venir!

El salón entero estalló en aplausos, y enseguida todos se abocaron a lo que tenían enfrente. Durante un buen rato los únicos sonidos que se escucharon además de la música fueron los de los cubiertos chocando contra los platos, vasos juntándose para brindar y algún que otro chisme que no podía esperar un segundo más a ser contado.

Lisandro estaba bastante muerto de hambre, no lo podía negar, así que priorizó la comida que le habían servido mientras escuchaba las conversaciones de la mesa. Este Rodrigo, que Licha conocía desde chico por ser amigo del barrio de Gio, estaba contando a quien quisiera escuchar sobre el cuestionario que el rosarino había mencionado.

—Te juro, amigo, la gente que hizo este cuestionario se terminó enamorando. Hay testimonios y todo.

—¿Pero se enamoraron después de cuánto tiempo? Mirá que me voy a enganchar con alguien solo porque respondimos unas preguntas —Argumentó Nahuel.

—Una de las parejas a los seis meses se casó, y cuando la piba se contactó quince años después con ellos, seguían juntos. ¡Qué más prueba querés!

—A mí me parece que… —Un amigo de Gio cuyo nombre Licha no recordaba aportó su parte, pero el entrerriano había dejado de prestar atención.

Prefirió concentrarse en examinar al desconocido que había fichado apenas se sentó. Estaba escuchando atento las distintas opiniones, aunque bastante escéptico respecto a lo que decían los chicos, si se guiaba por su cara.

Una cara muy bella, por cierto, que estaba despertando ciertos sentimientos muy interesantes dentro de Lisandro. Ya sabía cómo lo ponía el alcohol, así que tal vez tendría que haber cuidado un poco lo que tomó en la recepción. Tenía que acordarse de no mezclar mucho para no terminar quebrando.

No pudo evitar bajar la mirada a su cuello, bien enmarcado por la camisa, y luego a su pecho. ¿Acaso se le estaban marcando los pezones a través de la tela…?

Tal vez también le vendría bien aprender a mirar más disimuladamente, porque cuando subió la mirada para seguir apreciando sus facciones, se encontró con que el hombre ya lo estaba observando, curioso. Lisandro se sobresaltó; desvió la vista y tomó un largo trago del vino de su copa para intentar ocultar el fuego que sentía subir por sus cachetes ante la vergüenza de ser descubierto.

Igual, no le duró mucho. Pronto su curiosidad fue más fuerte que su bochorno. Volvió a mirarlo y se cruzó con su mirada, todavía posada en él. Pero ahora la acompañaba una sonrisa apenas contenida, como divertido ante su reacción.

Lisandro decidió devolverle el gesto. Estaba festejando el casamiento de su primo, un hombre lindo lo había notado, y la noche, que recién empezaba, prometía algo más. Podía relajarse un poco.

La fiesta continuaba, y Lisandro no sabía bien cuánto tiempo había pasado ya. Había logrado controlar su consumo de bebidas y ahora tenía la suficiente cantidad de alcohol en sangre como para estar más distendido, pero sin hacer el ridículo.

Hacía un rato había terminado el primer plato, una jugosa tira de asado con guarnición que Lisandro se bajó con ayuda de una segunda copa de vino. La conversación en la mesa había fluido bien, y gracias a eso logró descubrir algunos datos del ahora no tan extraño: se llamaba Cristian, era cordobés y había conocido a Giovani nada más empezar la facultad en Córdoba, por lo que eran amigos hace bastante.

Y, dato no menor, estaba soltero.

Lo dejó bien en claro cuando Rodrigo, que lo conocía de alguna juntada anterior, le preguntó si no haría el cuestionario con su novio para afianzar la relación, y Cristian respondió de manera bastante tajante que se había separado varios meses atrás. Pareció darse cuenta de su tono por la reacción de los demás, y buscó aligerar el ambiente explicando que de todos modos él era de los que no creía que funcionara. Los chicos, dispersos como estaban, pronto volvieron a la discusión sobre la seriedad del estudio y aquel momento incómodo quedó atrás, aunque Lisandro se guardó el dato que le interesaba.

