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Unos mil pasos más allá del campamento donde se llevaría a cabo el torneo de Ashford, Dunk encontró un olmo frondoso con un lago de aspecto prometedor. No era, ni de lejos, un pabellón majestuoso pero bastaría para cubrirlo de la intemperie hasta cierto punto. Tuvo que convencerse de que era la mejor opción mientras dejaba pastar a sus monturas y acomodaba sus pocas pertenencias en la base del árbol.
Había muy poco tiempo para disponer pero, aparentemente, era preferible oler a agua de lago que a mierda de establo y eso se lo habían dejado muy claro todos aquellos que arrugaron la nariz apenas Dunk les pasó a un lado.
Cuando se desnudó se dio cuenta de que esas miradas de asco no había sido un acto de desprecio como a los que estaba tristemente acostumbrado, sino que sus prendas de lana basta sí que desprendían un olor que entraba en competencia con el de su propia piel. Al menos el lago ofrecía un grado de privacidad decente. No tendría que pasar por la vergüenza de que lo vieran bañarse.
Aún podía escuchar un poco del barullo del torneo: el choque lejano de las espadas romas con los escudos de madera despostillada y las voces sobreponiéndose unas a otras entre órdenes, ofertas de ventas y bromas. Agradeció internamente (y torpemente a los dioses) por encontrar ese rincón. Estaba lo suficientemente cerca del campamento como para no perder demasiado tiempo en volver y no poder encontrar a lord Dondarrion en su pabellón. Esperaba que, con algo de suerte, las prostitutas que se burlaron de él ya no anduvieran cerca para comentar nada.
Dunk se adentró un poco más al centro del lago esperando que el agua lo cubriera y no tardó en darse cuenta de que la parte más profunda apenas alcanzaba a taparle medio abdomen, así que no le quedó más remedio que ponerse en cuclillas en una posición ligeramente humillante e incómoda para poder mojarse hasta el pecho.
El sol estaba a medio camino en el cielo, iluminando el muro de nubes blancas y colándose apenas un poco entre los huecos que éstas formaban y dejaban ver un poco de azul. Había un ligero bochorno en el aire que hacía que la frescura del lago se sintiera bien y, además, no era tan sofocante como en la capital… Y carecía de ese tufillo a mierda y mugre que Dunk conocía perfectamente. En las Tierras de los Ríos el ambiente olía mucho mejor: hierba verde, caminos de tierra, lodo húmedo… Gracias a ser Arlan, Dunk había conocido cierta variedad de aromas en sus recorridos por los reinos en busca de ofrecer sus servicios como caballero o ganar dinero participando en torneos. Recogió un poco de agua en las manos y miró su reflejo en ella. Una parvada pequeña de aves atravesó el cielo y Dunk volteó hacia arriba. Era un excelente día para un torneo. Sintió la emoción subirle por los pies hasta la cabeza, aunque también sus tripas se contrajeron por el nerviosismo de saberse descubierto en su pequeño engaño.
Estaba decidido a salvaguardar el honor que tenía aunque no estaba muy seguro de que el viejo lo aprobara. “Aunque ya está muerto”, tuvo que recordarse con cierta tristeza. “Además no haré nada malo. Solo quiero proteger a la gente…”
El fondo del lago era resbaloso y sentía entre los dedos de los pies la textura de las piedras lisas cubiertas con esa lama verde que probablemente era el motivo por el cual el agua despedía ese olor mohoso tan particular. “Olor a rana…” pensó Dunk antes de empezar a frotarse el cuerpo con las manos, deseando haber tenido a la mano un jabón de sebo o, mínimo, cenizas y un trapo para que “el baño” tuviera cierto grado de efectividad.
Ser Arlan fue un hombre relativamente limpio. Se bañaba al menos una vez por semana y Dunk había llegado a odiar la manera brusca en la que el caballero lo reñía para que se lavara bien todos los rincones del cuerpo. La última vez que se detuvieron a lavarse había sido hacía casi dos semanas y Dunk recordó haberse quejado por la picazón en el cuerpo y la cabeza debido a la mugre. Unos días antes de morir, el viejo hasta se burló de él: “Ha tenido que diluviar y tronar para que ahora quieras bañarte.” En ese momento sintió vergüenza pero se descubrió sonriendo con cierta nostalgia. Dunk se prometió comprar una barra de jabón cuando ganara el torneo y juró mentalmente bañarse al menos una vez a la semana.
