Work Text:
Scoops Ahoy estaba en hora pico.
Eso significaba ruido constante, niños gritando y Steve moviéndose en piloto automático, con la sonrisa fija, el gorrito torcido y contando pedidos sin pensar demasiado.
No notó cuándo llegaron.
Solo que, de pronto, había demasiados niños conocidos ocupando una mesa.
—¿Desde cuándo están aquí? —preguntó Steve, dejando un helado frente a Dustin.
—Un rato —respondió él—. Tú nos atendiste.
Steve frunció el ceño. —No, yo—
—Y yo —intervino Robin desde el otro lado del mostrador—. A algunos. Tú estabas ocupado peleando con la máquina.
—No estaba peleando.
—Perdiste.
Steve bufó mientras se dirigía al mostrador para atender a una joven.
—¡Steveee! —Lucas se inclinó sobre la mesa—. Tengo campeonato de básquet este sábado, tienes que ir a verme.
—Steve, quiero que me ayudes con un truco nuevo en la patineta —dijo Max al mismo tiempo—. Creo que si cambio el apoyo del pie…
—Tengo un dibujo para mostrarte —agregó Will, sacando con cuidado una hoja doblada.
—¿Sabías que Mike consiguió un dado nuevo? —saltó Dustin—. Es rarísimo, tiene números mal impresos.
—Vamos a jugar D&D el viernes —dijo Mike—. Tengo una campaña planeada, trata sobre...
—Aprendí algo nuevo —añadió Once, muy seria—. Puedo concentrarme más tiempo.
Steve levantó ambas manos. —Uno a la vez. Y si no se han dado cuenta, estoy intentando atender gente acá.
Rueda los ojos hacia los chicos e intenta concentrarse en la clienta sonriéndole.
No funcionó.
Robin los observó desde el mostrador, apoyada en el codo, con una sonrisa lenta y peligrosa.
—Impresionante —murmuró—. Ni los clientes me hablan tanto.
Steve sirvió otro helado sin dejar de escuchar, asintiendo aquí, prometiendo allá, memorizando mentalmente fechas, trucos, dibujos y dados extraños.
Esos niños ni siquiera se fueron cuando el sol empezaba a ocultarse.
Se movieron de mesa a la más cercana. Y siguieron hablándole.
—Steve —dijo Lucas— Ell campeonato es importante.
—Steve, ¿crees que este dibujo necesita más color? —preguntó Will, mostrándole la hoja desde lejos.
—Steve, ¿puedes mirar esto después? —Max levantó la patineta.
Steve respiró hondo.
—¿Ustedes no tienen casa? —preguntó, agotado.
—Me aburro —dijo Dustin.
—Mamá está ocupada —agregó Max.
—Mi mamá está trabajando y Jonatahan estudiando—Will se encogió de hombros.
Once lo miró. —Aquí hay helado.
Steve abrió la boca. La cerró.
Robin se apoyó en el mostrador. —Ay, Stevie… ¿todavía no te das cuenta?
—¿De qué?
—Solo falta que te paguen. Si ya eres el niñero.
Steve bufó.
La heladería empezó a vaciarse lentamente.
Las risas se fueron apagando, los clientes se volvieron menos exigentes, y el sol afuera ya no entraba con la misma fuerza por los ventanales. Steve seguía trabajando, limpiando, ordenando, cerrando cajas… y los niños seguían ahí.
No habían cambiado de mesa. No habían bajado la voz. No parecían tener ninguna intención de irse.
—De verdad —dijo Steve, apoyando ambas manos en el mostrador—. ¿Ustedes no se aburren?
—No —respondieron varios a la vez.
—Aquí hay aire acondicionado —añadió Dustin.
—Y helado —Recalco Once, como si fuera algo obvio.
Robin terminó de limpiar una máquina y se giró hacia Steve. —¿Te has fijado que ya ni preguntan si pueden quedarse?
Steve los miró. Lucas estaba haciendo rebotar una pelota imaginaria bajo la mesa. Max balanceaba las piernas, contando algo que Steve solo captó a medias. Will dibujaba en silencio. Mike hablaba de una campaña de D&D que claramente aún no existía. Dustin gesticulaba demasiado. Once observaba todo, tranquila.
—Sí —admitió Steve—. Me fijé.
Robin sonrió. —Bienvenido a la paternidad no oficial.
Steve negó con la cabeza, pero no discutió.
Cuando finalmente cerraron, apagaron luces y bajaron la reja, los niños no se movieron.
—¿Ahora sí se van? —preguntó Steve, cansado pero sin dureza.
—Podemos ir contigo —propuso Dustin.
—Sí, a tu casa —agregó Max, como si fuera obvio.
Steve suspiró. —Lo siento, no voy a mí casa.
Antes de que los niños pudiera responder, una voz conocida se escuchó desde la entrada del centro comercial.
—¿Llegó muy tarde?
Steve levantó la vista. Jonathan estaba ahí, mochila al hombro, sonrisa ladeada, observando la escena: seis niños alrededor de Steve como si fuera el centro gravitacional del lugar.
—No —dijo Steve—. Estoy cerrando.
Los niños lo miraron. Luego miraron a Jonathan. Luego se miraron entre ellos.
—Ah —dijo Dustin—. Es él.
—Tu novio —aclaró Max.
Jonathan alzó una ceja.
—¿Por qué suenan tan… decepcionados?
Hubo un silencio breve.
—Queríamos ir con Steve —dijo Dustin, como si fuera lo más obvio del mundo.
—A su casa —agregó Max.
—Como siempre —murmuró Will.
Steve suspiró, largo, con cansancio real.
—Ya, Nuggets —dijo, dando una palmada suave—. Yo tengo una cita y ya es tarde.
Los niños lo miraron.
—Así que se me van a sus casas. Marchando.
Hubo un coro inmediato de quejas.
—Pero Steeeve
—Ni siquiera es tan tarde
Steve los miró una sola vez.
Funcionó.
Rodaron los ojos, bufaron, arrastraron los pies, pero empezaron a moverse.
—Esto es abuso de poder —murmuró Dustin, agarrando su mochila.
—Totalmente —asintió Max, ya bajándose del banco.
Silencio.
Salieron al estacionamiento entre empujones suaves y risas cansadas. Las bicicletas estaban apoyadas donde siempre. Max se subió a la patineta, se impulsó un poco, luego volvió.
—Steve —dijo—. El truco que te dije… después, ¿ya?
Steve sonrió. —Después.
Will levantó la hoja doblada. —¿Puedo mostrártelo?
—Claro.
Lucas se ajustó la mochila. —El campeonato sigue en pie.
—Voy a estar ahí.
Once levantó la mano. —Buenas noches.
Steve levantó dos dedos. —Buenas noches, heroína.
Uno por uno, se fueron yendo. Bicis alejándose. Risas perdiéndose. Max empujándose con el pie antes de desaparecer por la esquina.
Steve se quedó quieto, manos en los bolsillos.
Jonathan lo observó un segundo largo.
—¿Un día agotador?
-Ni que lo digas. ¿Puedes creer que estuvieron todo el
día hablando?
Jonathan dio un paso más cerca riendo—. Oh, si. Son como pulgas aferradas a ti.
Steve sonrió, cansado, y cerró la reja.
-Vamos— Dijo Jonatahan—. No podemos llegar tarde a ver esa increíble película.