Ahora casi todo el mundo estaba en la pista de baile en el centro del salón. Él mismo estuvo bailando un buen rato con Gio, su esposa y sus amigos; con la madre de Gio, su tía; con algunos otros primos y hasta con unas señoras, que no conocía de ningún lado, pero que se pusieron más que felices cuando accedió a unirse a su ronda unos minutos.

Pero tanto baile lo dejó cansado, así que en ese momento estaba en su mesa, trago en mano, mirando como se desarrollaba todo.

Le había perdido el rastro al cordobés después de la ronda que compartieron, aunque había escaneado varias veces el lugar no pudo ubicarlo. En cuanto terminara el trago iba a ir al baño, a ver si tenía un poco de suerte. No sabía qué quería de él: un chamuyo, un beso, una cogida de una noche. Pero algo quería compartir con él.

Estaba tan absorto en sus pensamientos, con la vista perdida en la gente, que no se dio cuenta cuando una persona se sentó en la silla de al lado.

—¿Estás buscando a alguien? —Lisandro saltó del susto en su silla ante aquella voz que no esperaba escuchar tan cerca.

—N-no, me colgué nomás —Cristian asintió. Tal vez le había creído, tal vez no, pero aceptó su respuesta—. ¿Y vos? ¿Te cansaste de bailar?

—Me cansaron las señoras esas, me invitaron a bailar y no me querían soltar —Apuntó con disimulo a las mujeres que también habían sacado a bailar a Lisandro—. Se van a ir hasta los novios y ellas van a seguir dele que dele con su pasito de baile —Eso le sacó una risita a Lisandro.

—Al menos parecen más felices que los dos amargados que están sentados viéndolas.

—Ey, de amargados nada. Yo la estoy pasando bien, ¿vos no?

—Sí, obvio. Es un casamiento, todo el mundo está feliz, ¿cómo no voy a compartir eso? —Cristian levantó los hombros, como diciendo ¿y entonces?— Hay algo de toda la cuestión que me pone a pensar en el amor, y en todo lo que tiene que pasar solo para que dos personas tengan una mínima chance de estar juntas.

—Sí, ¿no? Pareciera que el cuestionario del que hablaban los pibes fuera la única manera de encontrar el amor —Era evidente que su tono era irónico, pero Lisandro aprovechó la oportunidad para volver a meterse en el tema.

—Y aun así vos dijiste que no creés que funcione. ¿Por qué?

—Es obvio que es un chamuyo bárbaro.

—Para enamorarte de alguien es necesario conocerse, me parece ideal un conjunto de preguntas que apunten a eso.

—Y a mí me parece imposible enamorarse de cualquiera con solo treinta y seis preguntas. Hace falta interés en conocer a la persona, e inevitablemente tiene que haber un mínimo de atracción física.

—Es un estudio con resultados comprobados, lo dijo Rodri.

—Tiene que haber química también —Siguió Cristian, como si no lo hubiera escuchado—. Podés responder el cuestionario entero y aun así no sentir nada al final. ¿Sabés lo difícil que es encontrar a alguien con quien tener esa chispa casi instantánea? Y peor, ¿que se mantenga en el tiempo?

—Te noto muy convencido —Una idea surgió en su cerebro levemente afectado por el alcohol, y si hubiera podido utilizar el filtro mental que tanto le servía cuando estaba sobrio, se la habría guardado para sí— ¿No creés que te podés enamorar de mí con solo treinta y seis preguntas?

—¿De vos? —Entretenido, Cristian lo miró de reojo—. Tal vez quiera seguir viéndote después de terminar con el cuestionario, pero ¿enamorarme? Es una palabra muy fuerte.

—Intentémoslo —Lo desafió Lisandro—. En el peor de los casos, vas a saber cosas bastante íntimas de un tipo que tal vez no vuelvas a ver en tu vida.

Cristian consideró su propuesta en silencio durante unos segundos en los que no le sacó la mirada de encima. Lisandro se permitió ser observado; de verdad solo quería saber si el estudio funcionaba, y aquel hombre de porte formidable y tonada atrayente parecía un perfecto compañero de investigación.

—Bueno —aceptó al fin.

—Perfecto; entonces pasame tu número y podemos acordar un día para llamarnos. ¿Te queda bien algún día en específico de esta semana?

—Ah, no. Hagámoslo ahora.