Se lavó la cara, los sobacos y la entrepierna lo mejor que pudo. Esperaba que la gente tolerase mejor el olor a lago, para no pasar tan mal rato. A lo mejor ya no lo confundían con un mozo de cuadra sino con un pescador… “Aunque soy un caballero” recordó “Dunk El Alto…” Hizo un gesto. Sonaba mal. ¿Qué podía hacer para mejorarlo? Se sumergió unos segundos y dio por finalizado su baño cuando sacó la cabeza del agua.
—Eh — dijo una voz que lo hizo voltearse de repente.
En la orilla del lago estaba parado un joven que Dunk no reconoció y, al mismo tiempo, supo quién era, si es que eso hacía sentido. Cualquiera con más que queso en la sesera podría identificar los colores de la casa real… Y el muchacho iba ataviado con rojo y negro de la cabeza a los pies.
Bajo el sol, el cabello le brillaba casi plateado y su expresión era una mezcla de sorpresa, aversión y curiosidad. Dunk se puso de pie sin pensarlo demasiado, recordando únicamente cubrirse la entrepierna con las manos cuando los ojos del príncipe se desviaron a la zona. Inevitablemente sintió que se le calentaban las mejillas. No era nada digno para un caballero de verdad que un miembro de la realeza lo atrapara así.
— ¿Qué haces? — preguntó el príncipe. Dunk empezó a responder pero el muchacho interrumpió: —. Acércate a la orilla.
El alfa tragó saliva pero no le quedaba mucho remedio más que obedecer. Avanzó con torpeza hasta que solo le quedaron los pies sumergidos hasta los tobillos en el agua… Y el príncipe Targaryen estaba a escaso metro y medio de distancia. Tenía los ojos violetas y unos rasgos tan bonitos que Dunk se sintió todavía más apenado. Ya era terrible por sí solo que lo estuviera viendo completamente desnudo pero que encima estuviera mancillándole el paisaje a un omega de alcurnia…
—Me estaba bañando…milord. Alteza — corrigió rápidamente. Se encogió un poco en su sitio.
— ¿Ah, sí? — el omega ladeó la cabeza y algunos mechones platinados le cayeron por el hombro — ¿Con permiso de quién?
Dunk parpadeó un par de veces, confundido. Permiso. Ciertamente no había pensado en ello. Solo se había alejado del río donde todos en el torneo se surtían de agua para no ser visto ni incordiar a nadie. El príncipe sonrió de manera burlona.
—Quiero imaginar que sabes a quién le pertenecen estas tierras… ¿O tu cara le hace justicia a tu inteligencia?
—Lord Ashford, alteza — respondió Dunk, que había sentido el peso del insulto exactamente igual que los golpes que ser Arlan le daba en la cabeza —. Él es el señor de Vado Ceniza.
—Hum, sí — asintió —. Lord Ashford es un vasallo de mi abuelo… Que es el protector de todos los reinos. Mi familia es la que gobierna en Poniente… Así que, por consecuencia, estas tierras son mías. Y tú te estás bañando en mi lago sin mi permiso —Dunk hizo un gesto, tratando de comprender la extraña correlación del príncipe, aunque tuvo la suficiente claridad mental para no decir nada al respecto. Notó que la exasperación afloraba en los rasgos finos del omega —. Sal del agua, plebeyo.
Era poca la distancia pero dar esos diez pasos casi se sintió como tener que recorrer todo el Camino Real sin descanso. El alfa dudó un poco pero finalmente salió del lago, escurriendo agua y temblando ligeramente por la brisa fresca que soplaba.
—Soy… — empezó a decir. Tragó saliva —. Soy un caballero. Alteza.
El príncipe lo miró de arriba abajo y la carcajada que salió de su boca asustó a los pájaros que se habían posado en el olmo cercano. La burla se le clavó a Dunk en el pecho como una lanza y le costó trabajo no encogerse más en su sitio.
