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Capítulo 1: Un viaje largo.
La primera escala fue en Lisboa. Ambos iban con abrigos pesados y con solo una maleta compartida qué estaba siendo traspasada. Harrison insistió en pasar la noche en uno de los hoteles más grandes de la ciudad al que estaba conectado desde hacía unos años, László como era de esperar no estaba convencido de pasar un minuto mas lejos del unico medio que lo haría regresar a casa. Harrison por su parte había visitado varios hoteles en varios países pero sin duda, uno que le causaba una gran curiosidad era ese. László tan propio de él no quería causar ninguna molestia, incluso cuando se trataba de simplemente poner su nombre en una lista. Había huido apenas entraron a la recepción. .
—Te gustará . —insistió Harrison.
Había tomado del brazo al húngaro al bajar del taxi y desde entonces se negaba a soltarlo, con una delicadeza que se sintió opresora lo guiaba. Él más alto negó, no era como si tuviera una mejor opción que obedecer la extraña necesidad del hombre ante el contacto fisico. Eran las 2:00am en horario local. Estaban cansados y jodidos. Harrison llevaba un abrigo qué según él estaba desalineado y nada correcto con la imagen que debía brindar, y László... Parecía a nada del colapso. La mano derecha de Harrison acarició en un intento de calmar al húngaro entrando al Lobby, su tacto se sintió suave y cálido, de una manera que lo logró despertar. László miró a las personas, a la sala y la salida de vuelta, esa puerta inmensa y señalizada. Después miró a Harrison quien no quitó su mano, simplemente, viajó por detrás de su cabeza, hasta su nuca.
Ambos entraron, era un lugar reservado y de primera instancia bastante oscuro. Los recibió un hombre alto y una pequeña mujer asiática. Harrison solo tuvo que decir su apellido y en automático fueron guiados a los confines qué se pintaron en una luz cálida, natural. Dentro se habría una vista preciosa de detalles, de una gran barra donde, sentados y ante teléfonos, personas que movían al mundo hablaban por llamadas tomando whisky. Los baristas apenas se miraban entre tanta copa y vidrio. A la derecha, una zona de fumadores, un par de hombres conversando y mirando directamente a los recién llegados. Harrison se adelantó hablar para asegurar un buen cuarto, porque si, no había reserva, pero nunca necesitó hacerla. László por su parte analizaba todo y trataba de tragarse el mal presentimiento que se atoró en el pecho. Talló sus ojos un par de veces y cuando logró tomar un lugar en la barra, una chica sin decir nada, le dejó una copa de vino. László no alcanzó agradecer, pero si a tomarla. A unos metros y con una aroma a habanos caros logró visualizar las noticias, un par de misiles qué aterrizaban en Gaza. László se puso de pie y antes de querer salir de ahí corriendo, Harrison lo detuvo por detrás con esa habitual sonrisa — cansada.
—¿A donde vas?... Ven —guió extendiendo su mano, —Nuestra escala se demorará al menos un día más por una tormenta, debes dormir. Te conseguí un lindo cuarto.
—Deberíamos volver.
—¿A donde? ¿A las bancas duras del aeropuerto? No seas ridículo. Aquí puedes descansar bien. Podemos descansar. No dormiste en el vuelo hasta acá, menos lo harás para Nueva York.
Harrison se aseguró de que nadie los viera y acarició de nuevo su rostro. Se había acercado tanto que sintió la fría respiración del hombre; eso le llenaba de goce.
—No me hagas obligarte a entrar. Es por tu bien, todo lo que haga por ti de ahora en adelante lo será. Necesito que pongas de tú parte si quieres que esto funcione tanto como yo quiero que lo haga.
László miró sus labios, pero Harrison lo sostuvo de la barbilla para alzarle la vista a sus ojos. Su mirada no decía mucho, era la formalidad de un hombre que trata de ser amable, cualquiera lo vería así, pero él arquitecto no. Lo mira más como la severidad de un padre amanzando un hijo. László le dio un beso primero y Harrison tiró de su cabello ligeramente antes de regresar un insulto de beso como respuesta. Ambos avanzaron y abriéndose camino llegaron casi al último piso, a un pasillo largo. Los cuartos eran justos, apenas para dos personas y eso era justo lo que necesitaban. El primero en entrar fue László, Harrison entró poco después y ambos sin abrigos tomaron lugares opuestos en la cama, nadie se molestó con el tema de las ventanas, todo estaba oscuras, todo en ese reducido lugar gritaba lujo.