—¿Ahora? —Lisandro no había pensado que quisiera empezar con el experimento en ese mismo momento. Esperaba un poco de tiempo para prepararse, para qué, no sabía bien.

—Y sí. Se supone que si funciona, tendría que hacerlo en cualquier momento, ¿no? ¿Por qué esperar?

—No sé, estoy con varias copas encima, el alcohol me saca un poco el filtro a la hora de hablar.

—Mejor, a mí también, así los dos sabemos que todo lo que digamos va a ser sincero —sonrió.

—¿Acaso pensabas mentir en un experimento basado en la honestidad?

—Algunas respuestas seguro iban a salir con más chamuyo que otras si estaba completamente sobrio, no te voy a mentir.

—Gracias por avisarme —Contestó Lisandro con una risa—. Ahí busco el cuestionario, pero vayamos afuera mejor. Acá vamos a terminar afónicos si seguimos hablando medio a los gritos.

—Dale.

Sin esperar, Cristian lo agarró de la muñeca y casi que tironeó de él para que comenzaran a caminar hacia una de las salidas. Un poco tuvo que hacerlo porque Lisandro se quedó tildado ante el contacto inesperado. Aquel punto de encuentro entre los dos emanaba una calidez y firmeza que no pudo evitar apreciar.

Ya afuera, los recibió la noche templada de primavera, un clima propicio para charlar al aire libre. Había varios sectores con muebles de jardín, y eligieron uno que les permitía escuchar la música a lo lejos pero sin que tuvieran que gritar para escucharse el uno al otro.

Se sentaron mientras Lisandro buscaba el cuestionario. Cuando lo encontró, se acomodó en su silla frente a Cristian, que lo imitó mientras balanceaba su lata de cerveza en su muslo.

—Bueno, acá está. Las preguntas se dividen en tres bloques. ¿Listo?

—Mandale nomás.

—Primera pregunta. Si pudieras elegir a cualquier persona en el mundo, ¿a quién invitarías a cenar?

—¿A cualquiera? ¿Vivo o muerto? —Lisandro asintió, y Cristian respondió sin dudar—. A Messi.

—¿En serio? Parece medio timidón, ¿Vos decís que tienen tema de conversación?

—Qué sé yo, tampoco la pensé tanto —se rió—. Yo creo que sí, hay tanto que le podés preguntar. El tipo las pasó todas, buenas, malas, increíbles, terribles. De lo que le preguntes seguro que responde o tiene algún consejo.

—¿Y consejo de qué le pedirías?

—¿Esa es la segunda pregunta?

—No, te lo pregunto yo, por curiosidad —Cristian pareció pensar profundamente su respuesta.

—Supongo que me gustaría saber cómo hizo para levantarse después de que lo hayan querido tirar tantas veces. Incluso llegó a renunciar a la selección, pero volvió. ¿Cómo hacés para recuperar la convicción de que podés volver a ser feliz en un lugar en donde te hicieron la vida imposible? Ya sé que su familia y el amor por su país son soportes enormes, pero creo que algo más hay ahí. Me da curiosidad saber qué es. Tal vez podría servirme.

—¿Para qué? —Cristian encogió los hombros.

—Te estás desviando mucho, rey. Ni siquiera respondiste vos todavía —Lisandro dejó pasar la cuestión y le dio la razón, después de todo, apenas empezaban.

—Yo creo que invitaría a cenar... —alargó la respuesta, que ya sabía desde que había hecho la pregunta, pero ahora le costaba que las palabras salieran—. A mis abuelos.

De pronto no pudo sostener la mirada de Cristian. El experimento trataba sobre la honestidad y la intimidad, y él estaba dispuesto a ser sincero, pero de todos modos no podía evitar chocarse contra ciertos límites; el dolor de recordar a dos de los pilares de su vida era uno de ellos.

—¿Están lejos? —preguntó el cordobés después de un breve silencio. Lisandro miró al cielo a través de algunas lágrimas repentinas que se habían juntado en sus ojos tratando de no caer y, sin quererlo, se rió.

—Sí, podría decirse.

—Ah... Perdón —Lisandro negó con la cabeza; Cristian no tenía por qué disculparse, no podía saber de antemano—. ¿Y qué cenarían? Si no te molesta responder.