— ¿Un caballero? ¿Tú? — el muchacho se rió de nuevo — ¡No me digas! Yo había pensado que eras un cerdo convertido en humano…
Dunk se miró los pies y frunció ligeramente el ceño. No había dejado de escuchar insultos desde que llegó a Vado Ceniza y, aunque estaba acostumbrado, había algo en el tono del príncipe que volvía todo un poco más doloroso. Él no había hecho nada para ganarse las burlas. Solo quería asearse, quería estar presentable.
—Le ruego que no se burle — murmuró —. Fui nombrado por Ser Arlan de Árbol de la Moneda. Me dejó su espada y su escudo antes de morir. Sé que no lo parezco aún, alteza, pero…
—Mi caballo hace mierdas más dignas de ser caballeros que tú — replicó el príncipe —. Tú pareces un simplón que debería estar paleando chiqueros en lugar de estar contaminando mi lago.
Sabía que no era lo correcto pero Dunk sintió ganas de pegarle. Era una mala idea por un sinnúmero de razones, claro está. Para empezar, estaban sus votos de protección. Los caballeros estaban para defender a las personas, independientemente de su posición social. Un caballero que golpeaba, robaba o atacaba por beneficio propio no era caballero en absoluto. Y ser Arlan le dijo que a los omegas solo les podía pegar su alfa cuando se lo merecían… Sin olvidar, claro, el tema de que se trataba de un príncipe. Algo malo debía pasar sí o sí… pero las manos le picaron de todos modos.
— Tal vez tu amo no te disciplina con la suficiente severidad — continuó el omega al dar un paso más para acercarse a Dunk, que pudo ver con mayor claridad el broche de plata en forma de dragón con el que la pesada capa negra del príncipe permanecía en su lugar —. Invadir tierras, suplantar a un caballero, robar… — negó con la cabeza y suspiró con pesadez. En sus ojos violetas brilló algo que le erizó el vello de la nuca a Dunk.
—No he robado nada — espetó —. Se lo juro, si me permite hablar con lord Dondarrion podría confirmar mi historia, alteza…
— ¿Tú crees que voy a dejar que un estúpido como tú me engañe? — alzó una ceja con una sonrisa que no le combinaba nada a la situación —. No. Yo te voy a mostrar cómo obedecer.
Dunk empezó a temer por su integridad. ¿Qué iba a hacerle el príncipe? Estaba seguro de que no le haría mucho daño si le pegaba con esas manos pequeñas y no parecía estar armado más que por un cuchillo. Podría defenderse… ¿pero era lo mejor? Su instinto lo dejaba tener el suficiente sentido común como para no ponerse desafiante.
—Las manos — ordenó el omega —. Ponlas detrás de tu espalda.
El alfa dudó un segundo. ¿Había oído bien? Dunk parpadeó un par de veces y notó la exasperación cruzar el bonito rostro del príncipe, que dio un pisotón en el suelo antes de repetir su orden con mayor ímpetu. No le quedó más remedio que obedecer y, con vergüenza, se apartó las manos de la entrepierna para ponerlas detrás de su espalda; la diestra en torno a la muñeca izquierda. Se quedó mirándose los pies, aferrándose a la dignidad que le quedaba, que no era mucha.
El príncipe lo miró de arriba abajo. Dunk fue capaz de sentir esa mirada violeta examinándolo como si el omega lo estuviera tocando con la pura fuerza de sus ojos extraordinarios. La piel se le erizó y ahogó una exclamación cuando la mano helada del omega le agarró la verga sin siquiera anunciarse.
Sobresaltado, se apartó y, en respuesta, el príncipe lo apretó con fuerza, clavando las uñas en la carne sensible. Dunk se quejó y se encogió.
— Si te mueves te la corto — dijo el príncipe con bastante seriedad — ¿Ves cómo no sabes obedecer? — Dunk vio que usaba la otra mano para desenfundar el cuchillo que llevaba y el pulso se le aceleró. Claro que había oído historias de alfas a los que les cortaban el miembro… muchas de ellas muy graciosas, aunque ahora lo último que iba a hacer era reírse. Un movimiento en falso podía dejarlo eunuco —. Quédate quieto y ya no te haré daño.
