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Contacto de emergencia

Summary:

Max tiene una pesadilla.
Steve no duda en ir a verla. Ni siquiera cuando son las 4 de la mañana.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Steve estaba dormido.

No profundamente, pero lo suficiente como para que el mundo se redujera a sábanas tibias, respiraciones lentas y el peso familiar de otro cuerpo a su lado. Jonathan murmuró algo incomprensible y se movió apenas, buscándolo incluso dormido.

El sonido del teléfono cortó la noche como una sirena.

Steve gruñó, medio incorporándose, con el corazón acelerado antes de entender qué pasaba. El aparato vibraba sobre la mesa de noche, insistente, cruel.

—Joder… —murmuró, tanteando a ciegas hasta agarrarlo.

Miró la hora.
Demasiado tarde.
O demasiado temprano.

—¿Hola? —respondió con la voz ronca, irritada.

Hubo un silencio.
Un silencio demasiado largo.

—¿Steve…?
La voz era baja. Temblorosa.
Y conocida.

Steve se enderezó de inmediato.
—¿Max? —dijo, ya completamente despierto.

Escuchó una respiración irregular al otro lado. La niña tragó saliva y se le escapó un leve hipo.

—Lo siento —dijo ella rápido—. Yo sé que es tarde. No debería…
—Max —la interrumpió, más suave—. Respira.

Jonathan se movió a su lado, despertándose apenas. Steve se levantó de la cama.

—Tuve… —Max dudó—. Fue una pesadilla. Otra vez.

Su voz se quebró.

—Tengo miedo.

Steve cerró los ojos.
No preguntó detalles.

—¿Dónde estás? —preguntó simplemente.
—En mi cuarto. Estoy en la ventana.

Steve ya estaba buscando las llaves.

—Escúchame —dijo con firmeza—. No te muevas. Voy para allá.
—¿De verdad? —preguntó ella, insegura—. Steve, no quiero molestarte, yo solo…
—No estás molestando —respondió sin dudar.
Colgó.

Durante un segundo se quedó quieto, con el teléfono todavía en la mano, respirando hondo. Luego volvió al dormitorio y se vistió rápido, torpe, como si el cuerpo ya supiera qué hacer antes que la cabeza.

Jonathan estaba sentado en la cama, despeinado, mirándolo en silencio.

—¿Todo bien? —preguntó, aunque ya sabía que no.
—Es Max —respondió Steve—. Vuelvo en cuanto pueda.
Jonathan asintió sin hacer preguntas.
—Maneja con cuidado —murmuró.
Steve se inclinó para darle un beso rápido, casi distraído, y salió.

La noche de Hawkins lo recibió fría y vacía.
Mientras el motor arrancaba, Steve pensó en lo extraño que era todo.
En cómo, sin darse cuenta, había pasado de llevarlos a casa a convertirse en el contacto de emergencia.
Aún no sabía cómo sentirse al respecto.

La casa de Max estaba a oscuras cuando Steve llegó.

No había luces encendidas, salvo una tenue claridad que se filtraba desde una de las habitaciones. La suya.

Steve estacionó frente a la vereda y apagó el motor con cuidado.
Al bajar del auto, el frío le mordió las manos.

Entonces la vio.

Max estaba sentada en el borde de la ventana, con las rodillas recogidas contra el pecho. En cuanto lo reconoció, se incorporó de golpe. Steve apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta cuando ella ya estaba bajando las escaleras de la entrada, descalza, apurada.

—Max —alcanzó a decir.

No terminó la frase.

Ella se lanzó contra él con fuerza, hundiendo la cabeza en el pecho del mayor. Steve reaccionó por instinto, rodeándola con ambos brazos, afirmándola contra su cuerpo.

—Lo siento —murmuró entre sollozos—. De verdad… lo siento. No quería llamarte. Yo sé que es tarde y que tú—
—Shh —la interrumpió Steve, apretándola un poco más—. No tienes que disculparte.

La sintió temblar.

Max respiraba entrecortado, como si el aire no le alcanzara. Steve apoyó una mano en su espalda y comenzó a frotar despacio, con movimientos lentos, constantes.

—Estoy aquí —dijo, firme—. Ya pasó. Estás bien.

Ella negó con la cabeza, todavía aferrada a él.

—Soñé que… —tragó saliva—. Que todo volvía. Que no podía correr. Que nadie me escuchaba.

Steve cerró los ojos un segundo.

—No estás sola —dijo—. Ya no.

No sabía cuánto tiempo estuvieron así. Un minuto. Diez.

Lo suficiente para que el llanto se volviera más silencioso, para que los temblores cedieran poco a poco.
Cuando Max se apartó apenas, tenía los ojos enrojecidos y la nariz fría.

—Gracias por venir —susurró.
Steve la miró con seriedad.
—Te dije que iba a hacerlo.
Ella dudó.
—¿Puedo…? —señaló el auto con la cabeza—. No quiero entrar todavía.
Steve asintió sin pensarlo.
—Claro.

La llevó hasta el auto y abrió la puerta trasera. Max se subió primero, acomodándose en el asiento. Steve la siguió, cerrando la puerta detrás de ellos, dejando el mundo afuera.
El silencio del interior los envolvió.
Max se acercó sin decir nada y apoyó la cabeza en su hombro. Steve pasó un brazo alrededor de ella, firme, protector.

—Recuerda respirar —murmuró—. ¿Sí?

Ella asintió.
Steve inhaló lento.
Exhaló.
Max lo imitó.
Una vez.
Dos.
Tres.
El temblor desapareció del todo.

Steve apoyó la cabeza contra el respaldo y miró al frente, las luces iluminando apenas el interior del auto.

Pensó que, si alguien le hubiera dicho hace un año que estaría ahí, en el asiento trasero de su propio auto, abrazando a una niña para espantarle los miedos de madrugada, se habría reído.

Ahora no.

Ahora solo pensaba en una cosa.

Que si Max había marcado su número en medio de la noche, entonces estaba bien.

Que eso significaba algo.

Y que, pasara lo que pasara, iba a quedarse.

Notes:

Espero lo hayas disfrutado! Últimamente tengo una obsesión con Steve Harrigton actuando como un padre para los chicos así que probablemente seguiré subiendo respecto a ellos.

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