La pregunta lo descolocó. Siempre que mencionaba a sus abuelos la gente adoptaba una actitud casi de lástima para con él, y algunas veces habían llegado a hacerle preguntas incómodas relacionadas a ellos, queriendo mostrar compasión pero demostrando todo lo contrario. La de Cristian era, como mínimo, curiosa, pero le pareció una linda pregunta. Su abuela era una gran cocinera, y su abuelo un muy buen guisador, así que siempre que iba a su casa sabía que lo esperaba una comida hecha con mucha dedicación y amor.

—Pregunta difícil —Aún así, se concentró en rememorar los mediodías pasados con sus abuelos en busca de la respuesta—. Todo lo que hacía mi abuela era un manjar de los dioses —Volvió la mirada hacia Cristian, que ahora lo escuchaba con una sonrisa suave plasmada en su rostro—. Mi abuelo no cocinaba tanto, pero también tenía sus cosas. Creo que si cocinara ella cenaríamos ravioles caseros. Si cocinara él, un guiso de esos bien potentes. De cualquier manera terminaría recostado contra la silla, tratando de recuperarme de todo lo que comí —Ambos rieron ante esa imagen.

—¿Alguna vez te pasaron la receta de alguna de las comidas? Por ahí algún día me podés cocinar, yo llevo el postre.

—¿Ya estás haciendo planes? Ves que ni hacen falta treinta preguntas para que te enamores de mí —Cristian se mordió el labio, divertido con la acusación—. Me pasaron varias recetas, sí. Cuando quieras te cocino, pero me pregunto con qué postre te vas a aparecer —El relojeo de arriba abajo que le dio a Cristian dejó en claro qué esperaba que fuera.

—Bueno, bueno, no te desubiqués, que así no llegamos a terminar ni el primer bloque de preguntas —Advirtió el cordobés—. A ver, pasame el celu, así hacemos una pregunta cada uno —Lisandro se lo pasó, y Cristian siguió con el cuestionario—. ¿Te gustaría ser famoso? ¿De qué forma?

—Debe ser la respuesta más quemada de todo el mundo, pero jugador de fútbol, probablemente.

—¿Delantero?

—Defensor —Cristian se mostró sorprendido—. ¿Qué? ¿Pensás que no me da?

—No dije nada —Se defendió enseguida—. Solo que te imaginaba más como delantero, por tu altura.

—Sí, vos y todos los que nunca me vieron jugar. Todos dicen lo mismo hasta que tienen que enfrentarme.

—Bueno, veo que es un tema sensible. ¡No dudo! —Se apuró a aclarar cuando Lisandro abrió la boca para defenderse, como debía hacer siempre—. No dudo de que seguro sos un muro como defensor. A mí también me habría gustado ser jugador de fútbol y prefiero esa posición, así que solo me da curiosidad saber cómo jugás. Una lástima que nunca hayamos coincidido en un partido.

—Medio complicado coincidir, no sé si alguna vez hayamos estado acá al mismo tiempo, pero cada vez que vengo jugamos con Gio y los amigos.

—¿Decís que si nos apuramos llegamos a armar un equipo para mañana?

—Pará, emoción. Hay que ver si la resaca nos deja levantarnos. Tal vez para la próxima juntada grande que haga Gio podamos organizar algo.

—Te tomo la palabra, eh —Cristian lo señaló con un dedo acusador—. Paso a la siguiente pregunta. ¿Alguna vez practicás lo que vas a decir antes de llamar por teléfono? ¿Por qué?

—Sí —Respondió sin dudar—. No sé, supongo que me gusta estar preparado. ¿Vos?

—Nah, voy armando lo que voy a decir en el aire y ruego que no se me escape alguna boludez.

—Arriesgado, pero válido. ¿Siguiente pregunta?

—¿Qué sería para vos un día perfecto?

Lisandro se reclinó en su silla, pensativo.

—Un día perfecto... Depende mucho, ¿no? En general cualquier día que pueda pasar con seres queridos va a ser un buen día, mejor si incluye a Polito. Mi perro —aclaró ante la mirada confusa de Cristian—. Tenemos algo especial, desde ya te aviso.

—Ah, ¿voy a ser el tercero en discordia? —preguntó, sacándole una carcajada.