—L-las uñas…
—Ah — el omega asintió. Dunk de nuevo se movió para volver a donde estaba y el príncipe relajó un poco el agarre, aunque solo para dejar de clavarle las uñas —. Es que no sabes nada, ¿no? Cómo vas a saber… Seguro ni siquiera lees o escribes —Dunk se sonrojó todavía más. Era cierto. Ser Arlan nunca se preocupó demasiado en enseñarle el arte de las letras… Los escuderos debían ser ágiles y buenos con la espada, no con los libros —. Los dragones, cuando quieren aparearse, se aferran con las garras. Hace un poco de daño pero siendo bestias tan majestuosas no podías esperar que tuvieran costumbres de vacas, ¿no?
No estaba entendiendo nada. El príncipe parecía casi triste al decir tal cosa. El último dragón había muerto hacía años y eso lo sabía todo el mundo. Algunos hasta lo agradecieron, tomando en cuenta lo cruentas que se pusieron las cosas durante las rebeliones Fuegoscuro. Ser Arlan siempre le dijo a Dunk que había sido lo mejor para el pueblo llano.
— Prometo no volver a meterme al lago — Dunk tragó saliva.
—No me sirve de nada eso si ya me ofendiste de todos modos — replicó el omega, que se acercó un poco más. Dunk abrió mucho los ojos al verlo escupir y la saliva tibia cayó entre los dedos que todavía lo aprisionaban —. Mi familia tiene la sangre del dragón… Aunque varios creen que nuestro poderío se perdió en gran parte por las malas decisiones de un rey cobarde — despacio, empezó a mover la mano; arriba y abajo, desde la punta hasta la base. Dunk se quedó pasmado —. Yo pienso que no es cierto. Que deberíamos dejar de portarnos como hombres y volver a ser dioses… Mi abuelo tiene ocultos algunos huevos de dragón. No se ha perdido del todo la esperanza aunque sí la dignidad…
Dunk entendió de quién se trataba muy tarde, claro. “Tan denso como el muro de un castillo…”
Los rumores sobre la familia real viajaban por todos los rincones de los reinos como si fueran fuego en un campo seco. Aunque en su mayoría se hablaba sobre los Targaryen valerosos y buenos, también se conocían las historias oscuras que rodeaban a la sangre del dragón, muchas de ellas avivadas por el tabú que implicaban sus costumbres incestuosas. Dunk había oído de uno de los cuatro hijos de Daeron; que estaba loco y corría desnudo por los jardines… Y también sobre Aerion Llamabrillante.
—Todos somos dragones — continuó el omega, tocando a Dunk sin mayor vergüenza. Era como si fuera una costumbre. Su mano se movía con habilidad, masturbando al alfa sin importarle demasiado que estuviera todavía flácido en su palma. Dunk estaba tratando de controlarse todo lo posible —. Aunque yo siempre he sido el que más…
Nunca había estado con nadie. Ser Arlan le había prometido unas monedas y llevarlo al mejor burdel de la capital una vez que terminara el torneo de Vado Ceniza. “Ya es hora de que te hagas hombre” le dijo, y Dunk sintió vergüenza por la perspectiva, pues si las prostitutas lo intimidaban bastante. Realmente nunca pensó que su virginidad fuera un problema como tal. Los caballeros de la Guardia Real hacían votos de castidad y eso los volvía respetables.
El cuerpo no tardó en traicionarlo con sus reacciones.
Dunk vio con terror cómo se iba poniendo duro en la mano de Aerion y empezó a sentir punzadas placenteras subirle por el vientre en contra de su voluntad. No estaba bien. No era lo correcto y lo sabía perfectamente pero estaba como petrificado en su sitio por la confusión. ¿Qué clase de castigo era aquel? Nunca había oído de nada parecido, muchísimo menos que un miembro de la familia real hiciera tales cosas a plena luz del día y a alguien de muchísima menos alcurnia.
¿Sabía Aerion que estaba tocando de ese modo a un huérfano del Lecho de Pulgas? ¿Le importaba su olor a lago? Dunk apretó el agarre de su mano en torno a su propia muñeca. Sentía la piel tan caliente que empezó a arderle la cara y los ojos no tardaron en ponérsele muy húmedos aunque no sabía por qué.