—¿Qué pasa? —cuestionó Harrison dándole la espalda.
Cuando se quitó los zapatos y la camisa, tomó su lugar justo al lado izquierdo. El peso movió un poco la cama y László se quitó solo los zapatos y la camisa de manga larga. Le costó demasiado poder recostarse.
—Pensaba en algo…
—¿Puedo saber en qué?
El silencio respondió sin querer, como siempre lo hacía cuando las cosas se salían de sus manos. Un quejido en la garganta de Harrison murió antes de recibir algo favorecedor. Quería ser amable, o al menos más considerado de lo que alguna vez lo fue. Harrison era un animal salvaje y László, un animal agonizante. La naturaleza es cruel y directa, pero Harrison podía presumir, aun así, que algo dentro de él seguía siendo parte de hombre. Se levantó y caminó para quedar frente al húngaro. László estaba sentado con esa mirada muerta; el americano sonrió, pues era la misma mirada que todos sus amantes tenían tarde o temprano. Se arrodilló delante suyo y sostuvo con su mano la ajena, con un destello de humanidad fingida.
—Cuando te miré en esa construcción pensé que eras atractivo. Pensé en lo hermoso que sería llevarte a la cama un par de veces. En verdad pensé eso… pero ahora me causa gracia creer que eso sería tan fácil —aseguró con una sonrisa amarga y acortó parcialmente la distancia—.
Sus manos acariciaron sus pantorrillas por encima de la tela; después subieron lento hasta sus rodillas. Una caricia suave y dulce que pronto se envenenó, pues miró sus ojos, luego sus labios, y de ahí no hubo retorno.
—Entonces lloraste en la cafetería…
Las últimas palabras salieron como una confesión, con la maldad de un demonio o de quien ama demasiado. Su mirada se encontró con la de László y sus manos, entre sus muslos, separaban sus piernas. Era lento. Su rostro se recargó entre su muslo y rodilla, sus manos iban por su cierre pero no avanzó de ahí, buscando su permiso o al menos alargar lo inevitable.
—Supe que estábamos destinados desde entonces. Eras obstinado. Y yo siempre he sido un hombre paciente. Quería que las cosas fueran diferentes, en verdad quería eso: que fuera natural, que pudiéramos estar juntos. Y, Dios me perdone, incluso quería que fuera algo romántico. Pero algo te detenía. Cuando sentía que me dabas el paso, te desaparecías, te aislabas. Pensé que eran las drogas, eso en verdad hubiera sido más fácil. Pero mierda… podía aceptar eso. Pero no: siempre había alguien que necesitaba tu atención. ¿Cómo podría acercarme entonces? Dímelo, porque yo no lo sé.
László, aunque quiso levantarse, sintió un fuerte dolor en el vientre que se lo prohibía. Cada palabra de aquel hombre se sentía como un puñal. Estaba harto de llorar; no había hecho nada más que llorar en ese viaje, y ahí estaban de nuevo: Harrison acariciando sus piernas con devoción, con la mirada perdida, con la seguridad de jamás recibir el perdón, dispuesto a tomar el riesgo igual.
El húngaro sintió la humedad poco después, no supo cuánto pasó, pero debió ser demasiado, ya que el ardor causado por el otro hombre en su vientre mutó a un placer casi inmediato y el primer jadeo escapó. Su mano se aferró al cabello del hombre, buscando retenerlo en cierta posición. La lengua, la boca de Harrison eran cálidas, su tacto era lento, y la vista… la puta vista lo estaba haciendo enloquecer. No fue como en la cueva, jamás algo sería como en la cueva. Crecía sin saber bien que, sin importar nada, cualquier experiencia sería mejor. Y cuando los gemidos fueron inevitables, su llanto apareció. El placer era asqueroso; sentía una suciedad inconfundible. Sentía y revivía el incidente: el abuso estaba ahí, en cada tacto.