—No, más bien tendrías que aceptar convertirte en padrastro.

—Soy bueno con los perros, no creo que haya problema.

—Polito es particular, igual. Siempre fuimos nosotros dos, así que es medio territorial. Lleva tiempo ganarse su cariño.

—¿Los sobornos no sirven? —Lisandro solo lo observó, incrédulo—. Bueno, ya voy a tener tiempo de saber cómo ganarme su confianza. Entonces, ¿un día con seres queridos y tu perro?

—Si hay comida de por medio, mejor. Y no reniego de los días de lluvia y frío, pero si puede ser bajo el solcito de verano, lo prefiero. Aunque es medio relativo lo de perfecto, ¿no?

—¿Por?

—Y, por ahí algún día me levanto con los cables cruzados, y entonces mi día perfecto es estar solo en casa con Polito, ventilar bien la casa y pasar palo santo para que se vaya la mala energía. Enfocarme y descansar para volver a centrarme.

—Si fuera un día perfecto, para empezar no te levantarías con los cables cruzados, ¿no?

Lisandro se rió; algo de razón tenía.

—Por eso te digo que es relativo. Pero creo que un día de mierda puede terminar siendo un día perfecto —Cristian le dedicó una sonrisa, y algo en la forma en que lo miró hizo que su corazón se acelerara.

—Tal vez tengas razón —Le contestó, apenas audible.

—Obvio —Lisandro carraspeó, queriendo hacer un poco más grande la burbuja dentro de la que se encontraban—. ¿Vos? ¿Tu día perfecto?

—También, parecido. Comida, lindo tiempo. Sumaría a alguien que quiera y que pueda abrazar seguido.

—Específico, lo del abrazo.

—Me gusta mucho abrazar a la gente.

—Mirá, y a mí me encanta que me abracen.

—Ah, ¿sí? Qué cosas, cómo nos complementamos —Compartieron una sonrisa y el silencio de la noche, que los acompañaba en ese rincón del parque aislándolos de todo.

—Ves que funcionan las preguntas, ya siento el amor en el aire —Bromeó Licha y Cristian lo apuró con un gesto mientras le pasaba el celular—. Paso a la siguiente pregunta, ¿Cuándo fue la última vez que cantaste a solas? ¿Y con otra persona?

—Mmm, acá estuve gritando algunos temas, supongo que cuenta como cantar con otras personas. Y a solas... Creo que hace unos meses, ya ni me acuerdo qué canción estaba escuchando.

—¿No sos de cantar en voz alta, o por qué fue hace meses? ¿Desafinás mucho? —Su pregunta había sido en chiste, pero por la forma en que la sonrisa de Cristian se atenuó de repente y su mirada se desvió hacia un costado, presintió que otra cuestión más seria era la razón—. No importa, no hace falta que contest...

—No tuve ganas estos meses —Lo interrumpió Cristian—. Suelo hablar solo, y cantar, también. Simplemente, no me nació hacerlo después de aquella última vez.

Una cierta tensión atrapó el aire en el ambiente, o al menos así lo sintió Licha, que no sabía bien cómo continuar.

—Tal vez te cuente la razón en otra respuesta. Ahora sigamos, mejor —Y así, dio por terminado el asunto.

—Está bien... —Licha dudó, un poco incómodo, pero le hizo caso—. La última vez que canté solo... No lo recuerdo, siempre le canto a Polito.

La risa de Cristian lo agarró desprevenido, y se contagió un poco de ella.

—Polito no cuenta —La risa de Lisandro cesó tan rápido como había empezado, y Cristian pasó a la defensiva ante su semblante serio—. ¿No?

—¿Cómo no va a contar?

—No sé, él no puede cantar con vos, entonces es como si estuvieras solo, o, no sé, ¿como si le cantaras a una planta?

—¡Una planta! —Lisandro se indignó, un poco en broma, un poco en serio—. Te aviso que no te va a ir muy bien con Polito si lo comparás con una planta.

—Bueno, bueno, perdón, mandale mis disculpas a Polito. ¿Qué canción le cantaste, si se puede saber?

—Le gusta mucho cuando le canto alguna de Chichi Peralta, ya hasta reconoce su voz y se pone a mover la cola y todo.

—Ah, tiene buen gusto.