¿Era preferible aquello o una tortura? “Córtame” hubiera dicho alguien con más honor pero Dunk se quedó callado, dejándose vencer por el morbo, como en esa ocasión que se quedó escuchando afuera de la ventana de un burdel mientras esperaba a ser Arlan que había ido a comprar sabrán los dioses qué cosa. Recordó la sensación en sus pantalones, la dureza y el calor por oír los gemidos y sonidos impúdicos. Dunk habría podido irse pero no lo hizo. Se quedó ahí hasta el final y después pasó el resto del día intentando esconder la mancha oscura en sus pantalones.
No había vuelto a pensar en ello hasta ahora.
Cuando levantó la vista se encontró con los ojos de Aerion, que lo observaba con intensidad, como si buscara atravesarlo directamente. Tenía un rostro precioso, incluso cuando era cruel y extraño. Dunk se sintió palpitar en su mano blanca. Estaba tan poco acostumbrado a sentir ese cosquilleo que el orgasmo lo tomó por sorpresa, como aquella vez afuera del lupanar, y jadeó al correrse en los dedos del príncipe.
Pensó por un segundo que todo había acabado pero Aerion no dejó de tocarlo. Si acaso, parecía empeñado en continuar, buscando algo desconocido a pesar de que Dunk tembló ligeramente y se quejó de nuevo.
La erección no había cedido, eso era cierto, pero el placer poco a poco empezó a dejar de serlo para dar paso a aguijonazos dolorosos mientras Aerion le apretaba la base o presionaba su pulgar justamente sobre el orificio de la punta. La semilla caliente se había mezclado con la saliva y el sonido húmedo resultaba vulgar ante los oídos del alfa.
— No te muevas — ordenó Aerion —. Como te has adueñado de algo que es mío, ahora me toca a mí quedarme con algo tuyo — dijo, relamiendo sus labios. Dunk sintió por medio segundo el deseo de besarlo, aunque inmediatamente le avergonzó la idea y cerró los ojos con fuerza —. ¿Te haces llamar caballero cuando tiemblas bajo mi mano? Seguramente nunca soñaste en tu vida asquerosa y miserable que un príncipe te tocara… ¿Es eso lo que te la pone tan dura? Sentir mis dedos, correrte en ellos… Apuesto a que quisieras hacerlo dentro de mí.
Dunk abrió los ojos de golpe y Aerion sonrió cuando sus miradas se encontraron de nuevo. Era una sonrisa llena de malicia y burla.
—Yo no… — consiguió jadear el alfa, pero Aerion apretó más su mano en torno a la erección.
—Sé que te encantaría tumbarme en la hierba y arrancarme la ropa. Nunca tocarías nada igual de caro que mis prendas, así que preferirías mancillarme a mí — interrumpió el omega. Dunk sintió que el movimiento tortuoso de su mano se aceleraba —. Te gustaría abrirme las piernas y cogerme, montarme como el animal que eres… ¿Alguna vez has tenido a alguien? No como yo, seguramente. Las putas son comunes, vulgares y sucias como tú — prosiguió. Dunk tensó la mandíbula. Le dolía y se sentía apretado, algo en su interior se retorcía de una manera incómoda y placentera —. Yo soy un príncipe. Soy un dragón. Te irías a justar después de vaciar tu semilla en mi coño real, con mi olor en la piel y mi sabor en los labios…
— Para — pidió Dunk con la voz temblorosa —. Para, para… — pero Aerion lo ignoró. Bajó la mirada solo para descubrir que el príncipe había dejado de mover la mano y que era él quien embestía, una y otra vez, con cierta torpeza. Se corrió por segunda ocasión con un grito ahogado y, esta vez, cayó de rodillas en la hierba, jadeando sin poder contenerse.
Vio que Aerion se miraba la mano brillante y húmeda antes de lamer sus propios dedos. Luego se limpió con la capa y se fue.
Estaba empezando a atardecer cuando regresó al campamento.