Harrison era lento, jodidamente lento. Sus labios se abrían y soltaban quejidos que lo hacían sentir vulnerable. No estaba drogado, y aunque pudiera desear estarlo, lo mejor era que no. No recordaría sus ojos, ni sus labios, ni esa expresión de falsa culpa. László rozó su mejilla y su cabeza se echó hacia atrás. El placer se estacionó y sus piernas temblaron casi todo el rato. Unos minutos lentos. László se había corrido de una cuando su amante se dispuso a ser más vulgar. Fue patética la forma en que terminó, tan rápido e incómodo. Para cuando Harrison alzó la mirada, se encontró con un hombre desastroso: piel pálida y parchada de rojo, labios secos y piernas temblorosas. Ante sus ojos, era lo más hermoso que había visto. Sus dedos acariciaron sus propios labios, limpiando los residuos restantes. Sin el abrigo ni los trajes, no era más que un hombre. László quiso besarlo, pero Harrison se alejó para desaparecer en el baño.
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A las seis de la mañana, Harrison despertó aún aferrado al cuerpo del húngaro. Ambos habían pasado esas cuantas horas con cierto triunfo: habían superado los estruendos de una tormenta, y su siguiente misión no era mayor que encontrar el desayuno. Harrison tenía sus prendas contadas y estratégicamente organizadas; László no. Su ropa, por su parte, era revuelta y con demasiada sencillez. Harrison supuso que, cuando estuvieran juntos, podría arreglar ese detalle. László jamás pensó en un “futuro para ambos”, pero suponía que podría soportar las excentricidades del americano. Cuando se separó (de mala gana) del húngaro, su primer instinto fue besarlo, después ir a asearse y finalmente despertarlo. Pero, con cierta consideración que no solía presentarse naturalmente en él, decidió dejarlo en paz.
Harrison fue al lobby con los hombres que controlaban el mundo. Se comunicó con Harry y Maggie en una llamada difícil de conectar. No tenía mucho que decirles en cuanto al viaje; ellos sabían perfectamente que los viajes de esa magnitud tienden a ser pesados y extensos. Al menos a Harry no le interesaba nada que no fuera saber de la seguridad de su padre y de la incesante excentricidad que saldría siendo el mármol. Maggie fue la única que preguntó por László y mencionó el cierto desgaste físico que venía presentando desde hacía un par de días. Creía que el viaje tan largo podría afectarle o recordarle cosas que no debía pensar. Harrison asintió ante tal hipótesis, pero no pudo más que agregar:
—Está cansado, como siempre.
Maggie soltó un suspiro y creyó que su padre no manejaría bien la situación. Harry, por su parte, trataba de quitarle el teléfono.
Los hermanos Van Buren no suelen estar demasiado tiempo solos. Harry se había abierto paso en el mundo real, sobre todo en el empresarial y de la alta sociedad. Sabía negociar y moverse entre diplomáticos y gente que no suele ensuciarse las manos; lo venía haciendo desde los quince años por recomendación de Harrison y su madre. Pero con Maggie la cosa cambiaba. Maggie se presentaba más aislada, como una princesa atrapada en la cima de un castillo, rodeada de lujos y sirvientes con quienes no tenía permiso de relacionarse. Aun con esa distancia al mundo exterior, Maggie admiraba la belleza: desde lo personal —como la ropa y el maquillaje— hasta algo más eterno, o siquiera un poco más duradero, como el arte. Cuando conoció a László tuvo varios pensamientos y teorías. Entre sus favoritas, que era un alma atormentada; claro, esa era la más sencilla. Entre tantas, la mayoría se iban descartando, pero una —la más incómoda de aceptar en voz alta— era que quizá su fascinación era parecida a la que su padre experimentaba.
Maggie era una mujer joven que, con los pocos con quienes trataba —miembros de su familia o socios—, no encontraba verdadero interés. Entonces, la entrada de ese hombre a la vida de los Van Buren había sido un acontecimiento fascinante. Para Maggie, László era un hombre extraño, con una elegancia antigua y refinada, contenido. El tipo de hombre que una mujer no quiere para vivir una aventura emocional en su juventud, pero sí para vivir la calma de una vejez. No lo consideraba guapo, pero algo en su rostro, tan extraño como maltratado, le parecía masculino y atrayente; como un gusto adquirido o la fascinación de una pintura grotesca que se torna bella solo para su dueño.