—Sí, lo crié bien —Respondió, orgulloso—. Y si lo conocés vas a ver que sí puede cantar conmigo.

—Te creo, te creo —Por el tono era claro que no le creía para nada.

—Sos horrible mintiendo —La sonrisa de Cristian solo lo incriminaba aún más—. Sigo. Si pudieras vivir hasta los noventa años y tenés que elegir, durante los últimos sesenta años, conservar la mente o el cuerpo de una persona de treinta años, ¿cuál elegirías? Está complicada esta.

—¿En serio? Para mí está bastante claro, al menos lo que yo elegiría.

—¿Qué elegirías?

—Conservar la mente de una persona de treinta. No le encuentro mucho sentido a tener un cuerpo sano si en lo mental me debilito por la vejez misma.

—Pero el cuerpo también sufre la vejez. ¿Qué hacés si tu salud no te permite aprovechar tu mente de treinta?

Cristian se quedó en silencio unos segundos; claramente no había pensado en eso y ahora le estaba dando vueltas en su cabeza. Cuando volvió a mirar a Lisandro, fue con más duda que certeza.

—¿...Y si soy como Mirtha Legrand?

Lisandro entendió el concepto de la pregunta, pero en su mente levemente nublada por el alcohol la idea se mezcló con la imagen, y terminó imaginando algo muy raro. Por eso, se atragantó con el trago de cuba libre que había tomado al mismo tiempo que lo atacó la risa, y terminó tosiendo durante unos segundos interminables hasta que por fin pudo estabilizar un poco su respiración. Cuando volvió a ver a Cristian, este se encontraba intentando no reírse, y fallando considerablemente.

—Sabés que no lo había tenido en cuenta —reconoció Licha a través de los últimos carraspeos.

—Viste, hay que evaluar todas las posibilidades.

—Igual, es algo que depende de muchos factores. Podés tener la mente de treinta años y un cuerpo que no dé para más, o el cuerpo de treinta y que te agarre algún trastorno mental. No tenés forma segura de ganar en ninguna de las dos opciones. No sé, se me hace difícil elegir una.

—Tampoco creo que sea necesario, no responder también es una respuesta.

—¿Sí?

—Sí, significa que sos indeciso —Afirmó Cristian.

—Auch.

—Perdón —El cordobés se dió cuenta de que lo había dicho de manera un poco brusca—. El alcohol.

—Tenés razón igual —admitió Lisandro—. Sí soy indeciso. Con algunas cosas más que otras.

—¿Y para enamorarte sos indeciso?

—¿Por qué? ¿Ya andás con esperanzas?

—No sé, me interesa saber cómo viene la cosa.

—Tranquilo, no terminamos ni el primer bloque de preguntas todavía. Hay que dejar un poco de misterio para el final —Le dedicó una sonrisa enigmática que Cristian le devolvió—. Pasemos a la que sigue, tomá el celu.

—Mmm... ¿Tenés una corazonada secreta sobre la manera en la que vas a morir?

Ambos se quedaron en silencio, pensando. Era una pregunta un poco fuerte, que apelaba a aquellos pensamientos que, por una u otra razón, tal vez no compartían con nadie.

—Sobre la manera, yo no —empezó Cristian ante el silencio de Lisandro—. Es lo único de lo que no podemos escapar, así que nunca le dediqué mucho pensamiento a la idea de la muerte. Una sola vez, sí, pensé en que podía morirme algún día. Y esa vez ni siquiera fue un pensamiento consciente, creo que fue más intuitivo que otra cosa. No es que pensé "así me voy a morir" —su tono era serio, y cuando habló a continuación, directamente sonó sombrío—. Fue más del estilo "si me quedo acá me voy a morir".

Después de eso se quedó callado, tal vez siendo consciente del peso de sus palabras. Lisandro, por su parte, no sabía bien qué decir. No quería suponer cosas, ni preguntar algo que Cristian se sintiera incómodo respondiendo.

—¿Y qué hiciste cuando pensaste eso? —Terminó preguntando.

—Me fui de ahí —fue su respuesta. No parecía dispuesto a elaborar, y Lisandro asumió que no quería hacerlo, así que tampoco buscó seguir la conversación por ese lado.