Se sentía extraño de una forma difícil de explicar. Tuvo que volver a lavarse el cuerpo y sentía el miembro bastante más sensible de lo normal. Se lo había revisado y lo único que tenía eran las marcas rojizas que las uñas de Aerion le dejaron en la piel y que esperaba que se le quitaran pronto.
No quería pensar demasiado en lo ocurrido. Definitivamente podría haber sido peor, claro, aún conserva todos sus miembros después de todo pero lo había confundido demasiado que aquello hubiera sido un castigo, especialmente si se ponía a reflexionar en sus propias reacciones ante el incidente.
Dunk pasó bastante más tiempo del necesario en el lago, forzando su mente a no regresar a nada que tuviera que ver con el príncipe. Probablemente ni siquiera tuviera que verlo durante el torneo. Él no pensaba justar sino hasta el tercer día y solo quería hacerlo en la competencia ofrecida en honor a la pequeña hija de lord Ashford, donde seguramente quedarían paladines que no tuvieran que ver con los Targaryen.
Y aún necesitaba el favor de lord Dondarrion, a quien esperaba encontrar despierto.
Avanzó entre los pabellones de seda y lona en búsqueda del relámpago morado. Desde el mediodía hasta entonces ya se habían instalado muchos más y el prado se volvió un mar de carpas, pendones y carretones laberíntico donde era sencillo perderse.
¿Acaso era solo él o la gente se le estaba quedando mirando más de lo normal? Realmente no podía saber si los demás podían saber lo ocurrido. Si podían ver en su cara la vergüenza e identificar que era justamente del tipo que daba cuando se disfrutaba algo prohibido. Esperaba que no. Esperaba estarlo escondiendo tan bien como el resto de sus secretos.
Divisó por fin el relámpago al final del camino y apresuró el paso. Ya no estaban las prostitutas afuera del pabellón. Seguro que ellas sí que adivinarían lo ocurrido…
— Ser — Dunk escuchó pero no se dio por aludido la primera vez —. Ser — repitió la voz, esta vez poniendo una mano en su espalda. El alfa se giró, sobresaltado, y le sobrevino un mareo al ver la brillante armadura blanca del caballero que lo abordó. Aún con el sol de la tarde relucía como una estrella pálida —. Tiene que acompañarme, ser…
— ¿Huh? — Dunk, confundido, no tardó en empezar a sentir el pánico. Por todos los dioses… —. Yo no he hecho nada, milord.
El caballero le dedicó una mirada difícil de interpretar pero Dunk creyó ver cierto desdén y molestia en sus ojos. No quería pensar que estaba ahí para castigarlo… Aunque podría. Aerion Llamabrillante era volátil como el fuego según había oído. ¿Qué tal si había contado lo incorrecto a su familia…?
— Estoy seguro de que es a usted a quien busco, ser — repuso el caballero blanco —. Me dijeron que tenía que encontrar “al caballero más alto que llevara una espada vieja y un cinturón de cuerda” — Dunk bajó la mirada hacia su cinturón hechizo. Muy inconfundible — ¿Puedo saber su nombre para anunciarlo?
—Eh — Dunk tuvo que pensar muy rápido —. Me llamo ser… Ser Dunc…an — dijo de pronto, recordando que su nombre a veces también provocando risas aunque sin lograr elaborarse algo demasiado diferente —. Ser Duncan El Alto.
El caballero de nuevo lo observó detenidamente, teniendo que alzar la cabeza hasta poder alcanzar los ojos de Dunk.
—Ser Ronal Crakehall — se presentó —. Sígame, ser Duncan. Su Alteza desea verlo.
Dunk solo había estado en el interior de uno o dos castillos menores cuando ser Arlan vivía, aunque el viejo le había contado que llegó a dormir dentro de lugares fascinantes como Altojardín. No tenía muchos puntos de comparación pero el castillo de Vado Ceniza era relativamente grande y elegante en comparación con otras fortalezas.
Siguió a ser Ronal por los pasillos, sin saber exactamente lo que lo esperaba. Si fuera un juicio… Tal vez lo habrían esposado y llevado a una mazmorra, ¿no es así? Aunque tampoco podía esperar otra cosa. Que un “Alteza” quisiera verlo no significaba nada realmente.