Maggie había sido clara con esto con su única amiga, una chica de la iglesia e hija de un socio directo en la construcción del edificio. Fue esa misma chica quien la convenció de ser… directa. Maggie no había aceptado eso de primera instancia, pero dadas las circunstancias y las últimas noches —donde se veían de vez en cuando en los jardines: ella caminando y él simplemente fumando—, parecía un poco tangible. Maggie creía que eso jamás escalaría, y de esa forma había observado a László a la distancia desde los primeros y ahora últimos años. Entre todo eso notó el desgaste físico y la fascinación que no solo era parte suya como representante de la familia. Notó el mismo o incluso mayor interés por su padre y su hermano: uno más rozando el odio que el deseo del otro. Su hermano era claro: lo odiaba. Pero Harrison no. Su padre no decía nada; su mirada, su atención, eran contenidas pero constantes, como una fiebre o una obsesión. Maggie lo sabía desde muy joven. Contaba con buen ojo, y quizá los comentarios dolientes de su difunta abuela habían influido: su padre no estaba atraído por las mujeres. No era algo confirmado, pero como observadora —y su mejor amiga, aunque su padre quizá jamás lo quisiera aceptar—, lo había notado.
Su madre, después del nacimiento, fue una figura borrosa. Cuando la mujer terminó de desvanecerse, Harrison no mostró interés alguno, ni un llanto o un mínimo lamento. Los siguientes años parecieron dedicados totalmente a los negocios y a la familia. Su abuela, con mejor salud en ese entonces, veía por ellos en los viajes largos, y entre esos recuerdos pudo divisar a diferentes figuras por la casa: todas y cada una masculinas. La última apareció al segundo año de la construcción: un obrero al que vio un par de noches, pero al cual jamás le dirigió la palabra. Maggie nunca dijo nada, ni a sus amigas de la iglesia ni a Harry, quien muy posiblemente se cegaba o se negaba a ver. No era un tipo llamativo y, si Dios podía perdonarla siquiera por pensarlo, parecía alguien fácil de desaparecer. Si su madre se había ido con tal ambivalencia —pues de sus recuerdos apenas una mancha rubia de tacones altos—, no fue significativa para quien le dio los hijos. Dudaba que un hombre que apenas hablaba inglés pudiera serlo. Aquella mancha fue la madre de sus hijos, y los comentarios eran velados. Harrison se lamentaba en público cuando alguien llegaba a mencionar el parecido de Maggie, pero solo fingía cierto malestar que ambos hermanos apenas percibían.
Sin conocerlo, cualquiera podría asegurar que ese lamento era real. Pero lamentablemente, ellos sí lo conocían.
Maggie recordó a aquel obrero un par de noches, que no pasó de una semana, e hizo memoria. Llegó a la conclusión de que, si la teoría sobre su padre era cierta, él tenía un gusto muy definido. Y ahora, pecando más como pensamiento propio y un poco vergonzoso, creía que ambos compartían el mismo arquetipo. László era, ante todo, un poco de todos ellos. Lo que podía gustarle a Harrison no eran pedazos de varios hombres: era lo que László era.
—¿Cuándo regresan? —cuestionó Maggie sin dejar de jugar con el cordón del teléfono.
—Un par de días.
La voz de Harrison fue extrañamente apacible, y aunque hubiera querido seguir, no había nada más que hablar. Harrison colgó y subió al cuarto.
László estaba sentado en la cama. La abstinencia lo tenía nervioso; parecía un pequeño niño después de una siesta larga. Harrison entró sin querer causar ruido y cuidando no derramar el café, mientras buscaba esquivar los pequeños obstáculos del suelo: la mayoría, ropa y zapatos.
—¿Cómo dormiste? —extendió el café y no lo soltó hasta percatarse de que las dolidas y temblorosas manos de László no iban a tirarlo.
—Bien. Creo que dormí años.
Harrison sonrió y acarició con sus nudillos su rostro. Le parecía tierno verlo despertar. El húngaro se levantó robando un abrigo de Harrison y dejó la taza sobre el buró; de ahí se quedó observando la ventana que divisaba el paisaje frío del país. Jamás había pensado en regresar a Europa. Sinceramente, hubiera preferido no hacerlo tan pronto, y menos de esa forma.