—¿Supongo que fue lo correcto? —Cristian asintió, pero Lisandro no pudo leer en su cara siquiera un atisbo de sus sentimientos al respecto.

—¿Y vos?

—¿Mmh? —Se había distraído mirándolo, y Cristian tuvo que repetir la pregunta.

—¿Tenés una corazonada secreta sobre cómo vas a morir?

—Creo que no —Buscó en sus recuerdos; la única muerte cercana que había vivido había sido la de sus abuelos, y ciertamente había afectado su perspectiva sobre la vida, pero nunca lo había llevado a pensar en su propia partida—. Pienso en muchas cosas, pero mi muerte no es una de ellas. Sí espero poder vivir mucho tiempo, y tal vez irme de acá de manera pacífica. ¡Ah! Y que Polito esté esperándome.

—Es cosa seria este Polito, ahora me preocupa no caerle bien.

—Mientras no le des razones para caerle mal, no veo el problema. Te recomendaría que no lo compares con una planta.

—¡Ya entendí, fue un error! No me la vas a dejar pasar nunca esa, lo presiento —Cristian se puso a la defensiva, pero al mismo tiempo se estaba riendo, y Lisandro lo acompañó, aunque pensaba seguir explotando esa ofensa a su perro todo lo que pudiera—. ¿Cuál es la próxima pregunta?

—Mmm… Nombrá tres cosas que creas que tenemos en común. Empiezo yo: a los dos nos gusta bailar, por lo que vi hoy.

—Sí, puede ser…

—Tenemos que ver si somos buenos bailando juntos, es importante esa química.

—Creo que podría pasar por alto si sos un poco de madera.

—¡¿Yo?! —La indignación, evidente en su voz, solo hizo reír más a Cristian— ¿Y vos?

—Mis habilidades de baile son impecables, cuando quieras te lo demuestro.

—Ahora —El desafío era evidente en su voz, pero es que Lisandro necesitaba acercarse a Cristian de cualquier manera; quería que sus cuerpos se rozaran, y ya no era el alcohol en su cuerpo hablando, era el deseo inconsciente que había sentido desde el momento en que lo vio en la mesa.

—¿Ahora? ¿Se puede interrumpir el cuestionario para eso?

—No sé, pero no creo que afecte mucho. Después de todo, también es un ejercicio de intimidad.

—Me parece que estás queriendo hacer trampa.

—Dale —Lisandro aguzó el oído para escuchar qué canción estaba sonando, y aprovechó para provocarlo cuando reconoció el ritmo—. A mí me parece que vos en realidad no sabés bailar cuarteto y no querés que lo sepa porque habrías fallado como cordobés.

Ante eso, Cristian no pudo resistirse.

—Ahora me estás faltando el respeto y no lo puedo permitir —Se levantó con determinación y le ofreció una mano a Lisandro. Él la tomó, y el cordobés le dio un leve tirón para levantarlo e impulsarlo directo a sus brazos.

Licha disfrutó la pequeña victoria; se encontraba justo donde quería estar. Ahora podía verlo más de cerca y confirmar algunas de las cosas que venía pensando. Como por ejemplo, que la altura de Cristian lo dejaba justo al nivel de sus hombros, y por eso tenía que levantar apenas su cabeza para poder mirarlo a los ojos. Que sus labios se veían muy tentadores, y lo carcomía la duda de cómo se sentirían contra los suyos. Que sus manos eran firmes y suaves, y le gustaría sentirlas recorrerlo entero.

Pero por ahora, solo podía contentarse con el presente: los dos juntos, tan cerca que podían oler el perfume del otro.

—Quedémonos acá —le pidió Cristian—. Así seguimos con las preguntas, mientras. Total, se escucha bien. Si entramos vamos a tener que acercarnos demasiado para hablar y escucharnos, y ahí no sé si me hago cargo de mis actos.

Lisandro trató de ignorar aquella tentación, y comenzaron a bailar al ritmo de la canción; Cristian guiaba sus movimientos y lo hacía girar cada tanto, recibiéndolo con una mirada risueña luego de cada vuelta.

—El baile —Retomó Cristian mientras seguían dando vueltas, tal vez un poco descoordinados, pero entretenidos—. Algo que tenemos en común. Te faltan dos cosas más, ¿qué se te ocurre?