Lord Ashford había cedido sus aposentos principales a la familia real. Ser Ronel empujó las puertas pesadas de madera e hizo una reverencia leve al estar frente a los príncipes.
—Ser Duncan El Alto, altezas — dijo simplemente antes de ir a tomar su lugar. Dunk se quedó muy quieto en su sitio al identificar primero a Aerion, sentado en una poltrona con una postura que se le antojó extraña al alfa. Parecía sumamente acongojado, con los ojos enrojecidos al igual que la nariz.
—Ser Duncan — se había distraído tanto que apenas vio que había más gente en el salón: lord Ashford en persona y el mismísimo príncipe Baelor Rompelanzas, quien lo había llamado. Dunk se arrodilló inmediatamente —. Póngase de pie. Entiendo que debe estar confundido pero no queríamos asustarlo.
—Mi hijo Aerion me ha dicho lo que hizo — Maekar también estaba ahí, de pie junto a su hermano. Dunk no lo había visto de buenas a primeras pero ya no podía ignorarlo. Vio que existía un leve parecido entre Aerion y Maekar, aunque el omega mayor tenía los rasgos agriados por la vida y las mejillas picadas de viruela. Seguramente en otros tiempos había sido igual de hermoso… “Sabe lo que hice.”
—M-milords, no, perdón — balbuceó. “Denso como muro de castillo”. —. Sus altezas, majestades…
—Por favor, no nos aburras con formalidades — Maekar hizo un gesto y Dunk se puso de pie torpemente —. Aunque te estoy agradecido por salvar a mi imprudente hijo de esos bandidos.
—Haces que todo siempre sea un regaño — Baelor sonrió levemente —. Le pido su comprensión, ser. Dos de nuestros hijos siguen perdidos y un tercero actuó con demasiada imprudencia…
—Solo quería encontrar a Daeron y Aegon, padre — Aerion habló por fin con una voz tan llena de inocencia que Dunk no pudo evitar mirarlo directamente —. Oh, solo quería ayudar…
—Por supuesto — Baelor solo le echó una mirada al omega antes de regresarla a Dunk —. Entiendo que usted es un caballero errante. No sirve a nadie en este momento.
—No, alteza.
— Bien. Planeo enviar de regreso a Aerion a Refugio Estival una vez que encontremos a mis otros dos hijos. En este momento hay grupos considerables de caballeros buscando y sé que no tardarán en encontrarlos a ambos — explicó Baelor —. Como recompensa por salvar al príncipe, nos gustaría nombrarlo caballero de nuestra casa. Ya que ha sido tan valiente, estaría bien que acompañe a mi hijo por el camino. Se lo pediría a algún miembro de la Guardia Real pero Aerion ha insistido.
No entendía nada. Dunk parpadeó como estúpido por un par de segundos. ¿De qué estaban hablando? ¿Bandidos? ¿Rescatar? Todo lo que había pasado fue que el príncipe Aerion lo encontró en un lago, desnudo y luego… Vio a ser Ronal, de pie detrás de Aerion, rígido como una lanza. Parecía molesto.
—Yo…
—Sabemos que estás muy agradecido — Maekar volvió a interrumpir antes de buscar sentarse en otra poltrona, junto a su hijo. Así el parecido era todavía más notable, sin embargo, el mayor quedaba claramente opacado por la belleza del menor —. Que te consigan una armadura apropiada y un cinturón decente, que esa cuerda me está mareando de lo ridícula que es.
Dunk hizo una reverencia antes de salir del salón.
Regresó por el pasillo todavía sin comprender absolutamente nada de lo sucedido. Ni siquiera escuchó los pasos que se acercaron por detrás y se golpeó la cabeza con el muro cuando dos manos lo empujaron contra la pared.
Aerion apareció ante él como un fantasma con una sonrisa siniestra. Dunk abrió la boca pero la cerró de golpe al sentir otra vez esa mano palpándolo por encima de los pantalones de lana. El pasillo estaba relativamente oscuro pero no lo suficiente como para que nadie los viera.
—Confío en que pronto van a encontrar a mis inútiles hermanos — murmuró el omega —. Y entonces podré tenerte para mí solo en mi palacio… Vas a ser mío, plebeyo. Solo mío.