—Mmm… El humor, creo. Me duele un poco la cara por reírme, hace mucho no me pasaba —Cristian asintió suavemente, como coincidiendo con él—. Y algo más en común… Creo que los dos somos personas honestas, porque si no, no nos habríamos animado a hacer este cuestionario. Y eso lo valoro un montón.

Ante esto último, la sonrisa del cordobés disminuyó apenas, y antes de que Lisandro pudiera preguntarle qué pasaba, le contestó, de manera un poco ambigua.

—Creo que sí. Espero —Y no le dio tiempo para más, porque después de hacerle dar otra vuelta, comenzó a contestar su parte—. En común definitivamente tenemos el baile, después de esta canción.

—Es verdad —Lisandro aceptó el cambio de tema—. Me convenciste de que sos cordobés en serio y todo.

—De pura cepa, eh —le susurró—. Volviendo a la pregunta… Creo que los dos apreciamos las cosas simples. Puede sonar como algo obvio o tonto, pero no es algo que le pase a mucha gente hoy en día.

—No, tenés razón —Coincidió Lisandro—. A veces me pasa, igual, que me enrosco mucho con algo que parece monumental y me olvido de ver lo que es importante de verdad, lo que está ahí al alcance de mi mano para disfrutarlo.

—En tu defensa, a mí también me pasa, es el mundo en el que vivimos lo que nos lleva a eso.

—Mhm.

La conversación cesó por unos segundos. Se escuchaba que la canción de cuarteto había terminado y ahora sonaba algo igual de movido, pero ellos estaban en su propia burbuja, meciéndose de un lado a otro, como suspendidos en un tiempo propio mientras se mantenían la mirada.

—Creo también —dijo Cristian bajito para no romper el momento—, que, aunque estamos en veredas distintas respecto al cuestionario, en cierta forma los dos queremos creer en el amor, y por eso estamos haciendo esto.

—Me parece algo muy lindo para tener en común —A Lisandro le gustaba la idea: los dos yendo a sus respectivos tiempos hacia el mismo lugar.

—Pienso lo mismo. Y por último, también creo que tenemos en común… las ganas que tenemos de besarnos. ¡Ah! —Alzó la voz apenas Lisandro abrió la boca—. No creas que no vi como me mirás los labios cada tanto. Quiero que sepas que es mutuo. Pero tenemos que resistir.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo si te quiero besar antes de terminar las preguntas?

—No creo que lo permita el cuestionario.

—¿Ahora te importa el cuestionario?

—Solo quiero que lo hagamos como corresponde.

Mentiroso. Se notaba en su rostro el deseo, en cómo sus ojos lo recorrían cada tanto, deteniéndose en distintos puntos de su cuerpo. En sus labios, que Licha se relamía cada tanto por los nervios. Su clavícula, expuesta por el cuello desabotonado de la camisa. Camisa que, por cierto, le quedaba pegada al cuerpo, y sabía que Cristian lo había notado. Varias veces durante la noche lo pescó apreciando la forma en que se amoldaba a sus brazos y a su pecho.

Y ahora quería respetar el cuestionario. Por favor.

—Así que mejor vamos a aguantarnos esas ganas y vamos a terminarlo —continuó Cristian—, porque ya bastante rozamos los límites al bailar juntos.

—Uy, hablás como si hubiéramos hecho algo prohibido.

—Se siente un poco así, bailar con vos y no poder tenerte más cerca —Lisandro sintió su corazón latir con fuerza ante la implicación de aquellas palabras.

—Bueno, bueno, ¿y de quién es la culpa? —Carraspeó y soltó sus manos, dando por terminada la breve sesión de baile. Para él también había algo incorrecto en el hecho de que se estuvieran guardando esos deseos, pero en cierto punto entendía las razones y por eso lo aceptaba—. No nos distraigamos. ¿Cuál era la siguiente pregunta?

Se sentó nuevamente en la silla de exterior y prendió el celular para continuar en donde se habían quedado. Miró a Cristian de reojo, tratando de controlar sus nervios; el cordobés ya estaba sentado en su silla, dispuesto a dejar pasar su reacción.

Iba a ser un martirio llegar al final del cuestionario sin encajarle un beso.